Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma A y Flecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma A y Flecha. Mostrar todas las entradas

Entrega y confianza Mt 26-27 (Domingo de Ramos)

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. En la primera lectura, se evoca el tercer canto del Siervo del Señor: “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes” (Is 50,47). Nos sorprende esa confianza en Dios que manifiesta un profeta que se sabe perseguido y condenado a muerte. 

El salmo responsorial recoge unas palabras que Jesús debió de recitar desde lo alto de la Cruz: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”. No es este el lamento de un desesperado, puesto que más adelante el salmista confiesa que Dios ha escuchado su petición de auxilio (Sal 21,25). 

En el himno que aparece en la segunda lectura, san Pablo proclama que Dios exalta a Jesús y le da un nombre por encima de todo nombre (Flp 2,9).

 TRES ESCENARIOS

La alegría de la bendición de los ramos y de la procesión parece oscurecerse en la lectura de la pasión de Jesús según san Mateo. En ella se evocan al menos tres escenarios en los que se pone de manifiesto el abandono humano que ha de sufrir Jesús

• El primero de ellos es el palacio de los sumos sacerdotes. Allí Judas, uno de los discípulos elegidos por Jesús, negocia con los sacerdotes el precio que puede cobrar por entregarles a su Maestro (Mt 26,14-26).

• El segundo escenario es el salón en el que Jesús celebra la última cena junto con los Doce. Allí anuncia que uno de ellos lo va a entregar y, ante la pregunta de Judas, responde que efectivamente él será el traidor (Mt 26,25).

• El tercer lugar es Getsemaní. Mientras Jesús hace oración, lleno de tristeza y angustia, sus discípulos predilectos duermen profundamente. Además, cuando llegan los esbirros de los sumos sacerdotes y de los ancianos del pueblo, todos los discípulos lo abandonan y huyen (Mt 26,56).   

EL ABANDONO Y LA AYUDA

 El texto griego ha conservado la forma aramea de unas palabras que Jesús pronunció en la cruz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). ¿Cómo entender ese lamento del Señor?

• Algunos pueden hoy identificarse con los que presenciaban la crucifixión de Jesús. El sonido de las palabras y el recuerdo de un profeta (Mal 3,23-24) les hicieron pensar que el Crucificado suplicaba la asistencia del profeta Elías.

• Otros muchos olvidan el itinerario que sigue el orante que pronuncia este salmo. La llamada de auxilio al Señor se trasforma en el mismo salmo en el fiel testimonio de la ayuda de Dios, en profesión de confianza y en anuncio de su gracia.

• También en este tiempo nuestro, son muchos los que piensan que Dios los ha abandonado, cuando en realidad están padeciendo el abandono de quienes debían mostrarles su cercanía y prestarles su apoyo.

Sombrero y escándalo Jn 9 (CUA4-26)

 “Te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos” (Ez 2,5). Con esas palabras el Espíritu de Dios envía a Ezequiel para que se dirija a los israelitas, que se muestran rebeldes y rechazan la voluntad de Dios.  

El profeta está decidido a aceptar la misión que se le confía y a transmitir a su pueblo lo que el Señor le ha comunicado. Es verdad que su pueblo tiene un corazón duro, pero el profeta cree que la palabra de Dios es un tesoro que no puede guardar. 

Nosotros no somos muy dóciles para escuchar el mensaje de los profetas. Pero hoy el salmo nos ayuda a mostrar nuestra confianza en la palabra de Dios. “Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia” (Sal 122).

Como a San Pablo, también a nosotros el Señor nos promete su asistencia y nos dice: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12,9)

SABIDURÍA Y MILAGROS

El evangelio según san Marcos recuerda una visita que Jesús realizó a su ciudad de Nazaret (Mc 6,1-6). El sábado fue invitado a hablar en la sinagoga. Las gentes quedaron asombradas al oírle. O más bien se escandalizaron, como se puede percibir por las preguntas que se hacían. 

• “¿De dónde saca todo eso?” Habían convivido siempre con Jesús y creían conocerlo bien. No entendían cómo un artesano de su aldea podía exponer una doctrina que les resultaba nueva e interpelante. En realidad querían permanecer aferrados a sus costumbres.  

• “¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?” Es evidente que las gentes de Nazaret estaban orgullosas de la sabiduría que les había sido transmitida. No estaban dispuestos a revisar sus conocimientos y sus actitudes. 

• “¿Y esos milagros que realizan sus manos?” Seguramente estaban admirados de los  milagros que Jesús realizaba. Pero no podían imaginar que aquel vecino suyo contara con el poder de Dios para realizarlos. 

ANUNCIO Y DENUNCIA

Si las gentes de Nazaret se asombraban de la sabiduría de Jesús, él se asombraba de la actitud de ellos. Se consideraban creyentes, pero se limitaban a creer lo de siempre y a vivir como siempre. Eso le llevó a Jesús a citar un proverbio popular:

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Esta frase encierra una experiencia universal. Con demasiada frecuencia catalogamos a los vecinos por un gesto o por una acción concreta. No esperamos de ellos un mensaje de sabiduría.     

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. El profeta no lo es solo por prever el futuro. El profeta está llamado a anunciar unas virtudes y a denunciar los vicios opuestos. Pero eso se rechaza en una cultura marcada por el relativismo.  

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”.  Claro que para poder “anunciar” con verdad y “denunciar” con credibilidad, el profeta ha de “renunciar” a sus intereses y comodidades. Pero las gentes rechazan a quien se empeña en remar “contra corriente”.

El agua que da vida Jn 4 (CUA3-26)

 “Golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.  Así responde Dios a las murmuraciones de su pueblo, torturado por la sed (Éx 17,3-7). En lugar de seguir al Dios del futuro, el pueblo añora a los dioses del pasado.

