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Jueves santo: última cena, primera EUCARISTÍA


 

Vidriera de la Ultima Cena / Last Supper


 

El Triduo Pascual (por el Papa Francisco)

 Ya inmersos en el clima espiritual de la Semana Santa, estamos en la vigilia del Triduo pascual. Desde mañana y hasta el domingo viviremos los días centrales del Año litúrgico, celebrando el misterio de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección del Señor. Y este misterio lo vivimos cada vez que celebramos la Eucaristía. Cuando nosotros vamos a Misa, no vamos solo a rezar, no: vamos a renovar, a hacer de nuevo, este misterio, el misterio pascual. Es importante no olvidar esto. Es como si nosotros fuéramos al Calvario —es lo mismo— para renovar, para hacer de nuevo el misterio pascual. 

La tarde del Jueves Santo, entrando en el Triduo pascual, reviviremos la Misa que se llama in Coena Domini, es decir la Misa donde se conmemora la Última cena, lo que sucedió allí, en ese momento. Es la tarde en la que Cristo dejó a sus discípulos el testamento de su amor en la Eucaristía, pero no como recuerdo, sino como memorial, como su presencia perenne. Cada vez que se celebra la Eucaristía, como dije al principio, se renueva este misterio de la redención. En este Sacramento, Jesús sustituyó la víctima del sacrificio —el cordero pascual— consigo mismo: su Cuerpo y su Sangre nos donan la salvación de la esclavitud del pecado y de la muerte. La salvación de toda esclavitud está ahí. Es la tarde en la que Él nos pide que nos amemos haciéndonos siervos los unos de los otros, como hizo Él lavando los pies a los discípulos. Un gesto que anticipa la cruenta oblación en la cruz. Y de hecho el Maestro y Señor morirá el día después para limpiar no los pies, sino los corazones y toda la vida de sus discípulos. Ha sido una oblación de servicio a todos nosotros, porque con ese servicio de su sacrificio nos ha redimido a todos. 

El Viernes Santo es día de penitencia, de ayuno y de oración. A través de los textos de la Sagrada Escritura y las oraciones litúrgicas, estaremos como reunidos en el Calvario para conmemorar la Pasión y la Muerte redentora de Jesucristo. En la intensidad del rito de la Acción litúrgica se nos presentará el Crucificado para adorar. Adorando la Cruz, reviviremos el camino del Cordero inocente inmolado por nuestra salvación. Llevaremos en la mente y en el corazón los sufrimientos de los enfermos, de los pobres, de los descartados de este mundo; recordaremos a los “corderos inmolados” víctimas inocentes de las guerras, de las dictaduras, de las violencias cotidianas, de los abortos… Delante de la imagen de Dios crucificado llevaremos, en la oración, los muchos, demasiados crucificados de hoy, que solo desde Él pueden recibir el consuelo y el sentido de su sufrimiento. Y hoy hay muchos: no olvidar a los crucificados de hoy, que son la imagen del Jesús Crucificado, y en ellos está Jesús.

Desde que Jesús tomó sobre sí las llagas de la humanidad y la misma muerte, el amor de Dios ha regado nuestros desiertos, ha iluminado nuestras tinieblas. Por que el mundo está en las tinieblas. Hagamos una lista de todas las guerras que se están combatiendo en este momento; de todos los niños que mueren de hambre; de los niños que no tienen educación; de pueblos enteros destruidos por las guerras, el terrorismo. De tanta, tanta gente que para sentirse un poco mejor necesita de la droga, de la industria de la droga que mata… ¡Es una calamidad, es un desierto! Hay pequeñas “islas” del pueblo de Dios, tanto cristiano como de cualquier otra fe, que conservan en el corazón las ganas de ser mejores. Pero digámonos la realidad: en este Calvario de muerte, es Jesús quien sufre en sus discípulos. Durante su ministerio, el Hijo de Dios había derramado generosamente la vida, sanando, perdonando, resucitando… Ahora, en la hora del supremo Sacrificio en la cruz, lleva a cumplimiento la obra encomendada por el Padre: entra en el abismo del sufrimiento, entra en estas calamidades de este mundo, para redimir y transformar. Y también para liberarnos a cada uno de nosotros del poder de las tinieblas, de la soberbia, de la resistencia a ser amados por Dios. Y esto, solo el amor de Dios puede hacerlo. Por sus llagas hemos sido sanados (cf. 1 P 2,24), dice el apóstol Pedro, de su muerte hemos sido regenerados, todos nosotros. Y gracias a Él, abandonado en la cruz, nunca nadie está solo en la oscuridad de la muerte. Nunca, Él está siempre al lado: solo hay que abrir el corazón y dejarse mirar por Él. 

El Sábado Santo es el día del silencio: hay un gran silencio sobre toda la Tierra; un silencio vivido en el llanto y en el desconcierto de los primeros discípulos, conmocionados por la muerte ignominiosa de Jesús. Mientras el Verbo calla, mientras la Vida está en el sepulcro, aquellos que habían esperado en Él son sometidos a dura prueba, se sienten huérfanos, quizá también huérfanos de Dios. Este sábado es también el día de María: también ella lo vive en el llanto, pero su corazón está lleno de fe, lleno de esperanza, lleno de amor. La Madre de Jesús había seguido al Hijo a lo largo de la vía dolorosa y se había quedado a los pies de la cruz, con el alma traspasada. Pero cuando todo parece haber terminado, ella vela, vela a la espera manteniendo la esperanza en la promesa de Dios que resucita a los muertos. Así, en la hora más oscura del mundo, se ha convertido en Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia y signo de la esperanza. Su testimonio y su intercesión nos sostienen cuando el peso de la cruz se vuelve demasiado pesado para cada uno de nosotros. 

