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La misión del profeta Lc 4,21-30 (TOC4-16)

“Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”. Con estas palabras de aliento se cierra el oráculo con el que el Señor constituye a Jeremías en profeta de los gentiles (Jer Jer 1,19). 
Bien sabe él que ha sido elegido para transmitir fielmente a su pueblo lo que Dios ha dispuesto. Habrá de interpelar a los jefes del pueblo, pero también a las gentes del campo. Su misión no será fácil. Habrá de encontrar una fuerte oposición por parte de todos. Pero el Señor saldrá en su defensa.
Nadie acepta impunemente la misión que Dios le confía. La historia y la experiencia nos dicen que todos los que escuchan la palabra de Dios y tratan de transmitirla con fidelidad se encontrarán con una fuerte resistencia.

LOS PROFETAS ANTIGUOS

El domingo pasado, el evangelio  nos situaba en la sinagoga de Nazaret. Jesús leía un texto del libro de Isaias en que se recordaba la vocación y la misión de un profeta y se lo aplicaba a sí mismo, diciendo: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir” (Lc 4,21).
La traducción más habitual dice que sus oyentes quedaron admirados de las palabras de gracia que salían de sus labios. Sería mejor traducir que los vecinos de su pueblo quedaron escandalizados de las palabras de misericordia que salían de su boca.
En efecto, Jesús se atribuía el mandato de proclamar el año de gracia de parte de Dios y omitía las palabras del libro que prometían una venganza contra los enemigos. Jesús anunciaba a un Dios compasivo y misericordioso con todos.
Por eso recordaba que esa misma había sido la actitud de los grandes profetas de antaño. Elías había socorrido a una viuda de Sarepta. Y Eliseo había curado a un militar leproso procedente de Damasco. Ambos manifestaban la misericordia de Dios con los extranjeros.
 Pero los vecinos de Jesús no estaban preparados para aceptar ese mensaje. Su nacionalismo era aldeano. Querían un Dios para ellos solos. No estaban dispuestos a renunciar a la venganza contra los paganos. No podían creer en la misericordia universal de Dios.

 EL  PROFETA RECHAZADO

Jesús podía haberse limitado a comentar el texto mirando al pasado. Podía haber invitado a sus vecinos a dar gracias a Dios por la misión de los antiguos profetas de Israel. Podía haber cantado la grandeza de la liberación que Dios había ofrecido a su pueblo. Pero fue más aláa. ¿Cuál había de ser la respuesta de Jesús?
 • “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”. Seguramente Jesús recordaba a Jeremías, acusado y perseguido por las gentes de su propio pueblo. Pero al igual que él, reconocía su propia vocación profética.
• “Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba”.  El que había venido para anunciar la misericordia de Dios no pudo dar testimonio de ella en su propia aldea. Sus vecinos creían conocerlo bien. Por eso estaban cerrados a la sorpresa. No podían aceptar lecciones de él.

El hoy de la salvación Lc 1,1-4.4,14-21 (TOC3-16)

 “Hoy es un día consagrado a nuestro Dios… Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene… No estéis tristes, pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. Son hermosas estas exhortaciones con las que el sacerdote Esdras introduce la lectura del libro de la Ley (Neh 8, 10).
Este texto que se proclama en este domingo es importante por dos motivos. En primer lugar, nos recuerda la alegría del pueblo de Israel al poder escuchar la lectura de los libros santos. La reunión de la asamblea de los creyentes se apoya en dos importantes pilares: la oración y la meditación sobre la Palabra de Dios.
Además, nos enseña que la lectura de la palabra de Dios es motivo de alegría para los verdaderos creyentes y, al mismo tiempo, es una invitación para compartir con los pobres y necesitados los dones recibidos de Dios.

ELECCIÓN Y MISIÓN

Pues bien, el evangelio nos traslada a un escenario semejante. Entramos en la sinagoga de Nazaret. También en un pueblo tan pequeño como ese, los vecinos se reúnen el sábado en la sinagoga. No son muchos. Se conocen todos “desde toda la vida”.
Después de una breve ausencia, Jesús ha regresado al poblado. Por los alrededores ha ido extendiéndose la voz de que habla con autoridad. Así que las gentes de su aldea le ofrecen la oportunidad de leer y comentar los libros santos (Lc 4, 14.21). Jesús lee un texto que se encuentra en el rollo de Isaías. Dos ideas atraen la atención de los presentes:
• “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido”. Era fácil aceptar que el profeta que había escrito así describía su vocación y reflexionaba sobre su propia identidad. Su vida había de ser testimonio de esa elección.
• “Él me ha enviado para anunciar… la salvación, la liberación… y la gracia”. Era un motivo de alegría recordar que los antiguos profetas habían sido elegidos y enviados como portavoces de la compasión y de la misericordia de Dios.  

