AGOSTO: vacaciones, lecturas, arte cristiano y santos, actividades, juegos, propuestas de lecturas, humor, imagen-viñeta para reflexionar, fichas, manualidades, cómics... ***Si bien los materiales propios del blog están protegidos, su utilización ES LIBRE (aunque en ningún caso con fines lucrativos o comerciales) siempre que se conserve el diseño integral de las fichas o de las actividades así como la autoría o autorías compartidas expresadas en las mismas.
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Encuentro junto al lago Jn 21-1-19 (PAC3-19)
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero… Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”. Esta es la respuesta de Pedro al sumo sacerdote que prohíbe a los apóstoles enseñar en el nombre de Jesús (Hch 5,27-41).
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar persecuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).
CUATRO PASOS
El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras.
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).
LA PRESENCIA DEL MAESTRO
Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús.
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida. Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.
Su palabra es realmente profética. Anuncia la resurrección de Cristo. Y denuncia la injusticia de quienes lo condenaron a muerte. Y eso, con la plena conciencia de que ese ministerio profético les ha de costar persecuciones y castigos. Pero la fidelidad a la llamada de Dios está por encima de las normas y las prohibiciones de los hombres.
Pero en las palabras de Pedro hay además otro punto importante. Él y sus compañeros se consideran testigos del misterio y de la misión de Jesucristo. Y para serlo de verdad, el testigo ha de estar ahí y ser diferente. La valentía es una nota distintiva del testigo. Con razón se canta en el salmo: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29,2).
CUATRO PASOS
El evangelio que se proclama en este domingo tercero de Pascua (Jn 21,1-19) consta de cuatro partes: la crisis de siete discípulos de Jesús que se retiran al lago, el encuentro con el Señor, las preguntas a Pedro y el encargo que le confía Jesús, y finalmente la pregunta por la suerte del discípulo amado. En muchas celebraciones se leerán solo las dos primeras.
• El relato evoca y presenta el paso que va de la noche al amanecer, de las tinieblas a la luz, de la soledad de los discípulos al encuentro con un personaje que aparece en la mañana a la orilla del lago (vv.3-4).
• Hay otro paso importante que va de la ignorancia al conocimiento. En un principio no saben que ese personaje que los espera en la costa es Jesús (v.4). Pero uno de ellos reconoce que es el Señor y se lo comunica a Pedro (v.7). Al fin todos saben que es el Señor (v.12).
• Un tercer paso va de la esterilidad y del fracaso de esos discípulos que, a pesar de su experiencia, no logran pescar nada en toda la noche (v.3), a la satisfacción ante una pesca más abundante de lo que habrían podido soñar (v. 6.8).
• Y hay finalmente un cuarto paso que lleva a los discípulos de la carestía y el hambre, puesto que no tienen nada que comer (v. 5), al disfrute del almuerzo que Jesús ha preparado para ellos (vv. 9-12).
LA PRESENCIA DEL MAESTRO
Son siete los discípulos que se vuelven al lago de Galilea. Ese es el lugar en el que se desarrolla la escena del encuentro con Jesús. Allí pescaba Simón en otros tiempos. Y allí regresa, como si tratase de olvidar el tiempo vivido junto a Jesús.
• Esta huida de Pedro puede ser más dramática que la cobardía con la que afirmó no conocer a su Maestro. Pero Jesús no olvida a quien parece querer ignorar su llamada inicial. Y repetirá el mismo consejo al pescador frustrado.
• Pedro ha de saber que su trabajo puede resultar baldío, aunque lo lleve a cabo en compañía de otros que comparten su desaliento. Solo cuando escucha el consejo del Maestro su pesca se hace asombrosamente abundante.
• Pedro no debe olvidar que algunos abandonaron a Jesús cuando hablaba del pan de la vida. Ahora, como en la última cena, Jesús toma en sus manos el pan y el pescado y se lo da. El Señor repite los signos de su entrega.
Hemos visto al Señor Jn 20,19-31 (PAC2-19)
“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117,22-24). Esa invitación a la alegría, con la que concluye el salmo responsorial, resume y refleja el espíritu de la experiencia pascual.
