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La sabiduría del perdón (por Rafael Domingo Oslé)
Hay palabras que, al pronunciarlas, abren una grieta luminosa en la historia. Perdón es una de ellas. Su hondura desborda al léxico: no es un mero gesto moral ni una fórmula de cortesía, sino la más alta expresión del amor consciente. Allí donde el odio destruye, el perdón edifica; donde el mal deja herida, el perdón crea espacio para la reconciliación. Pero entenderlo así exige mirar su fuente más pura: el perdón del Crucificado.
La cruz fue, en tiempos de Roma, el suplicio reservado a los esclavos y rebeldes. Un instrumento de escarnio público, pensado para exhibir la humillación de quien perdía toda dignidad. Que ese instrumento de tortura se convirtiera en símbolo de salvación es, en sí mismo, un vuelco civilizatorio. Ningún acontecimiento histórico ha transformado tanto la comprensión del daño y de la culpa como aquel instante en el que Jesús, colgado de un madero, pronunció: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Con esas palabras se abrió paso una novedad radical: un perdón sin límite, ofrecido incluso a los verdugos.
Esa petición de perdón no fue una concesión sentimental, sino un acto de sabiduría amorosa. Jesús unió el perdón a la ignorancia: «no saben lo que hacen». En esa fórmula se encierra una antropología completa. Cuando el hombre hiere, lo hace desde su desconocimiento más profundo –del otro y de sí mismo–. Tras la mentira, la violencia o el abuso hay siempre una ceguera del corazón. Por eso el perdón verdadero no se reduce a absolver errores, sino que busca iluminar la ignorancia que los engendra. El sabio perdona porque comprende; el ignorante hiere porque no sabe lo que hace. Solo quien ha sido alcanzado por la luz del amor puede perdonar con esa libertad que nace del conocimiento.
Ese vínculo entre perdón e ignorancia evoca también la escena de Esteban, el primer mártir cristiano. Mientras las piedras caían sobre su cuerpo, repitió las palabras del Maestro: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». La cadena del perdón se extendía así, de Cristo al discípulo, marcando para siempre la ética cristiana. Desde entonces, todo instante de violencia contiene una posibilidad escondida: la de responder con amor. La revelación de Dios en la cruz no anula el dolor ni la justicia, pero ofrece una salida distinta del círculo de la venganza. Por eso, cada vez que un ser humano perdona, el mundo recobra un fragmento de su cordura.
El mensaje del Crucificado no quedó confinado al ámbito religioso. A lo largo de los siglos, el perdón se convirtió en categoría moral, jurídica y política. En él se han inspirado escritores, filósofos y estadistas. Fiódor Dostoyevski lo elevó a drama interior en Crimen y castigo, al mostrar cómo la culpa solo encuentra redención a través de la compasión y la aceptación del propio mal. Hannah Arendt, superviviente del horror del Holocausto, reconoció en el perdón el antídoto político contra la venganza y la irreversibilidad de la acción humana. En 'La condición humana' escribió que solo el perdón permite «deshacer lo hecho». Es la facultad de comenzar de nuevo, de ofrecer una segunda oportunidad allí donde todo parecería perdido. Y sin embargo, también advirtió que hay actos tan atroces que parecen escapar al perdón, como los perpetrados en los campos de exterminio. Aun así, su conclusión es profundamente bíblica: el perdón no es debilidad, sino poder transformador.
Ese poder lo encarnó, en el último siglo, Desmond Tutu. Tras décadas de apartheid, supo que sin perdón no habría futuro para Sudáfrica. Presidió la Comisión de Verdad y Reconciliación convencido de que la verdad libera y el perdón sana. «Sin perdón no hay futuro», repetía. Su teología práctica fue la de un amor comprometido con la justicia, que no olvida el crimen pero se niega a repetir su lógica. Gracias a esa convicción, un país desgarrado evitó el derrumbe moral y político al que lo empujaba la venganza.
El perdón cristiano no elimina la justicia, la eleva. No consiste en cerrar los ojos al daño, sino en abrirlos más: en reconocer el mal sin dejarse poseer por él. El mismo Juan Pablo II –víctima de un atentado que casi le costó la vida– visitó la celda de su agresor, lo tomó de la mano y lo perdonó. Aquella imagen, humilde y poderosa, mostró que el perdón no es amnesia ni debilidad, sino la más alta forma de fortaleza. Desde entonces, los Estados, las Iglesias y confesiones religiosas, las universidades e incluso las empresas han empezado a pedir perdón por sus culpas históricas. No siempre con pureza, pero sí con la intuición de que sin esa reconciliación no hay comunidad posible. Una sociedad que perdona es una sociedad que se reconoce frágil y, por eso mismo, humana.
