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La vida y su sentido Mt 10,26-33 (TOA12-17)


 “Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (Jer 20,13). Así termina la primera lectura que se proclama en este domingo duodécimo del tiempo ordinario. Antes hemos oído que Jeremías escuchaba los comentarios amenazadores de sus vecinos. Trataban de delatarlo, de atraparlo y de vengarse de él.

 Esa situación no es exclusiva de Jeremías, La experiencia repetía en su pueblo que nadie es profeta en su tierra. También fuera de ella, quien anuncia la verdad y denuncia la mentira será acusado de no respetar el orden establecido. En algunos lugares el mensajero de la justicia es directamente asesinado. En otros, se comienza por declararlo “persona non grata”.

Muy oportunamente, en el salmo responsorial se nos invita a repetir una súplica cargada de confianza: “Que me escuche tu gran bondad, Señor” (Sal 68). Que nos alcance la gracia que Dios nos otorga por Jesucristo, como nos dice san Pablo (Rom 5,12-15).



EL MIEDO Y LA LIBERTAD

La persecución aparece también en el evangelio que hoy se proclama (Mt 10,26-33). El texto forma parte del llamado “Discurso de envío”. Los discípulos de Jesús han de saber que la misión no va a ser fácil. En las exhortaciones de Jesús hay una advertencia y un aviso

• Jesús advierte a sus discípulos que no han de tener miedo a los hombres, porque lo oculto y escondido llegará a saberse un día. Así que han de estar dispuestos a pregonar a la luz del día lo que Jesús les ha ido enseñando en privado.

• Jesús avisa a sus discípulos de que no han de temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Así que han de saber valorar el tesoro de su libertad. La vida es importante, pero no deben ponerse en el peligro de perder el sentido último de la vida.

Las palabras de Jesús son una invitación a anunciar el mensaje con decisión y libertad. El mensajero podrá perder la vida en la misión, pero nadie puede arrebatarle el gozo de haber sido elegido para llevarla a cabo.



LA CONFIANZA Y LA FIDELIDAD

De todas formas, habrá ocasiones en las que los discípulos de Jesús se preguntarán si  merece la pena arriesgar tanto por la misión que les ha sido encomendada. Jesús parece intuir ese titubeo y responde con una parábola y una promesa.

• Todos conocen el precio de los gorriones que se venden en la plaza por una moneda insignificante. Pero de todos ellos se cuida el Padre. Con más razón se cuidará de los que han sido elegidos por Jesús. Hasta de sus cabellos lleva cuenta Dios. Así que han de caminar y vivir alimentando la confianza.
• A lo largo de la misión, los enviados tendrán ocasiones de dar testimonio de su Maestro y ocasiones para renegar de él. Tendrán que aprender a optar. Y recordar que un día el Señor los reconocerá o los ignorará según su comportamiento. Así que han de caminar y vivir  manteniendo la fidelidad a la llamada. 

Pedagogía de la afectividad cristiana

El título señala con claridad su contenido: la relación afectiva con Dios a la luz de la Palabra. El autor, que muestra una clara preocupación pastoral y pedagógica, ha seleccionado los salmos y los evangelios y ofrece pistas e indicaciones para leer, meditar y orar con ellos y aprender así a vivir mejor la relación con el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. No hay mejor aprendizaje de afectividad creyente que los salmos, con los que la Iglesia expresa su relación con Dios, y los evangelios, revelación de la persona de Jesús, con los que el discípulo cristiano hace el camino de conocer y amar a Jesús, «el camino, la verdad y la vida».

Autor: Javier Garrido
Editorial: San Pablo-Colección Mambré
ISBN: 9788428553261
176 páginas
Precio: 16,85 euros

El don de la Eucaristía Jn 6,51-58 (TOA11-17) Corpus


“Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer esos cuarenta años por el desierto… Él te afligió haciéndote pasar hambre y después te alimentó con el maná,  que tú no conocías ni conocieron tus padres, para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios” (Dt 8,2-3).