Pilato consideraba una broma que le presentaran como rey de los judíos a aquel hombre tan débil y desvalido. De ninguna manera podía ser una amenaza para el imperio. Pero el que fue despreciado, condenado y ajusticiado había de triunfar sobre la muerte. La piedra desechada se convertiría en la piedra fundamental de un nuevo edificio.
Un edificio construido como una comunidad viva, que permanecía unida por “la enseñanza de los apóstoles, la vida común, la fracción del pan y la oración”. Así lo recuerda la primera lectura de este domingo segundo de Pascua (Hch 2,42).
Los hermanos de aquella nueva comunidad vivían unidos y compartían todos sus bienes. Pero esa nota no es solo un recuerdo histórico. Esos han de ser también los signos que han de distinguir a todos los que hemos renacido para una esperanza viva y para una herencia incorruptible. Así nos lo enseña la primera carta de Pedro (1 Pe 1,3-4).
LA PAZ Y EL PERDÓN
Al ver que era apresado en Getsemaní, los discípulos habían huído cada uno por su lado. Seguramente se han enterado de que su Maestro ha muerto crucificado. Y ahí están ahora, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos (Jn 20,19-31).
• Pero, de pronto, Jesús se hace presente entre sus discípulos. Les hace ver las llagas de sus manos y su costado. Han de comprender que es el mismo que ha sido crucificado. Y han de aprender ya para siempre que el camino de Jesús a la gloria había de pasar por la humillación hasta la muerte y una muerte de cruz.
• Junto al temor, los discípulos han debido de probar el sentido de la culpa. No se abandona tan a la ligera a un Maestro que los ha guiado con claridad y con paciencia. Pero Él no viene ahora a reprocharles su cobardía. Llega y les ofrece los dones de su paz y su perdón. Y les confía la impensable misión de pasar ese perdón a los demás.
• A la sorpresa del encuentro acompaña el gozo de ver que no ha caducado la confianza de su Maestro. Pero la experiencia de la alegría no puede ser solo individual. Los que han descubierto al Señor resucitado comunican la noticia a Tomás, cuando éste se reincorpora a la comunidad: “Hemos visto al Señor”.
LUZ Y VALENTÍA
El evangelio de hoy evoca dos momentos. En el primero, Tomás no se encuentra en el grupo de sus amedrentados compañeros. En el segundo, Tomás está presente cuando se les revela el Señor Resucitado. Tres frases marcan el diálogo que centra el encuentro.
• “No seas incrédulo, sino creyente”. Jesús recuerda a Tomás que el misterio de la cruz nunca fue ni será el final del camino. Es verdad que solo con la fe se puede aceptar la muerte de Jesús. Pero la fe es necesaria también para aceptar que el Resucitado vive entre nosotros.
• “¡Señor mío y Dios mío!” En ese humilde susurro de Tomás se refleja la trémula confesión de la fe de todos los discípulos del Maestro. La muerte y resurrección de Jesús nos impulsan a confesar con decisión su señorío y su divinidad.
• “Dichosos los que crean sin haber visto”. Con esa última bienaventuranza del evangelio, Jesús hace de Tomás el portaestandarte de todos los que apoyamos nuestra fe en la fe de los que vivieron la experiencia del encuentro con el Señor resucitado.
Testigos de la Resurrección Jn 20,1-9 (PAC1-19)
“Pasó haciendo el bien… Dios estaba con él… Nosotros somos testigos… Lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse… Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”. Pedro lo había proclamado así ante los judíos en Jerusalén (Hech 2,32). Y así lo proclama también ahora en Cesarea ante el centurión pagano Cornelio (Hech 10,34-43).
Los apóstoles habían oído las enseñanzas del Maestro y habían sido testigos de su compasión y de su acción misericordiosa. Ahora han de convertirse en testigos convencidos y convincentes de la gloria del Cristo resucitado.
Ante ese anuncio que llega hasta nosotros, respondemos con fe y con alegría: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117).
También hoy es importante la proclamación pública de esta experiencia de fe. Pero es igualmente necesario el cambio de nuestras actitudes. Es preciso vivir como resucitados. Así nos lo advierte el apóstol Pablo: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1).
