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La comunidad de la misericordia Jn 20,19-31 (PAB2-21)

 “Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).  Este es el primer “sumario” o resumen de la vida de los discípulos del Señor que se nos ofrece en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

El autor tiene buen cuidado en anotar tres actitudes básicas de la primera comunidad cristiana: la escucha de la enseñanza apostólica, la comunión en los bienes compartidos y la participación en la eucaristía. En realidad, esas son las prioridades que deben mantener las counidades cristianas en todo tiempo y lugar. 

Con el salmo responsorial podemos reconocer y repetir que “es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente” (Sal 117). Si el salmo se refiere a la victoria sobre los enemigos, nosotros proclamamos que a nosotros la misericorida de Dios nos ha hecho renacer   para una esperanza viva, como dice la segunda lectura de la misa de hoy (1 Pe 1,3-9).

UNA POSTURA Y UN GESTO

En el texto evangélico que hoy se proclama se recuerda que, después de la muerte de Jesús, sus discípulos permanecían “confinados” por miedo a los judíos. El miedo a las acusaciones del pueblo los mantenía ocultos. Pues bien, precisamente en esa situación  Jesús resucitado se presenta ante ellos como portador de la paz y del perdón (Jn 20,19-31).

Al leer este relato evangélico solemos prestar atención a la situación y las protestas del apóstol Tomás y a la actitud con la que Jesús responde a sus dudas y pretensiones.  

• Habitualmente se califica a Tomás como el “apóstol incrédulo”. En realidad, es fácil imaginar la razón de su postura. Cuando llegó a Jesús la noticia de la enfermedad y la muerte de Lázaro, los demás apóstoles se resistían a volver con él a Judea. Solo Tomás los exhortaba a acompañar a Jesús y morir con él (Jn 11,16).  Ahora le molesta la incongruencia de los que no aceptaban el fracaso del Maestro, pero se apresuran a pregonar su victoria.

• Por otra parte, nos parece sorprendente el gesto con el que  Jesús ofrece sus llagas a la curiosidad y al tacto de Tomás. El texto evangélico nos invita a identificar al resucitado con el mismo Jesús que había sido condenado a morir en la cruz. El resucitado no ha dejado las llagas de la crucifixión. Su muerte no fue un engaño. Y su resurrección no es el fruto de la fantasía de unos discípulos paralizados por la nostalgia y el temor.

DEL MIEDO A LA VALENTÍA

Además, este texto del evangelio de Juan nos recuerda dos detalles fundamentales para la vida de los creyentes: la importancia de la comunidad y el don de la misericordia. 

• “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. Con demasiada frecuencia pensamos que para encontrarse verdaderamente con Jesucristo es necesario abandonar la comunidad. Es un error. Los discípulos que estaban encerrados no eran mejores ni peores que Tomás. Si él pensaba que lo salvaría su autonomía, los otros eran víctimas fáciles del miedo. Pues bien, solo en la comunidad se muestra el Señor resucitado. 

• “Paz a vosotros… Yo os envío… No seas incrédulo”. Estas palabras que Jesús resucitado dirige a unos y a otros nos dicen que él no viene a reprenderlos. Viene a revelarles  la grandeza de su misericordia. Jesús se muestra muy cercano a sus discípulos. Y demuestra una excelente pedagogía para abrir sus corazones a la fe y para enviarlos a proclamar la buena noticia del perdón que a ellos les ha sido concedido. 

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