En los discursos del Deuteronomio se invita a Israel a la fidelidad al Dios de la liberación. En este caso se le recuerda el maná que sostuvo su dura peregrinación por el desierto.  Aquel alimento había de ser una prueba del amor y de la providencia de Dios hacia su pueblo. Aún así, lo invitaba a reconocer el valor de la palabra de Dios.

 Ante la indiferencia de algunos cristianos de Corinto hacia las necesidades de sus hermanos, san Pablo les recuerda que el cuerpo y la sangre de Cristo son fuente y estímulo de unión: “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1Cor 10,17). 



 ALIMENTO Y CAMBIO

El evangelio que se proclama en esta fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo recoge una parte del discurso que, después del reparto de los panes y los peces, Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm (Jn 6, 51-58). En él sobresalen dos temas importantes.  

• A la Samaritana, Jesús se revelaba como el que puede dar el agua de la vida. Ahora se  revela como el pan vivo que da la vida. Sólo él puede calmar nuestra sed y saciar nuestra hambre. La carne y la sangre del Hijo del Hombre resumen su persona, su vida y su enseñanza. Son verdadera comida y verdadera bebida. Ahí está la verdadera vida y la promesa de la resurrección.

• Jesús revela que su Padre vive y él vive por el Padre. Del mismo modo, quien se alimenta de Cristo, vive de Cristo, por él y en él.  Como escribió Benedicto XVI,  “no es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; nos atrae hacia sí” (Sacramentum caritatis, 70).



RECUERDO Y ESPERANZA

 En el discurso de Jesús hay una evocación del maná que alimentó a los hebreos. Y hay una promesa sobre la vida que comporta el alimento que Cristo es para el creyente.

• “Este es el pan que ha bajado del cielo”. Los creyentes en Jesucristo no despreciamos el pan que nos viene de la tierra y del trabajo humano. Pero recibimos y agradecemos como un don impensable el Pan que nos ha venido del cielo, es decir de la bondad divina.  

• “No como el de vuestros padres que lo comieron y murieron”. Los seguidores de Jesús valoramos el camino de nuestros hermanos hebreos hacia la libertad. Pero sabemos y creemos que Cristo es el nuevo maná que alimenta nuestro camino de  liberación.  

• “El que come este pan vivirá para siempre”.  Los cristianos estimamos los deseos de vida y de progreso integral de todos nuestros hermanos. Pero creemos que el cuerpo y la sangre de Cristo son semilla de una vida que no tiene fecha de caducidad.

Dones del Espíritu Jn 3,16-18 (TOA10-17)


“El Señor, el Señor: un Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Ex 34,7).  Así se presenta y se califica el mismo Dios en un momento especialmente dramático.

Adorando a un becerro de oro, el pueblo de Israel había quebrantado la alianza que Dios le había dispensado. Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Moisés lanzó contra las rocas las dos tablas de piedra en que estaban escritos los mandamientos.

Ahora Moisés vuelve a subir al monte Sinaí con las nuevas tablas de piedra, que sustituyen a las antiguas. El Señor se muestra benigno, compasivo y dispuesto a renovar la alianza. A Moisés solo le queda pedir al Señor que acompañe a su pueblo, aunque sea un pueblo obcecado.

Al final de la primera carta a los Corintios, san Pablo desea que el Dios Trinidad derrame sobre los fieles tres dones sagrados: la gracia de Jesucristo, el amor  del Padre y la comunión del Espíritu Santo (1Cor 13,11-13).



 LA CONDENA

El evangelio que se proclama en esta fiesta de la Santísima Trinidad recoge una parte de los comentarios que el evangelista añade a las palabras que Jesús dirige a Nicodemo (Jn 3,16-18). En este  breve texto llaman la atención las alusiones a la condenación.

• “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo”. Es bueno comenzar con esa afirmación. La misión de Jesús no tiene por objeto la condenación de este mundo. Bastaría saber que Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

• “El que cree en él no será condenado”. La fe en Jesucristo no se reduce a la afirmación de algunas verdades abstractas. Tampoco se limita a regular algunos ritos o ceremonias. Creer en Jesús es aceptarlo como Salvador. ¿Cómo va a ser condenado quien se identifica con él?