Tras haber recordado a Adán y a Abraham, la liturgia nos presenta la figura de Moisés. No es él quien consigue el agua, pero su obediencia a Dios contribuye a calmar la sed de los que peregrinan. Y alcanza el perdón divino sobre la blasfemia humana. 

Con toda razón, el salmo responsorial nos repite un oráculo de salvación: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94). 

San Pablo, por su parte, nos recuerda que “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,4). El amor de Dios es el agua que nos da vida y Jesucristo es el nuevo Moisés que abre para nosotros ese manantial de gracia y de esperanza. 

EL SÉPTIMO HOMBRE

El agua anuncia el bautismo de los catecúmenos que se celebrará en la fiesta de la Pascua. Si Elías pidió de comer a una mujer pagana, Jesús pide de beber a una mujer considerada como pecadora. El verdadero profeta se presenta siempre como un indigente. 

Aquella mujer de Samaría llega a sacar agua del antiguo pozo de Jacob. Ella evoca el pasado de su pueblo, pero Jesús la invita a imaginar un futuro insospechado: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice ‘dame de beber’, tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Jn 4,10).  Al oír a ese judío, la mujer le pide esa agua que da vida.

Por la vida de esta mujer han pasado ya seis hombres. Ninguno le ha traído la paz y la felicidad. Jesús es el séptimo hombre que llega a su vida. Ese es un número de perfección. El séptimo hombre es el enviado por Dios. Ya no es solo un judío. Se revela como un profeta. La mujer descubre que es el Mesías. El Salvador de todos los hombres.  

EL CÁNTARO DE LA MUJER

En el centro de este diálogo evangélico, se revela Jesús como un profeta. Él es el Mesías que ha sido esperado durante siglos. De su boca brota una promesa sorprendente: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

• “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed”. Así era y así es. Todos nos hemos acercado a pozos engañosos y no hemos podido calmar nuestra sed de felicidad. 

• “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor”. Todos hemos buscado satisfacción en el exterior, olvidando que el manantial está en nuestro interior.

• “Un agua que salta hasta la vida eterna”. Todos nosotros limitamos nuestros deseos a lo efímero y caduco, cuando el Señor nos abre a un horizonte de eternidad. 

Los hermanos ortodoxos atribuyen a la samaritana el nombre de Santa Fotina, es decir, la Iluminada. El cántaro que ella dejó junto al pozo está a disposición de los que han de llevar a sus hermanos el agua de la fe y de la esperanza.

La nube y la voz Mt 17,1-9 (CUA2-26)

En su constitución sobre la Liturgia, el Concilio Vaticano II dice que, mediante la escucha de la Palabra de Dios y la oración, el tiempo cuaresmal prepara a los fieles a celebrar el misterio pascual (SC 109). Como ha escrito León XIV en su mensaje para la cuaresma de este año, en este tiempo hemos de escuchar con atención la Palabra del Señor.

La primera lectura de estos domingos de cuaresma nos va recordando a los grandes testigos de la Primera Alianza. Si el primer domingo nos presentaba la figura de Adán, en este segundo domingo se evoca al patriarca Abram. En Ur de Caldea, él y su familia adoraban a los dioses de aquellas tierras regadas por el río Éufrates. Pero un día sintió la llamada de un Dios desconocido que lo invitaba a salir de su tierra (Gén 12,1-14).

Nosotros no podemos decidir el momento ni el modo de nuestra salvación. Dios tiene la iniciativa y la realización. Solo él es quien puede salvarnos del mal y del pecado y suscitar en nosotros la esperanza.  

Con razón podemos repetir confiadamente las palabras del salmo responsorial: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).

San Pablo indica a Timoteo que Dios se ha adelantado a nuestra petición, al enviarnos a Jesucristo para destruir la muerte y sacar a la luz la vida inmortal (2 Tim 1,10).

 LA HORA DE VER

El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos recuerda que la transfiguración de Jesús anuncia el misterio de su muerte y su resurrección. Pedro, Santiago y Juan subieron con él a lo alto de una montaña. Allí vieron que su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvían blancos como la nieve (Mt 17,1-8).

Pudieron ver que Jesús aparecía envuelto por una nube. Como se sabe, la nube habitualmente refleja la soberanía, la trascendencia y, al mismo tiempo, la cercanía de Dios. En este caso, evocaba aquella otra nube que acompañaba al pueblo de Israel en su peregrinaje por el desierto (Éx 14,21-22; 40,36-38).

Los Apóstoles vieron además que Moisés y Elías conversaban con Jesús. El representante de la Ley y aquel gran profeta de Israel habían llegado al monte para dar testimonio de la identidad y de la  misión del Maestro.

Y LA HORA DE OÍR

En el relato de la Transfiguración de Jesús se recoge la voz que desciende de la nube, es decir, desde el ámbito de lo divino: “Este es mi Hijo, el amado, el elegido: escuchadlo”. Cada una de estas palabras encierra una enseñanza fundamental:

• “Este es mi Hijo”. Dios no es algo extraño a la experiencia de los hombres. Tampoco es una idea ni un anhelo insatisfecho.  Es el Padre que reconoce a Jesús como hijo.

• “El amado”. Los seres humanos han temido muchas veces a los dioses. Los dioses falsos tienen boca pero no hablan. Pero el Padre de Jesús es un Dios que siente y ama.

• “El elegido”. Jesús no fue menos humano por saberse elegido por Dios. Por el hecho de reconocer a Dios como Dios, el ser humano no pierde su categoría y su dignidad.

• “Escuchadlo”. En Jesús y por Jesús nos llega el mensaje de Dios. Podemos confiar en él.  Dios está con él, lo apoya y garantiza su misión y la verdad de su mensaje.

