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Lázaro de Betania Jn 11
“Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel” (Ez 37,12). Con estas palabras, Ezequiel anunciaba de parte de Dios la promesa de rescatar a su pueblo de la deportación que sufría en Babilonia.
Todavía no se había llegado a creer en la fe en la resurrección de los muertos. Pero las gentes pensaban que la intervención de Dios a favor de los oprimidos era ya una resurrección. La fe les decía que Dios es el Señor de la vida. Por eso podía infundir en ellos su espíritu para que vivieran de verdad y para siempre.
El salmo responsorial evoca este poder de Dios sobre la historia y sobre la peripecia de cada persona: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.
Escribiendo a los romanos, san Pablo considera lo que la resurrección de Cristo comporta para nosotros: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).
CREER EN LA RESURRECCIÓN
Durante tres domingos de cuaresma los relatos de Juan sobre el encuentro con la samaritana, la curación del ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro ofrecen las imágenes del agua, de la luz y de la vida. Este ciclo de lecturas nos exhorta a meditar sobre el don de una existencia iluminada por el misterio pascual de Jesucristo.
Al llegar a la casa de su amigo Lázaro, muerto recientemente, Jesús mantiene con Marta un profundo diálogo. Marta sabe que Dios concederá a Jesús lo que le pida. Jesús le asegura que su hermano resucitará. Y ella confiesa una fe que se iba abriendo camino en el pueblo: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día” (Jn 11,24).
Ahí se inserta la gran revelación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está muerto y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (Jn 11,25-26).
Esa es la pregunta definitiva, la que marca toda diferencia en el campo de las creencias. Pues bien, Marta cree que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el esperado.
Y SALIR DEL SEPULCRO
A continuación, Jesús pregunta por la sepultura de Lázaro. No se trata de una simple curiosidad. Sus lágrimas revelan a los presentes la sinceridad del afecto que profesaba a Lázaro. Ante el sepulcro, Jesús ora a su Padre y llama a su amigo.
• “Lázaro, sal afuera” (Jn 11,43). Esa es la orden que el Señor de la vida grita con voz potente ante la entrada del lugar donde habían sepultado la esperanza.
• “Lázaro, sal afuera”. Esa es también la invitación que el Señor dedica a la Iglesia para que ella abandone su cansancio y somnolencia y pueda dar testimonio de la vida.
• “Lázaro, sal afuera”. Ese es finalmente el imperativo que Jesús nos dirige a todos los que vamos arrastrando una existencia mortecina que no puede suscitar el entusiasmo.
Nuestra victoria sobre la muerte, en Jesús Jn 11
1. Estamos en lo que podemos llamar el «climax» de nuestro evangelio. Debemos estar muy atentos, no a lo sucedido, sino a lo que se nos quiere decir o enseñar en nuestro relato. Desde luego el evangelista no duda ni un instante de que Jesús ha devuelto a la vida a su amigo Lázaro; pero ¿cómo lo interpreta y qué significa eso? No es tanto la resurrección de Lázaro lo que interesa, sino el misterio de la muerte y de la vida que tiene su fuente en la misma persona de Jesús. Se trata de lo que los hombres buscan, y de lo que Dios ofrece. Ya nos vamos introduciendo en el pensamiento de Juan y vamos conociendo su talante, que aunque misterioso nos sirve mucho para conocer al Señor Jesús. Y es que Jesús no es para nosotros una figura histórica que existió en un tiempo, sino que sigue existiendo y está presente en nuestras vidas, aunque nuestra mediocridad no lo experimente a veces. Este capítulo lo debemos ver como una enseñanza poderosa sobre la muerte y la resurrección de Jesús que se prolonga en los cristianos. Si nos fijamos bien, no se nos quiere relatar solamente la tradición del hecho de la resurrección de Lázaro, que se trata de una simple reviviscencia (una vuelta a la vida), sino aprovechar esta coyuntura para ahondar en lo que Jesús significa para la fe cristiana y muy concretamente ante el misterio de la muerte.
