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La decisión más importante Mt 13,44-52 (TOA17-26) José Antonio Pagoda
El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.
Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.
¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?
Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.
Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?
La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.
El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.
La decisión acertada Mt 13,44-52 (TOA17-26)
“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Así oraba Salomón al comenzar su reinado (1 Reyes 3,5.7-12). No pedía a Dios una larga vida o muchas riquezas, Salomón solo pedía “discernimiento para escuchar y gobernar”.
Aceptar la voluntad de Dios y vivir de acuerdo con sus mandamientos nos daría sabiduría y orientación en estos tiempos en los que todos los días se repite que “todo vale”.
Deberíamos revisar nuestras prioridades y manifestarlas con valentía. Para ello, podemos hacer nuestra la confesión del salmo responsorial: “Señor, más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata” (Salmo 118,72).
A pesar de nuestra tibieza, hoy queremos repetir con fe las palabras que san Pablo escribe a los romanos: “A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rom 8,28).
EL TESORO Y LA PERLA
En el evangelio que se proclama en este domingo (Mt 13,44-52) se recuerdan tres parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios.
• En la primera, el reino de Dios, se presenta como un tesoro que un labrador encuentra en el campo. Puesto que el tesoro encontrado por azar tiene un valor inmenso, la decisión más justa es vender lo que se posee para comprar aquel campo.
• En la segunda parábola el reino de los cielos, o Reino de Dios, se presenta como una perla que encuentra un comerciante, que la ha buscado durante años. También él cree que debe desprenderse de sus bienes para conseguir algo que vale mucho más.
Es evidente que hay que tener la lucidez para descubrir lo que realmente vale y la decisión para desprenderse de lo que vale menos. Esa es la verdadera sabiduría: la que nos lleva a tomar en cada momento la decisión acertada.
Con razón escribió san Pablo VI, en su exhortación sobre el anuncio del Evangelio (8.12.1975), que el Reino de Dios hace que todo lo demás se convierta en “lo demás”. De todo se puede prescindir menos de la grandeza y la gracia de acoger a Dios como Señor.
LA RED Y LOS PECES
Además, el evangelio nos propone una tercera parábola. El reino de los cielos se identifica con la red que los pescadores echan en el mar, esperando recoger toda clase de peces, buenos y menos buenos. También esta imagen encierra algunos desafíos.
• El Reino de Dios nos pide una mirada universal. No podemos encerrarnos en nuestros límites. Tenemos que abrirnos a todos los hombres y mujeres, de cualquier clase y condición. Todos somos invitados a reconocer a Dios como Señor y como guía de nuestra existencia.
• El Reino de Dios exige un cuidadoso discernimiento. No todos los peces que quedan prendidos en la red tienen el mismo valor en el mercado. Es verdad que el bien y el mal conviven en nuestra vida. Pero no se pueden identificar a la ligera.
• El Reino de Dios comporta una actitud de humilde esperanza. Con frecuencia juzgamos las actitudes de los demás. Pero nuestros juicios no siempre son acertados y respetuosos. La verdadera valoración del bien y del mal corresponde a los ángeles de Dios.
Fuente: https://jrflecha.blogspot.com/
El tesoro de la sabiduría del Reino Mt13,44-52 (TOA17-26)
1. El texto evangélico de hoy es el final del c.13 de Mateo, el capítulo de las parábolas por antonomasia, en que una y otra vez se compara el "Reino de los cielos" con las cosas de este mundo, de la tierra, del campo, de la cizaña. En este caso, nos hemos de fijar en el tesoro del campo y la perla (vv. 44-46). Son como dos parábolas en una, aunque pudieran ser independientes en su momento. Las dos parábolas, tras una introducción idéntica, narran el descubrimiento de algo tan valioso que los protagonistas (un hombre cualquiera y un comerciante) no dudan ni un instante en vender todo lo que tienen para adquirirlo; lo hallado es tan extraordinario que están dispuestos a desprenderse de cuanto poseen con tal de apropiárselo. No todos los días tiene uno la suerte de descubrir un tesoro o una perla de inmenso valor. Cualquier hombre sería feliz con un descubrimiento semejante. Por eso, haría todo lo posible por obtenerlo, aunque para ello tuviera que pagar un alto precio. En las dos parábolas, los bienes que poseen los protagonistas del relato, pocos o muchos, son suficientes para que con su totalidad puedan adquirir lo que han encontrado. En ambos casos, el acento recae sobre el descubrimiento y sobre la decisión que toman los dos protagonistas.
2. Efectivamente, la decisión que toman parece desproporcionada o, al menos, arriesgada. Pero hemos de considerar que tienen una seguridad en esa decisión que les lleva hasta ese destino. ¿Es sabiduría o coraje (parresía)? Las dos cosas. Los elementos secundarios de las narraciones -si entendemos que son dos-, no dejan de tener sentido, aunque ya sabemos que en la interpretación de los parábolas no debemos exagerar o alegorizar cada una de las cosas que aparecen. Bien es verdad que en la primera hay un elemento sorpresa, porque es como el hombre que está en el campo, muy probablemente contratado, y encuentra el tesoro por casualidad. En el caso del mercader que recorre los bazares, sin duda, que siempre espera encontrar algo extraordinario y por eso porfía.3. Como en los dos casos la comparación es con el “reino de los cielos” (bien en el caso del tesoro, bien en el caso del mercader) entonces el sentido no puede ser otro que este: cuando uno encuentra el Reino de Dios, bien porque ha tenido la suerte inesperada de encontrarse un tesoro o bien porque lo iba buscando habiendo oído hablar de él, entonces todo está en poner en marcha la sabiduría y el coraje de que uno es capaz, los cinco sentidos, arriesgarlo todo, entregar todo lo que uno tiene, por ello.
4. ¿Es que el reino de Dios es un tesoro? Naturalmente que sí. Porque es el acontecimiento de un tiempo nuevo de gracia y salvación, de felicidad y amor que Jesús ha predicado y que ha convertido en causa de su vida y de su entrega. Por eso lo importante de estas dos parábolas es la decisión que toman ambos protagonistas y más todavía la alegría de esta decisión en el caso de tesoro en el campo (extraña que el mercader de perlas no tenga esta reacción primera, aunque sea la misma decisión). No he encontrado mejor conclusión que esta: «El Reino aparece así como un don al alcance de todos, de los afortunados y de los inquietos, de los que sin buscarlo se lo encuentran por casualidad y de los que lo descubren al final de una búsqueda. Para responder adecuadamente a ese don, aceptándolo y haciéndolo suyo, el ser humano ha de estar convencido de que el Reino es lo más valioso que se le puede ofrecer y, en consecuencia, ha de estar dispuesto a anteponerlo a cualquier otro bien» (cf. F. Camacho Acosta, Las parábolas del tesoro y la perla, Isidorianum, 2002).
Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/26-7-2026/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

