Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Gran compendio en poco tiempo


 

Anuncio de dos traiciones: Judas Iscariote y Pedro Jn 13,21-33.36-38

Hoy, Martes Santo, la liturgia pone el acento sobre el drama que está a punto de desencadenarse y que concluirá con la crucifixión del Viernes Santo. «En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche» (Jn 13,30). Siempre es de noche cuando uno se aleja del que es «Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero» (Símbolo de Nicea-Constantinopla).

Dos traiciones se nos presentan.

La de Judas Iscariote es símbolo de "la arrogancia con la que queremos emanciparnos de Dios y no ser nada más que nosotros mismos; la arrogancia por la que creemos no tener necesidad del amor eterno, sino que deseamos dominar nuestra vida por nosotros mismos" (Benedicto XVI). 



Por su parte, el anuncio de la traición de Pedro no se basa en la maldad o en la mala intención sino que rezuma cobardía y debilidad humana. Y, a pesar de tal acto, todo en él es amor, generosidad, naturalidad, nobleza. Es el contrapunto a Judas. Él se arrepintió sinceramente y manifestó su dolor lleno de amor. Por eso, Jesús lo reafirmó en la vocación y en la misión que le había preparado. 


Frente a la traición-pecado ha de imponerse la misericordia que supone un “cambio” por nuestra parte. Una inversión de la situación que consiste en despegarse de las criaturas para vincularse a Dios y reencontrar así la auténtica libertad.


En la Cruz, Cristo tenderá sus brazos a todos. Nadie quedará excluido. 

Oración y el cristiano


 

La Pasión según S. Lucas 22-23

 Algunos rasgos de la teología de la Pasión de Lucas

            El relato de la pasión de San Lucas tiene como fuente el texto más primitivo de Marcos, o quizás también un “primer relato” que ya circulaba desde los primeros años del cristianismo para ser leído y meditado en las celebraciones cristianas. A eso se añaden otras escenas y palabras de Jesús que completan una “pasión” profunda y coherente, en la que si bien los datos históricos están más cuidados que en Marcos y en Mateo, no faltan los puntos teológicos claves.

            Se pretende explicar, no solamente por qué mataron a Jesús, sino el sentido que el mismo Jesús dio a su propia muerte, como sucede en el relato de la última cena con sus discípulos. Lucas nos ofrece la tradición litúrgica de las palabras eucarísticas en esa cena, que son muy semejantes a las de Pablo en 1 Corintios 11, pero además presenta las palabras de Jesús sobre el servicio en las que considera que su muerte “es necesaria” para que el Reino de Dios sea una realidad más real y efectiva.

            El evangelista se ha cuidado de poner en relación muy estrecha al Señor con sus discípulos y con el pueblo, mientras que deja bien claro que son los dirigentes, los jefes, los que han decidido su muerte. Ni siquiera nos relata la huida de los discípulos, quizás porque quiere preparar el momento de las apariciones del resucitado que tienen lugar en Jerusalén.

            Por lo mismo, en este relato de Lucas sobre la pasión del Señor, debemos leer algunas escenas especiales con interés, como corresponde al cuidado que ha puesto el evangelista y al sentido catequético que tienen ciertos episodios de la narración. La cena de Jesús es más personal, más testimonial: se pide el servicio, la entrega, como Jesús va a hacer con los suyos.

Una pequeña estructura de Lc 22-23, podía ser esta:

I.- Introducción y preparación (22, 1-13)

II.- La última cena y despedida de Jesús (22, 14 -38)

III.-  Getsemaní: oración y prendimiento (22, 39-53)

IV.- Las negaciones de Pedro (22,54-62)

V.- El juicio religioso (22,63-71)

VI.- El juicio político ( 23,1-25)

VII.- Crucifixión, muerte y sepultura de Jesús (23,33-48)

            En la cena de Jesús con sus discípulos, Lucas sigue una línea bastante libre con respecto a los otros dos evangelios sinópticos: vemos las diferencias en unos versículos que introducen la bendición del pan y de la copa (22,14-18); además pospone el texto de la traición de Judas hasta después de las palabras de bendición (22,21-23)  y lo ensambla con el testimonio del servicio (22,24-27), la promesa del banquete en el Reino (22,28-30), el anuncio de la traición de Pedro (22,31-34), y el anuncio de su fin (22,35-38). En esto podemos notar que Lucas narra la traición de Pedro durante la cena, mientras que Mateo y Marcos después de la cena (Mt 26, 30-35; Mc 14,26-31). Pero lo más específico: Lucas menciona una copa más que los otros dos sinópticos antes de las palabras de bendición (22,17), además agrega las palabras “por vosotros” (22,19b.20c) que Marcos no apunta, mientras Mateo dice “por muchos” (Mt 26,28), y cambia por “Nueva Alianza”(22,20) en lugar de simplemente “alianza” (Mc 14,24; Mt 26,28). Por otra parte, tenemos las semejanzas con el texto de Juan: la actitud de los apóstoles ante el anuncio de la traición de Judas (Lc 22,23; Jn 13,22), un discurso de despedida muy breve (Lc 22,24-38; Jn 14-17), y la costumbre que tenía Jesús de orar en un huerto (Lc  22,39; Jn 18,2).