2. Se dice que si Lázaro está enfermo es «para mostrar la gloria de Dios» (v.4). Fijémonos, más que en cualquier otra cosa, en las palabras que pronuncian los personajes y, sobre todo, en las palabras que el evangelista ha puesto en boca de Jesús durante todo el relato. Lo mismo se nos decía en la curación del ciego de nacimiento: «para que se manifiesten las obras de Dios» (Jn 9,3). Son dos narraciones bastante semejantes. Las dos gravitan en torno a las expresiones del don de Dios: la luz y la vida. En el primero, la luz verdadera, Jesús, se enfrenta con las tinieblas del pecado; la luz en los ojos del ciego no era sino el signo de la otra luz que le fue dada: la fe. Y aquí, en nuestro relato, el que regala la vida a Lázaro, está en camino hacia la muerte. Y la vida que aparece de nuevo en el cuerpo de Lázaro no es más que el signo de la otra vida, la del creyente, la que Dios dará a todos a partir de la resurrección salvadora de su Hijo.
3. El relato se nos presenta, por una parte, bastante humano, y por lo mismo lleno de significaciones. Lázaro está enfermo. Es hermano de dos mujeres amigas de Jesús que representan dos motivaciones: Marta y la búsqueda impetuosa de la resurrección según los judíos; y María que se postra a los pies de Jesús esperando de Él cualquier decisión, pero sin preestablecer cómo debe ser, ni cuando eso de la resurrección. Jesús se entera de que está enfermo su amigo. Pero Jesús no se mueve -no lo hace moverse el evangelista, intencionadamente-, sino que se retarda para que de tiempo, precisamente, a que muera. Y es que las pretensiones eran mostrar cómo Dios considera la muerte física. Si se hubiera querido mostrar el poder solamente, el poder taumatúrgico, Jesús hubiera marchado enseguida para curar a Lázaro. Pero Jesús quiere enfrentarse con la muerte tal como es, y tal como la consideran los hombres: una tragedia. La muerte, pues, tiene un doble sentido: a) la muerte física, que no le preocupa a Jesús y, por lo mismo, se retrasa su llegada, para ver la serenidad con que Jesús la afronta, ya que entiende que la muerte viene a ser el encuentro profundo con el Dios de los vivos; b) la muerte como misterio, de la que Jesús libera, y en ésto se va a centrar el relato en su enseñanza para nosotros.
4. Este simbolismo joánico quiere también introducirnos en el misterio de la misma muerte de Jesús. Jesús está fuera de Judea, lejos de Jerusalén, que es donde se va a celebrar el drama de la muerte de Jesús. Los judíos están buscando una ocasión para coger a Jesús. Lázaro está en el territorio de los judíos (los no creyentes), cerca de Jerusalén. Para consolar a las hermanas del muerto vienen los judíos de Jerusalén (los no creyentes). Vemos como juega el evangelista con el simbolismo de creer y no creer en Jesús. Las hermanas son las que se confían a Él. Ellas, como buenas judías, aceptaban que debía haber resurrección al final de los tiempos. Pero no entendían el sentido. La respuesta de Marta (Jn 11,24) es la misma que pensaban los fariseos. Pero con esto no se logra darle a la muerte todo su sentido. ¿Por qué hace Jesús el milagro? Para que los hombres crean. No para probar su poder divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte. Y para hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios. Los judíos (los no creyentes) no han podido encontrar en Dios toda la fuerza de la vida, porque buscaban algo que superaba la razón y que solamente se puede encontrar en la fe en la persona de Jesús. Ellos no han logrado esperanzar a las hermanas de Lázaro. Viniendo Jesús al territorio judío se expresa que entra en la esfera de la muerte de los hombres, la esfera de los que no tienen esperanza, la esfera de los que no ponen en Dios todo, la esfera de una religión de tejas abajo; la esfera de los egoísmos y las miopías. Jesús sabe que pronto va a llegar su muerte en ese territorio de los judíos, pero no le importa.
