En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros!
Queridos hermanos obispos,
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Os saludo con afecto y os agradezco vuestra presencia y el valioso servicio que prestáis en la escuela. Vuestra labor es exigente, a menudo silenciosa y discreta, y sin embargo muy importante para el crecimiento de tantos niños, adolescentes y jóvenes. La dimensión religiosa, de hecho, «es un elemento constitutivo de la experiencia humana y no puede ser marginada en el proceso formativo de las nuevas generaciones» (CEI, Nota past. La enseñanza de la religión católica: laboratorio de cultura y diálogo, 11 de diciembre de 2025).
San Agustín escribía: «El hombre, una partícula de tu creación, quiere alabarte [, oh Dios]. Tú eres quien le estimula a deleitarse en tus alabanzas, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no tiene descanso hasta que descansa en ti […]. Que te busque, Señor, invocándote, y te invoque creyendo en ti» (Confesiones, 1.1). Él hablaba de una búsqueda interior a la que siempre han estado ligadas, en el ser humano, las grandes preguntas de la vida, la relación con Dios, con la creación y con los demás, por lo que la sed de infinito, inherente a cada persona, puede convertirse en energía para promover la paz, para renovar la sociedad y para colmar sus contradicciones.
En este contexto, vuestro servicio, expresión del cuidado de la Iglesia por las nuevas generaciones, es como un trampolín desde el que los niños y los jóvenes pueden aprender a lanzarse a la fascinante aventura del diálogo interior, y en esto constituye un elemento indispensable de esa alianza educativa de la que hoy tanto se necesita.
Y no solo eso. La enseñanza de la religión católica es una asignatura de gran valor cultural, útil para comprender las dinámicas históricas y sociales, así como las expresiones del pensamiento, el ingenio y las artes que han dado forma y siguen moldeando el rostro de Italia, de Europa y de tantos países del mundo.
Todo ello forma parte de vuestras clases, a la luz de la enseñanza siempre actual de la Iglesia, en diálogo con otros campos del saber y de la investigación religiosa, y sobre todo en el estudio de las inagotables páginas de la Biblia, a través de las cuales conocemos a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, revelación del rostro del Padre y modelo perfecto de humanidad. Así hacéis accesible a las nuevas generaciones, en pleno respeto de la libertad de cada uno, lo que de otro modo podría permanecer incomprensible y vago, mostrando cómo la verdadera laicidad no excluye lo religioso, sino que, por el contrario, sabe atesorarlo como recurso educativo. Esto forma parte, por lo demás, de una actitud más amplia, imprescindible para todo diálogo, tanto en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que uno es, para saber encontrarse con el otro con respeto y apertura.
A la luz de esto, me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones que me interesan especialmente.
Como título para vuestro tercer Encuentro Nacional habéis elegido la expresión «El corazón habla al corazón» (Cor ad cor loquitur), inspirándoos en el lema de San John Henry Newman, Doctor de la Iglesia y copatrón del mundo educativo. Estas palabras encierran la propuesta de un camino en el que la verdad es la meta y la relación personal el camino para alcanzarla. Os comprometen, a través de la enseñanza, a ayudar a los jóvenes a reconocer una voz que, en realidad, ya resuena en ellos, a no enterrarla ni a confundirla con los ruidos que los rodean. En una época en la que vivimos constantemente asediados por estímulos de todo tipo, silenciar esa voz es muy fácil. Por eso, educar para escucharla o para reencontrarla es uno de los mayores regalos que se pueden hacer a las nuevas generaciones. El hombre no puede vivir sin verdad y sin significados auténticos, y los jóvenes, aunque a veces parezcan apáticos o insensibles, tras una fachada de aparente indiferencia, en realidad suelen ocultar la inquietud y el sufrimiento de quien «siente demasiado» y de manera demasiado intensa, sin lograr poner nombre a lo que experimenta.
Educar, por lo tanto, significa formar a las personas para que escuchen al corazón y, con ello, para la libertad interior y la capacidad de pensamiento crítico, según dinámicas en las que la fe y la razón no se ignoran, ni mucho menos se oponen, sino que son compañeras de viaje en la búsqueda humilde y sincera de la verdad. Por eso, educar requiere la paciencia de sembrar sin pretender resultados inmediatos respetando los tiempos de crecimiento de la persona. Y, sobre todo —como nos enseña Newman—, requiere amor.
Queridos amigos, la verdad pasa a través de las personas, y para vuestros alumnos esas personas sois también vosotros, llamados a convertiros en maestros creíbles porque estáis enamorados de Dios y de ellos, a transmitir valores, sin protagonismo ni moralismos, a ofrecer miradas que animan y a ser testigos de esa coherencia humilde y cercana que hace que incluso los contenidos más exigentes resulten entrañables y deseables. Vuestros alumnos no necesitan respuestas prefabricadas, sino cercanía y honestidad por parte de adultos que los acompañen con autoridad y responsabilidad, mientras se enfrentan a las grandes preguntas de la vida. Recordarán los ojos y las palabras de quienes supieron reconocer en ellos un don único, de quienes los tomaron en serio, de quienes no tuvieron miedo de compartir con ellos un tramo del camino, mostrándose a su vez como hombres y mujeres que buscan, piensan, viven y creen. Todo ello, naturalmente, sin restar importancia a la necesidad de una sólida competencia, animada por la pasión por el estudio, el rigor cultural y la preparación didáctica, porque la enseñanza de la religión católica exige también actualización, capacidad de planificación y el uso de un lenguaje adecuado.
La escuela de hoy —en Italia, pero no solo allí— se enfrenta a retos dramáticos y, al mismo tiempo, estimulantes. Por eso, la Iglesia, que camina con vosotros, os envía a ella como «servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, incansables buscadores de la sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza» (Carta apostólica «Trazar nuevos mapas de esperanza», 11.3).
Os doy las gracias y os animo a perseverar en este compromiso, al tiempo que os encomiendo a la intercesión de la Virgen María y de los santos y santas educadores. Os tengo presentes en la oración y os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo a vuestras familias, a vuestros alumnos y a todos vuestros seres queridos. ¡Gracias!
Sala Pablo VI. Sábado, 25 de abril de 2026
DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO NACIONAL DE PROFESORES DE RELIGIÓN CATÓLICA, ORGANIZADO POR LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA
Fuente: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/speeches/2026/april/documents/20260425-insegnanti-religionecattolica.html
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