Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo Ordinario C y JR Flecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tiempo Ordinario C y JR Flecha. Mostrar todas las entradas

Dos orantes antes Dios Lc 18,9-14 (TOC30-25)

   “El Señor es juez, y para él no cuenta el prestigio de las personas. Él no hace acepción de personas en perjuicio del pobre, sino que escucha la oración del oprimido” (Eclo 35,12-13). 

Bien sabemos que el tema de la oración aparece en muchas páginas de la Biblia. En este mismo contexto, el libro del Eclesiástico añade: La oración del humilde atraviesa las nubes y no se detiene hasta que alcanza su destino” (Eclo 25,17).

El salmo responsorial reafirma esa convicción al proclamar que “el Señor está cerca de los atribulados y salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a él” (Sal 33,19.23).

San Pablo, sabiendo que el momento de su partida es inminente, escribe a su discípulo Timoteo que Dios es un juez justo, que entregará la corona de la justicia a quienes hayan aguardado con amor su manifestación (2 Tim 4,6-8.16-18).

ORACIÓN Y ESPERANZA

En el evangelio de Lucas aparece muchas veces el tema de la oración. En esta ocasión  se nos presenta la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14). En ella se nos dice que la oración revela la interioridad de la persona y la comprensión que tiene de sí  misma.  

• El fariseo observa la Ley del Señor y suele dirigir hacia él su mirada. Pero se atribuye a sí mismo el mérito de esas dos cualidades que lo distinguen. Se gloría de su  moralidad y de su piedad, olvidando que son un don de Dios. Su autosuficiencia le permite juzgar y despreciar a otro, que también dirige a Dios su oración.  

• El publicano se ocupa en la recaudación de los impuestos que el imperio romano exige a sus súbditos. A causa de ello, es considerado por el pueblo como un pecador. Él sabe que solamente en Dios puede encontrar acogida y comprensión. Por eso no puede más que susurrar una oración en la que solo puede implorar la  misericordia de Dios.  

Ante estos dos ejemplos, podemos recordar uno de los proverbios de Raimundo Lulio que resulta muy apropiado para este año jubilar: “Ruega con esperanza y espera con oración”

LA MENTIRA Y LA VERDAD

En su encíclica sobre la esperanza, el papa Benedicto XVI escribió que en la oración, el hombre “debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también” (SS 33).  

• “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres”. El fariseo cree en sí  mismo más que en Dios. Su oración nos lleva a nosotros a reconocer nuestra autosuficiencia y la frivolidad con la que a veces solemos juzgar a los demás.

• “Oh Dios, ten compasión de este pecador”. Esta oración del publicano nos invita a considerar de verdad la seriedad del pecado. Pero también nos lleva a confiar en la misericordia de Dios, que no se cansa de escuchar, acoger y perdonar a los humildes.

Insistir en la oración Lc 18,1-8 (TOC29-25)

“Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec”. Josué se enfrenta en el llano a  los amalecitas y Moisés ora en el monte por su pueblo (Éx 17,8-13). Un buen ejemplo de colaboración a la hora de llevar adelante los planes de Dios. 

El texto recuerda la fe de Moisés y nos anuncia el papel que Josué ha de representar como  el futuro guía de su pueblo. La imagen de Moisés orando con los brazos en alto evoca la misericordia de Dios y la gratuidad de la liberación.  

El salmo responsorial evoca aquel momento de la historia de Israel para orientar la oración de los creyentes: “Levanto  mis ojos a los motes; ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me vine del Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Sal 120,1-2).

San Pablo dice a Timoteo que la Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud para poder llevar a cabo toda obra buena  (2 Tim 3,16-17).

LOS TRES PERSONAJES

También el evangelio subraya el valor de la oración. Para reflejarlo de una forma fácilmente inteligible, Jesús lo expresa en la parábola de la viuda y el juez injusto  (Lc 18,1-8). Los dos personajes encarnan dos tipos humanos de personas, al tiempo que reflejan los atributos de Dios. 

• La viuda era en Israel la imagen más evidente de la pobreza y el desamparo. La  mujer viuda se veía sola y no tenía quien defendiera sus derechos ante la asamblea popular. En este caso, se dice que sus derechos han sido ignorados y pisoteados repetidas veces por los prepotentes.

• Por otro lado aparece el juez al que acude la viuda reclamando justicia. La Biblia evoca varias veces lrectitud de los jueces y el respeto que muestran a la ley y las personas. Pero este juez no merece confianza: “Ni temía a Dios ni le importaban los hombres”.  

• Este juez corrupto ignora a la viuda que le suplica. Al fin el juez accede a escucharla, tan solo para librarse de su insistencia. Por contraposición, se anuncia que Dios escucha la oración de los que le suplican y les hace justicia. Dios es justo y compasivo, misericordioso y fiel.

LA SÚPLICA Y LA INJUSTICIA

Es preciso orar con insistencia. La parábola del juez inicuo que ignora el lamento de la pobre viuda nos lleva también a recordar el tono suplicante de aquella mujer:

• “Hazme justicia frente a mi adversario”. La situación se repite en todo tiempo y lugar. Hoy muchas personas se sienten marginadas en la sociedad, en el puesto de trabajo y aun en su propia familia. Pero tienen derecho a reclamar justica y atención a sus derechos. 

• “Hazme justicia frente a mi adversario”. También la Iglesia, como comunidad tantas veces humillada, puede y debe dirigirse a Dios. De hecho, habrá de implorar su misericordia y su justicia, cuando muchos de sus hijos son calumniados y perseguidos hasta la muerte.