• “El que no cree en él ya está condenado”. Nadie será condenado por no haber creído en Jesucristo. El mismo rechazo del Salvador ya es en sí mismo una lamentable condenación.  Lo penoso de rechazar su Luz es haber elegido vivir en la tiniebla.



Y LA SALVACIÓN

 “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). La primera parte del texto evangélico de hoy es un maravilloso ventanal que nos abre al horizonte de los grandes dones de Dios:

• El amor de Dios al mundo.” ¿Es que Dios puede dejar de amar al mundo que ha creado para derramar sobre él su bondad? El amor de Dios sostiene el mundo material y, más aún, el mundo social en el que nos insertamos.

• La entrega de Jesús y la fe. Si el amor de Dios se muestra en la creación y en la providencia, se revela sobre todo en el envío de su Hijo. Creer es aceptarlo como Señor y Salvador de nuestra existencia

• La vida eterna. La vida es el primero de los dones de Dios. La vida humana ha de ser acogida con gratitud y responsabilidad. Pero saber que nuestra vida puede ser eterna en Dios es el mayor premio a esa fe, que también nos ha sido dada.

El don del Espíritu Santo Pentecostés Jn 20,19-23 (PAA8-17)


“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu los movía a expresarse”. Ese parece ser el primer efecto de la efusión del Espíritu sobre los discípulos del Señor en el día de Pentecostés (Hech 2,4).

El orgullo de querer ser como dioses había llevado a los hombres a la confusión de las lenguas. La humildad de los que han pasado por la prueba de ver morir a su Maestro y por el trance del miedo les lleva a unirse ahora en la misión de anunciar el mensaje del Señor.

El Espíritu se presenta con las imágenes del viento y del fuego. Arrastra las semillas y calienta los corazones. La efusión del Espíritu indica el ideal de la humanidad. Y representa también la plenitud de la Ley

El Espíritu es el motor y garante de la unidad, el maestro de la oración, el impulsor de la misión. Nos llena de alegría leer que, según el apóstol Pablo, todos nosotros, judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo a fin de formar un solo cuerpo (1Cor 12,13).  



 LA PAZ

El texto evangélico que se proclama en esta solemnidad de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos recuerda la primera manifestación del Resucitado a sus discípulos, reunidos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. La visita de Jesús les trajo la paz, los llenó de alegría y los preparó para el envío.    

• La paz no era tan solo la tranquilidad en el orden como decían los filósofos, los políticos y los estrategas. La paz que anunciaba el Cristo era la certeza de que se cumplían las antiguas promesas. Era la plenitud de los dones de Dios.

 • La alegría no era una simple superación de la angustia y del temor que había dispersado en huida a sus discípulos al ver a su Maestro apresado por la guardia de los sumos sacerdotes. La alegría era el fruto de la presencia del Señor resucitado.    

• Y el envío no era sólo la huida para poder liberarse de la persecución a la que serían sometidos muy pronto. Era la participación en la misión de su Señor. Era la ocasión para ser testigos de la vida y del amor hasta los últimos confines de la tierra.



EL PERDÓN

Jesús se presenta de pronto ante sus discípulos, atemorizados y sorprendidos, y alienta sobre ellos. Pero el gesto es acompañado por unas palabras inolvidables:

• “Recibid el Espíritu Santo”.  El soplo de Dios que se cernía sobre las aguas en el alba del mundo es ahora el soplo del Resucitado que crea una nueva tierra y una nueva historia.

• “A quienes les perdonéis los pecados, Dios se los perdonará”. Jesús no había venido a condenar, sino a salvar.  En la nueva comunidad se hace presente el amor perdonador de Dios.

• “A quienes retengáis los pecados, Dios se los retendrá”. Ante la continua tentación de justificarnos a nosotros mismos, todos necesitamos aceptar un juicio más imparcial.  

Los confines del mundo Mt 28,16-20 (PAA7-17) Ascensión


“Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”. He aquí el último mensaje de Jesús antes de ser elevado a la gloria de Dios, según se narra en la primera lectura de esta fiesta (Hch 1,1-11).