APÓSTOL DE APÓSTOLES
El evangelio de este domingo de Pascua nos lleva a acompañar a María Madalena hasta el sepulcro donde había sido depositado el cuerpo de Jesús (Jn 20,1-9). Es el amanecer del primer día de la semana. Aquella discípula que lo había seguido por los caminos y había estado presente en la hora de la muerte de su Maestro, no puede olvidarlo.
• Como ella, a lo largo de los siglos los cristianos volvemos con fe y gratitud a aquel amanecer que siguió a la condena, a la muerte y a la sepultura de Jesús.
• Como ella, no siempre encontramos al que buscamos con angustia, cuando sentimos que nos falta el apoyo en el que habíamos fundamentado nuestra fe.
• Como ella, también nosotros nos volvemos confiadamente a los hermanos de nuestra comunidad, con los que hemos recorrido los caminos de la fe.
• Como ella, también nosotros tenemos la secreta esperanza de que nuestros hermanos encuentren en el sepulcro vacío una nueva razón para creer y caminar.
Con razón, María Magdalena ha sido calificada a lo largo de la historia como la verdadera apóstol de los apóstoles.
ENTENDER Y VIVIR
El relato evangélico de este día de Pascua se cierra con una anotación referida a Pedro y al discípulo al que amaba Jesús: “Hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.
• También nosotros hemos oído muchas veces la proclamación de las Escrituras. Sabemos que ese es el inicio de nuestra fe. Así que es preciso escuchar con atención lo que nos ha sido revelado.
• También nosotros tenemos muchas dificultades para comprender las Escrituras. Hay una evidente presión exterior que nos hace difícil aceptar la única verdad que pueda traernos la salvación.
• También nosotros, como los discípulos de Jesús, tenemos expectativas personales muy egoístas. Hay muchos intereses y muchos prejuicios que nos impiden aceptar la misión y el mensaje del Maestro.
Cuerdas. El cortometraje (10:52 minutos)
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La paz del que viene Lc 23,1-49 (Domingo de Ramos)
“El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). En este tercer canto sobre el siervo de Dios, lo vemos como un discípulo fiel. Por una parte, escucha con atención la palabra de Dios. Y, por otra, la trasmite sin temor, a pesar de los ultrajes que por ello recibe.
Esa imagen anticipa ya la de Jesús, el discípulo que escucha la palabra de su Padre. Es más: él es la misma Palabra de Dios, que anuncia la salvación y está dispuesto a morir por mantenerse fiel a esa misión.
El salmo responsorial recoge una antigua oración que los evangelios pondrán en boca de Jesús crucificado: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado” (Sal 21). Hay que leerlo entero para ver que ese grito desemboca finalmente en la esperanza.
San Pablo, por su parte, recuerda a los fieles de la ciudad de Filipos que Cristo, siendo de condicion divina, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz (Flp 2,6-11). Con ese recuerdo del Salvador, humillado por los hombres y exaltado por Dios, comenzamos la Semana Santa.
EL DUEÑO DEL POLLINO
En este domingo de Ramos se lee la pasión de Jesús según san Lucas (Lc 23,2-49). Pero antes, al inicio de la procesión, se proclama el texto evangélico de la entrada del Señor en Jerusalén (Lc 19,28-40). Al leerlo, nos asalta siempre una curiosidad y nos estimula una advertencia de Jesús.
• En primer lugar, nos preguntamos a quién pertenecía el pollino que los discípulos habían de ir a buscar, por orden de su Maestro. ¿Conocía Jesús al dueño del pollino? ¿Había observado previamente que siempre solía estar atado a la entrada de Betfagé? ¿Trata el evangelista de subrayar que Jesús conoce nuestras posesiones y nuestra disponibilidad?
• En segundo lugar, nos impresiona la respuesta que los discípulos han de dar a quien les pregunte por qué desatan y se llevan el pollino: “El Señor lo necesita”. De nuevo nos preguntamos si el dueño del pollino ya reconocía el señorío de Jesús. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si estamos dispuestos a “prestar” al Señor todo lo que él necesita de nosotros.
