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Dos montes y dos hijos Mc 9,1-9 (CUB2-21)

 “No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo” (Gén 22,12). El ángel del Señor evita que Abrahán sacrifique a su hijo Isaac en lo alto de un monte. Viendo cómo ha respondido a “la prueba”, Dios le promete una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de las playas.  

¿Cómo puede Dios pedir a un padre que le ofrezca en sacrificio a su único hijo? Se olvida que el texto trata de evitar precisamente eso. Viendo a sus dioses como origen de la vida los cananeos les ofrecían la vida de sus primogénitos. Pero el Dios de Israel prefiere el sacrificio de un corazón contrito y humillado. Abrahán es modelo de fe y de obediencia a Dios. Y eso le merece la bendición de Dios.

Al modo de Abrahán nosotros respondemos con generosidad a la llamada de Dios: “Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos” (Sal 115). San Pablo nos recuerda que Dios no se reservó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8,31-34). La generosidad de Dios es mayor que la de Abrahán. Y en Jesús se hace realidad la figura de Isaac.

EL MONTE Y LA ESCUCHA 

En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma se nos recuerda la imagen de la transfiguración de Jesús, narrada este año por el evangelio de Marcos (Mc 9,1-9). La elección del texto del sacrificio de Isaac es muy significativa.   

• En ambos textos se presenta la imagen del monte que para muchas religiones es el símbolo de la morada de la divinidad. Se nos sugiere que nos acerquemos a Dios, alejándonos de todo lo que habitualmente nos distrae en la llanura.

• En ambos textos se evoca la figura de un padre. En el primero, se trata de Abrahán, que ha deseado ardientemente un hijo, pero está dispuesto a sacrificarlo como hacen las gentes de su entorno. En el otro habla Dios que reconoce a Jesús como su Hijo amado.

• En ambos textos se escucha la voz de Dios. A Abrahán Dios le habla por medio de un ángel, que le premia por haber escuchado su voz. En el otro, el mismo Dios exhorta a los discípulos a escuchar su voz que les llega por medio de su Hijo.

LA PALABRA DE DIOS

En el relato evangélico de la transfiguración de Jesús nos llama la atención la mención de la palabra en la relación entre lo divino y lo humano.  

• En primer lugar, recordamos la palabra de Jesús. En efecto, él aparece conversando con Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas. Y después, Jesús advierte a sus discípulos que no cuenten lo que han visto en lo alto del monte, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. El Hijo de Dios es el mismo mensaje de Dios.

 • En segundo lugar, se oye también una voz que proviene de la nube que cubre a los discípulos de Jesús. La nube es la imagen de la trascendencia de Dios. Con esas palabras se evoca uno de los poemas del Siervo del Señor. Dios reconoce en Jesús a su Hijo amado y exhorta a los discípulos a escucharlo. Solo la escucha nos salvará.

• En tercer lugar, se registra la palabra de Simón Pedro que sugiere preparar un lugar de acampada para Jesús y sus acompañantes. Pero el evangelista anota que Pedro no sabía lo que decía. Al bajar del monte, los discípulos comentan que no entienden la alusión de Jesús a la resurrección. Nuestra ignorancia es la base de nuestra humildad.

Caminar hacia la resurrección Mc 9,1-9 (CUB2-21)

 1. El relato de la Transfiguración de Marcos nos asoma a una experiencia intensa de Jesús con sus discípulos, camino de Jerusalén después de haber anunciado la pasión, para que esos discípulos puedan meterse de lleno en el camino y en la verdadera misión de Jesús. Los discípulos, o bien desean los primeros puestos del reino, o bien quieren quedarse en el monte de la gloria de la transfiguración, como Pedro. Jesús va al monte para orar y entrar en el misterio de lo que Dios le pide; desde esa experiencia de oración intensa puede iluminar su vida para saber que le espera lo peor, pero que Dios estará siempre con él. Es una escena importante y compleja que viene a ser decisiva en el desarrollo del evangelio y de la vida de Jesús que ahora ya mira a Jerusalén como meta de su vida. Tenemos que pensar que más que otra cosa, (aunque haya una experiencia histórica de Jesús y sus discípulos en un monte), esta escena es una construcción teológica del evangelista, con todas sus consecuencias. En Jn 12,28-30 encontramos una experiencia de este tipo. El relato, en una teofanía que abarca casi todo, tiene tres partes: a) vv.1-4 y b) vv. 5-8 y una conclusión c) vv. 9-10 sobre el "secreto mesiánico", que es muy propio de Marcos y la pregunta de los discípulos sobre la resurrección de entre los muertos.

2. Los personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, están allí para respaldar precisamente la acción de Jesús. Y la voz misteriosa, entre las nubes, reafirma que, desde ahora, a quien hay que escuchar y seguir es a Jesús. Los elementos del relato nos muestran los símbolos especiales de las teofanías propias del AT. Pedro quiere quedarse, plantarse allí, haciendo tres tiendas, para Moisés, Elías y Jesús. El relato en sí es en el evangelio de Marcos el comienzo del viaje hacia Jerusalén. Y aunque no diga, como Lucas, que un profeta no puede "morir fuera de Jerusalén" viene a ser como el asomarse a la meta de la vida de Jesús: la resurrección. Pero a la resurrección a la nueva vida no se llega sino por la muerte. Una muerte que ya está sembrada en la vida del profeta de Galilea y casi decidida (Mc 3,6). Pedro no quiere bajar del monte porque esa vida nueva supone aceptar la muerte, y no una muerte cualquiera, sino la muerte en la cruz. La "gloria" divina que se ha experimentado en el monte está llamando a otro monte, el del Calvario, para que se viva como realidad plena. Jesús es el que tiene las ideas claras de todo ello, los discípulos no.

3. La decisión de Jesús de bajar del monte de la transfiguración y seguir caminando hacia Jerusalén, lugar de la Pasión, es la decisión irrevocable de transformar el mundo, la religión y la vida. Es verdad que eso le llevará a la muerte. Esa decisión tan audaz, como decisión de una misión que ahora se confirma en su experiencia con lo divino, con la voz del Padre, no le llevará directamente al triunfo, sino a la muerte. Pero el triunfo de la resurrección lo ha podido contemplar, a su manera, en ese contacto tan intenso con el misterio de Dios. Dios le ha revelado su futuro, la meta, la victoria de la vida sobre la muerte. Y ahí está su confianza para seguir su camino y hacer que le acompañen sus discípulos. Estos seguirán sin entenderlo, sin aceptarlo, preparándose o discutiendo sobre un premio que no llegará de la forma que lo esperaban. Del cielo se ha oído un mandato: "escuchadlo", pero no lo escuchan porque su mentalidad es bien otra. Jesús los ha asomado un poco a la "gloria" de una vida nueva y distinta, pero no lo han entendido todavía. El relato, desde luego, es cristológico, (no hay duda!, pero Marcos también quiere que sea pedagógico para la comunidad: la vida verdadera no se goza "plantándose" en este mundo, en esta historia, en nuestros proyectos. Está en las manos de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/28-2-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Subir a la montaña y comunicarse con el cielo Mc 9,2-10 (CUB2-21)



 

En el monte Tabor - La transfiguración de Jesús


 

Del desierto al evangelio Mc 1,12-15 (CUB1-21)

1. El evangelio, en todos los ciclos, el primer domingo de cuaresma, es el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este de Marcos es el relato más sobrio de los sinópticos, sobre el que Mateo y Lucas construyeron un episodio cargado de insinuaciones teológicas. Que Jesús estuviera el desierto, como lo estuvo Juan el Bautista, no es un hecho del que debamos dudar. Pero, no obstante, el desierto está cargado de simbolismo en la teología de Israel: de la misma manera que es un tiempo de tentación, es también un tiempo de purificación. El número cuarenta, los cuarenta días, señalan, evidentemente, a los cuarenta días del diluvio (por eso se ha escogido en la liturgia de hoy el texto de Génesis sobre el diluvio), o a los cuarenta años del pueblo caminando por el desierto hacia la libertad.