MENSAJE Y MENSAJERO

Jesús podía haberse limitado a comentar el texto mirando al pasado. Podía haber invitado a sus vecinos a dar gracias a Dios por la misión de los antiguos profetas de Israel. Podía haber cantado la grandeza de la liberacion que Dios había ofrecido a su pueblo. Pero fue más allá. De hecho, recalcó la actualidad de aquel antiguo mensaje,
 • “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Al igual que el sacerdote Esdras, Jesús subraya la importancia del “hoy”. El pasado ha dejado espacio a un presente de gracia. La palabra proclamada se hace realidad ante sus vecinos.
• “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Jesús se presenta como profeta. Y se atribuye una misión que es una buena noticia para los pobres y los oprimidos, los marginados y los extranjeros.
• “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. Como dice el Papa Francisco, “a los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazon”.

Agua y vino Jn 2,1-11 (TOC2-16)

“Como un joven se casa con su novia, así te desposa el que te construyó: la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo”. Esas palabras cierran la primera lectura de la misa de este domingo segundo del Tiempo Ordinario. Están tomadas del libro de Isaías  (Is 62,5).
Con ese oráculo se manifiesta el amor que Dios profesa a su pueblo. Si alguna vez parecía haber sido abandonado por Dios hasta llegar a ser devastado por sus enemigos, un día será reconocido como el pueblo elegido y amado por Dios.
Lo más sorprendente del texto es que el oráculo utilice imágenes y palabras tan estrechamente ligadas al compromiso matrimonial. Así dice el Señor a su pueblo: “El Señor te prefiere a ti y tu tierra tendrá marido”.  La elección y la providencia de Dios aseguran la presencia de la vida y un futuro de prosperidad. 

LA FIESTA DE LA VIDA

La liturgia de hoy nos traslada a Caná de Galilea. Allí se celebra la fiesta de una boda. Y a la fiesta han sido invitados María, Jesús y los discípuos que ha ido eligiendo (Jn 2, 1-12). Conocemos bien este relato y muchas veces lo hemos incorporado a nuestra oración.
• En primer lugar nos indica que Jesús no rehúye las fiestas de la humanidad. Participa en ellas con sinceridad y con serenidad. En este caso comparte la fiesta del amor y de la vida. Dos grandes valores humanos que quedan santificados por su presencia.
• Además, vemos la atención que María presta a las necesidades de las personas. Es ella la primera en percibir la dificultad en la que pueden encontrarse los nuevos esposos. Con razón la proclamamos como Reina y Madre de Misericordia.
• Y con alegría descubrimos que Jesús hace posible que el agua de nuestras fatigas se convierta en vino excelente para animar la fiesta de la familia.

LOS SIGNOS Y LA FE

El evangelista concluye este relato con una anotación que nos introduce de lleno en la identidad y en la misión de Jesús: “Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”.
• Los signos habrían de ir marcando su camino. Un itinerario de compasión. La ayuda prestada a los esposos, la curación de un ciego, el reparto de los panes y la resurrección de Lázaro presentaban a Jesús como el rostro de la misericordia de Dios.
• La gloria de Jesús era la gloria misma del Padre. No buscaba su propio interés. Pretendía seguir la voluntad del Padre y hacerla visible a sus discípulos. No puede ser diferente la intención de los que siguen su camino.
• La fe es un don de Dios. Hay que pedirla en la oración. Pero es también una tarea que implica toda la existencia. Crecer en la fe, anunciarla y dar testimonio de ella es una tarea que da sentido a la existencia de los seguidores de Jesús.

