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La oscuridad y la luz Lc 9,28-36 (CUC2-25)

 “Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad” (Gén 15,12.17).

Es precisamente en la oscuridad de la noche cuando Dios invita a Abrán a mirar al cielo. Dios le recuerda el tiempo pasado cuando lo llamó y lo sacó de su tierra de Ur. En el presente se encuentra en una tierra que desconocía. Pero Dios le promete un futuro en el que su descendencia será tan  numerosa como las estrellas del cielo. 

Frente a la oscuridad que envuelve a Abrán, el salmo responsorial canta el misterio de la luz que guía a los creyentes: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1).

A los fieles de la ciudad de Filipos san Pablo les anuncia que Jesucristo transformará la humilde condición humana, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21).

LAS COLUMNAS DE LA FE

Esa transformación de nuestra condición humana encuentra su modelo definitivo en la transfiguración de Jesús en lo alto del monte (Lc 9,28-32).  

• Jesús lleva consigo a una montaña a los tres discípulos predilectos: Simón Pedro, Jacob o Santiago y su hermano Juan. El Maestro sube al monte para hacer oración. La iniciativa divina del Maestro antecede y anticipa las decisiones humanas de sus discípulos.

• Mientras oraba, el rostro de Jesús cambió y sus vestiduras se hicieron relampagueantes a los ojos de sus discípulos. El evangelio de Lucas parece sugerir que la oración transforma lo humano y hace percibir la gloria de lo divino. 

 • Junto a Jesús, los discípulos ven a Moisés y a Elías, rodeados de esplendor. Estas dos columnas de la fe de Israel hablan del éxodo que Jesús debía realizar en Jerusalén. La gloria que se manifiesta en el monte anuncia el  misterio de la muerte y resurrección del Señor.

 EL HIJO DE DIOS

En la oscuridad de la noche Abrán había oído al Dios que le ofrecía su alianza. Ahora, envueltos por una nube, los discípulos de Jesús oyen una voz que viene de lo alto para revelar la identidad de Jesús y exhortarles a prestar atención a su mensaje.   

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La voz que viene de lo alto revela a Jesús como hijo eterno de Dios. Jesús es más que un profeta. Su venida marca la plenitud de las antiguas esperanzas de Israel.   

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Además, se anuncia a Jesús como el elegido entre todos los hombres. En él se hace visible la figura del Siervo del Señor, y se cumple la misión redentora que le atribuía el libro de Isaías. 

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Por fin, la voz de Dios se convierte en exhortación. Jesús transmite la palabra de Dios. Él es la misma palabra de Dios. Todos los que se encuentren con Jesús han de escucharle con atención.

La Transfiguración desde la oración Lc 9,28-36 (CUC2-25)

1. ¿A dónde nos lleva el evangelio de hoy? Si seguimos el texto en sus inicios: subió al monte a orar. Esto es muy propio de Lucas y siempre en momentos importantes de la vida de Jesús. No hay nombre para el monte en ninguno de los evangelistas (cf Mt 17,1-9; Mc 9,2-10). El evangelista Lucas, a su manera, quiere asomarnos, por un pequeño instante, con los discípulos, a esa vida que no está limitada por nada ni por nadie. Quien escucha, hoy, en este domingo de Cuaresma, este pasaje del evangelio quedará sorprendido, porque no le será fácil entender todo lo que en él acontece. Pero debemos pensar que Lucas, recogiendo la tradición de Marcos, que es el primer evangelista que la asumió de otros, sabe que en su comunidad habrá dificultades para entenderla. De todas formas ha limado un poco su lenguaje y su intención catequética. La Transfiguración es una escena llena de contenidos simbólicos. Es como un respiro que Dios le concede a Jesús en su camino hacia Jerusalén, hacia la pasión y la muerte, con objeto de que alcance a experimentar un previamente la meta. Solo desde la oración, entiende Lucas, es posible vislumbrar lo que sucede en el alma de Jesús. Ese coloquio que Jesús mantiene con los personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, representan la Ley y los Profetas y con ellos se entabla un diálogo en profundidad sobre su “partida” (éxodo), sobre su futuro, en definitiva, sobre su muerte.

