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Globalización y ¿solidaridad?

La globalización se nos presenta como “el proceso de interconexión financiera, económica, sociopolítica, que, gracias a la tecnología de la información y la comunicación, relaciona a las personas y las organizaciones, favoreciendo tanto la relación como la exclusión”.

Para muchos países y grupos sociales, la globalización se ha convertido en un peligro, por estas razones:

- Si se da la unificación de capitales y mercados, el crecimiento económico apetecido no es uniforme para todos los pueblos. Subsisten dramáticas diferencias entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo.

- Tampoco es uniforme el crecimiento económico y el disfrute de los bienes sociales en el seno de un mismo país desarrollado.

- Los mecanismos que promueven y gestionan la globalización económica son con frecuencia un poderoso instrumento en unas pocas manos, pero capaz de manejar a grandes multitudes.

- Los dirigentes de la globalización tienden a unirse creando grandes multinacionales con un poder enorme, a veces superior al de los Estados soberanos. La globalización puede acabar con la democracia liberal y dañar la promoción y la tutela de los derechos humanos.

- Mientras para los países ricos la globalización es un bien, para los pobres se presenta como la amenaza de nuevas formas de colonización.

- La globalización de la economía lleva consigo una globalización de la cultura. Unos pocos centros de influencia internacional difunden e imponen una cierta comprensión de la vida, unos nuevos (anti)valores y estilos uniformes de vida, un “nuevo modo de pensar, de comportarse y de comunicarse”.

- Finalmente, a la globalización de la economía no corresponde todavía una globalización de los valores ni de los instrumentos para convertirlos en reales. En particular, se echa de menos una difusión universal del valor de la solidaridad.

Corrección y oración (por J-R Flecha)

“La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo, nadie ve bien sus faltas. Por eso, es un acto de amor, para complementarnos unos a otros, para ayudarnos a vernos mejor, para corregirnos”. Así lo decía el papa Benedicto XVI en octubre de 2005, en la apertura del Sínodo de Obispos.
Comentando la incongruencia de los amigos que recriminan a Job sus pecados, comentaba el teólogo leonés Fray Cipriano de la Huerga, “El que asume para sí esa incomodidad que es echar en cara las faltas de los demás y reprender sus vicios, debe estar exento de todo pecado. No puede el ojo en el que cae un poquito de polvo o padece de conjuntivitis ver con claridad las manchas de los restantes miembros, ni la mano llena de suciedad quitar las manchas contraídas en otras partes del cuerpo”.
Recibir la corrección y corregir a los demás es un signo de libertad personal. De hecho, significa reconocer la preeminencia del bien y de la rectitud por encima de nuestros intereses o nuestros miedos particulares. Todos necesitamos ser corregidos. Por nuestro bien personal, pero también por el bien de la comunidad a la que nos debemos.

AYUDA FRATERNA

El profeta Ezequiel ya había desarrollado la teoría de la corrección y la responsabilidad moral que ésta implica. Sabe él que ha sido constituido por Dios como centinela de su pueblo. Y el centinela tiene la misión de advertir a su gente sobre los peligros que le pueden sobrevenir (Ez 33, 7-9.
En el evangelio de hoy se evidencia la necesidad de corregir al hermano que olvida los ideales de la comunidad y se establece un itinerario para la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te escucha, has salvado a tu hermano. Si no te escucha, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, considéralo como un pagano o un publicano. (Mt 18, 15-17).
Necesitamos un sabio discernimiento sobre nuestra vocación y sobre la realización concreta de la misma. Todos hemos de aprender a dejarnos corregir. Todos tenemos la tentación de absolvernos a nosotros mismos. Es preciso reconocer los propios errores y la necesidad de una ayuda fraterna para encontrar de nuevo el camino recto. .

UNA ORACIÓN SINFÓNICA

A la corrección fraterna, Jesús une la oración fraterna: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). De las reflexiones que sugiere este texto, basta subrayar solamente dos.
• El acuerdo para la oración. El texto original emplea un verbo que evoca la “sinfonía” de las voces. Así pues, se nos dice que de poco o nada vale la oración que brota de los corazones que viven en discordia. En ese caso, el cielo no puede escuchar lo que brota de la tierra. El Dios amor espera oír el amor de sus hijos convertido en oración.
• La presencia del Señor. Con acertada ironía se dice que el Señor no nos encontrará unidos, pero sí reunidos. Pues bien, según el mensaje evangélico, Jesús sólo puede ser encontrado por los que se reúnen “en su nombre”, es decir, escuchando su palabra y tratando de llevarla a la vida diaria con humildad y decisión.

