SEPTIEMBRE: inicio curso, acogida, lecturas, arte cristiano y santos, actividades, juegos, propuestas de lecturas, humor, imagen-viñeta para reflexionar, fichas, manualidades, cómics... ***Si bien los materiales propios del blog están protegidos, su utilización ES LIBRE (aunque en ningún caso con fines lucrativos o comerciales) siempre que se conserve el diseño integral de las fichas o de las actividades así como la autoría o autorías compartidas expresadas en las mismas.
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Una Palabra para todos los tiempos Jn 14,23-29 (PAC6-19)
“Hemos decidido el Espiritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”. Así se puede leer en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hoy se proclama en la celebración de la misa (Hech 15,1-2.22-29).
Habían llegado a Antioquía, algunos hermanos procedentes de Judea que pretendían imponer la circuncisión a los miembros de la comunidad, pertenecientes a la cultura griega. Pero, durante su primer viaje misional, Pablo y Bernabé habían ya comprendido que el mensaje de Jesús había de ser predicado también a los “gentiles”.
Se entabló una acalorada discusión entre unos y otros. No se trataba de algo superficial. Así que la cuestión fue llevada a Jerusalén. Los apóstoles y presbíteros de aquella comunidad decidieron que los gentiles no habían de circuncidarse para ser discípulos del Señor.
En cada momento de la historia cristiana habría que recordar aquella decisión. Es preciso mantener la fidelidad al mensaje de Jesús. Pero siempre será necesaria una generosa flexibilidad para que su espíritu impregne las diferentes culturas de este mundo.
LA PALABRA DEL SEÑOR Y EL AMOR
El evangelio que se proclama en este sexto domingo de Pascua (Jn 14,23-29) se sitúa en el marco de la última cena de Jesús con sus discípulos. Las palabras del Maestro suenan con la seriedad de un testamento. Y con la solemnidad de una dramática alternativa:
• “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Jesús había sembrado su palabra abundante y generosamente. A ese don gratuito sus discípulos habían de responder, acogiéndola con respeto y gratitud y tratando de vivir fielmente su mensaje.
• “El que no me ama no guardará mis palabras”. Esa es la prueba que desenmascara la sinceridad de nuestro amor o la mentira en la que nos refugiamos. Aunque nuestras declaraciones de fe parezcan muy solemnes, no siempre son creíbles. Nuestro amor al Señor se demuestra si escuchamos su palabra y tratamos de llevarla a la práctica de nuestra vida.
La fidelidad con la que escuchamos y cumplimos la palabra del Señor es la prueba del amor que le profesamos y la prenda de la presencia del Padre celestial entre nosotros.
EL TEMBLOR DEL CORAZÓN
Ademas, en el evangelio que hoy se proclama se recoge otra frase, con la que Jesús nos invita a recorrer en serenidad el camino de nuestra vida.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras de Jesús podían referirse al temor que muy pronto se apoderaría de sus discípulos. Uno iba a traicionarlo, otro lo negaria y los demás iban a abandonarlo. No deberían escandalizarse por ello.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palaras Jesús eran ya un aviso para su Iglesia. A lo largo de los siglos sufriría las persecuciones por parte de los extraños y la apostasía de sus propios miembros. Pero deberá permanecer fiel.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras Jesús han de suscitar en todos nosotros el deseo de mantenernos fieles a su mensaje, y la voluntad de anunciarlo con valor y con alegría. Es dicil, pero todo lo podemos con su gracia.
Palabras de despedida Jn 13,31-33a.34-35 (PAC5-19)
Es interesante releer el resumen de la misión de los apóstoles Pablo y Bernabé. Dan testimonio de Jesús, animan a los discípulos y les exhortan a perseverar en la fe. La experiencia sufrida en las tierras de Licaonia les enseña que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22).
Los dos apóstoles dejan el altiplano y regresan a las costas del sur. En Atalía se embarcan y regresan a Antioquía de Siria. Allí los habían elegido los hermanos para iniciar aquel camino misional. Y allá vuelven para dar cuenta a la comunidad de lo que Dios ha hecho por medio de ellos.
