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Presencia y Esperanza Lc 24, 46-53 (PAC7-25) Ascensión del Señor

“Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista” (Hch 1,9). En la Biblia la nube es una imagen muy adecuada para representar la divinidad. La nube nos impide ver con claridad, pero nos hace percibir mejor los sonidos. Y eso es lo que ocurre con el creyente. No puede ver a Dios, pero está llamado a escuchar su palabra.

Jesús había caminado con sus discípulos como un profeta poderoso en obras y en palabras. Pero ahora se manifestaba ante ellos la divinidad de su Maestro.

 En esta fiesta de la Ascensión del Señor, nosotros repetimos el salmo que proclama su gloria: “Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas (Sal 47,6).

Con la carta a los Efesios, rogamos a Dios que nos dé a conocer y apreciar la esperanza a la que hemos sido llamados (Ef 1,18).

BENDECIDOS PARA LA MISIÓN

En el evangelio según san Lucas que hoy se proclama se nos dice que, mientras Jesús se elevaba hacia los cielos, iba bendiciendo a sus discípulos (Lc 24,50). 

Ese gesto final de Jesús a veces se entiende como una despedida y como el anuncio de una ausencia. Si fuera así, la comunidad de sus discípulos tendría que lamentar su orfandad a lo largo de los siglos.

En realidad, aquella bendición del Maestro era la garantía de su presencia. Él había de acompañar a sus discípulos a lo largo de la misión que les acababa de confiar.

El Señor los bendecía para confirmarles su protección En su nombre, ellos habían de predicar la conversión y el perdón de los pecados en todos los pueblos. 

Ahora bien, esa misión que fue confiada a sus discípulos nos es confiada también a nosotros. ¿Pedimos al Señor que nos bendiga para aceptarla con fe y vivirla con esperanza?   

ALEGRÍA Y ORACIÓN

Podemos peguntarnos cómo se sentirían los discípulos de Jesús después de la Ascensión de su Maestro a los cielos. Pues bien, el evangelio según San Lucas nos dice que regresaron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios. La alegría y la bendición son dones de Dios que hemos de pedir y atesorar en nuestra comunidad.

• El texto subraya la alegría, que no se identifica con las satisfacciones inmediatas que buscamos con ansiedad. La alegría evangélica es un don del Espíritu Santo. Nace de la fe, se sustenta en la esperanza y se contagia a los demás en el amor fraternal y en el servicio. 

• El texto anota también la permanencia de los discípulos en el templo.  Jesús acudía a los atrios del templo para exponer su mensaje. Sus discípulos acuden al templo porque sin oración no podrán llevar a cabo la misión que él les ha encomendado.

Resurrección-Exaltación Lucas 24, 46-53 (PAC7-25)

Como ya no se celebra la Ascensión del Señor en el “jueves” precedente a este domingo, su liturgia se traslada a lo que debería ser el VII Domingo de Pascua. Los textos de este día, pues, están determinados por esta fiesta del Señor. Es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla de este misterio en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11), que son las lecturas fundamentales de la fiesta de este día. En realidad, los discursos no son opuestos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga “cuarenta días”, en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua. Esto último es lo más determinante ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la “exaltación” de Jesús a la derecha de Dios.

Debemos reconocer que no es fácil el uso de los textos de hoy y el significado de los mismos para la predicación actual.

¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. En ese sentido, en lo esencial, las dos lecturas que se hacen hoy del acontecimiento coinciden: Jesús instruye a sus discípulos de nuevo, confirmándolos en su fe todavía frágil, demasiado tradicional respecto al proyecto salvífico de Dios, para estar alerta. El tiempo Pascual extraordinario, nos quiere decir Lucas, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu porque les espera una gran tarea en todo el mundo, hasta los confines de la tierra.