La tentación de la mentira Mt 4,1-11 (CUA1-26)

 «¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gén 3,2). Esa es la pregunta que la serpiente dirige a la  mujer. Esa es la primera mentira de la historia. No es eso lo que ha dicho Dios. 

Al espíritu del mal le interesa suscitar la curiosidad de la  mujer, presentar a Dios como el enemigo de la libertad humana y sugerir que en la trasgresión de sus mandatos se encuentra la felicidad. Esa es la estrategia de los manipuladores de la humanidad. Pero es también la presión de  nuestros personales apetitos.

Sin embargo, el salmo responsorial nos sugiere una oración para reconciliarnos con Dios: “Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso” (Sal 50).

San Pablo indica a los fieles de Roma que, frente al pecado del primer hombre, nos llega por Jesucristo la salvación: “Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos” (Rom 5,19).

EL ENGAÑO

En el primer domingo de la cuaresma, contemplamos a Jesús en el desierto (Mt 4,1-11). Allí Jesús fue sometido una y otra vez a la prueba. El demonio trataba de explorar  su categoría divina y también su calidad humana. 

Si de verdad se consideraba como Hijo de Dios, podría satisfacer su hambre como por arte de magia, podría aparecer ante las gentes como un triunfador llovido del cielo y podría disfrutar de todos los bienes y los reinos de este mundo.

Esas son también nuestras tentaciones: el ansia del placer fácil y de la satisfacción inmediata, la conquista del poder que nos hará parecer superiores a todos los demás y el deseo de poseer bienes y comodidades que nuestros vecinos no logran alcanzar.  

Como a Jesús, también a nosotros el espíritu del mal nos incita a utilizar en beneficio contante y sonante nuestra dignidad de hijos de Dios. Nuestra gran tentación comporta siempre el engaño sobre nosotros mismos.   

 LA FIDELIDAD

 Si el demonio cita un salmo, Jesús lo rechaza con otra frase bíblica: “No tentarás al Señor tu Dios”. Pero nosotros somos tentados y tentadores de Dios y de los demás

• Solemos tentar a los demás cuando les presentamos la mentira como si fuera la verdad, cuando les sugerimos una forma de adicción como si les abriera a la libertad, cuando les presentamos una satisfacción inmediata como si fuera la felicidad.  

• Y nos atrevemos a tentar a Dios cuando olvidamos su amor y adoramos a las cosas, como si fueran dioses que pudieran salvarnos, cuando pretendemos ser nosotros la fuente de la fe y de la esperanza, del amor y de la vida, de la paz y la justicia. 

A la luz de este mensaje evangélico, hemos de revisar las clásicas tentaciones del tener, el poder y el placer, que pueden desviarnos del camino del Señor. La cuaresma es un tiempo propicio para este examen sobre la verdad más honda de nuestra vida.

Ultrajes y confianza Mt 26-27 Pasión

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. En la primera lectura, se nos ofrece el tercer canto del Siervo del Señor, que aparece en la segunda parte del libro de Isaías. “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes” (Is 50,4-7). Es hermosa esa confesión de confianza en Dios, en una situación de acoso y de persecución. 

El salmo 21 comienza con unas palabras que Jesús debió de recitar desde lo alto de la Cruz: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” (Sal 21,2). Contra lo que pudiera parecer, este no es el lamento de un desesperado. De hecho, más adelante, el salmista confiesa  que Dios ha escuchado su petición de auxilio (Sal 21,25). 

También en el himno del abajamiento del Cristo, que se recuerda en la segunda lectura, San Pablo proclama que, siendo de condición divina, Jesús ha asumido la suerte humana. Por eso, Dios lo ha exaltado y le ha concedido un nombre por encima de todo nombre (Flp 2,9).

ABANDONO HUMANO

En este domingo, la alegría de la bendición y procesión de los ramos parece oscurecerse a la hora de leer la pasión de Jesús según san Mateo. De hecho, en la lectura de este texto, podemos observar al menos tres escenarios en los que la figura de Judas pone de manifiesto el abandono humano que ha de sufrir Jesús.

• El primero de ellos es el palacio de los sumos sacerdotes. Nos duele ver cómo Judas, uno de los discípulos, elegido personalmente por Jesús, negocia con los sacerdotes el dinero que puede cobrar por entregarles a su Maestro (Mt 26,14-26).

• El segundo escenario es el salón en el que Jesús celebra la última cena junto con los Doce. Allí anuncia claramente que uno de ellos lo entregará y, ante la pregunta de Judas, responde que efectivamente él será el traidor  (Mt 26,25).

• El tercer lugar es Getsemaní. Mientras Jesús hace oración, lleno de tristeza y angustia, sus discípulos predilectos duermen. Cuando llegan los esbirros de los sumos sacerdotes, dirigidos por Judas, todos los discípulos lo abandonan y huyen (Mt 16,56).   

EL ABANDNO DIVINO

Por otra parte, el texto contiene una frase en arameo que parece escandalosa: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Es importante preguntarnos qué podemos encontrar en ese lamento del Señor.

• Una interpretación superficial. Algunos de los presentes en el Calvario no conocían bien la lengua aramea. El sonido de las palabras y el recuerdo de un texto del profeta Malaquías (3,23-24) les hicieron pensar que Jesús suplicaba la asistencia del profeta Elías.

• Una ignorancia evidente. Muchos lectores de hoy olvidan este salmo iniciado por Jesús. A la invocación con la que se suplica el auxilio de Dios sigue después el testimonio de su ayuda, una profesión de confianza y el anuncio de haber disfrutado de su gracia.

• Un eco muy actual. En nuestro tiempo, hay muchos creyentes que piensan que Dios los ha abandonado, cuando en realidad están padeciendo el abandono de otras personas que debían mostrarles su cercanía y prestarles su apoyo.