• “Hazme justicia frente a mi adversario”. Muchas personas y comunidades ven pisoteados sus derechos por la injusticia de los poderosos. Pero Dios no es neutral. Pensar en el juicio de Dios es un motivo de esperanza, como escribió Benedicto XVI en su encíclica “Salvados en esperanza”. 

La lepra de este tiempo Lc 17,11-19 (TOC28-25)

Naamán, jefe de los ejércitos de Siria, llegó a Samaría buscando remedio para su lepra. No encontró la curación en el rey, sino en un profeta. Obedeciendo a Eliseo, reconocido como el hombre de Dios, se bañó siete veces en el Jordán. Al verse curado, exclamó: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el Dios de Israel” (2 Re 5,13-17).  

La experiencia  nos dice que, aunque parezca poderoso, el ser humano es más vulnerable de lo que se imagina. El relato bíblico evoca la dignidad, la libertad y la generosidad del profeta, que acoge a los necesitados, sean de la raza y religión que sean. Pero el relato habla sobre todo de la fe. Aun siendo pagano, Naamán llega a descubrir el poder de Dios sobre el mal.

Esa  misericordia universal de Dios se refleja en el  salmo responsorial de este día:  “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 97,3).

Su misericordia y su fidelidad se besan. Como escribe el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, “Dios permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13).

CONFIANZA Y COMPASIÓN

También el evangelio de hoy evoca la plaga de la lepra (Lc 17,11-19). A Jesús llegan un día unos leprosos que vagan por los campos, alejándose de los pueblos y ciudades, según lo prescribe la Ley.

Pero, de alguna manera, han conocido el poder y la misericordia de Jesús.

Desde lejos le imploran a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. La compasión del profeta Eliseo se hace ahora realidad en la persona de Jesús, que los envía a los sacerdotes para que certifiquen su curación y puedan así integrarse  en la sociedad.

• Es cierto que, junto a la misericordia de Jesús, el relato subraya la confianza de los leprosos que acuden a él. En realidad, aun antes de verse curados de su lepra, obedecen el mandato del Maestro y se disponen a ir en busca de los sacerdotes.  

• Además, el relato evangélico anota que, entre los diez que habían pedido su  curación, solo uno de ellos regresa a dar gracias por haberla obtenido. Pero ese que se muestra agradecido es un samaritano, considerado como enemigo y proscrito por los judíos y los galileos.

FE Y GRATITUD

Precisamente a este leproso que regresa para agradecer la sanación se dirigen las palabras de Jesús con las que se cierra este relato:  

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Es evidente que aquellos leprosos no han sido curados por la Ley de Moisés y por la intervención de los sacerdotes, sino por la fe en el Maestro de la nueva Ley. La sanación refleja la salvación integral que solo puede venir de él.

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. El relato evangélico nos dice que también el creyente de hoy ha de aprender a pedir y agradecer la sanación integral. Puede dirigirse al Señor en oración. Y debe agradecer al Señor el don gratuito de la salvación.

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Hoy son  muchos los que se consideran lejos de Dios. Pero también ellos pueden acercarse al que es la fuente de la gracia. La solidaridad en el dolor y en la prueba nos invita a  todos a celebrar y agradecer la salvación universal.

El justo vive por la fe Lc 17,5-10 (TOC27-25)

“El altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá” (Hab 2,2-4). Esa frase no es un proverbio popular. Es un oráculo que el profeta Habacuc recibió del mismo Dios. Por eso, se ha convertido en una lección inolvidable para todos los creyentes

El profeta lamenta la injusticia y la violencia, las luchas y contiendas que desgarran a su país. Aquella sociedad corrupta parece destinada a un desastre total. Una invasión de los caldeos traería consigo la crueldad y la rapiña, la muerte y el destierro.

Previendo ese futuro, Habacuc se dirige a Dios con una súplica angustiosa: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas y te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves?” Dios responde que solo la fe puede ayudar a su pueblo a descubrir el sentido de tanto dolor.

En el mismo sentido resuena la exhortación divina que  se encuetra en el salmo responsorial de la misa de este domingo: “No endurezcáis el corazón” (Sal 94).

Para todo el pueblo de Dios valen las palabras que san Pablo dirige a su discípulo Timoteo: “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio… Vive con fe y amor cristiano” (2 Tim 6-14).

  UN GRANO DE MOSTAZA

También el evangelio de Lucas que hoy se proclama retoma la reflexión sobre la fe (Lc 17,5-10). En él aparecen una súplica, una imagen y una exhortación. 

• La súplica que los apóstoles dirigen a Jesús debería ser la nuestra: “Auméntanos la fe”. Entre nosotros hay personas que se dicen creyentes y no practicantes. Pero también hay practicantes que no parecen muy creyentes. Todos deberíamos repetir esa petición.

• La imagen que ofrece Jesús nos dice que basta tener fe como un granito de mostaza para arrancar de raíz una morera y plantarla en el mar. La fe nos llevaría a cambiar el mundo. Con la fe renacería la justicia. Los poderosos se harían servidores de los pobres.

• La exhortación retoma la imagen del criado que ha hecho lo que debía. Jesús nos ofrece una pauta para no presumir de  nuestra fe. Contra la tentación de creernos protagonistas,  basta confesar con sencillez: “Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer”. 

UN AUMENTO DE FE

Con todo, ninguno de nosotros debería dejar en el olvido esa petición que los apóstoles dirigen al Señor. Es una oración de alcance universal y merece ser recordada.

• “Auméntanos la fe”. La fe es un don gratuito de Dios. Solo si lo valoramos como lo que es como, lo pediremos con insistencia, lo recibiremos con gratitud y lo cuidaremos con responsabilidad a lo largo de toda nuestra vida.   

