Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Una regla más que de oro Lc 6,27-38 (TOC/-19)

“Él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor”. El grito de David sonaba como un desafío desde el otro lado del barranco. De noche se había acercado hasta el campamento del rey Saúl. Y se había llevado desde su misma cabecera la lanza de aquel rey que lo perseguía con una tropa desmesurada  (1 Sam 26,23).
La escena se repite a lo largo de la historia. El poderoso y el débil. El rey y su fiel vasallo, que lo ha librado del enemigo y toca el arpa para aliviar las depresiones del rey. La fuerza teme a la debilidad y utiliza toda su influencia para satisfacer su envidia y su deseo de mantenerse en el poder. Pero el joven David se muestra grande en su pequeñez. No quiere vengarse. No daría nunca la muerte al ungido por el Señor.
No hay razones políticas para la grandeza del perdón. Sólo hay esa razón religiosa que pregona el salmo responsorial:  “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas”.  Sal 102,8.10). Nuestra fe nos invita a vivir no según el modelo del hombre terreno. Nos exhorta y nos ayuda a vivir según los ideales del hombre celestial (1 Cor 15,45-49).

LO RAZONABLE Y LA LOCURA
Tras la proclamación de las bienaventuranzas, el evangelio de Lucas nos recuerda el mensaje fundamental de Jesús: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”. Cuatro verbos que resumen una propuesta que parece descabellada e imposible (Lc 6,27-38).
En un lenguaje oriental, tan colorista como exagerado, el texto concreta en algunos ejemplos ese tipo de amor inimaginable que propone el Maestro. Presentar la mejilla al que nos hiere. Dar más que lo que nos piden. No reclamar lo que nos arrebatan. ¿No es una locura?
Amar a los que nos aman, hacer el bien a quien nos ha hecho bien, prestar dinero para cobrarlo con intereses. Eso es lo normal, lo habitual, lo más razonable de este mundo. Eso lo hacen con frecuencia hasta los mas degenerados. Claro que para seguir comportándonos así, no necesitábamos al Mesías de Dios. ¿Dónde estaría la novedad que todos soñamos?

EL TALANTE DEL PADRE
Dios es compasivo y misericordioso. Imitar esas cualidades suyas es el camino de la sabiduría y de la armonía social. Así es el Padre. Y solo con ese espíritu pueden imitarle sus hijos. Ese talante se concreta en dos prohibiciones y en dos exhortaciones:
• “No juzgar”. No conocemos las profundas motivaciones que llevan a los demás a actuar. No conocemos todas las circunstancias en las que se sitúan sus decisiones.
• “No condenar”. No podemos negar a los demás la oportunidad para revisar su comportamiento. Nada es definitivo mientras vamos de camino.
• “Perdonar”. Somos un “ejercito de perdonados”, como ha dicho el papa Francisco. Todos hemos necesitado y necesitaremos una y mil veces el perdón.

La verdad de lo humano Lc 6,17.20-26 (TOC6,19)

“Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor… Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza”. Esta contraposición que proclama Jeremías responde a una forma popular y poética de confrontar valores y contravalores (Jer 17,5-8). 
Lo que realmente importa en la vida del hombre es la cuestión de su fundamento. Quien se apoya en alianzas y compromisos humanos es como un cardo del desierto,  desarraigado y arrastrado por la ventolera. Quien se apoya en Dios será como un árbol plantado junto a las aguas, que conserva su verdor y siempre dará frutos.
 El salmo responsorial se hace eco de esta profecía y nos invita a proclamar: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor” (Sal 1,1). No es extraño que el salterio se abra precisamente con esta bienaventuranza.
Como escribe san Pablo a los corintios, la resurrección de Cristo es un buen fundamento para nuestra fe y para nuestra vida (1 Cor 15,12.16-20).

LA VERDAD DEL HOMBRE
Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús son toda una revelación del misterio de Dios, una manifestación del espíritu mismo de Jesús y una proclamación de lo que constituye la última verdad del ser humano.
El evangelio según san Mateo sitúa el pregón de las bienaventuranzas de Jesús en el contexto del Sermón de la Montaña. El evangelio según san Lucas que hoy se proclama las coloca en el ambiente del “Sermón del llano” (Lc 6,17.20-26). También en este caso, como en el oráculo de Jeremías, se contraponen las actitudes morales.
Son bienaventurados y dichosos los pobres, los que tienen hambre, los que lloran y los que son odiados y proscritos por causa del Hijo del hombre. Evidentemente, no se trata de proponer la moral de los esclavos ni de glorificar el dolor y el fracaso.
Hay dos claves para comprender estas frases tan impopulares. Por una parte, Jesús declara que en esas actitudes se cifra la verdadera alegría, que no coincide con la satisfacción inmediata. Además establece un salto entre el ahora y la recompensa futura ante Dios.

