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Misión compasiva Mt 9,36-10,8 (TOA11-26)
1. El evangelio nos ofrece el testimonio de la elección de los Doce y su misión, en la perspectiva de un nuevo pueblo de la Alianza. Debemos notar una diferencia con la teología de la Iª Lectura donde la fuerza de la Alianza se resolvía en la identidad de un pueblo de sacerdotes y apartado del mundo por la santidad. Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ha venido a dar un nuevo rostro más humano a este pueblo. Ya no es la teología de lo sagrado lo que prevalece, sino la identidad de un pueblo sencillo, perdido, débil, sin pastores, sin santidad aparente. Para esto se instituye a los "Doce", cuya misión no será apartarlo de los demás pueblos, sino curar sus heridas, sus miserias y atender a sus necesidades más perentorias.
III.2. Y el verdadero modelo es el mismo Jesús que nos es presentado como el "pastor" que "se compadece" del pueblo. Se usa un verbo de una gran trascendencia bíblica (splagnízomai), que indica el estremecimiento del seno materno ante su hijo, actitud que nunca desaparece de una madre, incluso cuando ya su hijo se ha alejado de ella. Esto, pues, habla a las claras del amor gratuito, activo y generoso de quien se siente parte del otro y sufre con el otro. En Mateo, este verbo es utilizado varias veces (Mt 14,14; 15,32; 20,34; cf. 18,27) para hablar de la bondad y la misericordia de Jesús que lo lleva a actuar para aliviar las miserias del pueblo. Actúa como pastor, pero se quiere decir que actúa como una madre.
III.3. Por eso los "Doce", que son el signo de un nuevo pueblo que Jesús ha querido congregar, deberán ser "pastores" que no hagan lo que los sacerdotes de la religión antigua hicieron: no se compadecieron del pueblo por tal de poner a salvo la "santidad" de Yahvé. El pueblo está enfermo y necesita a una madre que tenga entrañas de misericordia. Que cure las enfermedades, que ponga su seno materno donde crece la gratuidad y la cercanía del Dios salvador. Porque es Dios mismo quien quiere presentarse así, como una madre más que como un Dios que abusa de su santidad, de su lejanía, de su misterio.
III.4. Jesús se presenta como modelo para la misión, que Mateo proyecta extraordinariamente en el "discurso de la misión" (Mt 10). Es verdad que este evangelio de Mateo se ha fijado expresamente, todavía, en el pueblo de Israel (las ovejas perdidas de la casa de Israel). No obstante aquí ya están puestos los fundamentos de una misión menos nacionalista, para que los Doce puedan llegar a todos los hombres, ya que el nuevo pueblo de Dios no puede estar separado de los demás, sino que debe estar en comunión con todos los pueblos de la tierra. Desde luego, la compasión de Jesús destruye, sin duda, el nacionalismo endógeno del pueblo de la Alianza. Con Jesús, pues, más que del pueblo de la Alianza se debe hablar de la "humanidad compadecida".
Sagrado Corazón de Jesús. Origen, símbolos y significado, y dibujos
San Bernabé (11 de junio) Arte. biografía, dibujos (color y para colorear) e iconografía
A pesar de que San Bernabé no fue uno de los doce elegidos por Jesucristo, es considerado Apóstol por los primeros padres de la Iglesia, aún por San Lucas, a causa de la misión especial que le confió el Espíritu Santo y de su activa tarea apostólica.
Bernabé era un judío de la tribu de Levi, había nacido en Chipre; su nombre original era el de José, pero los Apóstoles lo cambiaron al de Bernabé que significa ‘hombre esforzado’. Se le menciona en las Sagradas Escrituras, en el cuarto capítulo de los Hechos de los Apóstoles; se menciona la venta de sus propiedades.
El Santo fue elegido para llevar el Evangelio a Antioquía, instruir y guiar a los neófitos. Para esta misión obtuvo la cooperación de San Pablo. Los dos predicadores obtuvieron gran éxito; Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización y fue ahí donde, por primera vez, se dio el nombre de Cristianos, a los fieles seguidores de Cristo. Tiempo más tarde, se les encomendó una nueva misión y partieron a cumplirla, acompañados por Juan Marcos. Primero se trasladaron a Seleucia y después a Salamina, en Chipre. Luego llegaron a Pafos, donde convirtieron al procónsul romano Sergio Paulo, navegaron hasta Perga en Panfilia, donde Juan Marcos los abandonó. En Iconium, en Licaonia, estuvieron a punto de morir apedreados. En Listra, San Pablo curó milagrosamente a un paralítico y los habitantes paganos los confundieron con dioses. De regreso a Antioquía pasaron por todas las ciudades que habían visitado para confirmar y ordenar presbíteros. Surgieron ciertas diferencias entre San Pablo y San Bernabé, por lo que decidieron separarse. San Bernabé partió entonces hacia Chipre, acompañado de Juan Marcos, para visitar las iglesias que ahí se habían fundado.
Alrededor del año 60 ó 61, San Bernabé ya había muerto. Se dice que fue apedreado hasta morir en Salamina. Otra tradición nos lo presenta como predicador en Alejandría y en Roma y además como primer obispo de Milán. (Fuente: aciprensa).