            El episodio de Jesús en el huerto de Getsemaní nos ofrece el consuelo que supone para Jesús la presencia misma de Dios, simbolizada por el ángel, con objeto de poner de manifiesto que Dios no lo entrega a la pasión ignominiosa, que son los hombres los que quieren deshacerse de él, a causa de la provocación de su mensaje sobre la misericordia y la gracia de Dios. Jesús lucha en su agonía como un atleta que debe cruzar la meta y saldrá victorioso. Debemos resaltar, como sucede en la Transfiguración, la oración de Jesús. Había pedido a los suyos que oraran también, pero… Así, desde la oración entra en “agonía”; todo es bien distinto de la escena de la Transfiguración. Es como si desde la oración viviera todo su sufrimiento. Pero en realidad, este momento en Lucas  no es “gore” (sangre coagulada) como ahora está de moda  decir, después de esa película reciente que ha leído la Pasión sin elementos críticos y sin llegar al “alma” y a la teología. En realidad es una escena fuerte, pero armoniosa. Cuando Jesús acaba este momento, siempre en oración, sale fortalecido y dueño de todas las situaciones que han de venir. El “trance” de la pasión lo ha vivido en esta escena extraordinaria.

            El juicio de Jesús se nos presenta en dos momentos, ante Pilato y ante su señor galileo, Herodes Antipas. En realidad, el Prefecto romano no debería haber enviado a Herodes a Jesús; jurídicamente no tiene sentido. ¿Qué busca Lucas con esta escena? Él nos ha descrito la presencia de Jesús ante Herodes Antipas, el Tetrarca de Galilea, con el simbolismo del vestido blanco para burlarse del nazareno. El silencio de Jesús se hace palabra, quizás evocando el texto de Is 53,7 del Siervo de Yahvé y del Sal 39,10: es un silencio de radicalidad ante la maldad de los poderosos. Jesús dueño de su silencio ante los que está acostumbrados a arrancar las palabras y las entrañas de la gente. Por eso se hacen amigos los que se odian (23,12). Los injustos se “juntan” en la injusticia; el justo vive su injusticia en la dignidad de su silencio.

            Los poderosos se burlan de él, pero los sencillos, como las mujeres, le acompañan hasta el lugar donde se revelará el misterio de nuestra salvación y redención. El camino de la cruz está contemplado no desde la soledad de Jesús, sino que acuden las mujeres de Jerusalén, las madres, para compadecerse de aquél  que, como en el caso de sus hijos, es injustamente tratado por los poderes religiosos y políticos. Así se cumplen aquellas palabras suyas en las que da gracias a Dios porque ha revelado su proyecto salvador a las gentes sencillas. No podía pasar por alto Lucas esta actitud de las mujeres que han tenido tan gran relevancia en su obra. Y, por otra parte, porque así hubo de suceder en Jerusalén aquél día de la condena a muerte: las mujeres, las madres, tuvieron que llorar por la dureza y la vesania de los poderosos.

            La escena de la crucifixión y muerte, en Lucas, es, con respecto a Marcos y Mateo, mucho más humana. De ahí que las palabras de Jesús sean: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu” (23,46), tomadas del Salmo 31; quizás para que no se interprete que Dios pueda abandonar a nadie que sufre, ya que Marcos había usado las palabras del Sal 22: “Dios mío ¿por qué me has abandonado?”, que, no obstante, son de plena confianza. Pero Lucas considera que otras palabras de más confianza cuadraban mejor con su oración primera en la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (23,34), que es un texto que faltan en buenos manuscritos, pero que encaja perfectamente con la teología de Lucas, como una síntesis de su verdadera teología: ¡no debe desaparecer de nuestras traducciones!

            En la escena de la crucifixión sobresale muy especialmente el diálogo de Jesús con el buen ladrón. Esta narración de los dos malhechores con Jesús es un desarrollo del versículo de Marcos y Mateo: “también le injuriaban los que con él estaban crucificados” (Mt 27,44; Mc 15,32). Es uno de los momentos culminantes de la pasión en nuestro evangelista que refleja muy bien su teología: Jesús está siempre abierto a comunicar la misericordia divina. Por eso ha sido considerado como el evangelista de la misericordia. Y además, con la propuesta del “hoy” de la salvación que es también muy determinante en Lucas: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Tiene ese sentido escatológico inmediato para mostrar que la salvación de Dios no está a la espera del fin del mundo. Desde la misma muerte estaremos en las manos salvadoras de Dios.