Es verdad que en los primeros siglos de la Iglesia (quizás hasta el s. V) no se puso mucho énfasis en esta distinción entre Resurrección y Ascensión. Es a partir de ese s. V, con el apoyo de la narración lucana, cuando se hace un uso litúrgico y catequético en clave que llega a ser narración histórica. ¿Por qué? Consideramos que depende mucho de la concepción antropológica de la resurrección. En algunos ámbitos teológicos la resurrección de Jesús se concibió como “una vuelta a la vida”, a esta vida, para que sus discípulos pudieran verificar que había resucitado. Quedaba, pues, el segundo paso: la ruptura con este mundo y con esta historia de una forma definitiva. Apoyándose en la narración de Lucas, se vio en la Ascensión la definitiva “subida”: la exaltación a la gloria de Dios. Pero eso no es muy coherente, ya que la exaltación acontece en la misma resurrección.


Todo lo que se refiere a la Ascensión del Señor se evoca en el relato de los Hechos, que es el más vivo, con un simple verbo en pasiva: «fue elevado», sin decirnos nada en lo que respecta a la clase de prodigio. En Lc 24,31 se dice que «se les hizo invisible». Todo ello apunta a una terminología sagrada de la época, para describir la intervención de Dios por encima de todas las cosas. Ya se ha dicho que la Ascensión no añade nada nuevo con respecto a la Pascua, a la Resurrección. En todo caso, la pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apuntan a que la Resurrección de Jesús, al contrario que la de otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo.

A pesar de que este misterio se comunica por una serie de códigos bíblicos que nos hablan de la presencia misteriosa de Dios (en la nube, como revelación de su gloria, en la que entra Jesús por la Resurrección o la Ascensión), el tiempo Pascual ha sido necesario para que los discípulos rompan con todos los miedos para salir al mundo a evangelizar. Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de la Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

¿Podemos seguir manteniendo este tipo de lectura? ¿Es correcta? Creo que el NT nos permite otras claves. El mismo Lucas ha usado los “cuarenta días” en sentido pedagógico.

1) Entendemos, en primer lugar, que “cuarenta días” no es un tiempo real, espacio-temporal, sino teológico. Es un tiempo de espera y esperanza para que la comunidad viva intensamente el acontecimiento de la resurrección y se prepare para anunciar al mundo entero el mensaje de Jesús (Hch 1,8). Lucas ha buscado, pues, ese “tiempo pedagógico” que ponga de manifiesto algo importante en el seno de la comunidad: la resurrección de Jesús no es algo que afecta a Él exclusivamente, sino que tiene otra dimensión: la de la comunidad. También la comunidad de los seguidores de Jesús tienen que “resucitar” de sus miedos, de sus ideas poco acertadas sobre Jesús y sobre su mensaje. Jesús fue resucitado por Dios, pero también Jesús resucitado quiere hacerse presente desde esa nueva vida en su comunidad. La “Ascensión” era el momento adecuado para “dejar” a la comunidad resucitada ya, y en manos del Espíritu que debe llevarla hasta el final.

2) Por otra parte, en segundo lugar, como muchos autores han puesto de manifiesto, se debe contemplar la respuesta de lo que significan esos “cuarenta días” para subsanar un problema que tuvo la comunidad cristiana primitiva con respecto a la Parusía o la vuelta de Jesús e inaugurar el “final de los tiempos”. Se produjo en los primeros años cierta decepción cristiana porque la Parusía, la vuelta de Jesús, no acontecía y el fin del mundo no llegaba. Lucas entiende que el fin del mundo no tenía por qué llegar, ya que era necesaria la acción de la Iglesia para comunicar el mensaje de salvación a todos los hombres. Es lo que se conoce como la “descatologización” de la teología lucana. Es decir: no debemos estar preocupados por la Parusía, por el fin del mundo, sino por transformar esta historia por medio de la Palabra y el Espíritu de Jesús. De esa manera se explica el reproche a los discípulos de estar mirando al cielo… pensando en su vuelta, cuando hay que mirar a la tierra, a los hombres, para llenar este mundo de vida.

Ascensión del Señor Lc 24,46-53 (PAC7-25)


 

A la derecha de Dios Mc 16,15-20 (PAB7-24)

  “El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo” (Hech 1,11). 

En esta fiesta de la Ascensión de Señor a los cielos, también nosotros escuchamos esas palabras que dirigieron a los discípulos aquellos dos varones vestidos de blanco. La glorificación de Jesús no puede justificar nuestra pereza. El Señor nos ha elegido para enviarnos a anunciar su mensaje y a encender la esperanza.    

