Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Sagrado Corazón de Jesús. Algo de historia

Os dejo un enlace interesante sobre el recorrido en la Iglesia (Santos Padres, Santos Escritores...) que han tocado la devoción al Sagrado Corazón surgida del amor de Santa Margarita de Alacoque. En la misma web podréis encontrar otra variada información sobre el tema.





Foto: Sagrado Corazón del Cerro de los Ángeles. Getafe (Madrid)

El pan y el vino Lc 9,11b-19

“Melquisedec, rey de Salem, ofreció pan y vino. Era sacerdote del Dios Altísimo” (Gén 14,18). Este rey no es un israelita. Pertenece a los cananeos que habitaban la tierra a la que llegó Abraham procedente de Ur de los caldeos.
Este sacerdote no presenta al  Dios Altísimo un sacrificio de animales, sino una ofrenda de pan y de vino. Por otro lado, bendice a Abraham y este le ofrece el diezmo del botín que ha conseguido en una batalla contra un grupo de reyezuelos.
Es importante observar que el salmo responsorial ensalza al Mesías y lo proclama como “sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” (Sal 109,4). Por tanto el sacerdocio de Jesús no está vinculado al de Aarón. Tiene una dimensión universal.

LA ALIANZA Y LA ENTREGA
En su primera carta a los Corintios, san Pablo es el primero en transmitir la tradición que  recuerda la noche en la que Jesús pasó a sus discípulos el pan y el vino de la nueva alianza, como signo y sacramento de su vida y de su entrega (1 Cor 11,23-26).  Al celebrar la eucaristía hacemos memoria de aquella entrega y damos gracias por ella.
- “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Con el gesto del pan partido y compartido, Jesús expresaba su entrega a sus hermanos. A los que participaban en aquella cena pascual y a los que  seguirían sus pasos a lo largo de los tiempos.
- “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre”. La sangre de los animales sacrificados sellaba las alianzas entre los pueblos y sus proyectos comunes. El vino compartido anticipaba el sacrificio de Jesús y sellaba la alianza de Dios con los hombres
- “Haced esto en memoria mía”. La muerte del Justo injustamente ajusticiado nos interpela. En la Eucaristía proclamamos que su memoria pervive en nosotros. La presencia de Cristo está viva en medio de su comunidad.
- “Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Vivimos en esperanza. Deseamos que la presencia de Cristo se haga visible en nuestro mundo y en nuestra historia.  

ESCUCHAR Y COMPARTIR
El evangelio que se proclama en esta fiesta del cuerpo y de la sangre de Jesucristo nos recuerda el relato de “la multiplicación de los panes y los peces”. Ante la necesidad de la gente y la perplejidad de los discípulos sobresale la decisión de Jesús.
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras de Jesús no son una simple llamada a la generosidad personal de los discípulos de antes o de ahora. Tampoco son una exhortación a tratar de  cambiar un sistema económico-social. Son mucho más.
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras son una interpelación y un mandato. Están  dirigidas a los discípulos que seguían al Maestro y a los que tratamos de seguirlo en nuestros días. Ponen de manifiesto nuestro egoísmo y nos llaman a la responsabilidad.
• “Dadles vosotros de comer”. Estas palabras de Jesús son un grito profético que anuncia un mundo de bienes compartidos y denuncia nuestra insolidaridad. La Eucaristía que celebramos nos exige hacer nuestra la entrega de Jesús. Nos lleva a vivir un amor sincero a los demás. Y a promover una caridad generosa y una justicia eficaz.

Visitar la Catedral de Sevilla

Interesante cuadernillo de trabajo editado por el Cabildo Catedral Metropolitano de Sevilla para visitar con Niños y Jóvenes el templo hispalense. Su índice nos informa de su estructura:

Información histórica 6

Actividades para Infantil 10

Actividades para Primaria 16

Actividades para Secundaria 22

Galería de Personajes 30

Vocabulario 33

Cronología 36

VER EL CUADERNILLO

Gloria a la Trinidad Jn 16,12-15 (TOC-Trinidad)