Explicar a los hombres las hazañas del Señor es un motivo de alegría, como vemos por el salmo responsorial (Sal 144). La fe nos dice que hemos sido llamados a formar el pueblo de Dios y que Dios estará cono nosotros, enjugando nuestras lágrimas y ofreciéndonos un impensable motivo para la esperanza, como leemos en el Apocalisis (Ap 21,1-5).
LA HORA DE LA GLORIA
El evangelio que se proclama en este quinto domingo de Pascua nos lleva de nuevo al marco de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 13,31-35). El texto subraya que después que Judas ha salido ya del Cenáculo, Jesús toma la palabra para hablar de sí mismo y de la gloria que le espera.
• Allá en Caná de Galilea, Jesús había dicho a su Madre que no había llegado su hora. Sin embargo, su presencia cambiaba ya el agua de las purificaciones antiguas en el vino bueno de la alianza nueva. Aquel signo manifestó ya su gloria a los discípulos que lo acompañaban en aquella fiesta de bodas (Jn 2,11).
• Tras la entrada de Jesús en Jerusalén, unos peregrinos griegos piden a los discípulos Felipe y Andrés que les faciliten un encuentro con el Maestro. Esa es la señal para que Él proclame que se acerca el momento que siempre ha esperado. Dios le va a mostrar su gloria (Jn 12,23). Pero ese momento estará marcado por el signo de la pasión y de la muerte.
• Ahora, en la intimidad de la cena pascual, Jesús manifiesta a sus discípulos que el tiempo se ha cumplido: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él” (Jn 13,31). Evidentemente, no llega la gloria que se espera de los triunfos sociales. La gloria del Hijo coincide con la aceptación de la voluntad del Padre.
LA SEÑAL DEL AMOR
Jesús es consciente de que le queda poco tiempo para estar con los suyos. Así que, además de hablar de sí mismo y de la gloria que le espera, el Maestro expone el contenido del testamento que deja a sus discípulos.
• “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Amar a los demás como uno desea ser amado era el precepto contenido en el libro del Levítico (Lev 19,34). Era una regla razonable y bien conocida. Pero ahora Jesús se atribuía a sí mismo el modelo de ese amor. Amar como él amaba. Ese era el contenido de su testamento. Esa era la señal de la novedad del Mesías.
• “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13,35). Evidentemente, Jesús no quería reducir el amor tan solo a un sentimiento. Había de ser una señal pública. El amor de cada uno a los demás se abría al espacio de la sociedad. Y remitía a la persona de Jesús. El amor cristiano era, pues, un símbolo de reconocimiento de los miembros de la comundad. Y un testimonio de fidelidad al Maestro.
El pastor y sus ovejas Jn 10,27-30 (PAC4-19)
“Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hech 13,47). Esas palabras del libro de Isaías, señalan a Pablo y Bernabé un importante giro en su tarea misionera. Han comenzando anunciado el evangelio a los judíos, pero en Antioquía de Pisidia comprenden que han de anunciarlo sobre todo a los gentiles, es decir, a las personas que pertenecen a la cultura helenista.
La tarea no ha de ser fácil, como habrán de experimentar a continuación en las ciudades de la región de Licaonia. Pero los dos apóstoles descubren en la realidad que van encontrando las rutas misioneras que se abren frente a ellos. Se diría que están dipuestos a leer los signos de los tiempos y a seguir el camino que Dios les indica.
El salmo responsorial, en cambio, nos invita a situarnos en el lugar de los que escuchan la palabra de los evangelizadores: “Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99,3).
LA VOZ Y LA VIDA
Esa imagen de las ovejas y el rebaño reaparee en el evangelio que todos los años se proclama en este cuarto domingo de Pascua. Una vez más evocamos la imagen de Jesús como Buen Pastor. En el texto que leemos este año se contienen seis verbos que, al reflejar seis acciones, resumen y explican la relación entre Jesús y sus discípulos (Jn 10,27-28).
