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Pasión de Mateo 26-27

1. Hoy la lectura de la Pasión según san Mateo debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio”, buena noticia, y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido, esa es la fuente de nuestro relato de Mateo. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido casi con toda seguridad para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual

2. No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”; tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que no se dejaba intimidar por la teología oficial. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.

3. Mateo, como se ha dicho, sigue de cerca el texto de Marcos, pero algunas claves particulares se deben hacer notar:

A) Lo que da unidad y coherencia a las distintas secciones (algunos hablan de tres) es la perspectiva cristológica en que todo se presenta. Mateo es el que mejor ha tratado de respaldar el misterio de la pasión del Mesías con el cumplimiento de las Escrituras. Esto era muy explicable para una comunidad que, procedente del judaísmo, debía asumir que la pasión y muerte, coronada por la resurrección, entraba en el plan de Dios y así era asumido libremente por Jesús.

B) Hay algunos particulares del relato que Mateo que llaman la atención. La diferencia con respecto a Marco se halla en el episodio de Barrabás y se convierte en uno de los elementos claves de su visión de la pasión y las consecuencias para Israel. Hace unos años se escribía una obra sobre la redacción de Mateo y su teología que se fundamentaba en la en Mt 27,25: “caiga su sangre…”. Consta de dos elementos: intervención de la mujer de Pilato y escena en que Pilato se lava las manos. No se trata de simples agregados. Mateo retoma todo el conjunto y nos presenta una nueva composición óptimamente construida, donde la intención doctrinal y eclesial aparece claramente. Quedan definidos los lazos de Cristo con el pueblo de Israel. Cuando la mujer del pagano intercede por el “justo”, la hija de Sión exige a gritos la muerte de su Mesías, de su Cristo (en vez de “rey de los judíos”, Mateo utiliza dos veces este título). “Todo el pueblo” toma sobre sí la responsabilidad que Pilato rehúsa (27,-2425).Esta toma de posición del pueblo de la antigua alianza marca un vuelco en la historia de la salvación. La perspectiva cristológica de todo esto es manifiesta. Es el rechazo del judaísmo al Mesías que ha elegido libremente la pasión. Pero ello no debe incitar -¡de ninguna manera!- al antisemitismo, como ha ocurrido en lecturas apologéticas que no entienden que el pueblo de Israel no es el responsable de la muerte del “profeta”, sino unos dirigentes ciegos e inmisericordes. Es verdad que el Evangelio de Mateo mantiene una constante de “antijudaísmo” como problema histórico y teología, pero no es “antijudío” por naturaleza.

C) No deberíamos decir que Jesús “eligió” la muerte porque Dios así lo quería o así lo necesitaba. No es el sufrimiento el camino que Dios quiere para redimir y salvar a los hombres. Pero Dios, en este caso por medio de la opción decisiva del profeta, del Mesías verdadero de Israel, (según la teología de Mateo) sabe asumir todo lo que los hombres “construyen” religiosamente, precisamente para destruir esta “construcción religiosa” antihumana y antidivina. La construcción eclesiológica de Mateo del relato de pasión es la misma que la que han mantenido en toda su obra. A este respecto se podría decir que el relato de Marcos sobre la pasión es más kerygmático y el de mateo más eclesiológico. Pero los dos aspectos deben ir unidos en nuestra reflexión de lo que significa leer la “pasión” en la liturgia del Domingo de Ramos. No incidamos demasiado en el sufrimiento, porque esa no es la clave de Mateo, sino en cómo una comunidad se identifica con su Señor para hacer posible que el proyecto salvador de Dios se viva de verdad por encima de las decisiones absurdas de los dirigentes del pueblo que no pudieron asumir el que el profeta desmontara la concepción que ellos tenían sobre Dios y sobre la religión de Israel. Y eso iba en beneficio de toda la humanidad.