2. Por lo mismo, debemos ponernos en esa clave simbólica para entender este momento previo a la vida pública de Jesús que se prepara a conciencia para abordar la gran batalla de su existencia, es decir, la proclamación de la llegada del Reino de Dios. Y es el Espíritu el que le impulsa al desierto (por consiguiente, no puede ser malo el desierto); pero allí se le presentan los animales adversos (alimañas) e incluso ese misterioso personaje, sin rostro y sin identidad, Satanás; aunque también los ángeles que son, por el contrario, la fuerza de Dios. Este es un relato tipo que quiere describir la actividad de Jesús en su pueblo, que vivía como en el desierto. Y es allí donde él debe aprender la necesidad que tienen los hombres del evangelio.

3. Señalemos también que el mismo Espíritu, después, le impulsa a Galilea para proclamar el gran mensaje liberador, como se puso de manifiesto en el tercer domingo de este ciclo B. Para vencer en el desierto, es necesaria la fidelidad a Dios por encima de todas las sugerencias de poder y de gloria. El simbolismo en el que debemos leer hoy nuestro relato nos permite ver que el desierto y los cuarenta días es el mundo de Jesús, el tiempo de Jesús con las fuerzas adversas (las de Satanás) y la de Dios (los ángeles). Eso es lo que está presente en la vida, en toda sociedad. )Qué hacer? Pues, como Jesús, proclamar que el tiempo de Dios, el de la salvación y la misericordia no puede ser vencido por el de la maldad, la injusticia o la guerra. Si Jesús estaba guiado por el Espíritu, eso quiere decir que es el Espíritu mismo la voz resonante del evangelio como buena noticia que llama a salir de lo peor que tiene el desierto: las fuerzas del mal.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/21-2-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Liberar a los marginados, praxis del Reino Mc 1,40-45 (TOB6-21)

1. Es el último episodio de la "praxis" de la famosa jornada de Cafarnaún, antes de pasar a las disputas (Mc 2,1-3,6). Quiere ser como el "no va más" de todo aquello a lo que se atreve Jesús en su preocupación por los que sufren y están cargados de dolor, de miseria y de rechazo por una causa o por otra. En cierta manera es un milagro "exótico" por lo que implica de que, quien fuera curado de una enfermedad como la lepra, tenía que presentarse al sacerdote para ser "reintegrado" a la comunidad de la alianza. Los leprosos son "muertos vivientes", privados de toda vida de familia, de trabajo y de religión. El leproso cae de rodillas delante de Jesús (genypetéô). Es verdad que nos encontramos ante un hecho taumatúrgico sin discusión, pero es mucho más que eso. Incluso en razón de las exigencias de Lev 13-14, no basta con ser curado, sino que este hombre debe ir al sacerdote, es decir, al templo para que de nuevo recupere la identidad como miembro del pueblo elegido de Dios. Pero Jesús, con su "acción", ya está haciendo posible todo ello; ha ido más allá de lo que le permitía la ley; se ha acercado a la miseria humana, la ha curado, pero sobre todo, la ha acogido.

2. El relato evangélico está planteado, con mucho acierto, al final de la actividad de Jesús en esa jornada de Carfarnaún que nos ha venido ocupando los últimos domingos. La narración sigue un proceso liberador, en el que se ponen de manifiesto las actitudes de los hombres y los pensamientos de Dios. Un leproso, como ya hemos dicho, estaba excluido de la asamblea del pueblo de la alianza y debía presentarse al sacerdote, en el templo, en Jerusalén, el centro del judaísmo y de las clases poderosas. Aunque todo comenzara siendo una "ley de sanidad", como en Israel todo se sacralizaba, se llegó a dogmatizar de tal manera, que quien estaba afectado por ella, era un maldito, pasando a ser una "ley de santidad". Ya hemos dicho que esta es una enfermedad de pobres y marginados. Nadie, pues, se acercaba a ellos: su soledad, su angustia, sus posibilidades )quién podía compartirlas? Es el momento de romper este círculo infernal.

3. Jesús, que trae el evangelio, va a enfrentar a los hombres de su tiempo con todo lo que significa marginar al los pobres en nombre de Dios. Jesús se acerca a él, le toca (expresamente se dice que extendió la mano y le tocó, lo que implicaría que desde ese instante Jesús también quedaba bajo la ley sagrada de la contaminación); pero le cura y, con una osadía inaudita, le envía al sacerdote (a los que representan lo sagrado y el poder) para que sea un testimonio contra ellos y contra todo lo que pueda ser sacralizar las leyes sin corazón. El evangelio es un escándalo y pone de manifiesto eso de que los pobres nos evangelizan. Dios, pues, se hace vulnerable. No encontramos, pues, ante la fuerza poderosa de un "sistema" que debe ser vencido por la debilidad del evangelio. Lo lógica del sistema que está detrás de esa ley de santidad-sanidad, es la de autoconservación, hasta el punto de ser inexorable. Con esas realidades se encuentra Jesús en su vida y tiene que hacer opciones como las que aquí se muestran. La fuerza del Jesús taumaturgo, o médico, pasa a un segundo plano frente a su opción por los que viven día a día la miseria a que son reducidos todo los desgraciados.

4. En este relato de Marcos no es menos sugerente el mandato de Jesús de que no diga nada a nadie y el poco caso que hace de ello el "leproso" curado. El "secreto a voces" lleva la intencionalidad de este evangelista, porque pretende poner de manifiesto que más importante que la aceptación por parte del sacerdote de su curación, es proclamar (se usa, incluso, el verbo kêrýssein, que es propio del anuncio del evangelio en el cristianismo primitivo) que ha sido Jesús, el profeta de Galilea, quien le ha llenado el alma y el corazón de gratitud y de acción de gracias a Dios. La ley, aquí, frente al evangelio, también queda mal parada y, en cierta forma, anulada. Y si queremos, podemos ver que el "leproso" curado, ni siquiera va al templo, al sacerdote (el texto, desde luego, no lo explicita y yo opino que intencionadamente); no le hace falta, porque el evangelio que Jesús trae en su manos es más que esa religión que antes lo ha marginado hasta el extremo.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/14-2-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Un leproso ante Jesús Mc 1,40-45 (TOB-21)

 “El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Vivirá solo y fuera del campamento” (Lev 13,45-46). Estas severas normas del libro del Levítico imponen a los leprosos un riguroso aislamiento, con el fin de evitar el contagio.     

Tanto la impureza como la limpieza son entendidas a la vez en sentido higiénico y en sentido ritual. La lepra no era un pecado, pero requería un rito de purificación y de limpieza (Lev 14,2). El salmo responsorial traduce a términos morales aquella situación: “Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado” (Sal 31,1-2).

Evidentemente, la lepra puede ser vista como un símbolo. También en las comunidades cristianas hay que evitar el contagio del mal. Así lo pide san Pablo a los corintios: “No deis motivo de escándalo ni a judíos ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios” (1 Cor 10,32).

EL DIÁLOGO

 En el evangelio que hoy se proclama aparece un leproso (Mc 1,40-45). En contra de las normas establecidas, se acerca a Jesús, cae de rodillas ante él e inicia un diálogo que es una verdadera catequesis sobre la confianza del  enfermo y la compasión del Señor.

• “Si quieres, puedes limpiarme”. En el Antiguo Testamento, el pecador se dirigía a Dios pidiéndole la limpieza del corazón. Así lo atestigua el salmo: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme” (Sal 51,12). La súplica del leproso es, a la vez una confesión de fe. De él aprendemos a dirigirnos a Jesús confiadamente.

• “Quiero, queda limpio”. El texto nos revela además la voluntad de Jesús, que quiere nuestra salud y nuestra limpieza integral. Pero según él, lo importante es limpiar el corazón, del que nacen todos los males que contaminan al hombre (Mt 15,18-20). La misericordia de Dios y la fuerza que nos llega a través de Jesús pueden limpiarnos del pecado. 