“El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas. En un tiempo remotísimo fui formada, antes de comenzar la tierra”. Dios es comunidad eterna y comunicación con el hombre que ha creado por amor. El libro de los Proverbios presenta esa comunicación con la imagen de la Sabiduría que se goza con los hijos de los hombres (Prov 8,22-31).  
La creación del mundo y la lección que las cosas creadas transmiten al ser humano se convierte en admiración e interrogante en el salmo octavo: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? (Sal 8,4-5).
La sabiduría de Dios ha sido identificada con su Hijo. Y el amor de Dios ha sido reconocido e invocado como su amor. Así lo recuerda san Pablo a los Romanos: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

TRES PUNTOS DE UNA REVELACIÓN
El evangelio que se proclama en esta fiesta de la Trinidad santa de Dios nos remite a las palabras de despedida que Jesús dirige a sus discípulos tras la última cena (Jn 16,12-15). Son unas pocas líneas, tan densas como luminosas que nos introducen en el ser de Dios, en la vida de Dios, en la comunicación de Dios. He aquí  tres puntos de esa revelación:
• El Espíritu de la verdad nos guiará hasta la verdad plena. La hondura y el amor de Dios son tan fecundos como inagotables. Nos serán revelados por el Espíritu nos irá ayudando a penetrar tras ese velo mientras vamos haciendo camino. El misterio de Dios es oscuro para quien trata de descubrirlo por sí mismo. Pero es luminoso para quien se deja guiar por el Espíritu.
• El Espíritu glorificará a Jesús. Mientras recorría los caminos de su tierra, Jesús fue ignorado y despreciado hasta ser condenado a muerte por los dirigentes de su pueblo. Pero el Espíritu había de reivindicar su suerte y revelar su gloria. Esa revelación irá marcando el paso de la historia. Sólo gracias al Espíritu acertamos a ver y aceptar a Jesús glorificado.
• Todo lo que tiene el Padre es de Jesús y es anunciado a los hombres por el Espíritu. Conocido por el Padre, solo Jesús lo conocía a su vez. Esa unión y esa intimidad interpersonal entre el Padre y el Hijo nos es revelada siempre y a cada uno de nosotros por la presencia y la acción del Espíritu.

GRATITUD Y ALABANZA
En su carta a Serapión escribía san Atanasio unas palabras que hoy se proponen a nuestra meditación en el “Oficio de Lecturas”: “En la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo. Lo trasciende todo en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo en el Espíritu”.
• El Padre lo trasciende todo. Está más alla de nuestras experiencias y aspiraciones. Más allá de lo que podemos conocer y apetecer. A él nos dirigimos por la fe.
• El Hijo lo penetra todo. Es la Palabra que nos revela la majestad y la bondad de Dios. Y nos revela lo que nosotros somos y lo que estamos llamados a ser. Él alienta nuestra esperanza.
• El Espíritu Santo lo invade todo. Conoce lo que somos y lo que necesitamos, lo que despreciamos y lo que valoramos. Él suscita en nosotros la fuerza del amor. 

Cuadros de la Santísima Trinidad

Santísima Trinidad. Óleo sobre lienzo atribuido a Francisco Caro (s. XVII). Museo del Prado. Saber más. (izquierda)

Santísima Trinidad. Óleo sobre lienzo de José de Ribera (h.1635). Museo del Prado. Saber más
(abajo).

La Fiesta del Espíritu Jn 14,15-16.23b-26 (Pentecostés)

“Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (Hech 2,11). Así concluye la primera lectura que se proclama hoy en la misa de esta fiesta de Pentecostés. El libro del Génesis nos dice que allá en Babel, el orgullo de los hombres los llevó a confundir sus lenguas. 
La luz y la fuerza del Espíritu de Dios los ayuda a entenderse entre sí. En efecto, el amor que es el primero de los frutos del Espíritu nos ayuda a superar las divisiones. El amor nos hace salir de nuestro individualismo. Gracias al amor podemos llegar a entendernos con nuestros semejantes. 
El salmo responsorial contempla la acción de Dios sobre toda la creación. Y, de paso, subraya la posibilidad de que el ser humano pueda leer en ella los signos de la presencia de Dios.  Así se dirige a Dios el piadoso israelita refiriéndose a los seres vivientes: “Envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra” (Sal 103).
San Pablo afirma que nadie puede decir “Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3). Él es el promotor del entendimiento entre todos los creyentes. A pesar de nuestras diferencias, “todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Cor 12,13)

