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La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano Mt 17,1-9 (CUA2-26)

1. Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9,2ss). Lucas (9,28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9,51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.

2. El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!

3. Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.

4. Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32,1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.

5. ¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.

https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/1-3-2026/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

La tentación de la mentira Mt 4,1-11 (CUA1-26)

 «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gén 3,2). Esa es la pregunta que la serpiente dirige a la  mujer. Esa es la primera mentira de la historia. No es eso lo que ha dicho Dios. 

Al espíritu del mal le interesa suscitar la curiosidad de la  mujer, presentar a Dios como el enemigo de la libertad humana y sugerir que en la trasgresión de sus mandatos se encuentra la felicidad. Esa es la estrategia de los manipuladores de la humanidad. Pero es también la presión de  nuestros personales apetitos.

Sin embargo, el salmo responsorial nos sugiere una oración para reconciliarnos con Dios: “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50).

San Pablo indica a los fieles de Roma que, frente al pecado del primer hombre, nos llega por Jesucristo la salvación: “Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rom 5,19).

EL ENGAÑO

En el primer domingo de la cuaresma, contemplamos a Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Allí Jesús fue sometido una y otra vez a la prueba. El demonio trataba de explorar  su categoría divina y también su calidad humana. 

Si de verdad se consideraba como Hijo de Dios, podría satisfacer su hambre como por arte de magia, podría aparecer ante las gentes como un triunfador llovido del cielo y podría disfrutar de todos los bienes y los reinos de este mundo.

Esas son también nuestras tentaciones: el ansia del placer fácil y de la satisfacción inmediata, la conquista del poder que nos hará parecer superiores a todos los demás y el deseo de poseer bienes y comodidades que nuestros vecinos no logran alcanzar.  

Como a Jesús, también a nosotros el espíritu del mal nos incita a utilizar en beneficio contante y sonante nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestra gran tentación comporta siempre el engaño sobre nosotros mismos.   

 LA FIDELIDAD

 Si el demonio cita un salmo, Jesús lo rechaza con otra frase bíblica: “No tentarás al Señor tu Dios”. Pero nosotros somos tentados y tentadores de Dios y de los demás

• Solemos tentar a los demás cuando les presentamos la mentira como si fuera la verdad, cuando les sugerimos una forma de adicción como si les abriera a la libertad, cuando les presentamos una satisfacción inmediata como si fuera la felicidad.  

• Y nos atrevemos a tentar a Dios cuando olvidamos su amor y adoramos a las cosas, como si fueran dioses que pudieran salvarnos, cuando pretendemos ser nosotros la fuente de la fe y de la esperanza, del amor y de la vida, de la paz y la justicia. 

A la luz de este mensaje evangélico, hemos de revisar las clásicas tentaciones del tener, el poder y el placer, que pueden desviarnos del camino del Señor. La cuaresma es un tiempo propicio para este examen sobre la verdad más honda de nuestra vida.

El Hijo de Dios vive nuestra existencia “de verdad” Mt 4,1-11 (CUA1-26)

1. Cada evangelista, en el respectivo año litúrgico, nos ofrece su versión de Jesús tentado, como Adán y Eva en el paraíso. Los que más se parecen, a diferencia de Marcos, son los relatos de Mateo y Lucas. Éste ha cambiado el orden, por razones teológicas; pero el mensaje no puede ser muy distinto en uno y otro, aunque con matices. En el caso de Mateo se intenta poner de manifiesto la fidelidad de lo que los judíos rezan todos los días en el “shema” (Dt 6,4-5: Escucha Israel, el Señor es tu único Dios... y lo amarás con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas). No debemos asombrarnos si decimos y subrayamos que el relato va más allá de lo puntualmente “histórico”, para ser un ejemplo vivo en la comunidad de cómo hay que luchar contra lo que nos deshumaniza en razón de una falsa “divinización”. Porque la divinización es pecado cuando viene de nosotros mismos que no aceptamos nuestra vida ni la de nuestros hermanos los hombres; pero es gracia y salvación cuando viene de Dios como don de la creación y de la redención; entonces es auténtica “theoresis”, como pensaban los “padres” griegos.

