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Testigos de la luz Jn 1,6-8.19-28 (ADV3-23)

 “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios” (Is 61,10). El tercer domingo de Adviento está siempre marcado por  el signo de la alegría. El profeta proclama que Dios le ha puesto un traje de salvación y lo ha envuelto con manto de justicia. Con esas prendas se siente tan feliz como un  novio que se prepara para celebrar su boda.    

Pero su alegría  no es solamente individual. Con una imagen muy sugerente, afirma él que, al igual que un jardín hace brotar sus semillas, así también el Señor hará brotar la justicia ante todos los pueblos. 

Durante el tiempo de Adviento acompañamos a María en su estado de buena esperanza. En lugar del salmo responsorial, se recita hoy el canto con el que ella celebra el haber sido elegida por Dios: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava” (Lc 1,46-48).  

San Pablo exhorta a los fieles de Tesalónica a vivir una alegría que nace de la oración y en ella se manifiesta: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar” (1Tes 5,16).  

LA LUZ Y LA VOZ

 El evangelio de este domingo tercero del Adviento nos ofrece dos sugerentes imágenes que resumen el espíritu y la  misión de Juan el Bautista.

• “No era él la luz, sino testigo de la luz”. Los profetas habían vivido tiempos de oscuridad, anhelando la llegada de la luz.  Juan había sido llamado y enviado a anunciar la aparición de la luz y para ser testigo de su resplandor. Ser testigos de la luz había de ser también la señal y la vocación de los que aceptaran al Mesías.   

• “Yo soy la voz que grita en el desierto”. Los hebreos que tuvieron la fortuna de regresar a Jerusalén tras el exilio en Babilonia, fueron exhortados a preparar en el desierto un camino al Señor. Juan se presenta ante su pueblo con la humildad de quien solo quiere ser una voz que en el desierto trata de preparar el camino del Mesías.      

Damos gracias a Dios porque, a lo largo de los siglos, muchos han seguido el ejemplo de  Juan. También en este momento de la historia abundan los profetas que anuncian el evangelio y nos ayudan a descubrir la acción de Dios en  nuestra sociedad.  

LA PRESENCIA

En la predicación de Juan el Bautista sobresale la insistencia en anunciar la presencia del Mesías, que pasa inadvertida para las gentes de su pueblo. 

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. La primera parte de la frase era muy importante. Aquel era el momento decisivo para descubrir que había llegado el tiempo mesiánico tan esperado. En medio de las gentes estaba ya el Mesías prometido.

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Muchas personas esperaban un mesias poderoso y triunfador. No estaban preparadas para reconocerlo como era en realidad. No recordaban que algún profeta lo anunciaba también como un perseguido y humillado.       

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Pero aquella palabra de Juan el Bautista había de ser escuchada en todo tiempo y lugar. También hoy ocurre muchas veces que ignoramos el sentido de la salvación y la presencia del Salvador.

Esperar la venida del Señor Mc 1,1-8 (ADV2-23)

“Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión. Alza con fuerza la voz, heraldo de Jerusalén. Álzala, no temas; di a las ciudades de Judá: aquí está vuestro Dios” (Is 40,9).  Esta exhortación se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías. Llega el final del destierro que el pueblo ha padecido en Babilonia. Un heraldo ha de anunciarlo a las gentes.

 El centro de su mensaje es que Dios está dispuesto a renovar los gestos con los que en otro tiempo liberó a su pueblo de la esclavitud sufrida en Egipto. Su misericordia se hará muy notoria para todos. Es hora de preparar al Señor el camino del  nuevo éxodo que él quiere recorrer con los que van a retornar a su patria.

El salmo responsorial se hace eco de esa promesa de liberación. “La salvación está ya cerca de sus fieles… La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos” (Sal 84).

La esperanza es un don de Dios. Pero nosotros hemos de responder a su iniciativa. Hemos de estar preparados para “esperar y apresurar la venida del Señor” (2 Pe,3,12).

EN EL DESIERTO

 Según el profeta, en el desierto había que preparar el camino al Señor. Según el evangelio, en el desierto se oye un grito: “Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). El desierto era antes la vía de retorno de los desterrados. El desierto es ahora el lugar donde resuena la voz de Juan el Bautista.

• “Preparar el camino al Señor”. Con demasiada frecuencia pretendemos que Dios venga a solucionar milagrosamente nuestros problemas. La voz del Bautista nos invita a hacer algo por nuestra parte. Dios está dispuesto a venir en nuestro auxilio. Pero nosotros podemos y debemos cambiar las estructuras y preparar el camino por el que ha de llegar su ayuda.

• “Allanad sus senderos”. Son muchos los que se niegan a colaborar con Dios. Unos porque niegan su existencia y otros porque desconocen su  misericordia. Es hora de pensar cómo podemos allanar los caminos para que sea perceptible su presencia. También los que decimos  creer en Dios necesitamos examinar los obstáculos que ponemos a su acción. 

No podemos excusarnos diciendo que vivimos en un desierto. Porque también en el desierto oyen voces proféticas que nos exhortan a vivir una esperanza comprometida.

DONES Y FRUTOS

Pues bien, el profeta del desierto nos sorprende también ahora por su valentía y su sobriedad, por su humildad y por su fe en el mensaje que pregona.