El perdón verdadero opera en todos los planos de la existencia. En el psicológico, libera del resentimiento; en el moral, ennoblece; en el político, pacifica; en el espiritual, redime. Su acción es ascendente y descendente: a veces la fe inspira la reconciliación civil; otras, la justicia restaura el camino de la fe. Pero siempre implica un mismo gesto: dar a cada uno su perdón, como expresión última de justicia. Porque tan falso sería perdonar sin reconocer el daño como reclamar justicia negando la posibilidad del perdón.
Nuestra época, tan orgullosa de sus derechos, corre el riesgo de olvidar que en la raíz del derecho también se halla el perdón. Allí donde solo rige la ley del agravio, el hombre se empobrece; allí donde se abre paso el perdón, surge la esperanza. Forjar una cultura del perdón no significa debilitar la justicia, sino fortalecerla con humanidad. No hay paz sin justicia, pero tampoco justicia sin perdón.
Detrás de toda guerra, polarización o fractura social late una ignorancia que solo el perdón puede curar. Ignorancia del otro, de su historia, de su dolor. Por eso, el perdón no es un capricho moral, sino una urgencia política y espiritual. Es el oxígeno sin el cual la convivencia se asfixia. Y en esa tarea –personal y colectiva–, vuelve a resonar la voz del Crucificado, actual como nunca: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». En esa frase se condensa, desde hace dos mil años, la única verdad capaz de liberarnos de nuestra propia ignorancia.
*Rafael Domingo Oslé es catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Navarra
Fuente: https://www.abc.es/opinion/editorial-sabiduria-perdon-20260401191629-nt.html#goog_rewarded
Entrega y confianza Mt 26-27 (Domingo de Ramos)
Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. En la primera lectura, se evoca el tercer canto del Siervo del Señor: “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes” (Is 50,47). Nos sorprende esa confianza en Dios que manifiesta un profeta que se sabe perseguido y condenado a muerte.
El salmo responsorial recoge unas palabras que Jesús debió de recitar desde lo alto de la Cruz: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”. No es este el lamento de un desesperado, puesto que más adelante el salmista confiesa que Dios ha escuchado su petición de auxilio (Sal 21,25).
En el himno que aparece en la segunda lectura, san Pablo proclama que Dios exalta a Jesús y le da un nombre por encima de todo nombre (Flp 2,9).
TRES ESCENARIOS
La alegría de la bendición de los ramos y de la procesión parece oscurecerse en la lectura de la pasión de Jesús según san Mateo. En ella se evocan al menos tres escenarios en los que se pone de manifiesto el abandono humano que ha de sufrir Jesús
• El primero de ellos es el palacio de los sumos sacerdotes. Allí Judas, uno de los discípulos elegidos por Jesús, negocia con los sacerdotes el precio que puede cobrar por entregarles a su Maestro (Mt 26,14-26).
• El segundo escenario es el salón en el que Jesús celebra la última cena junto con los Doce. Allí anuncia que uno de ellos lo va a entregar y, ante la pregunta de Judas, responde que efectivamente él será el traidor (Mt 26,25).
• El tercer lugar es Getsemaní. Mientras Jesús hace oración, lleno de tristeza y angustia, sus discípulos predilectos duermen profundamente. Además, cuando llegan los esbirros de los sumos sacerdotes y de los ancianos del pueblo, todos los discípulos lo abandonan y huyen (Mt 26,56).
EL ABANDONO Y LA AYUDA
El texto griego ha conservado la forma aramea de unas palabras que Jesús pronunció en la cruz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). ¿Cómo entender ese lamento del Señor?
• Algunos pueden hoy identificarse con los que presenciaban la crucifixión de Jesús. El sonido de las palabras y el recuerdo de un profeta (Mal 3,23-24) les hicieron pensar que el Crucificado suplicaba la asistencia del profeta Elías.
• Otros muchos olvidan el itinerario que sigue el orante que pronuncia este salmo. La llamada de auxilio al Señor se trasforma en el mismo salmo en el fiel testimonio de la ayuda de Dios, en profesión de confianza y en anuncio de su gracia.
• También en este tiempo nuestro, son muchos los que piensan que Dios los ha abandonado, cuando en realidad están padeciendo el abandono de quienes debían mostrarles su cercanía y prestarles su apoyo.
Pasión de Mateo 26-27
1. Hoy la lectura de la Pasión según san Mateo debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio”, buena noticia, y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido, esa es la fuente de nuestro relato de Mateo. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido casi con toda seguridad para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual
2. No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”; tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que no se dejaba intimidar por la teología oficial. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.