En las tinieblas del Sábado Santo irrumpirán la alegría y la luz con los ritos de la Vigilia pascual, tarde por la noche, y el canto festivo del Aleluya. Será el encuentro en la fe con Cristo resucitado y la alegría pascual se prolongará durante los cincuenta días que seguirán, hasta la venida del Espíritu Santo. ¡Aquel que había sido crucificado ha resucitado! Todas las preguntas y las incertidumbres, las vacilaciones y los miedos son disipados por esta revelación. El Resucitado nos da la certeza de que el bien triunfa siempre sobre el mal, que la vida vence siempre a la muerte y nuestro final no es bajar cada vez más abajo, de tristeza en tristeza, sino subir a lo alto. El Resucitado es la confirmación de que Jesús tiene razón en todo: en el prometernos la vida más allá de la muerte y el perdón más allá de los pecados. Los discípulos dudaban, no creían. La primera en creer y ver fue María Magdalena, fue la apóstola de la resurrección que fue a contar que había visto a Jesús, que la había llamado por su nombre. Y después, todos los discípulos le han visto. Pero, yo quisiera detenerme sobre esto: los guardias, los soldados, que estaban en el sepulcro para no dejar que vinieran los discípulos y llevarse el cuerpo, le han visto: le han visto vivo y resucitado. Los enemigos le han visto, y después han fingido que no le habían visto. ¿Por qué? Porque fueron pagados. Aquí está el verdadero misterio de lo que Jesús dijo una vez: “Hay dos señores en el mundo, dos, no más: dos. Dios y el dinero. Quien sirve al dinero está contra Dios”. Y aquí está el dinero que hizo cambiar la realidad. Habían visto la maravilla de la resurrección, pero fueron pagados para callar. Pensemos en las muchas veces que hombres y mujeres cristianos han sido pagados para no reconocer en la práctica la resurrección de Cristo, y no han hecho lo que el Cristo nos ha pedido que hagamos, como cristianos.

(Catequesis del 31 de marzo de 2021)

Si la Semana Santa ES Semana Santa


 

La entrada triunfal en Jerusalén (por José M. Carrascosa) - Domingo de Ramos





 

Ultrajes y confianza Mt 26-27 Pasión

Con la celebración del Domingo de Ramos iniciamos la Semana Santa. En la primera lectura, se nos ofrece el tercer canto del Siervo del Señor, que aparece en la segunda parte del libro de Isaías. “El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes” (Is 50,4-7). Es hermosa esa confesión de confianza en Dios, en una situación de acoso y de persecución. 

El salmo 21 comienza con unas palabras que Jesús debió de recitar desde lo alto de la Cruz: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” (Sal 21,2). Contra lo que pudiera parecer, este no es el lamento de un desesperado. De hecho, más adelante, el salmista confiesa  que Dios ha escuchado su petición de auxilio (Sal 21,25). 

También en el himno del abajamiento del Cristo, que se recuerda en la segunda lectura, San Pablo proclama que, siendo de condición divina, Jesús ha asumido la suerte humana. Por eso, Dios lo ha exaltado y le ha concedido un nombre por encima de todo nombre (Flp 2,9).

ABANDONO HUMANO

En este domingo, la alegría de la bendición y procesión de los ramos parece oscurecerse a la hora de leer la pasión de Jesús según san Mateo. De hecho, en la lectura de este texto, podemos observar al menos tres escenarios en los que la figura de Judas pone de manifiesto el abandono humano que ha de sufrir Jesús.

• El primero de ellos es el palacio de los sumos sacerdotes. Nos duele ver cómo Judas, uno de los discípulos, elegido personalmente por Jesús, negocia con los sacerdotes el dinero que puede cobrar por entregarles a su Maestro (Mt 26,14-26).

• El segundo escenario es el salón en el que Jesús celebra la última cena junto con los Doce. Allí anuncia claramente que uno de ellos lo entregará y, ante la pregunta de Judas, responde que efectivamente él será el traidor  (Mt 26,25).

• El tercer lugar es Getsemaní. Mientras Jesús hace oración, lleno de tristeza y angustia, sus discípulos predilectos duermen. Cuando llegan los esbirros de los sumos sacerdotes, dirigidos por Judas, todos los discípulos lo abandonan y huyen (Mt 16,56).   

EL ABANDNO DIVINO

Por otra parte, el texto contiene una frase en arameo que parece escandalosa: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que se traduce como “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Es importante preguntarnos qué podemos encontrar en ese lamento del Señor.

• Una interpretación superficial. Algunos de los presentes en el Calvario no conocían bien la lengua aramea. El sonido de las palabras y el recuerdo de un texto del profeta Malaquías (3,23-24) les hicieron pensar que Jesús suplicaba la asistencia del profeta Elías.

• Una ignorancia evidente. Muchos lectores de hoy olvidan este salmo iniciado por Jesús. A la invocación con la que se suplica el auxilio de Dios sigue después el testimonio de su ayuda, una profesión de confianza y el anuncio de haber disfrutado de su gracia.

• Un eco muy actual. En nuestro tiempo, hay muchos creyentes que piensan que Dios los ha abandonado, cuando en realidad están padeciendo el abandono de otras personas que debían mostrarles su cercanía y prestarles su apoyo.