5. El “mirar como le amaba” no puede interpretarse solamente como un gesto de la amistad personal del hombre Jesús con Lázaro. El evangelista no quiere presentar nunca solamente al hombre Jesús, sino a Jesús Señor. Quiere decirse que el Señor, a todos los que están muertos en razón de la ley humana y en razón de sus mismos pecados, no los abandona, aunque estén cuatro días en la tumba. Uno más, para significar que pasado tres días, ya es cuando al cadáver se le daba por perdido. Ningún hombre está perdido ante el Señor. Jesús grita a Lázaro y este sale con los pies y las manos atadas (Jn 11,43). La voz de Dios es algo que se oye dentro del ser, del corazón y uno se conmueve. Esta es la voz que resucita. Fijémonos en el v.43, cuando se dice que sale de la tumba y, sin embargo, está atado de pies y manos. Y luego se les dice a los otros que lo desaten. Hay un distinción entre lo que Jesús hace y lo que hacen los hombres. El que verdaderamente da la vida es el Señor, y entonces Lázaro revive. Luego se manda que se le desate. En Lázaro está representada la muerte de los hombres a todos los efectos. Lázaro era un buen judío, pero desde los planteamientos de su religión no se le puede dar vida. No quiere decir, ni que Lázaro fuera un gran pecador, ni un judío contrario a Jesús. Sabemos que es al revés. Es un simbolismo para el gran amor que se expresa.
6. Esta resurrección de Lázaro, no obstante, no tiene sentido más que a la luz de la misma resurrección de Jesús. Así lo quiere presentar el evangelista. Se está preparando la muerte de Jesús por parte de los fariseos. A partir de los vv. 45-57 tenemos el juicio que los fariseos tienen sobre él. Muchos se han convertido. Y esto hace temblar a los responsables de la religión. Deciden darle muerte, cosa que se ha ido preparado en todo el evangelio. Por eso este relato es el simbolismo mismo de lo que va a suceder con el Jesús hombre; que Dios no lo abandonará a la muerte, sino que lo resucitará. Se hacía necesario que Jesús marchara a su propia muerte para hacernos comprender que tras la muerte se encuentra la definitiva vida de Dios. Y esta vida de Jesús que se comunicará a todos los que creen es la que se simboliza en todo el relato. Jesús está haciendo una donación del don de la vida que él anuncia: «yo soy la resurrección y la vida» (11,25). El milagro es un signo de la vida de Jesús, y no se trata propiamente de una anticipación de la resurrección corporal, ya que Lázaro debe morir de nuevo. Además, propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una reviviscencia. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir.
7. En Jesús si se trata de una resurrección, ya que la resurrección supone una transformación total del ser corporal humano. Luego el milagro de la reviviscencia de Lázaro es el símbolo de la vida que Jesús adquiere en su resurrección y que anticipa a los hombres de este mundo mediante la fe, aunque sea una pizca. Debemos caer en la cuenta del simbolismo con el que gestiona Juan la narración, en su totalidad, para que no nos perdamos en lo insignificante y nos preguntemos, sin obtener respuesta, en qué ha consistido el milagro (en Juan es un “signo” sêmeion). Si nos empeñamos en averiguar cómo fue este milagro no llegaremos a la grandeza teológica y espiritual del texto. Porque si entendemos la vuelta a la vida de Lázaro como resurrección, debemos asumir que ha debido morir otra vez: lo cuál sería bastante desconcertante: así no se soluciona el misterio de la muerte. En una novela actual se dice: “nadie es tan malo que merezca morir dos veces”, en palabras de Magdalena a Jesús. Por ello, este milagro último viene a cerrar y coronar la serie de representaciones por los signos de la obra de Jesús. Este es el más evocador de todos y el que más tensión crea, ya que va a preparar la muerte de Jesús por parte de los judíos. Jesús ya puede ir a la muerte, porque la muerte física no es obstáculo para la vida eterna. Con ello se logra preparar a los fieles para que entiendan, desde ya, que la muerte física no puede destruir al hombre. Que la Cruz (donde va a morir Jesús) viene a ser el comienzo de la vida, por la acción verdaderamente resucitadora de Dios.
