SEPTIEMBRE: inicio curso, acogida, lecturas, arte cristiano y santos, actividades, juegos, propuestas de lecturas, humor, imagen-viñeta para reflexionar, fichas, manualidades, cómics... ***Si bien los materiales propios del blog están protegidos, su utilización ES LIBRE (aunque en ningún caso con fines lucrativos o comerciales) siempre que se conserve el diseño integral de las fichas o de las actividades así como la autoría o autorías compartidas expresadas en las mismas.
Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus
Apóstoles y Cartas paulinas
Os presento otra aplicación para poder introducir un tema o bien para resumir el contenido principal de una unidad. Para encontrar las posteriores que vaya publicando id a Etiquetas apartado de "NUBES TEMÁTICAS". Es un recurso que les gusta. Los doce apóstoles
Cartas de San Pablo
Cómics sobre el Año Litúrgico
La infancia misionera de nos presenta un cómic para cada domingo del año y por ciclos. Muy interesante para trabajar también pasajes que tratamos en clase. Este es su ENLACE
Trabajar la Biblia también
La web de "horizonte internacional" ofrece un sinfín de materiales para trabajar de principio a fín la Biblia. Cada tema se engloba en un pequeño cuadernillo de unas 5 a 8 páginas en las que encontraremos un dibujo, cita principal, actividades de completar, verdadero o falso, y en ocasiones sopas de letras o crucigramas. Apuntar para mayor claridad que es una página cristiana evangelista. Con lo dicho, remarcar su buena utilidad. Os dejo dos enlaces para trabajar:
Historias del Antiguo Testamento para colorear
Trabajar la Biblia
Una página de recursos entretenida e interactiva para trabajar muchos aspectos bíblicos (historia, personajes...) Pincha aquí RECURSOS BIBLIA
Domund 2011
Aquí tenéis el material más útil para la escuela de la Jornada del Domund de este año
Clase de Religión para Primaria
Página oficial sobre la Jornada (explicaciónes, materiales...)
Clase de Religión para Primaria
Página oficial sobre la Jornada (explicaciónes, materiales...)
El camino de Dios (29TOA por J-R Flecha)
Los gobernantes de la tierra se consideran con
frecuencia autosuficientes y omnipotentes. Se asignan sus puestos de mando, sus
facultades y sus desmesurados salarios. Se atreven a decidir lo que es justo e
injusto y a promulgar leyes para determinar quién puede vivir y quien debe
morir.
El texto del profeta Isaías que hoy se proclama (Is
45, 1.4-6) puede parecer escandaloso tanto a los creyentes como a los no
creyentes. Para los primeros resulta asombroso que Dios considere como su
mesías, es decir, su ungido, nada menos que a un pagano como Ciro, rey de los
persas, que de ninguna forma pertenecía a la estirpe de David.
Para los no creyentes, el asombro viene suscitado por
la continua afirmación que se coloca en los labios de Dios: “Yo soy el Señor y
no hay otro, fuera de mí no hay dios”. El texto nos dice que Dios es el Señor
de la historia. Aun el triunfo político de un rey pagano como Ciro entra en los
planes de Dios para liberar a los humildes y a los esclavos. Evidentemente,
Dios escribe derecho con renglones torcidos.
NUESTROS INTERESES
El evangelio recuerda uno de los pasajes más citados
y manipulados a lo largo de la historia del cristianismo: el de la pregunta por
la licitud del tributo (Mt 22, 15-21). Una pregunta que dirigen a Jesús los discípulos de los fariseos junto con los
herodianos.
Comienzan con una larga captación de benevolencia en
la que proclaman la sinceridad del que reconocen como Maestro: “Sabemos que
eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. Pero inmediatamente le plantean la trampa que
pretenden tenderle: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no?”
Es fácil descubrir el sentido de la emboscada. Si
Jesús opina que no se debe pagar tributo al emperador se acerca peligrosamente
al grupo de los celotes y se coloca fuera de la ley. Si aconseja pagarlo se
atraerá automáticamente los recelos de las gentes, que a todas luces se sienten
oprimidas por la ocupación romana.
Así pues, lo que importa en este caso no es la
verdad, sino la posibilidad de comprometer a Jesús, como recuerda el mismo
texto evangélico. Los creyentes de hoy
deberíamos preguntarnos si nosotros no apelamos a planteamientos semejantes, al
tratar de implicar a Dios en nuestros intereses personales, sociales o
políticos.