• “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”. Escuchan la voz de Jesús quienes han decidido aceptarlo como su Maestro y vivir de acuerdo con su mensaje. Pero, al mismo tiempo, pueden tener la seguridad de que no son ajenos a la atención de ese Maestro que conoce a sus discípulos.
• “Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”. Para escuchar al Maestro, es preciso seguir sus pasos. Siguen a Jesús los que han sido llamados por él y lo han dejado todo por él. Esos discípulos creen que los valores de la vida temporal encuentran su plenitud y su perfección en la vida eterna, a la que el Pastor los conduce.
• “No perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. Son muchos los peligros y las tentaciones que acechan a los discípulos del Maestro. Pero el Buen Pastor les asegura que siempre los cuidará y los librará del mal. El Buen Pastor vigila para que nada ni nadie pueda arrebatarle sus ovejas.
EL PADRE Y LAS OVEJAS
“Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 29-30).
• “Más que todas las cosas”. Esta frase parece un tanto misteriosa. De hecho, puede significar que las ovejas que el Padre ha confiado a Jesús constituyen el mejor don de este mundo. Pero también puede indicar que el Padre es mejor y más fuerte que los que tratan de poner dificultades al rebaño que ha confiado a su Hijo.
• “Nadie puede arrabatar nada”. El verbo griego que se traduce por “arrebatar” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento. Todo indica que los discípulos del Señor habrán de sufrir múltiples asechanzas. Pero nadie es más fuerte que el Padre. Nadie puede arrebatar a Jesús las ovejas que el Padre ha confiado a su cuidado.
• “Yo y el Padre somos uno”. Tras indicar la relación de Jesús con sus discípulos, se revela la relación que le une a su Padre. Una relación nos lleva a la otra. Las ovejas pueden vivir en la confianza, sabiendo que el Padre de Jesús vela por el rebaño de su Hijo.
Encuentro junto al lago Jn 21-1-19 (PAC3-19)
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero… Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. Esta es la respuesta de Pedro al sumo sacerdote que prohíbe a los apóstoles enseñar en el nombre de Jesús (Hch 5,27-41).
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar persecuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).
CUATRO PASOS
El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras.
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).
LA PRESENCIA DEL MAESTRO
Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús.
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida. Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar persecuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).
CUATRO PASOS
El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras.
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).
LA PRESENCIA DEL MAESTRO
Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús.
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida. Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.
Hemos visto al Señor Jn 20,19-31 (PAC2-19)
“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117,22-24). Esa invitación a la alegría, con la que concluye el salmo responsorial, resume y refleja el espíritu de la experiencia pascual.
Pilato consideraba una broma que le presentaran como rey de los judíos a aquel hombre tan débil y desvalido. De ninguna manera podía ser una amenaza para el imperio. Pero el que fue despreciado, condenado y ajusticiado había de triunfar sobre la muerte. La piedra desechada se convertiría en la piedra fundamental de un nuevo edificio.
Un edificio construido como una comunidad viva, que permanecía unida por “la enseñanza de los apóstoles, la vida común, la fracción del pan y la oración”. Así lo recuerda la primera lectura de este domingo segundo de Pascua (Hch 2,42).
Los hermanos de aquella nueva comunidad vivían unidos y compartían todos sus bienes. Pero esa nota no es solo un recuerdo histórico. Esos han de ser también los signos que han de distinguir a todos los que hemos renacido para una esperanza viva y para una herencia incorruptible. Así nos lo enseña la primera carta de Pedro (1 Pe 1,3-4).
LA PAZ Y EL PERDÓN
Al ver que era apresado en Getsemaní, los discípulos habían huído cada uno por su lado. Seguramente se han enterado de que su Maestro ha muerto crucificado. Y ahí están ahora, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos (Jn 20,19-31).
