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El camino de Emaús Lc 24,13-35 (PAA3-26)
“A Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hech 2,32). Para los habitantes de Jerusalén y los peregrinos que han llegado a la ciudad para la celebración de la fiesta de Pentecostés, Simón Pedro tiene un triple mensaje:
• En primer lugar, recuerda la misión y la obra de Jesús, al que Dios acreditó con los milagros y prodigios que fue realizando a la vista de todos.
• Proclama que, aunque muchos de sus oyentes denunciaron a Jesús para que fuera condenado a muerte de cruz, Dios lo resucitó de entre los muertos.
• Y finalmente afirma que los discípulos han recibido el Espíritu Santo para dar testimonio de la resurrección de Jesús, que es el Mesías esperado.
Con el salmo responsorial le pedimos al Señor que nos enseñe el verdadero sendero de la vida (Sal 15).
Según la primera carta de Pedro, los cristianos saben que su fe y su esperanza se apoyan en el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (1 Pe 1,18-21).
NUESTRA ILUSIÓN FRUSTRADA
El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos recuerda el doble camino de dos discípulos de Jesús (Lc 24,13-36). Mientras se van alejando de Jerusalén, comparten la amarga experiencia del desaliento. Aquel en quien habían creído ha muerto. Y con él ha muerto la esperanza que suscitaban sus palabras y sus acciones.
En este tiempo nuestro, muchas personas han buscado las razones para vivir y esperar en la economía y en la técnica, en los medios de comunicación y en los dirigentes políticos. Y de pronto, las bombas y los drones les han hecho ver que esos fundamentos carecen de raíces.
Algunos han decidido dejar atrás la fe que recibieron y los relatos en los que parecían apoyarse. Prefieren hacer su propio camino, aunque no les entusiasme. El camino de Jerusalén a Emaús refleja una ilusión que ha quedado bruscamente frustrada.
LA CORRECCIÓN DE UN EXTRAÑO
Sin embargo, los dos discípulos que se dirigen a Emaús, al menos escuchan al compañero que les pregunta: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” (Lc 24,17). No solo eso, sino que aceptan una corrección que les llega de un extraño.
• También en este tiempo, ese otro peregrino, desconocido para muchos, se presta a acompañarnos por el camino y a escuchar el lamento por nuestra decepción
• También en esta hora, ese peregrino misterioso está decidido a ayudarnos a recordar las palabras que en otro tiempo dieron sentido a nuestra vida.
• También en este momento, ese peregrino, que parece conocer las Escrituras, tiene palabas que pueden estimularnos y calentar nuestro corazón.
• También hoy, ese peregrino que nos alcanza por el camino acepta sentarse a nuestra mesa, y transforma nuestro pan en fuente de vida, de luz y de sentido.
El Señor está vivo Jn 20,1-9 (PAA1-26)
“Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. Con estas palabras resumía Pedro el misterio de la Pascua ante el centurión Cornelio (Hch 10,39-41).
El antiguo pescador del lago de Galilea, pretendía recordar cinco hechos concretos: Jesús había pasado haciendo el bien. Fue condenado a morir en una cruz. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Es más, Dios se lo hizo ver a los discípulos que el Maestro había elegido. Y ellos tuvieron la alegría de compartir la mesa con el resucitado.
Jesús es la piedra desechada por los arquitectos y elegida ahora como piedra angular de un nuevo edificio. Así lo cantamos con el salmo responsorial (Sal 117).
Por otra parte, recordamos que san Pablo invita a los fieles de Colosas a vivir con un talante de resucitados con Cristo para buscar solamente las realidades celestiales (Col 3,1).
MARÍA MAGDALENA
El relato evangélico evoca la figura de María Magdalena. La piedad tradicional la identifica con otras mujeres que aparecen en los evangelios. Además, las leyendas y el cine la han visto como una hermosa mujer, pecadora pero arrepentida. Sin embargo, esos datos no se encuentran en los evangelios.
María es una mujer que parece haber sido curada por Jesús. Su gratitud la lleva a seguir al Maestro desde Galilea hasta Jerusalén. De hecho, está presente en el Calvario y observa el lugar donde ha sido colocado el cadáver de Jesús. Ella descubre que el sepulcro está vacío y se apresura a comunicarlo a los discípulos del Señor (Jn 20,1-9).
Con razón María Magdalena ha sido calificada como el “apóstol de los apóstoles”. Su voz sonaba como una profecía. Su anuncio nacía de la experiencia. Despertaba a los discípulos de Jesús del desaliento al que los había arrojado la muerte del Maestro. Y los alentaba a emprender una misión que no podían dejar en el olvido.
UN MENSAJE PARA HOY
Así pues, en este domingo de Pascua de Resurrección, el evangelio recoge las palabras que María Magdalena dirigió a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Ese mensaje puede parecer nervioso y desalentado, pero sigue teniendo actualidad.