El nombre de Dios es Misericordia

La Iglesia no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor visceral que es la misericordia de Dios. Para que eso suceda, es necesario salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan. 
«La misericordia es el primer atributo de Dios. Es el nombre de Dios. No hay situaciones de las que no podamos salir, no estamos condenados a hundirnos en arenas movedizas.»
Con palabras sencillas y directas, el papa Francisco se dirige a cada hombre y mujer del planeta entablando un diálogo íntimo y personal. En el centro, se halla el tema que más le interesa –la misericordia–, desde siempre eje fundamental de su testimonio y ahora de su pontificado. En cada página vibra el deseo de llegar a todas aquellas almas –dentro y fuera de la Iglesia– que buscan darle un sentido a la vida, un camino de paz y de reconciliación, una cura a las heridas físicas y espirituales. En primer lugar está esa humanidad inquieta y doliente que pide ser acogida y no rechazada: los pobres y los marginados, los presos y las prosti­tutas, pero también los desorientados y los que viven alejados de la fe, los homosexuales y los divorciados.
En la conversación con el vaticanista Andrea Tornielli, Francisco explica –a través de recuerdos de juventud y episodios relacionados con su experiencia como pastor– las razones de un Año Santo extraordinario que ha deseado intensamente. Sin ignorar las cuestio­nes éticas y teológicas, rebate que la Iglesia no puede cerrar la puerta a nadie; por el contrario, su tarea es adentrarse en las conciencias para abrir rendijas a la hora de asumir responsabilidad y alejar el mal realizado.
En la franqueza de la conversación, Francisco no se sustrae tampoco de afrontar el vínculo de la relación entre misericordia, justicia y corrupción.
Y a esos cristianos que se colocan a sí mismos en las filas de los «justos», les recuerda: «También el Papa es un hombre que necesita la misericordia de Dios».

Autor: papa Francisco
Editorial: Planeta testimonio
 ISBN: 978-84-08-15092-3
150 páginas
Precio: 17,90 euros (papel) 12,99 euros (libro electrónico)

La nueva vida Lc 3,15-16.21-22 (TOC1-16)

“Aquí está vuestro Dios, aquí está el Señor; viene con poder y brazo dominador; viene con él su salario, le precede la paga”. Estas palabras se encuentran en el poema del libro de Isaías que se lee en esta fiesta del Bautismo de Señor (Is 40, 1-5. 9-11). Al pueblo que retorna del cautiverio en Babilonia una voz le invita a acoger al Señor.
Junto a la imagen de la fuerza y el poder, el pregonero ofrece otra imagen de amor y de ternura: “Apacienta como un pastor a su rebaño y amorosamente lo reúne; lleva en brazos los corderos y conduce con delicadeza a las recién paridas”. El pueblo redimido de la servidumbre puede recordar su  pasado pastoril.
Todo indica que comienza un nuevo tiempo después del exilio. Un tiempo marcado por los signos del encuentro y la fraternidad, de la seguridad y la esperanza. Una nueva vida.

LA CORREA DE LAS SANDALIAS

El evangelio que hoy se proclama se divide en dos partes, paralelas y complementarias. En la primera parte se recuerda el bautismo con el que Juan anunciaba la llegada de otro más fuerte que él. Aquel profeta no osaba siquiera compararse con los esclavos que ataban y desataban la correa de las sandalias de sus amos   (Lc 3,15-16).
Como Juan Bautista, la Iglesia sabe que ella no puede salvar. Ha sido llamada a prestar un humilde servicio a su Señor. Y ha sido enviada a preparar los caminos de los que esperan de Él la salvación. Nadie nos puede salvar sino el Señor de la vida y de la libertad.
Juan bautizaba a sus oyentes con agua. El rito significaba la purificación necesaria para preparar los caminos del Señor. No podía haber conversión sin la purificación del pecado. Sería bueno repetirlo en presente. Tampoco ahora habrá conversión sin aceptar la purificación. Bueno es recordarlo en el Año Santo de la Misericordia.

LA ORACIÓN Y EL AMOR

En la segunda parte del evangelio de hoy se nos invita a asistir a la escena del bautismo de Jesús (Lc 3, 21-22). En pocas palabras el texto sugiere muchas cosas:
• “Mientras Jesús oraba se abrió el cielo”. Los cristianos nos dirigimos a Jesús en nuestra oración. Pero no podemos dejar de ver en él al gran orante. En su oración se abrían los cielos. Es decir, para él y para nosotros, la oración es el acceso a Dios.
• “El Espíritu bajó sobre él como una paloma”. Tras el diluvio, la paloma buscó una tierra donde posarse. Ahora comprendemos que Jesús es la nueva tierra, la promesa y la realidad de una nueva creacion: de una nueva vida.
• Una voz que venía del cielo lo reconoce como el Hijo amado. Jesús es el Hijo predilecto del Padre. En él se revela el amor del Padre. Y en él, nuestro hermano y Señor, también nosotros nos reconocemos como hijos de Dios.