2. Sabemos que este relato tiene una característica que los expertos le han llamado “haggada”, sobre las tentaciones del pueblo en el desierto, y actualizadas por la tradición cristiana para presentar el verdadero mesianismo de Jesús. Podemos constatar que las respuestas de Jesús están formuladas según los textos bíblicos que aluden al pueblo en esa travesía: La primera respuesta de Jesús es una cita de Dt 8,3 que, a su vez alude a Ex 16,1 ss (el maná). La respuesta a la segunda tentación es una cita de Dt 6,16 que, a su vez, alude a Ex 17,1-7 (las aguas de Massá). La tercera respuesta cita a Dt 6,13 que puede aludir tanto a Ex 32 (el becerro de oro) como a Ex 23,24 y 34,13-17 (mandato de no adorar las divinidades cananeas). Por tanto respuestas que quieren ser ejemplo “corporativo” para la comunidad, porque Jesús con su rechazo es, para Mateo, el Mesías que hace posible un nuevo pueblo hacia Dios. Pero también deberíamos ver aquí lo más personal de Jesús como hombre, como persona, igual que nosotros, que vence… con opciones personales, al ponerse en manos de Dios.

3. Tres pruebas, como número simbólico, cumplen de modo perfecto esa oración a Dios. Y así: 1) rechazando convertir las piedras en pan ha amado con todo el corazón; 2) al rehusar poner a Dios a prueba inútilmente, ha amado con toda al alma; 3) no aceptando los reinos que le ponen a sus pies, ha amado con toda las fuerzas. Eso es lo que no fue posible en el paraíso. El rechazo de Jesús a todo lo que se le ofrecía no es una victoria humillante; era lo único que verdaderamente le podía mantener unido a Dios y a todos los hombres. Estas fidelidades de Jesús, fidelidades que se muestran a todo lo largo de su vida, lo harán más humano y más cercano. Jesús, el Hijo de Dios, mientras está en el papel radical de la encarnación no sueña, ni siquiera, con ser Dios o tener su poder. Sería un sueño imposible que deja un gran vacío; así lo han pretendido los hombres, emperadores o no, que han querido ser adorados; pero la verdad es que nunca llegaron a ser dioses, se alejaron de los hombres, eso sí, y se quedaron solos para siempre.

4. En este sentido de cómo debemos ver a Jesús en lo más personal, incluso en la praxis humana como Hijo de Dios, cito estas palabras que son muy sugerentes y válidas para el conjunto del relato, aunque se centran en la primera tentación: “La tentación consiste, pues, en el uso de Dios y de la relación privilegiada con El, como medio para alterar la condición humana en beneficio propio, eludiendo de esta manera la tarea del hombre en el mundo. Dios es visto como protector, y la relación con El como ventaja personal frente a las fuerzas ocultas y necesidades de la vida, a las que el hombre teme cuando ha experimentado hasta qué punto pueden destrozarle y hasta qué punto está indefenso ante ellas. Así se comprende que la respuesta de Jesús sea una apelación a la condición humana. Si se hubiese tratado de interrogar a Jesús sobre su filiación divina, el redactor podía haber puesto en su boca cualquiera de los pasajes bíblicos relativos a ella que la comunidad primera aplicaba a Jesús (v. gr., Sal 2,8). Pero lo que ahora importa no es la realidad sino el significado de esa filiación divina; y la respuesta de Jesús equivale a decir: la filiación divina no elimina nada de la condición humana. Y el hombre es tal que no vive sólo de pan, sino de todo aquello que procede de Dios, es decir: de toda la realidad de la vida, en cuanto entregada a él para que la domine. Es evidente que hay que satisfacer el hambre, pero sin esperar en los milagros para ello; es evidente que hay que convertir los desiertos en pan, pero no a base de rogativas, sino por el esfuerzo humano: ésta es la condición humana y esto es aquello de lo que "vive el hombre". Porque Dios no está con él sólo cuando tiene pan, sino también cuando no lo tiene, cuando cree estar sin El: ya que se le manifiesta precisamente en la llamada a convertir en pan las piedras” (J. I. González Faus, La Nueva Humanidad. Ensayo de Cristología. vol. I, Madrid, 1974, pp. 182-194).

