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Envía tu Espíritu Jn 20,19-23 (PAA8-26) Pentecostés

 De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hech 2,2). Se celebraba la fiesta de Pentecostés y los apóstoles estaban reunidos en Jerusalén. Tal vez se preguntaban cómo iniciar la misión que el Señor les había confiando. 

De pronto, un  trueno se deja “oír” por todos. Y a continuación, unas lenguas como de fuego se dejan “ver” sobre cada uno de ellos. Entran en juego los sentidos corporales.  

 Es la presencia del Espíritu de Dios. Es como una nueva creación. Una nueva manifestación de lo divino. Una elección y una misión. Habrán de dirigirse no solo al pueblo de Israel, sino también a todas las gentes, que los oirán en sus respectivas lenguas.   

Con el salmo responsorial dirigimos al Padre la súplica que es obligada en el día de hoy: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de a tierra” (Sal 103).

San Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir que Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. Vivamos unidos, porque “todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12,3.13). 

DISCERNIMIENTO Y DOCILIDAD

El evangelio que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos remite a aquel primer día de la semana en que Jesús resucitado se presentó en medio de sus discípulos y les deseó la paz. Ellos lo reconocieron  al ver sus llagas y se llenaron de alegría.  

Entonces, Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos”. En una sociedad como la nuestra ¿Qué significan esas palabras?

• Recibir el Espíritu Santo es acercarnos a la fuente.  La verdad que podamos anunciar y el bien que podamos hacer no brotan de nuestra mente ni de nuestra voluntad.  Solo el Espíritu de Dios puede librarnos de nuestra presunción y de nuestro desaliento.

• Perdonar o retener los pecados tampoco depende de nuestra personal apreciación de la responsabilidad de los demás. Solo el Espíritu puede mover a los pecadores a la conversión y concedernos el discernimiento para evaluar la responsabilidad, la culpa y el arrepentimiento. Del Espíritu viene el perdón, el discernimiento y la docilidad para reflejar su misericordia.  

TESTIGOS DE LA VERDAD Y EL PERDON

Pero antes de ese precioso encargo, Jesús manifiesta ante sus discípulos la  misión que él  mismo ha recibido: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Ese envío es lo que garantiza su autoridad y lo que fundamenta y motiva nuestra responsabilidad.

• “Como el Padre me ha enviado”. Jesús es consciente de haber sido enviado por el Padre celestial. Él dijo alguna vez que atender a su voluntad era su comida. Escucharla y cumplirla era el sustento de su vida y era la razón de su actuación en el mundo. 

• “Así también os envío yo”. Sin embargo, Jesús había buscado colaboradores para anunciar por todo el mundo la llegada del Reino de Dios. El que había sido enviado por el Padre, los envía a ellos y nos envía a nosotros a anunciar la presencia misericordiosa de Dios.

La misión y la Esperanza - Ascensión del Señor

“A la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hech 1,9). En la primera lectura que hoy se proclama (Hech 1,1-11) se recuerda la Ascensión del Señor y nuestra responsabilidad como continuadores de su misión.  

• En primer lugar, observamos que en apenas tres versículos se mencionan hasta cinco veces las referencias a la vista. Se trata de subrayar tanto la realidad visible del Señor como el valor del testimonio de sus discípulos.

• Después, aparecen dos hombres que  recuerdan a los que el evangelio de Lucas había situado al lado del sepulcro vacío de Jesús (Lc 24,4). En ambos casos, se insinúa que la visión humana es insuficiente sin una explicación celestial.

• Finalmente, la nube que oculta a Jesús nos recuerda la que lo envolvía en el momento de la transfiguración (Lc 9,34). Entonces como ahora, la nube representa el poder del Altísimo, presente ya en el nacimiento de Jesús (Lc 1,35).

El Salmo responsorial suena como un himno triunfal: “Dios asciende entre aclamaciones: el Señor, al son de trompetas” (Sal 46).

Según la carta a los Efesios, necesitamos la luz de Dios para comprender la esperanza a la que hemos sido convocados (Ef 1,17-23).

EL TRIPLE ENCARGO

En el final del evangelio de Mateo que se proclama en este día de la Ascensión del Señor a los cielos, se recoge el triple encargo que Jesús deja a sus discípulos (Mt 28,16-20): 

• Él los envía para que, apoyados en su poder, vayan por el mundo con una misión universal: la de hacer discípulos a todos los pueblos.

• Junto al anuncio de la salvación han de llevar a cabo la misión de bautizar  a las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

• Y finalmente, han de procurar enseñar a todos los hombres a guardar los mandamientos que Jesús les ha dejado.  

PRESENCIA Y COMPAÑÍA

La triple tarea que, al ser glorificado,  Jesús deja a sus discípulos no habría de ser fácil. Sin embargo, el Señor promete a los suyos que él los acompañará a lo largo de los tiempos. Esa certeza alentará a todos los evangelizadores:

• “Yo estoy con vosotros”. Ya antes de su nacimiento, Jesús había sido anunciado por el ángel como el Emmanuel, es decir, el “Dios con nosotros”. Al final de su camino terreno,  él se ha atribuido finalmente ese nombre. Y nosotros creemos en la sinceridad de su promesa.

• “Todos los días”. Nos alegra pensar que Dios está con nosotros en los momentos de triunfo y así lo celebran los que creen en él. Pero él también nos acompaña en los dias de tormenta y de hospital, en las noches de pandemia y de soledad.  

• “Hasta el fin del mundo”. No somos los primeros cristianos ni los últimos. Somos un sencillo eslabón en la cadena de los que creen, esperan y aman. Vivimos recordando el pasado y acordando la paz para el futuro, pero siempre bien atentos al presente.

Recordando la meta Jn 14,1-12 (PAA5-26)

“Al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hech 6,1). Esta primera lectura de este domingo quinto de Pascua está llena de lecciones también para nosotros.

En primer lugar, vemos que la primera crisis de la comunidad no procede de la diversidad de creencias sino de un problema práctico, referido a la justicia y a la convivencia.

En segundo lugar, esa crisis se soluciona por medio del diálogo fraterno y por el reparto de responsabilidades. Una dificultad práctica da origen a una institución nueva.

La fe nos lleva a exclamar con el salmo responsorial: “Que tu  misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32).

En realidad, solo la fe en Jesucristo, piedra angular de la Iglesia, nos ayudará a vivir como pueblo adquirido por Dios. Así podremos anunciar el gozo de haber sido liberados de las tinieblas para vivir en una luz maravillosa (1 Pe 2,9).