2. La Transfiguración, pues, quiere ser una preparación para la hora tan decisiva que le espera a Jesús. Los discípulos más conocidos acompañan a Jesús en este momento, como sucederá también en el relato de Getsemaní, en el momento de la pasión, pero tanto aquí como allí, el verdadero protagonista es Jesús, porque es él quien afronta las consecuencias de su vida y del evangelio que ha predicado. No obstante, aquí los discípulos se ven envueltos en una experiencia profunda, trascendente, que les hace evadirse de toda realidad. Dos personajes, Moisés y Elías, que subieron cada uno en su momento al Sinaí para encontrarse con Dios, ahora se hacen testigos de esta experiencia. La presencia de estos personajes “adorna” la escena, pero no la llenan. En realidad la escena se llena de contenido con la voz divina que proclama algo extraordinario. Quien está allí es alguien más importante de Moisés y Elías, la Ley y los Profetas ¡que ya es decir! En realidad la escena se configura sencillamente con un “hombre” que ora intensamente a Dios para que no le falten las fuerzas en su “éxodo”, en su ida a Jerusalén. Todo en un monte que no tiene nombre y que no hay que buscarlo, aunque la tradición posterior haya designado el Tabor.

3. Todo ha sucedido, según san Lucas, “mientras oraba”. Esto es especialmente significativo. Estas cosas intensas, espirituales, transformadoras, no pueden ocurrir más que en la otra dimensión humana. Es la dimensión en la que se revela que, sin embargo, el Hijo de Dios está allí. Los discípulos han vivido algo intenso, algo que no se esperaban (aunque de ellos no se dice que oren y esa es una diferencia digna de tener en cuenta); pero Jesús, que ha vivido esta experiencia más intensamente que ellos, sin embargo, sabe que debe bajar del monte misterioso de la Transfiguración para seguir su camino, para acercarse a los necesitados, para dar de beber a los sedientos y de comer a los hambrientos la palabra de vida. Su “éxodo” no puede ser como le hubiera gustado a Pedro, a sus discípulos, que pretenden quedarse allí instalados. Queda mucho por hacer, y dejar huérfanos a los hombres que no han subido a las alturas espirituales y misteriosas de la Transfiguración, sería como abandonar su camino de profeta del Reino de Dios. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas; la de la transfiguración que se describe aquí puede ser una de ellas, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino.

El Hijo Amado Mc 9,1-9 (CUB2-24)

“Por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa” (Gén 22,16-17). En el primer domingo de cuaresma se recordaba el pacto de Dios con Noé. En este segundo domingo se nos presenta la alianza de Dios con Abraham.

Dios aprecia la obediencia de Abraham. ¿Pero es que Dios puede pedir a un padre que sacrifique a su propio hijo? ¿O habrá que leer el texto en su contexto histórico? Los cananeos sacrificaban a sus primogénitos ante sus dioses de la fertilidad. Pero el Dios de Israel no quiere la sangre de los hijos sino la obediencia de los creyentes.

En la generosidad de Abraham se refleja su fe en el Dios que va dirigiendo sus pasos. Nosotros nos hacemos eco de esa disponibilidad al repetir esta promesa: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor” (Sal 115).

  Evocando la disponibilidad de Abraham, san Pablo recuerda la generosidad del mismo Dios. “El que no se reservó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Rom 8,31-36).

TRES INDICACIONES

Todos los años, en este domingo recordamos el misterio de la Transfiguración de Jesús en lo alto de un monte. De la nube que refleja la gloria y la cercanía de Dios bajó este mensaje: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” (Mc 9,7). Al igual que los discípulos predilectos del Maestro, nosotros escuchamos esas tres indicaciones

• Jesús es el Hijo de Dios. En un mundo que desprecia tan escandalosamente la paternidad, nosotros sabemos que no estamos huérfanos. Gracias a la palabra y la fidelidad de Jesús, se nos revela que Dios es su Padre. Y es también el nuestro. 

• Jesús es el Hijo amado por Dios. En una sociedad que considera el amor como un mero sentimiento o una ocasión para el placer, nosotros descubrimos que Dios es amor. Gracias a Jesús se nos revela la cercanía, la compasión y la ternura de Dios.

• Jesús es el Maestro y el Profeta enviado por Dios. En una época en la que se escuchan las voces discordantes de los falsos profetas, nosotros descubrimos que Dios nos habla. Gracias a Jesús podemos escuchar la palabra de la verdad. 

DISCRECIÓN Y ANUNCIO

Al bajar de la montaña, Jesús ordenó a sus discípulos: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esas palabras nos invitan a la reflexión y suscitan en nosotros la esperanza.