La vida del amigo Jn 11 (CUA5-23)

 Yo  mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” (Ez 37,12). Con esa imagen tan impresionante, el profeta Ezequiel anunciaba que Dios se mostraba dispuesto a promover la restauración del pueblo de Israel.

Durante años hemos cantado en los funerales el salmo ”De profundis” y hemos repetido esa súplica inicial: “Desde lo hondo a ti grito Señor, Señor, escucha mi voz”. Con el tiempo, hemos descubierto que ese salmo, aparentemente cargado de tristeza, es un grito de esperanza:  “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra” (Sal  129). 

Una esperanza que san Pablo atribuye a nuestra fe en el Espíritu de Dios: “Si el Espíritu  del  que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

EL DOLOR ANTE LA MUERTE

El evangelio de Juan relata la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). Cuando se acerca hasta su tumba, las hermanas del difunto parecen lamentarse del retraso del amigo. Pero Jesús suscita en ellas la esperanza y en sus discípulos la fe.

Sin tratar de ocultar sus lágrimas, Jesús pide que se haga correr la piedra que cierra la boca del sepulcro de su amigo. Con una voz imperiosa ordena al muerto que salga fuera.  Y Lázaro vuelve a la vida. Entre los testigos de ese suceso extraordinario hay dos reacciones contrapuestas. Unos creen que Jesús es un profeta. Pero otros deciden darle muerte. Con toda intención se sugiere que se condena a muerte a Jesús por haber librado de la muerte a un amigo. 

El texto evangélico es una parábola de la misión de Jesús. Él ha venido para dar la vida a los muertos. La vida espiritual a los que han aceptado la muerte del pecado. Y la vida que no muere, para los que le han confiado la vida caduca y quebradiza.

EL DON DE LA VIDA

En el relato de la resurrección de Lázaro, el evangelista ha colocado en labios de Jesús una revelación de su ser y de su misión:

• “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús es partícipe del poder del Padre celestial.  Jesús es el manantial de la vida humana y la fuente de su íntimo sentido. Jesús aporta su rescate definitivo cuando ha sido secuestrada por el pecado y por la muerte. 

• “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Cuando las esperanzas se agotan, tan solo en el Señor recobran plenitud. La muerte física no es el final del camino humano, cuando el camino  ha estado marcado por el amor de Él y por la fe en Él. 

• “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. El que todavía permanece vivo ha de saber que su vida no es naturalmente caduca. A la vida es preciso que se añada la fe en el Mesías Jesús. Solo así será vencida la muerte. 


La unción y el bautismo Jn 9 (CUA4-23)

 “Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor y estuvo con él en adelante”. En la primera lectura de los domingos de cuaresma del ciclo A, la liturgia nos presenta algunos personajes de la historia de la salvación. 

Hoy recuerda cómo Samuel unge a David como rey de Israel (1 Sam 16,1-13). El texto enseña que los criterios de Dios no siempre coinciden con los criterios humanos. En este caso, Dios elige al último de los hermanos, que estaba en el campo, pastoreando el rebaño, casi olvidado por su padre Jesé.

 El salmo responsorial evoca esa figura para ayudarnos a reconocer la providencia y el amor de Dios mientras proclamamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 22).

 Por su parte, san Pablo exhorta a los fieles de Éfeso a caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor (Ef 5, 8-14).  

LA CEGUERA Y LA LUZ

Tanto el verso del Aleluya como el texto evangélico retoman el tema de la luz. Nada parece más opuesto a la visión clara que el barro. Sin embargo, cuando Jesús cura al ciego de nacimiento, escupe en la tierra, hace un poco de lodo con la saliva, con él unge los ojos del ciego y lo envía a lavarse en el estanque de “El Enviado” (Jn 9,1-41). 

La escena ha sido muchas veces representada en el arte cristiano primitivo. La tradición vio en ella un símbolo del bautismo. En este domingo central de la cuaresma esta lectura refleja la misericordia del Señor y nuestra ceguera, la necesidad de la fe y del bautismo, las dificultades que acosan a quien cree en Jesús, que le ha dado la luz.  

Al untar los ojos del ciego con el polvo que habitualmente los ciega, Jesús lo capacita para que pueda ver. Parece una contradicción, pero el mensaje es muy claro. Nuestra experiencia de fe nos enseña que sin la intervención del Señor, nuestra ceguera tiene difícil curación.

LA FUENTE DE “EL ENVIADO”

Como el ciego de nacimiento, también nosotros necesitamos que Jesús nos envíe a lavar nuestros ojos en la fuente de “El Enviado”. Para la tradición cristiana, aquellas aguas  representan y recuerdan el bautismo, para el que se preparan los catecúmenos.  

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Necesitamos purificarnos de antiguos prejuicios, de imágenes inútiles y nocivas, de un espectáculo diario que nos fascina y nos encanta, que nos aliena y nos hace olvidar nuestro destino. 

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Es preciso recordar cada día el lavatorio original de nuestro bautismo y volver a recobrar el  frescor primero que brotaba de las aguas que nos dieron nueva vida. 

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Solo en el contacto con el Mesías Jesús puede aclararse nuestra mirada para descubrir su misterio y nuestra dignidad.

La obediencia y la escucha Mt 17,1-9 (CUA2-23)

“Abraham marchó como le había dicho el Señor” (Gén 12,4). En la primera lectura de los domingos de Cuaresma,  hacemos un recorrido por la historia de la salvación. De hecho, la liturgia nos presenta las figuras de Adán y Eva, Abraham, Moisés, el rey David y el profeta Ezequiel, para culminar el Domingo de Ramos con el Siervo de Dios.

Pues bien, frente a la desobediencia de Adán y Eva, se subraya hoy la obediencia de Abraham.  El patriarca sale de su tierra y de la casa de su padre hacia una tierra y un destino que Dios le ha de mostrar. El suyo es un itinerario de fe y de esperanza. Un modelo para el camino que ha de seguir todo creyente.  

