Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

La lepra de este tiempo Lc 17,11-19 (TOC28-25)

Naamán, jefe de los ejércitos de Siria, llegó a Samaría buscando remedio para su lepra. No encontró la curación en el rey, sino en un profeta. Obedeciendo a Eliseo, reconocido como el hombre de Dios, se bañó siete veces en el Jordán. Al verse curado, exclamó: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra más que el Dios de Israel” (2 Re 5,13-17).  

La experiencia  nos dice que, aunque parezca poderoso, el ser humano es más vulnerable de lo que se imagina. El relato bíblico evoca la dignidad, la libertad y la generosidad del profeta, que acoge a los necesitados, sean de la raza y religión que sean. Pero el relato habla sobre todo de la fe. Aun siendo pagano, Naamán llega a descubrir el poder de Dios sobre el mal.

Esa  misericordia universal de Dios se refleja en el  salmo responsorial de este día:  “Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 97,3).

Su misericordia y su fidelidad se besan. Como escribe el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, “Dios permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2,13).

CONFIANZA Y COMPASIÓN

También el evangelio de hoy evoca la plaga de la lepra (Lc 17,11-19). A Jesús llegan un día unos leprosos que vagan por los campos, alejándose de los pueblos y ciudades, según lo prescribe la Ley.

Pero, de alguna manera, han conocido el poder y la misericordia de Jesús.

Desde lejos le imploran a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. La compasión del profeta Eliseo se hace ahora realidad en la persona de Jesús, que los envía a los sacerdotes para que certifiquen su curación y puedan así integrarse  en la sociedad.

• Es cierto que, junto a la misericordia de Jesús, el relato subraya la confianza de los leprosos que acuden a él. En realidad, aun antes de verse curados de su lepra, obedecen el mandato del Maestro y se disponen a ir en busca de los sacerdotes.  

• Además, el relato evangélico anota que, entre los diez que habían pedido su  curación, solo uno de ellos regresa a dar gracias por haberla obtenido. Pero ese que se muestra agradecido es un samaritano, considerado como enemigo y proscrito por los judíos y los galileos.

FE Y GRATITUD

Precisamente a este leproso que regresa para agradecer la sanación se dirigen las palabras de Jesús con las que se cierra este relato:  

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Es evidente que aquellos leprosos no han sido curados por la Ley de Moisés y por la intervención de los sacerdotes, sino por la fe en el Maestro de la nueva Ley. La sanación refleja la salvación integral que solo puede venir de él.

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. El relato evangélico nos dice que también el creyente de hoy ha de aprender a pedir y agradecer la sanación integral. Puede dirigirse al Señor en oración. Y debe agradecer al Señor el don gratuito de la salvación.

• “Levántate y vete: tu fe te ha salvado”. Hoy son  muchos los que se consideran lejos de Dios. Pero también ellos pueden acercarse al que es la fuente de la gracia. La solidaridad en el dolor y en la prueba nos invita a  todos a celebrar y agradecer la salvación universal.

San Francisco de Asís y la gran hermandad










 

El justo vive por la fe Lc 17,5-10 (TOC27-25)

“El altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá” (Hab 2,2-4). Esa frase no es un proverbio popular. Es un oráculo que el profeta Habacuc recibió del mismo Dios. Por eso, se ha convertido en una lección inolvidable para todos los creyentes

El profeta lamenta la injusticia y la violencia, las luchas y contiendas que desgarran a su país. Aquella sociedad corrupta parece destinada a un desastre total. Una invasión de los caldeos traería consigo la crueldad y la rapiña, la muerte y el destierro.

Previendo ese futuro, Habacuc se dirige a Dios con una súplica angustiosa: “¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que me oigas y te gritaré: ¡Violencia!, sin que me salves?” Dios responde que solo la fe puede ayudar a su pueblo a descubrir el sentido de tanto dolor.

En el mismo sentido resuena la exhortación divina que  se encuetra en el salmo responsorial de la misa de este domingo: “No endurezcáis el corazón” (Sal 94).

Para todo el pueblo de Dios valen las palabras que san Pablo dirige a su discípulo Timoteo: “Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio… Vive con fe y amor cristiano” (2 Tim 6-14).

  UN GRANO DE MOSTAZA

También el evangelio de Lucas que hoy se proclama retoma la reflexión sobre la fe (Lc 17,5-10). En él aparecen una súplica, una imagen y una exhortación. 

• La súplica que los apóstoles dirigen a Jesús debería ser la nuestra: “Auméntanos la fe”. Entre nosotros hay personas que se dicen creyentes y no practicantes. Pero también hay practicantes que no parecen muy creyentes. Todos deberíamos repetir esa petición.

• La imagen que ofrece Jesús nos dice que basta tener fe como un granito de mostaza para arrancar de raíz una morera y plantarla en el mar. La fe nos llevaría a cambiar el mundo. Con la fe renacería la justicia. Los poderosos se harían servidores de los pobres.

• La exhortación retoma la imagen del criado que ha hecho lo que debía. Jesús nos ofrece una pauta para no presumir de  nuestra fe. Contra la tentación de creernos protagonistas,  basta confesar con sencillez: “Somos siervos inútiles. Hemos hecho lo que teníamos que hacer”. 