LA MEMORIA DE LOS PROFETAS
Frente a las ocho bienaventuranzas que recogía el evangelio de san Mateo, el evangelio de san Lucas presenta solamente cuatro. Pero inmediatamente recoge también otras cuatro malaventuranzas, que recuerdan los “ayes” o maldiciones que se encuentran en el libro de Isaías (Is 5,8-24).
Jesús se lamenta por los ricos, porque ya han recibido su consuelo. Los que ahora están saciados un día tendrán hambre. Los que ahora ríen  un dia llorarán. Y se lamenta por los que reciben alabanzas de todo el mundo. Es importante esa contraposición entre el ahora del presente y un día que se sitúa en el futuro, entre lo temporal y lo eterno.
Tanto las bienaventuranzas como las malaventuranzas coinciden en una motivación importante, que es la diferente suerte que los profetas corrieron a lo largo de la historia. Los que en verdad hablaban en nombre de Dios fueron insultados y perseguidos. Los falsos profetas, que difundían solo aquello que las gentes querían escuchar, no merecen compasión.

Elección y misión Lc 5,1-11 (TOC5-19)

“¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los Ejércitos!” (Is 6,5). Ese lamento de Isaías responde a sus sentimientos más profundos. En el templo ha tenido la experiencia de ver la gloria de Dios.
Ante la grandeza del Dios santo, Isaías descubre su propia pequeñez. Confiesa que es un hombre de labios impuros, que comparte la situación de impureza que caracteriza a su pueblo. Sin embargo, a pesar de ese sentimiento de in-dignidad que lo embarga, Dios lo purifica, lo elige y lo envía como profeta a anunciar la salvación a las gentes.
El salmo responsorial refleja la humildad y la gratitud de quien ha tenido la experiencia de la cercanía y de la compasión de Dios:  “Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” (Sal 137,8).  Esa compasión divina es la que da fuerzas a san Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí” (1 Cor 15,10).


UNA PESCA INSOSPECHABLE
Isaías percibió la revelación de Dios que tuvo en el templo. A Simón Pedro se le revela la divinidad de Jesús en la barca en la que sale a pescar al  lago de Galilea. Aquí no hay serafines que proclamen la gloria de Dios, sino una gran redada de peces. Y no ve al Dios de los astros del cielo, sino a Jesús de Nazaret. Sin embargo, las palabras de Pedro reflejan la hondura de su experiencia (Lc 5, 1-11):
• “Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos pescado nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. El discípulo tal vez se considera un experto pescador. Sin embargo, tiene que admitir el fracaso de una fatigosa noche de pesca. Al mismo tiempo, manifiesta la confianza que pone en las palabras de un maestro que le ha llamado a la orilla del lago.
• “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador”. La confianza en Jesús ha dado un fruto insospechable. Ante la enorme captura de peces, Simón cambia el título con el que se dirige a Jesús. El Maestro es reconocido ahora como Señor. Frente al poder de Jesús, Simón descubre  su distancia y su in-dignidad. A pesar de ello, también él será enviado.

UN FUTURO INESPERADO
A pesar de la indignidad de Isaías, el Dios Santo lo elige como su profeta. Y a pesar de la conciencia de pecado de Simón Pedro, Jesús lo elige como su apóstol. En ambos casos, a la llamada gratuita corresponde la generosa disponibilidad del llamado. Merece la pena recordar las dos frases que el Maestro dirige a Simón:
• “Rema mar adentro y echad las redes para pescar”. Como se puede ver, Jesús requiere la colaboración del amigo pescador, suscita en él un dinamismo nuevo e interpela al mismo tiempo sus capacidades y su confianza. El resultado responde más a la iniciativa de Jesús que a la pericia de Simón y de sus compañeros en el oficio de pescadores.
• “No temas: desde ahora serás pescador de hombres”. Además, Jesús sabe bien que el asombro ante el misterio puede provocar el temor, pero tranquiliza al amigo. Lo que ha hecho hasta el presente se convierte en signo profético para su misión en el futuro. Jesús conoce la historia y las aptitudes del amigo. Las valora y les confiere un nuevo destino.