Solo Dios es Dios Lc 4,1-13 (CUC1-25)

 “Traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”. Este  “credo” del israelita  añade un gesto que completa el rito: “Los pondrás ante el Señor, tu Dios y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios” (Dt 26,9-10). 

Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud sufrida en Egipto. Justo era  agradecer la misericordia y la protección del único Dios. Solo él puede ofrecer la verdadera libertad. Y solo él merece la adoración del hombre. 

En el salmo responsorial resuena la promesa de la protección de Dios a los fieles que lo buscan: “A sus ángeles ha dado órdenes, para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra” (Sal 90,11-12). 

Por su parte, san Pablo nos asegura que Dios es el Señor, el único Señor, “generoso con todos los que lo invocan” (Rom 10,8-13).

LA MENTIRA Y LA VERDAD

En este primer domingo de cuaresma meditamos las tres tentaciones que Jesús hubo de afrontar en el desierto.

• En primer lugar, el demonio presenta a Jesús un recurso mágico para superar el hambre. Si es hijo de Dios, podrá convertir las piedras en panes. Pero Jesús sabe que el verdadero alimento del hombre es la palabra de Dios, que da la vida y el sentido para la vida.   

• En segundo lugar, el demonio promete a Jesús el poder y la gloria a cambio de su adoración. Es mentiroso y ofrece lo que no posee y lo que no puede dar. El demonio se arroga un  poder y un derecho que no tiene. Solo se puede adorar a Dios.     

• En tercer lugar, el demonio se atreve a citar las palabras del salmo. Pretende que Jesús se deje caer desde lo alto del templo para hacer ver su calidad de Hijo de Dios. Pero Jesús sabe que no se debe tentar al Señor, para lograr un triunfo que siempre es efímero.   

El desierto es la imagen de nuestra debilidad y de nuestra verdad más profunda. En el desierto de nada vale refugiarse en la mentira. Las tentaciones de Jesús reflejan la verdad de su misión. Y también la honda verdad de los que aspiramos a seguirle por el camino.

LA FE Y EL SENTIDO COMUN

Evidentemente, el desierto no es solo un lugar inhóspito. Es un espacio para aprender la verdad. Ante las falsas promesas del demonio, es preciso recordar las respuestas de Jesús, que recogen la tradición de su pueblo.  

• “No solo de pan vive el hombre”. Mientras vamos de camino, nosotros pretendemos saciar nuestra hambre con alimentos que no pueden sustentarnos.  Y deseamos saciar nuestra sed de libertad con esas adiciones que nos mantienen como esclavos.

• “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”. Con demasiada frecuencia adoramos a los ídolos que nosotros mismos fabricamos. Prescindimos de Dios y después lamentamos la soledad en la que nos encontramos.

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Tomamos unas decisiones que nos llevan al fracaso y después culpamos a Dios de habernos abandonado. Nos falta la fe, pero nos falta también el sentido común. No podemos imponer nuestra voluntad a Dios. 

En las manos de Dios Lc 4,1-13 (CUC1-25)

1. La lectura del evangelio de Lucas nos expone el relato de las tentaciones, una de las narraciones más expresivas, aunque bien es verdad que no exenta de dificultades. Podemos resumir así el significado del evangelio: Jesús afronta tres tentaciones. Esto viene de la tradición. No es que el número tres sea determinante y no se explica solamente recurriendo al pueblo en el desierto, aunque es posible que esa es la inspiración de este relato. Pero en definitiva son el simbolismo de toda la lucha entre el bien y el mal, entre la elección de uno mismo y la opción por Dios. Todas las tentaciones tienen como objetivo, en definitiva, romper la "comunión" con Dios. Para Lucas, Jesús es el nuevo Adán, como se expresa por su genealogía (Lc 3,1ss), por eso no tiene otro proyecto de vida que el vivir la comunión con Dios, que el primer Adán había perdido.

