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Viñadores homicidas Mt 21, 33-43 (TOA27-26)
La parábola que este domingo tenemos ante nosotros está dirigida, en primer lugar, a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. El campo en el que se lleva a cabo esta vez el trabajo se concreta en una viña, algo muy querido por Dios. Como se puede comprobar al leer la primera lectura y el salmo responsorial, la vid es un elemento central de la Escritura para explicar la relación de Dios con su pueblo. Si la Biblia se refiere al pan como alimento cotidiano del hombre, y al agua, como don que hace posible la vida y la fertilidad, la vid y su producto, el vino, aluden a algo que va más allá de lo ordinario. Este sirve para celebrar, para hacer fiesta, para «alegrar el corazón». Al mismo tiempo, es el elemento que se utiliza para expresar el don del amor de Dios con su pueblo, Israel. La profecía de Isaías pone de manifiesto que Dios aparece como el viñador que ama entrañablemente su viña, Israel, y se desvela en cuidados por ella, como si de una esposa se tratara. A cambio, únicamente recibe la infidelidad, significada en los agrazones, uvas no comestibles.
El propietario y los criados
En el Evangelio la imagen es distinta: el propietario de la viña ha arrendado a unos labradores la viña, tras haberla plantado y establecer las condiciones para que diera el máximo fruto. Como consecuencia de estos cuidados, las vides producen sus frutos, pero los labradores, en lugar de devolver al propietario lo que le pertenece, pretenden quedarse con las uvas. Para ello, no vacilan a la hora de eliminar a los distintos criados que el señor de la viña les envía, hasta, por último, enviar a su propio hijo, al que también asesinarán «fuera de la viña». Con estas palabras, Jesús no está relatando únicamente la historia de la relación de Dios con el pueblo elegido. La tradición de la Iglesia ha comprendido que los criados enviados por el dueño de la viña eran los profetas, quienes eran ejecutados por poner en evidencia el pecado del pueblo y de sus dirigentes políticos y religiosos, y señalar a estos como traidores de la voluntad de Dios. Cuando el Evangelio se refiere al hijo, no cabe duda de que Jesús se está señalando a sí mismo y a la suerte que ha de correr, puesto que es quien mejor encarna al propietario. El pasaje concluye con la constatación de un hecho: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Esta cita, del salmo pascual por excelencia, confirma que el destino último del plan de Dios se cumple y no fracasa; que ese hijo al final ha vencido y el designio de Dios se ha cumplido. Pero, al mismo tiempo, el Señor recuerda que si los primeros elegidos para cuidar la viña rechazan esta llamada, la obra de Dios no se parará y será encargada a otros.
La llamada a ser viñadores honrados
La raíz del pecado de los viñadores homicidas consiste en querer atribuirse algo que no les pertenece. Es una nueva versión del «seréis como dioses» del Génesis. Pretenden actuar como propietarios, cuando en realidad son trabajadores. Por esto, el Evangelio de este domingo es una llamada también no solo a aceptar a los enviados de Dios y a Jesucristo, como el Hijo predilecto del Padre, sino también a reconocernos criaturas agradecidas a nuestro Creador. Cuando el hombre juega a ser creador en lugar de criatura se dirige hacia su propio fracaso, ya que pretende apropiarse de una naturaleza que no le pertenece. No es el hombre quien da o quita la vida, quien decide a su propio arbitrio el bien o el mal, o quien tiene en sí la posibilidad de dar la vida eterna. Trabajar como labradores honrados en esta viña no es una esclavitud; es llevar a término el don de Dios que hemos recibido.
Fuente: https://alfayomega.es/los-vinadores-homicidas/
Aceleración y descanso (por Francesc Torralba)
En nuestro sistema-mundo, no hay tiempo para demorarse ni para descansar. La desmesura inherente al sistema tiene como consecuencia la castración espiritual de la persona. Se vive tan absorto en la producción y en el consumismo que la capacidad de trascender, de ir más allá, de elevarse al plano de lo metafísico, se deteriora profundamente. Esta exigencia trae consigo la ausencia del silencio, el exceso comunicativo y la renuncia a la vida contemplativa a favor de la vida productiva.
El descanso no solo ha de considerarse como el contrapunto necesario al trabajo, sino como el clima indispensable para la creatividad y la fiesta. Cuando todo está planificado a priori y el tiempo de productividad segmentado hasta el milímetro, no existe posibilidad alguna de crear, de indagar nuevos contenidos y procedimientos, uno no se abre a la posibilidad de errar o fracasar, porque todo esto resta beneficios. Sin embargo, para crear ex novo, para imaginar lo que nadie ha imaginado, para dar a luz a la novedad, se requiere del descanso.
Cuando uno está mentalmente descansado, sale de las autopistas del pensamiento, rompe las rutinas ordinarias, empieza a pensar lo que no había pensado hasta aquel momento y a imaginar lo que jamás había intuido, porque la mente es permeable a nuevas rutas e itinerarios. El descanso abre la persona a la creatividad, a la fantasía y, también, a la innovación. Desde la lógica tecnocapitalista, se valora especialmente al profesional que requiere de pocas pausas, que gestiona eficientemente su tiempo, que su tiempo de relax es muy limitado, casi inexistente, que está permanentemente disponible para hacer crecer a la organización.