• “Detrás de mí viene el que puede más que yo”. Juan anuncia al que viene. No podemos caer en la desesperanza. Tenemos que escuchar las voces que anuncian la posibilidad y la llegada de la salvación y denuncian nuestra comodidad y nuestra presunción.   

• “Él os bautizará con Espíritu Santo”. Hemos sido bautizados con agua. Nuestro bautismo significa el don de la fe recibida y el compromiso de vivirla cada día. El Espíritu de Dios nos concede sus dones para que podamos anunciar su frutos. 

Vivir en ESPERANZA Mc 13,33-37 (ADV1-23)

“Jamás se oyó ni se escuchó ni ojo vio un Dios, fuera de ti,  que hiciera tanto por quien espera en él” (Is 64,3). El pueblo de Israel reconoce haber pecado y haber olvidado la ley de Dios. Pero sabe que Dios es misericordioso y que en él encontrará la salvación. 

Es conmovedora la confesión de su fe: “Tú sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti” (Is 64,4). A pesar de sus culpas, Israel expresa su confianza mediante una hermosa imagen: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tus manos” (Is 64,7).

A esta confesión, el salmo responsorial añade una súplica en la que se recoge la esperanza de la salvación: “Señor, Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79).

 Estas súplicas, tan apropiadas al Adviento que hoy comienza, encuentran apoyo en las palabras de San Pablo. A los que aguardan la manifestación de Jesucristo les asegura que el Señor los mantendrá firmes hasta el final (1Cor 1,7-8). Es la promesa más oportuna para los que tratamos de mantener viva la esperanza. 

ATENCIÓN Y VIGILANCIA

 A lo largo de este nuevo año litúrgico se leerá el evangelio según san Marcos. En este primer domingo del Adviento se recuerda una invitación de Jesús a mantener una esperanza despierta y vigilante (Mc 13,33-37).

• “Estad atentos y vigilad”. La prisa y la frivolidad son marcas de este tiempo. Así que este aviso tiene una palpitante actualidad. Mantenerse despiertos y prestar atención a lo que sucede siempre será una buena medida de prudencia. Pero es también un consejo necesario para tratar de ver la realidad con los ojos de la fe.

• “No sabéis cuándo es el momento”. A pesar de la obsesión por disfrutar el presente,  muchas personas viven atenazadas por el miedo al futuro. Es cierto que vamos caminando en la oscuridad, pero estamos llamados a vigilar. Cualquier momento puede ser la ocasión para descubrir la presencia del Señor en nuestra vida.   

El evangelio nos ayuda a ver estas actitudes de la atención y la vigilancia reflejadas en la parábola de los criados que aguardan el regreso de su amo.  

EL DEBER DEL PORTERO

Es importante el deber del portero. El texto evangélico se hace eco de su  misión en la última palabra de esa parábola. Con ello indica que ese era el punto central del mensaje.

• “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa”. Nuestros cálculos no son de fiar. Nuestros programas pastorales no pueden certificar el momento en que las personas y las estructuras podrán percibir la presencia del Señor.

• El Señor viene a este escenario del mundo. En realidad, está viniendo siempre. Pero nosotros vivimos distraídos, prestando solo atención a nuestros intereses y diversiones. Hemos de permane
cer a la espera de la manifestación del Señor.

  • Que no nos encuentre dormidos. En su exhortación “La alegría de Evangelio”, el papa Francisco mencionaba la acedia como una de las tentaciones del evangelizador. Parece que nos hemos quedado dormidos, pero ya es hora de sacudir nuestra pereza.

El profeta y el ángel Lc 1,26-38 (ADVB4-20)

 “Yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino.   Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7,12.14). Dios había elegido a David entre sus hermanos. Y lo había constituido como sucesor del rey Saúl. Ahora, por medio del profeta Natán, Dios mismo le prometía consolidar su reino en sus descendientes. 

Ese hijo de David será un hijo adoptivo de Dios. Y deberá responder a esa  elección divina con fidelidad y con justicia. A muchos siglos de distancia, también nosotros estamos llamados a manifestar públicamente nuestra gratitud al Dios que nos ha elegido, como se sugiere en el salmo responsorial: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor” (Sal 88).

San Pablo concluye su carta a los Romanos con un espléndido himno de alabanza a Dios, porque ha revelado su misterio y su voluntad de salvación por medio de Jesucristo. Nuestro Maestro nos ha enseñado a descubrir la gracia de vivir la obediencia de la fe (Rom 16,25-27). 

EL HIJO Y SU PADRE

El evangelio de hoy (Lc 1,26-38) nos recuerda la antigua profecía de Natán. Así dice el ángel Gabriel a María: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. ¿Qué significa ese anuncio?

• Jesús reinará por siempre. Así es. Jesús viene a renovar aquella alianza de Dios y a revelar el sentido más profundo de aquella promesa. Pero ahora se comprende que la elección de Dios no comporta un poder temporal, pasajero y caduco. Esa herencia real tiene una dimensión espiritual. Por eso mismo tendrá un destino universal en el espacio y perenne en el tiempo.