2. Lucas ha leído esta escena de la tradición según su perspectiva personal. Para él no se trata especialmente de releer en Jesús las pruebas del desierto (como en el caso muy evidente de Mateo) y ni siquiera de contemplar a Jesús vencedor sobre Satanás como el Mesías que rechaza el mesianismo glorioso y político. Lo que él considera en Jesús en el desierto es esencialmente el designio del Padre que está cumpliéndose. Y esto lo interpreta según la mentalidad de que no puede suceder sin que se encuentre en su camino al adversario, el que trabaja para que la humanidad se pierda en sí misma.

3. Este encuentro es solamente la anticipación de otro que será definitivo: en la Pasión y la Cruz, que es la consecuencia de su vida. De ahí que haya reorganizado la tradición primitiva para que todo acabe en Jerusalén, donde Jesús vivirá su Pasión. En el caso de Mateo el orden de las tentaciones es distinto y termina en un monte muy alto, que es toda una figuración. Ambos han leído este episodio en el evangelio galileo de Q (algunos prefieren llamarlo así). En Lucas todo termina  en Jerusalén porque para este evangelista Jerusalén es el final y el comienzo de la vida de de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva. Es en Jerusalén, además, donde han de tener lugar las experiencias del Resucitado a los discípulos y, por lo mismo, este triunfo de Jesús en lo más alto del Templo es todo un apunte de la victoria sobre la muerte que ha de anunciarse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra.

4. Si Lucas ha querido presentar la filiación divina de Jesús en la dimensión del nuevo Adán (como en la genealogía), su relato de las tentaciones debe leerse en esa clave. De ahí que su cristología, con sus intereses parenéticos, no es descriptiva, sino que busca llevar a la comunidad las posibilidades de vivir una experiencia como la de Jesús. La Iglesia que escucha este relato, la comunidad, vive también bajo el Espíritu, como Jesús, y es conducida por El. Por eso, bajo esa experiencia, los poderes del mal también quieren envolverla en una carrera ciega hacia una desobediencia radical a Dios. En definitiva: Lucas quiere que aprendamos a ser personas libres, como Jesús, en nuestra fidelidad a Dios. Porque Dios es para el hombre, como para Jesús, el que garantiza nuestra libertad y nuestra realización.

Desierto Mc 1-12-15 (CUB1-24)


 

La Alianza y el Encuentro Mc 1-12-15 (CUB1-24)

 ENCUENTRO

 “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra”. Ese pacto que Dios establece con Noé después del diluvio es una alianza de paz (Gén 9,8). Con ella, Dios desea manifestar su voluntad de recuperar la armonía del paraíso.  

El paraíso no era tanto un lugar como una relación con lo otro, con los otros y con el Absolutamente Otro. Como en el principio de los tiempos, también ahora el pecado quebranta la deseable armonía del ser humano con esas relaciones que llevan a la felicidad.

Con el salmo responsorial agradecemos hoy aquel pacto de Dios con el hombre: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza” (Sal 24).  

En los domingos de cuaresma la primera lectura recuerda esa alianza que Dios fue sellando por medio de Noé, Abraham, Moisés, el rey Ciro y el profeta Jeremías. Al primero de esos pasos se refiere también la primera carta de Pedro que se lee en este día (1 Pe 3,18-22).

TRES PALABRAS CLAVE

Es necesario prepararnos para ir siguiendo con atención esta catequesis cuaresmal que nos lleva a descubrir y recorrer el camino de Jesús. Tres palabras nos dan la clave: 

• Según el evangelio que hoy se proclama, Jesús fue guiado por el Espíritu al desierto antes de iniciar su misión. El desierto era para Israel el lugar de la prueba. Para Jesús fue la afirmación de su identidad. Para nosotros es la ocasión para redescubrir nuestra propia verdad.

• El texto dice que Jesús permaneció cuarenta días en el desierto. Este número simbólico nos recuerda a Moisés y Elías. De hecho, sugiere una vocación, una misión y la plenitud de una vida de interioridad, de meditación, de aceptación del plan de Dios.