En el salmo se menciona hasta tres veces la misericordia de Dios (Sal 32). En la segunda lectura de los domingos cuaresmales, los textos, tomados de los escritos paulinos, subrayan la salvación que nos ha llegado por Jesucristo. Hoy san Pablo recuerda que Él “destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio” (2 Tim 1,8-10).

CUATRO DETALLES EXCLUSIVOS

 En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma se lee todos los años el relato de la Transfiguración de Jesús en un monte alto. El texto de este año, tomado del evangelio de Mateo, contiene cuatro detalles exclusivos, relacionados por parejas: 

• Se concede a Pedro un cierto protagonismo. Es él quien se ofrece a levantar por su cuenta tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías.

• Pero los evangelios de Marcos y Lucas añaden que Pedro no sabía lo que decía. Solo el evangelio de Mateo suprime esa observación que podría oscurecer su autoridad.

• Según este evangelio, al oír la voz de lo alto que los invita a escuchar a Jesús, los discípulos predilectos cayeron de bruces, dominados por el miedo.

• Pero solo este evangelio, al sentido del oído y de la vista, añade también el tacto. Jesús se acercó a los discípulos, los tocó y les dijo: “Levantaos y no tengáis miedo” (Mt 17,7).

LA VOZ DE DIOS DESDE LA NUBE

 Sin embargo, los tres evangelios sinópticos coinciden en un dato muy importante. Recogen la voz que procede de la nube, que es un signo habitual signo de la presencia de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

• “Este es mi Hijo amado”. La Transfiguración de Jesús revela a los discípulos el rostro de Dios. Nunca podrá ser confundido con los dioses de los paganos. Con los ídolos de antes y los de ahora. El verdadero Dios es Padre y manifiesta públicamente su amor.

• “En él me complazco”. Jesús recoge la imagen del Siervo de Dios, al que se dedicaban aquellos hermosos cantos en la segunda parte del libro de Isaías. También Jesús ha sido elegido y enviado. Él es el predilecto de Dios. Y también él nos salvará por sus dolores.  

• “Escuchadlo”. En el Deuteronomio se pedía al hebreo que escuchase a Dios. Ahora Dios nos pide que escuchemos a Jesús. Él es la Palabra hecha carne. La Palabra definitiva de Dios. Escucharlo no es una frivolidad. Es aceptar su vida y su suerte, tomar su cruz y seguirle.

La tentación y la Palabra de Dios Mt 4,1-11 (CUA1-23)

“¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gén 3,1.5).      

La serpiente sugiere a la mujer que Dios teme que si comen la fruta prohibida se abrirán los ojos de los humanos y llegarán a ser como él, conocedores del bien y del mal. Pues bien, al comer la fruta, efectivamente se les abrieron los ojos, pero solo para percibir su miseria y su desnudez. No lograron ser sabios como Dios sino desvalidos como somos los humanos.

 Con el salmo responsorial, nosotros nos atrevemos a abrir ante Dios el estado de nuestra conciencia y a confesarle nuestra verdad: “Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces” (Sal 50,6).

En la carta a los Romanos, san Pablo presenta a Jesucristo como el nuevo Adán (Rom 5,12-19). Si el primero refleja nuestro coqueteo con el mal, que nos lleva a creernos dioses, el segundo Adán nos revela la grandeza del bien, que consiste en aceptar a Dios como Señor.  

EL DESIERTO Y LA VERDAD

Al presentar las tentaciones de Jesús, el evangelio según san Mateo evoca de alguna manera las tentaciones del pueblo de Israel. Al recordar unas y otras, nosotros podemos examinar nuestras propias tentaciones y descubrir nuestra verdad más profunda.

• En el desierto, el pueblo de Israel había padecido el hambre, pero Dios le ofreció el don del maná y las codornices (cf. Éx 16). Ante la sugerencia de cambiar las piedras en panes, Jesús responde que el hombre no vive solo de pan sino del maná de la palabra de Dios.

• En su travesía del desierto, el pueblo tentó a Dios pensando que estaba contra él (cf. Éx 17,1-7). También el demonio propone a Jesús que ponga a prueba a Dios para que le salve de una muerte segura. Pero Jesús advierte que nunca se debe tentar a Dios.

• Todavía en el desierto, el pueblo decidió adorar a un becerro de oro como si fuera el Dios que podía salvarle (cf. Éx 32). A cambio de una adoración, el demonio ofrece a Jesús los tesoros de todos los reinos del mundo. Pero Jesús proclama que solo se debe adorar a Dios.

LA FASCINACIÓN DE LA IDOLATRÍA

 La alusión al desierto no es casual. También en él se ha retirado Jesús, conducido por el Espíritu. En el desierto Jesús ha de reflexionar sobre su propia identidad. El demonio le pregunta si es el Hijo de Dios. Pero la respuesta no está en las pruebas que él propone, sino en lo que “está escrito”, que revela el ser y la voluntad del mismo Dios.

 •  A la primera tentación responde que no basta el pan de cada día, por necesario que sea. Hace falta alimentarse de la Palabra de Dios.

•  A la segunda tentación que lo invita a arrojarse desde lo más alto del templo, Jesús advierte no se debe tentar a Dios, exponiéndose al peligro y esperando de él la salvación.   

•  A la tercera tentación, en la que el demonio le ofrece los tesoros del mundo, Jesús responde que  a nadie y a nada debemos la adoración que solo Dios merece.  

