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La nube y la voz Mt 17,1-9 (CUA2-26)
En su constitución sobre la Liturgia, el Concilio Vaticano II dice que, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración, el tiempo cuaresmal prepara a los fieles a celebrar el misterio pascual (SC 109). Como ha escrito León XIV en su mensaje para la cuaresma de este año, en este tiempo hemos de escuchar con atención la Palabra del Señor.
La primera lectura de estos domingos de cuaresma nos va recordando a los grandes testigos de la Primera Alianza. Si el primer domingo nos presentaba la figura de Adán, en este segundo domingo se evoca al patriarca Abram. En Ur de Caldea, él y su familia adoraban a los dioses de aquellas tierras regadas por el río Éufrates. Pero un día sintió la llamada de un Dios desconocido que lo invitaba a salir de su tierra (Gén 12,1-14).
Nosotros no podemos decidir el momento ni el modo de nuestra salvación. Dios tiene la iniciativa y la realización. Solo él es quien puede salvarnos del mal y del pecado y suscitar en nosotros la esperanza.
Con razón podemos repetir confiadamente las palabras del salmo responsorial: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).
San Pablo indica a Timoteo que Dios se ha adelantado a nuestra petición, al enviarnos a Jesucristo para destruir la muerte y sacar a la luz la vida inmortal (2 Tim 1,10).
LA HORA DE VER
El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos recuerda que la transfiguración de Jesús anuncia el misterio de su muerte y su resurrección. Pedro, Santiago y Juan subieron con él a lo alto de una montaña. Allí vieron que su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvían blancos como la nieve (Mt 17,1-8).
Pudieron ver que Jesús aparecía envuelto por una nube. Como se sabe, la nube habitualmente refleja la soberanía, la trascendencia y, al mismo tiempo, la cercanía de Dios. En este caso, evocaba aquella otra nube que acompañaba al pueblo de Israel en su peregrinaje por el desierto (Éx 14,21-22; 40,36-38).
Los Apóstoles vieron además que Moisés y Elías conversaban con Jesús. El representante de la Ley y aquel gran profeta de Israel habían llegado al monte para dar testimonio de la identidad y de la misión del Maestro.
Y LA HORA DE OÍR
En el relato de la Transfiguración de Jesús se recoge la voz que desciende de la nube, es decir, desde el ámbito de lo divino: “Este es mi Hijo, el amado, el elegido: escuchadlo”. Cada una de estas palabras encierra una enseñanza fundamental:
• “Este es mi Hijo”. Dios no es algo extraño a la experiencia de los hombres. Tampoco es una idea ni un anhelo insatisfecho. Es el Padre que reconoce a Jesús como hijo.
• “El amado”. Los seres humanos han temido muchas veces a los dioses. Los dioses falsos tienen boca pero no hablan. Pero el Padre de Jesús es un Dios que siente y ama.
• “El elegido”. Jesús no fue menos humano por saberse elegido por Dios. Por el hecho de reconocer a Dios como Dios, el ser humano no pierde su categoría y su dignidad.
• “Escuchadlo”. En Jesús y por Jesús nos llega el mensaje de Dios. Podemos confiar en él. Dios está con él, lo apoya y garantiza su misión y la verdad de su mensaje.
La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano Mt 17,1-9 (CUA2-26)
1. Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9,2ss). Lucas (9,28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9,51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.
2. El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!
3. Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.
4. Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32,1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.
5. ¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.
https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/1-3-2026/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/
La tentación de la mentira Mt 4,1-11 (CUA1-26)
«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gén 3,2). Esa es la pregunta que la serpiente dirige a la mujer. Esa es la primera mentira de la historia. No es eso lo que ha dicho Dios.
Al espíritu del mal le interesa suscitar la curiosidad de la mujer, presentar a Dios como el enemigo de la libertad humana y sugerir que en la trasgresión de sus mandatos se encuentra la felicidad. Esa es la estrategia de los manipuladores de la humanidad. Pero es también la presión de nuestros personales apetitos.
Sin embargo, el salmo responsorial nos sugiere una oración para reconciliarnos con Dios: “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50).
San Pablo indica a los fieles de Roma que, frente al pecado del primer hombre, nos llega por Jesucristo la salvación: “Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rom 5,19).
EL ENGAÑO
En el primer domingo de la cuaresma, contemplamos a Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Allí Jesús fue sometido una y otra vez a la prueba. El demonio trataba de explorar su categoría divina y también su calidad humana.
Si de verdad se consideraba como Hijo de Dios, podría satisfacer su hambre como por arte de magia, podría aparecer ante las gentes como un triunfador llovido del cielo y podría disfrutar de todos los bienes y los reinos de este mundo.
Esas son también nuestras tentaciones: el ansia del placer fácil y de la satisfacción inmediata, la conquista del poder que nos hará parecer superiores a todos los demás y el deseo de poseer bienes y comodidades que nuestros vecinos no logran alcanzar.
Como a Jesús, también a nosotros el espíritu del mal nos incita a utilizar en beneficio contante y sonante nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestra gran tentación comporta siempre el engaño sobre nosotros mismos.
LA FIDELIDAD
Si el demonio cita un salmo, Jesús lo rechaza con otra frase bíblica: “No tentarás al Señor tu Dios”. Pero nosotros somos tentados y tentadores de Dios y de los demás
• Solemos tentar a los demás cuando les presentamos la mentira como si fuera la verdad, cuando les sugerimos una forma de adicción como si les abriera a la libertad, cuando les presentamos una satisfacción inmediata como si fuera la felicidad.
• Y nos atrevemos a tentar a Dios cuando olvidamos su amor y adoramos a las cosas, como si fueran dioses que pudieran salvarnos, cuando pretendemos ser nosotros la fuente de la fe y de la esperanza, del amor y de la vida, de la paz y la justicia.