La mujer del siglo XXI (Manos Unidas 2019)

Esta semana es de especial sensibilización en la Campaña contra el Hambre que promueve MANOS UNIDAS. Por ello, os presento el cartel, uno de los vídeos promocionales y el enlace con esta ONG cristiana para que podáis acceder a los diferentes materiales preparados que también están adaptados, como siempre, para trabajar en los centros educativos y en las parroquias.





 VER MATERIALES CAMPAÑA 2019 (pincha AQUÍ)

Profeta rechazado Lc 4,21-30 (TOC4-19)

“Antes de formarte en el vientre te escogí…Te he nombrado profeta de los gentiles…No les tengas miedo…Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte”. En este oráculo del Señor encuentra su fundamento en la vocación del profeta Jeremías (Jer 1,4-5.17-19).
Su misión no brota de una decisión personal, sino que se debe a la elección gratuita  por parte de Dios. A la elección sigue el envío para anunciar la palabra de Dios a los paganos. Y el envío es sostenido por una protección continua de Dios. Elección, misión y protección. He ahí los tres tiempos que articulan la vocación del profeta.
¿Será posible que también nosotros descubramos esos tres momentos de la presencia de Dios en nuestra vida? En ese camino se encuentran quienes buscan un sentido para su vida y luchan por una sociedad más justa.
Con razón pueden cantar con el salmo: “Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud” (Sal 70,5). De él esperamos ese don del amor que san Pablo nos expone en la segunda lectura de hoy (1 Cor 12,31 -13,13).

EL PROFETA DE LA MISERICORDIA
El evangelio que hoy se proclama nos lleva de nuevo a la sinagoga de Nazaret.  Y a leer un texto del libro de Isaías, Jesús añade: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21). Se suele decir que, admirando las palabras llenas de gracia que salían de sus labios, las gentes de su pueblo primero lo aceptaron, aunque después lo rechazaron.
Pero tal vez hay que revisar esa traducción. Los vecinos de su pueblo se escandalizaron  porque anunciaba un año de gracia universal. Jesús se arrogaba la misión de pregonar el jubileo de la reconciliación, pero había omitido las palabras que en el texto anunciaban la venganza de Dios contra los enemigos. Para él no había enemigos ni venganza.
Jesús se presentaba como el profeta de un Dios misericordioso. Un Dios que acogía también a los extranjeros y a los paganos. Por eso recordaba a Elías, que había atendido a una viuda de las tierras de Sidón, y a Eliseo, que había curado al leproso Naamán, llegado de Siria. El Dios de Jesús superaba con su gracia las fronteras de los nacionalismos.

EL MENSAJERO DE LA PAZ
Pero las gentes de su aldea no podían aceptar que el hijo de José les cambiara su idea de Dios. Así que lo consideraron como un blasfemo. Y, según la Ley de Moisés, los blasfemos habían de ser castigados con la muerte (Lev 24,16).
• “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. El evangelio pone en boca de Jesús este refrán. Él fue rechazado en el pueblo donde se había criado y por las gentes con las que había convivido. También hoy los pueblos cristianos rechazan su doctrina y hasta su nombre.
• “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. A lo largo de los tiempos, el refrán ha podido aplicarse a la Iglesia. También hoy es perseguida la comunidad que trata de predicar la reconciliación entre las gentes y las comunidades divididas y enfrentadas.
 • “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”. Lo mismo ocurre también hoy con los evangelizadores. Sus vecinos y parientes, por no aceptar el mensaje de la gracia, rechazan a veces violentamente al mensajero que lo anuncia.