• Jesús heredará el trono de David, su padre. Heredar el trono de David no va a significar ostentar un poder sobre las tierras, los bienes y las instituciones de este mundo. Jesús nunca pretenderá  imponer por la fuerza su autoridad. No luchará por adquirir bienes perecederos o una gloria efímera. La misión de Jesús consistirá en proponer un camino de salvación y de gracia.

• Jesús se llamará “Hijo del Altísimo”. No es tan sólo un hijo por elección, como lo era David. Él mismo habrá de explicar una y otra vez que el Padre y Él son una misma cosa, por decirlo con palabras de todos los días. El Padre y Él comparten el mismo origen y la misma voluntad. En realidad, los une el mismo ser y el mismo querer, un mismo proyecto y una misma actuación.  

 HUMILDAD Y ACCIÓN

Tras haber escuchado durante el Adviento las profecías de Isaías y la predicación de Juan Bautista, hoy evocamos el mensaje del ángel Gabriel, que llega a recordar la profecía de Natán. Y meditamos también dos frases de la respuesta de María a ese enviado celestial.      

• “Aquí está la esclava del Señor”. La soberbia siempre ha sido una necedad, criticada ya por los antiguos proverbios. Los hombres no somos tan poderosos como creemos. Una pandemia puede desmontar todos nuestros planes. María nos da un buen ejemplo de sensatez. Sentirse como la sierva del Señor  la lleva a ella y nos ayudará a nosotros a aceptar la voluntad y el proyecto de  Dios 

• “Hágase en mí según tu palabra”. Una humildad inoperante es sencillamente falsa. No basta con escuchar la voz que Dios nos dirige cada día. Es preciso ser conscientes de que el plan que Él nos propone no va a ser fácil ni brillante. Sin embargo, es necesario aceptar sinceramente su voluntad, pedir su ayuda y decidirse a actuar de acuerdo con sus sugerencias. 

Juan, el profeta Jn 1,6-8.19-28 (ADVB3-20)

 “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. El texto del libro de Isaías (Is 61,1-2.10-11) anuncia a un profeta que recibe el espíritu de Dios y lo difunde. Consuela a los que sufren, venda las heridas de los desgarrados, libera a los cautivos y prisioneros y, sobre todo, inaugura un año jubilar: el año de gracia de parte del Señor.

Además, el profeta proclama un anuncio de alegría universal: “El Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos”. Este tercer domingo del Adviento se hace notar por su invitación a la alegría.  

El salmo responsorial, tomado del canto de María, recoge ese tono de alegría: “Me alegro con mi Dios” (Lc 1,46). También la invitación que san Pablo dirige a los fieles de Tesalónica refleja este espíritu: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión… No apaguéis el espíritu… Guardaos de toda clase de mal” (1 Tes 5,16).

TRES VECES “NO” Y UNA VEZ “SÍ”

En el evangelio de hoy se nos presenta a un extraño profeta  (Jn 1,6-8.19-28). Parece que el texto lo define por lo que no es. Por lo que no pretende ser. Esto es lo que el evangelista dice de él: “No era él la luz, sino testigo de la luz”.

Pero nos interesa saber cómo se ve él mismo. Ante los emisarios de los sacerdotes y levitas de Jerusalén, Juan responde con verdad y humildad. Por tres veces repite un “no” tajante a los que le preguntan.

• No es Elías, aquel gran defensor de la majestad de Dios y de la dignidad del pobre.

• No es el gran profeta que el Señor anunciaba a Moisés, según el Deuteronomio.

• Y no es el Mesías, que había sido esperado por su pueblo a lo largo de los siglos.

Sin embargo, nadie puede identificarse solo por lo que no es. Hay que definirse por un “sí”. Es preciso reconocer lo que uno es y lo que está dispuesto a dar. Para identificarse, Juan se presenta como la voz que clama en el desierto, exhortando a todos a allanar los caminos. Juan hace suyas las palabras del libro de Isaías que anunciaban la liberación a los deportados.

 PALABRA Y TESTIMONIO

Es verdad que Juan se niega a presentarse como el esperado por su pueblo. Pero no puede negarse a  anunciar su llegada y su presencia entre las gentes:

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Muchos consideran al Mesías como un extraño. Algunos hasta llegan a dudar de su existencia histórica. Pero los creyentes sabemos que él está entre nosotros. Juan nos invita a descifrar los signos que lo anuncian.

• “Él viene detrás de mí y existía antes que yo”. Algunos consideran a Jesús solamente como un personaje del pasado. Juan nos ayuda a comprender su puesto en la historia de la salvación. El Señor nos precede en el tiempo y, a la vez,  está viniendo a nosotros cada día.

• “Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Muchos otros lo han despreciado como hicieron Herodes y Pilato. Juan nos dice que Jesús es el Señor. Nosotros somos unos siervos a los que Él ha elegido como discípulos y ha considerado como amigos. 

El Bautista y el Camino Mc 1,1-8 (ADVB2-20)

  “Consolad, consolad a mi pueblo”. Con este oráculo divino  comienza la segunda parte del libro de Isaías (Is 40,1). A ese pueblo, que había sido deportado a Babilonia, Dios mismo le anuncia que ya ha sufrido demasiado.  Está ya próximo el retorno a sus tierras de Judá.