Pasión y confianza Mt 27,11-54 (Domingo de Ramos)

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. En la primera lectura, se nos ofrece el tercer canto del Siervo del Señor, que se incluye en la segunda parte del libro de Isaías. “El Señor Dios me asiste, porque no quedo confundido”. Es hermosa esa confesión de confianza en Dios, precisamente en una situación de acoso y de persecución.
El salmo 21 comienza con unas palabras que Jesús debió de recitar desde lo alto de la Cruz: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” (Sal 21,2). No es el lamento de un desesperado, puesto que el salmista confiesa más adelante que Dios ha escuchado su petición de auxilio (Sal 21,25).
También en el himno del abajamiento del Cristo, que se recuerda en la segunda lectura, san Pablo nos abre a la perspectiva de una intervención de Dios que lo exalta y le da un nombre por encima de todo nombre (Flp 2,9).

ABANDONO HUMANO
Es oportuno recoger esas palabras que invitan a la esperanza en un momento en que la alegría de la bendición y procesión de los ramos parece oscurecerse cuando llega la hora de leer la pasión de Jesús según san Mateo. En este texto, podemos subrayar al menos tres escenarios en los que se pone de manifiesto el abandono humano que ha de sufrir Jesús
• El primero de ellos sería el palacio de los sumos sacerdotes. Nos duele ver cómo Judas, uno de los discípulos, elegido personalmente por Jesús, negocia con los sacerdotes el precio que puede cobrar por entregarles a su Maestro (Mt 26,14-26).
• El segundo escenario es el salón en el que Jesús celebra la última cena junto con los Doce. Allí anuncia claramente que uno de ellos lo entregará y, ante la pregunta de Judas, responde que efectivamente él será el traidor  (Mt 26, 25).
• El tercer lugar es Getsemaní. Mientras Jesús hace oración, lleno de tristeza y angustia, sus discípulos predilectos duermen. Cuando llegan los esbirros de los sumos sacerdotes y de los ancianos del pueblo,  todos los discípulos lo abandonan y huyen (Mt 16,56).  

EL ANUNCIO DE LA GRACIA
Pero aún hay más. Es interesante que el texto griego haya conservado esta frase aramea: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Es necesario preguntarnos cómo entendemos ese lamento del Señor.
• “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Muchos lectores se identifican con algunos de los presentes en la crucifixión de Jesús. El sonido de las palabras y el recuerdo de un profeta (Mal 3, 23-24) les hicieron pensar que suplicaba la asistencia del profeta Elías.
• “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Muchos olvidan el itinerario que sigue el orante que pronuncia este salmo. La llamada de auxilio al Señor se trasforma  después  en testimonio de su ayuda, en profesión de confianza y en anuncio de su gracia.

• “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” También hoy, muchos piensan que Dios los ha abandonado, cuando en realidad están padeciendo el abandono de quienes debían mostrarles su cercanía y prestarles su apoyo.

Resurrección y Vida Jn 113-7.17.20-27.33b-45 (CUA5-17)

“Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel”.  Este mensaje de Ezequiel (Ez 37,12) iba dirigido al pueblo que había sido deportado a Babilonia. El profeta le anunciaba de parte de Dios la promesa de rescatarlo de la esclavitud y devolverlo a su tierra.
Aunque todavía no se había llegado a asumir y profesar la fe en la resurrección de los muertos, el lenguaje estaba preparado para admitir como una resurrección la intervención de Dios a favor de los oprimidos. Muchos creían ya que Dios es el Señor de la vida. Por eso puede infundir en ellos su espíritu para que vivan de verdad y para siempre.
El salmo responsorial del domingo quinto de Cuaresma evoca este poder de Dios sobre la historia y la peripecia humana: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.
En la segunda lectura que hoy se proclama, san Pablo subraya el papel de Jesucristo en nuestra resurrección: “Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

EL DIÁLOGO
Aunque este año se proclama el evangelio según san Mateo, durante tres domingos de cuaresma leemos unos relatos de Juan que recogen las imágenes del agua, la luz y la vida. Toda una catequesis prebautismal que nos invita a meditar sobre el don de una existencia iluminada por el misterio pascual de Jesucristo.
Al llegar a la casa de su amigo Lázaro, muerto recientemente, Jesús mantiene con Marta un diálogo tan profundo como esperanzado. Marta sabe que Dios concederá a Jesús lo que le pida. Jesús le asegura que su hermano resucitará. Y ella confiesa una fe que se iba abriendo camino en el pueblo: “Sé que resucitará en la resurrección en el último día.
Ahí se inserta la gran revelación de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está muerto y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” Esa es la pregunta definitiva, la que marca toda diferencia en el campo de las creencias. Pues bien, Marta cree que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el esperado.

EL SEPULCRO
Pero el diálogo sobre la vida no ha llevado a Jesús a olvidar que la muerte ha llegado a la casa de sus amigos. Su pregunta por la sepultura de Lázaro no indica una simple curiosidad. Sus lágrimas revelan la sinceridad de su amor ante todos los presentes.
• “Lázaro, sal afuera”.   Esa es la orden que el Señor de la vida grita con voz potente ante la entrada del lugar donde se ha helado la esperanza.
• “Lázaro, sal afuera”.  Esa es la invitación que el Señor de la Iglesia le dirige para que ella abandone su cansancio y somnolencia y dé testimonio de la vida. 

• “Lázaro, sal afuera”.   Ese es el imperativo que Jesús nos dirige a todos los que vamos arrastrando una existencia mortecina que no puede suscitar el entusiasmo.

El agua y la fe Jn 9,1-.6-9.13-17.34-38 (CUA4-17)

“Anda, úngelo porque es este” (1 Sam 16,12). Esa es la palabra de Dios que saca al profeta Samuel de sus cavilaciones. Enviado por Dios a ungir en Belén al futuro rey de Israel, piensa que el candidato se ha de distinguir por su apariencia y su estatura. Pero no es así. El elegido por Dios es precisamente el hijo menor, que está fuera, cuidando las ovejas de su padre Jesé.
 La unción del joven David por el profeta Samuel revela las predilecciones de Dios por los pequeños. Pero la unción es además un rito por el que la persona queda consagrada y apartada de la profanidad. Finalmente, la unción tiene un importante significado social: la persona es llamada a una misión y ha de cumplir con una responsabilidad.
El salmo responsorial del domingo cuarto de Cuaresma nos recuerda que el joven pastor David es, en realidad, la imagen del único Pastor, que es el Señor (Sal 22). Por otra parte, la carta a los Efesios nos exhorta a abandonar las tinieblas que nos hacían andar a tientas y a caminar por el mundo como hijos de la luz (Ef 5,8-14).