• “Auméntanos la fe”.  La fe es también confianza en Dios. Es el resumen de la vocación de toda la Iglesia. La comunidad cristiana ha sido llamada por su Señor a confiar en él, también en los momentos de prueba y aun de persecución.  

• “Auméntanos la fe”.  La fe es finalmente un horizonte para toda la humanidad. La fe no es enemiga de la libertad. Al creer no hacemos un favor a Dios. Pero es Dios quien nos da la luz para caminar en las tinieblas y para reconocerlo en nuestros hermanos.

El rico y el pobre Lc 16,19-31 TOC26-25

 “Os acostáis en lechos de marfil; tumbados sobre los divanes, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo”. Amós era un pastor allá en las tierras de Técoa, en el reino de Judá. Un día subió a Samaría, en el reino de Israel. Al percibir el lujo de que alardeaban algunas personas, no pudo evitar denunciarlas con su lenguaje de pastor (Am 6,1.4-7).  

Junto a los ricos, vió la miseria de los pobres, la indiferencia de los que los marginaban y la corrupción de los jueces que se vendían por un par de sandalias. Es verdad que no se creía un profeta, pero sabía que nadie puede ignorar el bramido de una fiera. Según él, cuando Dios habla, nadie puede quedar en silencio, sin transmitir su mensaje. 

El salmo responsorial subraya esa experiencia, al confesar la justicia e imparcialidad de Dios: “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos” (Sal 145,7). 

Por su parte, san Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a practicar la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la delicadeza (1 Tim 6,11).

EL NOMBRE DEL POBRE

El evangelio de este domingo  nos presenta a un hombre rico que se viste con ropajes de lujo y cada día organiza un banquete escandaloso. Y, al mismo tiempo, recuerda a un mendigo que espera satisfacer algo de su hambre con las migajas que caen de la mesa del rico, mientras deja ver unas llagas que lamen de vez en cuando los perros callejeros (Lc 16,19-31).

 Es interesante observar que el relato evangélico no da el nombre del rico, mientras que recuerda el nombre del pobre. Se llama Lázaro, que significa “Dios ayuda”. Cabe preguntarse si Jesús conocía a un pobre con ese nombre o se lo atribuye con toda intención. 

Ahora bien, esas diferencias que los marcaban en la vida quedaron invertidas  más allá de la muerte. El pobre participa ahora de la mesa y de las bendiciones de Abrahán, el amigo de Dios. Pero el rico es arrojado a un infierno, que se describe como un horno de fuego. 

Es más, el rico que durante su vida no había compartido con el pobre su comida y su bebida, pide ahora que ese mismo pobre se acerque a él con una gota de agua para refrescar un poco sus labios abrasados.  

 LA CLAVE DEL JUICIO

Es asombroso oír que el rico conoce el nombre del pobre. Y ruega a Abrahán que lo envíe a sus hermanos para que cambien de conducta y no vayan a terminar en el fuego que él padece.  Las dos respuestas de Abrahán son un aviso para las gentes de todos los tiempos.

• “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. No es fácil escuchar a los profetas que Dios nos envía. Su misión es anunciar el bien y la verdad y denunciar el mal y la mentira. Pero es fácil descalificar a los mensajeros para no aceptar el mensaje.     

• “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”. Todos esperamos una revelación extraordinaria. Pero Dios no nos envía muertos resucitados para que nos adviertan. Nos envía testigos de la fe que viven junto a nosotros. 

Los fraudes y la responsabilidad Lc 16,1-13 (TOC25-25)

“Escuchad esto los que exprimís al pobre, despojáis a los miserables, diciendo: ¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo y el sábado para ofrecer el grano?” (Am 8,4). Amós, un pastor llegado de Técoa a Samaría muy pronto descubrió y denunció las injusticias y los atropellos que allí se cometían contra los pobres.

Cuando comenzaron a rechazarlo como profeta, respondió que nadie puede dejar de temblar cuando el león ruge en la selva.  Sería un pecado guardar silencio frente a los los fraudes y los abusos contra los más indefensos de aquella sociedad que presumía de próspera al tiempo que se gloriaba de observar el descanso del día del sábado.

El salmo responsorial de este domingo nos exhorta a proclamar que el Señor “levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre” (Sal 112,7).

Por otra parte leemos una confesión de fe que san Pablo escribe a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). No olvidemos que esa voluntad de Dios se refiere tanto al oprimido como al opresor.

LO REALMENTE IMPORTANTE

El evangelio nos presenta hoy una parábola que refleja una actitud  que se ha repetido con frecuencia. Un administrador ha defraudado a su amo y va a ser despedido por ello. Pero con el fin de ganarse unos amigos, falsifica los documentos para disminuir la cantidad que todavía deben a su amo.  Con ello, espera que lo ayuden cuando se encuentre sin trabajo (Lc 16,1-13).

Contra lo que cabría imaginar, el amo felicita a ese administrador infiel, no por su corrupción, sino por la astucia que demuestra. Jesús concluye su parábola con una afirmación  que podría aplicarse a muchas situaciones actuales: “Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”. 

Es evidente la frecuencia con la que aparecen los dineros en el evangelio de Lucas. Por eso, algunos piensan que tal vez el dueño ha llegado a comprender lo que es realmente importante. No merece la pena perder la paz por la pérdida de unos beneficios económicos. 

NUESTRA VOCACIÓN CRISTIANA

Según el texto evangélico, la parábola lleva a Jesús dirigir a sus discípulos algunas reflexiones de tipo sapiencial. Es verdad que en ellas refleja algunas actitudes humanas, pero sobre todo subraya una vez más la grandeza de Dios.