D) La Pasión, los cristianos, no la deberíamos leer como un tema “gore” (de sangre y sufrimiento cruel). No es esa la concepción del relato primitivo que cada uno de los evangelistas ha redactadote de acuerdo con su comunidad. Es el misterio de la identificación con su causa, con el proyecto del Reino que había anunciado hasta llegar a sus últimas consecuencias. No sufrió Jesús más que los crucificados de los caminos que el Imperio romano prodigaba, ni derramó más sangre que ellos, pero sí estuvo identificado con el sufrimiento de todos esos crucificados. Es verdad que en su juicio concurren una serie de circunstancias religiosas que lo hacen diferente, y por ello a un juicio y una condena diferente, contemplamos una condena diferente. Es más hermoso el poema musical de la Pasión según San Mateo de Bach que películas que solamente señalan –sin poesía ni religiosidad alguna- el sufrimiento por el sufrimiento. No olvidemos que nuestros relatos se confeccionan con la perspectiva de la resurrección como victoria de Dios sobre los proyectos de los poderosos o del amor sobre el odio.

Lázaro de Betania Jn 11

  “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel” (Ez 37,12).  Con estas palabras,  Ezequiel anunciaba de parte de Dios la promesa de rescatar a su pueblo de la deportación que sufría en Babilonia.   

Todavía no se había llegado a creer en la fe en la resurrección de los muertos. Pero las gentes pensaban que la intervención de Dios a favor de los oprimidos era ya una resurrección. La fe les decía que Dios es el Señor de la vida. Por eso podía infundir en ellos su espíritu para que vivieran de verdad y para siempre.  

El salmo responsorial evoca este poder de Dios sobre la historia y sobre la peripecia de cada persona: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”. 

Escribiendo a los romanos, san Pablo considera lo que la resurrección de Cristo comporta para nosotros: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

CREER EN LA RESURRECCIÓN

Durante tres domingos de cuaresma los relatos de Juan sobre el encuentro con la samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro ofrecen las imágenes del agua, de la luz y de la vida. Este ciclo de lecturas nos exhorta a meditar sobre el don de una existencia iluminada por el misterio pascual de Jesucristo.

Al llegar a la casa de su amigo Lázaro, muerto recientemente, Jesús mantiene con Marta un profundo diálogo. Marta sabe que Dios concederá a Jesús lo que le pida. Jesús le asegura que su hermano resucitará. Y ella confiesa una fe que se iba abriendo camino en el pueblo: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día” (Jn 11,24).

Ahí se inserta la gran revelación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está muerto y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 11,25-26). 

Esa es la pregunta definitiva, la que marca toda diferencia en el campo de las creencias. Pues bien, Marta cree que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el esperado.

Y SALIR DEL SEPULCRO

A continuación, Jesús pregunta por la sepultura de Lázaro. No se trata de una simple curiosidad. Sus lágrimas revelan a los presentes la sinceridad del afecto que profesaba a Lázaro.  Ante el sepulcro, Jesús ora a su Padre y llama a su amigo.

• “Lázaro, sal afuera” (Jn 11,43). Esa es la orden que el Señor de la vida grita con voz potente ante la entrada del lugar donde habían sepultado la esperanza.

• “Lázaro, sal afuera”. Esa es también la invitación que el Señor dedica a la Iglesia para que ella abandone su cansancio y somnolencia y pueda dar testimonio de la vida.  

• “Lázaro, sal afuera”. Ese es finalmente el imperativo que Jesús nos dirige a todos los que vamos arrastrando una existencia mortecina que no puede suscitar el entusiasmo.

Nuestra victoria sobre la muerte, en Jesús Jn 11

1. Estamos en lo que podemos llamar el «climax» de nuestro evangelio. Debemos estar muy atentos, no a lo sucedido, sino a lo que se nos quiere decir o enseñar en nues­tro relato. Desde luego el evangelista no duda ni un instante de que Jesús ha devuelto a la vida a su amigo Lázaro; pero ¿cómo lo interpreta y qué significa eso? No es tanto la resurrección de Lázaro lo que interesa, sino el misterio de la muerte y de la vida que tiene su fuente en la misma persona de Jesús. Se trata de lo que los hombres buscan, y de lo que Dios ofrece. Ya nos vamos in­tro­duciendo en el pensamiento de Juan y vamos conociendo su talante, que aunque mis­te­rio­so nos sirve mucho para conocer al Señor Jesús. Y es que Jesús no es para nosotros una fi­gura histórica que existió en un tiempo, sino que sigue existiendo y está presente en nues­tras vidas, aunque nuestra mediocridad no lo experimente a veces. Este capítulo lo debemos ver como una enseñanza poderosa sobre la muerte y la re­su­rrec­ción de Jesús que se prolonga en los cristianos. Si nos fijamos bien, no se nos quiere re­latar solamente la tradición del hecho de la resurrección de Lázaro, que se trata de una simple reviviscencia (una vuel­ta a la vida), sino aprovechar esta coyuntura para ahondar en lo que Jesús significa pa­ra la fe cristiana y muy concretamente ante el misterio de la muerte.