Sus apóstoles lo han visto siempre como un mesías nacional.  Jesús les habla del Reino de Dios, pero ellos solo piensan en el reino de Israel. Siguen soñando en los puestos de poder que su Maestro puede confiarles. Pero él abre ante sus ojos un horizonte universal. Ellos mismos reciben el encargo de anunciar ese Reino de Dios “hasta los confines de la tierra”.  

En la segunda lectura se nos recuerda que al Cristo resucitado Dios lo ha constituido como cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo. ¿Qué nos queda a nosotros? Pedimos confiadamente que Dios ilumine los ojos de nuestro corazón para que descubramos la esperanza a la que hemos sido llamados (Ez 1, 17-23). 



ENVÍO Y LLAMADA

En el relato evangélico que se proclama en esta solemnidad de la Ascensión del Señor (Mt 28,12-20) podemos  encontrar algunos detalles que se refieren a Jesús, a sus discípulos y también a nosotros mismos. 

• En primer lugar, a Jesús se le ha dado autoridad plena sobre el cielo y sobre la tierra. Como sabemos, el demonio se había atribuido el poder y la posesión de todos los bienes de la tierra (Lc 4,6). Pero mentía. Sólo Jesús es el Señor del universo y de la historia.

 • Los discípulos habían sido llamados un día allá en la Galilea de los gentiles. Es cierto que allí habían dudado de Jesús, pero precisamente ahí terminan adorándolo. Y desde ahí son enviados a hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra.  

• Y, por nuestra parte, nosotros agradecemos que el Señor haya pensado en nosotros y nos haya llamado a escuchar atentamente su evangelio, a recibir  gozosamente el bautismo y a insertarnos finalmente  en la realidad misma de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. 



EL GRAN MENSAJE

Muchas veces hemos meditado las últimas palabras de Jesús, tal como se recogen al final del Evangelio de Mateo: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo”.  Ese es el gran mensaje que resuena en la fiesta de su Ascensión a la gloria de Dios. 

• “Yo estoy con vosotros”.  El evangelio de Mateo comenzaba aplicando a Jesús el nombre de Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. Y termina precisamente recogiendo su promesa de estar siempre con nosotros. Aquel nombre era el resumen y la clave de su misión.

• “Todos los días”. Jesús había enseñado a sus discípulos a pedir a Dios el pan de cada día (Mt 6,11; Lc 11,3). Pero bien sabemos que Jesús es el verdadero pan del cielo. Él será un guía permanente para sus seguidores. Él será su pan en el desierto un día tras otro.

• “Hasta el final del mundo”.  Los discípulos soñaban un reino circunscrito a los límites de su pueblo. Pero ahora Jesús los envía a ensanchar los horizontes de la misión. Su palabra habrá de ser semilla de esperanza sembrada en todo el mundo.

Triple relación Jn 14,15-21 (PAA6-17)


“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch 8,17). Esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cierran la primera lectura que se proclama en la celebración de la misa del sexto domingo de Pascua. Es sorprendente ver que el anuncio de Cristo en Samaría, por obra de Felipe, produce efectos admirables: la liberación del mal, la curación de las enfermedades y la difusión de la alegría.

A la vista de esos prodigios, la comunidad de Jerusalén envía allá a Pedro y a Juan. Su presencia garantiza la autenticidad de aquella misión. Y finalmente la completa con la imposición de las manos sobre los bautizados, que aún no han recibido el Espíritu Santo.

El salmo responsorial  (Sal 97) nos sugiere que también hoy la comunidad cristiana ha de alabar al Señor de forma que todos los pueblos reconozcan su grandeza y su santidad.

Pero la alabanza verdadera es inseparable del ejercicio del amor mutuo, que es la auténtica revelación de ese Dios que es amor (1 Jn 4,7-10). 



VER Y VIVIR

Al igual que el evangelio del 5º domingo de Pascua, también el que hoy se proclama recuerda las solemnes palabras de Jesús después de la última cena.  Muchas ideas se agolpan en tan pocas líneas.