• En primer lugar, Jesús exhorta a los suyos a la discreción. Gracias al llamado “secreto mesiánico”, tan característico del evangelio de Marcos, Jesús rechazaba los falsos mesianismos del poder y del dominio. 

• En segundo lugar, Jesús invita a los discípulos de entonces y de ahora a aceptar el misterio de su entrega y de su muerte y a prepararse para anunciar a todo el mundo su resurrección de entre los muertos. 

Caminar hacia la Resurrección Mc 9,1-9 (CUB2-24)

1. El relato de la Transfiguración de Marcos nos asoma a una experiencia intensa de Jesús con sus discípulos, camino de Jerusalén después de haber anunciado la pasión, para que esos discípulos puedan meterse de lleno en el camino y en la verdadera misión de Jesús. Los discípulos, o bien desean los primeros puestos del reino, o bien quieren quedarse en el monte de la gloria de la transfiguración, como Pedro. Jesús va al monte para orar y entrar en el misterio de lo que Dios le pide; desde esa experiencia de oración intensa puede iluminar su vida para saber que le espera lo peor, pero que Dios estará siempre con él. Es una escena importante y compleja que viene a ser decisiva en el desarrollo del evangelio y de la vida de Jesús que ahora ya mira a Jerusalén como meta de su vida. Tenemos que pensar que más que otra cosa, (aunque haya una experiencia histórica de Jesús y sus discípulos en un monte), esta escena es una construcción teológica del evangelista, con todas sus consecuencias. En Jn 12,28-30 encontramos una experiencia de este tipo. El relato, en una teofanía que abarca casi todo, tiene tres partes: a) vv.1-4 y b) vv. 5-8 y una conclusión c) vv. 9-10 sobre el "secreto mesiánico", que es muy propio de Marcos y la pregunta de los discípulos sobre la resurrección de entre los muertos.

2. Los personajes del Antiguo Testamento, Moisés y Elías, están allí para respaldar precisamente la acción de Jesús. Y la voz misteriosa, entre las nubes, reafirma que, desde ahora, a quien hay que escuchar y seguir es a Jesús. Los elementos del relato nos muestran los símbolos especiales de las teofanías propias del AT. Pedro quiere quedarse, plantarse allí, haciendo tres tiendas, para Moisés, Elías y Jesús. El relato en sí es en el evangelio de Marcos el comienzo del viaje hacia Jerusalén. Y aunque no diga, como Lucas, que un profeta no puede "morir fuera de Jerusalén" viene a ser como el asomarse a la meta de la vida de Jesús: la resurrección. Pero a la resurrección a la nueva vida no se llega sino por la muerte. Una muerte que ya está sembrada en la vida del profeta de Galilea y casi decidida (Mc 3,6). Pedro no quiere bajar del monte porque esa vida nueva supone aceptar la muerte, y no una muerte cualquiera, sino la muerte en la cruz. La "gloria" divina que se ha experimentado en el monte está llamando a otro monte, el del Calvario, para que se viva como realidad plena. Jesús es el que tiene las ideas claras de todo ello, los discípulos no.

3. La decisión de Jesús de bajar del monte de la transfiguración y seguir caminando hacia Jerusalén, lugar de la Pasión, es la decisión irrevocable de transformar el mundo, la religión y la vida. Es verdad que eso le llevará a la muerte. Esa decisión tan audaz, como decisión de una misión que ahora se confirma en su experiencia con lo divino, con la voz del Padre, no le llevará directamente al triunfo, sino a la muerte. Pero el triunfo de la resurrección lo ha podido contemplar, a su manera, en ese contacto tan intenso con el misterio de Dios. Dios le ha revelado su futuro, la meta, la victoria de la vida sobre la muerte. Y ahí está su confianza para seguir su camino y hacer que le acompañen sus discípulos. Estos seguirán sin entenderlo, sin aceptarlo, preparándose o discutiendo sobre un premio que no llegará de la forma que lo esperaban. Del cielo se ha oído un mandato: "escuchadlo", pero no lo escuchan porque su mentalidad es bien otra. Jesús los ha asomado un poco a la "gloria" de una vida nueva y distinta, pero no lo han entendido todavía. El relato, desde luego, es cristológico, (no hay duda!, pero Marcos también quiere que sea pedagógico para la comunidad: la vida verdadera no se goza "plantándose" en este mundo, en esta historia, en nuestros proyectos. Está en las manos de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez
Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/25-2-2024/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

La obediencia y la escucha Mt 17,1-9 (CUA2-23)

“Abraham marchó como le había dicho el Señor” (Gén 12,4). En la primera lectura de los domingos de Cuaresma,  hacemos un recorrido por la historia de la salvación. De hecho, la liturgia nos presenta las figuras de Adán y Eva, Abraham, Moisés, el rey David y el profeta Ezequiel, para culminar el Domingo de Ramos con el Siervo de Dios.