DESORIENTADOS

El evangelio que hoy se proclama nos lleva de nuevo a la sala de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 14,1-12). De nuevo escuchamos otra dificultad del apóstol Tomás, que dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”

En estos tiempos, el acoso de las ideologías, la presión de la publicidad y la autosuficiencia de los intelectuales ha llevado a mucha gente a sentirse desorientada.

Son muchas las personas que tienen la impresión de no saber qué camino seguir para vivir en serenidad y alcanzar la paz y la justicia.

Son numerosos los jóvenes que en la fiesta de la Pascua han recibido el bautismo. Muchos de ellos confiesan que se sentían totalmente desorientados en una sociedad en la que no se estiman ni promueven los valores fundamentales. 

En un día como hoy decía el papa Francisco: “Recordemos la meta. Pensemos que estamos llamados a la eternidad. Al encuentro con Dios” (7.5.23).

ORIENTACIÓN

El domingo anterior, Jesús se presentaba como la puerta del redil, que ofrece a sus ovejas defensa y libertad. Hoy Jesús nos ofrece una triple revelación sobre su ser y su quehacer. 

• “Yo soy el camino”. Corremos el riesgo de desviarnos cuando tratamos de seguir los caminos que nos señala nuestra autosuficiencia. Con demasiada frecuencia aceptamos sin rechistar las pistas que nos presentan los interesados en desorientarnos.   

• “Yo soy la verdad”. Tenemos el peligro de repetir rutinariamente que “nada es verdad y mentira; que todo es del color del cristal con que se mira”.  Nos tragamos ingenuamente las mentiras que se nos ofrecen y caemos en un relativismo infame.  

• “Yo soy la vida”. Ya no hay duda de que estamos viviendo en una “cultura de la muerte”. Se ha convertido en un inmundo negocio dar muerte a los no nacidos, a los mayores, a las víctimas de la droga o a los secuestrados en una parte y otra del mundo. 

La voz del pastor Jn 10,1-10 (PAA4-26)

 “Salvaos de esta generación perversa”  Con esas palabras responde Pedro a las gentes que le preguntan qué han de hacer, tras escuchar de boca del Apóstol que Dios había constituido a Jesús como Señor y Mesías (Hch 2,14.36-41).

 La palabra de Dios nos ayuda a comprender que la salvación no viene de lo que nosotros tenemos o fabricamos. Es un don que recibimos gratuitamente del Salvador.

Con el salmo responsorial proclamamos a Jesucristo  como nuestro pastor  y nuestro guía: “El Señor es  mi pastor, nada me falta” (Sal 22).

De Pastor nos habla también la primera carta de Pedro: “Andabais errantes como ovejas, pero ahora os habéis convertido al pastor y guardián de vuestras almas” (1 Pe 2,25).

EL ENCUENTRO

En el domingo cuarto de Pascua todos los años recordamos la figura del Buen Pastor.  Este año, Jesús se aplica a sí mismo la imagen de la puerta del aprisco: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos”  (Jn 10,9).

 La puerta cierra la casa y defiende nuestra intimidad. Pero la puerta nos libera del encierro, facilita la salida para poder contemplar la belleza del  mundo creado por Dios.

Además, nos gusta decir a nuestros parientes y amigos que  nuestra puerta siempre estará abierta para acogerlos en nuestra casa.   

Así pues, en Jesús toda persona puede encontrarse con Dios. En Jesús, Dios se nos abre y manifiesta, nos sale al encuentro, nos acoge y nos perdona.

Por otra parte, Jesús nos advierte para que no abramos la puerta a los falsos redentores. Solo merecen nuestra acogida quienes llegan hasta nuestra casa trayendo la paz y la verdad.  

 EL DISCERNIMIENTO

En un domingo como este, el papa Francisco aludía a Jesús, diciendo que «las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una» (Jn 10,3).

Y añadía el Papa: “El Señor nos llama por nuestro nombre, nos llama porque nos ama. Pero también dice el Evangelio que hay otras voces que no debemos seguir: las de los extraños, ladrones y salteadores que quieren el mal de las ovejas”. Y sugería cómo diferenciarlas:

• La voz de Dios nunca obliga: Dios se propone, no se impone. La voz maligna seduce, asalta, fuerza: despierta ilusiones deslumbrantes, emociones tentadoras, pero pasajeras.

• La voz del enemigo nos distrae del presente y quiere que nos centremos en los miedos del futuro o en la tristeza del pasado. La voz de Dios dice: “Ahora puedes hacer el bien, ahora puedes practicar la creatividad del amor”. 

  • La voz que viene de Dios nos dice: “¿Qué es bueno para mí?”. En cambio, el tentador insistirá en otra pregunta: “¿Qué me apetece hacer?”. Qué me apetece: la voz del mal siempre gira en torno al ego, a sus pulsiones, a sus necesidades, al todo y ahora.

• La voz de Dios y la del tentador hablan en diferentes “ambientes”: el enemigo prefiere la oscuridad, la falsedad, el chismorreo; por el contrario, el Señor ama la luz del sol, la verdad, la transparencia sincera. 

El camino de Emaús Lc 24,13-35 (PAA3-26)

 “A Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos” (Hech 2,32). Para los habitantes de Jerusalén y los peregrinos que han llegado a la ciudad para la celebración de la fiesta de Pentecostés, Simón Pedro tiene un triple mensaje: 

• En primer lugar, recuerda la misión y la obra de Jesús, al que Dios acreditó con los milagros y prodigios que fue realizando a la vista de todos. 

• Proclama que, aunque muchos de sus oyentes denunciaron a Jesús para que fuera condenado a muerte de cruz, Dios lo resucitó de entre los muertos. 

 • Y finalmente afirma que los discípulos han recibido el Espíritu Santo para dar testimonio de la resurrección de Jesús, que es el Mesías esperado. 

Con el salmo responsorial le pedimos al Señor que nos enseñe el verdadero sendero de la vida (Sal 15).

Según la primera carta de Pedro, los cristianos saben que su fe y su esperanza se apoyan en el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (1 Pe 1,18-21).

NUESTRA ILUSIÓN FRUSTRADA

El evangelio de este tercer domingo de Pascua nos recuerda el doble camino de dos discípulos de Jesús (Lc 24,13-36). Mientras se van alejando de Jerusalén, comparten la amarga experiencia del desaliento. Aquel en quien habían creído ha muerto. Y con él ha muerto la esperanza que suscitaban sus palabras y sus acciones.  