Entonces se oye una voz que grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor. Allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”. Es el pueblo el que ha de regresar. Pero es urgente allanar una calzada para ese Dios que se identifica con su pueblo. Él ha vivido desterrado con su gente. Y ahora quiere regresar con los desterrados y con los hijos que les han nacido en el destierro.

 Nosotros podemos identificarnos con esa caravana de exiliados y repetir la invocación del salmo responsorial: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Sal 84).

Afectados como estamos por la pandemia y el dolor, por la soledad o los abusos, confesamos que “para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”. A pesar de todo, y más allá de las falsas promesas humanas, “nosotros esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habite la justicia” (2 Pe 3,8-14).

LAS PROPUESTAS DEL CAMBIO

 Según el evangelio que se proclama en este segundo domingo de Adviento, en el desierto  aparece un profeta, vestido con una piel de camello y alimentado de saltamontes y miel silvestre.   Hace suyo aquel grito del libro de Isaías, pero lo modifica: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). Esa preparación incluía tres propuestas urgentes:

• En primer lugar, Juan exhortaba a todos a la conversión, es decir al cambio de mentalidad y de actitudes. Preparar el camino al Señor exigía una transformación radical de la vida y del  comportamiento. La conversión era una verdadera y nueva creación de la persona.

• En  segundo lugar, Juan proponía a las gentes que acudían a él la confesión pública de los pecados. Ese era el signo de que reconocían sus errores, sus extravíos, sus pecados. Con ello, manifestaban creer que siempre es posible  alcanzar el perdón de Dios

• Y en tercer lugar, Juan bautizaba a las gentes en las aguas del Jordán. Con aquel rito recordaba que las aguas de aquel río se habían detenido para permitir a Josué y a su pueblo el paso hacia la tierra prometida. Y en aquellas aguas Naamán, el sirio, había sido curado de la lepra.

EL QUE VIENE DETRÁS

La palabras de Juan se parecen a las del mensajero que anunciaba a los exiliados el retorno a su patria. Pero hay algo nuevo en ellas. Ya no anuncia el paso de Dios con su pueblo. Anuncia la llegada de otro personaje misterioso con el que por tres veces se compara él mismo:

• “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo”. Juan ha aparecido entre el desierto y el Jordán como un profeta sincero y austero, convincente y respetado. Pero él sabe y proclama que no es el final del camino. Solo ha salido a prepararlo. El que ha de venir tiene más autoridad que Juan.      

• “Yo no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias”. Juan es un verdadero profeta. Pero sabe que es menos importante que un esclavo. El esclavo prestaba a su amo los servicios más humildes, que Juan ni se atreve a prestar al que ha de venir detrás de él. 

• “Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Juan conoce ese rito de purificación que atrae a las gentes hasta el Jordán. Pero él sabe que solo bautizaba con agua. El bautismo definitivo purificará con el Viento Santo que creó los mundos.  

Esperar es operar Mc 13,33-37 (ADVB1-20)

 “Jamás se oyó ni se escuchó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti” (Is 64,3-4). El creyente recuerda los pecados de su pueblo. Pero sabe que Dios es un padre misericordioso. Queremos dejarnos moldear por él como la arcilla por las manos del alfarero.

Con ese espíritu nosotros iniciamos el camino del Adviento. Este es el momento para ir repitiendo un día y otro días esa hermosa súplica del salmo 79: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

Al comienzo de su primera carta a los Corintios, san Pablo evoca el ritmo de los tiempos. Da gracias a Dios por los dones totalmente gratuitos que por medio de Cristo ya han recibido en el pasado. Les recuerda que en el presente han de vivir aguardando la manifestación del Señor. Y les promete que en el futuro, el mismo Señor los mantendrá firmes hasta el final (1 Cor 1,3-9).

LAS TENTACIONES Y LA ESPERA

 En este ciclo B, la liturgia dominical nos ofrecerá continuamente la lectura del evangelio según san Marcos. En este primer domingo de Adviento se incluye una breve parábola, en la que Jesús se refiere a la actitud de los criados que están a la espera de que su amo regrese de un viaje. El portero de la casa ha recibido el mandato expreso  de mantenerse en vela  (Mc 13,33-37). 

• La sorpresa que ha producido la pandemia del coronavirus nos acusa de haber caído en esas cuatro tentaciones que se mencionan en la primera lectura. Estábamos manchados y corrompidos. Nos dejábamos arrastrar por cualquier viento, como las hojas marchitas de los árboles. No invocábamos el nombre del Señor. Y estábamos como aletargados en nuestra comodidad.

• Además, la parábola de los criados que aguardan la llegada de su amo es apropiada para este tiempo litúrgico del Adviento. Este es el tiempo para recordar nuestra vocación a la esperanza. Estamos llamados a vivir aguardando la venida del Señor. Ya no como siervos, sino como hermanos.. A todos se nos ha confiado una tarea concreta. Así que no podemos esperar en la ociosidad.

VIGILANCIA Y FRATERNIDAD

Es interesante descubrir que en el evangelio de hoy se repite por tres veces la exhortación a la vigilancia. La rutina en el trabajo y el olvido de las tareas que se nos han encomendado pueden adormecernos. Pero no podemos caer en la pereza de una siesta irresponsable.

