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Cuando arde nuestro corazón Lc 24,13-35 (PAA3-23)

1. El evangelio (Lucas 24,13-35) es una de las escenas de las apariciones del Resucitado que más han calado en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía de la narración encierra notas de mucho calado, “tempi” que deben recrearse en una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Todo esto es lo que constituye la gramática generativa de nuestro relato como obra narrativa; pero no se queda ahí, en pura narración. Bien es verdad que sin narración, sin gramática, no hay mensaje y no puede haber hermenéutica. Pero la narración no está sola, sino que engendra un texto sagrado para la comunidad. Es como si fuera la descripción de una eucaristía en un proceso dinámico: primeramente los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a dos escenas principales introducidas por la misma expresión: (a) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); (b) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos han reconocido que Lucas indica los dos momentos esenciales de la liturgia cristiana: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística.

2. La primera parte es en el camino. Desde la nostalgia solamente no es posible abrirse a la resurrección. No es la nostalgia la forma y manera de adentrarse en el anuncio pascual de que “el crucificado vive”. Esta primera etapa es la narración más impresionante de eso que podemos llamar la etapa de la verificabilidad de la resurrección. En ella ha quedado claro que el sepulcro vacío ha dejado de significar nada, al menos en la obra de Lucas y yo creo que en todo el NT. Pero es Lucas el que nos ha mostrado con esta escena que la “verificabilidad” no puede sostener la grandeza del misterio de la Pascua. Porque es después del intento de la verificabilidad cuando los dos discípulos prácticamente huyen de Jerusalén con el convencimiento de que todo ha terminado Mientras iban de camino, el Resucitado les sale al encuentro sin que puedan reconocerlo. Sabemos que Lucas es un verdadero catequista del camino. Así entiende toda la vida de Jesús, y muy especialmente en su decisión irrevocable de ir a Jerusalén (Lc 9,51-19,24). Y entiende, a su vez, que el discipulado cristiano es un camino que se ha de recorrer con Jesús; no es un discipulado de tipo intelectual: se aprende viviendo. Por eso, ahora también, en este relato de la experiencia de la resurrección, ese misterio es un “itinerario” que hay que recorrer en la lectura de la Escritura. En el caso de la comunidad cristiana debemos interpretarlo del mensaje de la vida de Jesús. Pero Jesús toma su iniciativa: se hace un peregrino, un itinerante con ellos, que vienen de Jerusalén desesperados, porque ni siquiera han tomado en consideración lo que algunas mujeres ya decían.

3.El peregrino, sin que se lo pidan, hace el camino con ellos y les explica las Escrituras; ya no pueden vivir sin él, sin su palabra de consuelo y de vida. Estamos ante una de las novedades del cristianismo primitivo que Lucas plasma extraordinariamente en este relato, en cuanto esos pasajes, como Is 53, van a ser considerados mesiánicos por los cristianos. El v. 26 es el punto de arranque en el proceso de leer las Escrituras desde la Pascua, con ojos nuevos. No olvidemos que el lector sabe quién habla, aunque los peregrinos son ignorantes, pero es una de las claves de este itinerario que el evangelista quiere marcar a la comunidad cristiana que ha de leer las Escrituras.

4. Como buenos orientales, han dado hospitalidad a este peregrino desconocido que les ha interpretado las palabras de los profetas sobre la muerte y la resurrección de Jesús. Eso fue lo que tuvieron que hacer los primeros cristianos para explicarse y vivir espiritualmente la muerte y la resurrección de Jesús. Y entonces, en la casa, símbolo de una comunidad eucarística, Él, que aparecía como un hombre de paso, viene a constituirse en el anfitrión de aquella celebración. Por eso, aquellos peregrinos «reconocen» al Señor, en un gesto como el que pudo hacer en la noche de la última cena; podemos entender que parte el pan y lo reparte y beben de la copa. Así se cumple, pues, el sentido de las palabras de Jesús, en la tradición de Lucas y Pablo, la conocida como tradición de Antioquía, cuando se dice: "haced esto en memoria mía" (Lc 22,19c; 1Cor 11,24c), después de haber tomado pan y haberlo repartido entre los suyos. Es, la Eucaristía, memorial de lo que hizo Jesús aquella noche, que no se explica, desde luego, sin lo que le lleva a realizar aquel acto profético de lo que estaba por llegar inmediatamente. En efecto, fue entregar su vida, en el pan y en la copa que reparte entre los discípulos. Pero ese memorial no está limitado a ese momento puntual, sino a toda su existencia, que culminará en la cruz.