LA PAZ Y LA GLORIA
Según el texto evangélico, los discípulos que acompañan a Jesús por aquel camino que baja del Monte de los Olivos, prorrumpen en gritos de alegría:
• “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor”. La bendición con que eran recibidos los peregrinos (Sal 118,26) es ahora una aclamación que brota de la fe. Pero no llega el reino de David que algunos esperaban. Llega el Rey de Jerusalén, llega nuestro Rey, pero viene como un servidor. El papa Francisco comenta que “viene a nosotros humildemente y con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con Dios y con nosotros mismos”.
• “Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Los bienes que los peregrinos deseaban al a©ercarse a la ciudad de Jerusalén se resumían en el gran don de la paz (Sal 122,8). El evangelista une estos deseos de los discípulos que compañan a Jesús con la revelación angélica de los dones que aporta a la tierra el nacimiento del Mesías (Lc 2,14). Esa es también nuestra fe. Y ese es nuestro testimonio.
Pasado y futuro Jn 8,1-11 (CUC5-19)
“No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo… para dar de beber a mi pueblo”. Al recuerdo de la liberación que Dios había ofrecido a su pueblo en el pasado, se contrapone ahora la promesa de una nueva intervención (Is 43,16-21).
Ningún pueblo debería olvidar su pasado. Y menos el pueblo de Israel, que hizo del “recordar” no solo una advertencia para la vida social sino también una exigencia de fidelidad a la alianza que Dios le había otorgado.
El profeta conoce el dolor de un pueblo humillado por sus enemigos y deportado a una tierra extraña. Pero conoce también la bondad de Dios. Por eso invita a sus gentes a mirar al futuro. Dios promete liberar a su pueblo de los sufrimientos que ha padecido en Babilonia.
A esa certeza responde el salmista al cantar: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125). San Pablo, por su parte, trata de olvidar lo que ha dejado atrás para valorar el conocimiento de Cristo y correr hacia la meta prometida (Flp 3,8-14).
ALGUNAS PREGUNTAS
También el evangelio que hoy se proclama contrapone de algún modo el pasado y el futuro (Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer presuntamente sorprendida en adulterio.
La intención de los que la acusan es manifiesta. Si el Maestro no aprueba el mandato de apedrear a la adúltera, se sitúa escandalosamente contra la Ley de Moisés. Si la condena, demuestra no tener la compasión que se espera de un profeta.
• En este relato evangélico se acusa a la mujer, pero no se menciona al cómplice de su adulterio. Eso nos hace dudar de los acusadores. ¿No han querido o no han podido detener al cómplice? ¿En su cultura interesa solo el pecado de la adúltera? Tal vez ni siquiera les interese la conducta de la mujer, sino la ocasión para poder acusar a Jesús.
• En el relato se dice que Jesús se inclina por dos veces para escribir algo en el suelo. ¿Pretendía crear un espacio de silencio para que los acusadores reconocieran sus propios pecados? ¿O trataba de evocar que también la ley de Moisés había sido escrita dos veces por el dedo de Dios?
REVELACIÓN Y PERDÓN
La actitud de Jesús ante la mujer sorprendida en adulterio es un excelente resumen del evangelio. Como ha escrito el papa Francisco, citando a san Agustín, en este escenario quedaron frente a frente la “misericordia” y la “mísera”, es decir, la necesitada de compasión. Será oportuno prestar atención a lo que Jesús dice tanto a los fariseos como a la mujer.
• “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Estas palabras de Jesús revelan y denuncian la incoherencia de todos los que, antes y ahora, presumen de cumplir la letra de la Ley cuando no han querido asumir su espíritu. Además, nos revelan la grandeza y la comprensión del Maestro. Jesús es el único que está sin pecado. Por tanto, es el único que podría juzgar, pero no juzga.
• “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. La sociedad niega la seriedad del pecado, pero condena al pecador. No lo ve como persona, sino como asesino o adúltero, como ladrón o calumniador. Por el contrario, Jesús no niega la gravedad del pecado ni la seriedad de la culpa. Pero se muestra siempre dispuesto a ofrecer el perdón. El Maestro no mira tanto al pasado como al futuro.