 • Además se mencionan las tentaciones. Durante su paso por el desierto, el pueblo hebreo sufrió diversas tentaciones. Jesús recorre un camino semejante. Y también nuestra fidelidad a Dios es puesta a prueba por las tentaciones que se nos presentan cada día.

TIEMPO DE GRACIA

El evangelio según Marcos dice que Jesús se dejó tentar por Satanás, pero no menciona las tres tentaciones. Sin embargo, incluye tres detalles muy importantes.  

• “Vivía con las fieras y los ángeles le servían”. Con ese dato se sugiere que Jesús es el nuevo Adán. Con él retorna la armonía original. Jesús trae la paz a toda la creación. Ante su dignidad se amansan las fieras y se inclinan los ángeles.

• Después Jesús se va a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Al igual que había hecho Elías, también Jesús deja la soledad y la aspereza del desierto para proclamar a los paganos la presencia del Dios único. 

• Jesús dice que ya se ha cumplido el tiempo de la espera y añade que Dios ofrece a la humanidad su realeza y su señorío. Como respuesta a su iniciativa, todos somos invitados a convertirnos y a creer. Con Jesús ha llegado la hora de la conversión y de la fe.  

Tentaciones Mc 1,12-15 (CUB1-24)


 

Del desierto al evangelio Mc 1,12-15 (CUA1-24)

1. El evangelio, en todos los ciclos, el primer domingo de cuaresma, es el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este de Marcos es el relato más sobrio de los sinópticos, sobre el que Mateo y Lucas construyeron un episodio cargado de insinuaciones teológicas. Que Jesús estuviera el desierto, como lo estuvo Juan el Bautista, no es un hecho del que debamos dudar. Pero, no obstante, el desierto está cargado de simbolismo en la teología de Israel: de la misma manera que es un tiempo de tentación, es también un tiempo de purificación. El número cuarenta, los cuarenta días, señalan, evidentemente, a los cuarenta días del diluvio (por eso se ha escogido en la liturgia de hoy el texto de Génesis sobre el diluvio), o a los cuarenta años del pueblo caminando por el desierto hacia la libertad.

2. Por lo mismo, debemos ponernos en esa clave simbólica para entender este momento previo a la vida pública de Jesús que se prepara a conciencia para abordar la gran batalla de su existencia, es decir, la proclamación de la llegada del Reino de Dios. Y es el Espíritu el que le impulsa al desierto (por consiguiente, no puede ser malo el desierto); pero allí se le presentan los animales adversos (alimañas) e incluso ese misterioso personaje, sin rostro y sin identidad, Satanás; aunque también los ángeles que son, por el contrario, la fuerza de Dios. Este es un relato tipo que quiere describir la actividad de Jesús en su pueblo, que vivía como en el desierto. Y es allí donde él debe aprender la necesidad que tienen los hombres del evangelio.

3. Señalemos también que el mismo Espíritu, después, le impulsa a Galilea para proclamar el gran mensaje liberador, como se puso de manifiesto en el tercer domingo de este ciclo B. Para vencer en el desierto, es necesaria la fidelidad a Dios por encima de todas las sugerencias de poder y de gloria. El simbolismo en el que debemos leer hoy nuestro relato nos permite ver que el desierto y los cuarenta días es el mundo de Jesús, el tiempo de Jesús con las fuerzas adversas (las de Satanás) y la de Dios (los ángeles). Eso es lo que está presente en la vida, en toda sociedad. )Qué hacer? Pues, como Jesús, proclamar que el tiempo de Dios, el de la salvación y la misericordia no puede ser vencido por el de la maldad, la injusticia o la guerra. Si Jesús estaba guiado por el Espíritu, eso quiere decir que es el Espíritu mismo la voz resonante del evangelio como buena noticia que llama a salir de lo peor que tiene el desierto: las fuerzas del mal.

Fray Miguel de Burgos Núñez
Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/18-2-2024/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

La tentación y la Palabra de Dios Mt 4,1-11 (CUA1-23)

“¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gén 3,1.5).      

La serpiente sugiere a la mujer que Dios teme que si comen la fruta prohibida se abrirán los ojos de los humanos y llegarán a ser como él, conocedores del bien y del mal. Pues bien, al comer la fruta, efectivamente se les abrieron los ojos, pero solo para percibir su miseria y su desnudez. No lograron ser sabios como Dios sino desvalidos como somos los humanos.