• “El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar”. Todo ser humano ha de ser honrado en los pequeños compromisos de cada día. Eso lo prepara  para ser responsable en su tarea y para aceptar el proyecto de Dios.

• “Ningún siervo puede servir a dos amos”. Cuando el corazón está dividido no puede tener paz, ni en el trabajo ni en la vida familiar. Pero la división de nuestro servicio llega a ser dramática si queremos ser fieles a las voces del mundo y olvidamos la voz de Dios.

• “No podéis servir a Dios y al dinero”. Siempre tendemos a elegir, a votar y a servir a los que nos ofrecen seguridades inmediatas. Pero solo Dios es Dios. Solo quien adora solamente a Dios, puede encontrar la libertad y reivindicar su verdadera dignidad.

El recuerdo de la cruz (Jn 3,13-17) Fiesta 14 de septiembre

“Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba la serpiente de bronce y salvaba su vida” (Núm 21,9). 

Como para evitar la tentación de acudir a la magia para lograr la curación, el libro de la Sabiduría explica que aquel era un signo de salvación. “El que lo miraba se curaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, salvador de todos” (Sab 16,7).

Recordando cómo los hebreos se olvidaban del Dios que los había liberado de la esclavitud padecida en Egipto, el salmo responsorial nos recuerda que “él, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: una y otra vez reprimió su cólera, y no despertaba todo su furor” (Sal 77,38).

San Pablo, por su parte, recoge un conocido himno, en el que se afirma que Jesús, “siendo de condición divina, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-11).

CRUZ Y EL ANCLA

En su diálogo con Nicodemo Jesús se comparó a sí mismo con la antigua serpiente del desierto: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15).

Jesús habría de ser elevado en la cruz para ofrecer la salvación a todos los que volvieran a él sus ojos y su confianza. Es claro que nuestra salvación no brota de la madera de la cruz, sino del crucificado en el madero, es decir de su entrega a Dios por nosotros. 

Al venerar a un crucificado, los cristianos somos una auténtica provocación social. En un mundo que solo aspira a la comodidad y el disfrute, al triunfo y la fama, aceptar la cruz parece una locura. La cruz molesta en todas partes. Y proclamar que la cruz es el camino para la salvación suena como un agresivo desafío. 

Sin embargo, no podemos olvidar que, en el logo elegido para este año jubilar, la cruz que abrazan los peregrinos se presenta como un ancla de salvación.

GRATITUD Y COHERENCIA

El signo y el misterio de la cruz se expresan en palabras de entrega. El evangelio de Juan coloca en labios de Jesús el mejor comentario a esta certeza (Jn 3,13-17).

• “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único”. Dios no es enemigo de su creación. La vida y la muerte de Jesús son el gran signo del amor de Dios al mundo. Y la entrega de Jesús a su Padre refleja el acto por el que el Padre nos ha entregado a su Hijo.

• “Para que no perezca ninguno de los que creen en él”. El fin de la entrega de Jesús es presentado como un rescate. Si aceptamos su vida y su doctrina, seremos liberados de la frustración humana y del riesgo del fracaso de nuestra existencia.

• “Para que tengan vida eterna”. La entrega de Jesús da sentido a nuestra vida.  Su vida se ha distinguido por su  donación a los pequeños, a los humildes y a los pobres. Esa es la vida que pervive hasta más allá de la muerte y nos une para siempre al Dios viviente.

La verdad de la vida Lc 12,13-21 (TOC18-25)

 “Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad” (Ecl 1,2). Es muy conocido este texto del libro del Eclesiastés. Más adelante, ofrece una reflexión sobre el trabajo: “Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción a quien no ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia” (Ecl 2,21-23). 

Generalmente tendemos a olvidar que  no vamos a vivir siempre. Por larga que nos parezca, la vida es muy breve. ¿Para qué tratar de acumular unos bienes que tendremos que dejar  muy pronto?   

En el salmo responsorial, reconocemos ante Dios la fugacidad de esta vida tan frágil y escurridiza:  “Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna” (Sal 89).

San Pablo nos recuerda que hemos resucitado con Cristo. Por eso, nos exhorta a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3,1-2).

LA HERENCIA Y LA COSECHA

El evangelio según san Lucas menciona con frecuencia a los pobres y a los ricos. El texto que se proclama en la misa de este domingo (Lc 12,13-21) se refiere al vicio de la codicia

• En primer lugar uno de los que le escuchan ruega a Jesús que haga de mediador en una discusión sobre la herencia familiar: “Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia” (Lc 12,13).  No nos extraña. También hoy son muchos los que desean que intervenga el Señor para solucionar sus conflictos y disputas. 

• En segundo lugar, Jesús habla de un hombre rico que está muy satisfecho por la abundante cosecha que ha recogido. Piensa que tendrá que construir unos almacenes más amplios para recogerla. Pero del cielo le llega un mensaje inesperado: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” (Lc 12,20).

La parábola evoca la caducidad de la existencia y subraya la arrogancia y el engaño en el que vivimos al no aceptar la verdad de la vidaLa abundancia de los bienes no nos garantiza una larga vida. Es la  misma lección que se desprende del inicio del libro del Eclesiastés  

DIOS Y LOS DEMÁS

Es interesante descubrir que la parábola contrapone a la palabra del rico la palabra de Dios. El rico espera disfrutar de su cosecha durante muchos años. Pero Dios le anuncia que su vida ha llegado a su término. 