            Pero no habría que olvidar las palabras de perdón a los ejecutores, la confianza que Jesús muestra en Dios en ese momento de la muerte. El evangelista va buscando poner de manifiesto que aquello fue un “espectáculo” (23,48) para el pueblo, porque es allí donde han visto, con sus ojos, que el Dios salvador se revela no desde el poder, sino en la debilidad. El malhechor que supo percatarse de ello le pidió la vida, la vida para siempre, y Jesús, desde su patíbulo de condenación se la ofreció para aquél mismo momento. Es por ello que el pueblo bajo del Calvario arrepentido.

            Como decíamos, pues, se ha logrado con este relato explicar, en una catequesis muy apropiada a su comunidad, que la Pasión del Señor no es una tragedia, sino el acontecimiento que imprime a la historia la fuerza necesaria del proyecto salvador para todos los hombres. A la vez, nos explica que Jesús dio a su muerte un sentido de entrega y de fidelidad a Dios, pero para que Dios fuera siempre el Dios de los hombres.

La paz y la gloria Lc 22-23

 “El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo,  para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). El siervo de Dios aparece en este canto como un discípulo fiel y un profeta audaz. Escucha con atención la palabra de Dios y la trasmite sin temor.

En él se anticipa ya la imagen de Jesús, que escucha la palabra de su Padre, la anuncia con generosidad y entrega su vida por mantenerse fiel a esa misión. 

El salmo responsorial anuncia la pasión de Jesús. Casi nos escandaliza su pregunta inicial: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 21). Pero más adelante se expresa la esperanza del orante: “Él es mi alabanza en la gran asamblea, cumpliré mis votos delante de sus fieles”.

 San Pablo recuerda a los Filipenses que Cristo, siendo de condición divina, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2,6-11). Esa meditación sobre el Salvador, humillado por los hombres y exaltado por Dios, nos introduce en la Semana Santa.

EL POLLINO Y SU DUEÑO

Al inicio de la procesión de este domingo de Ramos se recuerda la entrada del Señor en Jerusalén (Lc 19,28-40). Al leer este texto evangélico nos asalta siempre una curiosidad y nos sorprende la respuesta que los discípulos dan en nombre de Jesús. 

• En primer lugar, nos hacemos estas tres preguntas:  ¿A quién pertenecía el pollino que los discípulos habían de ir a buscar, por orden de su Maestro? ¿Se había fijado Jesús que el pollino solía estar atado a la entrada de Betfagé? ¿O será que el evangelista trata de subrayar que Jesús conoce nuestras posesiones y nuestra disponibilidad para colaborar con él?

• En segundo lugar, nos impresiona la única razón que los discípulos ofrecen al dueño o a los cuidadores del pollino: “El Señor lo necesita”. Eso es todo. Todos nos preguntamos si el dueño del pollino ya reconocía el señorío de Jesús. Pero hoy, ¿estamos nosotros dispuestos a “prestar” al Señor todo lo que él necesita para llevar a cabo su misión?

EL CANTO DE LOS PEREGRINOS

El texto evangélico relata que los discípulos que acompañan a Jesús por aquel camino que baja del Monte de los Olivos, repiten al menos dos gritos de alegría:

• “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor”. Los peregrinos que llegaban a Jerusalén solían ser recibidos con esta bendición (Sal 118,26). Ahora llega el Rey de Jerusalén, pero viene como un humilde servidor. Viene a hacer presente la misericordia de Dios, que se extiende a todas las gentes y a todos los pueblos.

• “Paz en el cielo y gloria en las alturas”. La paz era el gran don de Dios que los peregrinos deseaban para la ciudad de Jerusalén (Sal 122,8). El evangelista Lucas recuerda que ese era el don que aportaba a la tierra el nacimiento del Mesías (Lc 2,14). Esa es también nuestra fe. Esa es nuestra esperanza. Y ese es nuestro testimonio de peregrinos.

La Sábana santa


 

Viernes de Dolores. Los 7 Dolores de María



 

Una llamada al perdón y a la conversión Jn 8,1-11 (CUC5-25)


 

El recuerdo y la promesa Jn 8,1-11 (CUC5-25)

 “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo… para dar de beber a mi pueblo” (Is 43,16-21).  Al recuerdo de la liberación que Dios había ofrecido a su pueblo en el pasado, se contrapone ahora la promesa de una nueva intervención.

El pueblo de Israel sabía que recordar lo que Dios había hecho por él era un gesto de gratitud y de fidelidad a la alianza con el Señor que lo había librado de la servidumbre.  

En el pasado, después que salieron de Egipto, Dios hizo brotar agua de una roca. Cuando regresen del exilio sufrido en Babilonia, Dios repetirá los gestos de su bondad. Preparará para ellos corrientes de agua en el desierto.  