En este tiempo nuestro, muchas personas han buscado las razones para vivir y esperar en la economía y en la técnica, en los medios de comunicación y en los dirigentes políticos. Y de pronto, las bombas y los drones les han hecho ver que esos fundamentos carecen de raíces.

Algunos han decidido dejar atrás la fe que recibieron y los relatos en los que parecían apoyarse. Prefieren hacer su propio camino, aunque no les entusiasme. El camino de Jerusalén a Emaús refleja una ilusión que ha quedado bruscamente frustrada. 

LA CORRECCIÓN DE UN EXTRAÑO

Sin embargo, los dos discípulos que se dirigen a Emaús, al menos escuchan al compañero que les pregunta: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?” (Lc 24,17)No solo eso, sino que aceptan una corrección que les llega de un extraño. 

• También en este tiempo, ese otro peregrino, desconocido para muchos, se presta a acompañarnos por el camino y a escuchar el lamento por nuestra decepción

• También en esta hora, ese peregrino misterioso está decidido a ayudarnos a recordar las palabras que en otro tiempo dieron sentido a nuestra vida.

• También en este momento, ese peregrino, que parece conocer las Escrituras, tiene palabas que pueden estimularnos y calentar nuestro corazón. 

• También hoy, ese peregrino que nos alcanza por el camino acepta sentarse a nuestra mesa, y transforma nuestro pan en fuente de vida, de luz y de sentido.

El Señor está vivo Jn 20,1-9 (PAA1-26)

“Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo sino a los testigos que él había designado: a nosotros que hemos comido y bebido con él después de su resurrección”. Con estas palabras resumía Pedro el misterio de la Pascua ante el centurión Cornelio (Hch 10,39-41).

El antiguo pescador del lago de Galilea, pretendía recordar cinco hechos concretos:   Jesús había pasado haciendo el bien. Fue condenado a morir en una cruz. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Es más, Dios se lo hizo ver a los discípulos que el Maestro había elegido. Y ellos tuvieron la alegría de compartir la mesa con el resucitado.

Jesús es la piedra desechada por los arquitectos y elegida ahora como piedra angular de un nuevo edificio. Así lo cantamos con el salmo responsorial (Sal 117).

Por otra parte, recordamos que san Pablo invita a los fieles de Colosas a vivir con un talante de resucitados con Cristo para buscar solamente las realidades celestiales (Col 3,1). 

MARÍA MAGDALENA

 El relato evangélico evoca la figura de María Magdalena. La piedad tradicional la identifica con otras mujeres que aparecen en los evangelios. Además, las leyendas y el cine la han visto como una hermosa mujer, pecadora pero arrepentida. Sin embargo, esos datos no se encuentran en los evangelios.

María es una mujer que parece haber sido curada por Jesús. Su gratitud la lleva a seguir al Maestro desde Galilea hasta Jerusalén. De hecho, está presente en el Calvario y observa el lugar donde ha sido colocado el cadáver de Jesús. Ella descubre que el sepulcro está vacío y se apresura a comunicarlo a los discípulos del Señor (Jn 20,1-9).

Con razón María Magdalena ha sido calificada como el “apóstol de los apóstoles”. Su voz sonaba como una profecía. Su anuncio nacía de la experiencia. Despertaba a los discípulos de Jesús del desaliento al que los había arrojado la muerte del Maestro. Y los alentaba a emprender una misión que no podían dejar en el olvido.

 UN MENSAJE PARA HOY

Así pues, en este domingo de Pascua de Resurrección, el evangelio recoge las palabras que María Magdalena dirigió a Simón Pedro y al otro discípulo a quien Jesús quería: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Ese mensaje puede parecer nervioso y desalentado, pero sigue teniendo actualidad.

• “Se han llevado del sepulcro al Señor”. Parece que en este tiempo algunos están dispuestos a ignorar la vida de Jesús y a manipular su mensaje. Por eso están decididos a destrozar la cruz, a despreciar su significado y a renegar del Resucitado.

• “No sabemos dónde lo han puesto”. Hoy muchos no saben quién es Jesús ni quieren saber lo que significa en la historia de la humanidad. Simplemente, no les interesa. Los mismos cristianos no siempre sabemos explicar el puesto que el Señor ocupa en nuestra vida.

Presencia y Esperanza Lc 24, 46-53 (PAC7-25) Ascensión del Señor

“Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,9). En la Biblia la nube es una imagen muy adecuada para representar la divinidad. La nube nos impide ver con claridad, pero nos hace percibir mejor los sonidos. Y eso es lo que ocurre con el creyente. No puede ver a Dios, pero está llamado a escuchar su palabra.

Jesús había caminado con sus discípulos como un profeta poderoso en obras y en palabras. Pero ahora se manifestaba ante ellos la divinidad de su Maestro.

 En esta fiesta de la Ascensión del Señor, nosotros repetimos el salmo que proclama su gloria: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas (Sal 47,6).

Con la carta a los Efesios, rogamos a Dios que nos dé a conocer y apreciar la esperanza a la que hemos sido llamados (Ef 1,18).

BENDECIDOS PARA LA MISIÓN

En el evangelio según san Lucas que hoy se proclama se nos dice que, mientras Jesús se elevaba hacia los cielos, iba bendiciendo a sus discípulos (Lc 24,50). 

Ese gesto final de Jesús a veces se entiende como una despedida y como el anuncio de una ausencia. Si fuera así, la comunidad de sus discípulos tendría que lamentar su orfandad a lo largo de los siglos.

En realidad, aquella bendición del Maestro era la garantía de su presencia. Él había de acompañar a sus discípulos a lo largo de la misión que les acababa de confiar.

El Señor los bendecía para confirmarles su protección En su nombre, ellos habían de predicar la conversión y el perdón de los pecados en todos los pueblos. 

Ahora bien, esa misión que fue confiada a sus discípulos nos es confiada también a nosotros. ¿Pedimos al Señor que nos bendiga para aceptarla con fe y vivirla con esperanza?   

ALEGRÍA Y ORACIÓN

Podemos peguntarnos cómo se sentirían los discípulos de Jesús después de la Ascensión de su Maestro a los cielos. Pues bien, el evangelio según San Lucas nos dice que regresaron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios. La alegría y la bendición son dones de Dios que hemos de pedir y atesorar en nuestra comunidad.