DIOS Y EL CÉSAR
Es interesante ver cómo Jesús desenmascara la
hipocresía y la tentación. Pero más importante es prestar atención a sus
últimas palabras: “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios”. En ella incluyó Jesús una sentencia inesperada. De este mandato se
deducen al menos tres lecciones.
• “Pagadle al César lo que es del César”. Los
poderosos de este mundo parecen tener miedo a los que creen en Dios. Los
cristianos sabemos ser ciudadanos fieles y fiables. Estamos dispuestos a
aceptar las leyes de nuestros gobernantes, siempre que sean justas y estén al
servicio del bien común.
• “Pagad a
Dios lo que es de Dios”. Pero los cristianos sabemos también que no podemos
contentarnos con los programas penúltimos que los gobernantes nos ofrecen.
Aspiramos al reino último. Ante el panorama del relativismo imperante,
aspiramos a la verdad absoluta y a la vida verdadera, que es Dios.
• “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo
que es de Dios”. No se puede utilizar a Dios atribuyéndole lo que respecta al
poder político y a las estructuras administrativas. Pero tampoco se puede
absolutizar el poder político, colocándolo en el puesto de lo divino. Ambas tendencias han de ser consideradas como tentaciones
idolátricas.
Atlas mundial de lugares sagrados
Jesús en Infantil (1)
Con la editorial Edelvives y su método Berit se acerca a los niños de Infantil a JESÚS a través de un personaje: Sara, una niña pastora. Muchos de vosotros lo conocéis y seguro otros muchos lo utilizáis. Iré compartiendo las fichas complementarias que estoy elaborando para este curso (la mayoría os dan la forma de trabajarlas). 1- Conocemos a Sara y a Jesús (colorear y reconocer con un gomet a cada uno) 2- Sara y su mascota Blanquita (canción de Sara y colorear) 3- La familia de Blanquita (pegar algodón para que no tengan frío)
La viña y los viñadores (J-R Flecha)
Por tercer domingo consecutivo la liturgia romana
apela a la imagen de la viña, como parábola del proyecto de Dios y de la
respuesta de los hombres. En la historia de la salvación, la libertad divina
entra muchas veces en conflicto con la libertad humana. No nos bastará toda una
vida para entender este misterio de la decepción de Dios.
En un hermoso poema (Is 5, 1-7), el profeta Isaías
canta la premura y el cuidado con el que un señor planta una viña, la defiende
de las alimañas y espera que a su tiempo le produzca fruto abundante. Por
hallarse plantada en una ladera soleada, la viña debería producir uvas dulces. Pero, inexplicablemente, la viña
sólo produce agrazones.
El dueño derriba la valla y permite que su viña se
convierta en lugar de paso para todos los transeúntes y en terreno de pasto
para todos los animales. Es más, llegará a prohibir a las nubes que lluevan
sobre ella. Ese detalle nos revela la intención del relato. Justo en ese
momento, el poema se sitúa en el nivel de la parábola y de la profecía.
Es evidente que la parábola habla de Dios y de su pueblo. Dios lo ha
elegido y cuidado con amor. Pero el pueblo ha sido infiel a la elección. La
profecía anuncia la misericordia de su Dios y denuncia la dramática apostasía
de sus gentes.
LOS PROFETAS Y LOS ASESINOS
La imagen reaparece en el evangelio que hoy se
proclama (Mt 21, 33-43). Pero es evocada con trazos más personales y, por
tanto, más dramáticos. La esterilidad de la viña podría deberse a un clima
adverso o a otras causas.
Pero ahora nos encontramos con viñadores asesinos.
Apalean, apedrean y matan a los que son enviados por el dueño de la viña a
recoger el fruto esperado de ella. Ni siquiera respetan la vida del hijo del
dueño. La casualidad de una mala cosecha ha dejado paso a la maldad calculada y
responsable.
“Éste es el heredero; venid, lo matamos y nos
quedamos con su herencia”. Así suena el comentario de los viñadores. Son
ladrones y asesinos. No reconocen la propiedad del dueño. Y no respetan al hijo
del dueño. El relato da a entender que los responsables de Israel han matado a
los profetas y harán lo mismo con Jesús.