EL ESPÍRITU DEL PERDÓN
En esta fiesta de Pentecostés el evangelio nos recuerda una vez más la primera aparición de Jesús Resucitado a sus discípulos (Jn 20,19-23). El Señor se presenta ante ellos con sus llagas. Sus palabras los invitan a extender a todos los hombres el perdón de Dios:
- “Recibid el Espíritu Santo”. Jesús les había dicho que el Espíritu sería para ellos el Abogado y el Consolador. Gracias al Espíritu de la verdad, podrían descubrir la hondura del misterio de Cristo. Tras la muerte y resurrección de Cristo, se cumple aquella promesa.
- “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. En la noche de la agonía en Getsamaní, los apóstoles habían abandonado a su Maestro. Pero Jesús no se presenta ante ellos para juzgarlos y condenarlos, sino que les confía el ministerio del perdón.
- “A quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El Resucitado confía a sus discípulos la misión de iniciar un discernimiento sobre el mal y el bien, sobre la obstinación en el mal y el arrepentimiento sincero y confiado.

ADMIRACIÓN Y ALEGRÍA
El Espíritu nos ayuda a pasar de la admiración a Jesús al reconocimiento del Cristo. Por eso nos atrevemos a invocar su venida:
• “Ven, dulce huésped del alma”. Como Abrahán acogió en Mambré a los tres mensajeros celestes, así el Espíritu es acogido por el creyente en la pobre estancia de la tienda en la que vive. Si no damos posada al Espíritu, quedaremos vacíos y turbados. 
• “Descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego”. Todos andamos más cansados y agotados de lo que solemos reconocer.  Pero el Espíritu de Dios da sentido a nuestro trabajo y alegría a nuestro descanso.
• “Gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. No es fácil consolar al que sufre.  La indiferencia o el orgullo nos impiden ver el dolor humano con ojos de misericordia.  Solo la luz del Espíritu de amor es manantial de consuelo y de esperanza.

Dos cuadros de Pentecostés en el Museo del Prado


Pentecostés. Óleo sobre lienzo de El Greco (h.1600). Saber más.(izquierda)







Pentecostés. Óleo sobre lienzo de Fray Maíllo. Saber más (abajo)

Sentado a la derecha del Padre Lc 24,46-53 (PAC7-19) Ascensión

* “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hech 1,11). Son dos personajes que parecen ser mensajeros celestiales. Y así suena la pregunta que dirigen a los amigos de Jesús, en el momento en que ellos que viven la doble experiencia de verlo glorificado y de quedar huérfanos del Maestro que era su guía.  
* “El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse”. Esta segunda advertencia de los mensajeros celestiales suena como una profecía. Los discípulos del Señor no pueden olvidar el pasado vivido con su Maestro. Tampoco pueden evadirse del presente. Pero han de mirar al futuro de la misión que les ha sido confiada. 
Con el salmo 46 proclamamos que “Dios asciende entre aclamaciones… y se sienta en su trono sagrado”. Efectivamente, Dios resucitó a Jesús de entre los muertos y lo sentó a su derecha en el cielo, como dice la segunda lectura de la misa de hoy (Ef 1,17-23). Esa imagen expresa la divinidad de Jesucristo. El Señor está por encima de todo lo que nos ocupa y nos preocupa.