La vida del amigo Jn 11 (CUA5-23)
Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” (Ez 37,12). Con esa imagen tan impresionante, el profeta Ezequiel anunciaba que Dios se mostraba dispuesto a promover la restauración del pueblo de Israel.
Durante años hemos cantado en los funerales el salmo ”De profundis” y hemos repetido esa súplica inicial: “Desde lo hondo a ti grito Señor, Señor, escucha mi voz”. Con el tiempo, hemos descubierto que ese salmo, aparentemente cargado de tristeza, es un grito de esperanza: “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra” (Sal 129).
Una esperanza que san Pablo atribuye a nuestra fe en el Espíritu de Dios: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).
EL DOLOR ANTE LA MUERTE
El evangelio de Juan relata la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). Cuando se acerca hasta su tumba, las hermanas del difunto parecen lamentarse del retraso del amigo. Pero Jesús suscita en ellas la esperanza y en sus discípulos la fe.
Sin tratar de ocultar sus lágrimas, Jesús pide que se haga correr la piedra que cierra la boca del sepulcro de su amigo. Con una voz imperiosa ordena al muerto que salga fuera. Y Lázaro vuelve a la vida. Entre los testigos de ese suceso extraordinario hay dos reacciones contrapuestas. Unos creen que Jesús es un profeta. Pero otros deciden darle muerte. Con toda intención se sugiere que se condena a muerte a Jesús por haber librado de la muerte a un amigo.
El texto evangélico es una parábola de la misión de Jesús. Él ha venido para dar la vida a los muertos. La vida espiritual a los que han aceptado la muerte del pecado. Y la vida que no muere, para los que le han confiado la vida caduca y quebradiza.
EL DON DE LA VIDA
En el relato de la resurrección de Lázaro, el evangelista ha colocado en labios de Jesús una revelación de su ser y de su misión:
• “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús es partícipe del poder del Padre celestial. Jesús es el manantial de la vida humana y la fuente de su íntimo sentido. Jesús aporta su rescate definitivo cuando ha sido secuestrada por el pecado y por la muerte.
• “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Cuando las esperanzas se agotan, tan solo en el Señor recobran plenitud. La muerte física no es el final del camino humano, cuando el camino ha estado marcado por el amor de Él y por la fe en Él.
• “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. El que todavía permanece vivo ha de saber que su vida no es naturalmente caduca. A la vida es preciso que se añada la fe en el Mesías Jesús. Solo así será vencida la muerte.
Nuestra victoria sobre la muerte, en Jesús Un 11 (CUA5-23)
1. Estamos en lo que podemos llamar el «climax» de nuestro evangelio. Debemos estar muy atentos, no a lo sucedido, sino a lo que se nos quiere decir o enseñar en nuestro relato. Desde luego el evangelista no duda ni un instante de que Jesús ha devuelto a la vida a su amigo Lázaro; pero ¿cómo lo interpreta y qué significa eso? No es tanto la resurrección de Lázaro lo que interesa, sino el misterio de la muerte y de la vida que tiene su fuente en la misma persona de Jesús. Se trata de lo que los hombres buscan, y de lo que Dios ofrece. Ya nos vamos introduciendo en el pensamiento de Juan y vamos conociendo su talante, que aunque misterioso nos sirve mucho para conocer al Señor Jesús. Y es que Jesús no es para nosotros una figura histórica que existió en un tiempo, sino que sigue existiendo y está presente en nuestras vidas, aunque nuestra mediocridad no lo experimente a veces. Este capítulo lo debemos ver como una enseñanza poderosa sobre la muerte y la resurrección de Jesús que se prolonga en los cristianos. Si nos fijamos bien, no se nos quiere relatar solamente la tradición del hecho de la resurrección de Lázaro, que se trata de una simple reviviscencia (una vuelta a la vida), sino aprovechar esta coyuntura para ahondar en lo que Jesús significa para la fe cristiana y muy concretamente ante el misterio de la muerte.