A esa certeza responde el salmista al cantar: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125). San Pablo, por su parte, trata de olvidar lo que ha dejado atrás para valorar el conocimiento de Cristo y correr hacia la meta prometida (Flp 3,8-14).   

 LA ESCRITURA EN LA ARENA

También el evangelio que hoy se proclama contrapone de algún modo el pasado y el futuro. Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer a la que dicen haber sorprendido en adulterio (Jn 8,1-11). 

Recuerdan que los adúlteros eran condenados a la lapidación. Pero ellos solo quieren poner a prueba a Jesús. Si el Maestro no aprueba el mandato de apedrear a la adúltera, se sitúa contra la Ley de Moisés. Si la condena, no posee la compasión que se espera de un profeta.

• Se acusa a la mujer y no se menciona a su cómplice. Si no hay tal cómplice, la acusación es tan solo una provocación. Si lo hay, pero ellos no quieren detenerlo, no son imparciales. Solo les interesa poner en dificultades al Maestro para poder acusarlo.

•  Pero Jesús se inclina por dos veces para escribir algo en el suelo. Según Giovanni Papini, “escribió precisamente sobre la arena para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo”.

 MISERICORDIA Y PERDÓN

 San Agustín escribió que en este escenario quedaron frente a frente la “misericordia” y la “mísera”, es decir, la necesitada de compasión. Será oportuno prestar atención a lo que Jesús dice tanto a los fariseos como a la mujer.

• “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”.  Es una incoherencia presumir de cumplir la letra de la Ley cuando no se quiere asumir su espíritu. Estas palabras nos revelan la grandeza y la comprensión del Maestro. Jesús es el único que está sin pecado. Por tanto, es el único que podría juzgar, pero  no juzga. 

• “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. La sociedad niega la seriedad del pecado, pero condena al pecador. Por el contrario, Jesús no niega la gravedad del pecado ni la seriedad de la culpa. Pero se muestra siempre dispuesto a ofrecer el perdón. El Maestro no mira tanto al pasado como al futuro.  

El Dios de la dignidad de los pequeños Jn 8,1-11 (CUC5-25)

1. El pasaje de la mujer adúltera (muy probablemente un texto de Lucas que en el trasiego de la transmisión de los textos pasó al de Juan), es una pieza maestra de la vida; es una lección que nos revela de nuevo  por qué Pablo hablaba así al haber conocido al Señor. Porque, aunque el Apóstol se refería al Señor resucitado, en ese Señor estaba bien presente este Jesús de Nazaret del pasaje evangélico. El libro del Levítico dice: si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte (Lv 20,10); y el Deuteronomio, por su parte, exige: los llevaréis a los dos a las puertas de la ciudad y los lapidaréis hasta matarlos (Dt 22,24). Estas eran las penas establecidas por la Ley. No tendríamos que dudar de que Dios esto no lo ha exigido nunca, sino que la cultura de la época impuso estos castigos como exigencias morales. Jesús no puede estar de acuerdo con ello: ni con las leyes de lapidación y muerte, ni con la ignominia de que solamente el ser más débil tenga que pagar públicamente. La lectura “profética” que Jesús hace de la ley pone en evidencia una religión y una moral sin corazón y sin entrañas. No mandó Jesús buscar al “compañero” para que juntos pagaran. Lo que indigna a Jesús es la “dureza” de corazón de los fuertes oculta en el puritanismo de aplicar una ley tan injusta como inhumana.

2. Vemos a una mujer indefensa enfrentada sola a la ignominia de la mentira y de la falsedad. ¿Dónde estaba su compañero de pecado? ¿Solamente los débiles -en este caso la mujer- son los culpables? Para los que hacen las leyes y las manipulan sí, pero para Dios, y así lo entiende Jesús, no es cuestión de buscar culpables, sino de rehacer la vida, de encontrar salida hacia la liberación y la gracia. Los poderosos de este mundo, en vez de curar y salvar, se ocupan de condenar y castigar. Pero el Dios de Jesús siente un verdadero gozo cuando puede ejercer su misericordia. Porque la justicia de Dios, muy distinta de la ley, se realiza en la misericordia y en el amor consumado. Es ahí donde Dios se siente justo con sus hijos. Presentimos que en la conciencia más personal de Jesús se siente en ese momento, sin decirlo, como el que tiene que aplicar la voluntad divina. Lo han obligado a ello los poderosos, como en Lc 15,1 le obligaron a justificar por qué comía con publicanos y pecadores. Jesús perdona su pecado (¡que nadie se escandalice de su permisividad!), pero de qué distinta forma afronta la situación y el pecado mismo.