• Pero, de pronto, Jesús se hace presente entre sus discípulos. Les hace ver las llagas de sus manos y su costado. Han de comprender que es el mismo que ha sido crucificado. Y han de aprender ya para siempre que el camino de Jesús a la gloria había de pasar por la humillación hasta la muerte y una muerte de cruz.
• Junto al temor, los discípulos han debido de probar el sentido de la culpa. No se abandona tan a la ligera a un Maestro que los ha guiado con claridad y con paciencia. Pero Él no viene ahora a reprocharles su cobardía. Llega y les ofrece los dones de su paz y su perdón. Y les confía la impensable misión de pasar ese perdón a los demás.
• A la sorpresa del encuentro acompaña el gozo de ver que no ha caducado la confianza de su Maestro. Pero la experiencia de la alegría no puede ser solo individual. Los que han descubierto al Señor resucitado comunican la noticia a Tomás, cuando éste se reincorpora a la comunidad: “Hemos visto al Señor”.
LUZ Y VALENTÍA
El evangelio de hoy evoca dos momentos. En el primero, Tomás no se encuentra en el grupo de sus amedrentados compañeros. En el segundo, Tomás está presente cuando se les revela el Señor Resucitado. Tres frases marcan el diálogo que centra el encuentro.
• “No seas incrédulo, sino creyente”. Jesús recuerda a Tomás que el misterio de la cruz nunca fue ni será el final del camino. Es verdad que solo con la fe se puede aceptar la muerte de Jesús. Pero la fe es necesaria también para aceptar que el Resucitado vive entre nosotros.
• “¡Señor mío y Dios mío!” En ese humilde susurro de Tomás se refleja la trémula confesión de la fe de todos los discípulos del Maestro. La muerte y resurrección de Jesús nos impulsan a confesar con decisión su señorío y su divinidad.
• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Con esa última bienaventuranza del evangelio, Jesús hace de Tomás el portaestandarte de todos los que apoyamos nuestra fe en la fe de los que vivieron la experiencia del encuentro con el Señor resucitado.
Testigos de la Resurrección Jn 20,1-9 (PAC1-19)
“Pasó haciendo el bien… Dios estaba con él… Nosotros somos testigos… Lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”. Pedro lo había proclamado así ante los judíos en Jerusalén (Hech 2,32). Y así lo proclama también ahora en Cesarea ante el centurión pagano Cornelio (Hech 10,34-43).
Los apóstoles habían oído las enseñanzas del Maestro y habían sido testigos de su compasión y de su acción misericordiosa. Ahora han de convertirse en testigos convencidos y convincentes de la gloria del Cristo resucitado.
Ante ese anuncio que llega hasta nosotros, respondemos con fe y con alegría: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117).
También hoy es importante la proclamación pública de esta experiencia de fe. Pero es igualmente necesario el cambio de nuestras actitudes. Es preciso vivir como resucitados. Así nos lo advierte el apóstol Pablo: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1).
APÓSTOL DE APÓSTOLES
El evangelio de este domingo de Pascua nos lleva a acompañar a María Madalena hasta el sepulcro donde había sido depositado el cuerpo de Jesús (Jn 20,1-9). Es el amanecer del primer día de la semana. Aquella discípula que lo había seguido por los caminos y había estado presente en la hora de la muerte de su Maestro, no puede olvidarlo.
• Como ella, a lo largo de los siglos los cristianos volvemos con fe y gratitud a aquel amanecer que siguió a la condena, a la muerte y a la sepultura de Jesús.
• Como ella, no siempre encontramos al que buscamos con angustia, cuando sentimos que nos falta el apoyo en el que habíamos fundamentado nuestra fe.
• Como ella, también nosotros nos volvemos confiadamente a los hermanos de nuestra comunidad, con los que hemos recorrido los caminos de la fe.
• Como ella, también nosotros tenemos la secreta esperanza de que nuestros hermanos encuentren en el sepulcro vacío una nueva razón para creer y caminar.
Con razón, María Magdalena ha sido calificada a lo largo de la historia como la verdadera apóstol de los apóstoles.