• El texto subraya la alegría, que no se identifica con las satisfacciones inmediatas que buscamos con ansiedad. La alegría evangélica es un don del Espíritu Santo. Nace de la fe, se sustenta en la esperanza y se contagia a los demás en el amor fraternal y en el servicio. 

• El texto anota también la permanencia de los discípulos en el templo.  Jesús acudía a los atrios del templo para exponer su mensaje. Sus discípulos acuden al templo porque sin oración no podrán llevar a cabo la misión que él les ha encomendado.

El Amor y la Palabra Jn 14,23-29 (PAC6-25)

 “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las indispensables”. En la ciudad de Antioquia de Siria se reunía un grupo de creyentes procedentes de la cultura y de la religión griega. Algunos hermanos, fieles a las tradiciones, pretendían obligarlos a circuncidarse y pasar previamente por el judaísmo.

 Los apóstoles y los responsables de la comunidad de Jerusalén decidieron que no era justo imponer esa obligación a los nuevos hermanos. Bastaban con que reconocieran a Jesús como el Mesías de Dios. Era preciso armonizar la fidelidad al Evangelio con la flexibilidad para extender ese mensaje a otras culturas (Hch 15,1-2.22-29).

Con razón, la liturgia nos invita a cantar con el salmo responsorial: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Sal 66). También los pueblos paganos.

Según el Apocalipsis, la ciudad santa de Jerusalén que desciende de Dios ha de ser la casa común de toda la humanidad (Ap 21,10-14).  

FIDELIDAD Y VALENTÍA

 El mensaje evangélico de este sexto domingo de Pascua evoca de nuevo la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 14,23-29). Nos hace escuchar una declaración de Jesús que suena como su testamento y una profecía que incluye un anuncio y una denuncia.

• “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Guardar la palabra de aquel que es la Palabra de Dios es un regalo tan gratuito que merece toda nuestra gratitud. Podemos guardar la palabra de Jesús porque el Padre nos ama. Y escuchándola amaremos al Padre y al Hijo, que habitan en nosotros.   

• “El que no me ama no guardará mis palabras”. No escuchamos y guardamos la palabra del Maestro porque no lo amamos de verdad. Así que la prueba de que amamos al Señor es la disponibilidad para escuchar su palabra, la fidelidad para vivir de acuerdo con ella y la valentía para anunciarla al mundo entero.   

LA AYUDA DEL SEÑOR

No debemos desalentarnos. La misión es difícil, pero el Señor está con nosotros. Según el evangelio de este domingo, Jesús nos ofrece su ayuda para recorrer su camino.

* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. El Maestro era consciente del escándalo que sus discípulos habían de padecer. Por eso los exhortaba a la confianza. Ni la traición de Judas ni la negación de Pedro deberían hacerles perder la esperanza.

* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. El Maestro anunciaba ya las dificultades que habría de encontrar la comunidad de la Iglesia a lo largo de los tiempos.  A pesar de todo, su Iglesia debería confiar en él para poder superar el temor.  

* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. El Maestro sabía que el corazón es el símbolo de la interioridad de la persona. En realidad, trataba de alentar a todos los creyentes a aceptar la cruz y dar testimonio de él con generosidad y valentía.   

El mandato nuevo Jn 13,31-35 (CUC5-25)

En Listra, Pablo y Bernabé curaron a un hombre tullido. Asombradas por el milagro, las gentes quisieron adorarlos. Cuando ellos gritaron que eran hombres como los demás, el pueblo los apaleó.  Aquella experiencia los llevó a exclamar: “Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22). 

Al regresar a Antioquía de Siria dieron cuenta a la comunidad de “lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo habían abierto a los gentiles la puerta de la fe”. Aquella misión les había ayudado a descubrir que también los paganos podían entrar en el Reino de Dios.  

El salmo responsorial canta y proclama esa orientación universal de la fe: “El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas” (Sal 144). 

Según la visión del Apocalipsis, la nueva Jerusalén que baja del cielo será la morada definitiva de Dios entre los hombres. Él ha dispuesto hacer nuevas todas las cosas (Ap 21,1-5).  

EL HIJO Y LOS HIJITOS

En este quinto domingo de Pascua el evangelio nos sitúa en el escenario de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 13,31-35). Después que Judas salió del Cenáculo, para entregar a su Maestro en manos de los sacerdotes del templo de Jerusalén, Jesús dirigió a los suyos dos frases que son como el resumen de su misión:

 • “Ahora es glorificado el hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. La salida del discípulo traidor anticipaba la glorificación de Jesús. Es cierto que el Maestro había previsto y anunciado este momento. Pero sus discípulos no aceptaban que la glorificación de su Maestro pudiera coincidir con la crucifixión. 

• “Hijitos, me queda poco de estar con vosotros”. Solamente en esta ocasión aparece en los evangelios la palabra “hijitos”. Nos sorprende la ternura con que Jesús se dirige a sus discípulos. Pero más nos sorprende la claridad con la que él ha previsto su muerte. El tiempo de su misión terrestre tocaba a su fin.

EL SIGNO DEL AMOR

 Jesús había aceptado la regla de oro de todas las culturas: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12,31). Pero en la hora de su despedida Jesús se presentaba a sí mismo como el modelo de aquel mandato. Él era la clave y el signo por el que habían de distinguirse.

• “Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Generalmente se pensaba que el sujeto había de decidir el modo de relacionarse con los demás.  Desde ahora, el motivo del amor solo puede ser el amor que ha orientado la vida de Jesús. 

• “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. Todos los grupos humanos tratan de distinguirse por sus hábitos, sus himnos o sus banderas. Sin embargo, los discípulos de Jesús habrán de distinguirse por el amor mutuo. 

El pastor bueno Jn 10,27-30 (PAC4-25)

 En Antioquía de Pisidia, Pablo y Bernabé anunciaron el mensaje de Jesucristo en la sinagoga. Al ver el gentío que los escuchaba y los seguía, los judíos se llenaron de envidia y respondieron con blasfemias.

En cambio, los gentiles, es decir los miembros de la comunidad helenista, se alegraron de que los apóstoles les entregasen a ellos aquel mensaje de salvación, acogieron la palabra del Señor y la difundieron por aquella región (Hch 13,43-52).

Con el salmo responsorial nosotros adelantamos ya el mensaje del evangelio de este domingo, proclamando: “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99).