PREDICACIÓN DE LA CONVERSIÓN
            El evangelio de Lucas se refiere de forma muy escueta al misterio de la Ascensión de Jesús a los cielos (Lc 24,46-53). Pero en su brevedad, este relato subraya tres elementos fundamentales de la fe y de la esperanza de todos los discípulos del Maestro.
• En primer lugar, se pone en boca de Jesús un resumen del misterio pascual, es decir, de su muerte y su resurrección. Al igual que Jesus había hecho con los discípulos que caminaban a Emaús, también ahora subraya que su suerte y su entrega estaban previstas en las Escrituras.
• Además, Jesús envía a sus apóstoles a todos los pueblos, como mensajeros de la misericordia de Dios. Al igual que Jonás había sido enviado a Nínive, los discípulos del Señor habrán de predicar la conversión para el perdón de los pecados.
• Finalmente, Jesús promete a sus discípulos la presencia continua del Padre celestial. Gracias a su asistencia, podrán ser testigos creyentes y creíbles de lo que el Mesías ha dicho y hecho para llevar a cabo la salvación del mundo.  
Jesús ha cumplido su misión y ha sido glorificado. Ahora confía su propia tarea a los que ha elegido para compartir su vida y su ministerio hasta el fin de los tiempos y hasta las últimas periferias de la tierra, como dice el papa Francisco. 

LA MISIÓN Y LA ALEGRÍA
Pero el texto evangélico añade todavía algo más. Es preciso que la comunidad recuerde siempre tres detalles que hacen presente en la Iglesia este misterio de la glorificación de Jesús.   
• El primer detalle es la nota sobre esa doble bendición. Jesús bendice a sus discípulos y los bendecirá siempre. Pero, al mismo tiempo, la oración de los discípulos incluye la bendición “ascendente”. En ella se refleja la gratitud de la comunidad por los dones de la fe y la misión. 
• El segundo detalle es precisamente la ascensión a los cielos. Con razón había dicho el Maestro que de los pobres de espíritu es el reino de los cielos.  Ya sabemos que “los cielos” son la metáfora del mismo Dios. El que ha bajado del Padre, asciende al Padre y comparte su gloria.
• El tercer detalle es esa nota sobre la alegría que embarga a los discípulos al regresar a Jerusalén. La fe les ayuda a comprender que Jesús permanecerá con ellos para siempre, guiándolos en la misión e intercediendo por ellos, como también ha dicho el papa Francisco. 

Una Palabra para todos los tiempos Jn 14,23-29 (PAC6-19)

“Hemos decidido el Espiritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”. Así se puede leer en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hoy se proclama en la celebración de la misa (Hech 15,1-2.22-29).
Habían llegado a Antioquía, algunos hermanos procedentes de Judea que pretendían imponer la circuncisión a los miembros de la comunidad, pertenecientes a la cultura griega. Pero, durante su primer viaje misional, Pablo y Bernabé habían ya comprendido que el mensaje de Jesús había de ser predicado también a los “gentiles”.
Se entabló una acalorada discusión entre unos y otros. No se trataba de algo superficial. Así que la cuestión fue llevada a Jerusalén. Los apóstoles y presbíteros de aquella comunidad decidieron que los gentiles no habían de circuncidarse para ser discípulos del Señor.
En cada momento de la historia cristiana habría que recordar aquella decisión. Es preciso mantener la fidelidad al mensaje de Jesús. Pero siempre será necesaria una generosa flexibilidad para que su espíritu impregne las diferentes culturas de este mundo.

LA PALABRA DEL SEÑOR Y EL AMOR
 El evangelio que se proclama en este sexto domingo de Pascua (Jn 14,23-29) se sitúa en el marco de la última cena de Jesús con sus discípulos. Las palabras del Maestro suenan con  la seriedad de un testamento. Y con la solemnidad de una dramática alternativa:
 • “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Jesús había sembrado su palabra abundante y generosamente. A ese don gratuito sus discípulos habían de responder, acogiéndola con respeto y gratitud y tratando de vivir fielmente su mensaje. 
• “El que no me ama no guardará mis palabras”. Esa es la prueba que desenmascara la sinceridad de nuestro amor o la mentira en la que nos refugiamos. Aunque nuestras  declaraciones de fe parezcan muy solemnes, no siempre son creíbles. Nuestro amor al Señor se demuestra si escuchamos  su palabra y tratamos de llevarla a la práctica de nuestra vida.
La fidelidad con la que escuchamos y cumplimos la palabra del Señor es la prueba del amor que le profesamos y la prenda de la presencia del Padre celestial entre nosotros. 