III.2. Se dice que si Lázaro está enfermo es «para mostrar la gloria de Dios» (v.4). Fijémonos, más que en cualquier otra cosa, en las palabras que pronuncian los personajes y, sobre todo, en las palabras que el evangelista ha puesto en boca de Jesús durante todo el relato. Lo mismo se nos decía en la curación del ciego de nacimiento: «para que se manifiesten las obras de Dios» (Jn 9,3). Son dos narraciones bastante semejantes. Las dos gravitan en torno a las expresiones del don de Dios: la luz y la vida. En el primero, la luz verdadera, Jesús, se enfrenta con las tinieblas del pecado; la luz en los ojos del ciego no era sino el signo de la otra luz que le fue dada: la fe. Y aquí, en nuestro relato, el que regala la vida a Lázaro, está en camino hacia la muerte. Y la vida que aparece de nuevo en el cuerpo de Lázaro no es más que el signo de la otra vida, la del creyente, la que Dios dará a todos a partir de la resurrección salvadora de su Hijo.
III.3. El relato se nos presenta, por una parte, bastante humano, y por lo mismo lleno de significaciones. Lázaro está enfermo. Es hermano de dos mujeres amigas de Jesús que representan dos motivaciones: Marta y la búsqueda impetuosa de la resurrección según los judíos; y María que se postra a los pies de Jesús esperando de Él cualquier decisión, pero sin preestablecer cómo debe ser, ni cuando eso de la resurrección. Jesús se entera de que está enfermo su amigo. Pero Jesús no se mueve -no lo hace moverse el evangelista, intencionadamente-, sino que se retarda para que de tiempo, precisamente, a que muera. Y es que las pretensiones eran mostrar cómo Dios considera la muerte física. Si se hubiera querido mostrar el poder solamente, el poder taumatúrgico, Jesús hubiera marchado enseguida para curar a Lázaro. Pero Jesús quiere enfrentarse con la muerte tal como es, y tal como la consideran los hombres: una tragedia. La muerte, pues, tiene un doble sentido: a) la muerte física, que no le preocupa a Jesús y, por lo mismo, se retrasa su llegada, para ver la serenidad con que Jesús la afronta, ya que entiende que la muerte viene a ser el encuentro profundo con el Dios de los vivos; b) la muerte como misterio, de la que Jesús libera, y en ésto se va a centrar el relato en su enseñanza para nosotros.
III.4. Este simbolismo joánico quiere también introducirnos en el misterio de la misma muerte de Jesús. Jesús está fuera de Judea, lejos de Jerusalén, que es donde se va a celebrar el drama de la muerte de Jesús. Los judíos están buscando una ocasión para coger a Jesús. Lázaro está en el territorio de los judíos (los no creyentes), cerca de Jerusalén. Para consolar a las hermanas del muerto vienen los judíos de Jerusalén (los no creyentes). Vemos como juega el evangelista con el simbolismo de creer y no creer en Jesús. Las hermanas son las que se confían a Él. Ellas, como buenas judías, aceptaban que debía haber resurrección al final de los tiempos. Pero no entendían el sentido. La respuesta de Marta (Jn 11,24) es la misma que pensaban los fariseos. Pero con esto no se logra darle a la muerte todo su sentido. ¿Por qué hace Jesús el milagro? Para que los hombres crean. No para probar su poder divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte. Y para hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios. Los judíos (los no creyentes) no han podido encontrar en Dios toda la fuerza de la vida, porque buscaban algo que superaba la razón y que solamente se puede encontrar en la fe en la persona de Jesús. Ellos no han logrado esperanzar a las hermanas de Lázaro. Viniendo Jesús al territorio judío se expresa que entra en la esfera de la muerte de los hombres, la esfera de los que no tienen esperanza, la esfera de los que no ponen en Dios todo, la esfera de una religión de tejas abajo; la esfera de los egoísmos y las miopías. Jesús sabe que pronto va a llegar su muerte en ese territorio de los judíos, pero no le importa.