Pero de pronto, parece que esas palabras adquieren
nueva actualidad. También hoy son muchos los que tratan de burlarse de Dios, de
ignorar su voluntad, de eliminar a los que proclaman su voz, de matar a sus
profetas. También el Hijo de Dios es ridiculizado. Muchos darían cualquier cosa
para que su nombre fuera olvidado en toda la tierra.
EL HEREDERO Y LOS FRUTOS
La parábola de los viñadores homicidas nos ofrece, al
menos, tres puntos importantes para nuestra reflexión:
- Lamentablemente, la parábola puede llevarnos a
pensar que los malos y los traidores son siempre los otros. Nos debería dar
vergüenza identificarnos con los profetas enviados por Dios. Pero deberíamos
evitar ir por ahí identificando a los demás con los malvados que desprecian los
planes de Dios. - Por otra parte, no olvidemos que la parábola nos habla de Jesús, el Hijo que Dios ha enviado a su viña. Él es el heredero. A él pertenece el Reino de Dios y todos sus bienes. Él será como la piedra despreciada por los constructores, que es elegida por el mismo Dios para convertirla en piedra angular del templo de la vida y la esperanza.
- Finalmente, la parábola nos dice que Dios confiará la viña a un pueblo que le entregue a su tiempo los frutos que Él espera. La promesa nos invita a preguntarnos si nosotros estamos dispuestos a aceptar su proyecto. No podemos defraudar las esperanzas de Dios. Una sociedad que no produce los frutos queridos por Dios se convierte en inhumana.
Globalización y ¿solidaridad?
La globalización se nos presenta como “el proceso de interconexión financiera, económica, sociopolítica, que, gracias a la tecnología de la información y la comunicación, relaciona a las personas y las organizaciones, favoreciendo tanto la relación como la exclusión”.
Para muchos países y grupos sociales, la globalización se ha convertido en un peligro, por estas razones:
- Si se da la unificación de capitales y mercados, el crecimiento económico apetecido no es uniforme para todos los pueblos. Subsisten dramáticas diferencias entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo.
- Tampoco es uniforme el crecimiento económico y el disfrute de los bienes sociales en el seno de un mismo país desarrollado.
- Los mecanismos que promueven y gestionan la globalización económica son con frecuencia un poderoso instrumento en unas pocas manos, pero capaz de manejar a grandes multitudes.
- Los dirigentes de la globalización tienden a unirse creando grandes multinacionales con un poder enorme, a veces superior al de los Estados soberanos. La globalización puede acabar con la democracia liberal y dañar la promoción y la tutela de los derechos humanos.
- Mientras para los países ricos la globalización es un bien, para los pobres se presenta como la amenaza de nuevas formas de colonización.
- La globalización de la economía lleva consigo una globalización de la cultura. Unos pocos centros de influencia internacional difunden e imponen una cierta comprensión de la vida, unos nuevos (anti)valores y estilos uniformes de vida, un “nuevo modo de pensar, de comportarse y de comunicarse”.
- Finalmente, a la globalización de la economía no corresponde todavía una globalización de los valores ni de los instrumentos para convertirlos en reales. En particular, se echa de menos una difusión universal del valor de la solidaridad.
Drama y gloria de la libertad (26ºTO-A) por J-R Flecha
Ya sabemos que es demasiado fácil dividir el mundo entre buenos y malos. Y más fácil todavía es considerar que la maldad y la bondad son fatales y definitivas. Se piensa con frecuencia que el malvado está destinado a serlo siempre y en todas partes. Y que el bueno lo será en todo tiempo y lugar.
Pero las cosas nunca son tan simples como parecen. El texto del profeta Ezequiel que hoy se lee en la liturgia dominical (Ez 18, 25-28), contempla la posibilidad de cambiar, tanto en una dirección como en la otra. El justo puede apartarse de su justicia. Y el malvado puede convertirse de su maldad. Ése es el drama y la gloria de la libertad.
Nunca deberíamos negar esa posibilidad de cambio. En ella se encuentra el criterio para calificar al ser humano. Y la clave para descubrir si la persona se encuentra en el camino de la vida o en el de la muerte. Elegir el mal equivale a optar por la una existencia mortecina. Decidirse a seguir el camino del bien significa apostar por la vida verdadera.