• “Se han llevado del sepulcro al Señor”. Parece que en este tiempo algunos están dispuestos a ignorar la vida de Jesús y a manipular su mensaje. Por eso están decididos a destrozar la cruz, a despreciar su significado y a renegar del Resucitado.
• “No sabemos dónde lo han puesto”. Hoy muchos no saben quién es Jesús ni quieren saber lo que significa en la historia de la humanidad. Simplemente, no les interesa. Los mismos cristianos no siempre sabemos explicar el puesto que el Señor ocupa en nuestra vida.
El amor vence a la muerte: la experiencia del discípulo verdadero Jn 20,1-9 (PAC1-26)
1. El texto de Juan 20,1-9, que todos los años se proclama en este día de la Pascua, nos propone acompañar a María Magdalena al sepulcro, que es todo un símbolo de la muerte y de su silencio humano; nos insinúa el asombro y la perplejidad de que el Señor no está en el sepulcro; no puede estar allí quien ha entregado la vida para siempre. En el sepulcro no hay vida, y Él se había presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25). María Magdalena descubre la resurrección, pero no la puede interpretar todavía. En Juan esto es caprichoso, por el simbolismo de ofrecer una primacía al *discípulo amado+ y a Pedro. Pero no olvidemos que ella recibirá en el mismo texto de Jn 20,11ss una misión extraordinaria, aunque pasando por un proceso de no “ver” ya a Jesús resucitado como el Jesús que había conocido, sino “reconociéndolo” de otra manera más íntima y personal. Pero esta mujer, desde luego, es testigo de la resurrección.
2. La figura simbólica y fascinante del *discípulo amado+, es verdaderamente clave en la teología del cuarto evangelio. Éste corre con Pedro, corre incluso más que éste, tras recibir la noticia de la resurrección. Es, ante todo, "discípulo", y por eso es conveniente no identificarlo, sin más, con un personaje histórico concreto, como suele hacerse; él espera hasta que el desconcierto de Pedro pasa y, desde la intimidad que ha conseguido con el Señor por medio de la fe, nos hace comprender que la resurrección es como el infinito; que las vendas que ceñían a Jesús ya no lo pueden atar a este mundo, a esta historia. Que su presencia entre nosotros debe ser de otra manera absolutamente distinta y renovada.
3. La fe en la resurrección, es verdad, nos propone una calidad de vida, que nada tiene que ver con la búsqueda que se hace entre nosotros con propuestas de tipo social y económico. Se trata de una calidad teológicamente íntima que nos lleva más allá de toda miseria y de toda muerte absurda. La muerte no debería ser absurda, pero si lo es para alguien, entonces se nos propone, desde la fe más profunda, que Dios nos ha destinado a vivir con El. Rechazar esta dinámica de resurrección sería como negarse a vivir para siempre. No solamente sería rechazar el misterio del Dios que nos dio la vida, sino del Dios que ha de mejorar su creación en una vida nueva para cada uno de nosotros.
4. Por eso, creer en la resurrección, es creer en el Dios de la vida. Y no solamente eso, es creer también en nosotros mismos y en la verdadera posibilidad que tenemos de ser algo en Dios. Porque aquí, no hemos sido todavía nada, mejor, casi nada, para lo que nos espera más allá de este mundo. No es posible engañarse: aquí nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de la nuestra propia existencia. Más allá está la vida verdadera; la resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte.
Don y tarea del AMOR Jn 15,9-17 (PAB6-24)
Para sorpresa de los presentes, el Espíritu Santo bajó sobre todos los que escuchaban la palabra del apóstol. El mismo Pedro parece asombrado. Los procedentes del judaísmo se admiraron, al ver que se repetía el fenómeno de Pentecostés también sobre los paganos.
Con razón, el salmo responsorial que hoy se canta nos invita a proclamar que “el Señor revela a las naciones su justicia” (Sal 97).
Evidentemente Dios es amor. “El que ama ha nacido de Dios”. Y el milagro no es que nosotros podamos y queramos amar a Dios. Lo verdaderamente admirable es que él se ha adelantado y nos ha amado, aun cuando nosotros no lo merecíamos (1 Jn 4,7-10).
PERMANECER EN EL AMOR
El tema del amor reaparece en el evangelio que se proclama en este domingo sexto de Pascua (Jn 15,9-17). En él continúa la alegoría de la vid y los sarmientos, que se leía en la eucaristía del domingo pasado (Jn 15,1-8). Hoy se afirma que el Padre celestial es la fuente de la vida que llega hasta los sarmientos de la vid. Y él es el origen del amor.
• “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. En nuestra cultura se considera el amor como un sentimiento que nos acerca a los demás o nos hace gozar de la simpatía de los otros. Pero antes de ser una relación entre nosotros, es una revelación del amor que viene de Dios. Jesús nos muestra el amor del Padre, al tiempo que nos demuestra su propio amor.
• “Permaneced en mi amor”. Jesús menciona una y otra vez la vocación a “permanecer”. Es necesaria la unión de los sarmientos con la vid para poder dar fruto (Jn 15,4-7). Si Jesús permanece unido al Padre (Jn 15,10), puede exhortar a sus discípulos a permanecer unidos a él (Jn 15,9-10). Esa será la señal que ha de caracterizar al discípulo amado (Jn 21,22-23).