Martirio de S. Bernabé. Iglesia del santo en El Escorial (Madrid-España)

El pan vivo Jn 6,51-58 - Corpus Christi
Si el hambre lo llevaba a reconocer su indigencia, el maná tendría que recordarle que Dios se cuidaba de él. Por tanto debería agradecerlo por los siglos de los siglos.
De hecho, el salmo responsorial invita a la comunidad a glorificar al Señor: “Ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina (Sal 147).
Ya en la nueva alianza, san Pablo recuerda a los fieles de Corinto que la unidad de la comunidad viene exigida por el hecho de participar en el mismo pan y en el cáliz de la bendición, es decir de la eucaristía. El pan que partimos y compartimos nos une a todos en el cuerpo de Cristo (1 Cor 10,16-17).
LA VIDA Y SU SENTIDO
La multiplicación y distribución de los panes y los peces se encuentra reflejada en los cuatro evangelios. Pero solo el evangelio de Juan recoge el discurso que Jesús pronuncia después en la sinagoga de Cafarnaúm.
En el texto que hoy se proclama (Jn 6,51-58) Jesús manifiesta su identidad y su misión: ˝Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.
Como los que seguían a Jesús por los caminos, también nosotros buscamos lo que ha de mantenernos en vida. No solo el pan material que sostiene nuestra vida biológica sino también el otro pan espiritual que da sentido a nuestra vida biográfica.
El pan del Señor no solo sostiene nuestra vida personal, que no es poco, sino que nos impulsa a abrir nuestros ojos a las necesidades de nuestros hermanos. El Señor nos da su carne para la vida del mundo, es decir para que el mundo tenga vida y sentido para ella.
AMOR Y SERVICIO
“Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron. El que come este pan vivirá para siempre”. Esa frase con la que se cierra el texto evangélico de hoy era profética y lo será siempre.
• “Este es el pan que ha bajado del cielo”. Esta primera parte incluye la revelación del presente. Jesús es alimento para quienes escuchan su voz. Ese alimento supera todas nuestras aspiraciones terrenas y nuestras previsiones inmediatas.
• “No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron”. La segunda parte se refiere al pasado. Hay que agradecer todo lo que mantuvo la vida de los que nos precedieron. Pero el maná no pudo satisfacer su anhelo de una vida sin límites.
• “El que come este pan vivirá para sIempre”. La tercera parte orienta nuestra mirada al futuro que Dios nos ha prometido. Nosotros esperamos una vida en la que participaremos de su misma vida, es decir de su amor eterno y definitivo.
El pan de una vida nueva, resucitada Jn 6,51-58 - Corpus Christi
1. El texto de Juan es una elaboración teológica y catequética del simbolismo del maná, el alimento divino de la tradición bíblica, que viene al final del discurso sobre el pan de vida. Algunos autores han llegado a defender que todo el discurso del c. 6 de Jn es más sapiencial (se entiende que habla de la Sabiduría) que eucarístico. Pero se ha impuesto en la tradición cristiana el sentido eucarístico, ya que Juan no nos ha trasmitido la institución de la eucaristía en la última cena del Señor.
2. Este discurso de la sinagoga de Cafarnaún es muy fuerte en todos los sentidos, como es muy fuerte y de muy altos vuelos toda la teología joánica sobre Jesús como Logos, como Hijo, como luz, como agua, como resurrección. Se trata de fórmulas de revelación que no podemos imaginar dichas por el Jesús histórico, pero que son muy acertada del Jesús que tiene una vida nueva. Desde esta cristología es como ha sido escrito y redactado el evangelio joánico.
3. El evangelio de Juan, con un atrevimiento que va más allá de lo que se puede permitir antropológicamente, habla de la carne y de la sangre. Ya sabemos que los hombres ni en la Eucaristía, ni en ningún momento, tomamos carne y sangre; son conceptos radicales para hablar de vida y de resurrección. Y esto acontece en la Eucaristía, en la que se da la misma persona que se entregó por nosotros en la cruz. Sabemos que su cuerpo y su sangre deben significar una realidad distinta, porque El es ya, por la resurrección, una persona nueva, que no está determinada por el cuerpo y por la sangre que nosotros todavía tenemos. Y es muy importe ese binomio que el evangelio de Juan expresa: la eucaristía-resurrección es de capital importancia para repensar lo que celebramos y lo que debemos vivir en este sacramento.
4. El evangelista entiende que comer la carne y beber la sangre (los dos elementos eucarísticos tradicionales) lleva a la vida eterna. Es lo que se puso de manifiesto en la tradición patrística sobre la “medicina de inmortalidad”, y lo que recoge Sto. Tomás en su antífona del “O sacrum convivium” como “prenda de la gloria futura”. Y es que la eucaristía debe ser para la comunidad y para los individuos un verdadero alimento de resurrección. Ahora se nos adelanta en el sacramento la vida del Señor resucitado, y se nos adentra a nosotros, peregrinos, en el misterio de nuestra vida después de la muerte.
5. Esta dimensión se realiza mediante el proceso espiritual de participar en el misterio del “verbo encarnado” que en el evangelio de Juan es de una trascendencia irrenunciable. No debe hacerse ni concebirse desde lo mágico, sino desde la verdadera fe, pues de lo contrario no tendría sentido. Por tanto, según el cuarto evangelio, el sacramento de la eucaristía pone al creyente en relación vital y personal con el verbo encarnado, que nos lleva a la vida eterna.