• “Necio, esta noche te van a exigir la vida”. La sabiduría refleja la armonía del hombre con Dios, pero la necedad revela el orgullo de la persona. Por eso la Biblia califica el pecado como una necedad. Nadie es dueño de su futuro. Quien decide la duración de la vida humana no es el hombre sino Dios. 

• “Lo que has acumulado ¿de quién será?” Además de escuchar la voz de Dios, el hombre siempre ha de prestar atención a sus hermanos. El rico ha logrado una buena cosecha, pero hará bien en recordar a las personas que lo rodean. Nada nos pertenece para siempre. Nuestros bienes siempre los heredarán “otros”. 

El valor de la hospitalidad Lc 10,38-42 (TOC16-25)

“Señor, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo”.  Con este ruego recibe Abrahán a los tres peregrinos que han llegado hasta su tienda (Gn 18,1-10). En sus labios se convierte en oración la famosa hospitalidad de los beduinos.

Pero el texto recoge también la promesa que formula uno de los peregrinos que han sido acogidos por Abrahán: “Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”. Evidentemente, es Dios quien habla por medio de aquellos mensajeros. 

Evocando esta escena bíblica, también nosotros podemos exclamar: “Señor, ¿Quién puede hospedarse en tu tienda?” (Sal 142,2). Según este salmo, las virtudes nos capacitan para encontrarnos con los demás y con el mismo Dios.

Por otra parte, san Pablo dice que acepta sus sufrimientos para completar en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su cuerpo que es la Iglesia (Col 1,24-28).

LA QUEJA DE  MARTA

También en el evangelio que hoy se proclama encontramos una escena de hospitalidad. Mientras va de camino, Jesús se detiene en una aldea. Una mujer llamada Marta le ofrece hospitalidad en su casa y se preocupa de servirle. Mientras tanto, su hermana María se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra (Lc 10,38-42).

Marta se queja ante Jesús de que su hermana la deje a ella sola ocuparse de las atenciones que requiere la hospitalidad: “Señor no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”.

 Es evidente que Marta está incómoda por la actitud de María. Le parece que el Maestro ignora todo lo que ella está haciendo para ofrecerle una decorosa hospitalidad. Según ella, Jesús debería prestarle un poco de atención.

Las palabras de Marta nos hacen recordar la tempestad en el lago de Galilea. En aquella ocasión, los discípulos se habían dirigido a Jesús con un grito de angustia: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” (Mc 4,38).

El escenario es muy diferente, pero la queja de Marta es muy semejante. En un caso y en otro late la inquietud por la aparente indiferencia de Jesús ante la situación de la persona.

LA RESPUESTA DE JESÚS

Ahí queda esa nerviosa pregunta de Marta. Pero a todos nos interesa escuchar la doble respuesta que Jesús le dirige. 

• “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria”. En estos tiempos, tanto la Iglesia como la sociedad parecen muy afanadas en multiplicar sus ocupaciones  terrenas, mientras se olvidan de reflexionar sobre la verdad que nos hace libres.

• “María ha escogido la mejor parte, y no le será arrebatada”. Esta frase de Jesús se dirige a la Iglesia, llamada a escuchar la palabra del Señor. Pero interpela también a una sociedad que desprecia los símbolos cristianos, persigue a los creyentes y los condena  a  muerte.

El prójimo Lc 10,25-37 (TOC15-25)

“El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (Deut 30,14).  El libro del Deuteronomio pone en boca de Moisés la invitación a escuchar sus mandamientos y ponerlos en práctica..

Los mandamientos de Dios no son unas normas irracionales.  Reflejan los grandes valores éticos que los hombres pueden llegar a descubrir  por su propia razón. De su cumplimiento depende la afirmación y el respeto de la dignidad humana. Además, el cumplimiento de los mandamientos garantiza la paz y la justicia entre las gentes y los pueblos.

El salmo responsorial que hoy se canta nos exhorta a vivir en humildad y nos invita a buscar al Señor, para que podamos alcanzar una vida nueva y feliz (Sal 68,33-34).

San Pablo recuerda a los colosenses que Dios nos concede la paz por medio de la sangre de Cristo, derramada en la cruz (Col 1,15).

LA ENSEÑANZA DE LA LEY

En el evangelio de este domingo se dice que un letrado se acerca a Jesús y le dirige una pregunta muy semejante a la del joven rico: “Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25-37).  

Jesús le responde preguntándole qué es lo que está escrito en la ley. El letrado cita el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser” (Dt 6,5).  Y añade  otro precepto tomado del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18).

El primer precepto era admitido sin discusión. Pero el segundo suscitaba muchas interpretaciones. Para unos, el prójimo digno de amor era todo el que pertenecía al pueblo de Israel. Para otros, prójimo era tan solo quien cumplía la ley. Así que el letrado quiere conocer la opinión personal de Jesús y le dirige una segunda pregunta: “¿Quién es mi prójimo”.

TESTIGOS DE LA MISERICORDIA

Jesús cuenta que un viajero que baja de Jerusalén a Jericó es asaltado por los ladrones que lo roban, lo apalean y lo dejan medio muerto. Por allí pasan tres viajeros

• En primer lugar, pasa por allí un sacerdote. Ve al hombre maltrecho, pero da un rodeo para no acercarse a él, tal vez para no contaminarse con la sangre antes de ir a ofrecer un sacrificio. En realidad, no se interesa por el hombre malherido..

• Después pasa por el mismo lugar un levita, que repite los mismos gestos. También él da un rodeo para mantenerse alejado del herido. Y también él trata de ignorar la desgracia de aquel hombre y pasa de largo.