5. Es, pues, en la Eucaristía donde nos entrega el Señor la vida de la que goza ahora como resucitado. Lucas quiere enseñar a su comunidad que, aunque ellos como nosotros, no pudimos vivir con El, ni conocerle, en la Eucaristía es posible tener esta experiencia de vida. En definitiva, en la Eucaristía hacemos un «memorial», con todo lo que esto significa, pero con el Resucitado, mas no como testigo pasivo, sino siendo El Señor y anfitrión, porque es solamente con El con quien podemos abarcar la altura y la profundidad de algo que no es simplemente repetir, sino revivir. La Eucaristía, como la Resurrección, es un misterio inefable de liberación, ya que los discípulos que estaban angustiados por lo que había pasado en Jerusalén, poco a poco, en la medida en que va haciéndose la Eucaristía, como un peregrinar, se conmueven, porque la vida del Resucitado se apodera de sus corazones. Eso es lo que Lucas quiere enseñarnos, catequeticamente, sobre lo que acontece cuando el Señor resucitado parte el pan con su comunidad, con y en la Iglesia.

6. La “fracción del pan! es el signo que necesitaban para saber lo que había pasado. Queda, no obstante, por formular el remate de este momento decisivo. Es lo que se describe ajustadamente en el v. 31, y que es lo contrario de lo que se ha expresado en el v. 16 (sus ojos estaban cerrados, retenidos, sin luz). Este es el momento que tan maravillosamente plasmó Rembrandt en su cuadro de los discípulos de Emaús, una de las composiciones pictóricas más hermosas que existan. No hay palabras para expresarlo mejor. Es una “auto-revelación” del resucitado en la cena, la fracción del pan, es decir, en la eucaristía. Por eso, esa presencia no es “visible” como normalmente entendemos esto. El hecho de que se use el verbo en aoristo pasivo indica que se trata de una experiencia profunda, espiritual, real sin duda, pero no para ver con los ojos corporales, sino con los ojos de la fe. ¡No debe caber la menor duda de hablar de este modo! Por eso, el v. 32 tiene un sentido irrenunciable en el metalenguaje del nuestra narración. Es la clave: “y se decían el uno al otro: ¿no ardía nuestro corazón cuando por el camino nos hablaba y nos explicaba (nos abría) las Escrituras?”.

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/23-4-2023/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Triple relación Jn 14,15-21 (PAA6-17)


“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch 8,17). Esas palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles cierran la primera lectura que se proclama en la celebración de la misa del sexto domingo de Pascua. Es sorprendente ver que el anuncio de Cristo en Samaría, por obra de Felipe, produce efectos admirables: la liberación del mal, la curación de las enfermedades y la difusión de la alegría.

A la vista de esos prodigios, la comunidad de Jerusalén envía allá a Pedro y a Juan. Su presencia garantiza la autenticidad de aquella misión. Y finalmente la completa con la imposición de las manos sobre los bautizados, que aún no han recibido el Espíritu Santo.

El salmo responsorial  (Sal 97) nos sugiere que también hoy la comunidad cristiana ha de alabar al Señor de forma que todos los pueblos reconozcan su grandeza y su santidad.

Pero la alabanza verdadera es inseparable del ejercicio del amor mutuo, que es la auténtica revelación de ese Dios que es amor (1 Jn 4,7-10). 



VER Y VIVIR

Al igual que el evangelio del 5º domingo de Pascua, también el que hoy se proclama recuerda las solemnes palabras de Jesús después de la última cena.  Muchas ideas se agolpan en tan pocas líneas.