III.5. El “mirar como le amaba” no puede interpretarse solamente como un gesto de la amistad personal del hombre Jesús con Lázaro. El evangelista no quiere presentar nunca solamente al hombre Jesús, sino a Jesús Señor. Quiere decirse que el Señor, a todos los que están muertos en razón de la ley humana y en razón de sus mismos pecados, no los abandona, aunque estén cuatro días en la tumba. Uno más, para significar que pasado tres días, ya es cuando al cadáver se le daba por perdido. Ningún hombre está perdido ante el Señor. Jesús grita a Lázaro y este sale con los pies y las manos atadas (Jn 11,43). La voz de Dios es algo que se oye dentro del ser, del corazón y uno se conmueve. Esta es la voz que resucita. Fijémonos en el v.43, cuando se dice que sale de la tumba y, sin embargo, está atado de pies y manos. Y luego se les dice a los otros que lo desaten. Hay un distinción entre lo que Jesús hace y lo que hacen los hombres. El que verdaderamente da la vida es el Señor, y entonces Lázaro revive. Luego se manda que se le desate. En Lázaro está representada la muerte de los hombres a todos los efectos. Lázaro era un buen judío, pero desde los planteamientos de su religión no se le puede dar vida. No quiere decir, ni que Lázaro fuera un gran pecador, ni un judío contrario a Jesús. Sabemos que es al revés. Es un simbolismo para el gran amor que se expresa.
III.6. Esta resurrección de Lázaro, no obstante, no tiene sentido más que a la luz de la misma resurrección de Jesús. Así lo quiere presentar el evangelista. Se está preparando la muerte de Jesús por parte de los fariseos. A partir de los vv. 45-57 tenemos el juicio que los fariseos tienen sobre él. Muchos se han convertido. Y esto hace temblar a los responsables de la religión. Deciden darle muerte, cosa que se ha ido preparado en todo el evangelio. Por eso este relato es el simbolismo mismo de lo que va a suceder con el Jesús hombre; que Dios no lo abandonará a la muerte, sino que lo resucitará. Se hacía necesario que Jesús marchara a su propia muerte para hacernos comprender que tras la muerte se encuentra la definitiva vida de Dios. Y esta vida de Jesús que se comunicará a todos los que creen es la que se simboliza en todo el relato. Jesús está haciendo una donación del don de la vida que él anuncia: «yo soy la resurrección y la vida» (11,25). El milagro es un signo de la vida de Jesús, y no se trata propiamente de una anticipación de la resurrección corporal, ya que Lázaro debe morir de nuevo. Además, propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una reviviscencia. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir.
III.7. En Jesús si se trata de una resurrección, ya que la resurrección supone una transformación total del ser corporal humano. Luego el milagro de la reviviscencia de Lázaro es el símbolo de la vida que Jesús adquiere en su resurrección y que anticipa a los hombres de este mundo mediante la fe, aunque sea una pizca. Debemos caer en la cuenta del simbolismo con el que gestiona Juan la narración, en su totalidad, para que no nos perdamos en lo insignificante y nos preguntemos, sin obtener respuesta, en qué ha consistido el milagro (en Juan es un “signo” sêmeion). Si nos empeñamos en averiguar cómo fue este milagro no llegaremos a la grandeza teológica y espiritual del texto. Porque si entendemos la vuelta a la vida de Lázaro como resurrección, debemos asumir que ha debido morir otra vez: lo cuál sería bastante desconcertante: así no se soluciona el misterio de la muerte. En una novela actual se dice: “nadie es tan malo que merezca morir dos veces”, en palabras de Magdalena a Jesús. Por ello, este milagro último viene a cerrar y coronar la serie de representaciones por los signos de la obra de Jesús. Este es el más evocador de todos y el que más tensión crea, ya que va a preparar la muerte de Jesús por parte de los judíos. Jesús ya puede ir a la muerte, porque la muerte física no es obstáculo para la vida eterna. Con ello se logra preparar a los fieles para que entiendan, desde ya, que la muerte física no puede destruir al hombre. Que la Cruz (donde va a morir Jesús) viene a ser el comienzo de la vida, por la acción verdaderamente resucitadora de Dios.