3. Mateo, como se ha dicho, sigue de cerca el texto de Marcos, pero algunas claves particulares se deben hacer notar:
A) Lo que da unidad y coherencia a las distintas secciones (algunos hablan de tres) es la perspectiva cristológica en que todo se presenta. Mateo es el que mejor ha tratado de respaldar el misterio de la pasión del Mesías con el cumplimiento de las Escrituras. Esto era muy explicable para una comunidad que, procedente del judaísmo, debía asumir que la pasión y muerte, coronada por la resurrección, entraba en el plan de Dios y así era asumido libremente por Jesús.
B) Hay algunos particulares del relato que Mateo que llaman la atención. La diferencia con respecto a Marco se halla en el episodio de Barrabás y se convierte en uno de los elementos claves de su visión de la pasión y las consecuencias para Israel. Hace unos años se escribía una obra sobre la redacción de Mateo y su teología que se fundamentaba en la en Mt 27,25: “caiga su sangre…”. Consta de dos elementos: intervención de la mujer de Pilato y escena en que Pilato se lava las manos. No se trata de simples agregados. Mateo retoma todo el conjunto y nos presenta una nueva composición óptimamente construida, donde la intención doctrinal y eclesial aparece claramente. Quedan definidos los lazos de Cristo con el pueblo de Israel. Cuando la mujer del pagano intercede por el “justo”, la hija de Sión exige a gritos la muerte de su Mesías, de su Cristo (en vez de “rey de los judíos”, Mateo utiliza dos veces este título). “Todo el pueblo” toma sobre sí la responsabilidad que Pilato rehúsa (27,-2425).Esta toma de posición del pueblo de la antigua alianza marca un vuelco en la historia de la salvación. La perspectiva cristológica de todo esto es manifiesta. Es el rechazo del judaísmo al Mesías que ha elegido libremente la pasión. Pero ello no debe incitar -¡de ninguna manera!- al antisemitismo, como ha ocurrido en lecturas apologéticas que no entienden que el pueblo de Israel no es el responsable de la muerte del “profeta”, sino unos dirigentes ciegos e inmisericordes. Es verdad que el Evangelio de Mateo mantiene una constante de “antijudaísmo” como problema histórico y teología, pero no es “antijudío” por naturaleza.
C) No deberíamos decir que Jesús “eligió” la muerte porque Dios así lo quería o así lo necesitaba. No es el sufrimiento el camino que Dios quiere para redimir y salvar a los hombres. Pero Dios, en este caso por medio de la opción decisiva del profeta, del Mesías verdadero de Israel, (según la teología de Mateo) sabe asumir todo lo que los hombres “construyen” religiosamente, precisamente para destruir esta “construcción religiosa” antihumana y antidivina. La construcción eclesiológica de Mateo del relato de pasión es la misma que la que han mantenido en toda su obra. A este respecto se podría decir que el relato de Marcos sobre la pasión es más kerygmático y el de mateo más eclesiológico. Pero los dos aspectos deben ir unidos en nuestra reflexión de lo que significa leer la “pasión” en la liturgia del Domingo de Ramos. No incidamos demasiado en el sufrimiento, porque esa no es la clave de Mateo, sino en cómo una comunidad se identifica con su Señor para hacer posible que el proyecto salvador de Dios se viva de verdad por encima de las decisiones absurdas de los dirigentes del pueblo que no pudieron asumir el que el profeta desmontara la concepción que ellos tenían sobre Dios y sobre la religión de Israel. Y eso iba en beneficio de toda la humanidad.
D) La Pasión, los cristianos, no la deberíamos leer como un tema “gore” (de sangre y sufrimiento cruel). No es esa la concepción del relato primitivo que cada uno de los evangelistas ha redactadote de acuerdo con su comunidad. Es el misterio de la identificación con su causa, con el proyecto del Reino que había anunciado hasta llegar a sus últimas consecuencias. No sufrió Jesús más que los crucificados de los caminos que el Imperio romano prodigaba, ni derramó más sangre que ellos, pero sí estuvo identificado con el sufrimiento de todos esos crucificados. Es verdad que en su juicio concurren una serie de circunstancias religiosas que lo hacen diferente, y por ello a un juicio y una condena diferente, contemplamos una condena diferente. Es más hermoso el poema musical de la Pasión según San Mateo de Bach que películas que solamente señalan –sin poesía ni religiosidad alguna- el sufrimiento por el sufrimiento. No olvidemos que nuestros relatos se confeccionan con la perspectiva de la resurrección como victoria de Dios sobre los proyectos de los poderosos o del amor sobre el odio.






