3. Jesús escucha atento las acusaciones de aquellos que habían encontrado a la mujer perdiendo su dignidad con un cualquiera (probablemente estaba entre los acusadores, pero él era hombre y parece que tenía derecho a acusar), y lo que se le ocurre es precisamente devolvérsela para siempre. Eso es lo que hace Dios constantemente con sus hijos. Así se explica, pues, aquello que decía el libro Isaías de que todo quedará pequeño con lo que Dios ofrecerá a los hombres. Son estas pequeñas cosas las que dejan en mantillas las actuaciones del pasado, aunque sea la liberación de Egipto. Porque el Dios de la liberación de Egipto tiene que ser eternamente liberador para cada uno desde su situación personal. Eso es lo que sucede en el caso concreto con la mujer del pasaje evangélico de hoy. De nada le valía a ella que se hablara del Dios liberador de Egipto, si los escribas, los responsables, la dejaban sola para siempre. Jesús, pues, es el mejor intérprete del Dios de la liberación que se apiada y escucha los clamores y penas de los que sufren todo el peso de una sociedad y una religión sin misericordia.

4. ¿Qué significa “el que esté libre de pecado tire la primera piedra”? ¿Por qué reacciona Jesús así? No podemos imaginar que los que llevan a la mujer son todos malos o incluso adúlteros. ¡No es eso! Pero sí pecadores de una u otra forma. Entonces, si todos somos pecadores, ¿por qué no somos más humanos al juzgar a los demás? No es una cuestión de que hay pecados y pecados. Esto es verdad. Pero por muy simple que sea nuestro pecado todos queremos perdón y misericordia. Los grandes pecados también piden misericordia, y desde luego, ningún pecado ante Dios exige la muerte. Por tanto deberíamos hacer una lectura humana y teológica. Toda religión que exige la pena de muerte ante los pecados… deja de ser verdadera religión  porque Dios no quiere la muerte del pecador. Esto debería ya ser una conquista absoluta de la humanidad.

Pérdidas y hallazgos Lc 15,1-3. 11-32 (CUC4-25)

 “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Con ese oráculo, Dios recuerda a Josué que él ha liberado a su pueblo y lo ha ido guiando hacia la libertad (Jos 5,9).  

Tras la fatigosa peregrinación por el desierto, Dios promete a su pueblo que podrá disfrutar de los frutos esperados y podrá ofrecer al Señor las primicias de sus cosechas.

El salmo responsorial convierte aquellas promesas del pasado en una certeza para el presente. A nosotros la fe y la esperanza nos aseguran esa  generosidad de nuestro Padre. Por eso nos alentamos unos a otros cantando: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33).

El primer don de ese Padre generoso es el de la reconciliación. San Pablo nos anuncia que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo. Nos ha invitado a aceptar su perdón y a reconciliarnos con nuestros hermanos (2 Cor 5,17-21).

NUESTRA DIGNIDAD

La parábola que hoy se proclama pertenece al capítulo evangélico de las pérdidas y los hallazgos. Un pastor perdió una oveja y no descansó hasta que la encontró. Lo mismo hizo una mujer que había perdido una moneda. Más elocuente aún es el relato sobre un hijo que se había perdido y ha sido reencontrado por su padre y por su hermano   (Lc 15,32). 

 El hijo que se fue de casa busca la libertad. Lejos de su casa, se convierte en un esclavo de sus gustos, en un servidor de un amo que lo trata como a un esclavo y en un solitario despreciado por todos. 

 En realidad, la parábola que llamamos del hijo pródigo es la parábola de la generosidad liberadora del padre. En la experiencia de la soledad, el hijo menor redescubre el valor del hogar familiar.

 Por su parte, el hijo mayor permanece en la casa, pero nunca ha llegado a descubrir la libertad que le proporciona el amor de su padre. Solo el amor nos hace libres. Solo el amor nos hace reconocer nuestra dignidad. 

LIBERTAD Y ALEGRÍA  

Al retornar a casa, el hijo menor pide a su padre que lo  reciba como un jornalero más. Seguramente esa es la última tentación. Los verdaderos creyentes no pueden presentarse ante Dios reclamando un salario por su trabajo. 

• Al que regresa triste y pobre el padre lo recibe con los brazos abiertos. Lo viste de fiesta para subrayar su dignidad. Y le entrega el anillo con el que él ratifica los contratos. La alegría por el hijo reencontrado revela la confianza del padre y demanda la responsabilidad del hijo. 

• Y al hijo mayor, que ha permanecido en la casa, el padre le recuerda una doble relación. Es un hijo, con el que el padre comparte todos sus bienes. Y tiene un hermano, al que debe aceptar y recibir como tal. 

A las palabras del hijo menor, el padre no responde con palabras, sino  con los gestos de la fiesta y la alegría. Pero al hijo mayor sí que le dirige una invitación que marca el tono de todo el relato: “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. 