Seguimos leyendo el Apocalipsis. Hoy se nos dice que el Cordero, que está delante del trono de Dios, será nuestro pastor y nos conducirá hacia fuentes de aguas vivas (Ap 7,17).

UNA ESTRECHA RELACIÓN

  Como todos los años, en este cuarto domingo de Pascua contemplamos la imagen de Jesús, que se presenta como el pastor que guía y protege a las ovejas que le han sido confiadas por su Padre celestial (Jn 10,27-30).  

El texto evangélico presenta tres manifestaciones de la estrecha relación existente entre los discípulos y su Maestro y Pastor, que los conoce, les da la vida y los defiende.

• “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”. Los hebreos eran invitados continuamente a escuchar la palabra de Dios que los había liberado de la esclavitud. Ahora, los seguidores de Jesús escuchan al Pastor que los conoce y los reconoce.   

• “Mis ovejas me siguen y yo les doy la vida eterna”. Los hebreos seguían al Dios que los guiaba por el desierto hacia una tierra que manaba leche y miel. Ahora, los creyentes que siguen al Pastor esperan de él la vida eterna. 

• “Mis ovejas no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. Los hebreos fueron defendidos de sus enemigos por el poder de Dios. Ahora los discípulos del Pastor saben con seguridad que él siempre los defenderá con el poder de su mano. 

EL PADRE DE JESÚS

De pronto, el texto del evangelio de Juan que hoy se proclama deja de lado la relación de Jesús con sus discípulos para revelar su relación personal con su Padre celestial.  

• “Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas”. Además de compartir la divinidad, el Padre ha confiado a Jesús la misión de hacer presente en la tierra su misericordia. El Padre ama al mundo y su Hijo lo iba demostrando cada día. 

• “Nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre”. Muchos han pretendido arrebatarle a Dios las claves de la vida y de la felicidad.  Pero el poder de Dios se identifica con su misericordia y su ternura.

• “Yo y el Padre somos uno”. El evangelio según Juan repite una y otra vez la unidad entre el Padre y el hijo. En el Hijo nosotros hemos descubierto la verdad y el amor de su Padre, que es también el nuestro.   

La misión del pastor Jn 21,1-19 (PAC3-25)

 El domingo tercero de Pascua leemos la respuesta de Pedro a los dirigentes judíos, que le prohíben hablar y actuar en el nombre de Jesús (Hch 5,27-41).  

• “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Con aquella prohibición, los dirigentes no reflejaban las necesidades del pueblo, sino sus intereses personales y de grupo y su deseo de mantener su seguridad y sus privilegios. 

• “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús”. Aquella prohibición no respetaba la conciencia de los que habían seguido a Jesús y habían ya experimentado la presencia del Resucitado, del que se decían testigos.   

En este momento de turbación y persecución, los testigos de Cristo pueden repetir la promesa del salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29).  

Es más, con el Apocalipsis reconocemos al Señor como nuestro liberador y proclamamos el poder, el honor y la gloria que merece el Cordero degollado (Ap 5,11-14).

DE NUEVO, JUNTO AL LAGO

Jesús había encontrado a sus discípulos a la orilla del Lago de Genesaret. Una vez resucitado, por medio de María Magdalena les pide que vuelvan a Galilea. Y allá vuelve el Señor para repetir los gestos de la llamada original (Jn 21,1-19).  

• De nuevo los discípulos pasan por la experiencia de una noche de pesca infructuosa. Y de nuevo la obediencia al Señor los lleva a llenar sus redes con una gran cantidad de peces. 

• De nuevo, el Señor toma el pan y el pescado y lo reparte entre sus discípulos. Y de nuevo aquellos gestos hacen visible su misericordia y su entrega personal a los que él ha elegido 

• De nuevo Jesús, dirige a Simón Pedro aquella misma palabra con la que lo llamó en otro tiempo: “Sígueme”. Y de nuevo esa palabra resuena como la invitación al discipulado.

EL AMOR Y LA MISIÓN

  En el marco de la última cena, Pedro había prometido seguir a Jesús hasta la muerte, sin embargo, por tres veces declaró no conocerlo. Ahora, el Resucitado no pretende reprender al discípulo por su infidelidad. Viene a comprobar su amor y confiarle la misión del pastoreo. 

• “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. A las tres negaciones de Pedro corresponden tres preguntas de Jesús.  Quiere saber si Pedro lo ama, o al menos si lo quiere.  El Maestro parece querer acomodarse a las posibilidades y la fragilidad de su apóstol. 

• “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús conoce la generosidad de Simón, pero también conoce su debilidad. Ahora como entonces, Jesús espera de sus discípulos al menos una confesión de amor.  

• “Apacienta mis corderos y mis ovejas”. Jesús había prometido a Simón el encargo de ser pescador de hombres. Ahora utiliza una nueva imagen para reflejar la misión que le confía. Ha de ser pastor del rebaño, por el cual el Pastor bueno había entregado la vida.  

Perdón y misericordia Jn 20,19-31 (PAC2-25)

 “Los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo” (Hch 5,12). Después de su Ascensión a los cielos, la misericordia del Resucitado se hace visible a través de sus discípulos. Muchas personas acercan a sus enfermos a Pedro, deseando que la sombra del apóstol los cubra por un momento. 

Hoy son muchas las gentes que buscan gestos de cercanía, de atención y de ternura, como suele recordar el papa Francisco. Todos necesitamos percibir la misericordia de Dios. Y todos estamos llamados a hacerla llegar a los demás, aunque nos hagan “perder” tiempo y tal vez nos desprecien y persigan.  

El salmo responsorial nos exhorta hoy a ser agradecidos a Dios por su incansable misericordia con nosotros: “Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal 117).  

El Apocalipsis nos dice que el Hijo del Hombre es el Viviente. Él vive por los siglos de los siglos y nos revela el sentido de la historia y de nuestra vida concreta (Ap 1,9-19).

MINISTROS DEL PERDÓN

El evangelio según san Juan evoca dos momentos de la revelación del Resucitado a sus discípulos (Jn 20,19-31). El texto nos ofrece al menos tres contraposiciones que se repiten también en nuestra experiencia personal.   

- En primer lugar, se mezclan el miedo y el gozo. Tras la muerte de Jesús, los discípulos han quedado atemorizados. Pero al descubrir que Jesús se hace presente en medio de ellos, su corazón rebosa de paz y de alegría.