Aquel hombre enfermo y marginado se ha convertido para nosotros en un modelo de oración. Tanto las personas como las instituciones haremos bien en dirigirnos a Jesús con la súplica que hemos aprendido del leproso: “Si quieres puedes limpiarme.”  

Y TRES ACTOS

Como en muchas obras de teatro, este relato evangélico nos ofrece una representación en tres actos.

 • En el primer tiempo, Jesús siente compasión por el leproso que se acerca hasta él y le suplica que lo limpie. A pesar de todas las prescripciones legales que habían sido transmitidas fielmente por su pueblo, Jesús extiende su mano y le toca. El texto subraya que la lepra desapareció inmediatamente.    

• En un segundo tiempo, Jesús pide al leproso que no divulgue su curación y que acuda al sacerdote para obtener la purificación. Al parecer, Jesús quiere pasar inadvertido por ahora. Y, por otra parte, la declaración del sacerdote es la condición necesaria para que el leproso pueda insertarse de nuevo en la sociedad.  

• En el tercer tiempo, asistimos a un resultado que anticipa la evangelización. Cuando se ve curado, el que había sido leproso, se va pregonando a gritos el hecho de su curación. Es verdad que Jesús trata de ocultarse y andar por lugares solitarios. Sin embargo, el texto afirma que “aun así, acudían a él de todas partes”.  

Todo un desafío Mc 1,29-39 (TOB5-21)

 ¿Tiene sentido la historia? ¿Y la vida humana? Contemplar el discurrir de las cosas en el escenario de la vida real produce escalofríos. Con frecuencia, nos sentimos débiles e impotentes. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? No es sencillo. Tampoco lo es para el creyente en el Dios de Jesús. Cuando se pasa mal, cuando lo pasamos mal: ¿dónde está Dios? ¿es compatible la fe en un Dios bueno y salvador con la desgracia, con el mal, con el sufrimiento de tanta gente y, sobre todo, con el de personas inocentes?

El dramatismo de estas preguntas nos ubican ante la situación que plantea la primera lectura en la persona de Job. El mal padecido injustamente le lleva a cuestionarse el sentido de las cosas. También el proceder de Dios. ¿Cómo no sentirse identificado con sus reflexiones? Sus preguntas son las de cualquier hombre angustiado y asediado por el dolor. Sus dificultades son también las nuestras. La Palabra de este domingo es valiente y nos coloca frente al misterio del mal y su difícil relación con la fe en Dios.

Lo interesante de las lecturas que se nos ofrecen en este domingo es que no intentan dar clases teóricas en torno al problema del dolor o del sufrimiento. Manifiestan con toda naturalidad la conexión de esa realidad con el Dios de la encarnación y, como consecuencia, con la misión eclesial.

La pista de esa conexión la hallamos en el evangelio. Jesús sale de la sinagoga y sana a cuantas personas encuentra en su camino. La primera la suegra de Simón, que le acoge en su casa. Después a las multitudes que acuden a la puerta (“curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”). El Nazareno no especula ante el sufrimiento, sencillamente intenta aliviarlo o hacerlo desaparecer. Expresado en otros términos: el Dios revelado por Jesucristo no quiere que la gente padezca el mal. Por eso hace todo lo posible por evitarlo. La misión del Hijo de Dios, el servicio del Reino, es la prueba palmaria de este hecho. La palabra y la actuación del Maestro de Nazaret son, por así decirlo, una especie de cruzada contra el mal, sea cual sea su causa.

Es relevante subrayar que este camino práctico contra el mal de Jesús solo se entiende desde la experiencia de Dios. Y hay aquí un dato que no se debe olvidar. Jesús, antes de curar, viene del encuentro con Dios en la sinagoga (en la Palabra) y, después, se retira a solas a orar. Lo que Jesús dice o hace para romper la experiencia del dolor de los hermanos brota de su relación con Dios (con el Padre). La auténtica experiencia de Dios no aleja, sino que acerca al mundo del dolor.

En este sentido, el Dios de Jesús es un Dios compasivo y cercano que se identifica con el doliente y hace lo posible por amainar su dolor. Esta cercanía es fruto del amor y llega, como sabemos, hasta el extremo de cargar con el sufrimiento de los demás. Hay aquí una enseñanza a retener. Dios no quiere el mal, como el ser humano no quiere el mal. La única receta frente a sus zarpazos es el amor, vía práctica que lo combate en términos de solidaridad y cercanía, de entrega generosa y ofrecimiento, de asunción en la propia carne…

Hay otro elemento a considerar: la universalidad de la cruzada contra el mal de Jesús. Los discípulos encuentran a Jesús, que está en oración, y le dicen: “todo el mundo te busca”. Él responde: “Vámonos a otra parte para predicar también allí, que para eso he venido”. La misión del Maestro de Nazaret es una misión abierta. Tan abierta como los horizontes de lo humano y del mundo. Se trata de una misión universal. Ha de llegar a todos. Y esto porque el dolor y el mal, en la forma que sea, afectan a todos los hombres y mujeres del mundo.

En clara correspondencia, la universalidad de la misión de Jesús conecta con la misión de sus discípulos enviados al mundo entero, como él, a anunciar la buena noticia y a sanar a los enfermos. En la segunda lectura, Pablo da cuenta de ese ministerio, que es el que da sentido a su vida. Ministerio sostenido por la clave del amor y del servicio que brota del camino abierto por Jesucristo: “me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todos a todos para ganar, sea como sea, a a algunos. Y lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes”. En este sentido, la Iglesia, como dice el papa Francisco es (o ha de ser) “un hospital de campaña”, “una Iglesia samaritana”. Su labor es la de luchar con las armas del evangelio contra el mal.

Última reflexión. ¿Tiene sentido la vida si hay mal? Según lo que la Palabra nos enseña en este quinto domingo del tiempo ordinario, desde la fe en el Dios encarnado, el sentido de la vida es, con y por Jesús, a través de la palabra y la acción movidas por el amor, tratar de acabar con el mal y el sufrimiento. ¡Todo un desafío!

Fr. Vicente Botella Cubells O.P.

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/7-2-2021/pautas/

Curando y orando Mc 1,29-39 (TOB5-21)

 “Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba” (Job 7,4). Esta confesión de Job se repite todos los días en nuestro derredor. Los achaques que vienen con la edad y los trastornos causados por la epidemia hacen que muchas personas teman la llegada de la noche y que suspiren por el amanecer. 

Como es habitual, el salmo responsorial nos da una respuesta adecuada con esta exhortación: “Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados” (Sal 146). El destrozo de los corazones puede deberse a muchas causas. Ahora bien, el Señor nos exhorta a ejercer la cercanía y a compasión a todas las personas que sufren.

En la lectura continua que hoy se proclama, san Pablo confiesa que por predicar el Evangelio, se ha hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles” (1 Cor 9,22). Seguramente, Pablo tenía presentas muchas debilidades humanas. Pero la que se debe a la enfermedad no puede dejarnos indiferentes.

LA LEY Y LA COMPASIÓN

 El evangelio de Marcos nos presenta un día de sábado al comienzo de la vida publica de Jesús (Mc 1,29-39). En él se resumen las cuatro actividades de Jesús que habrán de constituir toda su misión. En primer lugar se dedica a curar a los enfermos. Además expulsa los demonios. Se retira en soledad para orar. Y predica la buena noticia tanto en las sinagogas como en las aldeas. 

El relato de la curación de la suegra de Pedro es tan significativo que parece una parábola en acción, en la que se nos ofrecen numerosos mensajes:

• En primer lugar, la curación tiene lugar en un día de sábado. Jesús parece ignorar las estrictas normas que imponen un descanso y las que impiden tocar a los enfermos. Para él, la vida y la salud de la mujer son más importantes que todas las prohibiciones rituales.

• Por otra parte, es interesante el cambio de escenario. La mujer no ha podido acudir a la sinagoga, pero el Maestro accede a llegar hasta su casa. Lo que no podía sanar la antigua ley con sus ritos, lo consigue el Maestro con su presencia compasiva.