• Jesús dirige a sus discípulos una gran promesa. Pedirá al Padre que envíe sobre ellos  “otro” Paráclito, es decir, otro Consolador o Abogado. Jesús manifiesta que esa tarea formaba parte de su misma misión. Tarea que ha de ser completada por el Espíritu de la verdad.

• Además Jesús establece una distinción entre sus discípulos y el mundo en el que viven. El mundo no conoce ni puede reconocer al Espíritu. Pero los discípulos lo conocen porque viven en sintonía y mutua habitación con el Espíritu. Por esa señal se caracterizan.

• Aún hay más. Jesús promete también a sus discípulos que nunca los dejará huérfanos. A pesar de las dificultades, ellos podrán verlo y en esa visión consistirá precisamente la vida de la comunidad. Los creyentes vivirán ya en el que vive para siempre. 



EL CÍRCULO DEL AMOR

 Todavía podemos escuchar y meditar otra promesa de Jesús: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Meditemos esas palabras del Señor.

• “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”.  En las relaciones humanas la sintonía en los valores y los propósitos es signo de amor. De modo semejante, la prueba del discipulado no está en repetir las palabras del Maestro, sino en aceptar y cumplir sus mandatos.

• “El que me ama será amado por mi Padre”.  En las relaciones humanas hay un lazo que une a las generaciones entre sí. También Jesús nos enseña que quien le ama de verdad será amado por el Padre, que nos ha entregado a su Hijo amado.

• “Yo también lo amaré y me manifestaré a él”. En las relaciones humanas, el amor no puede concebirse en una sola dirección. Quien ama espera ser correspondido. Pues bien, Jesús promete amar a aquellos que le han manifestado su amor cumpliendo sus mandatos.

Emaús Lc 24,13-35 (PAA3-17)


“Dios resucitó a Jesús y todos nosotros somos testigos” (Hch 2,32). Pedro acaba de referirse a los hechos que Jesús llevó a cabo. Ha recordado a los oyentes que ellos lo mataron en una cruz, por medio de paganos. Y en tercer lugar, proclama su resurrección: “No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio

 Nos llama la atención el contraste entre aquel Simón Pedro que negaba haber conocido a Jesús y este apóstol que, acompañado por los Once, se dirige con tanto valor a los judíos y vecinos todos de Jerusalén. He ahí el efecto de la efusión del Espíritu en Pentecostés.    

El salmo 15 que hoy cantamos es uno de los primeros textos que expresan la esperanza de la resurrección: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. 

Con razón en la segunda lectura de este día se vincula esa esperanza a la fe: “Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza” (1 Pe 1,21).



LA VIDA

El evangelio nos presenta a dos discípulos que dirigen a Emaús. Las mujeres habían inquietado a la comunidad, diciendo que no encontraban el cuerpo de Jesús.  Pero ellos ya habían decidido alejarse de Jerusalén. Hoy muchos se parecen a Cleofás y el otro discípulo. Han perdido la fe. Y no buscan más razones ni más pruebas. Simplemente se alejan.

Los dos discípulos que caminan hacia Emaús son alcanzados por otro caminante que parece ignorar lo que ha ocurrido en Jerusalén. Los peregrinos le dicen: “Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel”. He ahí una de las claves del relato. El camino de Emaús es la confesión de una fe demasiado terrena y de una esperanza frustrada.

Pero los discípulos todavía conservan la capacidad para escuchar y aceptar una corrección. También hoy el peregrino acepta compartir con nosotros los alimentos que apenas pueden calmar nuestra hambre. Entre sus manos, el pan adquiere el significado de la vida que él nos ha dado con su palabra y que esperamos compartir con él para siempre.



EL PAN

Este hermoso relato culmina con el retorno de los dos discípulos a Jerusalén. Los otros cuentan que el Señor se ha aparecido a Simón Pedro y ellos confiesan que “lo reconocieron al partir el pan”. Ese es su testimonio Y ese es su testamento y su herencia para el futuro.

            • “Lo reconocieron al partir el pan”. Los que habían seguido a Jesús por los caminos y habían visto como oraba antes de partir y compartir el pan no podían olvidar aquellos gestos. En ellos reconocieron al que se había entregado como pan.