Lección de la Escritura Lc 1,1-4; 4,14-21 (TOC3-19)

“Andad, comed buenas tajadas y bebed vino dulce”. Esas palabras no  son el pregón de una fiesta egoísta, sino abierta a los demás y a Dios. A continuación, el pregonero invita a su pueblo a compartir su comida con los más pobres.: “Enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios”.
Ese es el mensaje que se pone en boca de Nehemías, el gobernador, de Esdras, el sacerdote y letrado y de los levitas que sirven al Señor. El pueblo de Israel ha regresado ya del exilio padecido en Babilonia y celebra con júbilo la fiesta de los Tabernáculos. Con esa ceremonia se puede decir que nace el Judaísmo (Neh 8,2-10).
Proclamado en la liturgia cristiana de hoy, este relato subraya la importancia de proclamar y escuchar en la asamblea la palabra de Dios.  En ella encuentra la comunidad la luz del Señor y la fuerza para recorrer el camino de la vida. Con razón añade el texto: “No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza”.
El salmo responsorial canta que “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma” (Sal 18,8). Las palabras del Señor son espíritu y vida para todos los miembros de esta Iglesia. Para este nuevo pueblo, organizado por Dios como un cuerpo, en el que todos los miembros se complementan unos a otros (1 Cor 12,12-30).

UNGIDO Y ENVIADO
También el evangelio nos introduce en una escena semejante, aunque mucho más humilde. Jesús ha empezado a enseñar en las sinagogas de la comarca de Galilea, acompañado por la buena acogida y la alabanza de las gentes.
Un día regresa a Nazaret, la aldea donde se había criado. Como era su costumbre, también allí  acudió el sábado a la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. El texto del evangelio de Lucas reconstruye minuciosamente la escena (Lc 4,16-21). Jesús lee un pasaje contenido en el libro de Isaías en el que se contienen tres puntos de una misma profecía:
• El Espíritu de Dios reposa sobre el Mesías y lo unge para la misión. No se olvide que “Mesías” y “Cristo” se pueden traducir precisamente por el “Ungido”.
• La unción del Espíritu lo prepara para una triple misión: liberar a los cautivos,  sanar a los enfermos y anunciar una buena noticia a los pobres.
• El Mesías es enviado a proclamar ante su pueblo la celebración del jubileo, es decir, el año de gracia del Señor y de condonación de las deudas.

PALABRA Y VIDA
Para asombro de todos sus oyentes, Jesús se limitó a decir: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. El evangelio anotará a continuación las reacciones de la asamblea a esta declaración de aquel al que pensaban conocer muy bien. Pero, por ahora, la liturgia de este día nos invita a detenernos ahí.
• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras contienen una revelación. Efectivamente, en Jesús se cumplían las antiguas profecías. Él era y es el Mesías enviado por Dios. Su misión es liberadora y sanadora.
• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras se cumplen también en la realidad presente de la Iglesia. Enviada por Dios, ha de hacerse cargo de los marginados anunciar a los pobres el mensaje de su dignidad y propiciar la reconciliación universal.
• “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Estas palabras nos recuerdan que la Escritura Santa no es una reliquia del pasado. Es una voz que nos invita a la escucha. Es un mensaje que resuena vivo y activo para cada uno de nosotros.

Infancia Misionera 2019


La jornada de la Infancia Misionera de este año ha preparado como siempre  diversos materiales diferenciados que permiten trabajar sus objetivos en la clase de Religión Católica como en catequesis u otros ámbitos. Aquí os dejo el enlace para que lo comprobéis vosotros mismos: MATERIALES INFANCIA MISIONERA 2019.

Además incluimos a continuación dos recursos muy populares para trabajar y situar el mensaje de este año:


Mensaje para ti y para otros Lc 1,1-4; 4,14-21 (TOC3-19)

JMJ Panamá 2019 - Logo y significado


Conversión de S. Pablo (25 de enero)





Mensaje Jornada Mundial de la Comunicaciones (Papa Francisco)

Desde que internet ha estado disponible, la Iglesia siempre ha intentado promover su uso al servicio del encuentro entre las personas y de la solidaridad entre todos. Con este Mensaje, quisiera invitarles una vez más a reflexionar sobre el fundamento y la importancia de nuestro estar-en-relación; y a redescubrir, en la vastedad de los desafíos del contexto comunicativo actual, el deseo del hombre que no quiere permanecer en su propia soledad.

Las metáforas de la “red” y de la “comunidad”

El ambiente mediático es hoy tan omnipresente que resulta muy difícil distinguirlo de la esfera de la vida cotidiana. La red es un recurso de nuestro tiempo. Constituye una fuente de conocimientos y de relaciones hasta hace poco inimaginable. Sin embargo, a causa de las profundas transformaciones que la tecnología ha impreso en las lógicas de producción, circulación y disfrute de los contenidos, numerosos expertos han subrayado los riesgos que amenazan la búsqueda y la posibilidad de compartir una información auténtica a escala global. Internet representa una posibilidad extraordinaria de acceso al saber; pero también es cierto que se ha manifestado como uno de los lugares más expuestos a la desinformación y a la distorsión consciente y planificada de los hechos y de las relaciones interpersonales, que a menudo asumen la forma del descrédito.