• Finalmente, el contacto con Jesús libera a la mujer de su postración, la ayuda a levantarse y la dispone a servir tanto a Jesús  como a aquellos primeros discípulos que han comenzado a seguirle. De ahora en adelante, la libertad de la persona ha de orientarla a la liberación de los demás.  

LA BUENA NOTICIA

Como se sabe, al caer la tarde termina el descanso del sábado. Las gentes esperan el atardecer para traer los enfermos para que Jesús les devuelva la salud. Llegada la noche, Jesús se retira a orar. Y al amanecer, dice a sus discípulos: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”.

• Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas”. Es comprensible que las gentes acudan a Jesús buscando la salud para sus enfermos. Sin embargo, él sabe que su misión no puede reducirse a la solución de los problemas inmediatos.       

• “Vámonos para predicar”. Jesús no es uno de los curanderos que por entonces recorrían las aldeas ofreciendo recetas de salud. Él sabe que su misión tiene por objeto predicar el anuncio del Reino de Dios y  exhortar a las gentes a convertirse y creer.    

• “Para eso he venido”. La compasión de Jesús es bien  notoria. Con razón los enfermos y atribulados buscarán su compasión y su ayuda. Pero Jesús sabe que ha venido a anunciar la buena noticia a los pobres.  Así lo anunció en la sinagoga de Nazaret.

Las buenas noticias liberan Mc 1,21-28 (TOB4-21)

1. El evangelio de Marcos nos presenta la primera actuación de Jesús después de haber llamado a los discípulos. Entran en Cafarnaún y después en la sinagoga. Este es un relato que forma parte de un conjunto teológico, formal y literario, que se conoce como la “jornada de Cafarnaún (1,21-3,6)”. El evangelio de hoy es digno de consideración y de reflexión porque casi siempre se ha leído de una forma neutral o insustancial. Pero esta escena tiene mucho de programa en el evangelio de Marcos. Cuando en Mc 1,14-15 se anunciaba el tiempo nuevo, es ahora cuando se va a describir por qué es verdaderamente nuevo y cuál es su alcance. Los personajes son la “gente” y un “endemoniado”, es decir, los sencillos y los oprimidos. No tendría sentido que tratemos de identificar la “patología” de este enfermo, porque yo considero que la “patología”, además de psicológica, viene a ser espiritual y teológica y, por lo mismo, no menos humana.

2. Comienza en el día del sábado, dedicado al descanso para escuchar la palabra de Dios. Varias cosas debemos retener de esta narración: Jesús es invitado a comentar las Escrituras, y desde el comienzo, su enseñanza provoca la admiración, con toda seguridad por lo que dice. La gente le reconoce «autoridad» (exousía), cuando sabemos que Jesús no se había formado a los pies de un rabino, sino que todo lo sacaba de sí mismo, desde su experiencia interior. Ello pone de manifiesto que está en sintonía profética con Dios, y, por lo mismo, que se está cumpliendo lo previsto en el texto de Dt 18. Debemos entender que aquí la autoridad tiene ese sentido de fuerza profética que no se puede aprender en escuela alguna ni con ningún maestro de la ley. Al principio y al final del relato el coro de la gente se hace testigo de algo nuevo e inaudito. El “exorcismo”, como centro del relato, es la excusa “histórica” para que la gente respire con la llegada de este profeta a la sinagoga.

3. Le gente intuye que no es un comentador ramplón de textos de la Ley o de los Profetas, sino un verdadero creador de buenas noticias, con las que ha de enfrentarse a todas las situaciones (en cumplimiento de Mc 1,14-15). Es verdad que el texto no nos dice lo que Jesús hablaba, porque el objetivo en este caso es poner de manifiesto la “fuerza” liberadora y salvadora de su palabra en aquel personaje misterioso que se siente provocado por la explicación que Jesús hace de la Escritura. No sabemos si está comentando un texto de la Torah (de la ley) o de los profetas, como sucede en la narración de Lucas, en Nazaret (Lc 4,16ss). Pero el espíritu del relato apunta claramente al mismo tenor de las buenas noticias, por las que al hombre “enfermo” le aflora lo “endemoniado” que siempre había creído ser, como le habían enseñado tradicionalmente los “teólogos” y terapeutas de siempre.

4. La mentalidad de la época sobre el “endemoniado” debe tenerse muy en cuenta a la hora de leer e interpretar este relato. La palabra profética de Jesús hace que de aquél hombre salgan sus males, su misma mentalidad demoníaca, que le había provocado la “doctrina” tradicional y a-teológica de los encargados de la sinagoga. Es muy posible que algunos interpreten la capacidad de Jesús para enfrentarse como un psicoterapeuta al enfermo… pero sería demasiado técnico este asunto, Hay un trasfondo religioso y teológico, que no podemos olvidar. Si era un enfermo, estaba pagando alguna falta; esa era la tesis tradicional en el judaísmo de la época. ¿No era eso para endemoniarse? Jesús, pues, rompe barreras; pone de manifiesto la falsedad de una teología que atribuye a Dios lo que es de los hombres, de sus mentalidades cerradas y anquilosadas en el pasado y en un Dios sin corazón. Su interpretación hace de la sinagoga un verdadero ámbito de libertad, donde se escuchan palabras de vida y no de muerte.

5. En este relato tan particular se enfrentan dos mundos, el del enfermo y endemoniado con su doctrina y su mundo roto en mil pedazos y el del Jesús, el profeta que, de parte de Dios, anuncia un tiempo nuevo. Incluso los enfermos se resisten a dejar de ser lo que eran, o los que los otros querían que fueran. Su venganza es decir quién es Jesús, el “santo de Dios”, y esto en el evangelio de Marcos es como romper “el secreto mesiánico” que solamente había de revelarse en el fracaso de la cruz (allí lo hará un centurión pagano, Mc 15). Pero ya aquí se adelanta algo del triunfo de Jesús. Al revelar el “endemoniado” quién era Jesús, estaba poniendo de manifiesto que era capaz de reconocer la mano de Dios, como la gente, donde los encargados y dirigentes de la “palabra” y de las cosas de Dios solamente se ocupaban de condenar y de privar de dignidad y libertad a las personas. Este, y no otro, es el sentido de este relato que, sin duda, tiene cosas históricas de la praxis de Jesús de Nazaret. Pero lo más importante son sus significaciones, expresadas simbólicamente y no por ello menos reales, para los que acogen el mensaje nuevo de Jesús: las buenas noticias de parte de Dios, liberan psíquica y espiritualmente.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/31-1-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Una palabra con autoridad Mc 1,21-28 (TOB4-21)

 “Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo que yo le mande. Yo mismo pediré cuentas a quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre” (Dt 18,18-19). El oráculo anuncia que Dios enviará a su pueblo  un profeta semejante a Moisés.

Esa decisión de Dios exige del pueblo la disposición y la responsabilidad necesarias para escuchar lo que el profeta transmita de parte de Dios. Y, al mismo tiempo, exige del mismo profeta la fidelidad en la transmisión de la palabra que se le confía. De ningún modo deberá caer en la arrogancia de atribuir a Dios lo que es tan solo su opinión personal.

Evocando ese mensaje, escuchamos la exhortación que nos transmite el salmo responsorial: “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94). También las advertencias sobre el matrimonio que san Pablo escribe a los Corintios nos invitan a prestar atención al mensaje y a las cosas de Dios (1 Cor 7,32-35).

EL ASOMBRO

 El evangelio de Marcos que se proclama en este domingo cuarto del tiempo ordinario (Mc 1,21-28) nos lleva a la sinagoga de Cafarnaún en un día de sábado.  Jesús toma la palabra y todos quedan asombrados al oírle. Realmente, enseña con autoridad, no como los escribas, que siempre se apoyan en las opiniones de otros. 