UN AUMENTO DE FE

Con todo, ninguno de nosotros debería dejar en el olvido esa petición que los apóstoles dirigen al Señor. Es una oración de alcance universal y merece ser recordada.

• “Auméntanos la fe”. La fe es un don gratuito de Dios. Solo si lo valoramos como lo que es como, lo pediremos con insistencia, lo recibiremos con gratitud y lo cuidaremos con responsabilidad a lo largo de toda nuestra vida.   

• “Auméntanos la fe”.  La fe es también confianza en Dios. Es el resumen de la vocación de toda la Iglesia. La comunidad cristiana ha sido llamada por su Señor a confiar en él, también en los momentos de prueba y aun de persecución.  

• “Auméntanos la fe”.  La fe es finalmente un horizonte para toda la humanidad. La fe no es enemiga de la libertad. Al creer no hacemos un favor a Dios. Pero es Dios quien nos da la luz para caminar en las tinieblas y para reconocerlo en nuestros hermanos.

La fe, reto de la “confianza” en Dios Lc 17,5-10 (TOC27-25)

1. El evangelio de este domingo se toma de Lucas: un conjunto literario con dos partes: 1) el diálogo sobre la petición de los apóstoles para que aumente la fe de los mismos y la comparación con un pequeño grano de mostaza; 2) la parábola del siervo inútil. Lo primero que debemos considerar en este aspecto es que la fe no es una experiencia que se pueda medir en cantidad, en todo caso en calidad. La fe es el misterio por el que nos fiamos de Dios como Padre, ahí está la calidad de la fe; ponemos nuestra vida en sus manos sencillamente porque su palabra, revelada en Jesús y en su evangelio, llena el corazón. Por eso, la fe se la compara aquí con un grano de mostaza, pequeño, muy pequeño, porque en esa pequeñez hay mucha calidad en la que puede encerrarse, sin duda, el fiarse verdaderamente de Dios. Puede que objetivamente no se presenten razones evidentes para ello. No es que la fe sea ilógica, o simplemente ciega, es una opción inquebrantable de confianza. Es como el que ama, que no puede explicarse muchas veces por qué se ama a alguien. Por tanto, existe una razón secreta que nos impulsa a amar, como a creer.

2. La fe que mueve montañas debe cambiar muchas cosas. La comparación del que, por la fe, arranca una morera o un sicómoro y lo planta en el mar, da que pensar. ¿Qué sentido puede tener? Un sicómoro no puede crecer en el mar. En realidad es un símbolo de Israel y este no es un pueblo del mar; no hay tradición de ello. La frondosidad que tiene, como la de la higuera que protege con su sombra, es como un reto: son árboles de secano, de estío, protectores… pero no pueden estar en el mar, se pudrirían. Es un imposible, como un “imposible” es el misterio de la fe, de la confianza en Dios. Cuando todo está perdido, cuando lo imposible nos avasalla, “confiar en Dios” pone en entredicho una religiosidad de oropel, de cosas, de ritos, de ceremonias, de purificación. La fe es algo del corazón, donde está la sede de lo mejor y de lo peor en la Biblia. Por ello, tener fe, confianza (emunah), y pensar que una morera puede ser trasladada al mar y crecer allí es poner en entredicho la religión vacía. Sin la fe, la religión no lleva a ninguna parte. Y muy frecuentemente sucede que se tiene “una religión”, pero en ella no habita la fe.

3. La parábola conocida como del “siervo inútil” no es una narración absurda. No es propiamente la parábola del siervo inútil, porque no es ese su sentido, sino del que acepta simplemente en su vida que es un siervo y no pretende otra cosa. El amo que llega cansado del trabajo es servido por su criado; el criado tiene la conciencia de haber cumplido su oficio; esas eran las reglas de contratación social. ¿Qué sentido puede tener esto en el planteamiento de la fe y la recompensa? No podemos aplicar aquí la lógica reivindicativamente social de que el patrón y el siervo no pueden relacionarse tal como se propone en esta lectura. El juicio moral sobre la servitud o la misma esclavitud de aquellos tiempos, está demás a la hora de la interpretación. Se parte de la costumbre de aquella época para mostrar que el siervo, lo que tenía que hacer era servir (se usa el verbo diakoneô), porque era su oficio, y el amo ser servido.

4. Jesús quería partir de esta experiencia cotidiana para mostrar al final algo inusual: por ello, la vida cristiana no se puede plantear con afán de recompensa; no podemos servir a Dios y seguir a Jesús por lo que podamos conseguir, sino que debemos hacernos un planteamiento de gracia. El buen discípulo se fía de Jesús y de su Dios. Cuando se da esa razón secreta para seguir a Jesús, no se vive pendiente de recompensas; se hace lo que se debe hacer y entonces se es feliz en ello. Existe, sin duda, la secreta esperanza e incluso la promesa de que Dios nos sentará a su mesa (símbolo de compartir sus dones), pero sin que tengamos que presentar méritos; sin que sea un salario que se nos paga, sino por pura gracia, por puro amor. Así es como Lucas ha entendido este conjunto en que pone en conexión el diálogo sobre la fe con la parábola del siervo (que no es inútil). Con Dios no vale do ut des, sino lo que cuenta es abrirse a Él como lo que somos y con lo que somos… y se nos invita, por gracia, a sentarnos a su mesa, lo que no ocurre precisamente en las relaciones sociales de este mundo de clases.