• “Lo reconocieron al partir el pan”. Por ese gesto ha sido reconocida la Iglesia. Y por ese gesto habrá de ser reconocida en un mundo en el que no es habitual dar gracias a Dios y compartir con los demás los dones recibidos.

Comunidad Jn 20,19-31 (PAA2-17)


“Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Este sumario nos evoca la vida de las primeras comunidades de los discípulos del Señor (Hech 2,42). Las unen la escucha de la Palabra, la celebración de los Misterios y el servicio de la caridad.

 Esas actitudes no son unos ideales utópicos. Muchos datos nos aseguran que realmente se vivió así, al menos en la comunidad de Jerusalén. La memoria de Jesús no podía ser echada en el olvido. El Espíritu del Resucitado la mantenía en la fe, la esperanza y la caridad.   

Con el salmo 117 damos gracias al Señor y proclamamos que Jesús, desechado por los hombres, ha sido glorificado por el Padre, como la piedra angular del nuevo edificio.

Ahora bien, si creemos que Jesús es el Cristo, es decir el Mesías, es que hemos nacido de Dios (1Jn 5,1). Sabemos que si no amamos al prójimo tampoco amamos a Dios. Pero hoy se nos dice también que es el amor a Dios lo que garantiza que nuestro amor a los demás es auténtico.  No podemos amar a los hijos de Dios si no amamos a Dios.



LOS DONES DEL RESUCITADO

A estas lecciones y proclamaciones de lo que es y ha de ser la comunidad se añade el mensaje evangélico. Es en el seno de la comunidad donde los discípulos reciben la manifestación del Señor Resucitado (Jn 20,19-31).

• Con su presencia, el Señor trae otros preciosos dones. En primer lugar llena a sus discípulos de alegría. Además les desea la paz. Y los envía al mundo, como él mismo había sido enviado por el Padre. No podían esperar tanto aquellos discípulos que habían abandonado a su Maestro en el momento de su arresto y en la  hora de su muerte

• Además de la alegría, la paz y el envío, Jesús les comunica un cuarto don, aún más sorprendente. No solo les perdona su abandono, ciertamente vergonzoso, sino que, por medio de su Espíritu, los convierte en mensajeros y agentes de su perdón: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”.



LA CONFESIÓN DE FE

Con razón el papa Juan Pablo II quiso que este fuera el Domingo de la Divina Misericordia. Ante tales dones del Resucitado hemos de dejar atrás nuestro resentimiento y dar el paso que lleva al apóstol Tomás a pronunciar su personal confesión de fe.

• “Señor mío y Dios mío”. Así reconocemos al que ha nos ha mostrado sus llagas y nos ha demostrado la seriedad de su amor y la gratuidad de su entrega por nosotros y por nuestra salvación. 

• “Señor mío y Dios mío”. Así lo adoramos todos los que él ha querido proclamar como  bienaventurados, es decir, dichosos y felices, por haber llegado a creer a pesar de no haber visto al Señor Resucitado.

• “Señor mío y Dios mío”. Así agradecemos la misericordia de Aquel que ha perdonado nuestra arrogancia, y nos ha hecho mensajeros y portadores de su perdón para todos los que vuelven a él sus ojos.

El defensor Hch 8,5-8.14-17 (PAA6-14)

“La ciudad se llenó de alegría”. Puede parece insignificante esa nota que encontramos en la primera lectura de la misa de este domingo sexto de Pascua (Hech 8, 5-8. 14-17). La ciudad es Samaría. Como sabemos, los samaritanos siempre se habían mostrado distantes y enemigos de los judíos. Pero ahora reciben con gozo la predicación de Felipe sobre Jesucristo.
En efecto, Felipe anuncia el evangelio y acompaña su predicación con signos de liberación. Y eso llena de alegría a los que siempre habían rechazado a los judíos y aun al mismo Jesús. Una buena lección para los que hemos sido llamados a anunciar el evangelio y caemos en el pecado del pesimismo, que denuncia el Papa Francisco. 
Hay otro detalle importante. Felipe va roturando el campo y sembrando el grano. Pero deja la recogida de los frutos a los apóstoles Pedro y Juan. A ellos corresponde imponer las manos, a los que han escuchado el evangelio. Es entonces cuando desciende sobre ellos el Espíritu Santo. Los evangelizadores son bien poca cosa si no colabora el Espíritu de Dios.