Libertad y alegría Lc 15,1.11-32 (CUC4-19)
“Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Con ese oráculo que hoy se proclama, Dios recuerda a Josué que Él ha liberado a su pueblo y lo ha ido guiando hacia la libertad (Jos 5,9). Ha terminado ya la fatigosa peregrinación por el desierto. Al acercarse a la tierra que Dios le ha prometido, el pueblo podrá disfrutar de los frutos esperados. Y podrá ofrecer al Señor las primicias de sus cosechas, como se recordaba en el primer domingo de cuaresma.
El salmo responsorial convierte aquellas promesas del pasado en una certeza para el presente. También para nosotros Dios abre las manos con una generosidad de Padre: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33).
El primer don de ese Padre generoso es el de la reconciliación. San Pablo nos anuncia que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo. Y, además, nos ha encargado el servicio de reconciliarnos con nuestros hermanos y con él mismo (2 Cor 5,17-21).
PÉRDIDAS Y HALLAZGOS
La parábola que hoy se proclama pertenece al capítulo evangélico de las pérdidas y los hallazgos. Un pastor perdió una oveja y no descansó hasta que la encontró. Lo mismo hizo una mujer que había perdido una moneda. Pero más elocuente aún es el relato sobre un hijo que se había perdido y ha sido reencontrado por su padre y por su hermano (Lc 15,32).
El hijo que se fue de casa busca la libertad. Recordando al filósofo Isaías Berlín, podemos decir que el joven consigue la “libertad de” las aparentes ataduras que lo mantenían sujeto, pero no alcanza la “libertad para” el servicio y el amor. Lejos de su casa, se convierte en un esclavo de sus gustos, en un servidor de un amo que lo trata como a un esclavo y en un solitario despreciado por todos.
En realidad, la parábola que llamamos del hijo pródigo es la parábola de la generosidad liberadora del padre. En la experiencia de la soledad, el hijo menor redescubre el valor del hogar familiar El hijo mayor permanece en la casa, pero no ha descubierto la libertad que le proporciona el amor de su padre. Solo el amor nos hace libres. Solo el amor nos hace reconocer nuestra verdadera dignidad.
LA VERDADERA ALEGRÍA
Al retornar a casa, el hijo menor desea ser tratado como un jornalero más. Seguramente esa es la última tentación. Los verdaderos creyentes no pueden presentarse ante Dios reclamando un premio o un salario por su trabajo.
• Al que regresa triste y pobre el padre lo recibe con los brazos abiertos. Lo viste de fiesta para subrayar su dignidad. Y le entrega el anillo con el que él ratifica los contratos. La alegría por el hijo reencontrado revela la confianza del padre y demanda la responsabilidad del hijo.
• Y al hijo mayor, que ha permanecido en la casa, el padre le recuerda una doble relación. Es un hijo, con el que el padre comparte todos sus bienes. Y tiene un hermano, al que debe aceptar y recibir como tal.
A las palabras del hijo menor, el padre no responde con palabras, sino con los gestos de la fiesta y la alegría. Pero al hijo mayor sí que le dirige una invitación que marca el tono de todo el relato: “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
El salmo responsorial convierte aquellas promesas del pasado en una certeza para el presente. También para nosotros Dios abre las manos con una generosidad de Padre: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33).
El primer don de ese Padre generoso es el de la reconciliación. San Pablo nos anuncia que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo. Y, además, nos ha encargado el servicio de reconciliarnos con nuestros hermanos y con él mismo (2 Cor 5,17-21).
PÉRDIDAS Y HALLAZGOS
La parábola que hoy se proclama pertenece al capítulo evangélico de las pérdidas y los hallazgos. Un pastor perdió una oveja y no descansó hasta que la encontró. Lo mismo hizo una mujer que había perdido una moneda. Pero más elocuente aún es el relato sobre un hijo que se había perdido y ha sido reencontrado por su padre y por su hermano (Lc 15,32).
El hijo que se fue de casa busca la libertad. Recordando al filósofo Isaías Berlín, podemos decir que el joven consigue la “libertad de” las aparentes ataduras que lo mantenían sujeto, pero no alcanza la “libertad para” el servicio y el amor. Lejos de su casa, se convierte en un esclavo de sus gustos, en un servidor de un amo que lo trata como a un esclavo y en un solitario despreciado por todos.