• Pero pasa un viajero que se fija en el herido. Se le conmueven las entrañas, cura sus heridas, lo carga en su cabalgadura y lo lleva a un albergue, lo atiende personalmente, pide al posadero que cuide de él y promete volver para  pagar los gastos que el cuidado haya causado.

  Al final del relato, Jesús pregunta al letrado quién se hizo prójimo del hombre apaleado. El letrado responde secamente que aquel que tuvo misericordia. Sus prejuicios y resentimientos no le permiten decir que el que se hizo prójimo era un samaritano.

Mensajeros de la alegría Lc 10, 1-12.17-20 (TOC14-25)

 “Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis, alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto” (Is 66,10). Es impresionante esta invitación a la alegría  que se encuentra en el último capítulo del libro de Isaías. Después del exilio en Babilonia, Dios va a facilitar el nacimiento de la nueva Jerusalén. 

El texto emplea una imagen altamente expresiva en aquel tiempo y en aquel lugar. Dios va a hacer que la paz corra hacia Jerusalén con la abundancia de un río caudaloso. Esta presencia misericordiosa de Dios será la verdadera causa de la alegría para su pueblo. 

La alegría reaparece también en el salmo responsorial: ”Alegrémonos con Dios, que con su poder gobierna eternamente” (Sal 65,6).

Con todo, la felicidad y la gloria no tienen su causa en los logros humanos. San Pablo escribe a los gálatas que él solamente puede gloriarse en la cruz de Jesucristo  (Gál 6,14-18).

LA PRESENCIA DEL REINO

Según el evangelio de Lucas, al iniciar su subida hacia Jerusalén, Jesús envía a sus discípulos por delante de él, para que le preparen el camino (Lc 10,1-12.17-20).  

• Jesús los envía de dos en dos, porque en su tierra, el testimonio de una persona solamente era creíble cuando era apoyado por otra persona. Además, los discípuos habían de caminar unidos, puesto que eran enviados a anunciar la paz. 

• Jesús los envía ligeros de equipaje. El mensaje que anuncian no se apoya en la fuerza, en las riquezas o en los medios de los mensajeros. 

• Además, los mensajeros han de curar a los enfermos que se encuentren. Han de ser  recibidos como portadores de la misericordia y de la compasión de su Maestro.   

• Y este es el mensaje que han de proclamar en todo lugar: “Está cerca de vosotros el Reino de Dios”. No se trata de amedrentar a las gentes. Al contrario: les anunciarán la presencia de Dios entre los hombres. En realidad, Jesús mismo era ya el Reino de Dios. 

LA VERDADERA ALEGRÍA

Según el texto evangélico, los discípulos retornan de su misión y comunican a Jesús los efectos de su predicación, de las curaciones y de los exorcismos que han realizado. Y su experiencia es el contenido de su diálogo con el  Maestro:

•  “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”. El nombre significa y representa la dignidad de Jesús. Los discípulos han podido comprobar el poder que ejerce el nombre del Maestro sobre el espíritu del mal.

• “No estéis alegres porque se  os someten los espíritus”. Ante la alegria de sus discípulos, Jesús les advierte que no caigan en la ingenuidad de creer que yan han logrado someter a los espíritus que manejan este mundo.

• “Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. Los discípulos aludían al nombre de Jesús, pero él alude ahora al nombre de los suyos. Han de alegrarse porque el Padre los tiene ya presentes en su reino.

Las columnas de la Iglesia Mt 16,13-19

 San Pedro y san Pablo son los pilares de la Iglesia. Pero su categoría humana los convierte en modelos de coherencia y de rectitud. 

El libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 12,1-11) nos lleva a recordar un famoso fresco de las “logias” vaticanas, en el que Rafael dejó plasmada la liberación de Pedro. Herodes lo había metido en la cárcel durante la semana de Pascua. Pero “mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”. 

Con Simón Pedro nosotros repetimos confiadamente la palabras del salmo:  “El Señor me libró de todas mis ansias” (Sal 33).

LA ORACIÓN DE LA IGLESIAS

Orar por Pedro era un deber de gratitud y de amor para la primera comunidad de Jerusalén. Pedro habrá de ser bien consciente de que esa oración de su gente le ha “liberado de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos” (Hech 12,11). 

De Pedro nos dice el evangelio (Mt 16,13-19) que reconoció a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. A cambio, Jesús le cambió su nombre de Simón por el de Pedro, para hacer de él la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. 

También Pablo era consciente de que el Señor lo había liberado de la boca del león, para que fuera a anunciar la salvación a todas las gentes que antes consideraba como extrañas.  Así  resume a su discípulo Timoteo su propia tarea de apóstol y misionero: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles” (2 Tim 4,17-18). 

A decir verdad, la diferencia de talante y de opiniones de estos dos hombres no los separó en vida de la gran misión que les fue confiada por su Señor ni los aleja ahora en nuestra veneración.

DOS APÓSTOLES

Los dos apóstoles y pilares de nuestra fe han sido liberados por Dios para convertirse en agentes de la liberación y en mensajeros de la verdad. 

• Pedro es el modelo de una fe que reconoce a Jesús como el ungido de Dios. Esa era la condición mínima para ser un auténtico discípulo de Jesús de Nazaret. Los que pretendían seguirlo por otros motivos pronto abandonaron el camino. 

• Y Pablo nos recuerda la necesidad de aceptar que uno ha corrido por la pista equivocada. Es evidente que en el mundo de hoy es muy difícil reconocer los propios errores. La obsesión por imponer a los demás las propias ideas o la propia ideología puede hacernos duros y cínicos hasta negar la evidencia.   