Medallón del Domingo de Ramos


 

Pasión según San Mateo - Mt 26-27

1.Hoy la lectura de la Pasión según san Mateo debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio”, buena noticia, y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido, esa es la fuente de nuestro relato de Mateo. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido casi con toda seguridad para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual

2. No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”; tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que no se dejaba intimidar por la teología oficial. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.

3. Mateo, como se ha dicho, sigue de cerca el texto de Marcos, pero algunas claves particulares se deben hacer notar:

A) Lo que da unidad y coherencia a las distintas secciones (algunos hablan de tres) es la perspectiva cristológica en que todo se presenta. Mateo es el que mejor ha tratado de respaldar el misterio de la pasión del Mesías con el cumplimiento de las Escrituras. Esto era muy explicable para una comunidad que, procedente del judaísmo, debía asumir que la pasión y muerte, coronada por la resurrección, entraba en el plan de Dios y así era asumido libremente por Jesús.

B) Hay algunos particulares del relato que Mateo que llaman la atención. La diferencia con respecto a Marco se halla en el episodio de Barrabás y se convierte en uno de los elementos claves de su visión de la pasión y las consecuencias para Israel. Hace unos años se escribía una obra sobre la redacción de Mateo y su teología que se fundamentaba en la en Mt 27,25: “caiga su sangre…”. Consta de dos elementos: intervención de la mujer de Pilato y escena en que Pilato se lava las manos. No se trata de simples agregados. Mateo retoma todo el conjunto y nos presenta una nueva composición óptimamente construida, donde la intención doctrinal y eclesial aparece claramente. Quedan definidos los lazos de Cristo con el pueblo de Israel. Cuando la mujer del pagano intercede por el “justo”, la hija de Sión exige a gritos la muerte de su Mesías, de su Cristo (en vez de “rey de los judíos”, Mateo utiliza dos veces este título). “Todo el pueblo” toma sobre sí la responsabilidad que Pilato rehúsa (27,-2425).Esta toma de posición del pueblo de la antigua alianza marca un vuelco en la historia de la salvación. La perspectiva cristológica de todo esto es manifiesta. Es el rechazo del judaísmo al Mesías que ha elegido libremente la pasión. Pero ello no debe incitar -¡de ninguna manera!- al antisemitismo, como ha ocurrido en lecturas apologéticas que no entienden que el pueblo de Israel no es el responsable de la muerte del “profeta”, sino unos dirigentes ciegos e inmisericordes. Es verdad que el Evangelio de Mateo mantiene una constante de “antijudaísmo” como problema histórico y teología, pero no es “antijudío” por naturaleza.

C) No deberíamos decir que Jesús “eligió” la muerte porque Dios así lo quería o así lo necesitaba. No es el sufrimiento el camino que Dios quiere para redimir y salvar a los hombres. Pero Dios, en este caso por medio de la opción decisiva del profeta, del Mesías verdadero de Israel, (según la teología de Mateo) sabe asumir todo lo que los hombres “construyen” religiosamente, precisamente para destruir esta “construcción religiosa” antihumana y antidivina. La construcción eclesiológica de Mateo del relato de pasión es la misma que la que han mantenido en toda su obra. A este respecto se podría decir que el relato de Marcos sobre la pasión es más kerygmático y el de mateo más eclesiológico. Pero los dos aspectos deben ir unidos en nuestra reflexión de lo que significa leer la “pasión” en la liturgia del Domingo de Ramos. No incidamos demasiado en el sufrimiento, porque esa no es la clave de Mateo, sino en cómo una comunidad se identifica con su Señor para hacer posible que el proyecto salvador de Dios se viva de verdad por encima de las decisiones absurdas de los dirigentes del pueblo que no pudieron asumir el que el profeta desmontara la concepción que ellos tenían sobre Dios y sobre la religión de Israel. Y eso iba en beneficio de toda la humanidad.

D) La Pasión, los cristianos, no la deberíamos leer como un tema “gore” (de sangre y sufrimiento cruel). No es esa la concepción del relato primitivo que cada uno de los evangelistas ha redactado de acuerdo con su comunidad. Es el misterio de la identificación con su causa, con el proyecto del Reino que había anunciado hasta llegar a sus últimas consecuencias. No sufrió Jesús más que los crucificados de los caminos que el Imperio romano prodigaba, ni derramó más sangre que ellos, pero sí estuvo identificado con el sufrimiento de todos esos crucificados. Es verdad que en su juicio concurren una serie de circunstancias religiosas que lo hacen diferente, y por ello a un juicio y una condena diferente, contemplamos una condena diferente. Es más hermoso el poema musical de la Pasión según San Mateo de Bach que películas que solamente señalan –sin poesía ni religiosidad alguna- el sufrimiento por el sufrimiento. No olvidemos que nuestros relatos se confeccionan con la perspectiva de la resurrección como victoria de Dios sobre los proyectos de los poderosos o del amor sobre el odio.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/2-4-2023/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

La vida del amigo Jn 11 (CUA5-23)

 Yo  mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío” (Ez 37,12). Con esa imagen tan impresionante, el profeta Ezequiel anunciaba que Dios se mostraba dispuesto a promover la restauración del pueblo de Israel.