En realidad, la parábola que llamamos del hijo pródigo es la parábola de la generosidad liberadora del padre. En la experiencia de la soledad, el hijo menor redescubre el valor del hogar familiar El hijo mayor permanece en la casa, pero no ha descubierto la libertad que le proporciona el amor de su padre. Solo el amor nos hace libres. Solo el amor nos hace reconocer nuestra verdadera dignidad.
LA VERDADERA ALEGRÍA
Al retornar a casa, el hijo menor desea ser tratado como un jornalero más. Seguramente esa es la última tentación. Los verdaderos creyentes no pueden presentarse ante Dios reclamando un premio o un salario por su trabajo.
• Al que regresa triste y pobre el padre lo recibe con los brazos abiertos. Lo viste de fiesta para subrayar su dignidad. Y le entrega el anillo con el que él ratifica los contratos. La alegría por el hijo reencontrado revela la confianza del padre y demanda la responsabilidad del hijo.
• Y al hijo mayor, que ha permanecido en la casa, el padre le recuerda una doble relación. Es un hijo, con el que el padre comparte todos sus bienes. Y tiene un hermano, al que debe aceptar y recibir como tal.
A las palabras del hijo menor, el padre no responde con palabras, sino con los gestos de la fiesta y la alegría. Pero al hijo mayor sí que le dirige una invitación que marca el tono de todo el relato: “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Compasión y conversión Lc 13,1-9 (CUC3-19)
“He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel” (Éx 3,7-8). Dios no es indiferente a la humillación que están padeciendo los hebreos.
A lo largo de su vida, Moisés había conocido los numerosos dioses que eran venerados en las tierras del Nilo. No es extraño que, ante el fenómeno de la zarza ardiente, pregunte el nombre del dios que pretende liberar a los hebreos. La respuesta es terminante. Solo puede ser reconocido como Dios el que se compadece de los oprimidos.
El salmo nos lleva a responder: “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal 102). Sin embargo, frente a esa compasión de Dios, los hebreos no siempre se mostraron agradecidos. Según san Pablo, “la mayoría de ellos no agradaron a Dios” (1 Cor 10,5). Por eso, el Apóstol advierte a los fieles y les desea que “el que se crea seguro, se cuide de no caer”.
LOS APLASTADOS
Según el evangelio de Lucas, Jesús oye contar a algunos un hecho que debió de conmover a las gentes. Unos peregrinos galileos fueron masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Por su parte, Jesús recuerda a unos obreros que habían muerto aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13,1-9).
En aquel tiempo se consideraba que la retribución por la conducta humana era inmediata. Se pensaba que los males físicos responden al mal comportamiento de quien los padece. Así que las gentes debieron de considerar como pecadores tanto a los aplastados por la crueldad romana como a las víctimas de una desgracia en el trabajo.
En realidad, esa presunción sigue vigente también hoy en muchos ambientes. Cuando sucede una catástrofe, son muchos los que se preguntan escandalizados: “¿Qué mal han hecho estas personas para ser castigadas de esta forma?”
Pero según Jesús, las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido asesinados o atrapados por los cascotes de la torre. Jesús sabe que todos somos pecadores y a todos nos exhorta a la conversión.
LOS PERDONADOS
En el evangelio que hoy se proclama, Jesús añade la parábola de la higuera estéril. Hace tiempo que no da fruto, así que el dueño decide arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias afirmaban la extensión del pecado, la parábola ofrece la esperanza del perdón.
• “Señor déjala todavía este año”. En primer lugar, se sugiere que el pecado comporta siempre la esterilidad de la existencia. Sin embargo, se nos concede todavía tiempo para el reconocimiento humilde de nuestros pecados. Este es el tiempo para la conversión.
• “Yo cavaré alrededor… a ver si da fruto”. Todavía hay un espacio y un tiempo para la esperanza. Claro que la esperanza no puede arrastrarnos a la evasión ni a la pereza. De hecho, exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo.
• “Si no, el año que viene la cortarás”. Por otra parte, la esperanza que nace de la misericordia de Dios tampoco puede llevarnos a la irresponsabilidad. El fracaso no es una fatalidad inevitable. Es una posibilidad que siempre exige atención y esfuerzo.
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