Hay que reconocer que, por un lado, las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros; pero por otro, se prestan también a un uso manipulador de los datos personales con la finalidad de obtener ventajas políticas y económicas, sin el respeto debido a la persona y a sus derechos. Entre los más jóvenes, las estadísticas revelan que uno de cada cuatro chicos se ha visto envuelto en episodios de acoso cibernético.

Ante la complejidad de este escenario, puede ser útil volver a reflexionar sobre la metáfora de la red que fue propuesta al principio como fundamento de internet, para redescubrir sus potencialidades positivas. La figura de la red nos invita a reflexionar sobre la multiplicidad de recorridos y nudos que aseguran su resistencia sin que haya un centro, una estructura de tipo jerárquico, una organización de tipo vertical. La red funciona gracias a la coparticipación de todos los elementos.

La metáfora de la red, trasladada a la dimensión antropológica, nos recuerda otra figura llena de significados: la comunidad. Cuanto más cohesionada y solidaria es una comunidad, cuanto más está animada por sentimientos de confianza y persigue objetivos compartidos, mayor es su fuerza. La comunidad como red solidaria precisa de la escucha recíproca y del diálogo basado en el uso responsable del lenguaje.

Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad. En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles. Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros). Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo.

La red constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa. Los jóvenes son los más expuestos a la ilusión de pensar que las redes sociales satisfacen completamente en el plano relacional; se llega así al peligroso fenómeno de los jóvenes que se convierten en “ermitaños sociales”, con el consiguiente riesgo de apartarse completamente de la sociedad. Esta dramática dinámica pone de manifiesto un grave desgarro en el tejido relacional de la sociedad, una laceración que no podemos ignorar.

Esta realidad multiforme e insidiosa plantea diversas cuestiones de carácter ético, social, jurídico, político y económico; e interpela también a la Iglesia. Mientras los gobiernos buscan vías de reglamentación legal para salvar la visión original de una red libre, abierta y segura, todos tenemos la posibilidad y la responsabilidad de favorecer su uso positivo.
Está claro que no basta con multiplicar las conexiones para que aumente la comprensión recíproca. ¿Cómo reencontrar la verdadera identidad comunitaria siendo conscientes de la responsabilidad que tenemos unos con otros también en la red?

“Somos miembros unos de otros”

Se puede esbozar una posible respuesta a partir de una tercera metáfora, la del cuerpo y los miembros, que san Pablo usa para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une. «Por lo tanto, dejaos de mentiras, y hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros» (Ef 4,25). El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión. De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo.

La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza. Esto nos ayuda a ver a las personas no como competidores potenciales, sino a considerar incluso a los enemigos como personas. Ya no hay necesidad del adversario para autodefinirse, porque la mirada de inclusión que aprendemos de Cristo nos hace descubrir la alteridad de un modo nuevo, como parte integrante y condición de la relación y de la proximidad.

Esta capacidad de comprensión y de comunicación entre las personas humanas tiene su fundamento en la comunión de amor entre las Personas divinas. Dios no es soledad, sino comunión; es amor, y, por ello, comunicación, porque el amor siempre comunica, es más, se comunica a sí mismo para encontrar al otro. Para comunicar con nosotros y para comunicarse a nosotros, Dios se adapta a nuestro lenguaje, estableciendo en la historia un verdadero diálogo con la humanidad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, 2).

En virtud de nuestro ser creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunión y comunicación-de-sí, llevamos siempre en el corazón la nostalgia de vivir en comunión, de pertenecer a una comunidad. «Nada es tan específico de nuestra naturaleza –afirma san Basilio– como el entrar en relación unos con otros, el tener necesidad unos de otros».

El contexto actual nos llama a todos a invertir en las relaciones, a afirmar también en la red y mediante la red el carácter interpersonal de nuestra humanidad. Los cristianos estamos llamados con mayor razón, a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro.