- En segundo lugar, al miedo sucede la audacia. Por temor habían cerrado las puertas. Pero el aliento de Jesús los mueve a salir a la calle. Los que se habían encerrado se lanzan a la misión que les había sido encomendada. 

- En tercer lugar, la culpa es superada por el perdón. Los discípulos se sentían culpables por haber abandonado a su Maestro. Pero Jesús no llega para reprenderles su falta, sino para hacerlos testigos de su misericordia.

EL TESTIMONIO DE LAS LLAGAS

  Pero Tomás atrae hoy nuestra atención. Él había impulsado a los discípulos a seguir a su Maestro hasta la muerte. Y ahora no parece dispuesto a reconocer que ha resucitado 

• “Si no veo la señal de los clavos…, no creo”. Esa frase es tal vez una protesta personal contra los que se apresuran a disfrutar de la luz sin haber aceptado la oscuridad de la cruz.  

• “Trae tu dedo… No seas incrédulo, sino creyente”. La respuesta de Jesús es una advertencia para todos nosotros. No podemos ser incrédulos, ni crédulos, sino creyentes.

• “Señor mío y Dios mío”. Pedro había reconocido a Jesús como el Mesías (Mc 8,29). Ahora es Tomás quien confiesa su fe en la divinidad de Jesús resucitado.  

• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Tomás manifestó su fe al ver las llagas del Señor. Nosotros nos apoyamos en la fe del apóstol que creyó en el Señor.

Escucha y diálogo Jn15,26-27; 16,12-15 (PAB8-Pentecostés)

“Cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua” (Hech 2,11). Para la fiesta de Pentecostés se encontraban en Jerusalén muchos peregrinos llegados de todas las partes del mundo conocido por entonces. Sin que lo esperasen, el vendaval del Espíritu vino a derramar sobre ellos una nueva vida.

La tradición de la torre de Babel indicaba que el espíritu del orgullo de las gentes confundía las lenguas. Ahora el Espíritu del amor facilitaba la comprensión entre todos. La indiferencia ante los otros cierra a las personas en su individualismo, pero el Espíritu de Dios abre las mentes y los corazones a la escucha y al diálogo.  

En el salmo responsorial de la eucaristía de hoy suplicamos al Dios de la vida que envíe su Espíritu para repoblar la faz de la tierra (Sal 103).

Y escuchando a san Pablo, pedimos que los diversos ministerios inspirados por el Espíritu contribuyan de verdad al bien común de la Iglesia y de toda la humanidad (1Cor 12,3-7).    

EL DON DEL DISCERNIMIENTO

 El texto del evangelio (Mc 20,19-23) nos lleva hasta la casa en la que los discípulos de Jesús se habían refugiado después de la muerte de su Maestro. Es verdad que habían cerrado las puertas por miedo a los judíos. Pero de pronto el Señor se hizo presente dejándoles tres encargos inolvidables

 • En primer lugar, Jesús les mostró sus manos y el costado. Así comprendieron que no se trataba de una ilusión. Las llagas de su crucifixión eran la prueba de la autenticidad de su misión y de su mensaje. Él, que había entregado su vida, se presentaba como triunfador de la muerte.

• Además, el Maestro les confiaba su misma misión. Enviaba a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él. Jesús era de condición divina, pero había caminado como un hombre. Era de condición humana, pero ahora compartía con sus discípulos una misión divina. 

• Finalmente, Jesús entregaba el Espíritu Santo a los suyos y les otorgaba la autoridad para perdonar o retener los pecados. En realidad, les comunicaba el don y la responsabilidad del discernimiento sobre el bien y sobre el mal. Más que un honor, era un servicio.

TESTIGOS DE LA ALEGRÍA

El texto evangélico anota que, superado el miedo, “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. La sencillez del relato no puede ocultar el gozo que sigue al asombro.

• Tras recibir la visita de su Maestro, los discípulos de Jesús no se presentaron ante el mundo con el rostro triste o resignado. No eran unos fracasados. Es verdad que habían dudado, pero habían recibido del Resucitado el motivo para la verdadera alegría. 

• Pasados los siglos, la Iglesia no quiere ignorar a los que sufren. Nunca podrá ofrecer fáciles soluciones a todos los problemas. Pero está dispuesta a compartir los signos de la esperanza, como afirma el papa Francisco en la bula de anuncio del Año Jubilar. 

• Con nuestra presencia en el mundo y con nuestra alegría, los cristianos de hoy estamos dispuestos a dar testimonio de la vida y de la verdad de nuestro Señor y Redentor. 

A la derecha de Dios Mc 16,15-20 (PAB7-24)

  “El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo” (Hech 1,11). 

En esta fiesta de la Ascensión de Señor a los cielos, también nosotros escuchamos esas palabras que dirigieron a los discípulos aquellos dos varones vestidos de blanco. La glorificación de Jesús no puede justificar nuestra pereza. El Señor nos ha elegido para enviarnos a anunciar su mensaje y a encender la esperanza.    

En el salmo responsorial cantamos a Dios que “asciende entre aclamaciones y al son de trompetas” (Sal 46). No pretendemos ser triunfalistas, pero nuestra alegría es una proclamación de la gloria del Señor.  

En la carta a los Efesios se afirma que el Padre celestial resucitó a Cristo de entre los muertos y lo ha sentado a su derecha (Ef 1,17-23). Como decía el Catecismo de Astete, Jesús tiene igual gloria que él en cuanto Dios y mayor que otro ninguno en cuanto hombre. 

ANUNCIO DE GRACIA

El final del evangelio según Marcos nos recuerda la misión que el Señor confía a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación” (Mc 16,15-20).

• También a nosotros el Señor nos pide que nos pongamos en camino. Un día tras otro, vamos haciendo camino al andar. Es cierto que caminar comporta siempre un riesgo. Pero no podemos caer en la tentación de la pereza. No podemos quedar anclados en esa comodidad que ya hemos alcanzado, como individuos y como comunidad.  

• Por otra parte, Jesús no envía a sus discípulos a disfrutar los paisajes de la tierra, que no dejan de ser atrayentes. Tampoco quiere que vayan a gritar para intentar ganar unas elecciones políticas. Y menos aún los envía a vender una mercancía de moda. A ellos y a nosotros nos envía a proclamar la buena noticia de que Dios es nuestro Padre y nos ama  

• Finalmente, Jesús recomienda a los suyos que se dirijan a toda la creación. El evangelio de Jesucristo es un anuncio de gracia y salvación para toda la humanidad, sin distinción de edades o de gustos, de razas o culturas, de clases sociales o de preferencias políticas. 