Pues bien, frente a la desobediencia de Adán y Eva, se subraya hoy la obediencia de Abraham.  El patriarca sale de su tierra y de la casa de su padre hacia una tierra y un destino que Dios le ha de mostrar. El suyo es un itinerario de fe y de esperanza. Un modelo para el camino que ha de seguir todo creyente.  

En el salmo se menciona hasta tres veces la misericordia de Dios (Sal 32). En la segunda lectura de los domingos cuaresmales, los textos, tomados de los escritos paulinos, subrayan la salvación que nos ha llegado por Jesucristo. Hoy san Pablo recuerda que Él “destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio” (2 Tim 1,8-10).

CUATRO DETALLES EXCLUSIVOS

 En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma se lee todos los años el relato de la Transfiguración de Jesús en un monte alto. El texto de este año, tomado del evangelio de Mateo, contiene cuatro detalles exclusivos, relacionados por parejas: 

• Se concede a Pedro un cierto protagonismo. Es él quien se ofrece a levantar por su cuenta tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías.

• Pero los evangelios de Marcos y Lucas añaden que Pedro no sabía lo que decía. Solo el evangelio de Mateo suprime esa observación que podría oscurecer su autoridad.

• Según este evangelio, al oír la voz de lo alto que los invita a escuchar a Jesús, los discípulos predilectos cayeron de bruces, dominados por el miedo.

• Pero solo este evangelio, al sentido del oído y de la vista, añade también el tacto. Jesús se acercó a los discípulos, los tocó y les dijo: “Levantaos y no tengáis miedo” (Mt 17,7).

LA VOZ DE DIOS DESDE LA NUBE

 Sin embargo, los tres evangelios sinópticos coinciden en un dato muy importante. Recogen la voz que procede de la nube, que es un signo habitual signo de la presencia de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

• “Este es mi Hijo amado”. La Transfiguración de Jesús revela a los discípulos el rostro de Dios. Nunca podrá ser confundido con los dioses de los paganos. Con los ídolos de antes y los de ahora. El verdadero Dios es Padre y manifiesta públicamente su amor.

• “En él me complazco”. Jesús recoge la imagen del Siervo de Dios, al que se dedicaban aquellos hermosos cantos en la segunda parte del libro de Isaías. También Jesús ha sido elegido y enviado. Él es el predilecto de Dios. Y también él nos salvará por sus dolores.  

• “Escuchadlo”. En el Deuteronomio se pedía al hebreo que escuchase a Dios. Ahora Dios nos pide que escuchemos a Jesús. Él es la Palabra hecha carne. La Palabra definitiva de Dios. Escucharlo no es una frivolidad. Es aceptar su vida y su suerte, tomar su cruz y seguirle.

La Transfiguración, la transformación de lo divino en lo humano Mt 17,1-9 (CUA2-23)

1. Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, leemos el relato de la transfiguración. Corresponde, pues, en este domingo leer el texto de Mateo. Los pormenores del este relato mateano no nos alejaría mucho de su fuente, que es Marcos (9,2ss). Lucas (9,28ss) sí se ha permitido una autonomía más personal (como la oración, por dos veces, que es tan importante en el tercer evangelista y otros pormenores, como cuando Moisés y Elías hablan de su “éxodo”). Para el evangelista Marcos es el momento de emprender el viaje a Jerusalén y este es el punto de partida; Lucas ha querido adelantar la Transfiguración antes de emprender de una forma decisiva el “viaje” (9,51ss). Por tanto, Mateo es el más dependiente de Marcos a todos los efectos literarios. Deberíamos pensar que una experiencia muy intensa vivida por Jesús con algunos de sus discípulos, ha marcado la tradición de esta narración.