EL ENVIADO
Tanto en el domingo pasado como en este la clave es precisamente esa vinculación de la luz con el agua. La Samaritana se encontró con Jesús en la plenitud de la luz y aceptó pedirle el agua que da vida eterna. Ahora es un ciego de nacimiento el que, ungido por Jesús con una mezcla de tierra y de saliva, encuentra en el agua la luz para sus ojos y para su vida toda (Jn 9,1-38).
Al ver al ciego, los discípulos preguntan si la causa de la ceguera es su pecado o el de sus padres. Es un resto de la mentalidad que consideraba la enfermedad como un resultado de la culpa moral. Andando los siglos, no siempre hemos logrado superar aquella presunción. Ante la muerte de un niño, muchos se escandalizan al pensar que no merecían tal “castigo”.
Jesús rechaza aquella antigua idea. Ante la situación del ciego, se manifestarán en él las obras de Dios. Y añade: “Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Unge los ojos del ciego y lo envía a lavarse en las aguas de la piscina de Siloé. De pronto el nombre habitual del canal cobra un nuevo sentido para indicar al “Enviado” por Dios para traer la luz a nuestra humanidad enceguecida.

CREER PARA VER
El evangelio incluye una serie de preguntas y respuestas entre los fariseos y el ciego, que parecen marcar el ritmo de una catequesis de iniciación cristiana. Un proceso que culmina en el diálogo de Jesús con el ciego ya curado.
• “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”   Esa es la pregunta clave para todo catecúmeno que accede a la fuente bautismal. Pero es también una pregunta inesquivable para todo el que desea sinceramente acercarse a Jesús.
• “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” La pregunta por Jesús requiere siempre información, pero sobre todo necesita una seria formación. Nadie puede llegar por sí solo a reconocer la identidad del Señor.
• “Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es”.  La respuesta de Jesús incluye una referencia a los sentidos de la vista y el oído. La apertura sincera de la persona ha de conducir al que busca hasta el encuentro con el buscado.

• “Creo, Señor”. Según el evangelio, la fe ha curado a números enfermos que se acercaban a Jesús. El padre del joven epiléptico que Jesús encontró al bajar del monte de la Transfiguración decía creer, pero todavía necesitaba crecer en la fe. El ciego curado cree simplemente.   

El agua de la vida Jn 4,5-15.19b-26.39a.40-42 (CUA3-17)

“Golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”.  Con ese mandato dirigido a Moisés, Dios responde a las murmuraciones de su pueblo, torturado por la sed en el desierto (Es 17,3-7). Una y otra vez, en el camino de la esperanza surge la tentación de la nostalgia. En lugar de seguir al Dios del futuro, el pueblo añora a los dioses del pasado.
Tras haber recordado a Adán y a Abraham, la liturgia cuaresmal nos presenta En este tercer domingo la figura de Moisés. Entre el pueblo y su Dios, Moisés se nos muestra como el mediador. Es verdad que no es él quien envía el agua, pero su obediencia contribuye a calmar la sed de los peregrinos. Y a que llueva el perdón divino sobre la blasfemia humana.
Con razón el salmo responsorial nos repite un oráculo de salvación: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: No endurezcáis vuestro corazón” (Sal 94).
Y con razón san Pablo nos recuerda que “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,4). El amor de Dios es el agua que nos da vida y Jesucristo es el nuevo Moisés que nos abre ese manantial de gracia y de esperanza.

EL SÉPTIMO HOMBRE
El agua del antiguo pozo de Jacob es lo que buscaba aquella mujer de Samaría. Ella mira al pasado de su pueblo, pero Jesús la invita a imaginar un futuro insospechado: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice ‘dame de beber’, le pedirías tú, y él te daría agua viva” (Jn 4,10).  Ahora es la mujer la que pide esa agua que da vida.
Por el camino de esta mujer han pasado ya seis hombres. Ninguno de ellos le ha traído la paz y la felicidad. Jesús es el séptimo hombre que llega a su vida. El séptimo hombre es el enviado por Dios. Ya no es solo un judío. Se revela como un profeta. Es el Mesías y el Salvador. En este relato, la escalada de sus títulos resume toda una catequesis.
En el evangelio de este tercer domingo de cuaresma el agua preanuncia el bautismo de los catecúmenos en la fiesta de la Pascua. Al igual que Elías pidió de comer a una mujer pagana, Jesús pide de beber a una mujer que podría ser considerada como pecadora. El verdadero profeta llega siempre como un indigente.

EL CÁNTARO
En el centro de este diálogo estupendo, sobresale la revelación del Profeta sospechado y del Mesías largamente esperado: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
• “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed”. Así es. Muchas veces nos hemos acercado a pozos engañosos que no han calmado nuestra sed de felicidad.
• “El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor”. Muchas veces hemos buscado satisfacción en el exterior, olvidando que el manantial esta en nuestro interior.
• “Un agua que salta hasta la vida eterna”. Muchas veces limitamos nuestros deseos a lo efímero y caduco, cuando el Señor nos abre a un horizonte de eternidad.

No es extraño que los griegos atribuyan a la samaritana el nombre de Santa Fotina, es decir, la Iluminada. El cántaro que ella dejó junto al pozo está a disposición de los que han de llevar a sus hermanos el agua de la fe y de la esperanza.