APOYO EN LA MISIÓN

El texto evangélico añade que “después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Pero el Señor no ha dejado la tierra para ignorar las aventuras y desventuras de la humanidad. Tampoco pueden ignorarlas quienes creen en él.

• Efectivamente, los discípulos de Jesús aceptaron su mandato de ir a proclamar el Evangelio por todas partes. No dejamos de admirar su decisión y su valentía. Pero aquella misión es una tarea urgente para todos los que hemos sido llamados por el Maestro.

• La misión nunca ha sido fácil. Los seguidores del Señor con mucha frecuencia han sido perseguidos y calumniados. Pero como los discípulos primeros, también ahora sabemos que no estamos solos. El Señor camina a nuestro lado y actúa con nosotros.

• Por si fuera poco, creemos que el Señor confirma nuestra palabra, cuando realmente es la suya, con signos admirables que nosotros no siempre llegamos a percibir.

Don y tarea del AMOR Jn 15,9-17 (PAB6-24)

“Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”. Una visión y una palabra del cielo han llevado a Simón Pedro hasta la casa del centurión Cornelio (Hch 10,34-35).

Para sorpresa de los presentes, el Espíritu Santo bajó sobre todos los que escuchaban la palabra del apóstol. El mismo Pedro parece asombrado. Los procedentes del judaísmo se admiraron, al ver que se repetía el fenómeno de Pentecostés también sobre los paganos. 

Con razón, el salmo responsorial que hoy se canta nos invita a proclamar que “el Señor revela a las naciones su justicia” (Sal 97).

Evidentemente Dios es amor. “El que ama ha nacido de Dios”. Y el milagro no es que nosotros podamos y queramos amar a Dios. Lo verdaderamente admirable es que él se ha adelantado y nos ha amado, aun cuando nosotros no lo merecíamos (1 Jn 4,7-10).

PERMANECER EN EL AMOR

El tema del amor reaparece en el evangelio que se proclama en este domingo sexto de Pascua (Jn 15,9-17). En él continúa la alegoría de la vid y los sarmientos, que se leía en la eucaristía del domingo pasado (Jn 15,1-8).  Hoy se afirma que el Padre celestial es la fuente de la vida que llega hasta los sarmientos de la vid. Y él es el origen del amor.

• “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. En nuestra cultura se considera el amor como un sentimiento que nos acerca a los demás o nos hace gozar de la simpatía de los otros. Pero antes de ser una relación entre nosotros, es una revelación del amor que viene de Dios. Jesús nos muestra el amor del Padre, al tiempo que nos demuestra su propio amor. 

• “Permaneced en mi amor”. Jesús menciona una y otra vez la vocación a “permanecer”. Es necesaria la unión de los sarmientos con la vid para poder dar fruto (Jn 15,4-7). Si Jesús permanece unido al Padre (Jn 15,10), puede exhortar a sus discípulos a permanecer unidos a él (Jn 15,9-10). Esa será la señal que ha de caracterizar al discípulo amado (Jn 21,22-23).

LOS CANALES DEL AMOR

Ahora bien, si el amor es un don gratuito de Dios, para nosotros es también una vocación y una tarea imprescindible. El amor no nace de nuestra iniciativa personal o grupal. Sin embargo, nosotros somos los canales para que el amor de Dios llegue a nuestros hermanos. 

• “Esto os mando: que os améis unos a otros”.  Ese es el mandamiento que Jesús dirige a sus discípulos. Los que estaban decididos a seguir a su Maestro, deberían aprender la obediencia de la fe y también la obediencia del amor.

• “Esto os mando: que os améis unos a otros”.  Esa palabra de Jesús vale también para la comunidad cristiana de todos los tiempos. No es la Iglesia la que hace la caridad, sino que es la caridad de Dios la que funda y edifica la Iglesia.

• “Esto os mando: que os améis unos a otros”. El amor no es un sentimiento ni una estrategia interesada. Jesús dice que el amor mutuo es un mandato. No podemos amar tan solo a los que nos son simpáticos. Jesús nos manda pasar el amor de Dios a todos los que Dios ama.

El buen pastor Jn 10,11-18 (PAB4-24)

 PASTOR  

 “No hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos” (Hech 4,12). Los miembros del Sanedrín sabían de sobra que el nombre de Jesús significa “Dios salva”. Pedro les anuncia que Juan y él habían curado al paralítico, precisamente en el nombre de Jesús de Nazaret.   

Jesús podía ser comparado con la piedra desechada por los constructores. Pero, por voluntad del Padre, se había convertido en la piedra angular de un nuevo edificio (Sal 117). Esa era la verdad que tenían que aceptar los judíos. Y esa es la noticia que todavía hoy escandaliza a nuestro mundo.  

Como escandaliza el testimonio de los creyentes que se muestran convencidos de que el amor del Padre celestial los ha convertido en hijos de Dios (1 Jn 3,1-2).

TRES ACTORES DE UN DRAMA

En el domingo cuarto de Pascua todos los años evocamos la alegoría evangélica que nos presenta a Jesús como el verdadero Pastor de su rebaño. En sus palabras aparecen tres actores que han de ser tenidos en cuenta también en nuestro tiempo: 

• Jesús menciona al lobo que ataca a los rebaños, dispersa a las ovejas y las mata. Este texto evangélico debía de impresionar a los miembros de las primeras comunidades cristianas. También ellas eran y son divididas y dispersadas por quienes buscan sus propios intereses,

• Además, aun dentro de las comunidades había y hay todavía responsables que se comportan como asalariados. No procuran guiar y defender a los fieles. Al contrario, los desorientan y hasta los abandonan en los momentos de crisis o de persecución. 

• El pastor verdadero se interesaba y se interesa por sus ovejas. Les entrega su vida y está dispuesto a morir por ellas. Además, sale en busca de otras ovejas que no pertenecen a su rebaño o le han sido arrebatadas. Y sigue el mandato del Señor para atraerlas a la comunidad. 

LA REVELACIÓN DEL PASTOR

Esta alegoría evangélica contiene una de las revelaciones más importantes sobre Jesús: sobre su identidad y sobre su misión: “Yo soy el buen Pastor, que conozco a mis ovejas y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.  

