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Riqueza y libertad Mc 10,17-30 (TOB28-18)

Las tres grandes apetencias del ser humano son el tener, el poder y el placer. Las tres parecen darse cita en el capítulo 10 del evangelio de Lucas. El domingo pasado el placer podía adivinarse tras la pregunta sobre el matrimonio y el divorcio. Hoy la pregunta del rico nos recuerda el ansia de tener que nos agobia.
En la misa de hoy, la primera lectura afirma que el tesoro más importante es la sabiduría. El texto la compara con tres deseos que a todos interesan (Sab 7,7-11).
• El primer deseo nos presenta los cetros, los  tronos y las riquezas. Son muchos los que aspiran a un “minuto de gloria”. Lo que les importa es “ser” importantes y  brillar en la sociedad. Pero ese rebrillo es bastante engañoso ante el esplendor de la verdadera sabiduría.
• El segundo deseo se centra en el oro, la plata y las piedras preciosas. Ya no se trata del ser del hombre sino del “tener”. Esos aparentes tesoros quedan fuera de él. No pertenecen a su vida. Frente a la sabiduría, su valor es tan solo como el del barro y la arena.
• El tercer deseo se refiere a otros bienes mas importantes, como la salud y la belleza. De ellos depende el “ser-así” de la persona. O, tal vez, el “estar” bien. Pero también estos son bienes perecederos, mientras que la sabiduría es duradera.

TRES FRACASOS
El texto del evangelio nos presenta a un personaje anónimo que se acerca a Jesús con el deseo de heredar la vida eterna (Mc 10,17-30). Es como la parábola de tres fracasos que marcan su existencia: el de la riqueza, el de la bondad y el del amor.
• Se dice que este personaje “era muy rico”. Pero Jesús trata de ayudarle a entender que no es tan rico cómo parece. “Una cosa te falta”. Tiene todo, pero le falta el verdadero tesoro, que solo puede ser alcanzado desprendiéndose de todo.
• El personaje busca la bondad. En realidad, durante toda su vida ha tratado de cumplir los mandamientos. Es cierto que desea practicar la bondad, pero no se decide a seguir al que es Bueno y es el modelo definitivo de la bondad.
• Jesús se le quedó mirando con cariño, pero él no lo percibió. No estaba dispuesto a hacerse eco del amor que reflejaba aquella mirada del Maestro. En esta ocasión, el amor de Jesús no encontró eco en el que pretendía asegurarse la vida eterna.
 En este contexto, Jesús aprovecha la ocasión para afirmar que los que ponen su confianza en las riquezas tendrán una gran dificultad para admitir a Dios como su rey. Sus discípulos  tendrán que oír una y otra vez que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

LIBERTAD Y  SEGUIMIENTO
Con todo, Simón Pedro se atreve a afirmar que los discípulos han hecho ya la opción de seguir a Jesús. Su afirmación da lugar a una profecía de su Maestro: 
 • “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Es verdad, pero Pedro renegará un día de su Maestro. Muchos seguidores de Jesús lo han dejado todo a lo largo de los siglos. Pero la decisión inicial, por generosa que sea, ha de ser renovada cada día.  
• “Quien deje “todo” por mí, recibirá en este tiempo cien veces más, con persecuciones”. Los bienes más importantes no son los tesoros materiales, sino el amor al bien y a la verdad. Quien sigue al Señor ha de aprender el valor del desprendimiento. Y ha de recordar que, junto a los bienes prometidos por el Señor, entra también la persecución.
• “Y recibirá en la edad futura vida eterna”. El relato evangélico termina como empezó. La vida definitiva que buscaba aquel personaje rico no queda asegurada por las riquezas. Y tampoco por el cumplimiento fiel de los mandamientos. Solo puede llegar a esa vida sin ocaso quien sigue de corazón al que es el Viviente y es la Vida.

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