El Dios, Padre, pródigo de sus hijos Lc 15,1-3. 11-32 (CUC4-25)

En este domingo nos encontramos en el corazón de la Cuaresma, y de alguna manera, en el corazón del evangelio de Lucas, que es la lectura determinante del Ciclo C del año litúrgico. En el corazón, porque Lc 15, siempre se ha considerado el centro de esta obra, más por lo que dice y enseña en su catequesis, que porque corresponda exactamente a ese momento de la narración sobre Jesús. La otras lecturas de hoy simplemente acompañan a la grandeza y radicalidad de lo que hoy se nos comunica en el evangelio. Por eso, el misterio de la reconciliación, diríamos que se expresa maravillosamente en el evangelio de este día: Lc 15,11-32. Esta es una de las piezas maestra de la literatura narrativa del Nuevo Testamento, y una maravillosa historia de amor de padre frente a egoísmos y rencores de hijos. Jesús, ante las acusaciones de los que le reprochan que le da oportunidades a los publicanos y pecadores, cosa que no entra en los cálculos de las tradiciones más exigentes del judaísmo, contesta con esta parábola para dejar bien claro que eso es lo que quiere Dios y eso es lo que hace Dios por medio de él.

2. Se podrían escribir páginas enteras de la narración, de su intriga asombrosa, de los “tempi” narrativos, de su desenlace. Se podría recurrir a hermenéuticas sofisticadas de las formas en las que esto se ha logrado. Del lenguaje y el arte de la misma intriga divina. De hecho hay libros maravillosos que pueden servir no solamente para preparar el texto a nivel literario, exegético, teológico y espiritual (cf v.g. F. CONTRERAS MOLINA, Un padre tenía dos hijos, Estella, Verbo Divino, 1999). Hay textos clásicos de escritores y predicadores que dan en la tecla verdadera de la armonía y la polifonía del texto bíblico. La hermenéutica podría decirnos que no es un texto sagrado, sino de simple humanidad. Pero no es verdad que en boca de Jesús no sea precisamente sagrado: es describir lo divino por lo humano.

3. Es toda una justificación y una defensa incuestionable de Dios, de Dios como Padre. Por eso no es, propiamente hablando, la parábola del hijo pródigo, del hijo que vuelve, del hijo que se arrepiente, aunque esto es muy importante en la narración y en su profundidad simbólica. Es la parábola del Padre, de Dios, que nunca abandona a sus hijos, que nunca los olvida. De ahí que algunos autores, con razón, han señalado que deberíamos comenzar a entender la parábola fijándonos en el hijo mayor; el que no quiere entrar a la fiesta que da el padre por haber encontrado a su hijo. Él, que siempre se ha quedado con el padre en la casa, tiene unos derechos legales que nadie le niega, pero le falta la capacidad del padre para tener la alegría de ver que su hermano ha vuelto. No tiene mentalidad de hijo, de hermano; es alguien que está centrado en sí mismo, sólo en él, en su mundo, en su salvación.

4. El hijo mayor, en el fondo, no quiere que su padre sea padre, sino juez inmisericorde. Porque esto es lo importante de la parábola, por encima de cualquier otra cosa: que se ha organizado una fiesta por un hermano perdido, y no está dispuesto a participar en ella. Jesús está hablando de Dios y es la forma de contestarle a los escribas y fariseos que se escandalizan de dar oportunidades a los perdidos: el Dios que él trae es el de la parábola; el que viendo de lejos que su hijo vuelve, sale a su encuentro para hacerle menos penosa y más humana su conversión, su vuelta, su cambio de mentalidad y de rumbo. Esta es su significación última y definitiva. ¿Estaríamos nosotros dispuestos a entrar a esa fiesta de la alegría? ¿Queremos para los otros el mismo Dios que queremos para nosotros?

Puertas Santas - Puertas Jubilares

Una puerta santa es la puerta de una iglesia que se abre solamente con motivo del Año Santo" (Jubilar). Una puerta es el elemento de la construcción que nos permite acceder a un lugar. En el cristianismo, como se recoge en el capítulo 10 del evangelio de Juan, Jesús se define a sí mismo, simbólicamente, como la puerta que nos da acceso a la vida eterna.


La primera y más antigua de las puertas santas es la de la Basílica de San Juan de Letrán, que fue abierta por el papa Martin V en 1423. en 1499, el rito de la puerta santa se consolidó dentro de las costumbres de los jubileos con la instalación de una de estas entradas especiales en San Pedro por órdenes de Alejandro VI.
El segundo de los papas Borgia también mandó que se abrieran otras dos en las también romanas basílicas de Santa María la Mayor y de San Pablo Extramuros, las cuales estuvieron listas para el año jubilar que se celebró en 1500.

