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El prójimo Lc 10,25-37 (TOC15-25)

“El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo” (Deut 30,14).  El libro del Deuteronomio pone en boca de Moisés la invitación a escuchar sus mandamientos y ponerlos en práctica..

Los mandamientos de Dios no son unas normas irracionales.  Reflejan los grandes valores éticos que los hombres pueden llegar a descubrir  por su propia razón. De su cumplimiento depende la afirmación y el respeto de la dignidad humana. Además, el cumplimiento de los mandamientos garantiza la paz y la justicia entre las gentes y los pueblos.

El salmo responsorial que hoy se canta nos exhorta a vivir en humildad y nos invita a buscar al Señor, para que podamos alcanzar una vida nueva y feliz (Sal 68,33-34).

San Pablo recuerda a los colosenses que Dios nos concede la paz por medio de la sangre de Cristo, derramada en la cruz (Col 1,15).

LA ENSEÑANZA DE LA LEY

En el evangelio de este domingo se dice que un letrado se acerca a Jesús y le dirige una pregunta muy semejante a la del joven rico: “Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 10,25-37).  

Jesús le responde preguntándole qué es lo que está escrito en la ley. El letrado cita el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser” (Dt 6,5).  Y añade  otro precepto tomado del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18).

El primer precepto era admitido sin discusión. Pero el segundo suscitaba muchas interpretaciones. Para unos, el prójimo digno de amor era todo el que pertenecía al pueblo de Israel. Para otros, prójimo era tan solo quien cumplía la ley. Así que el letrado quiere conocer la opinión personal de Jesús y le dirige una segunda pregunta: “¿Quién es mi prójimo”.

TESTIGOS DE LA MISERICORDIA

Jesús cuenta que un viajero que baja de Jerusalén a Jericó es asaltado por los ladrones que lo roban, lo apalean y lo dejan medio muerto. Por allí pasan tres viajeros

• En primer lugar, pasa por allí un sacerdote. Ve al hombre maltrecho, pero da un rodeo para no acercarse a él, tal vez para no contaminarse con la sangre antes de ir a ofrecer un sacrificio. En realidad, no se interesa por el hombre malherido..

• Después pasa por el mismo lugar un levita, que repite los mismos gestos. También él da un rodeo para mantenerse alejado del herido. Y también él trata de ignorar la desgracia de aquel hombre y pasa de largo.

• Pero pasa un viajero que se fija en el herido. Se le conmueven las entrañas, cura sus heridas, lo carga en su cabalgadura y lo lleva a un albergue, lo atiende personalmente, pide al posadero que cuide de él y promete volver para  pagar los gastos que el cuidado haya causado.

  Al final del relato, Jesús pregunta al letrado quién se hizo prójimo del hombre apaleado. El letrado responde secamente que aquel que tuvo misericordia. Sus prejuicios y resentimientos no le permiten decir que el que se hizo prójimo era un samaritano.

¿A quién debemos amar? Lc 10,25-37 (TOC15-25)

1. Y ahora el evangelio del día: una de las narraciones más majestuosas de todo el Nuevo Testamento y del evangelio de Lucas. Una narración que solamente ha podido salir de los labios de Jesús, aunque Lucas la sitúe junto a ese diálogo con el escriba que pretende algo imposible. El escriba quiere asegurarse la vida eterna, la salvación, y quiere que Jesús le puntualice exactamente qué es lo que debe hacer para ello. Quiere una respuesta “jurídica” que le complazca. Pero los profetas no suelen entrar en esos diálogos imposibles e inhumanos. Ya la tradición cristiana nos puso de manifiesto que Jesús había definido que la ley se resumía en amar a Dios y al prójimo en una misma experiencia de amor (cf Mc 12,28ss). No es distinto el amor a Dios del amor al prójimo, aunque Dios sea Dios y nosotros criaturas. Pero el escriba, que tenía una concepción de la ley demasiado legalista, quiere precisar lo que no se puede precisar: ¿quién es mi prójimo, el que debo amar en concreto? Aquí es donde la parábola comienza a convertirse en contradicción de una mentalidad absurda y puritana.

2. Dos personajes, sacerdote y levita, pasan de lejos cuando ven a un hombre medio muerto. Quizás venían del oficio cultual, quizás no querían contaminarse con alguien que podía estar muerto, ya que ellos podrían venir de ofrecer un culto muy sagrado a Dios. ¿Era esto posible? Probablemente sí (es una de las explicaciones válidas). Pero eso no podía ser voluntad de Dios, sino tradición añeja y cerrada, intereses de clase y de religión. Entonces aparece un personaje que es casi siniestro (estamos en territorio judío), un samaritano, un hereje, un maldito de la ley. Éste no tiene reparos, ni normas, ha visto a alguien que lo necesita y se dedica a darle vida. Mi prójimo -piensa Jesús-, el inventor de la parábola, es quien me necesita; pero más aún, lo importante no es saber quién es mi prójimo, sino si yo soy prójimo de quien me necesita. Jesús, con el samaritano, está describiendo a Dios mismo y a nadie más. Lo cuida, lo cura, lo lleva a la posada y la asegura un futuro.

3. Una religión que deja al hombre en su muerte, no es una religión verdadera (la del sacerdote y el levita); la religión verdadera es aquella que da vida, como hace el Dios-samaritano. Algunos Santos Padres hicieron una interpretación simbólica muy acertada: vieron en el “samaritano” al mismo Dios. Por tanto cuando Jesús cuenta esta historia o esta parábola, quiere hablar de Dios, de su Dios. Y si eso es así, entonces son verdaderamente extraordinarias las consecuencias a las que podemos llegar. Nuestro Dios es como el “hereje” samaritano que no le importa ser alguien que rompa las leyes de pureza o de culto religiosas con tal de mostrar amor a alguien que lo necesita. La parábola no solamente hablaba de una solidaridad humana, sino de la praxis del amor de Dios. Fue creada, sin duda, para hablar a los "escribas" de Israel del comportamiento heterodoxo de Dios, el cual no se pregunta a quién tiene que amar (como hace el escriba, nómikos del relato), sino que quiere salvar a todos y ofrecerles un futuro.