La sabiduría y la Palabra Jn 1,1-18 (NAC2-16)

“La sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo”. Así comienza un hermoso poema  que se encuentra en el libro del Eclesiástico, con referencia a la sabiduria de Dios (Eclo 24,1).
El texto continúa proclamando que la sabiduría ha brotado de la boca del Altísimo, actúa en sintonía con su voluntad y pone su morada entre los hijos de los hombres.
Evidentemente, esa sabiduría de origen divino, que preside la obra de la creación, no puede asimilarse a la simple erudición humana. Es la fuente viva. La fuente de la vida, que renueva todas las cosas de este mundo.
La sabiduría divina trasciende todos los planes humanos. Y no se limita a ofrecer a los hombres este o aquel saber. Más que el arte del saber, es el don del sabor.

LA VIDA Y LA LUZ

El evangelio que hoy se proclama ha sido leído también en la tercera misa de la fiesta de la Navidad, así como el día 31 de diciembre. Esa reiteración subraya la importancia de este texto con el que comienza el Evangelio de Juan (Jn 1, 1-18).  Son ideas como dardos.
• “Al principio ya existía la Palabra”. Antes de los mundos y de nuestras historias, más o menos importantes, ya existia la Palabra de Dios, el proyecto de Dios, que, en realidad, coincide con su amor y su misericordia.
• “En la Palabra estaba la vida”. No son nuestras palabras las que generan la vida. No son ellas las que dan sentido a la vida. Nuestras palabras sólo tienen valía cuando son un reflejo de la Palabra eterna de Dios.
• “La vida era la luz de los hombres”. Es sorprendente esa identificación: palabra –vida- luz. Sin la Palabra de Dios, nuestra vida es mortecina y nuestro caminar es un deambular a tientas en medio de las tinieblas.

LA CARNE Y LA GLORIA

Con todo, el poema con que se abre el evangelio de Juan no nos remite solamente a la eternidad divina. En él se da cuenta del valor de la temporalidad humana.
• “La Palabra se hizo carne”. Siempre ha habido gentes y movimientos que han tratado de ignorar el valor del cuerpo y de la peripecia humana. Pero la Palabra de Dios no es un sonido vacío. Se ha hecho carne en Jesús de Nazaret.
• “La Palabra habitó entre nosotros”. Puso su tienda de campaña entre nosotros. Caminó por nuestras sendas. No sólo se dejó oir, sino que se dejó ver y tocar. Por eso puede ser aceptada o rechazada. Por eso puede guiar nuestros pasos.
• “Hemos visto su gloria”. En la Palabra que se ha hecho carne hemos descubieto la gloria de Dios y la humanidad de Dios. Pero en ella hemos podido descubrir también la gloria del hombre y la divinización del hombre por obra y gracia de la misericordia de Dios.

María, Madre de Dios Lc 2,16-21 (1 de enero)

1 enero. María, Madre de Dios

María está tan unida a Jesús porque él le ha dado el conocimiento del corazón, el conocimiento de la fe, alimentada por la experiencia materna y el vínculo íntimo con su Hijo. La Santísima Virgen es la mujer de fe que dejó entrar a Dios en su corazón, en sus proyectos; es la creyente capaz de percibir en el don del Hijo el advenimiento de la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), en el que Dios, eligiendo la vía humilde de la existencia humana, entró personalmente en el surco de la historia de la salvación. Por eso no se puede entender a Jesús sin su Madre.

Cristo y la Iglesia son igualmente inseparables, porque la Iglesia y María están siempre unidas y éste es precisamente el misterio de la mujer en la comunidad eclesial, y no se puede entender la salvación realizada por Jesús sin considerar la maternidad de la Iglesia. Separar a Jesús de la Iglesia sería introducir una «dicotomía absurda», como escribió el beato Pablo VI (cf. EN 16). No se puede «amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia» (ibíd.). En efecto, la Iglesia, la gran familia de Dios, es la que nos lleva a Cristo. Nuestra fe no es una idea abstracta o una filosofía, sino la relación vital y plena con una persona: Jesucristo, el Hijo único de Dios que se hizo hombre, murió y resucitó para salvarnos y vive entre nosotros. ¿Dónde lo podemos encontrar? Lo encontramos en la Iglesia, en nuestra Santa Madre Iglesia Jerárquica. Es la Iglesia la que dice hoy: «Este es el Cordero de Dios»; es la Iglesia quien lo anuncia; es en la Iglesia donde Jesús sigue haciendo sus gestos de gracia que son los sacramentos.