Durante años hemos cantado en los funerales el salmo ”De profundis” y hemos repetido esa súplica inicial: “Desde lo hondo a ti grito Señor, Señor, escucha mi voz”. Con el tiempo, hemos descubierto que ese salmo, aparentemente cargado de tristeza, es un grito de esperanza:  “Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra” (Sal  129). 

Una esperanza que san Pablo atribuye a nuestra fe en el Espíritu de Dios: “Si el Espíritu  del  que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

EL DOLOR ANTE LA MUERTE

El evangelio de Juan relata la resurrección de Lázaro (Jn 11,1-45). Cuando se acerca hasta su tumba, las hermanas del difunto parecen lamentarse del retraso del amigo. Pero Jesús suscita en ellas la esperanza y en sus discípulos la fe.

Sin tratar de ocultar sus lágrimas, Jesús pide que se haga correr la piedra que cierra la boca del sepulcro de su amigo. Con una voz imperiosa ordena al muerto que salga fuera.  Y Lázaro vuelve a la vida. Entre los testigos de ese suceso extraordinario hay dos reacciones contrapuestas. Unos creen que Jesús es un profeta. Pero otros deciden darle muerte. Con toda intención se sugiere que se condena a muerte a Jesús por haber librado de la muerte a un amigo. 

El texto evangélico es una parábola de la misión de Jesús. Él ha venido para dar la vida a los muertos. La vida espiritual a los que han aceptado la muerte del pecado. Y la vida que no muere, para los que le han confiado la vida caduca y quebradiza.

EL DON DE LA VIDA

En el relato de la resurrección de Lázaro, el evangelista ha colocado en labios de Jesús una revelación de su ser y de su misión:

• “Yo soy la resurrección y la vida”. Jesús es partícipe del poder del Padre celestial.  Jesús es el manantial de la vida humana y la fuente de su íntimo sentido. Jesús aporta su rescate definitivo cuando ha sido secuestrada por el pecado y por la muerte. 

• “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Cuando las esperanzas se agotan, tan solo en el Señor recobran plenitud. La muerte física no es el final del camino humano, cuando el camino  ha estado marcado por el amor de Él y por la fe en Él. 

• “El que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”. El que todavía permanece vivo ha de saber que su vida no es naturalmente caduca. A la vida es preciso que se añada la fe en el Mesías Jesús. Solo así será vencida la muerte. 


Nuestra victoria sobre la muerte, en Jesús Un 11 (CUA5-23)

1. Estamos en lo que podemos llamar el «climax» de nuestro evangelio. Debemos estar muy atentos, no a lo sucedido, sino a lo que se nos quiere decir o enseñar en nues­tro relato. Desde luego el evangelista no duda ni un instante de que Jesús ha devuelto a la vida a su amigo Lázaro; pero ¿cómo lo interpreta y qué significa eso? No es tanto la resurrección de Lázaro lo que interesa, sino el misterio de la muerte y de la vida que tiene su fuente en la misma persona de Jesús. Se trata de lo que los hombres buscan, y de lo que Dios ofrece. Ya nos vamos in­tro­duciendo en el pensamiento de Juan y vamos conociendo su talante, que aunque mis­te­rio­so nos sirve mucho para conocer al Señor Jesús. Y es que Jesús no es para nosotros una fi­gura histórica que existió en un tiempo, sino que sigue existiendo y está presente en nues­tras vidas, aunque nuestra mediocridad no lo experimente a veces. Este capítulo lo debemos ver como una enseñanza poderosa sobre la muerte y la re­su­rrec­ción de Jesús que se prolonga en los cristianos. Si nos fijamos bien, no se nos quiere re­latar solamente la tradición del hecho de la resurrección de Lázaro, que se trata de una simple reviviscencia (una vuel­ta a la vida), sino aprovechar esta coyuntura para ahondar en lo que Jesús significa pa­ra la fe cristiana y muy concretamente ante el misterio de la muerte.

III.2. Se dice que si Lázaro está enfermo es «para mostrar la gloria de Dios» (v.4). Fi­jémonos, más que en cualquier otra cosa, en las palabras que pronuncian los personajes y, sobre to­do, en las palabras que el evangelista ha puesto en boca de Jesús durante todo el relato. Lo mismo se nos decía en la curación del ciego de nacimiento: «para que se manifiesten las obras de Dios» (Jn 9,3). Son dos narraciones bastante semejantes. Las dos gravitan en torno a las ex­pre­sio­nes del don de Dios: la luz y la vida. En el primero, la luz verdadera, Jesús, se enfrenta con las tinieblas del pecado; la luz en los ojos del ciego no era sino el signo de la otra luz que le fue dada: la fe. Y aquí, en nuestro relato, el que regala la vida a Lázaro, está en ca­mi­no hacia la muerte. Y la vida que aparece de nuevo en el cuerpo de Lázaro no es más que el signo de la otra vida, la del creyente, la que Dios dará a todos a partir de la resurrección salvadora de su Hijo.