La comunión a imagen de la Trinidad es lo que distingue precisamente la persona del individuo. De la fe en un Dios que es Trinidad se sigue que para ser yo mismo necesito al otro. Soy verdaderamente humano, verdaderamente personal, solamente si me relaciono con los demás. El término persona, de hecho, denota al ser humano como ‘rostro’ dirigido hacia el otro, que interactúa con los demás. Nuestra vida crece en humanidad al pasar del carácter individual al personal. El auténtico camino de humanización va desde el individuo que percibe al otro como rival, hasta la persona que lo reconoce como compañero de viaje.

Del “like” al “amén”

La imagen del cuerpo y de los miembros nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro. Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso. Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso.

Podemos pasar así del diagnóstico al tratamiento: abriendo el camino al diálogo, al encuentro, a la sonrisa, a la caricia... Esta es la red que queremos. Una red hecha no para atrapar, sino para liberar, para custodiar una comunión de personas libres. La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás.
24-01-2019

Formación citas bíblicas (elrincondelasmelli)


El signo de las bodas Jn 2,1-11 (TOC2-19)

“Como un joven se casa con su novia, así se desposa el que te construyó; la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Is 62,5).  Estos versos se encuentran en la última parte del libro de Isaías. Ya ha terminado el exilio del pueblo hebreo en Babilonia. Y un anónimo profeta entona este canto a la Jerusalén reconstruida.
Es cierto que en los versos anteriores, el profeta proclama que el esplendor de esa ciudad a la que ama se deberá exclusivamente a la iniciativa de Dios. El Señor pondrá en ella su deleite. La alianza de Dios con su pueblo se entiende como una entrega esponsal. La imagen del amor matrimonial refleja  las relaciones de Dios con la Ciudad Santa. 
Ante la maravilla de ese amor divino, el salmo nos invita a proclamar que “el Señor es rey y gobierna a los pueblos rectamente” (Sal 95,10).
En la segunda lectura se escucha el discurso de san Pablo sobre la abundancia y la diversidad de los carismas con los que Dios enriquece a su pueblo (1 Cor 12,4-11).

LA GLORIA Y LA FE
La imagen del amor que se expresa en el matrimonio reaparece en el Nuevo Testamento para reflejar las relaciones de Jesucristo con la nueva comunidad. De hecho, en este segundo domingo del tiempo ordinario, el evangelio de Juan evoca la presencia de Jesús en una boda celebrada en Caná de Galilea (Jn 2,1-11).  
• Esta fiesta tiene lugar “a los tres días” a contar desde el encuentro de Jesús con Natanael. Esa alusión al tercer día, recuerda la manifestación de Dios en el monte Sinaí (Éx 19,16) y preanuncia la manifestación de Dios en la resurrección de Cristo. Entre una y otra se sitúa esta “hora”, en la que se manifiesta la gloria de Jesús ante sus discípulos.
• En la boda de Caná Jesús convierte el agua en vino. Pero no lo hace mediante un golpe de magia. Allí están las tinajas del agua necesaria para las purificaciones de los judíos. Y allí están los sirvientes para llenarlas de agua.  El vino de la nueva alianza presupone el agua de la fe de Israel y la ayuda silenciosa de los servidores.
• Caná evoca de alguna manera el monte Sinaí. En la alta montaña, Dios había manifestado su gloria ante un pueblo que con frecuencia desconfiaría de él. Con este primer “signo”, Jesús manifiesta su gloria ante sus discípulos, que comienzan a creer en él.  

EL SERVICIO Y LA FE
Al meditar este relato de las bodas de Caná no se puede olvidar la presencia de María. Junto a ella descubrieron a Jesús los pastores y los magos llegados del oriente. Las dos frases que le atribuye el evangelio de Juan nos dicen que por ella también nosotros podemos descubrir la presencia y la gloria de Jesús.
• “No les queda vino”. María presta atención a las necesidades de sus amigos y conocidos. En ella se ha visto reflejada la comunidad de su Hijo. También la Iglesia ha de estar atenta a las dificultades de una humanidad, que parece haber perdido las razones para vivir y las razones para esperar, a las que aludía el Concilio (GS 31).
• “Haced lo que él diga”. María sabe que la salvación es un don gratuito de Dios. Pero sabe también que la humanidad ha de estar preparada para acoger esa salvación. La fe es una gracia del Dios que se adelanta y primerea, como dice el papa Francisco. Pero todos hemos de mantener el corazón abierto para obedecer al Señor y recibir esa gracia.