• “Estad atentos y vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”. En este caso, la ignorancia no es una desgracia, sino un estímulo. Ningún instante puede ser despreciado. Cualquier momento puede ser el de la aparición del Señor en nuestra vida  y en la historia de la humanidad.   

• “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa”. A veces olvidamos que también vela quien espera a la persona amada. La venida del Señor no puede concebirse como una amenaza. Si nos mantenemos en vela no es por temor, sino por amor.

• “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!”. La exhortación de Jesús se dirige a cada uno de nosotros. No podemos vivir en la acedia ni en el pesimismo estéril. Hay mucho que hacer en el mundo, en la Iglesia, en nuestra casa. Esperar es operar. Aguardamos la venida del Señor, conscientes de nuestra vocación al amor y al compromiso con la vida, con la verdad y la justicia.

El Hijo de Dios Lc 1,26-38 (ADV4-17)

 “Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será hijo para mí”. Esa es una parte muy importante de la promesa de Dios, que el profeta Natán transmite a David (2Sam 7, 12.14).
 Dios promete estar con el rey, plantar a su pueblo en el territorio y asegurar la paz al reino. No era poco. Pero además, el profeta se refería a los tiempos que habían de seguir tras la muerte del rey. Dios prometía la estabilidad de la dinastía davídica. Y se comprometía a reconocer como hijo al futuro descendiente del rey.
Esa promesa es recogida por el salmo responsorial que hoy se canta en la misa (Sal 88). Es grande la misericordia de Dios, que se muestra fiel a su alianza.
Ante tal muestra de su providencia solo es posible dar gloria a Dios por Cristo Jesús, revelación del misterio mismo de Dios (Rom 16,25-27).

EL ANUNCIO
 El evangelio de este domingo cuarto del Adviento recuerda una vez más el relato de la anunciación del ángel Gabriel a una doncella de Nazaret (Lc 1,26-38). Junto a la profecía de Isaías y el mensaje de Juan el Bautista, ella aparece como la figura más importante del Adviento. En ella se hace realidad la antigua profecía de Natán:
• “Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”. Su nombre es ya un grito profético. Significa “Dios es Salvador”. Por él viene la salvación.
• “Se llamará Hijo del Altísimo”.  El hijo de María será hijo del Dios Altísimo.  En él se encuentran lo humano y lo divino, el pecado y el perdón, la necesidad y la dádiva. 
• “El Señor Dios le dará el trono de David su padre”. El niño que va a nacer pertenece a la dinastía real. En él se cumple la alianza de Dios. Pero su reino supera al reino de David.
Al recordar el cumplimiento de las antiguas profecías, nos disponemos a celebrar con alegría el nacimiento de Jesús.

EL HIJO DE DIOS
En la historia de Israel son numerosos los relatos sobre algunas mujeres que se decían estériles y, sin embargo, dieron al mundo patriarcas, héroes o jueces de su pueblo. Las palabras del ángel a María evocan esas memorias.
• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. El niño que va a nacer es más que todos los antiguos héroes. Él será el Santo por excelencia. Él será la fuente y el modelo de toda santidad.
• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. Ese niño “va a nacer” en un lugar y en un tiempo concreto. No era conocido previamente. No había sido soñado ni programado. Él es la gran noticia y la gran novedad para el mundo.
• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. El niño que anuncia el ángel Gabriel es hijo de María. Pero con toda razón Dios lo llamará hijo suyo. Él revelará al mundo el nombre y el amor de su Padre.

Preparad el camino Lc 1,26-38 (ADV3-17)

“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Esas palabras, tomadas de la tercera parte del libro de Isaías (Is 61,10), resumen el ambiente de alegría que caracteriza a este domingo tercero del Adviento. Nos alegramos, anticipando ya la celebración del nacimiento de Jesús.
En el salmo responsorial se retoma el canto de María, que resuena todas las tarden en la oración oficial de la Iglesia católica: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. La alegría humana es un eco y una celebración de la intervención divina en la historia.
Y el tema de la alegría retorna en la segunda lectura de la misa de este domingo. En ella  se evoca el primer escrito apostólico, para recoger una preciosa exhortación de san Pablo a los cristianos de Tesalónica: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar” (1Tes 5,16). Se ve que la oración y la alegría se exigen mutuamente.

LOS SENDEROS
 El evangelio de este domingo tercero del Adviento recuerda de nuevo la figura y el mensaje de Juan el Bautista. Hay dos imágenes que lo definen:
• “No era él la luz, sino testigo de la luz”. Ninguno de los profetas era la luz. En todo caso, anunciaban su aparición futura. Juan ya está un paso más cerca del único que es la luz del mundo. Desde él, todos los creyentes en Cristo tenemos esa gozosa y arriesgada misión de ser en nuestro mundo testigos creyentes y creíbles de la Luz.
• “Yo soy la voz que grita en el desierto”. En la segunda parte del libro de Isaías se daba cuenta de una voz celestial que exhortaba a preparar a través del desierto un camino para Dios, que se identificaba con su pueblo. Ahora Juan se presenta como una voz terrena que se alza en el desierto. Los creyentes de hoy no podemos ignorar esa voz.
Es más, ya vemos que entre nosotros han surgido hombres y mujeres que han alzado su voz en el desierto. Nos han recordado la misericordia de Dios. Nos han exhortado a ver a Dios en los más pobres y humillados de la tierra. Y han dado la vida por su coherencia. Este tiempo es la hora de los testigos y de los portavoces.