III.3. El relato se nos presenta, por una parte, bastante humano, y por lo mismo lleno de significaciones. Lázaro está enfermo. Es hermano de dos mujeres amigas de Jesús que re­presentan dos motivaciones: Marta y la búsqueda impetuosa de la resurrección según los judíos; y María que se postra a los pies de Jesús esperando de Él cualquier decisión, pe­ro sin preestablecer cómo debe ser, ni cuando eso de la resurrección. Jesús se entera de que es­tá enfermo su amigo. Pero Jesús no se mueve -no lo hace moverse el evangelista, intencionadamente-, sino que se retarda pa­ra que de tiempo, precisamente, a que muera. Y es que las pretensiones eran mostrar có­mo Dios considera la muerte física. Si se hubiera querido mostrar el poder solamente, el poder taumatúrgico, Jesús hubiera marchado enseguida para curar a Lázaro. Pero Jesús quie­re enfrentarse con la muerte tal como es, y tal como la consideran los hombres: una tra­gedia. La muerte, pues, tiene un doble sentido: a) la muerte física, que no le preocupa a Jesús y, por lo mismo, se retrasa su llegada, para ver la serenidad con que Jesús la afronta, ya que entiende que la muerte viene a ser el encuentro profundo con el Dios de los vivos; b) la muerte como misterio, de la que Jesús libera, y en ésto se va a centrar el relato en su enseñanza para nosotros.

III.4. Este simbolismo joánico quiere también introducirnos en el misterio de la misma muer­te de Jesús. Jesús está fuera de Judea, lejos de Jerusalén, que es donde se va a ce­le­brar el drama de la muerte de Jesús. Los judíos están buscando una ocasión para coger a Jesús. Lázaro está en el territorio de los judíos (los no creyentes), cerca de Jerusalén. Para con­solar a las hermanas del muerto vienen los judíos de Jerusalén (los no creyentes). Vemos co­mo juega el evangelista con el simbolismo de creer y no creer en Jesús. Las hermanas son las que se confían a Él. Ellas, como buenas judías, aceptaban que debía haber resurrección al final de los tiempos. Pero no entendían el sentido. La respuesta de Marta (Jn 11,24) es la misma que pensaban los fariseos. Pero con esto no se logra darle a la muerte todo su sentido. ¿Por qué hace Jesús el milagro? Para que los hombres crean. No para probar su po­der divino, sino para que los hombres crean que hay una vida después de la muerte. Y pa­ra hacer entender que la muerte sin esperanza es una muerte que nace del alejamiento de Dios. Los ju­díos (los no creyentes) no han podido encontrar en Dios toda la fuerza de la vida, porque bus­caban algo que superaba la razón y que solamente se puede encontrar en la fe en la per­sona de Jesús. Ellos no han logrado esperanzar a las hermanas de Lázaro. Viniendo Jesús al territorio judío se expresa que entra en la esfera de la muerte de los hombres, la esfera de los que no tienen esperanza, la esfera de los que no ponen en Dios todo, la esfera de una religión de tejas abajo; la esfera de los egoísmos y las mio­pías. Jesús sabe que pronto va a llegar su muerte en ese territorio de los judíos, pero no le importa.

III.5. El “mirar como le amaba” no puede interpretarse solamente como un gesto de la amis­tad personal del hombre Jesús con Lázaro. El evangelista no quiere presentar nunca so­lamente al hombre Jesús, sino a Jesús Señor. Quiere decirse que el Señor, a todos los que es­tán muertos en razón de la ley humana y en razón de sus mismos pecados, no los aban­do­na, aunque estén cuatro días en la tumba. Uno más, para significar que pasado tres días, ya es cuando al cadáver se le daba por perdido. Ningún hombre está perdido ante el Señor. Jesús grita a Lázaro y este sale con los pies y las manos atadas (Jn 11,43). La voz de Dios es al­go que se oye dentro del ser, del corazón y uno se conmueve. Esta es la voz que re­su­ci­ta. Fijémonos en el v.43, cuando se dice que sale de la tumba y, sin embargo, está atado de pies y manos. Y luego se les dice a los otros que lo desaten. Hay un distinción entre lo que Jesús hace y lo que hacen los hombres. El que ver­da­deramente da la vida es el Señor, y entonces Lázaro revive. Luego se manda que se le desate. En Lázaro está representada la muerte de los hombres a todos los efectos. Lázaro era un buen judío, pero desde los planteamientos de su religión no se le puede dar vida. No quiere decir, ni que Lázaro fuera un gran pecador, ni un judío contrario a Je­sús. Sabemos que es al revés. Es un simbolismo para el gran amor que se expresa.

III.6. Esta resurrección de Lázaro, no obstante, no tiene sentido más que a la luz de la misma re­su­rrección de Jesús. Así lo quiere presentar el evangelista. Se está preparando la muerte de Jesús por parte de los fariseos. A partir de los vv. 45-57 tenemos el juicio que los fa­ri­seos tienen sobre él. Muchos se han convertido. Y esto hace temblar a los responsables de la religión. Deciden darle muerte, cosa que se ha ido preparado en todo el evangelio. Por eso este relato es el simbolismo mismo de lo que va a suceder con el Jesús hom­bre; que Dios no lo abandonará a la muerte, sino que lo resucitará. Se hacía necesario que Jesús marchara a su propia muerte para hacernos comprender que tras la muerte se en­cuentra la definitiva vida de Dios. Y esta vida de Jesús que se comunicará a todos los que creen es la que se simboliza en todo el relato. Jesús está haciendo una donación del don de la vida que él anuncia: «yo soy la re­su­rrección y la vida» (11,25). El milagro es un signo de la vida de Jesús, y no se trata pro­pia­men­te de una anticipación de la resurrección corporal, ya que Lázaro debe morir de nuevo. Ade­más, propiamente, no se trata de una resurrección, como en Jesús, sino de una reviviscencia. Y la reviviscencia solamente supone una vuelta de nuevo a este mundo, y en este mundo necesariamente se ha de morir.