A la luz de este mensaje evangélico, hemos de revisar las clásicas tentaciones del tener, el poder y el placer, que pueden desviarnos del camino del Señor. La cuaresma es un tiempo propicio para este examen sobre la verdad más honda de nuestra vida.
El Hijo de Dios vive nuestra existencia “de verdad” Mt 4,1-11 (CUA1-26)
1. Cada evangelista, en el respectivo año litúrgico, nos ofrece su versión de Jesús tentado, como Adán y Eva en el paraíso. Los que más se parecen, a diferencia de Marcos, son los relatos de Mateo y Lucas. Éste ha cambiado el orden, por razones teológicas; pero el mensaje no puede ser muy distinto en uno y otro, aunque con matices. En el caso de Mateo se intenta poner de manifiesto la fidelidad de lo que los judíos rezan todos los días en el “shema” (Dt 6,4-5: Escucha Israel, el Señor es tu único Dios... y lo amarás con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas). No debemos asombrarnos si decimos y subrayamos que el relato va más allá de lo puntualmente “histórico”, para ser un ejemplo vivo en la comunidad de cómo hay que luchar contra lo que nos deshumaniza en razón de una falsa “divinización”. Porque la divinización es pecado cuando viene de nosotros mismos que no aceptamos nuestra vida ni la de nuestros hermanos los hombres; pero es gracia y salvación cuando viene de Dios como don de la creación y de la redención; entonces es auténtica “theoresis”, como pensaban los “padres” griegos.
2. Sabemos que este relato tiene una característica que los expertos le han llamado “haggada”, sobre las tentaciones del pueblo en el desierto, y actualizadas por la tradición cristiana para presentar el verdadero mesianismo de Jesús. Podemos constatar que las respuestas de Jesús están formuladas según los textos bíblicos que aluden al pueblo en esa travesía: La primera respuesta de Jesús es una cita de Dt 8,3 que, a su vez alude a Ex 16,1 ss (el maná). La respuesta a la segunda tentación es una cita de Dt 6,16 que, a su vez, alude a Ex 17,1-7 (las aguas de Massá). La tercera respuesta cita a Dt 6,13 que puede aludir tanto a Ex 32 (el becerro de oro) como a Ex 23,24 y 34,13-17 (mandato de no adorar las divinidades cananeas). Por tanto respuestas que quieren ser ejemplo “corporativo” para la comunidad, porque Jesús con su rechazo es, para Mateo, el Mesías que hace posible un nuevo pueblo hacia Dios. Pero también deberíamos ver aquí lo más personal de Jesús como hombre, como persona, igual que nosotros, que vence… con opciones personales, al ponerse en manos de Dios.
3. Tres pruebas, como número simbólico, cumplen de modo perfecto esa oración a Dios. Y así: 1) rechazando convertir las piedras en pan ha amado con todo el corazón; 2) al rehusar poner a Dios a prueba inútilmente, ha amado con toda al alma; 3) no aceptando los reinos que le ponen a sus pies, ha amado con toda las fuerzas. Eso es lo que no fue posible en el paraíso. El rechazo de Jesús a todo lo que se le ofrecía no es una victoria humillante; era lo único que verdaderamente le podía mantener unido a Dios y a todos los hombres. Estas fidelidades de Jesús, fidelidades que se muestran a todo lo largo de su vida, lo harán más humano y más cercano. Jesús, el Hijo de Dios, mientras está en el papel radical de la encarnación no sueña, ni siquiera, con ser Dios o tener su poder. Sería un sueño imposible que deja un gran vacío; así lo han pretendido los hombres, emperadores o no, que han querido ser adorados; pero la verdad es que nunca llegaron a ser dioses, se alejaron de los hombres, eso sí, y se quedaron solos para siempre.
4. En este sentido de cómo debemos ver a Jesús en lo más personal, incluso en la praxis humana como Hijo de Dios, cito estas palabras que son muy sugerentes y válidas para el conjunto del relato, aunque se centran en la primera tentación: “La tentación consiste, pues, en el uso de Dios y de la relación privilegiada con El, como medio para alterar la condición humana en beneficio propio, eludiendo de esta manera la tarea del hombre en el mundo. Dios es visto como protector, y la relación con El como ventaja personal frente a las fuerzas ocultas y necesidades de la vida, a las que el hombre teme cuando ha experimentado hasta qué punto pueden destrozarle y hasta qué punto está indefenso ante ellas. Así se comprende que la respuesta de Jesús sea una apelación a la condición humana. Si se hubiese tratado de interrogar a Jesús sobre su filiación divina, el redactor podía haber puesto en su boca cualquiera de los pasajes bíblicos relativos a ella que la comunidad primera aplicaba a Jesús (v. gr., Sal 2,8). Pero lo que ahora importa no es la realidad sino el significado de esa filiación divina; y la respuesta de Jesús equivale a decir: la filiación divina no elimina nada de la condición humana. Y el hombre es tal que no vive sólo de pan, sino de todo aquello que procede de Dios, es decir: de toda la realidad de la vida, en cuanto entregada a él para que la domine. Es evidente que hay que satisfacer el hambre, pero sin esperar en los milagros para ello; es evidente que hay que convertir los desiertos en pan, pero no a base de rogativas, sino por el esfuerzo humano: ésta es la condición humana y esto es aquello de lo que "vive el hombre". Porque Dios no está con él sólo cuando tiene pan, sino también cuando no lo tiene, cuando cree estar sin El: ya que se le manifiesta precisamente en la llamada a convertir en pan las piedras” (J. I. González Faus, La Nueva Humanidad. Ensayo de Cristología. vol. I, Madrid, 1974, pp. 182-194).
Mensaje cuaresmal 2026 por el Papa León XIV
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
