 Con el salmo responsorial, nosotros nos atrevemos a abrir ante Dios el estado de nuestra conciencia y a confesarle nuestra verdad: “Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50,6).

En la carta a los Romanos, san Pablo presenta a Jesucristo como el nuevo Adán (Rom 5,12-19). Si el primero refleja nuestro coqueteo con el mal, que nos lleva a creernos dioses, el segundo Adán nos revela la grandeza del bien, que consiste en aceptar a Dios como Señor.  

EL DESIERTO Y LA VERDAD

Al presentar las tentaciones de Jesús, el evangelio según san Mateo evoca de alguna manera las tentaciones del pueblo de Israel. Al recordar unas y otras, nosotros podemos examinar nuestras propias tentaciones y descubrir nuestra verdad más profunda.

• En el desierto, el pueblo de Israel había padecido el hambre, pero Dios le ofreció el don del maná y las codornices (cf. Éx 16). Ante la sugerencia de cambiar las piedras en panes, Jesús responde que el hombre no vive solo de pan sino del maná de la palabra de Dios.

• En su travesía del desierto, el pueblo tentó a Dios pensando que estaba contra él (cf. Éx 17,1-7). También el demonio propone a Jesús que ponga a prueba a Dios para que le salve de una muerte segura. Pero Jesús advierte que nunca se debe tentar a Dios.

• Todavía en el desierto, el pueblo decidió adorar a un becerro de oro como si fuera el Dios que podía salvarle (cf. Éx 32). A cambio de una adoración, el demonio ofrece a Jesús los tesoros de todos los reinos del mundo. Pero Jesús proclama que solo se debe adorar a Dios.

LA FASCINACIÓN DE LA IDOLATRÍA

 La alusión al desierto no es casual. También en él se ha retirado Jesús, conducido por el Espíritu. En el desierto Jesús ha de reflexionar sobre su propia identidad. El demonio le pregunta si es el Hijo de Dios. Pero la respuesta no está en las pruebas que él propone, sino en lo que “está escrito”, que revela el ser y la voluntad del mismo Dios.

 •  A la primera tentación responde que no basta el pan de cada día, por necesario que sea. Hace falta alimentarse de la Palabra de Dios.

•  A la segunda tentación que lo invita a arrojarse desde lo más alto del templo, Jesús advierte no se debe tentar a Dios, exponiéndose al peligro y esperando de él la salvación.   

•  A la tercera tentación, en la que el demonio le ofrece los tesoros del mundo, Jesús responde que  a nadie y a nada debemos la adoración que solo Dios merece.  

El Hijo de Dios vive nuestra existencia “de verdad” Mt 4,1-11 (CUA1-23)

1. Cada evangelista, en el respectivo año litúrgico, nos ofrece su versión de Jesús tentado, como Adán y Eva en el paraíso. Los que más se parecen, a diferencia de Marcos, son los relatos de Mateo y Lucas. Éste ha cambiado el orden, por razones teológicas; pero el mensaje no puede ser muy distinto en uno y otro, aunque con matices. En el caso de Mateo se intenta poner de manifiesto la fidelidad de lo que los judíos rezan todos los días en el “shema” (Dt 6,4-5: Escucha Israel, el Señor es tu único Dios... y lo amarás con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas). No debemos asombrarnos si decimos y subrayamos que el relato va más allá de lo puntualmente “histórico”, para ser un ejemplo vivo en la comunidad de cómo hay que luchar contra lo que nos deshumaniza en razón de una falsa “divinización”. Porque la divinización es pecado cuando viene de nosotros mismos que no aceptamos nuestra vida ni la de nuestros hermanos los hombres; pero es gracia y salvación cuando viene de Dios como don de la creación y de la redención; entonces es auténtica “theoresis”, como pensaban los “padres” griegos.