III.7. En Jesús si se trata de una resurrección, ya que la resurrección supone una trans­for­ma­ción total del ser corporal humano. Luego el milagro de la reviviscencia de Lázaro es el símbolo de la vida que Jesús adquiere en su resurrección y que anticipa a los hombres de este mun­do mediante la fe, aunque sea una pizca. Debemos caer en la cuenta del simbolismo con el que gestiona Juan la narración, en su totalidad, para que no nos perdamos en lo insignificante y nos preguntemos, sin obtener respuesta, en qué ha consistido el milagro (en Juan es un “signo” sêmeion). Si nos empeñamos en averiguar cómo fue este milagro no llegaremos a la grandeza teológica y espiritual del texto. Porque si entendemos la vuelta a la vida de Lázaro como resurrección, debemos asumir que ha debido morir otra vez: lo cuál sería bastante desconcertante: así no se soluciona el misterio de la muerte. En una novela actual se dice: “nadie es tan malo que merezca morir dos veces”, en palabras de Magdalena a Jesús. Por ello, este milagro último viene a cerrar y coronar la serie de representaciones por los signos de la obra de Jesús. Este es el más evocador de todos y el que más tensión crea, ya que va a preparar la muerte de Jesús por parte de los judíos. Jesús ya puede ir a la muerte, porque la muerte física no es obstáculo para la vida eterna. Con ello se logra pre­parar a los fieles para que entiendan, desde ya, que la muerte física no puede destruir al hombre. Que la Cruz (donde va a morir Jesús) viene a ser el comienzo de la vida, por la acción verdaderamente resucitadora de Dios.

La unción y el bautismo Jn 9 (CUA4-23)

 “Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor y estuvo con él en adelante”. En la primera lectura de los domingos de cuaresma del ciclo A, la liturgia nos presenta algunos personajes de la historia de la salvación. 

Hoy recuerda cómo Samuel unge a David como rey de Israel (1 Sam 16,1-13). El texto enseña que los criterios de Dios no siempre coinciden con los criterios humanos. En este caso, Dios elige al último de los hermanos, que estaba en el campo, pastoreando el rebaño, casi olvidado por su padre Jesé.

 El salmo responsorial evoca esa figura para ayudarnos a reconocer la providencia y el amor de Dios mientras proclamamos: “El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 22).

 Por su parte, san Pablo exhorta a los fieles de Éfeso a caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor (Ef 5, 8-14).  

LA CEGUERA Y LA LUZ

Tanto el verso del Aleluya como el texto evangélico retoman el tema de la luz. Nada parece más opuesto a la visión clara que el barro. Sin embargo, cuando Jesús cura al ciego de nacimiento, escupe en la tierra, hace un poco de lodo con la saliva, con él unge los ojos del ciego y lo envía a lavarse en el estanque de “El Enviado” (Jn 9,1-41). 

La escena ha sido muchas veces representada en el arte cristiano primitivo. La tradición vio en ella un símbolo del bautismo. En este domingo central de la cuaresma esta lectura refleja la misericordia del Señor y nuestra ceguera, la necesidad de la fe y del bautismo, las dificultades que acosan a quien cree en Jesús, que le ha dado la luz.  

Al untar los ojos del ciego con el polvo que habitualmente los ciega, Jesús lo capacita para que pueda ver. Parece una contradicción, pero el mensaje es muy claro. Nuestra experiencia de fe nos enseña que sin la intervención del Señor, nuestra ceguera tiene difícil curación.

LA FUENTE DE “EL ENVIADO”

Como el ciego de nacimiento, también nosotros necesitamos que Jesús nos envíe a lavar nuestros ojos en la fuente de “El Enviado”. Para la tradición cristiana, aquellas aguas  representan y recuerdan el bautismo, para el que se preparan los catecúmenos.  

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Necesitamos purificarnos de antiguos prejuicios, de imágenes inútiles y nocivas, de un espectáculo diario que nos fascina y nos encanta, que nos aliena y nos hace olvidar nuestro destino. 

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Es preciso recordar cada día el lavatorio original de nuestro bautismo y volver a recobrar el  frescor primero que brotaba de las aguas que nos dieron nueva vida. 

• “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Solo en el contacto con el Mesías Jesús puede aclararse nuestra mirada para descubrir su misterio y nuestra dignidad.

Jesús profeta de la luz de la vida Jn 9 (CUA4-23)

1. El evangelio de hoy es uno de los episodios más densos de la obra joánica. Un signo y un diálogo, en polémica con los judíos, nos presenta a Jesús como revelador de Dios que va destruyendo muchas cosas y concepciones que se tenían sobre Dios, sobre la vida, sobre la enfermedad, sobre el pecado y sobre la muerte. Juan enfrenta al hombre ciego de nacimiento con los fariseos, que son los que deciden sobre las cuestiones religiosas cuando se escribe esta obra. El ciego de nacimiento, en la mentalidad de un judaísmo teológico inaceptable, debía tener una culpabilidad, bien personal, bien heredada de sus padres o antepasados. Los simbolismos con los que está compuesto el relato: el barro de la tierra, la saliva, el sábado, el envío a la piscina de Siloé... nos muestran a un Jesús que domina la situación, en nombre de Dios, para dar luz, en definitiva, para dar vida y para mostrarse como la luz del mundo.