 • La autoridad no depende de la fuerza sino de la verdad. La autoridad no se la da el mensajero al mensaje, sino el mensaje al mensajero. La autoridad del que habla no se manifiesta en el tono de voz con el que se pronuncia el mensaje. No tiene razón el que habla más fuerte, sino el que tiene razones para demostrar la verdad de lo que dice.

 • Por otra pate, el asombro ante el que habla no está exento de ambigüedad. Con frecuencia nos asombramos ante la incoherencia de los que se dirigen al pueblo defendiendo unas actuaciones contra las cuales siempre habían protestado. Nos asombra la grosería del lenguaje y nos asombra mucho más el cinismo de quien miente en cada frase que pronuncia.

LA LIBERACIÓN

Las palabras que Jesús pronuncia en la sinagoga de Cafarnaún producen en los que escuchan un asombro que nace de su verdad y del gesto que las acompaña. En efecto, entre la asamblea hay un hombre poseído por un espíritu inmundo, al que Jesús interpela con fuerza. 

• “Cállate y sal de él”. Aquel que es la Palabra de Dios tiene la autoridad para imponer el silencio a quien grita en medio de la oración de la comunidad. Es la hora de Dios. Es la hora del bien y no del mal.        

• “Cállate y sal de él”.  Las gentes piensan por entonces que el mal físico corresponde al mal moral. Jesús dirá algún día que ese razonamiento no es correcto. Sin embargo, desde el primer momento ha de quedar claro que él ha venido a vencer al espíritu del mal.

• “Cállate y sal de él”. El hombre que grita en la sinagoga parece ser fiel a los días de culto. Ha ido a la sinagoga para orar. Jesús no lo reprende por ello. Pero con su palabra y su gesto demuestra que él ha venido a liberar al hombre en su integridad.  

José-Román Flecha Andrés

Jesús enseña con AUTORIDAD Mc 1,21-28 (Tiempo ordinario B - domingo 4º)



 

Mensaje del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2021

 1. En el umbral del Año Nuevo, deseo presentar mi más respetuoso saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes espirituales y a los fieles de diversas religiones, y a los hombres y mujeres de buena voluntad. A todos les hago llegar mis mejores deseos para que la humanidad pueda progresar en este año por el camino de la fraternidad, la justicia y la paz entre las personas, las comunidades, los pueblos y los Estados.

El año 2020 se caracterizó por la gran crisis sanitaria de COVID-19, que se ha convertido en un fenómeno multisectorial y mundial, que agrava las crisis fuertemente interrelacionadas, como la climática, alimentaria, económica y migratoria, y causa grandes sufrimientos y penurias. Pienso en primer lugar en los que han perdido a un familiar o un ser querido, pero también en los que se han quedado sin trabajo. Recuerdo especialmente a los médicos, enfermeros, farmacéuticos, investigadores, voluntarios, capellanes y personal de los hospitales y centros de salud, que se han esforzado y siguen haciéndolo, con gran dedicación y sacrificio, hasta el punto de que algunos de ellos han fallecido procurando estar cerca de los enfermos, aliviar su sufrimiento o salvar sus vidas. Al rendir homenaje a estas personas, renuevo mi llamamiento a los responsables políticos y al sector privado para que adopten las medidas adecuadas a fin de garantizar el acceso a las vacunas contra el COVID-19 y a las tecnologías esenciales necesarias para prestar asistencia a los enfermos y a los más pobres y frágiles[1].
Es doloroso constatar que, lamentablemente, junto a numerosos testimonios de caridad y solidaridad, están cobrando un nuevo impulso diversas formas de nacionalismo, racismo, xenofobia e incluso guerras y conflictos que siembran muerte y destrucción.

Estos y otros eventos, que han marcado el camino de la humanidad en el último año, nos enseñan la importancia de hacernos cargo los unos de los otros y también de la creación, para construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad. Por eso he elegido como tema de este mensaje: La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día.

2. Dios Creador, origen de la vocación humana al cuidado
En muchas tradiciones religiosas, hay narraciones que se refieren al origen del hombre, a su relación con el Creador, con la naturaleza y con sus semejantes. En la Biblia, el Libro del Génesis revela, desde el principio, la importancia del cuidado o de la custodia en el proyecto de Dios por la humanidad, poniendo en evidencia la relación entre el hombre (’adam) y la tierra (’adamah), y entre los hermanos. En el relato bíblico de la creación, Dios confía el jardín “plantado en el Edén” (cf. Gn 2,8) a las manos de Adán con la tarea de “cultivarlo y cuidarlo” (cf. Gn 2,15). Esto significa, por un lado, hacer que la tierra sea productiva y, por otro, protegerla y hacer que mantenga su capacidad para sostener la vida[2]. Los verbos “cultivar” y “cuidar” describen la relación de Adán con su casa-jardín e indican también la confianza que Dios deposita en él al constituirlo señor y guardián de toda la creación.

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: «¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9)[3]. Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás»[4].

3. Dios Creador, modelo del cuidado
La Sagrada Escritura presenta a Dios no sólo como Creador, sino también como Aquel que cuida de sus criaturas, especialmente de Adán, de Eva y de sus hijos. El mismo Caín, aunque cayera sobre él el peso de la maldición por el crimen que cometió, recibió como don del Creador una señal de protección para que su vida fuera salvaguardada (cf. Gn 4,15). Este hecho, si bien confirma la dignidad inviolable de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios, también manifiesta el plan divino de preservar la armonía de la creación, porque «la paz y la violencia no pueden habitar juntas»[5].

Precisamente el cuidado de la creación está en la base de la institución del Shabbat que, además de regular el culto divino, tenía como objetivo restablecer el orden social y el cuidado de los pobres (cf. Gn 1,1-3; Lv 25,4). La celebración del Jubileo, con ocasión del séptimo año sabático, permitía una tregua a la tierra, a los esclavos y a los endeudados. En ese año de gracia, se protegía a los más débiles, ofreciéndoles una nueva perspectiva de la vida, para que no hubiera personas necesitadas en la comunidad (cf. Dt 15,4).
También es digna de mención la tradición profética, donde la cumbre de la comprensión bíblica de la justicia se manifestaba en la forma en que una comunidad trataba a los más débiles que estaban en ella. Por eso Amós (2,6-8; 8) e Isaías (58), en particular, hacían oír continuamente su voz en favor de la justicia para los pobres, quienes, por su vulnerabilidad y falta de poder, eran escuchados sólo por Dios, que los cuidaba (cf. Sal 34,7; 113,7-8).

4. El cuidado en el ministerio de Jesús
La vida y el ministerio de Jesús encarnan el punto culminante de la revelación del amor del Padre por la humanidad (cf. Jn 3,16). En la sinagoga de Nazaret, Jesús se manifestó como Aquel a quien el Señor ungió «para anunciar la buena noticia a los pobres, ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dejar en libertad a los oprimidos» (Lc 4,18). Estas acciones mesiánicas, típicas de los jubileos, constituyen el testimonio más elocuente de la misión que le confió el Padre. En su compasión, Cristo se acercaba a los enfermos del cuerpo y del espíritu y los curaba; perdonaba a los pecadores y les daba una vida nueva. Jesús era el Buen Pastor que cuidaba de las ovejas (cf. Jn 10,11-18; Ez 34,1-31); era el Buen Samaritano que se inclinaba sobre el hombre herido, vendaba sus heridas y se ocupaba de él (cf. Lc 10,30-37).

En la cúspide de su misión, Jesús selló su cuidado hacia nosotros ofreciéndose a sí mismo en la cruz y liberándonos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Así, con el don de su vida y su sacrificio, nos abrió el camino del amor y dice a cada uno: “Sígueme y haz lo mismo” (cf. Lc 10,37).