• Estos dos apóstoles son testigos de la fe. Pero son también modelos de humanidad. Ambos estuvieron al servicio de los otros. En un mundo secular, muchos ponen la salvación en la técnica o en la política, en el arte o en la guerra. Nosotros creemos que el camino de la salvación parte de la humildad. 

Pan partido y compartido Lc 9,11-17 (Corpus Christi)

 En la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo recordamos el pan y el vino del sacrificio de Melquisedec, el rey-sacerdote cananeo que bendijo a Abraham (Gén 14,18-20).  

 LA OFRENDA Y LA TRADICIÓN

San Pablo recuerda a los corintios una tradición que él ha recibido (1 Cor 11,23-26). Al celebrar la eucaristía, también nosotros hacemos memoria de las palabras de Jesús: 

- “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Con el signo del pan, Jesús expresaba su entrega a sus hermanos. Los que participaban en aquella cena y los que habríamos de seguir sus pasos a lo largo de los tiempos.

- “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. El vino compartido hacía visible el sacrificio de Jesús y sellaba la alianza nueva de Dios con los hombres. La sangre significaba una alianza de amor. Era su vida y la nuestra.

- “Haced esto en memoria mía”. La muerte del Justo injustamente ajusticiado nos interpela. En la eucaristía proclamamos que su memoria pervive todavía en nosotros. La presencia de Cristo está siempre viva en medio de su comunidad.

- “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. La fe cristiana nos lleva a evocar aquella memoria del pasado y a vivir anclados en una esperanza activa del futuro.  

NUESTRA ENTREGA

El evangelio nos propone hoy el conocido relato de la multiplicación o distribución de los panes y los peces (Lc 9,11-17). Ante la necesidad de las gentes, Jesús nos invita a compartir con los demás lo que somos y tenemos.   

• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras no son una simple llamada a la generosidad personal. Tampoco son solamente una indicación para cambiar un sistema económico-social. Son todo eso y mucho más.

• “Dadles vosotros de comer”. Así suena el mandato de Jesús para los discípulos que le seguían. Pero esas palabras se extienden a todos los cristianos de todos los tiempos. Denuncian nuestro egoísmo y nos llaman a la responsabilidad.

• “Dadles vosotros de comer”. La eucaristía que celebramos nos exige hacer nuestra la entrega personal de Jesús. Sus palabras nos impulsan a vivir un amor sincero a los demás y a promover una caridad generosa y una justicia eficaz.

Coherencia y libertad Lc 6,39-45 (TOC8-25)

 “El fruto revela el cultivo del árbol; así la palabra revela el corazón de la persona. No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba una persona” (Eclo 27,6-7). Tenía razón el Sirácida al usar la imagen del fruto por el que se conoce la salud del árbol.  Su consejo está lleno de sabiduría, porque es evidente que la persona se refleja al hablar.

 Se dice que las palabras se las lleva el viento. Eso es verdad cuando se trata de decir que las personas pueden desdecirse de sus promesas. Pero no es verdad cuando se trata de olvidar las ofensas o las calumnias que salen de una boca. Lo que decimos revela a los demás nuestros recuerdos del pasado, nuestros sentimientos actuales y nuestros proyectos para el futuro.  

La  imagen del árbol reaparece en el salmo responsorial, en el que se canta que “el justo crecerá como palmera y se alzará como cedro del Líbano; aun en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso” (Sal 91,13-15). 

San Pablo escribe a los corintios que el Señor no dejará sin recompensa la fatiga y la fidelidad de quien conserva con firmeza la fe y la lleva a la práctica (1 Cor 15,57-58).

TRES CRITERIOS DE CONDUCTA

El evangelio de hoy recoge tres preguntas que el texto de san Lucas sitúa todavía en el marco del “sermón de la llanura” (Lc 6,39-45). En realidad, son unos criterios de conducta, válidos también hoy para los creyentes y para los no creyentes.  

• “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?”. Seguramente en las primeras comunidades algunas personas se ofrecían para orientar a los hermanos, aun sin tener conocimientos de la fe o, peor aún, observando  una conducta inadecuada. En realidad eso ocurre tambien hoy. 

 • “¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Todos conocemos a alguna persona que critica duramente los defectos de los demás, pero parece que nunca se avergüenza de sus propios fallos. 

• “¿Cómo puedes decir a tu hermano: "Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga  que hay en el tuyo?”. Corregir a quien se equivoca  es una obra de misericordia. Pero exige tanta coherencia de vida como  caridad hacia el hermano.

EL CORAZÓN Y LA BOCA

Tras una breve “parábola” sobre el árbol bueno que produce buenos frutos, Jesús ofrece un criterio muy sencillo para llegar a conocer la verdad de las personas:

•  “De lo que rebosa el corazón habla la boca”.  Esa frase nos recuerda cómo se comportaba Jesús. Sus palabras y sus gestos reflejaban la conciencia que él tenía de sí mismo. Y hoy nos revelan la riqueza de su espíritu, su cercanía, su compasión y su ternura. 

•  “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Además, esa frase nos ofrece una clave para juzgar a los demás. Al hablar, no solo refieren los hechos que han visto u oído. Con sus palabras manifiestan también  los intereses y prioridades que los mueven. 

•  “De lo que rebosa el corazón habla la boca”. Y, finalmente, esa frase señala un ideal de vida para cada uno de nosotros. Lo que decimos manifiesta nuestros valores. No solo nos compromete ante los demás, sino que nos exige examinar nuestra conciencia.    