2. Sabemos que este relato tiene una característica que los expertos le han llamado “haggada”, sobre las tentaciones del pueblo en el desierto, y actualizadas por la tradición cristiana para presentar el verdadero mesianismo de Jesús. Podemos constatar que las respuestas de Jesús están formuladas según los textos bíblicos que aluden al pueblo en esa travesía: La primera respuesta de Jesús es una cita de Dt 8,3 que, a su vez alude a Ex 16,1 ss (el maná). La respuesta a la segunda tentación es una cita de Dt 6,16 que, a su vez, alude a Ex 17,1-7 (las aguas de Massá). La tercera respuesta cita a Dt 6,13 que puede aludir tanto a Ex 32 (el becerro de oro) como a Ex 23,24 y 34,13-17 (mandato de no adorar las divinidades cananeas). Por tanto respuestas que quieren ser ejemplo “corporativo” para la comunidad, porque Jesús con su rechazo es, para Mateo, el Mesías que hace posible un nuevo pueblo hacia Dios. Pero también deberíamos ver aquí lo más personal de Jesús como hombre, como persona, igual que nosotros, que vence… con opciones personales, al ponerse en manos de Dios.

3. Tres pruebas, como número simbólico, cumplen de modo perfecto esa oración a Dios. Y así: 1) rechazando convertir las piedras en pan ha amado con todo el corazón; 2) al rehusar poner a Dios a prueba inútilmente, ha amado con toda al alma; 3) no aceptando los reinos que le ponen a sus pies, ha amado con toda las fuerzas. Eso es lo que no fue posible en el paraíso. El rechazo de Jesús a todo lo que se le ofrecía no es una victoria humillante; era lo único que verdaderamente le podía mantener unido a Dios y a todos los hombres. Estas fidelidades de Jesús, fidelidades que se muestran a todo lo largo de su vida, lo harán más humano y más cercano. Jesús, el Hijo de Dios, mientras está en el papel radical de la encarnación no sueña, ni siquiera, con ser Dios o tener su poder. Sería un sueño imposible que deja un gran vacío; así lo han pretendido los hombres, emperadores o no, que han querido ser adorados; pero la verdad es que nunca llegaron a ser dioses, se alejaron de los hombres, eso sí, y se quedaron solos para siempre.

4. En este sentido de cómo debemos ver a Jesús en lo más personal, incluso en la praxis humana como Hijo de Dios, cito estas palabras que son muy sugerentes y válidas para el conjunto del relato, aunque se centran en la primera tentación: “La tentación consiste, pues, en el uso de Dios y de la relación privilegiada con El, como medio para alterar la condición humana en beneficio propio, eludiendo de esta manera la tarea del hombre en el mundo. Dios es visto como protector, y la relación con El como ventaja personal frente a las fuerzas ocultas y necesidades de la vida, a las que el hombre teme cuando ha experimentado hasta qué punto pueden destrozarle y hasta qué punto está indefenso ante ellas. Así se comprende que la respuesta de Jesús sea una apelación a la condición humana. Si se hubiese tratado de interrogar a Jesús sobre su filiación divina, el redactor podía haber puesto en su boca cualquiera de los pasajes bíblicos relativos a ella que la comunidad primera aplicaba a Jesús (v. gr., Sal 2,8). Pero lo que ahora importa no es la realidad sino el significado de esa filiación divina; y la respuesta de Jesús equivale a decir: la filiación divina no elimina nada de la condición humana. Y el hombre es tal que no vive sólo de pan, sino de todo aquello que procede de Dios, es decir: de toda la realidad de la vida, en cuanto entregada a él para que la domine. Es evidente que hay que satisfacer el hambre, pero sin esperar en los milagros para ello; es evidente que hay que convertir los desiertos en pan, pero no a base de rogativas, sino por el esfuerzo humano: ésta es la condición humana y esto es aquello de lo que "vive el hombre". Porque Dios no está con él sólo cuando tiene pan, sino también cuando no lo tiene, cuando cree estar sin El: ya que se le manifiesta precisamente en la llamada a convertir en pan las piedras” (J. I. González Faus, La Nueva Humanidad. Ensayo de Cristología. vol. I, Madrid, 1974, pp. 182-194).

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/26-2-2023/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/