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La fe y el profeta Mc 6,1-6 (TOB14-15)

“Te hagan caso o no te hagan caso…, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Son  siempre actuales esas palabras que Dios dirige al profeta Ezequiel, según el texto que hoy se  lee en la celebración de la eucaristía. (Ez 2,2-5). Un texto que resume la misión del profeta. Nos habla, en efecto, de él, de las gentes y, sobre todo de Dios.
En primer lugar, el profeta ha recibido el Espíritu y escucha la palabra que Dios le dirige. Pero no la escucha para su propio beneficio, sino para transmitirla con toda fidelidad a los demás
Además, el profeta ha de cumplir su misión, aun sabiendo que con mucha frecuencia las gentes tratarán de ignorar el mensaje que Dios les comunica por medio del profeta.
Finalmente, la simple presencia del profeta es ya un mensaje sobre el Dios misericordioso que no olvida a su pueblo y ofrece su salvación aun a aquellos que la desprecian.
 
UNA TRIPLE FRUSTRACIÓN
En el comentario a la liturgia de hoy, la Comunidad de Bose subraya que, al regresar a su propia tierra, Jesús ha tenido que sufrir una triple frustración. De hecho,  el evangelio que hoy se proclama (Mc 6,1-6), nos lo presenta como un  “Sabio desconocido”, un “Profeta despreciado” y un “Médico reducido a la impotencia”.
• “¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado?” Las gentes de Nazaret se muestran muy satisfechas de su propia sabiduría. No están dispuestas a abrirse a otras formas de ver la realidad. También hoy se rechaza al evangelio si no apoya nuestras opciones sobre la vida personal, familiar o social.
• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. También hoy se desprecia la palabra profética y se calumnia a los profetas. En realidad, se rechaza su mensaje si no sirve para apoyar las pretensiones de un grupo social, de una lengua, de una cultura o de una determinada propaganda social.
• “No pudo hacer allí ningún milagro”. También hoy se piensa que la fe sólo puede servir para conseguir “milagros”. Pero de esa forma, no nos abrimos al misterio de la salvación que Dios nos ofrece. La fe se reduce a un instrumento para satisfacer nuestras necesidades de trabajo, de salud o de convivencia familiar. 
SENTIMIENTOS Y MISIÓN
El texto evangélico se cierra con un par de observaciones que nos ayudan a descubrir por un momento los sentimientos de Jesús y el talante con el que llevaba adelante su misión: 
• “Se extrañó de su falta de fe”. La fe en un ser humano es, sobre todo, un acto de confianza. Exige la salida del propio egoísmo y la confianza en el otro. No creemos en otro cuando tratamos de instrumentalizarlo para nuestro interés. También la fe religiosa supone un salto en el vacío. Las gentes de Nazaret no aceptan que Jesús supere lo que ellos sabían de él.
•   “Recorría los pueblos del contorno enseñando”.  El principio de la misión de Jesús es un estrepitoso fracaso. Pero Jesús no se desalienta. Los que debían de estar cerca se muestran muy lejanos a él y a su mensaje. Pero seguramente los de fuera se abrirán a escuchar una palabra que les traerá la salvación. 

La fe y la vida Mc 5,21-24.35-43

“Dios no hizo la muerte ni se recrea  en la destrucción de los vivientes”. Así lo proclama el texto del libro de la Sabiduría que hoy se lee en la celebración de la eucaristía “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella” (Sab 1,13-15; 2,23-25). 
Es verdad que la cultura griega del momento aceptaba solamente una cierta inmortalidad del espíritu humano, pero no podía llegar a creer en la resurrección de los muertos. Bien clara quedó esa resistencia en la actitud displicente con la que los sabios atenienses recibieron el discurso que San Pablo les dirigió en el Areópago.
El texto bíblico no pretende enzarzarse en esas discusiones. Al autor sólo le interesa subrayar la fe en el Dios creador de la vida. El hombre ha sido creado a imagen de Dios. Pero la justicia de Dios, es decir, su santidad y su misericordia son eternas. Luego también el hombre está llamado a sobrevivir más allá de la frontera de la muerte
 
LAS SEMEJANZAS

Acompañada de la enfermedad y el dolor, la muerte aparece también en el evangelio de hoy (Mc 5,21-43). Es un relato muy rico en el que las semejanzas se entrecruzan con los contrastes. Por muy interesantes que sean los detalles de esta doble escena, todos apuntan a Jesús. En Él se manifiestan el poder y la misericordia de Dios.
• En el texto se evocan de modo muy llamativo dos realidades tan humanas como son la enfermedad y la muerte. Ambas aparecen aquí reflejadas en la peripecia de dos mujeres. Una lleva doce años enferma de hemorragias. Y doce años tenía también la hija de Jairo al caer en brazos de la muerte. 
• En las dos situaciones se subraya el poder de la oración. Por la niña intercede su padre con una súplica expresada en palabras. La mujer enferma ruega por sí misma, desde el silencio de su soledad. En casa de Jairo, la algarabía deja paso al silencio. La mujer enferma es arrancada del silencio para hacer pública su sanación. Su silencio reclama la Palabra que es Jesús.

