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Palabras de despedida Jn 13,31-33a.34-35 (PAC5-19)

Es interesante releer el resumen de la misión de los apóstoles Pablo y Bernabé. Dan testimonio de Jesús, animan a los discípulos y les exhortan a perseverar en la fe.  La experiencia sufrida  en las tierras de Licaonia les enseña que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22). 
Los dos apóstoles dejan el altiplano y regresan a las costas del sur. En Atalía se embarcan y regresan a Antioquía de Siria. Allí los habían elegido los hermanos para iniciar aquel camino misional. Y allá vuelven para dar cuenta a la comunidad de lo que Dios ha hecho por medio de ellos.
Explicar a los hombres las hazañas del Señor es un motivo de alegría, como vemos por el salmo responsorial (Sal 144). La fe nos dice que hemos sido llamados a formar el pueblo de Dios y que Dios estará cono nosotros, enjugando nuestras lágrimas y ofreciéndonos un impensable motivo para la esperanza, como leemos en el Apocalisis (Ap 21,1-5).

LA HORA DE LA GLORIA
El evangelio que se proclama en este quinto domingo de Pascua nos lleva de nuevo al marco de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 13,31-35). El texto subraya que después que Judas ha salido ya del Cenáculo, Jesús toma la palabra para hablar de sí mismo y de la gloria que le espera.
• Allá en Caná de Galilea, Jesús había dicho a su Madre que no había llegado su hora. Sin embargo, su presencia cambiaba ya el agua de las purificaciones antiguas en el vino bueno de la alianza nueva. Aquel signo manifestó ya su gloria a los discípulos que lo acompañaban en aquella fiesta de bodas (Jn 2,11).
• Tras la entrada de Jesús en Jerusalén, unos peregrinos griegos piden a los discípulos Felipe y Andrés que les faciliten un encuentro con el Maestro. Esa es la señal para que Él proclame que se acerca el momento que siempre ha esperado.  Dios le va a mostrar su gloria (Jn 12,23). Pero ese momento estará marcado por el signo de la pasión y de la muerte.
 • Ahora, en la intimidad de la cena pascual, Jesús manifiesta a sus discípulos que el tiempo se ha cumplido: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él” (Jn 13,31). Evidentemente, no llega la gloria que se espera de los triunfos sociales. La gloria del Hijo coincide con la aceptación de la voluntad del Padre.    

 LA SEÑAL DEL AMOR
 Jesús es consciente de que le queda poco tiempo para estar con los suyos. Así que, además de hablar de sí mismo y de la gloria que le espera, el Maestro expone el contenido del testamento que deja a sus discípulos.
• “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Amar a los demás como uno desea ser amado era el precepto contenido en el libro del Levítico (Lev 19,34). Era una regla razonable y bien conocida. Pero ahora Jesús se atribuía a sí mismo el modelo de ese amor. Amar como él amaba. Ese era el contenido de su testamento. Esa era la señal de la novedad del Mesías.
•  “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13,35). Evidentemente, Jesús no quería reducir el amor tan solo a un sentimiento. Había de ser una señal pública. El amor de cada uno a los demás se abría al espacio de la sociedad. Y remitía a la persona de Jesús. El amor cristiano era, pues, un símbolo de reconocimiento de los miembros de la comundad. Y un testimonio de fidelidad al Maestro.

El pastor y sus ovejas Jn 10,27-30 (PAC4-19)

 “Yo te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra” (Hech 13,47). Esas palabras del libro de Isaías, señalan a Pablo y Bernabé un importante giro en su tarea misionera.  Han comenzando anunciado el evangelio a los judíos, pero en Antioquía de Pisidia comprenden que han de anunciarlo sobre todo a los gentiles, es decir, a las personas que pertenecen a la cultura helenista.
La tarea no ha de ser fácil, como habrán de experimentar a continuación en las ciudades de la región de Licaonia. Pero los dos apóstoles descubren en la realidad que van encontrando las rutas misioneras que se abren frente a ellos. Se diría que están dipuestos a leer los signos de los tiempos y a seguir el camino que Dios les indica.
El salmo responsorial, en cambio, nos invita a situarnos en el lugar de los que escuchan la palabra de los evangelizadores: “Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño” (Sal 99,3).

LA VOZ Y LA VIDA
Esa imagen de las ovejas y el rebaño reaparee en el evangelio que todos los años se proclama en este cuarto domingo de Pascua. Una vez más evocamos la imagen de Jesús como Buen Pastor. En el texto que leemos este año se contienen seis verbos que, al reflejar seis acciones, resumen y explican la relación entre Jesús y sus discípulos (Jn 10,27-28).
• “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco”. Escuchan la voz de Jesús quienes han decidido aceptarlo como su Maestro y vivir de acuerdo con su mensaje. Pero, al mismo tiempo, pueden tener la seguridad de que no son ajenos a la atención de ese Maestro que conoce a sus discípulos. 
• “Ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”.  Para escuchar al Maestro, es preciso seguir sus pasos. Siguen a Jesús los que han sido llamados por él y lo han dejado todo por él. Esos discípulos creen que los valores de la vida temporal encuentran su plenitud y su perfección en la vida eterna, a la que el Pastor los conduce.  
• “No perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano”. Son muchos los peligros y las tentaciones que acechan a los discípulos del Maestro. Pero el Buen Pastor les asegura que siempre los cuidará y los librará del mal.  El Buen Pastor vigila para que nada ni nadie pueda arrebatarle sus ovejas.

 EL PADRE Y LAS OVEJAS
 “Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 29-30). 
• “Más que todas las cosas”. Esta frase parece un tanto misteriosa. De hecho, puede significar que las ovejas que el Padre ha confiado a Jesús constituyen el mejor don de este mundo. Pero también puede indicar que el Padre es mejor y más fuerte que los que tratan de poner dificultades al rebaño que ha  confiado a su Hijo.
• “Nadie puede arrabatar nada”. El verbo griego que se traduce por “arrebatar” aparece muchas veces en el Nuevo Testamento. Todo indica que los discípulos del Señor habrán de sufrir múltiples asechanzas. Pero nadie es más fuerte que el Padre. Nadie puede arrebatar a Jesús las ovejas que el Padre ha confiado a su cuidado.
• “Yo y el Padre somos uno”. Tras indicar la relación de Jesús con sus discípulos, se revela la relación que le une a su Padre. Una relación nos lleva a la otra. Las ovejas pueden vivir en la confianza, sabiendo que el Padre de Jesús vela por el rebaño de su Hijo.

Encuentro junto al lago Jn 21-1-19 (PAC3-19)

 “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero… Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”.  Esta es la respuesta de Pedro al sumo sacerdote que prohíbe a los apóstoles enseñar en el nombre de Jesús (Hch 5,27-41).
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar persecuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de  Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).

CUATRO PASOS
El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras.
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).

 LA PRESENCIA DEL MAESTRO
Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús.
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida.  Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.