2. El hecho de que esté en este momento, tras la predicación de Jesús en Galilea y ya a las puertas de emprender el viaje definitivo a Jerusalén, resulta elocuente. No podemos negar que esta narración está concebida con el tono apocalíptico y con el lenguaje veterotestamentario pertinentes. Las dos columnas del AT, Moisés y Elías son testigos privilegiados de esta “experiencia”, en el monte (que nosotros lo conocemos como el Tabor, pero que no está identificado en el texto, y no es necesario). Porque el “monte” en cuestión es un símbolo, un lugar sagrado, un templo, el cielo… Precisamente esos dos personajes del AT tuvieron con Dios su experiencia en el monte, el Sinaí o el Horeb que es lo mismo. Por tanto, ya podemos llegar a percibir unas claves concretas de lectura a partir de estas semejanzas con los personajes mencionados. Por una parte están esos personajes para ser testigos de la “intimidad” de Jesús, el Hijo de Dios, pero en su necesidad más humana… Jesús, no es un impostor que habla del Reino a los hombres sin autoridad. Moisés y Elías testifican que no es así… si “conversan” con él es porque ellos le conceden a Jesús el “testigo” definitivo de la revelación. Pero este no es solamente un nuevo Moisés o un nuevo Elías… es el Hijo, como hace notar la voz celeste: escuchadlo!

3. Independientemente de la fisonomía literaria y teológica del relato, con las cartas marcadas por la cristología que respira la narración, nos preguntamos: ¿Qué significa la transfiguración? La transformación luminosa de Jesús delante de sus discípulos, ya camino de Jerusalén y de la pasión, es como un respiro que se concede Jesús para ponerse en comunicación con lo más profundo de su ser y de su obediencia a Dios. Jesús lee, digamos, su propia historia a la luz de su obediencia a Dios con objeto de llevar adelante ese plan de salvación para todos los hombres. Jesús no sube al monte de la transfiguración siendo el Hijo de Dios de la alta cristología, sino el hombre-profeta de Galilea que pregunta a Dios si el camino que ha emprendido se cumplirá. Por eso Lucas pone tanto interés en la oración, porque estas cosas se preguntan y se viven en la oración. Y las respuestas de Dios se escuchan también en la experiencia de la oración. De esa manera, los dos personajes que se presentan acompañando a la nube divina, Moisés y Elías, representantes cualificados del Antiguo Testamento, indican que ahora es Jesús quien revela a Dios y a su mundo. Los discípulos le acompañan, pero no pueden percibir más que una especie de sosiego que les lleva a pedir y desear “plantarse” allí, construir tiendas en lo alto del monte.

4. Pero los hombres están abajo, en la tierra, en la historia, y se les invita a bajar, como una especie de vocación; deben acompañar a Jesús, recorrer con él el camino de Jerusalén, porque un día ellos deben anunciar la salvación a todos los hombres. Jesús decide bajar de ese monte y pide a los suyos que le acompañen. Viene de “arriba” con la confianza absoluta de que su Dios lo ama… y ama a los hombres. Pero en Jerusalén no le otorgarán la autoridad que ahora le han concedido Moisés y Elías. También un día Moisés tuvo que bajar del Sinaí y se encontró con la realidad de un pueblo que se había fabricado un becerro de oro (Ex 32,1-35); Elías también descendió del Horeb (1Re 19), sabiendo que lo perseguirían las huestes de Jezabel que querían imponer a los dioses cananeos. Jesús tuvo que aclarar en el “monte” si su mensaje y su vida eran la voluntad de Dios. La voz celeste, por muy apocalíptica que suene, lo deja claro.

5. ¿Se debe o no se debe subir al monte de la transfiguración? Desde luego que sí. Y este es un relato que nos habla de la búsqueda de Dios y de su voluntad en la “contemplación” y en la “oración”. Esta es una de las razones por las que el relato de la transfiguración figura en la liturgia de la Cuaresma. No obstante, la enseñanza es palmaria: lo contemplado debe ser llevado a la vida de cada día, de cada hombre. Como Abrahán tuvo que dejar su tierra, los discípulos deben dejar la “altura infinita” del monte para abajarse, porque ese evangelio que ellos han vivido, deben anunciarlo a todos los hombres cuando Jesús resucite de entre los muertos. Probablemente Jesús vivió e hizo vivir a los suyos experiencias profundas que se describen como aquí, simbólicamente, pero siempre estuvo muy cerca de las realidades más cotidianas. No obstante, ello le valió para ir vislumbrando, como profeta, que tenía que llegar hasta dar la vida por el Reino. Se debe subir, pues, al monte de la transfiguración, para bajar a iluminar la vida.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/5-3-2023/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/