Esta acción y la misión de la Iglesia expresa su maternidad. Ella es como una madre que custodia a Jesús con ternura y lo da a todos con alegría y generosidad. Ninguna manifestación de Cristo, ni siquiera la más mística, puede separarse de la carne y la sangre de la Iglesia, de la concreción histórica del Cuerpo de Cristo. Sin la Iglesia, Jesucristo queda reducido a una idea, una moral, un sentimiento. Sin la Iglesia, nuestra relación con Cristo estaría a merced de nuestra imaginación, de nuestras interpretaciones, de nuestro estado de ánimo.

Jesucristo es la bendición para todo hombre y para toda la humanidad. La Iglesia, al darnos a Jesús, nos da la plenitud de la bendición del Señor. Esta es precisamente la misión del Pueblo de Dios: irradiar sobre todos los pueblos la bendición de Dios encarnada en Jesucristo. Y María, la primera y perfecta discípula de Jesús, la primera y perfecta creyente, modelo de la Iglesia en camino, es la que abre esta vía de la maternidad de la Iglesia y sostiene siempre su misión materna dirigida a todos los hombres. Su testimonio materno y discreto camina con la Iglesia desde el principio. Ella, la Madre de Dios, es también Madre de la Iglesia y, a través de la Iglesia, es Madre de todos los hombres y de todos los pueblos.

(De la homilía del papa Francisco en la celebración eucarística de esta solemnidad en 2015)

Familia y misericordia Lc 2,41-52 (NAC2015)

Este año ha estado marcado por la celebracion del Sínodo de Obispos sobre la Familia y por el inicio del Año Santo de la Misericordia. Han sido dos grandes eventos en la vida de la Iglesia. Pero no pueden quedar en eso. Seguramente los dos acontecimientos tienen algo que decir a nuestras familias cristianas.
El Sínodo ha analizado la situacion de la familia en el mundo de hoy, en el que se entrecruzan tantas ideas diversas sobre el amor y la fidelidad conyugal, sobre el matrimonio y el servicio a la vida. Ha sido una ocasión para preguntarnos cómo vivimos en familia. Y cómo anunciamos los valores de la familia cristiana.
El Año Santo de la Misericordia nos invita a implorar el perdón de Dios y a reconocer las misericordias de que ha inundado nuestra vida. Y nos invita también a impartir generosamente el perdón que recibimos de él y a practicar con asiduidad las obras de misericordia. También en estos dos aspectos, la familia ha de examinar su ser y su misión.

BÚSQUEDA Y ENCUENTRO

Conocemos bien el texto evangélico que se proclama en esta fiesta (Lc 2, 48-52). El episodio del Niño perdido  y hallado en el templo no es un relato sobre la travesura de  un adolescente. Menos aún es la noticia de un matrimonio que se desentiende de su hijo durante unos días.
Este relato es un anticipo de la pasión y muerte de Jesús, perdido y secuestrado por las autoridades del templo y encontrado al tercer día gracias a la intervención del Padre celestial. Es una meditación en la que sobresalen dos preguntas de Jesús.
-  “¿Por qué me buscabais? La categoría de la “búsqueda” es muy inmportante en la Biblia. También a nosotros se nos dirige esa pregunta de Jesús. ¿Sabemos en realidad por qué le buscamos? ¿No estaremos buscándonos a nosotros mismos?
-  “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” También esa pregunta nos interpela. ¿Sabemos en realidad dónde tiene que estar Jesús? ¿No lo situamos con frecuencia en el terreno de nuestros propios intereses?

ESPACIO PARA LA MISERICORDIA

La fiesta de la Sagrada Familia puede pasar inadvertida en medio de los festejos de la Navidad. Son muchas las cosas que atraen y ocupan nuestra atención. En este año jubilar de la misericordia, la fiesta de la Sagrada Familia debería tener para nosotros un carácter muy especial.
• La familia es una escuela donde se escucha con atención y se proclama con decisión y alegría la palabra de la misericordia.
• La familia es, además. un santuario donde se invoca en oración ese don y se celebra esa gracia del perdón.
• La familia es, finalmente, un taller en el que se trata de poner en práctica esa tarea y esa responsabilidad de la compasión.