LOS MANDAMIENTOS Y EL MUNDO

Al Espíritu alude también Jesús en el Evangelio que hoy se proclama (Jn 14, 15-21). De nuevo nos encontramos en el marco de la última cena. Y escuchamos las palabras del Maestro que anuncia el envío del Consolador: “Yo pediré al Padre que os envíe otro defensor, el Espíritu de la verdad, para que esté siempre con vosotros”.
Jesús promete estar atento a las necesidades de sus discípulos. Su Espíritu estará con ellos como el único y verdadero defensor de la comunidad y de cada uno de los que creen en Jesucristo. Pero ellos, por su parte, habrán de manifestar con sus obras la fidelidad a su Maestro: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. 
Hay un tercer detalle que merece subrayarse. Jesús sabe que el Espíritu de Dios no puede ser percibido por el mundo. Ni por la mundanidad que ciega a veces nuestros ojos. Pero quien es fiel al mensaje de Jesús experimentará en su vida la presencia y la asistencia del Espiritu de la verdad y del consuelo.

 EL ESPÍRITU DE LA VERDAD Y DEL AMOR

  Todo el discurso de la despedida del Señor nos lleva a escuchar con gratitud  las promesas últimas que Jesús dirige a sus discípulos:
• “Yo pediré al Padre que os envíe otro defensor”. Durante su vida terrena, Jesús se ha mostrado como nuestro gran intercesor, nuestro pastor, el orante que promete no olvidarnos jamás. Ahora intercede ante el Padre pidiendo para nosotros otro valedor.
• “Estará siempre con vosotros”. El Mesías había sido anunciado como el Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. Por medio de este otro Consolador, los creyentes gozarán de la presencia cercana y amorosa de su Señor.
• “Será el Espíritu de la verdad”. Jesús se presenta como el camino, la verdad y la vida. Ante Pilato dice haber venido al mundo para dar testimonio de la verdad. Todos los que son de la verdad escuchan su voz. El Espíritu revela y reafirma esa verdad.

3º Domingo Pascua (ciclo A) Emaús

Reflexión que como siempre nos brinda José-Román Flecha con las imágenes y montaje de Antonia Panero. Para parar un instante en el quehacer diario y hablar con Dios.

Le reconocieron al partir el pan


III Domingo Pascua con Fano

Encuentro en el camino (por J.R. Flecha)

En primer lugar lo reconocen como un “profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo”. No es poco. Su confesión revela las convicciones y expectativas de su pueblo. Y, al mismo tiempo, nos ofrece su testimonio personal. Han escuchado las palabras de Jesús y han visto las obras que lo definen como un verdadero profeta.

En segundo lugar, confiesan que durante algún tiempo han esperado que Jesús fuera el liberador de su pueblo. La misión de Jesús había suscitado en ellos una fe que se identificaba con la confianza. Y esa fe había generado en ellos la esperanza. O, al menos, una esperanza nacionalista y reivindicativa.

Pero esos sentimientos pertenecen ya al pasado. En este momento caminan desencantandos. Abandonar Jerusalén equivale a abandonar la fe y la esperanza. No dicen que Jesús los ha defraudado, pero seguramente es lo que piensan. Y creen que lo mejor es olvidar sus propias ilusiones.

PRESENCIA Y REVELACIÓN
Sin embargo, hay algo que cambia el tono de la narración, y es la presencia de Jesús. A María Magdalena se había presentado como un hortelano o jardinero. A los discípulos que caminan hacia Emaús se presenta como un peregrino que retorna de Jerusalén. A la orilla del lago, se presentará como un experto en cuestiones de pesca. Los ojos humanos sólo descubren su apariencia. Es Él quien tiene que revelarnos su verdadera identidad.