2. Se dice, con razón, que este es un relato bautismal de la comunidad joánica; una especie de catequesis para los que habían de ser bautizados, en un proceso que les debía enseñar cómo el recibir y vivir la luz de la fe les llevaría necesariamente a enfrentarse con el misterio de las tinieblas de los que no aceptan a Jesucristo. El hombre ciego, que llega a ver, que al principio no sabe quién es Jesús, poco a poco va descubriendo lo que Jesús le ha dado, y lo que los fariseos le quieren arrebatar. Así es el centro de la polémica: este pobre hombre que ha venido ciego al mundo tiene que elegir entre una religión de vida, de luz, de felicidad, o una religión de muerte, la que le proponen los "fariseos" a los que les duele más que el hombre haya sido liberado en sábado, que el que pueda asomarse a la luz de la vida. Se dice que es el debate de la comunidad joánica procedente del judaísmo, que ha aceptado a Jesús como el Mesías, frente al judaísmo de la sinagoga. La actualización, sin embargo, de este tema, nos muestra que mientras la religión no sea humana, comprensiva, iluminadora, misericordiosa, entrañable y restauradora, no tiene futuro en la humanidad. Y eso es lo que ha venido a traer Jesús al corazón de la religión de su pueblo.

3. El hombre debe ir a lavarse a la piscina del «enviado». Pero el enviado es el mismo Jesús. Podemos decir que aquel hombre no es curado = salvado, por la saliva y el barro, sino por lavarse, sumergirse en el misterio de la vida del Señor. Es un juego de imágenes llenas de sentido; de ahí su significado bautismal originario. Los vecinos, los parientes, los que le conocían en su ceguera y en su pobreza se asombran de aquel acontecimiento. Ha sucedido algo maravilloso, porque lo que viene de Dios no es comprendido más que por la fe. Los hombres y el mundo tenemos unos criterios demasiado cosificados para entender su manera de actuar. Toda aquella gente no podía comprender, ya que se necesitan otros ojos distintos para mirar lo que ha sucedido. Para ellos sólo existe una respuesta: Jesús, que significa salvador, y que es el enviado, ha logrado lo que parecía imposible para los hombres. «¿Donde está ése? Le preguntan las autoridades, y responde el hombre: ¿No lo se?». Nosotros vemos aquí algo más que una respuesta inocua. Aquel hombre ha comenzado a experimentar la salvación de Dios traída por Jesús. Pero no puede decir quién es Él, para los que sólo pretenden verlo con los ojos humanos. Aquel hombre no puede decir donde ésta Jesús, porque en el interrogatorio sólo existe un interés lejano de lo auténticamente salvador. Por eso no puede responder a los intereses mal intencionados.

4. El interrogatorio se hace más denso hasta arrancar de aquel hombre todo temor para confesar el misterio de la salvación. Más que otra cosa, el evangelista quiere apurar todo para contraponer a Jesús y la Ley. No se trata de contraponer a Jesús y a Moisés, aunque pueda parecerlo. Porque tras la figura de Moisés, como auténtico y único revelador de la Ley de Dios, los hombres quieren ocultar sus criterios religiosamente antihumanos. Ellos son discípulos de Moisés, pero ¿de qué les sirve? Si la ley fue dada para encontrar a Dios, y la interpretación de la Ley para facilitar el acercamiento; en el judaísmo sucede todo lo contrario. La Ley separa a los hombres de Dios. Es esto lo que ahora se quiere poner en evidencia. Los fariseos (todos los hombres que podemos ser egoístas) interponemos entre Dios y nosotros la ley, la tradición, los prejuicios de lo santo y lo sagrado…. Como si fuera voluntad de Dios, aunque no lo sea. Y por eso, Dios queda lejano, y nosotros nos hacemos dueños de nosotros mismos, fáciles para lo que nos interesa. La Ley puede ser el engaño de nuestra vida. Y con ella queremos comprar a Dios lo que no sabemos hacer con corazón desprendido. Este es el pecado del judaísmo, y sigue siendo el pecado de nuestro mundo religioso. Jesús viene para dar luz, para iluminar la ley. Para hacer posible una ley de libertad en el encuentro con Dios. Y esto pone en claro nuestro pecado.

5. Cuando Jesús oye que aquel hombre ha sido rechazado por el mundo religioso de su entorno sale a su encuentro. Y el hombre se entrega completamente a Él. Es Dios mismo, un hombre entre los hombres, quien ha salido a su encuentro y quien le ha abierto los ojos de su vida para que pueda sentirse libre. En este Dios, en Jesús, cree el ciego. El es su Señor. En el ciego de nacimiento están todos los hombres sumergidos en la tiniebla hasta que Cristo trae el conocimiento que ilumina: es la experiencia verdadera de las falsas seguridades de los judíos y del mundo. Pero otros, sin embargo, se encierran y se afirman en lo que creen les va bien. Y por eso permanecen en su ceguera. Es un juicio para el mundo, no porque Jesús venga a condenarlo (cf Jn 3,17ss), sino porque los hombres quieren permanecer en su hacer y en su vivir sin esperanza. Su pecado permanece. Es esto lo que quiere decir Juan para el judaísmo de entonces, y para el mundo religioso de siempre.