La Navidad y el papa Francisco

"La Navidad suele ser una fiesta ruidosa: nos vendria bien un poco de silencio, para oir la voz del Amor."

Navidad eres tú, cuando decides nacer de nuevo cada día y dejar entrar a Dios en tu alma. El pino de Navidad eres tú, cuando resistes vigoroso a los vientos y dificultades de la vida. Los adornos de Navidad eres tú, cuando tus virtudes son colores que adornan tu vida. La campana de Navidad eres tú, cuando llamas, congregas y buscas unir. Eres también luz de Navidad, cuando iluminas con tu vida el camino de los demás con la bondad, la paciencia, alegría y la generosidad.
Los ángeles de Navidad eres tú, cuando cantas al mundo un mensaje de paz, de justicia y de amor. La estrella de Navidad eres tú, cuando conduces a alguien al encuentro con el Señor. Eres también los reyes Magos, cuando das lo mejor que tienes sin importar a quien. La música de Navidad eres tú cuando conquistas la armonía dentro de ti. El regalo de Navidad eres tú, cuando eres de verdad amigo y hermano de todo ser humano. La tarjeta de Navidad eres tú, cuando la bondad está escrita en tus manos. La felicitación de Navidad eres tú, cuando perdonas y reestableces la paz, aun cuando sufras. La cena de Navidad eres tú, cuando sacias de pan y de esperanza al pobre que está a tu lado. Tú eres, sí, la noche de Navidad, cuando humilde y consciente, recibes en el silencio de la noche al Salvador del mundo sin ruidos ni grandes celebraciones; tú eres sonrisa de confianza y de ternura, en la paz interior de una Navidad perenne que establece el Reino dentro de ti. Una muy Feliz Navidad para todos los que se parecen a la Navidad.

El grito de Isabel Lc 1,26-38 (ADC4-15)

“Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel” Así comienza la primera lectura que se lee en la misa de este cuarto domingo de Adviento (Mi 5,2). Seguramente el profeta Miqueas recuerda la elección de David por parte del profeta Samuel. En aquella pequeña aldea había ungido a aquel joven como futuro rey de Israel.
La pequeñez del lugar de origen marcaba un fuerte contraste con la grandeza del reino que se vislumbraba en el futuro. Así que la observación de la pequeñez de Belén resonaba en la memoria como una parábola y una profecía. Evidentemente, Dios tiene su predilección por lo que parece insignificante a los ojos de los hombres.
También hoy, son los gestos de los más humildes y de los más pequeños los que nos ayudan a abrir los ojos para descubrir las señales de Dios. Las palabras de los más pequeños y marginados nos llevan con frecuencia a descubrir la verdad y la actualidad del Evangelio.

EL SALUDO Y LA ALEGRÍA

 En el evangelio de Lucas que se proclama en este cuarto domingo de Adviento (Lc 1, 39-45) aparecen dos mujeres. Las dos están esperando un hijo, cuyo nacimiento parecía totalmente imposible. Dios nos sorprende al elegir la pequeñez de Belén. Pero más nos sorprende por el modo como viene el Mesías a nuestro mundo.
En el relato se repiten por tres veces las palabras que se refieren al saludo entre María e Isabel. El saludo es siempre signo de un encuentro humano. Es una señal de cortesía. Pero es también manifestación de la buena voluntad. Implica la mutua acogida. Y el intercambio de buenos deseos. De una buena noticia. 
Por otra parte, el saludo de María a Isabel suscita la alegría del niño, que salta de gozo en el vientre de su pariente Isabel. María es modelo de evangelización. Lleva consigo una buena noticia. En realidad su sola presencia es ya portadora de un buen mensaje. Y de un buen Mensajero.

BENDICIÓN Y DICHA

Isabel acoge y saluda a  María con un grito de alegría. Y le dirige dos palabras típicas de la fe que ha heredado de su pueblo y que se está convirtiendo en vida en su propia vida.
• “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” María y su hijo son depositarios de las bendiciones del Altísimo. Pero esa bendición no es un privilegio para ser guardado con celo. Tanto el Hijo como la Madre habrán de ser fuente de bendición para generaciones enteras de creyentes.
• “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. A María se dirige la primera bienaventuranza del Evangelio. Efectivamente, ella es feliz no sólo por su maternidad, sino por su fe. Como dice san Agustín, “la Palabra de Dios se hizo vida en su vientre porque antes se había hecho verdad en su mente”.