EL TEMBLOR DEL CORAZÓN
Ademas, en el evangelio que hoy se proclama se recoge otra frase, con la que Jesús nos invita a recorrer en serenidad el camino de nuestra vida.   
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras de Jesús podían referirse al temor que muy pronto se apoderaría de  sus discípulos. Uno iba a traicionarlo, otro lo negaria y los demás iban a abandonarlo. No deberían escandalizarse por ello.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palaras Jesús eran ya un aviso para su Iglesia. A lo largo de los siglos sufriría las persecuciones por parte de los extraños y la apostasía de sus propios miembros.  Pero deberá permanecer fiel.
* “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Estas palabras Jesús han de suscitar en todos nosotros el deseo de mantenernos fieles a su mensaje, y la voluntad de anunciarlo con valor y con alegría.  Es dicil, pero todo lo podemos con su gracia.

Palabras de despedida Jn 13,31-33a.34-35 (PAC5-19)

Es interesante releer el resumen de la misión de los apóstoles Pablo y Bernabé. Dan testimonio de Jesús, animan a los discípulos y les exhortan a perseverar en la fe.  La experiencia sufrida  en las tierras de Licaonia les enseña que “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios” (Hech 14, 22). 
Los dos apóstoles dejan el altiplano y regresan a las costas del sur. En Atalía se embarcan y regresan a Antioquía de Siria. Allí los habían elegido los hermanos para iniciar aquel camino misional. Y allá vuelven para dar cuenta a la comunidad de lo que Dios ha hecho por medio de ellos.
Explicar a los hombres las hazañas del Señor es un motivo de alegría, como vemos por el salmo responsorial (Sal 144). La fe nos dice que hemos sido llamados a formar el pueblo de Dios y que Dios estará cono nosotros, enjugando nuestras lágrimas y ofreciéndonos un impensable motivo para la esperanza, como leemos en el Apocalisis (Ap 21,1-5).

LA HORA DE LA GLORIA
El evangelio que se proclama en este quinto domingo de Pascua nos lleva de nuevo al marco de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 13,31-35). El texto subraya que después que Judas ha salido ya del Cenáculo, Jesús toma la palabra para hablar de sí mismo y de la gloria que le espera.
• Allá en Caná de Galilea, Jesús había dicho a su Madre que no había llegado su hora. Sin embargo, su presencia cambiaba ya el agua de las purificaciones antiguas en el vino bueno de la alianza nueva. Aquel signo manifestó ya su gloria a los discípulos que lo acompañaban en aquella fiesta de bodas (Jn 2,11).
• Tras la entrada de Jesús en Jerusalén, unos peregrinos griegos piden a los discípulos Felipe y Andrés que les faciliten un encuentro con el Maestro. Esa es la señal para que Él proclame que se acerca el momento que siempre ha esperado.  Dios le va a mostrar su gloria (Jn 12,23). Pero ese momento estará marcado por el signo de la pasión y de la muerte.
 • Ahora, en la intimidad de la cena pascual, Jesús manifiesta a sus discípulos que el tiempo se ha cumplido: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él” (Jn 13,31). Evidentemente, no llega la gloria que se espera de los triunfos sociales. La gloria del Hijo coincide con la aceptación de la voluntad del Padre.    

 LA SEÑAL DEL AMOR
 Jesús es consciente de que le queda poco tiempo para estar con los suyos. Así que, además de hablar de sí mismo y de la gloria que le espera, el Maestro expone el contenido del testamento que deja a sus discípulos.
• “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Amar a los demás como uno desea ser amado era el precepto contenido en el libro del Levítico (Lev 19,34). Era una regla razonable y bien conocida. Pero ahora Jesús se atribuía a sí mismo el modelo de ese amor. Amar como él amaba. Ese era el contenido de su testamento. Esa era la señal de la novedad del Mesías.
•  “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros” (Jn 13,35). Evidentemente, Jesús no quería reducir el amor tan solo a un sentimiento. Había de ser una señal pública. El amor de cada uno a los demás se abría al espacio de la sociedad. Y remitía a la persona de Jesús. El amor cristiano era, pues, un símbolo de reconocimiento de los miembros de la comundad. Y un testimonio de fidelidad al Maestro.