En el salmo responsorial cantamos a Dios que “asciende entre aclamaciones y al son de trompetas” (Sal 46). No pretendemos ser triunfalistas, pero nuestra alegría es una proclamación de la gloria del Señor.  

En la carta a los Efesios se afirma que el Padre celestial resucitó a Cristo de entre los muertos y lo ha sentado a su derecha (Ef 1,17-23). Como decía el Catecismo de Astete, Jesús tiene igual gloria que él en cuanto Dios y mayor que otro ninguno en cuanto hombre. 

ANUNCIO DE GRACIA

El final del evangelio según Marcos nos recuerda la misión que el Señor confía a sus discípulos: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación” (Mc 16,15-20).

• También a nosotros el Señor nos pide que nos pongamos en camino. Un día tras otro, vamos haciendo camino al andar. Es cierto que caminar comporta siempre un riesgo. Pero no podemos caer en la tentación de la pereza. No podemos quedar anclados en esa comodidad que ya hemos alcanzado, como individuos y como comunidad.  

• Por otra parte, Jesús no envía a sus discípulos a disfrutar los paisajes de la tierra, que no dejan de ser atrayentes. Tampoco quiere que vayan a gritar para intentar ganar unas elecciones políticas. Y menos aún los envía a vender una mercancía de moda. A ellos y a nosotros nos envía a proclamar la buena noticia de que Dios es nuestro Padre y nos ama  

• Finalmente, Jesús recomienda a los suyos que se dirijan a toda la creación. El evangelio de Jesucristo es un anuncio de gracia y salvación para toda la humanidad, sin distinción de edades o de gustos, de razas o culturas, de clases sociales o de preferencias políticas. 

APOYO EN LA MISIÓN

El texto evangélico añade que “después de hablarles, el Señor Jesús ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Pero el Señor no ha dejado la tierra para ignorar las aventuras y desventuras de la humanidad. Tampoco pueden ignorarlas quienes creen en él.

• Efectivamente, los discípulos de Jesús aceptaron su mandato de ir a proclamar el Evangelio por todas partes. No dejamos de admirar su decisión y su valentía. Pero aquella misión es una tarea urgente para todos los que hemos sido llamados por el Maestro.

• La misión nunca ha sido fácil. Los seguidores del Señor con mucha frecuencia han sido perseguidos y calumniados. Pero como los discípulos primeros, también ahora sabemos que no estamos solos. El Señor camina a nuestro lado y actúa con nosotros.

• Por si fuera poco, creemos que el Señor confirma nuestra palabra, cuando realmente es la suya, con signos admirables que nosotros no siempre llegamos a percibir.

Ascensión y misión Mc 16,15-20 (PAB7-24)

 El evangelio de hoy es una especie de síntesis de lo que sucedió a Jesús a partir de la resurrección; síntesis que alguien ha añadido al evangelio de Marcos cuando ya estaba terminado. Esto se reconoce hoy claramente por su estilo, e incluso, por su teología. Habla de la Ascensión según lo que hemos podido escuchar en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero lo que verdaderamente llama la atención de este evangelio es el encargo de la misión del Resucitado a sus apóstoles para que hagan discípulos en todas las partes del mundo. Se describe esta misión de la misma manera que Jesús la puso en práctica en el mismo evangelio de Marcos. Por tanto, Él es el modelo de nuestra predicación y de nuestros compromisos cristianos. El Reino, ahora, se hace presente cuando sus discípulos se empeñan, como Jesús, en vencer el mal del mundo y en hacer realidad la liberación de todas las situaciones angustiosas de la vida por medio del evangelio.

Yo estaré con vosotros siempre Mt 28,16-20 (PAA7-23)

1. El evangelio de este día es el final del evangelio de Mateo y se quiere poner de manifiesto lo que Lucas ya nos ha expresado con la presentación de la «Ascensión»: es el momento de los discípulos, de sus seguidores, que tienen que llevar el evangelio allí donde Jesús no pudo ir: a todo el mundo. Desde lo alto de un monte, con todo el simbolismo que esto tiene en la Biblia, Jesús les otorga a los suyos un poder comunicador de salvación y de gracia.