El desafío de la globalización (por J-R Flecha)

La globalización es uno de los tres grandes desafíos con que la humanidad se enfrenta en el momento actual. Los otros dos son el descubrimiento y aceptación de la verdad misma del ser-hombre y la comprensión y gestión del pluralismo y de las diferencias.
La globalización es sobre todo un fenómeno mediático. Nuestra mirada puede presenciar casi todo lo que ocurre en el mundo. De una forma más o menos filtrada, nos llegan casi todos los sonidos de la humanidad. El mundo se nos ha hecho más pequeño.
Por otra parte, los medios de producción y los productos de consumo provienen de todas las partes del mundo. Los productos de cualquier parte del planeta llegan cada día hasta nuestra mesa. Y hasta los valores éticos son compartidos por las personas de cualquier parte del planeta. Realmente vivimos en “la aldea global”.
Sin embargo, la globalización de la información y los medios, de los bienes y productos, de las ideas y de los valores suscita cada vez con más fuerza la afirmación de las diferencias entre los grupos sociales y las personas. La globalidad es percibida como un logro y como una amenaza para la libertad y del sujeto.
Junto con las noticias, los bienes y las ideas, la globalización ha acercado también a las personas y ha facilitado los movimientos de gentes y las migraciones. Se quiera o no, la pluralidad es hoy una realidad palpable, cruzada por numerosas demandas sociales.
El fenómeno de las migraciones, siempre presente a lo largo de la historia, se ha convertido hoy en un fenómeno nuevo, no tanto por los movimientos de masas como por la conciencia del valor y superioridad de la propia cultura que llevan consigo los inmigrantes. Muchos de los rasgos típicos del encuentro intercultural son bien conocidos por el recuerdo de movimientos históricos del pasado. Sin embargo, hoy se plantea con nueva fuerza la cuestión del diálogo multicultural así como las diversas alternativas que se ofrecen con motivo de ese encuentro.
Al mismo tiempo, el fenómeno de la globalización suscita en los individuos y en las comunidades la afirmación de la propia identidad. El individualismo no es una moda pasajera: constituye en muchos casos un dramático recurso de defensa de la intimidad personal.
Esa afirmación de lo propio se traduce en continuas reivindicaciones de las notas características de las identidades locales, regionales o nacionales. La libertad de decisión personal encuentra su reflejo en la proclamación de la autonomía personal y política.
Por otra parte, la pluralidad de hecho parece exigir una pluralidad de valores. Es precisamente ahí donde se plantean las cuestiones más importantes. El pluralismo resulta aceptable, y hasta rentable económicamente, cuando se limita al ámbito de los gustos, las modas o el folklore. Pero los problemas se plantean cuando se instala en el terreno ético.

Sobre el anteproyecto-ley asistencia fin vida humana

Mi querido profesor de teología moral comparte esta breve pero intensa reflexión ante la forma y fondo del texto del Anteproyecto de ley sobre la asistencia ante el final de la vida humana:

En el texto del Anteproyecto de ley sobre la asistencia ante el final de la vida humana, es de alabar el interés por respetar las convicciones y creencias del paciente. Sin embargo, se echa de menos una cláusula que tutele por igual el respeto a las convicciones y creencias del personal médico-sanitario.
Es más, la letra de este artículo parece excluir de antemano el derecho a la objeción de conciencia por parte de estos profesionales.
En el marco de las obligaciones de las administraciones sanitarias se habla de la formación que se pretende ofrecer a los profesionales de la salud para prepararlos “en el ámbito de la prestación de cuidados paliativos” (art. 19e). Y se habla sobre la información que sobre este tema se ha de impartir a los ciudadanos (art. 19f).
Sin embargo, al lector le surgen algunas preguntas sobre el alcance ético de la formación y el tipo de información que se pretende pasar por los medios de comunicación.
En el art. 20 se habla de los comités de ética de los centros sanitarios. Uno puede preguntarse con qué criterios serán elegidos y formados los miembros de esos los comités. Por otra parte, parece que ellos serán los encargados de elaborar los modelos de las instrucciones previas o testamento vital que habrán de facilitar a los pacientes.
Pero ahí surge otra dificultad. Bien se conoce, por ejemplo, la diferencia que existe entre el testamento vital adoptado por la Conferencia Episcopal Española y los que son distribuidos por algunas asociaciones que propugnan el llamado derecho a la muerte digna.
Una cierta perplejidad, sin otros comentarios por el momento, suscitan las medidas previstas en el art. 21 con el fin de facilitar “apoyo emocional a los pacientes y a sus familias” y de fomentar “la participación del voluntariado en el acompañamiento de los pacientes en el proceso final de la vida y de sus familias”. ¿Quién ha de prestar ese apoyo emocional? Y ¿Qué tipo de participación se consentirá al voluntariado en esos momentos tan decisivos de la vida de toda persona?
El Anteproyecto de Ley sobre el final de la vida evita la palabra eutanasia, apenas mencionada una vez. Y ha evitado también toda referencia a la muerte. Se ve que en la cultura actual la muerte es un tabú más fuerte que el sexo.
El Anteproyecto parece propugnar y regular los cuidados paliativos para los enfermos que se encuentran en situación irrecuperable. Sin embargo, presenta como cuidados paliativos la sedación de los enfermos, cuya regulación deja muchos interrogantes desde el punto de vista ético.
Por otra parte, el texto es muy ambiguo con relación al tratamiento de las voluntades anticipadas, a su contenido y a su eventual interpretación por el mismo paciente y, sobre todo, en los casos en los que él no sea capaz de tomar decisiones sobre el proceso terapéutico-asistencial.
Finalmente, es preocupante el proyecto de la formación de los profesionales de la salud, así como de las personas voluntarias para asistir a los enfermos terminales.

José-Román Flecha Andrés
Universidad Pontificia de Salamanca