ENTENDER Y VIVIR
El relato evangélico de este día de Pascua se cierra con una anotación referida a Pedro y al discípulo al que amaba Jesús: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.
• También nosotros hemos oído muchas veces la proclamación de las Escrituras. Sabemos que ese es el inicio de nuestra fe. Así que es preciso escuchar con atención lo que nos ha sido revelado.
• También nosotros tenemos muchas dificultades para comprender las Escrituras. Hay una evidente presión exterior que nos hace difícil aceptar la única verdad que pueda traernos la salvación.
• También nosotros, como los discípulos de Jesús, tenemos expectativas personales muy egoístas. Hay muchos intereses y muchos prejuicios que nos impiden aceptar la misión y el mensaje del Maestro.
Cuerdas. El cortometraje (10:52 minutos)
Cortometraje animado perfecto para trabajar la igualdad, la solidaridad, el amor y la amistas así como la inocencia y la bondad de los niños.
La paz del que viene Lc 23,1-49 (Domingo de Ramos)
“El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). En este tercer canto sobre el siervo de Dios, lo vemos como un discípulo fiel. Por una parte, escucha con atención la palabra de Dios. Y, por otra, la trasmite sin temor, a pesar de los ultrajes que por ello recibe.
Esa imagen anticipa ya la de Jesús, el discípulo que escucha la palabra de su Padre. Es más: él es la misma Palabra de Dios, que anuncia la salvación y está dispuesto a morir por mantenerse fiel a esa misión.
El salmo responsorial recoge una antigua oración que los evangelios pondrán en boca de Jesús crucificado: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado” (Sal 21). Hay que leerlo entero para ver que ese grito desemboca finalmente en la esperanza.
San Pablo, por su parte, recuerda a los fieles de la ciudad de Filipos que Cristo, siendo de condicion divina, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz (Flp 2,6-11). Con ese recuerdo del Salvador, humillado por los hombres y exaltado por Dios, comenzamos la Semana Santa.
EL DUEÑO DEL POLLINO
En este domingo de Ramos se lee la pasión de Jesús según san Lucas (Lc 23,2-49). Pero antes, al inicio de la procesión, se proclama el texto evangélico de la entrada del Señor en Jerusalén (Lc 19,28-40). Al leerlo, nos asalta siempre una curiosidad y nos estimula una advertencia de Jesús.
• En primer lugar, nos preguntamos a quién pertenecía el pollino que los discípulos habían de ir a buscar, por orden de su Maestro. ¿Conocía Jesús al dueño del pollino? ¿Había observado previamente que siempre solía estar atado a la entrada de Betfagé? ¿Trata el evangelista de subrayar que Jesús conoce nuestras posesiones y nuestra disponibilidad?
• En segundo lugar, nos impresiona la respuesta que los discípulos han de dar a quien les pregunte por qué desatan y se llevan el pollino: “El Señor lo necesita”. De nuevo nos preguntamos si el dueño del pollino ya reconocía el señorío de Jesús. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si estamos dispuestos a “prestar” al Señor todo lo que él necesita de nosotros.
LA PAZ Y LA GLORIA
Según el texto evangélico, los discípulos que acompañan a Jesús por aquel camino que baja del Monte de los Olivos, prorrumpen en gritos de alegría:
• “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor”. La bendición con que eran recibidos los peregrinos (Sal 118,26) es ahora una aclamación que brota de la fe. Pero no llega el reino de David que algunos esperaban. Llega el Rey de Jerusalén, llega nuestro Rey, pero viene como un servidor. El papa Francisco comenta que “viene a nosotros humildemente y con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con Dios y con nosotros mismos”.
• “Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Los bienes que los peregrinos deseaban al a©ercarse a la ciudad de Jerusalén se resumían en el gran don de la paz (Sal 122,8). El evangelista une estos deseos de los discípulos que compañan a Jesús con la revelación angélica de los dones que aporta a la tierra el nacimiento del Mesías (Lc 2,14). Esa es también nuestra fe. Y ese es nuestro testimonio.
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