5. La cultura del cuidado en la vida de los seguidores de Jesús
Las obras de misericordia espirituales y corporales constituyen el núcleo del servicio de caridad de la Iglesia primitiva. Los cristianos de la primera generación compartían lo que tenían para que nadie entre ellos pasara necesidad (cf. Hch 4,34-35) y se esforzaban por hacer de la comunidad un hogar acogedor, abierto a todas las situaciones humanas, listo para hacerse cargo de los más frágiles. Así, se hizo costumbre realizar ofrendas voluntarias para dar de comer a los pobres, enterrar a los muertos y sustentar a los huérfanos, a los ancianos y a las víctimas de desastres, como los náufragos. Y cuando, en períodos posteriores, la generosidad de los cristianos perdió un poco de dinamismo, algunos Padres de la Iglesia insistieron en que la propiedad es querida por Dios para el bien común. Ambrosio sostenía que «la naturaleza ha vertido todas las cosas para el bien común. [...] Por lo tanto, la naturaleza ha producido un derecho común para todos, pero la codicia lo ha convertido en un derecho para unos pocos»[6]. Habiendo superado las persecuciones de los primeros siglos, la Iglesia aprovechó la libertad para inspirar a la sociedad y su cultura. «Las necesidades de la época exigían nuevos compromisos al servicio de la caridad cristiana. Las crónicas de la historia reportan innumerables ejemplos de obras de misericordia. De esos esfuerzos concertados han surgido numerosas instituciones para el alivio de todas las necesidades humanas: hospitales, hospicios para los pobres, orfanatos, hogares para niños, refugios para peregrinos, entre otras»[7].

6. Los principios de la doctrina social de la Iglesia como fundamento de la cultura del cuidado
La diakonia de los orígenes, enriquecida por la reflexión de los Padres y animada, a lo largo de los siglos, por la caridad activa de tantos testigos elocuentes de la fe, se ha convertido en el corazón palpitante de la doctrina social de la Iglesia, ofreciéndose a todos los hombres de buena voluntad como un rico patrimonio de principios, criterios e indicaciones, del que extraer la “gramática” del cuidado: la promoción de la dignidad de toda persona humana, la solidaridad con los pobres y los indefensos, la preocupación por el bien común y la salvaguardia de la creación.

* El cuidado como promoción de la dignidad y de los derechos de la persona.
«El concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, ayuda a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona significa siempre relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación»[8]. Cada persona humana es un fin en sí misma, nunca un simple instrumento que se aprecia sólo por su utilidad, y ha sido creada para convivir en la familia, en la comunidad, en la sociedad, donde todos los miembros tienen la misma dignidad. De esta dignidad derivan los derechos humanos, así como los deberes, que recuerdan, por ejemplo, la responsabilidad de acoger y ayudar a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cada uno de nuestros «prójimos, cercanos o lejanos en el tiempo o en el espacio»[9].

* El cuidado del bien común.
Cada aspecto de la vida social, política y económica encuentra su realización cuando está al servicio del bien común, es decir del «conjunto de aquellas condiciones de la vida social que permiten a los grupos y cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente su propia perfección»[10]. Por lo tanto, nuestros planes y esfuerzos siempre deben tener en cuenta sus efectos sobre toda la familia humana, sopesando las consecuencias para el momento presente y para las generaciones futuras. La pandemia de Covid-19 nos muestra cuán cierto y actual es esto, puesto que «nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos»[11], porque «nadie se salva solo»[12] y ningún Estado nacional aislado puede asegurar el bien común de la propia población[13].

* El cuidado mediante la solidaridad.
La solidaridad expresa concretamente el amor por el otro, no como un sentimiento vago, sino como «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[14]. La solidaridad nos ayuda a ver al otro —entendido como persona o, en sentido más amplio, como pueblo o nación— no como una estadística, o un medio para ser explotado y luego desechado cuando ya no es útil, sino como nuestro prójimo, compañero de camino, llamado a participar, como nosotros, en el banquete de la vida al que todos están invitados igualmente por Dios.

* El cuidado y la protección de la creación.
La encíclica Laudato si’ constata plenamente la interconexión de toda la realidad creada y destaca la necesidad de escuchar al mismo tiempo el clamor de los necesitados y el de la creación. De esta escucha atenta y constante puede surgir un cuidado eficaz de la tierra, nuestra casa común, y de los pobres. A este respecto, deseo reafirmar que «no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos»[15]. «Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo»[16].

7. La brújula para un rumbo común
En una época dominada por la cultura del descarte, frente al agravamiento de las desigualdades dentro de las naciones y entre ellas[17], quisiera por tanto invitar a los responsables de las organizaciones internacionales y de los gobiernos, del sector económico y del científico, de la comunicación social y de las instituciones educativas a tomar en mano la “brújula” de los principios anteriormente mencionados, para dar un rumbo común al proceso de globalización, «un rumbo realmente humano»[18]. Esta permitiría apreciar el valor y la dignidad de cada persona, actuar juntos y en solidaridad por el bien común, aliviando a los que sufren a causa de la pobreza, la enfermedad, la esclavitud, la discriminación y los conflictos. A través de esta brújula, animo a todos a convertirse en profetas y testigos de la cultura del cuidado, para superar tantas desigualdades sociales. Y esto será posible sólo con un fuerte y amplio protagonismo de las mujeres, en la familia y en todos los ámbitos sociales, políticos e institucionales.

La brújula de los principios sociales, necesaria para promover la cultura del cuidado, es también indicativa para las relaciones entre las naciones, que deberían inspirarse en la fraternidad, el respeto mutuo, la solidaridad y el cumplimiento del derecho internacional. A este respecto, debe reafirmarse la protección y la promoción de los derechos humanos fundamentales, que son inalienables, universales e indivisibles[19].

También cabe mencionar el respeto del derecho humanitario, especialmente en este tiempo en que los conflictos y las guerras se suceden sin interrupción. Lamentablemente, muchas regiones y comunidades ya no recuerdan una época en la que vivían en paz y seguridad. Muchas ciudades se han convertido en epicentros de inseguridad: sus habitantes luchan por mantener sus ritmos normales porque son atacados y bombardeados indiscriminadamente por explosivos, artillería y armas ligeras. Los niños no pueden estudiar. Los hombres y las mujeres no pueden trabajar para mantener a sus familias. La hambruna echa raíces donde antes era desconocida. Las personas se ven obligadas a huir, dejando atrás no sólo sus hogares, sino también la historia familiar y las raíces culturales.

Las causas del conflicto son muchas, pero el resultado es siempre el mismo: destrucción y crisis humanitaria. Debemos detenernos y preguntarnos: ¿qué ha llevado a la normalización de los conflictos en el mundo? Y, sobre todo, ¿cómo podemos convertir nuestro corazón y cambiar nuestra mentalidad para buscar verdaderamente la paz en solidaridad y fraternidad?

Cuánto derroche de recursos hay para las armas, en particular para las nucleares[20], recursos que podrían utilizarse para prioridades más importantes a fin de garantizar la seguridad de las personas, como la promoción de la paz y del desarrollo humano integral, la lucha contra la pobreza y la satisfacción de las necesidades de salud. Además, esto se manifiesta a causa de los problemas mundiales como la actual pandemia de Covid-19 y el cambio climático. Qué valiente decisión sería «constituir con el dinero que se usa en armas y otros gastos militares “un Fondo mundial” para poder derrotar definitivamente el hambre y ayudar al desarrollo de los países más pobres»[21].

8. Para educar a la cultura del cuidado
La promoción de la cultura del cuidado requiere un proceso educativo y la brújula de los principios sociales se plantea con esta finalidad, como un instrumento fiable para diferentes contextos relacionados entre sí. Me gustaría ofrecer algunos ejemplos al respecto.

— La educación para el cuidado nace en la familia, núcleo natural y fundamental de la sociedad, donde se aprende a vivir en relación y en respeto mutuo. Sin embargo, es necesario poner a la familia en condiciones de cumplir esta tarea vital e indispensable.

— Siempre en colaboración con la familia, otros sujetos encargados de la educación son la escuela y la universidad y, de igual manera, en ciertos aspectos, los agentes de la comunicación social[22]. Dichos sujetos están llamados a transmitir un sistema de valores basado en el reconocimiento de la dignidad de cada persona, de cada comunidad lingüística, étnica y religiosa, de cada pueblo y de los derechos fundamentales que derivan de estos. La educación constituye uno de los pilares más justos y solidarios de la sociedad.