EL TACTO Y LA FE

El relato evangélico subraya además la importancia del tacto físico, es decir de la cercanía del ser humano a la humanidad de Cristo. Pero al mismo tiempo nos advierte del riesgo de caer en la magia. El tacto y la palabra son nada y menos que nada sin la fe. 
• En los dos casos, se subraya la importancia de  los sentidos. Jesús “notó” que alguien le había tocado y que de él había salido un poder. También la mujer enferma “notó” que había sido curada. Por otra parte. Jesús “tomó de la mano” a la niña muerta. Evidentemente, la divinidad de Cristo no supone la negación de su humanidad.
• Pero en los dos casos adquiere una importancia definitiva la fe. Creer en Jesús es confiar en la bondad y la misericordia de Dios, que se hacen manifiestas en las palabras y en los gestos de su Hijo. Jesús dice a la mujer que su fe la ha salvado. A Jairo Jesús le dirige una exhortación a la confianza: “No temas; basta que tengas fe”. 

Cuentos evangélicos

¿Cómo se sintió la mujer adúltera al ver que Jesús la libraba de una muerte horrible? ¿Cuál sería el itinerario interior recorrido por Juan Bautista en su vuelta del desierto al Jordán? ¿Cómo nos narraría el hermano de Jairo la sorprendente resurrección de su sobrina, de la que él fue testigo de excepción? Acostumbrados a acercarnos al Evangelio para sacar de él inmediatamente una moraleja, corremos a menudo el riesgo de pasar de puntillas por el eco tan personal, tan humano, que todos esos acontecimientos hubieron de dejar en sus protagonistas.
Estos cuentos, introducidos cada uno de ellos por una imagen de Fano, son un sencillo intento de aproximarnos a él.

Autor Ricardo Vargas
Editorial Monte Carmelo (Colección Agua Viva) 138bpáginas
ISBN 978-84-8353-555-4
Precio 14 euros

El viento y el mar Mc 4,35-40 (TOB12-15)

“Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas”. Con esas órdenes terminantes Dios ha puesto límite a los mares, según él mismo recuerda a Job (Job 38,11). Pero ¿por qué mencionar la bravura del mar?
Como se sabe, según el libro bíblico, Job es un hombre bueno. Ha cumplido la ley del Señor y espera que Dios recompense su fidelidad. Lo que no se espera son los desastres que le sobrevienen de pronto, incluida la muerte de sus hijos y su propia enfermedad.
Los amigos parecen venir a consolarle, pero no hacen más que repetirle la tesis tradicional. Dios premia a los buenos con bienes y castiga a los malos con males. Si a Job le han caído tantos desastres es señal de que ha sido un malvado. Job se subleva y desafía al mismo Dios.
Dios acude a la llamada para recordarle que sólo Él puede frenar la fuerza de los mares. Si Job no conoce los secretos de la naturaleza ni tiene fuerza para dominar a la creación, ¿cómo pretende conocer el misterio de la retribución? Haría bien en callarse. Y eso es lo que hace Job.
 
LAS PARADOJAS

En el evangelio de hoy aparece también el mar. Un vendaval lanza unas olas tan grandes que el agua va llenando la barca, en la que navegan los discípulos, llevando a Jesús a bordo (Mc 4, 35-40).  Este relato tan conocido presenta algunas paradojas.
 • Los discípulos han obedecido la indicación de Jesús de pasar a la otra orilla del lago. Pero la obediencia al Maestro y la misión a la que les ha llamado no les ahorran los riesgos y el peligro de hundirse en el mar.
• Jesús ha mostrado su poder contra los demonios. Y mostrará ahora su dominio de los vientos y los mares. Pero ahí está en la barca, dominado por el cansancio y por el sueño. Evidentemente su fuerza se manifiesta precisamente en su debilidad.
• Los discípulos han seguido a Jesús. Y, dominados por el miedo son capaces de pedirle ayuda. Pero el Maestro no deja de reprocharles su cobardía y su falta de fe. Es claro que la fe se presenta como el puente que nos ayuda a pasar del miedo a la confianza.

LAS PREGUNTAS

Este relato evangélico parece girar en torno a dos preguntas que brotan espontáneas de la boca de los discípulos de Jesús:
•  “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” En la pregunta se esconde ya la respuesta. Es claro que a Jesús sí le importan sus discípulos. Los ha elegido personalmente. Y presta atención a sus problemas y dificultades. Al Señor la preocupa siempre la suerte de sus seguidores. Esta es la pregunta de la desconfianza por parte de los seguidores de Jesús.
• “¿Pero quién es éste a quien el viento y las aguas obedecen?”  También en esta pregunta se incluye la respuesta. Jesús es un hombre en quien se hace presente la fuerza del Dios que había puesto fronteras a los mares. Esta es la pregunta que revela el camino que conduce a la fe y al testimonio de la fe en el enviado por Dios.
Así pues, los seguidores de Jesucristo hemos de saber que la fe no va ahorrarnos las dificultades y los riesgos. Pero, aun en medio de las dificultades, hemos de comportarnos con la confianza y la esperanza que brotan de la fe.

La alegría del evangelio. La web de Raúl Navarro Barceló

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