EL ENCUENTRO
Siempre nos llama la atención tanto el extraño vestido del Bautista como su dieta de saltamontes y miel silvestre. Pero casi siempre olvidamos su humildad y su mensaje.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz de Juan se dirige hoy a cada uno de nosotros. El Señor se ha acercado cientos de veces a nosotros y otras tantas veces hemos decidido ignorar su presencia.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del Bautista se dirige también a toda la Iglesia. El Señor está en la comunidad que él ha convocado. Pero todos podemos caer en la tentacion de la mundanidad, denunciada por el papa Francisco.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del profeta del desierto ha de dirigirse también hoy a toda la humanidad. ¿Cuántas crisis y cuántas guerras harán falta para que preste atención al paso de Dios por la historia?

Preparad el camino Mc 1,1-8 (ADV2-17)

“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”. Estas palabras justifican el título  de “Libro de la Consolación”, que suele darse a esta segunda parte del libro de Isaías”. El pueblo de Israel ha padecido la deportación y el exilio en Babilonia. Pero suena ya la hora del retorno a su tierra.  Así que el consuelo no es una palabra vacía de contenido.
“Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3). ¿Hay que preparar un camino al Señor o al pueblo que ha sido humillado? ¿No será una confusión del profeta? ¿O será que Dios se identifica con aquellos que han sido deportados y  maltratados en tierra extraña?
Es hora de olvidar los sufrimientos del pasado. “La salvación está ya cerca de sus fieles… La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos”. No puede ser vana esa promesa que canta el salmo responsorial (Sal 84).
Pero si Dios no se olvida de nuestra miseria, algo hemos de hacer nosotros.  Al menos, hemos de mirar hacia delante. Eso es. “Esperar y apresurar la venida del Señor” (2 Pe,3,12).

LOS SENDEROS
 El evangelio de este segundo domingo del Adviento modifica levemente el mensaje del profeta: “Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). El desierto era antes la vía de retorno de los desterrados. El desierto es ahora el lugar donde resuena la voz de Juan Bautista. Pero la exhortación es la misma.
• “Preparar el camino al Señor”.  Dios es discreto, pero no es indiferente. Es el Señor de este mundo y ama a todos sus hijos. Es cierto que muchos parecen vivir alejados de él. Pero no podemos quedar paralizados por el “pesimismo estéril” que denuncia el papa Francisco. Hay que tender puentes para que Dios pueda encontrarse con sus hijos.
• “Allanad sus senderos”. Muchos  encuentran dificultades para  andar por el camino del Señor. Unos gritan su rechazo con blasfemias y otros lo demuestran con su indiferencia. Hay rocas institucionales que habrá que dinamitar. Pero ahí están también todos los escandalosos altibajos que presentamos los que decimos creer en Dios.
Es cierto que vivimos en un desierto. Pero es cierto que en el desierto resuena una voz que grita para despertarnos.  Es urgente allanar senderos para facilitar el encuentro.

EL ENCUENTRO
Nos llama la atención tanto el extraño vestido del Bautista como su dieta de saltamontes y miel silvestre. Pero olvidamos su humildad y su mensaje.
• “Detrás de mí viene el que puede más que yo”. Anunciar al que viene. Porque el Señor está viniendo. He ahí el resumen de  la tarea que nos ha sido confiada. Esa es la forma de superar las tentaciones de la desesperanza y de la orgullosa presunción.
• “Él os bautizará con Espíritu Santo”. Hemos sido bautizados con agua. Y no es poco, si ese bautismo significa el don de la fe y el compromiso de vivirla cada día. Pero el baño del Espíritu nos hará abandonar nuestros miedos y vivir con la osadía de su fuerza.

Esperar en vela Mc 13,33-37 (ADV1-17)

“¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!” (Is 63,19). El pueblo de Israel se siente atribulado a causa de sus enemigos. Pero siente tambien su parte de responsabilidad. Sabe que ha perdido el camino. Ve que se ha endurecido su propio corazón y que ha olvidado el temor o respeto al Señor.
Como se ha dicho en los versículos precedentes, es preciso que Dios se muestre una vez más. Que muestre su poder y su ternura, su fuerza y su compasión. Que muestre que es el Padre de su pueblo. En ese contexto, el orante manifiesta un deseo que se convierte en súplica apasionada y ferviente. ¡Que Dios rasgue los cielos y baje!   
El salmo responsorial se hace eco de ese anhelo irrefrenable: “Señor, Dios nuestro, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79). Estas súplicas, tan apropiadas al Adviento que hoy comienza, encuentran apoyo en las palabras de San Pablo. A los que aguardan la manifestación de Jesucristo les asegura que el Señor los mantendrá firmes hasta el final (1Cor 1,7-8). Es la promesa más oportuna para los que tratamos de mantener viva la esperanza. 

