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Los dos mandatos Mc12,28b-34 (TOB31-18)

“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno”. Son muy importantes para Israel esas palabras que contiene el texto del Deuteronomio que hoy se proclama (Dt 6, 2-6). A esa llamada de atención se unen tres avisos prácticos:
• “Teme al Señor tu Dios”. El temor de Dios no se puede confundir con el miedo. Dios no se identifica con esos ídolos que con tanto celo veneramos. Sin el temor a Dios, la idea que de él nos formamos solo es una proyección de nuestros propios deseos.
• “Guarda sus mandatos y preceptos”. Los mandatos del Señor no pueden confundirse con imposiciones arbitrarias. Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Sus preceptos son una lámpara para nuestros pasos (Sal 119,105).
• “Ponlos por obra para que te vaya bien”. Los mandamientos de nuestro Dios tampoco son principios abstractos o simples frases para el decorado. Si los ponemos en práctica, llegaremos a  encontrar el camino de la armonía integral.

UN ÚNICO AMOR
Un escriba pregunta a Jesús cuál es el primero de los mandamientos (Mc 12,28-34). Seguramente traía en la mente las discusiones de las escuelas sobre el tema. Tal vez quería saber a cuál de ellas pertenecía el Maestro. El escriba se refiere a un solo precepto, pero Jesús le recuerda dos, que reflejan un único amor. 
- En primer lugar, según el Deuteronomio, es preciso amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6,5). Frente a la dispersión de los pensamientos, de los sentimientos y de nuestros compromisos habituales, solo el amor a Dios nos ayuda a vivir  centrados en lo más importante.
- Además, de acuerdo con el Levítico, es necesario amar al prójimo como a uno mismo (Lev 19,18). Poner el “tú” al nivel del “yo” es la auténtica regla de oro.  Al final de su vida, Jesús se presentará como la clave de ese amor:  “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esa es la definitiva superación del egoísmo.

LA VERDAD DEL EVANGELIO
Nos admira la sintonia del escriba, que amplía y ratifica la propuesta de Jesús. En sus palabras se refleja ya la reflexión y la experiencia de la comunidad cristiana:
• “El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él”. Nuestro politeismo práctico nos perturba y enloquece. El verdadero creyente nunca podrá adorar a dos dioses. El corazón que de verdad ama a Dios no puede estar dividido.   
• “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios”. Un oraculo semejante de Oseas (Os 6,6) encuentra eco en los labios de Jesús (Mt 9,13). El papa Francisco critica una devoción que no se traduce en servicio a los demás. 
• “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. El Reino de Dios es Jesús mismo. Amar a Dios y al prójimo: ese es el resumen de la vida y del mensaje del Maestro.

Del siervo al Mesías Mc 8,27-35 (TOB24-18)

 “Ofrecí la espalda a los que me apaleaban y la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. Es impresionante esa confesión del Siervo de Dios que resuena en el texto profético que hoy se proclama (Is 50,5-9). La misión que le ha sido confiada está expuesta a violencias de todo tipo.
Pero el elegido se mantiene firme en medio de la persecución. Bien sabe que su fuerza no viene de sí mismo: “El Señor me ayudaba, por eso no sentí los ultrajes”. La fe en la cercanía de Dios no nos exime de las burlas, pero nos da esa audacia que propone el papa Francisco en su exhortación “Gaudete et exsultate”. 
Recogiendo esta certeza, el salmo responsorial proclama: “El Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó” (Sal 114). Nuestro aguante no nace de la fuerza de nuestra voluntad, sino de esa fe que genera y orienta nuestras buenas obras (Sant 2,14-18). 

LA TENTACIÓN
El evangelio de hoy nos presenta a Jesús en la zona de Cesarea de Felipe, cerca de las fuentes del Jordán (Mc 8,27-35). Mientras va de camino, dirige a sus discípulos una pregunta sobre la idea que las gentes tienen de él. Pero no se detiene ahí y les interpela sobre su opinión personal. En realidad, les pregunta quién es él para ellos.
Pedro responde escuetamente: “Tú eres el Mesías”. Pero Jesús replica con una prohibición, una expliación y una reprension. 
• Jesús prohíbe a sus discípulos que difundan entre las gentes que él es el Mesías de Dios. El título tenía implicaciones políticas que el Maestro trataba de evitar.
• Además, Jesús les explica que su mesianismo incluye un panorama de padecimiento y condena por parte de las autoridades y un destino de muerte y de resurrección.
• Y, ante la resistencia de Pedro a admitir ese futuro, Jesús lo reprende por tratar de apartarlo del fiel cumplimiento de su misión.
Evidentemente, se puede caminar con Jesús conservando en el fondo la forma de pensar que dicta la opinión pública, no la que nos inspira la fe en Dios. Esa es la gran tentación.

LAS DECISIONES
En ese contexto, Jesús dirige a la gente y a sus discípulos de todos los tiempos una lección inolvidable:  “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Acompañar al Maestro por el camino comporta tres decisiones radicales:
• Negarse a sí mismo. Es preciso salir del individualismo que de hecho niega la autenticidad de la respuesta a la llamada del Maestro. El discípulo ha de estar dispuesto a renunciar a sus proyectos y a sus intereses personales.
• Cargar con la cruz. La cruz era un horrible instrumento de suplicio. Por tanto, cargar con ella equivalía a reconocerse como un delincuente merecedor de una condena. Y disponerse a compartir en el futuro el destino del Justo injustamente ajusticiado.