• Jesús dirige a sus discípulos una gran promesa. Pedirá al Padre que envíe sobre ellos  “otro” Paráclito, es decir, otro Consolador o Abogado. Jesús manifiesta que esa tarea formaba parte de su misma misión. Tarea que ha de ser completada por el Espíritu de la verdad.

• Además Jesús establece una distinción entre sus discípulos y el mundo en el que viven. El mundo no conoce ni puede reconocer al Espíritu. Pero los discípulos lo conocen porque viven en sintonía y mutua habitación con el Espíritu. Por esa señal se caracterizan.

• Aún hay más. Jesús promete también a sus discípulos que nunca los dejará huérfanos. A pesar de las dificultades, ellos podrán verlo y en esa visión consistirá precisamente la vida de la comunidad. Los creyentes vivirán ya en el que vive para siempre. 



EL CÍRCULO DEL AMOR

 Todavía podemos escuchar y meditar otra promesa de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Meditemos esas palabras del Señor.

• “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.  En las relaciones humanas la sintonía en los valores y los propósitos es signo de amor. De modo semejante, la prueba del discipulado no está en repetir las palabras del Maestro, sino en aceptar y cumplir sus mandatos.

• “El que me ama será amado por mi Padre”.  En las relaciones humanas hay un lazo que une a las generaciones entre sí. También Jesús nos enseña que quien le ama de verdad será amado por el Padre, que nos ha entregado a su Hijo amado.

• “Yo también lo amaré y me manifestaré a él”. En las relaciones humanas, el amor no puede concebirse en una sola dirección. Quien ama espera ser correspondido. Pues bien, Jesús promete amar a aquellos que le han manifestado su amor cumpliendo sus mandatos.

Educar en libertad y respeto

El pasado jueves, el principal diario de mi ciudad, León, publicaba en su Tribuna un "manifiesto" laicista en el que invitaba a los padres, especialmente a los creyentes, a no matricular a sus hijos en religión bajo el epígrafe "No me matricules en religión".
Hoy, día 17 de mayo el Diario de León, acoge el artículo que he elaborado bajo el título de este post,  comparto con vosotros el mismo. Los contenidos bien pueden servir a muchos profesionales de la educación para defender la importancia y la presencia tanto del área de Religión como del de Valores en el sistema educativo (enlace del Diario de León):