ATENCIÓN Y VIGILANCIA
 A lo largo del año lítúrgico que hoy comienza se nos ofrecerá la lectura del evangelio según san Marcos. En este primer domingo del Adviento escuchamos una invitacion de Jesús a mantener una esperanza despierta y vigilante (Mc 13,33-37).
• “Estad atentos y vigilad”. Es este un aviso importante para creyentes y no creyentes. Hoy todo nos invita a vivir apresuradamente. La frivolidad se ha convertido en nuestro estilo habitual. Las noticias y los acontecimientos pasan con toda velocidad. Prestar atención a lo que sucede es una buena medida de prudencia.
• “No sabéis cuándo es el momento”. Por numerosos que sean los adivinos y los agoreros, no somos capaces de adivinar el futuro. Creyentes y no creyentes vamos caminando en la oscuridad. No podemos vivir en la indiferencia. Es pecado distraernos. Vigilar el curso de la historia es una obligación moral.
Estas actitudes de la atencion y la vigilancia se reflejan en la parábola de los criados que aguardan el regreso de su amo. Como el portero de la casa, hemos de permanecer en vela.

LA IMAGEN DEL PORTERO
Es importante recordar el deber del portero. El texto evangélico se hace eco de la última palabra de esa parábola. Con ello indica que ese era el punto central del mensaje.
• Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el Señor de la casa. Nuestros cálculos no son de fiar. Nuestros programas pastorales no pueden certificar el momento en que las personas y las estructuras podrán reflejar la presencia del Señor.
• Que no venga inesperadamente. El Señor viene a este escenario del mundo. Está viniendo siempre. Pero con demasiada frecuencia nosotros vivimos distraidos, prestando atencion a mil bagatelas. Es un dolor que él llegue y no estemos esperándolo.
• Que no os encuentre dormidos. El papa Francisco ha dicho que una de las tentaciones del evangelizador es la acedia. Nos hemos acomodado en la poltrona y nos hemos quedado dormidos. Es hora de despertar de nuestra modorra.

El profeta del Mesías Jn 1,6-8.19-28 (ADB3-14)

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. Así comienza  el texto del libro de Isaías que hoy se lee en la liturgia eucarística (Is 61, 1-2.10-11). En él se anuncia a Israel un profeta que recibe el espíritu de Dios y lo difunde. No lo difunde sólo de palabra, sino de obra.
Las obras del profeta son concretas y visibles. Su presencia se hará notar en la sociedad.  El profeta que recibe el Espíritu de Dios consuela a todos los que sufren, venda las heridas de todos los desgarrados, libera a los cautivos y prisioneros y, sobre todo, inaugura un año jubilar: el año de gracia de parte del Señor.
Además, el profeta proclama a los cuatro vientos un anuncio de alegría universal: el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos. Este tercer domingo de Adviento se hace notar por su invitación a la alegría.  

TRES VECES “NO”

En el texto evangélico que hoy se lee se nos presenta también a un profeta (Jn 1, 6-8.19-28). Es un enviado por Dios. Se llamaba Juan y venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la luz. A continuación, el texto nos ofrece una precisión importante: “No era él la luz, sino testigo de la luz”.
Nos impresiona el interrogatorio al que es sometido Juan Bautista por los emisarios de los sacerdotes y levitas de Jerusalén. Juan responde con verdad y humildad. Por tres veces repite un “no” tajante  a los que le preguntan. No es Elías, el gran defensor de la majestad de Dios. No es el profeta anunciado por el Deuteronomío. Y no es el Mesías esperado.
Pero nadie puede vivir sólo de negaciones. Hay que definirse por un “Sí”. Es preciso reconocer lo que uno es y lo que está dispuesto a dar. Pues bien, para identificarse, Juan se presenta como la voz que clama en el desierto, exhortando a todos a allanar los caminos. Eran expresiones del libro de Isaías que anunciaban la liberación a los deportados.

 EL ANUNCIO

Pero hay más en el mensaje de Juan. No se presenta como el esperado por su pueblo, pero no deja de  anunciarlo:
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Ahora, como entonces, tenemos al Mesías entre nosotros, pero no reconocemos su presencia. Necesitamos aprender a descifrar los signos que lo anuncian.
• “Él viene detrás de mí y existía antes que yo”. Ahora como entonces, hemos de reconocer que somos un eslabón en medio de una cadena. Hay un antes y un después que nosotros. El Señor nos precede  y, a la vez,  nuestro testimonio anuncia su llegada.
•“Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Ahora como entonces, hemos de reconocer humildemente nuestro papel en la historia de la salvación. No somos el Señor. Somos los siervos y los servidores del Señor. Nada más.

Preparando el camino al Señor Mc 1,1-8 (ADB2-14)

“Allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”  (Is 40,3). La segunda parte del libro del profeta Isaías comienza con un oráculo del Señor: “Consolad, consolad a mi pueblo”. A las gentes que han sufrido durante largo tiempo el penoso y humillante exilio en Babilonia se les anuncia la proximidad del retorno a sus tierras de Judá.
“Una voz grita: En el desierto abrid camino al Señor”. Es decir, Dios se identifica con su pueblo. Se puede decir que también él ha vivido desterrado con su gente. Pero ahora se propone encabezar la caravana de los que van a regresar a su tierra. Los que fueron desterrados un día o los hijos que les han nacido en el destierro.
 Hasta nueve veces aparece en este texto la mención de Dios. La esperanza se vuelve a él. Hay que abrir una calzada en la estepa. Pero es una calzada para Dios. El pueblo habrá de recordar siempre que esa es su vocación. Abrir caminos para que Dios pueda recorrerlos, hacerse presente entre sus gentes y guiarlos hacia la libertad.