• “Yo soy el buen Pastor”. Esta imagen evocaba la historia de Israel. Dios se había manifestado muchas veces como el pastor de su pueblo y como tal era invocado. La comunidad cristiana habría de ver en esa imagen la entrega de Jesús a todos los necesitados.

• “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen”.  Dios conocía a su pueblo y sus gentes no podían confundirlo con los ídolos de los paganos. Jesús conocía a sus discípulos y nos conoce a nosotros. Tenemos que tratar de conocer quién es él y qué hace por nosotros.  

• “Como el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.  La relación existente entre el Padre y Jesús no es una verdad abstracta e indiferente. También hoy ha de ser el modelo y la pauta para la espiritualidad y la vivencia de la fe entre los miembros de la comunidad cristiana.

Elegidos y enviados Lc 24,35-48 (PAB3-24)

 “Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello” (Hech 3,15). Tras la curación del paralítico junto a la Puerta Hermosa del Templo, así interpela Pedro a la gente que se ha reunido para constatar aquel portento.  

• El Apóstol declara que la curación no se debe a él y a Juan, sino a la fe en el nombre de Jesús que les mueve.  

• Además, denuncia proféticamente la ceguera de su pueblo, que ha renegado del Santo y del Justo, al tiempo que les anuncia que Dios ha resucitado a Jesús.

• Sin embargo, Pedro tiene la grandeza de disculpar a los que condenaron a Jesús por ignorancia, y los exhorta a arrepentirse y convertirse.      

• Además, el Apóstol asume y proclama el papel de testigos del Mesías que corresponde a los discípulos que han convivido con Él.  

Con el salmo responsorial, pedimos al Señor que brille sobre nosotros la luz de su rostro (Sal 4). Que también nosotros guardemos la palabra del Señor y cumplamos sus mandamientos, como nos pide la segunda lectura (1Jn 2,1-5). 

TRES CONTRASTES

El evangelio de este domingo tercero de Pascua nos sitúa en el momento en que los dos discípulos que se habían alejado hasta Emaús se encuentran de nuevo con sus hermanos que habían quedado en Jerusalén (Lc 24,35-48). 

Unos y otros se apresuran a dar cuenta de su respectivo encuentro con Jesús. Pero de pronto se les muestra el Resucitado con un mensaje cargado de fuertes contrastes:

•  Por una parte les ofrece y desea el don de la paz, pero al mismo tiempo les reprende por las dudas a las que se aferran y por sus dificultades para creer.

• Además, se presta a comer con ellos para demostrarles que es el mismo que han seguido por los caminos, pero les advierte que era necesario que se cumplieran las Escrituras.

• Jesús recuerda el pasado reciente de su muerte y resurrección, pero orienta al futuro la mirada de sus discípulos para que prediquen la conversión a todos los pueblos. 

SER TESTIGOS

Al leer que Jesús resucitado se muestra a sus discípulos, nos preguntamos qué misión les confía. ¿Cuál ha de ser el contenido de su predicación? ¿Qué instituciones habrán de crear para apoyarla? ¿Con qué títulos tendrán que adornarse para hacerse respetar? Pues bien, Jesús solamente les invita a considerar lo que ellos son y lo que han de hacer.

• “Vosotros sois testigos de esto”. Habrán de recordar fielmente el pasado y los días en que han convivido con su Maestro.

• “Vosotros sois testigos de esto”. Tendrán que reconocer que lo han abandonado en Getsemaní, pero han recibido su paz y su perdón.

• “Vosotros sois testigos de esto”. No deberán olvidar que con sus palabras y con sus obras han de comunicar a las gentes el gozoso mensaje de su Maestro      

Los dones de la PAZ y de la FE Jn 20,19-32 (PAB2-24)

“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hech 2,42-47). En este “sumario”, incluido en el libro de los Hechos de los Apóstoles, se resume el ideal de la comunidad de los discípulos de Cristo que se reunían en Jerusalén.    

Con el salmo responsorial nosotros confesamos públicamente la bondad de Dios, proclamando: “¡Eterna es su misericordia!” (Sal 117)

En este domingo que Juan Pablo II quiso dedicar a la meditación de la misericordia de Dios, recordamos que Dios, Padre misericordioso, nos ha hecho nacer de nuevo por la resurrección de Jesucristo. Podemos gozar de una esperanza viva (1Pe 1,3-9).

EL RESUMEN DEL EVANGELIO

Apenas resucitado, Jesús se manifiesta a sus discípulos, que se han encerrados en una casa por miedo a los judíos (Jn 20,19-31). El Maestro no viene a reprenderles por su abandono y su cobardía, sino que les desea la paz y les encarga que transmitan su perdón.

• “Hemos visto al Señor”. Con ese anuncio reciben a Tomás, que estaba ausente en el momento de la manifestación de Jesús. Ya no podían sentirse huérfanos. Esa experiencia era fundamental para orientar su nueva vida.   

• “Hemos visto al Señor”.  Antes habían escuchado la enseñanza del Maestro y ahora lo habían visto resucitado. Ese era el núcleo del mensaje que deberían proclamar por todo el mundo. Con razón comenzaban por compartirlo con Tomás.   

• “Hemos visto al Señor”. Ese es el resumen del Evangelio, que fundamenta nuestra fe.  El anuncio comenzaba allí, pero había de extenderse a lo largo de los siglos. Todos los seguidores del Maestro hemos de repetirlo en todos los tiempos y en todos los lugares.  

LA LECCIÓN SOBRE LA FE

Con demasiada frecuencia se califica a Tomás como el discípulo incrédulo. Se olvida que era el único que parecía dispuesto a subir con Jesús a Jerusalén. Ahora le asombra que los que se resistían a seguirle hasta su muerte se apresuren ahora a cantar su resurrección. Pero el Maestro le dirige una lección inolvidable sobre la fe

• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Al recibir a María, su pariente Isabel la había proclamado dichosa por haber creído lo que le había comunicado Dios. Dirigiéndose a Tomás, Jesús proclama dichosos a todos los que crean en él.  

 • “Dichosos los que crean sin haber visto”. Son bienaventurados todos los que han llegado a creer en Jesús a través del testimonio de los apóstoles. Son dichosos porque han recibido la enseñanza de los testigos de la vida y la palabra del Maestro. 

• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Hoy damos gracias porque hemos podido escuchar el testimonio de los que vieron al Señor y acogieron su palabra como la luz que brilla en las tinieblas.