Esta absoluta disponibilidad tiene como consecuencia la disolución de su vida social, familiar, de su vida más allá del entorno laboral. Está disponible para sus jefes, pero no lo está para sus hijos, ni para sus padres ancianos, ni para sus amigos, porque no puede duplicarse, ni clonarse digitalmente. La vida en la red facilita esta disponibilidad absoluta a lo laboral, una disponibilidad que trasciende los espacios y los tiempos laborales. Se puede trabajar desde cualquier lugar del mundo y a cualquier hora si uno tiene conexión y el dispositivo a su alcance. No hay excusas.
Cansancio y vulnerabilidad humana
En el marco del sistema, el cansancio está mal visto, como también la enfermedad, la decrepitud, la debilidad, la ancianidad y la dependencia. El paraíso del éxito laboral pertenece a quienes saben prevenir el cansancio antes de que haga acto de presencia y saben cómo gestionarlo cuando aflora. Lo fundamental es saber guardar las formas, disimular con oportunas marcas de maquillaje los síntomas del cansancio cuando aparecen en el rostro.
En nuestro entorno cultural, se oculta el cansancio, como la necesidad de descansar, pero la fatiga mental, física, emocional, incluso, espiritual es una consecuencia lógica de la vulnerabilidad o, mejor dicho, una epifanía de la fragilidad intrínseca del ser humano. Tarde o temprano, hace mella en él. Los seres humanos nos cansamos y no solo físicamente. Nos cansamos de los demás, de los próximos y lejanos; de los productos televisivos, de las series, de los programas de radio, de los políticos, de los clientes, incluso de nosotros mismos. El cansancio no es algo placentero, algo que se busque intencionalmente. Es la consecuencia de la actividad física y/o mental desarrollada de manera persistente. El cansancio revela la vulnerabilidad humana y ese rasgo nos une a todos los miembros de la especie humana más allá de nuestras particularidades y comunidades de pertenencia.
En este sentido, el cansancio, aunque no sea buscado, crea puentes entre seres humanos de distintas tradiciones y culturas, suscita una especie de fraternidad ontológica que se sustenta en lo más profundo, en el sentimiento de tener lo que Immanuel Kant denomina una “extraña raíz común”.
Fuente: Religión y Escuela Núm. 368 (marzo de 2023) pág. 34
Para Dios, lo que cuenta es "volver" Mt 21,28-32 (TOA26-26)
1. El evangelio de Mateo (21,28-32), con la parábola del padre y los dos hijos, es provocativo, pero sigue en la misma tónica de los últimos domingos. Se quiere poner de manifiesto que el Reino de Dios acontece en el ámbito de la misericordia, por eso los pecadores pueden preceder a los beatos formalistas de siempre en lo que se refiere a la salvación. Una parábola nos pone en la pista de esta afirmación tan determinada, la de los dos hijos: uno dice que sí y después no va a trabajar a la viña; el otro dice que no, pero después recapacita sobre las palabras de su padre y va a trabajar.
2. Lo que cuenta, podríamos decir, son las obras, el compromiso, recordando aquello de no basta decir ¡Señor, Señor!. El acento, pues, se pone sobre el arrepentimiento, e incluso si la parábola se hubiera contado de otra manera, en la que el primero hubiera dicho que sí y hubiera ido a lo que el padre le pedía, no cambiarían mucho las cosas, ya que lo importante para Jesús es llevar a cabo lo que se nos ha pedido. Sabemos, no obstante, que los dos hijos corresponden a dos categorías de personas: las que siempre están hablando de lo religioso, de Dios, de la fe y en el fondo su corazón no cambia, no se inmutan, no se abren a la gracia. Probablemente tienen religión, pero no auténtica fe. Por eso, por ley de contrastes, la parábola está contada con toda intencionalidad y va dirigida, muy especialmente, contra los primeros.
3. El acento está, justamente, en aquellos que habiéndose negado a la fe primeramente, se dejan llenar al final por la gracia de Dios, aunque esto sirve para desenmascarar a los que son como el hijo que dice que sí y después hace su propia voluntad, no la del padre. Los verdaderos creyentes y religiosos, aunque sean publicanos y prostitutas, son los que tienen la iniciativa en el Reino de la salvación, porque están más abiertos a la gracia. El evangelio ha escogido dos oficios denigrados y denigrantes (recaudadores de impuestos y prostitutas); pero no olvidemos que el marco de los oyentes también es explícito: los sacerdotes y ancianos, que dirigían al pueblo. Pero para Dios no cuentan los oficios, ni lo que los otros piensen; lo que cuenta es que son capaces de volver, de convertirse.











