2. Se dice que si Lázaro está enfermo es «para mostrar la gloria de Dios» (v.4). Fi­jémonos, más que en cualquier otra cosa, en las palabras que pronuncian los personajes y, sobre to­do, en las palabras que el evangelista ha puesto en boca de Jesús durante todo el relato. Lo mismo se nos decía en la curación del ciego de nacimiento: «para que se manifiesten las obras de Dios» (Jn 9,3). Son dos narraciones bastante semejantes. Las dos gravitan en torno a las ex­pre­sio­nes del don de Dios: la luz y la vida. En el primero, la luz verdadera, Jesús, se enfrenta con las tinieblas del pecado; la luz en los ojos del ciego no era sino el signo de la otra luz que le fue dada: la fe. Y aquí, en nuestro relato, el que regala la vida a Lázaro, está en ca­mi­no hacia la muerte. Y la vida que aparece de nuevo en el cuerpo de Lázaro no es más que el signo de la otra vida, la del creyente, la que Dios dará a todos a partir de la resurrección salvadora de su Hijo.

3. El relato se nos presenta, por una parte, bastante humano, y por lo mismo lleno de significaciones. Lázaro está enfermo. Es hermano de dos mujeres amigas de Jesús que re­presentan dos motivaciones: Marta y la búsqueda impetuosa de la resurrección según los judíos; y María que se postra a los pies de Jesús esperando de Él cualquier decisión, pe­ro sin preestablecer cómo debe ser, ni cuando eso de la resurrección. Jesús se entera de que es­tá enfermo su amigo. Pero Jesús no se mueve -no lo hace moverse el evangelista, intencionadamente-, sino que se retarda pa­ra que de tiempo, precisamente, a que muera. Y es que las pretensiones eran mostrar có­mo Dios considera la muerte física. Si se hubiera querido mostrar el poder solamente, el poder taumatúrgico, Jesús hubiera marchado enseguida para curar a Lázaro. Pero Jesús quie­re enfrentarse con la muerte tal como es, y tal como la consideran los hombres: una tra­gedia. La muerte, pues, tiene un doble sentido: a) la muerte física, que no le preocupa a Jesús y, por lo mismo, se retrasa su llegada, para ver la serenidad con que Jesús la afronta, ya que entiende que la muerte viene a ser el encuentro profundo con el Dios de los vivos; b) la muerte como misterio, de la que Jesús libera, y en ésto se va a centrar el relato en su enseñanza para nosotros.

4. Este simbolismo joánico quiere también introducirnos en el misterio de la misma muer­te de Jesús. Jesús está fuera de Judea, lejos de Jerusalén, que es donde se va a ce­le­brar el drama de la muerte de Jesús. Los judíos están buscando una ocasión para coger a Jesús. Lázaro está en el territorio de los judíos (los no creyentes), cerca de Jerusalén. Para con­solar a las hermanas del muerto vienen los judíos de Jerusalén (los no creyentes). Vemos co­mo juega el evangelista con el simbolismo de creer y no creer en Jesús. Las hermanas son las que se confían a Él. Ellas, como buenas judías, aceptaban que debía haber resurrección al final de los tiempos. Pero no entendían el sentido. La respuesta de Marta (Jn 11,24) es la misma que pensaban los fariseos. Pero con esto no se logra darle a la muerte todo su sentido. ¿Por qué hace Jesús el milagro? Para que los hombres crean. No para probar su po­der divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte. Y pa­ra hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios. Los ju­díos (los no creyentes) no han podido encontrar en Dios toda la fuerza de la vida, porque bus­caban algo que superaba la razón y que solamente se puede encontrar en la fe en la per­sona de Jesús. Ellos no han logrado esperanzar a las hermanas de Lázaro. Viniendo Jesús al territorio judío se expresa que entra en la esfera de la muerte de los hombres, la esfera de los que no tienen esperanza, la esfera de los que no ponen en Dios todo, la esfera de una religión de tejas abajo; la esfera de los egoísmos y las mio­pías. Jesús sabe que pronto va a llegar su muerte en ese territorio de los judíos, pero no le importa.