Una problemática creada artificialmente en torno a la educación pública es la definición de las connotaciones adjetivas que deben orientarla. Siempre hemos oído disparidad de posturas pero sorprende la ligereza con que algunas opiniones retuercen el concepto de lo público para presentar a los ciudadanos de hoy una realidad presuntamente respetuosa con los ideales y las creencias de todos, sin dejar de ser, en sus raíces, interpretaciones sectarias que buscan disfrazarse como planteamientos auténticamente democráticos y positivos.
Asentar como dogma una educación inclusiva basada en el principio del laicismo desde la laicidad de las instituciones públicas resulta paradójico por cuanto ambos términos se contradicen entre sí. El primero se opone a todo aquello que no sea estrictamente laico o que entienda que cuestiona sus planteamientos desde la razón teórica y práctica. La laicidad busca el reconocimiento diferenciado de lo civil y lo religioso promoviendo cauces de entendimiento, encuentro y conocimiento mutuos. Por desgracia, lo laico y la laicidad han sido deformados sistemáticamente por grupos que promueven el laicismo activo desvirtuando así sus verdaderos sentidos.
El socialista Gregorio Peces Barba, uno de los padres de la constitución española, ya advertía hace una década sobre la naturaleza del laicismo como un movimiento que reflejaba una actitud enfrentada y beligerante. Esta óptica nada sospechosa para los grupos de ideología de izquierda, supongo, dejaba al descubierto que las posturas e ideales defendidos desde el laicismo ni buscan el respeto por lo diferente ni promueven la libertad de todos los que forman parte de una sociedad democrática.
No se puede abanderar una educación inclusiva defendiendo de antemano la exclusión de un determinado conocimiento por el mero hecho de que no coincida con los pensamientos propios o no los valore con suficiencia. Por mucha publicidad que se haga de sus postulados, ningún grupo o asociación puede usurpar el derecho legítimo y democrático que les asiste a los padres para educar a sus hijos según sus convicciones. Las leyes y los espacios educativos deben articular medidas que lo hagan posible y habilitar fórmulas que lo desarrollen. La actual ley educativa dio un paso importantísimo para posibilitar la educación de aquellos alumnos cuyas familias no deseaban unos conocimientos culturales y religiosos para sus hijos: el área de Valores Sociales y Cívicos, en Primaria, o Valores éticos, en Secundaria. Antes, recordemos, la alternativa al área de Religión Católica, era ninguna materia, ninguna oferta educativa, una situación claramente discriminatoria.
El área de Religión Católica está orientado al acercamiento a la cultura religiosa predominante en nuestro territorio que permite descubrir, comprender e interpretar la sociedad que se ha modelado en los últimos dos milenios de historia. Por ello, los alumnos de religión no son exclusivamente creyentes. Hay familias ateas, agnósticas e incluso de otras confesiones que valoran la importancia de conocer las raíces, las tradiciones, la cultura y las creencias del país en el que viven. Conocer no practicar. He aquí otra manida trampa de los defensores de la ignorancia cultural religiosa. Confundir o colaborar a no distinguir la clase de Religión de la Catequesis es simplemente un adoctrinamiento laicista interesado o, lo que es peor, un ejercicio de desconocimiento conceptual y práctico supino. No es lo mismo conocer en qué creen los cristianos, cómo lo celebran, qué moral respetan, cómo se relacionan con Dios (ámbito escolar) que vivirlo como cristiano integrante de la familia de los hijos de Dios en cuyo seno cultiva progresivamente su fe (ámbito de la comunidad parroquial). El profesor de Religión busca que se conozcan los pilares fundamentales del cristianismo mientras que el catequista persigue la adhesión vivencial al mensaje de Cristo.
Otra falsedad maliciosa reside en argumentar la presencia del área de Religión en la escuela como lastre de unos Acuerdos Internacionales entre el gobierno español y la Santa Sede. Invito al lector a consultar en internet el mapa de la situación académica de la asignatura de religión dentro de la Unión Europea, realizado por su Comisión de Educación, organismo comunitario oficial ajeno a las Iglesias. El área de religión está integrado en los sistemas educativos de todos los países miembros con la única excepción de Francia, aunque en los departamentos galos de Lorena y Alsacia ya se haya habilitado un espacio educativo. Más aún. En el ámbito comunitario, es obligatoria en la mayoría de los países del centro y norte, de mayoría protestante, y es materia optativa en los países del este y sur, de mayoría católica, con posibilidad de alguna exención como en el caso de Gran Bretaña. La auténtica democracia reside, pues, en facilitar el ejercicio de los derechos que son propios de los padres, no en usurparlos en base a la conveniencia ideológica y partidista de intereses oportunistas alarmantemente discriminatorios.
El espacio escolar debe ofrecer los conocimientos de todo aquello que favorezca la educación integral de los alumnos y les presente las claves del mundo y de la vida desde diversas concepciones para que pueda configurar su personalidad de manera libre y abierta, no amputada por modas o dogmas sociales muy discutibles, escondidos detrás de un lenguaje despreciativo que impulsa un adoctrinamiento intransigente hacia el diferente. Si hemos aprendido algo, custodiaremos entre algodones valores como el conocimiento, la convivencia pacífica, la libertad de elección, el respeto al otro, la sinceridad y los derechos humanos de todos, sí, de TODOS. Por eso creo que los padres y los jóvenes deben gozar del derecho a elegir libremente entre Religión y Valores. Si esta opción se diluyera, constataríamos tristemente que el peor peligro contemporáneo, residente en el fanatismo ideológico, habría triunfado. Y me huele que, entonces, no sería el fanatismo religioso el que debería preocuparnos en España.

Juan Carlos García Caballero
(profesor de Religión Católica de la Diócesis de León)