Obediencia Mt 17,1-9 (CUA2-17)

“Abraham marchó como le había dicho el Señor” (Gén 12,4). En la primera lectura de los domingos de Cuaresma, la liturgia nos lleva a hacer un recorrido por la historia de la salvación. De hecho, nos presenta las figuras de Adán y Eva, Abraham, Moisés, el rey David y el profeta Ezequiel, para culminar el Domingo de Ramos con el Siervo de Dios.
Pues bien, frente a la desobediencia de Adán y Eva, se subraya hoy la obediencia de Abraham, El patriarca sale de su tierra y de la casa de su padre hacia una tierra y un destino que Dios le ha de mostrar. El suyo es un itinerario de fe y de esperanza. Un modelo para el camino que ha de seguir todo creyente. 
Por otra parte, en la segunda lectura de los domingos cuaresmales, todos los textos, tomados de los escritos paulinos, subrayan la salvación que nos ha llegado por Jesucristo. Hoy se recuerda que Él “destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal, por medio del Evangelio”.

CUATRO DETALLES
En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma se lee todos los años el relato de la transfiguración de Jesús en un monte alto.  El texto de este año, tomado del evangelio de Mateo, contiene cuatro detalles exclusivos, relacionados por parejas:
• Se concede a Pedro un cierto protagonismo. Es él quien se ofrece a levantar por su cuenta tres tiendas: una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías.
• Pero los evangelios de Marcos y Lucas añaden que Pedro no sabía lo que decía. Solo el evangelio de Mateo suprime esa observación que podría oscurecer su autoridad.
• Según este evangelio, al oír la voz de lo alto que los invita a escuchar a Jesús, los discípulos predilectos cayeron de bruces, dominados por el miedo.
• Pero solo este evangelio, al sentido del oído y de la vista, añade también el tacto. Jesús se acercó a los discípulos, los tocó y les dijo: “Levantaos y no tengáis miedo” (Mt 17,7).

LA VOZ DE LA NUBE
Los tres evangelios sinópticos coinciden en introducir la voz que procede de la nube, signo de la presencia de Dios: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.
• “Este es mi Hijo amado”. La Transfiguración de Jesús nos revela el rostro de Dios. Nunca podrá ser confundido con los dioses de los paganos. Los de antes y los de ahora. El verdadero Dios es Padre y es amor,
• “En él me complazco”. Jesús recoge la imagen del Siervo de Dios, al que se dedicaban aquellos hermosos cantos en la segunda parte del libro de Isaías. Él ha sido elegido y enviado. Él es el predilecto de Dios. Pero él nos salvará por sus dolores. 

• “Escuchadlo”. El Deuteronomio pedía al hebreo que escuchase a Dios. Ahora Dios nos pide que escuchemos a Jesús. Él es la Palabra hecha carne. La Palabra definitiva de Dios. Pero escucharlo no es una frivolidad. Es aceptar su vida y su suerte, tomar su cruz y seguirle.

La Tentación Mt 4,1-11 (CUA1-17)

¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal” (Gén 3,1.5). Los primeros capítulos del Génesis crean muchos problemas de fe a las gentes. Bastaría fijarse en su estilo parabólico. Y ver que solo en las fábulas hablan los animales.
El discurso de la serpiente es engañoso. En él se encierran dos grande cuestiones que inquietan a los hombres de hoy. En primer lugar se presenta a Dios como aquel que prohíbe la realización humana. Y en segundo lugar, se suscita en la persona el deseo de decidir por su cuenta la esencia del bien y del mal.
Está en juego la imagen misma de Dios. Y, en consecuencia, se plantea la cuestión de la identidad y de los poderes del hombre. Así que la tentación no es una frivolidad.
En la carta a los Romanos, san Pablo presenta a Jesucristo como el nuevo Adán (Rom 5,12-19). Si el primero refleja nuestro coqueteo con el mal, que nos lleva a creernos dioses, el segundo nos revela la grandeza del bien, que consiste en aceptar a Dios como Señor.

LAS TENTACIONES DE ISRAEL
En el evangelio de este primer domingo de cuaresma se lee todos los años el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto.  El texto tomado del evangelio de Mateo evoca las tentaciones del pueblo de Israel. De ellas recibimos orientación para afrontar nuestras propias tentaciones.
• Pretender que las piedras se conviertan en panes evoca el hambre que el pueblo peregrino padeció en el desierto y el don del maná y las codornices (cf. Ex 16). Pero Jesús sabe que el hombre no vive solo de pan.
• Proponer a Jesús que se arroje desde el alero del templo, recuerda que el pueblo sediento tentó a Dios, al pensar que Dios estaba contra él (cf. Ex 17, 1-7). Pero Jesús advierte que nunca se debe tentar a Dios.
• Ofrecer a Jesús los tesoros de todos los reinos del mundo, nos muestra de nuevo el espectáculo del pueblo que decidió adorar a un becerro de oro (cf. Ex 32).  Pero Jesús proclama que solo a Dios se debe adorar.

LA PALABRA Y SUS VALORES
En el relato de las tentaciones de Jesús se contraponen constantemente la humanidad y la debilidad de Jesús, que siente hambre; y la imagen y la majestad de Dios, a quien es preciso escuchar. Por eso se repite hasta tres veces la solemne apelación a la palabra divina.
•  “Está escrito”. Así responde Jesús. No basta el pan de cada día, por necesario que sea. Hace falta alimentarse de la Palabra de Dios.
•  “Está escrito”. Dios es nuestro Padre, compasivo y misericordioso. Pero tienta a Dios quien se expone al peligro y lo convierte a él en un fácil salvavidas

•  “Está escrito”. Los tesoros y la magnificencia de todos los reinos nos fascinan. Pero a nada y a nadie debemos la adoración que solo Dios merece.