— Las religiones en general, y los líderes religiosos en particular, pueden desempeñar un papel insustituible en la transmisión a los fieles y a la sociedad de los valores de la solidaridad, el respeto a las diferencias, la acogida y el cuidado de los hermanos y hermanas más frágiles. A este respecto, recuerdo las palabras del Papa Pablo VI dirigidas al Parlamento ugandés en 1969: «No temáis a la Iglesia. Ella os honra, os forma ciudadanos honrados y leales, no fomenta rivalidades ni divisiones, trata de promover la sana libertad, la justicia social, la paz; si tiene alguna preferencia es para los pobres, para la educación de los pequeños y del pueblo, para la asistencia a los abandonados y a cuantos sufren»[23].

— A todos los que están comprometidos al servicio de las poblaciones, en las organizaciones internacionales gubernamentales y no gubernamentales, que desempeñan una misión educativa, y a todos los que, de diversas maneras, trabajan en el campo de la educación y la investigación, los animo nuevamente, para que se logre el objetivo de una educación «más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión»[24]. Espero que esta invitación, hecha en el contexto del Pacto educativo global, reciba un amplio y renovado apoyo.

9. No hay paz sin la cultura del cuidado
La cultura del cuidado, como compromiso común, solidario y participativo para proteger y promover la dignidad y el bien de todos, como una disposición al cuidado, a la atención, a la compasión, a la reconciliación y a la recuperación, al respeto y a la aceptación mutuos, es un camino privilegiado para construir la paz. «En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas, se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia»[25].

En este tiempo, en el que la barca de la humanidad, sacudida por la tempestad de la crisis, avanza con dificultad en busca de un horizonte más tranquilo y sereno, el timón de la dignidad de la persona humana y la “brújula” de los principios sociales fundamentales pueden permitirnos navegar con un rumbo seguro y común. Como cristianos, fijemos nuestra mirada en la Virgen María, Estrella del Mar y Madre de la Esperanza. Trabajemos todos juntos para avanzar hacia un nuevo horizonte de amor y paz, de fraternidad y solidaridad, de apoyo mutuo y acogida. No cedamos a la tentación de desinteresarnos de los demás, especialmente de los más débiles; no nos acostumbremos a desviar la mirada[26], sino comprometámonos cada día concretamente para «formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros»[27].

Vaticano, 8 de diciembre de 2020
Francisco
 
[1] Cf. Videomensaje con motivo de la 75.ª Sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 25 septiembre 2020.
[2] Cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 67.
[3] Cf. “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la celebración de la 47.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 2.
[4] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 70.
[5] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 488.
[6] De officiis, 1, 28, 132: PL 16, 67.
[7] K. Bihlmeyer - H. Tüchle, Church History, vol.1, Westminster, The Newman Press, 1958, pp. 373-374.
[8] Discurso a los participantes en el Congreso organizado por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en el 50.o aniversario de la Carta encíclica “Populorum progressio” (4 abril 2017).
[9] Mensaje a la 22.ª Sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (COP22), 10 noviembre 2016. Cf. Grupo de Trabajo interdicasterial de la Santa Sede sobre la Ecología Integral, En camino para el cuidado de la casa común. A cinco años de la Laudato si’, LEV, 31 mayo 2020.
[10] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 26.
[11] Momento extraordinario de oración en tiempos de pandemia, 27 marzo 2020.
[12] Ibíd.
[13] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 8, 153.
[14] S. Juan Pablo II, Carta. enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38.
[15] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 91.
[16] Conferencia del Episcopado Dominicano, Carta pastoral Sobre la relación del hombre con la naturaleza (21 enero 1987); cf. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 92.
[17] Cf. Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 125.
[18] Ibíd., 29.
[19] Cf. Mensaje a los participantes en la Conferencia internacional “Los derechos humanos en el mundo contemporáneo: conquistas, omisiones, negaciones”, Roma, 10-11 diciembre 2018.
[20] Cf. Mensaje a la Conferencia de la ONU para la negociación de un instrumento jurídicamente vinculante sobre la prohibición de las armas nucleares que conduzca a su total eliminación, 23 marzo 2017.
[21] Videomensaje para la Jornada Mundial de la Alimentación, 16 octubre 2020.
[22] Cf. Benedicto XVI, “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz”. Mensaje para la celebración de la 45.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2012 (8 diciembre 2011), 2; “Vence la indiferencia y conquista la paz”. Mensaje para la celebración de la 49.a Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2016 (8 diciembre 2015), 6.
[23] Discurso a los Diputados y Senadores de Uganda, Kampala, 1 agosto 1969.
[24] Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo, 12 septiembre 2019.
[25]  Carta. enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 225.
[26]Cf. Ibíd., 64.
[27] Ibíd., 96; cf. “La fraternidad, fundamento y camino para la paz”. Mensaje para la 47.ª Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2014 (8 diciembre 2013), 1

La Llamada y el envío Mc 1,14-20 (TOB3-21)

 “Ponte en marcha y ve a la gran ciudad de Nínive; allí les anunciarás el mensaje que yo te comunicaré” (Jon 3,1). Esta misión debía de resultar repugnante para Jonás. Su misma conciencia se rebelaba ante aquel mandato divino. ¿Cómo exhortar a la conversión a una ciudad que despreciaba a Dios y sembraba la muerte en las tierras que conquistaba? 

Si Jonás ignoraba aquella llamada no era por despreciar a Dios sino para tratar de preservar la imagen de la divinidad. Pero, en realidad, Jonás estaba juzgando al mismo Dios. No podía admitir que su misericordia cubriese a los malvados. Dios no debería compadecerse de los que no tenían compasión de los que humillaban y aplastaban con su poder asesino. 

Sin embargo, ante la llamada de Dios solo cabe la obediencia agradecida. Así lo manifestamos, repitiendo la invocación del salmo 24: “Señor, enséñame tus caminos”. Sabemos que este mundo es como el escenario de un teatro. Y san Pablo advierte a los Corintios -y a todos nosotros- que la representación de este mundo se termina (1 Cor 7,31).

LLAMADA Y PROMESA

 El tema de la llamada aparece también en el texto evangélico que hoy se proclama (Mc 1,14-20). Jesús camina por la costa del lago de Galilea. Al pasar, encuentra  a dos pescadores que están arrojando el copo desde la orilla. Uno es  Andrés, que, siendo discípulo de Juan el Bautista,  ya había tenido un encuentro con Jesús. El otro es su hermano Simón.       

Jesús se dirige a ellos y los invita a seguirle: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres” (Mc 1,17).  Es cierto que Jesús no era un desconocido para ellos. Pero ¿Qué podía significar esa extraña promesa de hacerlos pescadores de hombres? Sin embargo, dejaron las redes y siguieron inmediatamente a Jesús.

 A muy pocos pasos de distancia. Jesús vio a Santiago y Juan. Estaban en una barca, varada a la orilla del lago, repasando las redes con Zebedeo, su padre. También a ellos les dirigió la misma llamada. Ellos dejaron las redes y a su padre junto con los jornaleros, saltaron a tierra y siguieron a Jesús.  

SALIDA Y SEGUIMIENTO

Este encuentro que tiene lugar a la orilla del lago de Galilea nos recuerda que la llamada obedece a la iniciativa de Jesús. Y nos indica que esa llamada al seguimiento lleva consigo la entrega de una misión.  

• La llamada de Dios siempre lleva consigo una salida. Así ocurrió con Abrahán, con Moisés y con Isaías. También Jonás había de salir de su tierra. Los cuatro pescadores que Jesús encontró a la orilla del lago tenían que dejar su trabajo. Y así ocurre hoy con todos los que escuchan la llamada del Señor. La llamada de Dios relativiza nuestra comodidad, nuestras  posesiones y hasta nuestras relaciones familiares. 