LOS COMPROMISOS

 Pues bien, el evangelio que hoy se proclama retoma el texto del “Libro de la Consolación” e identifica la voz del antiguo pregonero con la de Juan el Bautista. Vestido y alimentado con una austeridad que llama la atención de todos, Juan grita en el desierto: “Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos” (Mc 1,3). Esa preparación incluía tres compromisos urgentes:
• En primer lugar, la conversión, es decir el cambio de mentalidad y de costumbres. No una simple disminución cuantitativa, sino un salto cualitativo en la vida. Es decir, una verdadera y nueva creación de la persona.
• En  segundo lugar, la confesión pública de los pecados, como reconocimiento del propio error y del extravío de la persona. Es decir, la admisión y la profesión de que siempre es posible  alcanzar el perdón de Dios.
• Y en tercer lugar, el bautismo en las aguas del Jordán. Es decir, la renovación de la memoria de que un día las aguas de este río se habían abierto para permitir el paso a Josué y a su pueblo hacia la tierra prometida.
  
EL ANUNCIO

De todas formas, aunque las palabras de Juan sean semejantes a las del mensajero que aparecía en el “Libro de la Consolación”, hay algo nuevo en ellas. Del anuncio de Dios se pasa ahora al anuncio de otro personaje misterioso con el que por tres veces se compara Juan:
• “Detrás de mí viene el que puede más que yo”. Juan se ha mostrado como un profeta convincente y respetado. Pero él no es el final del camino. Solamente lo prepara. El que ha de venir es más poderoso que Juan.      
• “Yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias”. Juan habla con autoridad. Sin embargo no se considera más que un esclavo. Ni siquiera eso. El esclavo prestaba a su amo los servicios más humildes, que Juan ni se atreve a prestar al que ha de venir. 
• “Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Juan conocía los ritos de purificación que los más piadosos de su pueblo realizaban con frecuencia. Pero él sólo bautizaba con agua. El bautismo definitivo purificaría con el Viento Santo que creó los mundos.  

La venida del Señor Mc 13,33-37 (AVB1-14)

“Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia” (Is 64,1). Ese  grito, que se encuentra en la tercera parte del libro del profeta Isaías, parece reflejar una situación de angustia y una gran esperanza. Y así es. Incluido en la primera lectura de la misa hoy, nos introduce de lleno en el espíritu del Adviento.
El profeta observa con preocupación la infidelidad de su pueblo. Son muchos los que andan extraviados. Dan muestras de tener un corazón endurecido. No invocan el nombre del Señor ni se esfuerzan por aferrarse a él. Lo admitan o no,  son víctimas de sus propias culpas. Pero el profeta reconoce que nadie hace tanto por su pueblo como el mismo Dios.
Por eso el profeta se dirige a él con una asombrosa confianza: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”. Y le pide que rasgue los cielos y se haga presente con su salvación en medio de su pueblo. Un anhelo que recoge el salmo responsorial al repetir: “Ven a salvarnos… ven a visitar tu viña” (Sal 79).

LA ESPERA Y LA TAREA

 También en el evangelio que hoy se proclama aparece por dos veces la alusión a la venida del dueño de la casa (Mc 13,33-37).  Es muy clara e intuitiva esa breve parábola de Jesús. Nos presenta a un  patrón que se va de viaje, asignando una tarea a cada uno de sus criados y encargando al portero de la casa que esté atento para recibirle a su regreso. 
Como se ve, el patrón no señala al partir el momento en que volverá a su casa. Este dato es muy importante. Él es el dueño de la casa y no pretende desentenderse de ella. Es su casa y quiere encontrarla abierta al regresar de su viaje. Él es el señor y quiere que sus criados cumplan con su misión siempre y en todo momento.
La parábola tiene una aplicación inmediata a este tiempo de Adviento que hoy comienza en la Iglesia latina de rito romano. Este es el tiempo que nos recuerda nuestra vocación a la esperanza. Nuestra fe nos lleva a vivir aguardando la venida del Señor y la manifestación de su reino en la tierra. Pero no esperamos en la ociosidad. Se nos ha confiado una tarea concreta. 

EL SUEÑO Y LA VIGILA

Por tres veces aparece en el evangelio de hoy la exhortación a la vigilancia. El dueño de la casa sabe de sobra que la rutina en el trabajo y el olvido de las tareas pueden generar sopor y somnolencia. Pero es preciso mantenerse despiertos.
• “Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”. Es verdad que no sabemos cuándo se manifestará en su plenitud el reino que esperamos. Además, sufrimos la tentación de olvidar la importancia definitiva del momento que vivimos en el presente.     
• “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa”. Casi siempre creemos que hay que velar, porque tememos la venida del Señor como la amenaza de un castigo. Pero olvidamos que también se mantiene en vela quien espera a la persona amada.  
• “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” La exhortación de Jesús se dirige a cada uno de nosotros. No podemos vivir en la acedia ni en el pesimismo estéril, como dice el Papa Francisco. Esperar es operar. Aguardar la venida del Señor nos lleva a vivir  con generosidad la vocación al amor y el compromiso con la vida, con la verdad y la justicia.