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Escudo de armas del Papa León XIV y su simbología







Los elementos básicos de su escudo papal de León XIV son los mismos del escudo episcopal que tenía desde que le nombraron obispo y en el que mantiene también el lema, 'In Illo Uno Unum'.

 El único -y obligado- cambio ha sido la sustitución del capelo y los cinco nudos cardenalicios por las insignias papales, las llaves de San Pedro y la mitra con los colores vaticanos, plata y oro (que se asocian precisamente a las llaves de San Pedro). 

El escudo papal de León XIV está dividido en dos sectores, cada uno con un simbolismo.

En el lado izquierdo, sobre campo de azur, hay una flor de lis, asociada con la Virgen María, y que destaca la vocación mariana del Pontífice.

En el lado derecho, sobre campo de plata, se muestran símbolos muy enraizados en la heráldica agustina, orden a la que pertenece el nuevo Papa. En el origen del emblema están dos textos de las Confesiones de san Agustín, uno del libro noveno –“Habías asaetado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras clavadas en nuestras entrañas” (Conf. 9,2,3)– y otro del libro décimo –“Heriste mi corazón con tu palabra y comencé a amarte” (Conf. 10,6,8)–. Ambas afirmaciones se enmarcan en las reflexiones del santo sobre su propia conversión. De los cuatro elementos de este campo –corazón, flecha, libro y llamas–, solo dos son mencionados de forma explícita: el corazón y la flecha.  El libro y las llamas, se sobreentienden bajo los términos “palabra” y “caridad” respectivamente. Todos los elementos son simbólicos: el corazón simboliza la interioridad del hombre; la flecha, la palabra de Dios; el libro, la Escritura; las llamas, el amor de Dios. Del libro –la Escritura– sale la flecha –la palabra de Dios– ardiendo – con el fuego del amor de Dios– que hace arder el corazón de Agustín –con el mismo amor de Dios–.

La interpretación del emblema agustiniano resulta diáfana. La primera constatación es que asume lo específico del hombre: unir inteligencia y voluntad. Compagina verdad y amor, pero no cualquier verdad sino la verdad salvífica contenida en la Escritura, ni cualquier amor, sino el amor suscitado por la misma verdad salvífica. Verdad primero sobre Dios, que luego ilumina al hombre; amor cuya fuente es Dios, que luego invade al hombre. El emblema aúna, pues, luz y calor, ambos procedentes del venero de la Escritura; luz que ilumina la interioridad humana, el espacio personal donde él descubre toda su “historia”: pasado, presente y futuro; calor que, en este contexto, engendra siempre vida y nunca corrupción. Luz y calor unificados en las llamas que se elevan de la interioridad más profunda, en el fuego que se enciende en el brasero del Espíritu divino y funde al hombre en unidad diversificada con Quien le supera a él, con quienes son iguales a él. La luz –la verdad– acaba en calor –produce amor–; el calor –el amor– manifiesta la luz –revela la verdad–. La madre –la verdad– engendra al hijo –el amor–; el hijo –el amor– revela a la madre –la verdad–. Del conocimiento surge el amor; el amor ansía un conocimiento más seguro que, a su vez, producirá un amor más intenso, que anhelará un conocimiento aún más profundo, que impulsará un amor todavía más encendido, en un proceso que no conoce término. San Agustín había dicho: “no se accede a la caridad sino por la verdad” .

Es obvio que, si una flecha atraviesa el corazón de una persona, la sangre salta a borbotones. Pero no sucede así cuando una flecha incendiaria toca el corazón humano. En este caso la herida que produce es una quemadura, la quemadura del amor, en la imagen agustiniana. La flecha incendiaria hiere porque quema. En la representación simbólica de la idea del santo no hay lugar para gotas de sangre.

Representar solo el corazón significa faltar por defecto y empobrecer  la imagen. La razón es que queda sin indicar la fuente del amor y, consiguientemente, su naturaleza, datos aquí esenciales. San Agustín no  consideraba necesario invitar al amor, porque partía de que no hay nadie que no ame; de hecho, dado que el amor es principio de toda actividad, una persona que no ame algo o a nadie, morirá de inmediato por simple inacción. Lo que él pedía a sus fieles era que jerarquizasen su amor. Una distinción básica establecida por el santo al respecto es el amor como cupiditas y el amor como caritas. En el primer caso, el amor surge de la necesidad y se expresa como deseo; en el segundo, surge de una plenitud y se expresa como donación que no conoce necesidad alguna porque la plenitud es única. El amor como caritas proviene de Dios, lo impregna todo de Dios, y conduce a Dios. Este último es el amor con que Agustín comenzó a amar a Dios y al que se refiere el emblema de la Orden. Ahora bien, si solo se representa el corazón en llamas, se sabe que está ardiendo, pero no qué amor le hace arder.  En cambio, al representar también el libro se está indicando que el amor simbolizado en las llamas es el amor divino del que es acabada expresión la historia de salvación que relata la Escritura. La flecha es solo el medio que traslada el  fuego –el amor– de la Escritura –sin él no se entiende ella– al corazón humano. Únicamente el amor como caritas es capaz de sostener la unidad de almas y corazones hacia Dios de que habla en la Regla.

El libro no hace referencia al simple saber profano sino al saber último que da razón de todo otro saber: el saber sobre Dios y, desde él, sobre el hombre y el resto de la creación; se ha indicado también que el corazón en llamas no hace referencia a cualquier amor, por legítimo que pueda ser, sino al amor último, el que es fuente de todo otro amor lícito, el amor que, partiendo de Dios y tocando todo, conduce a Dios.

León XIV ha mantenido en su escudo la mitra, con la que Benedicto XVI sustituyó la habitual tiara que usaron durante siglos sus antecesores. El empleo de la mitra plateada con tres franjas doradas, representando los tres poderes del Papa (enseñar, santificar y gobernar) se interpretó como un gesto de humildad y una adaptación a los tiempos modernos, alejándose de la imagen monárquica asociada con la tiara. El Papa Francisco la mantuvo y ahora también León XIV.

El lema 'In Illo Uno Unum' ('En Aquel que es Uno, somos uno'), está tomado de un comentario de San Agustín al Salmo 127 y resume su mensaje de unidad en Dios, uno de los primeros conceptos que León XIV destacó en su primer mensaje al mundo.














Escudo cardenalicio versus escudo papal

 

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