LOS CANALES DEL AMOR
Ahora bien, si el amor es un don gratuito de Dios, para nosotros es también una vocación y una tarea imprescindible. El amor no nace de nuestra iniciativa personal o grupal. Sin embargo, nosotros somos los canales para que el amor de Dios llegue a nuestros hermanos.
• “Esto os mando: que os améis unos a otros”. Ese es el mandamiento que Jesús dirige a sus discípulos. Los que estaban decididos a seguir a su Maestro, deberían aprender la obediencia de la fe y también la obediencia del amor.
• “Esto os mando: que os améis unos a otros”. Esa palabra de Jesús vale también para la comunidad cristiana de todos los tiempos. No es la Iglesia la que hace la caridad, sino que es la caridad de Dios la que funda y edifica la Iglesia.
• “Esto os mando: que os améis unos a otros”. El amor no es un sentimiento ni una estrategia interesada. Jesús dice que el amor mutuo es un mandato. No podemos amar tan solo a los que nos son simpáticos. Jesús nos manda pasar el amor de Dios a todos los que Dios ama.
La experiencia del amor del Padre en Jesús Jn 15,9-17 (PAB6-24)
1. El evangelio de Juan, en esta parte del discurso de despedida de la última cena de Jesús con sus discípulos, insiste en el gran mandamiento, en el único mandamiento que Jesús ha querido dejar a los suyos. No hacía falta otro, porque en este mandamiento se cumplen todas las cosas. Forma parte del discurso de la vid verdadera que podíamos escuchar el domingo pasado y, sin duda, aquí podemos encontrar las razones profundas de por qué Jesús se presentó como la vid: porque en su vida, en comunión con Dios, en fidelidad constante a lo que Dios es, se ha dedicado a amar. Si Dios es amor, y Jesús es uno con Dios, su vida es una vida de entrega.
2. Por ello, los sarmientos solamente tendrán vida permaneciendo en el amor de Jesús, porque Jesús no falla en su fidelidad al amor de Dios. Jesús quiere repetir con los suyos, con su comunidad, lo que Dios ha hecho con él. Jesús siente que Dios le ama siempre (porque Dios es amor) y una comunidad no puede ser nada si no se fundamenta en el amor sin medida: dando la vida por los otros. Dios vive porque ama; si no amara, Dios no existiría. Jesús es el Señor de la comunidad, porque su señorío lo fundamenta en su amor. La comunidad tendrá futuro si ponemos en práctica el amor, el perdón, la misericordia de los unos con los otros. Ese es el signo de los hijos de Dios.
3. Con una densidad, quizás no ajustada al lenguaje del Jesús histórico, el autor del cuarto evangelio nos adentra en el mundo del amor y de la amistad con Dios, con Jesús y entre los suyos. Es un discurso que establece unas relaciones muy particulares. Dios ama al Hijo, el Hijo ama a los suyos, éstos se llenan de alegría, ¿por qué? Porque estas son relaciones de amor de entrega, de amistad. Son términos que la psicología recoge como los más curativos para el corazón y la mente humana. Todos sabemos lo necesario que es ser amado y amar: es como la fuente de la felicidad. El Jesús de San Juan, pues, se despide de los suyos hablándoles de cosas trascendentales y definitivas. No hay otro mensaje, ni otro mandamiento, ni otra consigna más definitiva para los suyos. No está la cuestión en preguntarse solamente ¿qué tenemos que hacer?, aunque se formule en mandamiento, sino ¿cómo tenemos que vivir? : amando.
4. ¿Es amor de amistad (filía) - como en los griegos-, o más bien es amor de entrega sin medida (ágapê)? Sabemos que San Juan usa el verbo “fileô”, que es amar como se aman los amigos, en otros momentos. Pero en este texto de despedida está usando el verbo agapaô y el sustantivo ágape, para dar a entender que no se trata de una simple “amistad”, sino de un amor más profundo, donde todo se entrega a cambio de nada. El amor de amistad puede resultar muy romántico, pero se puede romper. El amor de “entrega” no es romántico, sino que implica el amor de Dios que ama a todos: a los que le aman y a los que no le aman. Los discípulos de Jesús deben tener el amor de Dios que es el que les ha entregado Jesús. Este es el amor que produce la alegría (chara) verdadera. El “permanecer” en Jesús no se resuelve como una simple cuestión de amistad, de la que tanto se habla, se necesita y es admirable. El discipulado cristiano del permanecer no se puede fundamentar solamente en la “amistad” romántica, sino en la confianza de quien tiene que dar frutos. Por eso han sido elegidos: están llamados a ser amigos de Jesús los que aman entregándolo todo como El hizo. Esta amistad no se puede romper porque está hecho de un amor sin medida, el de Dios.
Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/5-5-2024/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/