• La llamada de Dios siempre lleva consigo la invitación al seguimiento. En otros tiempos, Abraham y Moisés siguieron la indicación del Dios que los enviaba recorrer caminos desconocidos. Jonás era enviado a una misión que parecía abocada al fracaso. Los cuatro pescadores del lago se decidieron seguir a Jesús y se fueron con él. La llamada de Dios exige de nosotros la disponibilidad para seguir  a Jesús,  y ser testigos de su vida y su mensaje.

Convertirse es creer en el Evangelio Mc 1,14-20 (TOB3-21)

1. EL evangelio de hoy, de Marcos, tiene dos partes. La primera (vv.14-15), un sumario o síntesis, centrada en lo que es el programa de Jesús cuando vino a Galilea: el evangelio de Dios. Jesús viene a proclamar buenas noticias -eso significa evangelio-, de parte de Dios. Ello supone, pues, el anuncio de un tiempo nuevo y la llegada del Reino de Dios. El segundo elemento determina al primero: el tiempo es nuevo porque el reino de Dios ha comenzado. El tiempo es nuevo porque la soberanía de Dios sobre las miserias del hombre ha de ponerse de manifiesto. Este es el empeño fundamental de Jesús: hacer posible que ese Reino, que no es un territorio, ni un poder violento o material, llegue a los hombres. Dios se compromete profundamente, por medio de Jesús, en hacer posible ese Reino de liberación y de gracia. Pero también, por nuestra parte, se necesitan respuestas: convertíos y creed en el evangelio. Eso es lo que Jesús pedía y eso es lo que se nos pide aún. Ser cristianos, pues, debe significar que en este mundo de miserias, el evangelio, como buena noticia para los que sufren, está en acción.

2. Si analizamos a fondo este sumario, podremos darnos cuenta de su importancia. El redactor lo pone al principio de todo, de la predicación de Galilea, porque está convencido de que cuando Jesús comienza a predicar ha llegado el tiempo nuevo tanto tiempo esperado por el pueblo de Israel. Y el tiempo es nuevo  porque Jesús trae “buenas noticias” de parte de Dios, lo que se centra en ese concepto abarcante del “reino o reinado de Dios” (basileia tou theou). Jesús quiere decir que es Dios quien toma las riendas de esta historia  y ya no deben ser los hombres “soberanos” y “reyes” quienes han de imponer a otros sus caprichos y sus leyes. Dios entrega salvación y liberación por medio del profeta de Galilea. Hacía mucho tiempo que no se oía una voz profética en Israel, porque los “soberanos” de turno lo habían impedido. La soberanía de Dios también implicaba que se oyera una voz profética para interpretar la historia de las miserias humanas de otra forma y de otra manera.

3. ¿Qué se pide a cambio de este tiempo nuevo? ¡Conversión! Que no es simplemente “hacer penitencia”. Si traducimos de esa manera el verbo que está a la base del texto (metanoéô) le habremos quitado su sentido primero y principal: cambiar de rumbo, de camino, de horizonte, de mentalidad. Convertirse  no es vestirse de saco y de ceniza. En Marcos, en el evangelio, en la predicación de Jesús, significa precisamente tomar una actitud nueva, una mentalidad creadora. Y es el segundo término el que mejor lo define: (unido a la conversión por un kai –y- “explicativo”) “creer en el evangelio”- Creer es “confiar” en las buenas noticias que vienen de parte de Dios. Esa es la conversión primera y fundamental. Sin eso no hay conversión, aunque nos vistamos de saco y ceniza.

4. La segunda parte del texto evangélico de hoy describe la llamada a ser discípulos (vv. 16-20) y también pone de manifiesto varias cosas: el evangelio siempre ha contado con testigos que desde el principio forman una comunidad. El anuncio del evangelio provoca decisiones personales creando comunidad y fraternidad. Jesús no es un solitario que anuncia ideas extrañas, sino alguien que llega al corazón de los hombres, hasta el punto de dejar su modo de vivir por la causa del Reino. Los que le siguen sentirán con él una experiencia nueva de vida para anunciarla a los otros («os haré pescadores de hombres»). No se trata simplemente de un Rabí que tiene discípulos para que aprendan, sino que todo eso lo deben invertir en los demás. Jesús se impone en su llamada, pero dejando libertad. El «sígueme» de Jesús, de su evangelio, es una palabra creadora, no es doctrina, no son ideas, sino que provoca un estilo de vida. Esta primera llamada de los discípulos, aunque conocidos, no debe interpretarse como el relato histórico de lo que sucedió realmente, aunque en cierta forma lo es; sino que pretende ser el apoyo directo de la reacción al anuncio de las buenas noticias del evangelio predicado por Jesús en Galilea.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/24-1-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Búsqueda y encuentro Jn 1,35-42 (TOB2-21)

 “Aquí estoy. Vengo porque me has llamado”. El niño Samuel ha quedado consagrado a Dios en el santuario de Siló.  Durante la noche, oye una voz que le llama por su nombre. Y se dirige al sacerdote Elí con estas palabras que reflejan su disponibilidad (1Sam 3,3-10.19). 

El sacerdote se limita a responder que él no ha llamado al niño y lo invita a acostarse de nuevo.  Cuando el hecho se repite hasta tres veces, comprende que esa voz misteriosa viene de lo alto. Así que, aconsejado por el sacerdote, cuando Samuel se siente llamado de nuevo, responde como le ha sugerido Elí: “Habla Señor que tu siervo escucha”.

Todos podemos hacer nuestra esa experiencia y responder con el salmo responsorial: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 39).

Si el pequeño Samuel escuchó en el templo la llamada de Dios, nosotros sabemos que nuestro cuerpo es templo del Espíritu, como nos dice san Pablo. Así que no tenemos que ir lejos para escuchar esa voz celestial (1 Cor 6,13-20).

EL DESEO

El evangelio de este segundo domingo del tiempo ordinario nos recuerda que la llamada eterna de Dios se ha hecho presente en el tiempo por medio de Jesús. Juan Bautista lo descubre entre las gentes y lo señala como el Cordero de Dios. Andrés y otro de sus discípulos dejan al Bautista y lo siguen.

Jesús les dirige una pregunta que podría parecer rutinaria: “¿Qué buscáis?”. Pero esa es una pregunta que nos lleva a examinar nuestros deseos más íntimos. Con frecuencia creemos que para satisfacerlos basta con buscar bienes, puestos de poder o signos que difundan nuestra fama. Pero quien busca satisfacciones no siempre encuentra la felicidad. 

Los dos discípulos de Juan se limitan a preguntar a  Jesús dónde vive. Y él responde con una invitación: “Venid y lo veréis”. Aquel encuentro con Jesús debió de llevarles a comprender  que lo importante de Jesús no era dónde vivía, sino quién era. El evangelio es una lección también para nosotros. No importa buscar algo, sino encontrar a Alguien.

EL ANUNCIO

Los dos discípulos de Juan el Bautista comprendieron que las palabras del Precursor los llevaban en realidad hacia el esperado por su pueblo. Lo comprenden y se apresuran a anunciarlo a los demás. Así  lo hace Andrés, dirigiéndose a su hermano Simón:

• “Hemos encontrado al Mesías”. Los dos discípulos de Juan han visto satisfechos sus deseos por la alegría de un hallazgo siempre soñado. Andrés y su compañero han pasado ya de la búsqueda al encuentro. Han pasado del siervo al Señor y del profeta al Mesías.

• “Hemos encontrado al Mesías”. Él pequeño Samuel había escuchado la voz de Dios que se dirigía a él en la noche y en el ámbito del santuario. Los discípulos de Juan encuentran al que es la Palabra de Dios a pleno día y en el espacio abierto cerca del Jordán. 

• “Hemos encontrado al Mesías”. El niño Samuel escuchó un mensaje de Dios que él había de transmitir al sacerdote Elí. Los discípulos de Juan escuchan al enviado de Dios y comprenden que han de anunciar a los demás la riqueza de ese encuentro.