5. El “mirar como le amaba” no puede interpretarse solamente como un gesto de la amis­tad personal del hombre Jesús con Lázaro. El evangelista no quiere presentar nunca so­lamente al hombre Jesús, sino a Jesús Señor. Quiere decirse que el Señor, a todos los que es­tán muertos en razón de la ley humana y en razón de sus mismos pecados, no los aban­do­na, aunque estén cuatro días en la tumba. Uno más, para significar que pasado tres días, ya es cuando al cadáver se le daba por perdido. Ningún hombre está perdido ante el Señor. Jesús grita a Lázaro y este sale con los pies y las manos atadas (Jn 11,43). La voz de Dios es al­go que se oye dentro del ser, del corazón y uno se conmueve. Esta es la voz que re­su­ci­ta. Fijémonos en el v.43, cuando se dice que sale de la tumba y, sin embargo, está atado de pies y manos. Y luego se les dice a los otros que lo desaten. Hay un distinción entre lo que Jesús hace y lo que hacen los hombres. El que ver­da­deramente da la vida es el Señor, y entonces Lázaro revive. Luego se manda que se le desate. En Lázaro está representada la muerte de los hombres a todos los efectos. Lázaro era un buen judío, pero desde los planteamientos de su religión no se le puede dar vida. No quiere decir, ni que Lázaro fuera un gran pecador, ni un judío contrario a Je­sús. Sabemos que es al revés. Es un simbolismo para el gran amor que se expresa.

6. Esta resurrección de Lázaro, no obstante, no tiene sentido más que a la luz de la misma re­su­rrección de Jesús. Así lo quiere presentar el evangelista. Se está preparando la muerte de Jesús por parte de los fariseos. A partir de los vv. 45-57 tenemos el juicio que los fa­ri­seos tienen sobre él. Muchos se han convertido. Y esto hace temblar a los responsables de la religión. Deciden darle muerte, cosa que se ha ido preparado en todo el evangelio. Por eso este relato es el simbolismo mismo de lo que va a suceder con el Jesús hom­bre; que Dios no lo abandonará a la muerte, sino que lo resucitará. Se hacía necesario que Jesús marchara a su propia muerte para hacernos comprender que tras la muerte se en­cuentra la definitiva vida de Dios. Y esta vida de Jesús que se comunicará a todos los que creen es la que se simboliza en todo el relato. Jesús está haciendo una donación del don de la vida que él anuncia: «yo soy la re­su­rrección y la vida» (11,25). El milagro es un signo de la vida de Jesús, y no se trata pro­pia­men­te de una anticipación de la resurrección corporal, ya que Lázaro debe morir de nuevo. Ade­más, propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una reviviscencia. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir.

7. En Jesús si se trata de una resurrección, ya que la resurrección supone una trans­for­ma­ción total del ser corporal humano. Luego el milagro de la reviviscencia de Lázaro es el símbolo de la vida que Jesús adquiere en su resurrección y que anticipa a los hombres de este mun­do mediante la fe, aunque sea una pizca. Debemos caer en la cuenta del simbolismo con el que gestiona Juan la narración, en su totalidad, para que no nos perdamos en lo insignificante y nos preguntemos, sin obtener respuesta, en qué ha consistido el milagro (en Juan es un “signo” sêmeion). Si nos empeñamos en averiguar cómo fue este milagro no llegaremos a la grandeza teológica y espiritual del texto. Porque si entendemos la vuelta a la vida de Lázaro como resurrección, debemos asumir que ha debido morir otra vez: lo cuál sería bastante desconcertante: así no se soluciona el misterio de la muerte. En una novela actual se dice: “nadie es tan malo que merezca morir dos veces”, en palabras de Magdalena a Jesús. Por ello, este milagro último viene a cerrar y coronar la serie de representaciones por los signos de la obra de Jesús. Este es el más evocador de todos y el que más tensión crea, ya que va a preparar la muerte de Jesús por parte de los judíos. Jesús ya puede ir a la muerte, porque la muerte física no es obstáculo para la vida eterna. Con ello se logra pre­parar a los fieles para que entiendan, desde ya, que la muerte física no puede destruir al hombre. Que la Cruz (donde va a morir Jesús) viene a ser el comienzo de la vida, por la acción verdaderamente resucitadora de Dios.