Cuando la Iglesia católica no está en un año jubilar, la puerta santa en Basílica de San Pedro está sellado por un Pared de piedra colocado detrás de la puerta. Entre 1500 y 1974, por cada año de jubileo, el Papa sentado simbólicamente comenzaría a romper la piedra, y los albañiles terminarían el trabajo de quitar el resto. Pero este ritual fue cambiado en 1974 durante el cierre de la Puerta Santa. Esto fue cuando Papa Pablo VI fue golpeado accidentalmente por algunos escombros, y después de eso se simplificaron las ceremonias de apertura y cierre de la Puerta Santa.


La actual Puerta Santa de Basílica de San Pedro fue hecha de bronce y tallada en 1948 por Vico Consorcios. Fue elegido después de que la Iglesia Católica iniciara un concurso para diseñar y reparar las puertas de madera más antiguas para el Jubileo de 1949 a 1950. La puerta se abrió en Nochebuena en 1949, mostrando su 16 escenas bíblicas centrándose en historias de misericordia y perdón. Estas escenas fueron talladas en madera eventualmente reemplazadas por bronce, creando un diseño más duradero.

En el mundo hay muy pocas iglesias con Puertas Santas:

Basílica de San Pedro en el Vaticano, Roma.

Basílica de San Juan de Letrán, la catedral del Papa en Roma.

Basílica de Santa María la Mayor en Roma.

Basílica de San Pablo Extramuros en Roma.

Catedral de Santiago de Compostela en España, cuya Puerta Santa se abre en los años en que el 25 de julio, festividad de Santiago, cae en domingo.

Basílica de Santa María de Collemaggio en L'Aquila, Italia, donde la Puerta Santa se abre anualmente durante la "Perdonanza Celestiniana".

Catedral de Atri en Italia, que también cuenta con una Puerta Santa asociada a tradiciones locales.

Basílica-Catedral de Notre Dame de Québec en Canadá, la única fuera de Europa, cuya Puerta Santa fue inaugurada en 2014.

No obstante, durante los años jubilares se unen miles de iglesias que ya tienen una puerta del perdón o donde se habilita una segunda entrada como puerta para tal efecto. En el pasado año jubilar de 2016 hubo un total de 5523 templos en 885 diócesis donde se pudo ganar el jubileo.

¿Dónde se encuentran los templos jubilares de España? Haz CLIC AQUÍ y te llevaremos a un enlace donde podrás comprobar las iglesias por diócesis en un mapa interactivo.








Un tiempo para la esperanza Lc 13,1-9 (CUC3-25)

 “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos” (Éx 3,7-8). Así suena la voz que oye Moisés  en el desierto.  

Moisés había sido educado en un ambiente politeísta. Al oír una voz que sale de una zarza que arde sin consumirse, pregunta el nombre del dios que decide liberar a los hebreos. Y Dios responde que solo él puede ser reconocido como el dios que se compadece de su pueblo.  

La cuaresma nos invita a recordar nuestros pecados. Pero con el salmo responsorial también nosotros confesamos y proclamamos los atributos que distinguen a Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102). 

Sin embargo, los hebreos no siempre se mostraron agradecidos a la compasión de Dios.  Según san Pablo, “la mayoría de ellos no agradaron a Dios y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto” (1 Cor 10,5). Por eso, el Apóstol ruega a los corintios que “el que se crea seguro, se cuide de no caer”. 

LA HORA DE LA CONVERSIÓN

Según el evangelio de Lucas, Jesús se enteró de un hecho que había horrorizado a las gentes.  Unos peregrinos galileos habían sido masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Además, unos obreros habían muerto aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13,1-9).

En su tiempo se pensaba que los males físicos respondían al mal comportamiento de quien los padecía. Así que las gentes consideraban como pecadores tanto a los asesinados por la crueldad romana como a las víctimas de una desgracia en el trabajo.  

En realidad, tambien hoy, cuando sucede una catástrofe, muchos se preguntan escandalizados: “¿Qué mal han hecho estas personas para ser castigadas de esta forma?”

Pero Jesús advirtió que las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido asesinados o atrapados por los cascotes de la torre. Jesús sabe que todos somos pecadores y a todos se nos concede todavía la hora de la conversión.

EL FRUTO ESPERADO

En el evangelio de este tercer domingo de cuaresma, se incluye la parábola de la higuera estéril. Hace tiempo que no da fruto, así que el dueño decide arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias de hoy dan cuenta de la extensión del pecado, todavía se nos ofrece a todos la esperanza del perdón. 

• “Señor déjala todavía este año”. La parábola sugiere que el pecado comporta siempre la esterilidad de la existencia. Sin embargo, se nos concede la oportunidad de reconocer con humildad nuestros pecados. Este es el tiempo para la conversión.

