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La Cruz. Salvación redentora Jn 3,13-17 (Exaltación de la Cruz 14 de septiembre)

 



El recuerdo de la cruz (Jn 3,13-17) Fiesta 14 de septiembre

“Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba la serpiente de bronce y salvaba su vida” (Núm 21,9). 

Como para evitar la tentación de acudir a la magia para lograr la curación, el libro de la Sabiduría explica que aquel era un signo de salvación. “El que lo miraba se curaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, salvador de todos” (Sab 16,7).

Recordando cómo los hebreos se olvidaban del Dios que los había liberado de la esclavitud padecida en Egipto, el salmo responsorial nos recuerda que “él, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: una y otra vez reprimió su cólera, y no despertaba todo su furor” (Sal 77,38).

San Pablo, por su parte, recoge un conocido himno, en el que se afirma que Jesús, “siendo de condición divina, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-11).

CRUZ Y EL ANCLA

En su diálogo con Nicodemo Jesús se comparó a sí mismo con la antigua serpiente del desierto: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15).

Jesús habría de ser elevado en la cruz para ofrecer la salvación a todos los que volvieran a él sus ojos y su confianza. Es claro que nuestra salvación no brota de la madera de la cruz, sino del crucificado en el madero, es decir de su entrega a Dios por nosotros. 

Al venerar a un crucificado, los cristianos somos una auténtica provocación social. En un mundo que solo aspira a la comodidad y el disfrute, al triunfo y la fama, aceptar la cruz parece una locura. La cruz molesta en todas partes. Y proclamar que la cruz es el camino para la salvación suena como un agresivo desafío. 

Sin embargo, no podemos olvidar que, en el logo elegido para este año jubilar, la cruz que abrazan los peregrinos se presenta como un ancla de salvación.

GRATITUD Y COHERENCIA

El signo y el misterio de la cruz se expresan en palabras de entrega. El evangelio de Juan coloca en labios de Jesús el mejor comentario a esta certeza (Jn 3,13-17).

• “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. Dios no es enemigo de su creación. La vida y la muerte de Jesús son el gran signo del amor de Dios al mundo. Y la entrega de Jesús a su Padre refleja el acto por el que el Padre nos ha entregado a su Hijo.

• “Para que no perezca ninguno de los que creen en él”. El fin de la entrega de Jesús es presentado como un rescate. Si aceptamos su vida y su doctrina, seremos liberados de la frustración humana y del riesgo del fracaso de nuestra existencia.

• “Para que tengan vida eterna”. La entrega de Jesús da sentido a nuestra vida.  Su vida se ha distinguido por su  donación a los pequeños, a los humildes y a los pobres. Esa es la vida que pervive hasta más allá de la muerte y nos une para siempre al Dios viviente.

El amor crucificado es glorificado Jn 3,13-17 (Fiesta de la Exaltación de la Cruz)

El diálogo con Nicodemo es una de las estampas más significativas del evangelio de Juan. Nicodemo, desde "su noche", viene -según el evangelista- a encontrarse con Jesús ¿por qué? Habría que pensar en el trasfondo de la comunidad joánica, así como en el acercamiento de algunos judíos a los cristianos, para poder entender esta escena. Hubo enfrentamientos muy fuertes entre judíos y cristianos, y esto se refleja en este evangelio. Pero también hubo judíos que con toda su carga religiosa y su tradición querían buscar la verdad, la luz, el agua viva, el nuevo maná. Los israelitas en el desierto protestaban contra el maná y vinieron serpientes. Estos conceptos teológicos son muy propios del evangelio de Juan.

En concreto, los vv. 13-17 corresponden a una reflexión teológica, sobre palabras de Jesús, que tienen una carga soteriológica de envergadura. Aquí se ha querido ir más allá de lo que el mismo Jesús pudo decir en su vida histórica. Porque no podemos olvidar que este evangelio se construye con una ideología soteriológica que se pone de manifiesto desde la misma presencia de Jesús en la "encarnación". Jesús es el "revelador" de la salvación y quien se encuentra con él y cree en él, se encuentra con la vida. El texto, además, intenta superar la escena religioso-culturalista de la primera lectura (Núm 21,8). Ahora los hombres no tienen que mirar a una serpiente en su "abrasador" (saraf: cf Is 30,6), sino al trono de la cruz, donde ha sido elevado el Hijo del hombre. Ahora la salvación no queda en mirar a un animal venenoso, por mucho simbolismo que tuviera en la antigüedad y en la Biblia.

En la cruz está el "hijo del Hombre". El "abrasador" es una cruz que los hombres han levantado para quien revelaba a Dios de una forma nueva e inaudita. Y esto lo explica la teología joánica como "amor" de Padre al mundo. Es, probablemente, la afirmación soteriológica más decisiva de estas palabras del evangelio. El Hijo de Dios ha venido entregado por el Padre "para salvar" al mundo. El mundo en San Juan son los hombres que no aceptan el proyecto salvífico de Dios. Bien, pues ese Dios no odia al mundo, sino que lo ama y así lo muestra en el misterio de la entrega del Hijo. Podríamos atrevemos a decir que el texto evangélico de hoy es una "versión" joánica del himno de la carta a los Filipenses, ni más, ni menos. Con un trasfondo distinto, pero que viene a misma verdad.

Se ha dicho que este es también un texto de profundo calado escatológico, muy propio de la teología joánica. ¡Es verdad! El juicio de nuestra salvación futura no es una decisión jurídica y enrevesada de última hora ante un ficticio tribunal divino. Esa es una imagen apocalíptica poco feliz. Es en el presente donde se está decidiendo nuestro porvenir salvífico. Ello es posible al aceptar por la fe al que ha sido "elevado a lo alto", en la cruz, donde se inicia su gloria. En la teología del cuarto evangelio la elevación en la cruz es la glorificación; por eso se permite proclamar: "y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí, Decía esto para significar de qué muerte iba a morir." (Jn 12,32-33). Toda una garantía que teológicamente es irrenunciable: el Dios de nuestra salvación es un Dios que ama al mundo que lo rechaza. No un dios perverso o rencoroso. Es un Dios que quiere ser aceptado, que quiere ser amado, desde el amor que Él mismo ha mostrado en su Hijo entregado hasta la muerte en la cruz. Esa es su gloria esa es nuestra garantía.