2. El bautismo en su nombre, será por otra parte, el sacramento de iniciación de los que quieran llevar una vida nueva en este mundo. Mateo ya había elegido un monte para la enseñanza de Jesús que ha pasado a la historia como el «sermón de la montaña» (Mt 5-7). Con ello se quería ir más allá del monte Sinaí y de la ley del Antiguo Testamento, la ley del la Alianza. Para culminar la teología de una Alianza nueva dada en una enseñanza nueva, ahora Mateo, en Galilea, nos presenta al Resucitado corroborando, con un nuevo poder, lo que ya les había trasmitido en el sermón de la montaña.

3. Mas no podemos menos de resaltar que a la promesa de hacer discípulos en todo el mundo (aquí el evangelio de Mateo se hace absolutamente universalista), corresponde la promesa del mismo Jesús de estar con los suyos siempre. Muchos autores resaltan con razón que aquí se retoma el significado de “Emmanuel” (Dios con nosotros) como cumplimiento de la profecía de Is 7 y del anuncio a José (Mt. 1,23). Como el nombre que recibió fue Jesús, no concretamente “Emmanuel”, y Jesús significa “Dios salva”, quiere decir que la promesa se cumple porque la salvación de Dios con la humanidad no tendrá límites. Y esto, prometido al final, como Señor resucitado que tiene todo el poder, en el “monte”, es de una importancia teológica irrepetible.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/hoy/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

El encargo y la esperanza Mc 16,15-20 (PAB7-21)

“Galileos, ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse” (Hech 1,11). Esta lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda una tentación que debieron de padecer las primeras comunidades cristianas.

Ante las  mil dificultades internas de cada día y ante la difamación y la persecución que venían del exterior era inevitable volver la vista atrás y situarse en la nostalgia. Seguramente eran muchos los hermanos que, a fuerza de mirar al cielo, ignoraban o pretendían olvidar los desafíos que se les planteaban en este suelo.

En el salmo responsorial repetimos hoy que “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor al son de trompetas” (Sal 46,2-9). Está bien proclamar su gloria, con tal de que no apartemos la vista de las demandas que nos vienen de toda la tierra.

Que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que podamos comprender la esperanza a la que nos llama cada día (Ef 1,17-23).

 EL ÚLTIMO ENCARGO

 El texto evangélico que se proclama en esta fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda el último encargo que Jesús nos dejó: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15). 

• “Ir al mundo entero” es más que una amable invitación. Es el legado de un testamento. Es una orden que nos exige salir de nuestra comodidad para afrontar el riesgo de los caminos y llegar a las últimas periferias. 

• “Proclamar el Evangelio” no justifica arrogarnos el papel de los nuevos inquisidores, tan de actualidad en la sociedad civil de nuestro tiempo. Se nos ha confiado una “buena noticia”. ¡Y hay de nosotros si no la comunicamos de forma tan creíble como amable!

• Llevar esa noticia “a toda la creación” nos exige superar nuestra comodidad. Es fácil pescar pececitos en una pecera. Pero es preciso hacerse a la mar. Y presentar el Evangelio a los que no quieren oírlo, a los que ya lo han olvidado y a los que dicen conocerlo de sobra.

LA MISIÓN Y LOS SIGNOS

 Además del encargo del Maestro, el evangelio de Marcos incluye una nota sobre la fidelidad con la que sus discípulos lo cumplieron: “Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la palabra con los signos que los acompañaban”.

• Salir a proclamar el Evangelio de Jesús no es un ejercicio deportivo ni un proyecto para ganar méritos sociales. Esa es nuestra misión y aun el premio de nuestra misión. 

• Con mucha frecuencia nos sentimos débiles e indefensos ante las dificultades. Pero no podemos olvidar que nuestro Maestro y Señor camina con nosotros. 

• Dicen que no hemos ayudado a la humanidad. No es verdad. Al anuncio del Evangelio acompañan la promoción de la cultura y, sobre todo, la compasión hacia los más necesitados.