• “Yo cavaré alrededor… a ver si da fruto”. Todavía hay un espacio y un tiempo para la esperanza. No se puede justificar nuestra pereza. La  esperanza exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo. 

• “Si no, el año que viene la cortarás”. La esperanza se fundamenta en la misericordia de Dios, pero no puede llevarnos a la irresponsabilidad. Toda crisis nos ofrece la posibilidad de repensar  nuestra vida y tratar de producir el fruto que se espera de nosotros.    

Vivir con sentido siempre Lc 13,1-9 (CUC3-25)

1. El evangelio de Lucas viene hoy a hacer una llamada a la fidelidad de ese Dios salvador de la historia, que se ha jugado todo su prestigio y toda su divinidad con el pueblo. Se narran dos episodios de acontecimientos que ocurrieron, muy probablemente en tiempos de Jesús: unos galileos que el Prefecto romano mandó masacrar mientras ofrecían un sacrificio. Algunos apuntan a la sospecha de tipo político que tenían que ver con el terrorismo zelote, pero no es fácilmente aceptable esta tesis. Sí es importante el dato de que ocurrió mientras ofrecían un sacrificio, un acto religioso. No sabemos a qué se refiere, aunque tenemos noticias de que Pilato (por Flavio Josefo especialmente), responsable directo de la crucifixión de Jesús, fue uno de los políticos más perversos y venales de la administración romana. El otro episodio es mucho más normal, un accidente de trabajo, de tantos como ocurren en la vida, en el trabajo  y ante los que uno se pregunta por qué.

2. ¿Qué pueden significar estos episodios narrados por Lucas? ¿Tiene que ver algo Dios en estos? ¡Desde luego que no! Eso es lo primero que debemos inferir en la lectura del texto ¿Por qué, pues, son narrados? Pues sencillamente para poner de manifiesto que  Dios no es venal como Poncio Pilato y no tiene nada que ver con el accidente de la torre de Siloé del muro que rodeaba la ciudad de Jerusalén; esas cosas pasan en la vida. Eso nos descubre que somos lábiles y que no podemos vivir nuestra vida sin sentido. Todo el conjunto del evangelio de hoy va en esa dirección de una llamada a la conversión y a contar con Dios en nuestra vida. Jesús no ve en los samaritanos sacrificados, ni en los obreros de la torre maldad alguna para ser castigados por ello. No es el anuncio del Dios juez el que aquí aparece. Jesús habla de los “signos” de terror de la vida. Es una lectura realista de lo que ocurre y de lo que siempre ocurrirá, unas veces por la maldad humana y otras porque no podemos dominar la naturaleza. Pero ¿acaso esto no nos debe hacer pensar que debemos estar preparados siempre? ¿Para qué? No diríamos que para morir (aunque pueda parecer que ese es el sentido del texto), sino para vivir con dignidad, con sabiduría, con fe y esperanza. Y si llega la muerte, no nos ha de afanar con las manos vacías.

3. El tercer momento de la lectura evangélica se centra en una especie de parábola sobre la higuera plantada en una viña que, al cabo de tres años, no da fruto y se la quiere arrancar. La parábola de la higuera estéril es de la tradición (cf Mc 11, 12-14.20-26; Mt 21,18-22). Es curioso y original que Lucas se haya decidido por unirla a esos episodios anteriores. ¿Por qué? Para dar a entender que nuestra vida es como un tiempo que Dios permite (el dueño de la higuera) hasta el momento final de nuestra vida. Los Santos Padres entendieron que Jesús era el agricultor que pide al dueño un tiempo para ver si es posible que la higuera saque higos de sus entrañas. Sabemos que la higuera era símbolo de Israel en el AT, concretamente en los profetas. Por tanto resuena aquí, de alguna manera, la interpelación profética a la conversión. Nuestro evangelista le da mucha importancia en su obra al “hoy” y al “ahora” de la salvación. Por eso ese tiempo concedido a la higuera… es para un hoy y un ahora de salvación y de gracia.

4. Las conexiones de estos episodios se establecen en razón de la necesidad de estar siempre en actitud de responsabilidad y preparados para cambiar de vida, para arrepentirse; unas veces porque los hombres perversos aniquilan y otras porque ocurren catástrofes. Jesús, con sus palabras, exculpa a los que han sufrido la maldad de Pilato o la mala suerte del accidente, en el sentido de que no son responsables individualmente de lo que ha sucedido. Esto era importante entonces, donde todo se explicaba en razón de conexiones entre responsabilidad personal y castigo. No, los galileos o los trabajadores de la torre de Siloé no eran peor o más responsables que los que no les sucedió nada. Por el contrario, todos debemos estar siempre en actitud de conversión, porque Dios siempre ofrece oportunidades, como es el caso de la parábola de la higuera estéril. Siempre, con el Dios de la salvación, tenemos oportunidad de convertirnos y de buscar el bien.