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El rico y el pobre Lc 16,19-31 TOC26-25

 “Os acostáis en lechos de marfil; tumbados sobre los divanes, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo”. Amós era un pastor allá en las tierras de Técoa, en el reino de Judá. Un día subió a Samaría, en el reino de Israel. Al percibir el lujo de que alardeaban algunas personas, no pudo evitar denunciarlas con su lenguaje de pastor (Am 6,1.4-7).  

Junto a los ricos, vió la miseria de los pobres, la indiferencia de los que los marginaban y la corrupción de los jueces que se vendían por un par de sandalias. Es verdad que no se creía un profeta, pero sabía que nadie puede ignorar el bramido de una fiera. Según él, cuando Dios habla, nadie puede quedar en silencio, sin transmitir su mensaje. 

El salmo responsorial subraya esa experiencia, al confesar la justicia e imparcialidad de Dios: “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos” (Sal 145,7). 

Por su parte, san Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a practicar la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia y la delicadeza (1 Tim 6,11).

EL NOMBRE DEL POBRE

El evangelio de este domingo  nos presenta a un hombre rico que se viste con ropajes de lujo y cada día organiza un banquete escandaloso. Y, al mismo tiempo, recuerda a un mendigo que espera satisfacer algo de su hambre con las migajas que caen de la mesa del rico, mientras deja ver unas llagas que lamen de vez en cuando los perros callejeros (Lc 16,19-31).

 Es interesante observar que el relato evangélico no da el nombre del rico, mientras que recuerda el nombre del pobre. Se llama Lázaro, que significa “Dios ayuda”. Cabe preguntarse si Jesús conocía a un pobre con ese nombre o se lo atribuye con toda intención. 

Ahora bien, esas diferencias que los marcaban en la vida quedaron invertidas  más allá de la muerte. El pobre participa ahora de la mesa y de las bendiciones de Abrahán, el amigo de Dios. Pero el rico es arrojado a un infierno, que se describe como un horno de fuego. 

Es más, el rico que durante su vida no había compartido con el pobre su comida y su bebida, pide ahora que ese mismo pobre se acerque a él con una gota de agua para refrescar un poco sus labios abrasados.  

 LA CLAVE DEL JUICIO

Es asombroso oír que el rico conoce el nombre del pobre. Y ruega a Abrahán que lo envíe a sus hermanos para que cambien de conducta y no vayan a terminar en el fuego que él padece.  Las dos respuestas de Abrahán son un aviso para las gentes de todos los tiempos.

• “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. No es fácil escuchar a los profetas que Dios nos envía. Su misión es anunciar el bien y la verdad y denunciar el mal y la mentira. Pero es fácil descalificar a los mensajeros para no aceptar el mensaje.     

• “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”. Todos esperamos una revelación extraordinaria. Pero Dios no nos envía muertos resucitados para que nos adviertan. Nos envía testigos de la fe que viven junto a nosotros. 

La fe, reto de la “confianza” en Dios Lc 6,19-31 TOC26-25

1. El evangelio de este domingo se toma de Lucas: un conjunto literario con dos partes: 1) el diálogo sobre la petición de los apóstoles para que aumente la fe de los mismos y la comparación con un pequeño grano de mostaza; 2) la parábola del siervo inútil. Lo primero que debemos considerar en este aspecto es que la fe no es una experiencia que se pueda medir en cantidad, en todo caso en calidad. La fe es el misterio por el que nos fiamos de Dios como Padre, ahí está la calidad de la fe; ponemos nuestra vida en sus manos sencillamente porque su palabra, revelada en Jesús y en su evangelio, llena el corazón. Por eso, la fe se la compara aquí con un grano de mostaza, pequeño, muy pequeño, porque en esa pequeñez hay mucha calidad en la que puede encerrarse, sin duda, el fiarse verdaderamente de Dios. Puede que objetivamente no se presenten razones evidentes para ello. No es que la fe sea ilógica, o simplemente ciega, es una opción inquebrantable de confianza. Es como el que ama, que no puede explicarse muchas veces por qué se ama a alguien. Por tanto, existe una razón secreta que nos impulsa a amar, como a creer.

2. La fe que mueve montañas debe cambiar muchas cosas. La comparación del que, por la fe, arranca una morera o un sicómoro y lo planta en el mar, da que pensar. ¿Qué sentido puede tener? Un sicómoro no puede crecer en el mar. En realidad es un símbolo de Israel y este no es un pueblo del mar; no hay tradición de ello. La frondosidad que tiene, como la de la higuera que protege con su sombra, es como un reto: son árboles de secano, de estío, protectores… pero no pueden estar en el mar, se pudrirían. Es un imposible, como un “imposible” es el misterio de la fe, de la confianza en Dios. Cuando todo está perdido, cuando lo imposible nos avasalla, “confiar en Dios” pone en entredicho una religiosidad de oropel, de cosas, de ritos, de ceremonias, de purificación. La fe es algo del corazón, donde está la sede de lo mejor y de lo peor en la Biblia. Por ello, tener fe, confianza (emunah), y pensar que una morera puede ser trasladada al mar y crecer allí es poner en entredicho la religión vacía. Sin la fe, la religión no lleva a ninguna parte. Y muy frecuentemente sucede que se tiene “una religión”, pero en ella no habita la fe.

3. La parábola conocida como del “siervo inútil” no es una narración absurda. No es propiamente la parábola del siervo inútil, porque no es ese su sentido, sino del que acepta simplemente en su vida que es un siervo y no pretende otra cosa. El amo que llega cansado del trabajo es servido por su criado; el criado tiene la conciencia de haber cumplido su oficio; esas eran las reglas de contratación social. ¿Qué sentido puede tener esto en el planteamiento de la fe y la recompensa? No podemos aplicar aquí la lógica reivindicativamente social de que el patrón y el siervo no pueden relacionarse tal como se propone en esta lectura. El juicio moral sobre la servitud o la misma esclavitud de aquellos tiempos, está demás a la hora de la interpretación. Se parte de la costumbre de aquella época para mostrar que el siervo, lo que tenía que hacer era servir (se usa el verbo diakoneô), porque era su oficio, y el amo ser servido.

4. Jesús quería partir de esta experiencia cotidiana para mostrar al final algo inusual: por ello, la vida cristiana no se puede plantear con afán de recompensa; no podemos servir a Dios y seguir a Jesús por lo que podamos conseguir, sino que debemos hacernos un planteamiento de gracia. El buen discípulo se fía de Jesús y de su Dios. Cuando se da esa razón secreta para seguir a Jesús, no se vive pendiente de recompensas; se hace lo que se debe hacer y entonces se es feliz en ello. Existe, sin duda, la secreta esperanza e incluso la promesa de que Dios nos sentará a su mesa (símbolo de compartir sus dones), pero sin que tengamos que presentar méritos; sin que sea un salario que se nos paga, sino por pura gracia, por puro amor. Así es como Lucas ha entendido este conjunto en que pone en conexión el diálogo sobre la fe con la parábola del siervo (que no es inútil). Con Dios no vale do ut des, sino lo que cuenta es abrirse a Él como lo que somos y con lo que somos… y se nos invita, por gracia, a sentarnos a su mesa, lo que no ocurre precisamente en las relaciones sociales de este mundo de clases.

La recompensa de Lázaro (Lc 16,19-31)