Jesús y la samaritana Jn 4,5-42 (CUA3-23)

 



El agua viva de una religión de gracia Jn 4 (CUA3-23)

1. El evangelio, de san Juan (en este domingo se prescinde de Mateo), nos ofrece una de las escenas y diálogos mejor construidos del cuarto evangelista. Todo hemos escuchado alguna vez esta narración de Jesús y la samaritana; aunque no siempre hayamos podido abarcar todo su significado y profundidad. Puede que hoy no la oigamos completa, pero su sentido es el mismo que exponemos. Jesús pasa por territorio de herejes, como eran considerados los samaritanos por los judíos ortodoxos. Es una vieja historia de odios y rencores a causa de la religión. Los samaritanos se consideraban herederos de los patriarcas, tenían su Pentateuco, creían en Yahvé, en Dios, pero unos y otros pensaban que su “dios” era mejor que el otro, y su templo, y su monte santo, y su agua y sus fuentes. La escena se sitúa en Samaría.

2.Los samaritanos proceden de la unión de tribus asirias y de judíos del reino del Norte antes de su destrucción en el año 721 a. C.. Después se llegó a un verdadero cisma entre judíos y samaritanos, como rigorismo de la reforma judía que sigue al destierro de Babilonia. Los samaritanos se opusieron a la construcción del nuevo Templo de los judíos. Construyeron otro santuario para ellos en el monte Garizim que fue destruido en el año 129 a C.. Los samaritanos se consideran descendientes de los Patriarcas, y estaban orgullosos del pozo que -decían- les había dejado su padre Jacob por medio de José (Gn 33,19;48,22; Jos 24,32). Los samaritanos solamente creen en los cinco libros del Pentateuco; aún hoy existen tribus samaritanas. Un judío religioso debía evitar todo contacto con los samaritanos, no solamente impuros, sino herejes, y lo que menos se podía pensar era en pedirle a ellos de comer o beber (Cf. Eclo 50,25-26; Lc 9,52; 10,33; Mt 10,5). En este relato van a coincidir una serie de factores, muchos tipológicos, para enseñar verdades que nunca deberíamos olvidar. Jesús fatigado del camino, deja Jerusalén, va hacia Galilea y pasa por Samaría que era un lugar que evitaban los judíos piadosos. El, Jesús, un hombre, un judío, y si queremos Dios «pide» a una mujer pecadora y herética. Jesús, a una samaritana, a una persona que por herejía solo podía dar hastío y maldición, le pide. Ya sabemos que Jesús le pide para dar él mucho más. El diálogo es sabroso, es un diálogo con alguien maldito. Y Jesús ofrece a cambio «agua viva». Esta expresión en el AT significaba: los valores de la vida, la revelación, la Sabiduría divina y la Ley (Cf: Jer 2,13; Zac 14,8; Ez 47,9; Prov 13,14; Is 44,3; Jl 3,1). En nuestro caso, a cambio, Jesús ofrece por el agua del pozo (que puede significar el judaísmo con lo que prometía y no daba, ya que los samaritanos también eran judíos), «agua viva» que según el mismo Juan es el Espíritu que da la vida eterna (cf: Jn 7, 37-39).

3. Jesús no pasa por casualidad por aquél camino, ya que a la ida o vuelta de Jerusalén, había que evitar este territorio central de Tierra Santa; había elegido él mismo el camino por el que debía pasar; se siente cansado, pero, más bien que por el camino, a causa de estas disputas religiosas sin sentido y le pide a la mujer (representante de todo un pueblo odiado y condenado) agua, llega pidiendo, no ofreciendo. Existe desconfianza, aunque Jesús ha venido para ofrecer a estos herejes un espíritu nuevo, un agua viva, un culto nuevo, un Dios verdadero. El agua del pozo estaba encerrada y el pozo era hondo; representa el judaísmo y el samaritanismo. Es una crítica a las religiones que ponen tanto empeño en sus cosas, en sus tradiciones, en sus costumbres y en sus normas. A una y otra religión les faltaba el agua viva, carecían de Espíritu y verdadera adoración. Vemos a Jesús que escucha las quejas de la mujer samaritana contra los judíos; pero Jesús, en el evangelio no representa a los judíos, aunque sea confundido con uno de ellos. Advirtamos que Jesús pide, para dar; pregunta, para responder; siente sed, para ofrecerse como agua viva.

4.Con esa dinámica de contraste, la teología joánica de este pasaje, emblemático a todas luces, propone una religión nueva y un culto nuevo: el culto en Espíritu y verdad. El Espíritu dará a conocer cuál es el culto que tiene sentido: el conocer a Dios y el adorarlo como Padre. Pero los judíos y los samaritanos no adoran precisamente a un Dios como Padre, sino a un dios que ellos mismos se han creado a su modo y manera; el dios que justifica sus odios y rencores. Esa religión, que muchas veces sigue siendo la dinámica de nuestras religiones actuales es un contra-Dios y anti-evangelio. Hoy, pues, también podemos aprender mucho desde el punto de vista ecuménico en la celebración de la eucaristía con este evangelio joánico. Ese no pasar de lejos por el terreno, por el mundo o la vida de los malditos; ese pedir para dar y ofrecer en nombre del Dios vivo la felicidad y la vida verdadera… es lo propio de la “religión” de Cristo. Son muchos los desafíos que esta narración evangélica nos sugiere. El relato nos muestra a un Jesús que en este caso no es un simple judío, sino el Logos de Dios, que habla y dialoga con una mujer (que representa a un pueblo con sus influencias sincretistas, pero al fin y al cabo una mujer)… que descubre algo nuevo que viene de Dios. Y entonces todo cambia… se dejan de lado historias pasadas, reglas que atan el corazón y el alma de la gente religiosa… y hacen posible descubrir a Dios como Padre.

Fray Miguel de Burgos Núñez