Sobre la regla de oro Lc 6,27-38 (TOC7-25)

 “Él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”. El rey Saúl, comido por la envidia o por los celos, decidió perseguir al joven David, que lo había consolado y librado del gigante Goliat. Pero David se aceró de noche al campamento del rey Saúl y se llevó su lanza (1 Sam 26,23). 

La escena se repite a lo largo de la historia. La fuerza teme a la debilidad y utiliza su poder para satisfacer su envidia y mantenerse en el poder. Pero el joven David se muestra grande en su pequeñez. No quiere vengarse. No daría nunca la muerte al ungido por el Señor. 

Para justificar la grandeza del perdón basta la razón religiosa que pregona el salmo responsorial: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas” (Sal 102,8.10). 

Nuestra fe nos invita a vivir no según el modelo del hombre terreno. Nos exhorta y nos ayuda a vivir según los ideales del hombre celestial (1 Cor 15,45-49).

CUATRO VERBOS IMPOSIBLES

Tras la proclamación de las bienaventuranzas, el evangelio de Lucas nos recuerda el mensaje fundamental de Jesús: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Cuatro verbos que resumen una propuesta que parece descabellada e imposible (Lc 6,27-38).

Amar a los que nos aman, hacer el bien a quien nos ha hecho bien, prestar dinero para cobrarlo con intereses. Eso es lo normal, lo habitual, lo más razonable de este mundo. Eso lo hacen con frecuencia hasta los más degenerados. Claro que, para seguir comportándonos así, no necesitábamos al Mesías de Dios. ¿Dónde estaría la novedad que todos soñamos?

En un lenguaje oriental, un tanto colorista y exagerado, el texto menciona algunos ejemplos del amor inimaginable que propone el Maestro. Presentar la mejilla al que nos hiere. Dar más que lo que nos piden. No reclamar lo que nos arrebatan. 

Y CUATRO ACTITUDES NUEVAS

Dios es compasivo y misericordioso. Imitar esas cualidades suyas es la verdadera sabiduría. Así es el Padre. Y sus hijos solo pueden imitarle con las nuevas actitudes que se concretan en dos prohibiciones y en dos exhortaciones:

• “No juzgar”. No podemos conocer las motivaciones que llevan a los demás a actuar de una forma u otra. No conocemos todas las circunstancias en las que se sitúan sus decisiones.

• “No condenar”. No podemos negar a los demás la oportunidad para revisar su comportamiento y convertirse. Mientras vamos de camino, todos podemos cambiar.

• “Perdonar”. Todos hemos necesitado y necesitaremos una y mil veces el perdón. El papa francisco dice que somos un “ejercito de perdonados”.

• “Y dar”. Estamos rodeados de pobres. Todos podemos dar alimentos y vestidos, oportunidades y medios para vivir. Y podemos dar nuestro tiempo, que es la vida misma.

La verdadera felicidad Lc 6,20-26 (TOC6-25)

 “Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor… Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”. Jeremías usauna forma popular de confrontar los valores y los contravalores (Jer 17,5-8).   

Quien se apoya en alianzas y compromisos humanos o en los mensajes de la publicidad es como un cardo del desierto, arrancado y arrastrado por el viento. Quien se apoya en Dios será como un árbol plantado junto a las aguas, que conserva su verdor y siempre dará frutos.

 Con el salmo responsorial nosotros nos hacemos eco de esta profecía y proclamamos: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 1,1). Es muy importante que ya el primero de los salmos comience con esta bienaventuranza. 

Como escribe san Pablo a los fieles de Corinto, la resurrección de Cristo es un buen fundamento para nuestra fe y para nuestra vida (1 Cor 15,12.16-20). 

LA ÚLTIMA VERDAD DEL HOMBRE

Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús son toda una revelación del misterio de Dios. Son además una manifestación del espíritu mismo de Jesús. Y son una proclamación de lo que constituye la última verdad del ser humano. 

El evangelio según san Mateo sitúa el pregón de las bienaventuranzas de Jesús en el contexto del “Sermón de la Montaña”. El evangelio según san Lucas que hoy se proclama las coloca en el ambiente del “Sermón del llano” (Lc 6,17.20-26). En este caso, como en el oráculo del profeta Jeremías, se contraponen las actitudes morales. 

Son bienaventurados y dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran y los que son odiados y proscritos por causa del Hijo del hombre. Evidentemente, no se trata de proponer la moral de los esclavos ni de glorificar el dolor y el fracaso. 

Hay dos claves para comprender estas frases tan impopulares. Por una parte, Jesús declara que en esas actitudes se cifra la verdadera alegría, que no coincide con la satisfacción inmediata. Además, establece un salto entre el ahora y la recompensa futura ante Dios.

LA  SUERTE DE LOS PROFETAS

Frente a las ocho bienaventuranzas que recoge el evangelio de Mateo, el evangelio de  Lucas presenta solamente cuatro. Pero recoge también otras cuatro malaventuranzas, que recuerdan los “ayes” o maldiciones que se encuentran en el libro de Isaías (Is 5,8-24). 

            • ¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!” Los que ahora están saciados un día tendrán hambre. Los que ahora ríen un dia llorarán. Jesús  se lamenta por los que reciben alabanzas de todo el mundo. Es importante esa contraposición entre el ahora del presente y un día que se sitúa en el futuro, entre lo temporal y lo eterno.

• Tanto las bienaventuranzas como las malaventuranzas coinciden en una motivación importante, que es la diferente suerte que los profetas corrieron a lo largo de la historia. Los que en verdad hablaban en nombre de Dios fueron insultados y perseguidos. Los falsos profetas, que difundían solo aquello que las gentes querían escuchar, no merecen compasión.