ENTRE EL NO Y EL SÍ
El evangelio se sitúa en la misma línea. En esta serie de tres domingos consecutivos que evocan la imagen de las viñas, hoy se establece el contraste entre dos hijos (Mt 21, 28-32). Los dos son invitados por su padre a ir a trabajar a la viña. Uno de ellos responde con un “no”, pero después se arrepiente y va. El otro se muestra obediente, pero no va.
Evidentemente, el evangelista tiene presente a los publicanos y pecadores de los primeros tiempos cristianos. Tal vez también a los paganos. Son los hombres del “no”. A primera vista, parecen rechazar la Ley de Dios, pero son capaces de escuchar, de convertirse y de cambiar de actitud. No hace falta mucha imaginación para descubrir esta figura entre nosotros.
Pero el evangelista parece pensar también en los fariseos. Son los hombres del “sí”. Conocen la Ley y parecen observarla con toda precisión. Pero, precisamente su aparente fidelidad les hace incapaces de prestar atención a las exigencias de Dios. Confían demasiado en su propia bondad para dejarse interpelar por la llamada de Dios.
UNA TAREA PARA HOY
De todas formas, nuestra reflexión no debe caer en un fácil moralismo. La parábola nos habla de las decisiones humanas. Pero, sobre todo, nos recuerda la palabra de Dios que llama y envía.
• “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. No olvidemos la primera palabra. El dueño de la viña es un padre. No nos trata como a esclavos o jornaleros. Somos sus hijos. Su campo es el nuestro. Por tanto, su voluntad ha de ser la nuestra. En aceptar su voluntad está la clave de nuestra felicidad. Y la clave de una sociedad más humana.
• “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. El Padre nos envía porque quiere. No es nuestra voluntad la que marca los ritmos del trabajo en la Iglesia y en el mundo. Pero además, no olvidemos que nos envía “hoy”. La tarea no pertenece al pasado. Ni a un futuro inimaginable. Ahora somos llamados y ahora somos enviados. Ahora se espera nuestra respuesta.
• “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. En el lenguaje de los profetas, la viña representaba al pueblo de Israel. Jesús se identificó con una vid. Así que para la fe cristiana, la viña es la comunidad eclesial. Más aún, el mundo entero. Ése es nuestro campo de trabajo. Aceptar la voluntad y el envío del Padre es el signo de nuestra libertad.
Legislación Religión Católica
Aquí tenéis un pequeño elenco de legislación básica que nos afecta a los profesores de religión y por la que nos regimos y se han de regir en los colegios en especial en cuanto al contenido con que se intente llenar la alternativa a la religión y a las horas que legalmente corresponden de nuestra asignatura en Infantil y Primaria
Jornaleros para la viña (25TO-A)
“Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Así dice el Señor en un oráculo que hoy se nos proclama al leer el libro de Isaías (Is 55,8). Esta revelación nos dice que los sentimientos de Dios no pueden ser homologados con los sentimientos humanos. Dios no es una mera proyección del anhelo o del capricho humano. Pero la frase es también una interpelación. De hecho, con ella el profeta acusa a su pueblo de vivir de una forma que no se corresponde con la imagen del Dios al que dice seguir. Cada uno de los que se proclaman creyentes trata de vivir ignorando la voluntad de Dios, Y, en consecuencia, la vida social se ha deshumanizado. Con todo, el texto profético no se cierra en la acusación, sino que incluye una exhortación abierta a la esperanza: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca”. La búsqueda y la invocación de Dios evocan dos actitudes religiosas, inseparables y complementarias.
LOS MÉRITOS
El evangelio que hoy se proclama parece hacerse eco de esa diversidad de Dios que ya subrayaba el profeta. El mensaje se incluye en la primera de las tres parábolas sobre las viñas que se nos proponen en este tiempo del año litúrgico. La de los jornaleros que son contratados y enviados a trabajar a diversas horas del día (Mt 20, 1-16). Al leer este texto evangélico algunos miran al pasado de la historia de la salvación. De hecho, ven en el propietario la imagen de Dios que desea contar con los hombres para llevar adelante su proyecto. Efectivamente, el hombre ha sido llamado a colaborar con Dios en el cuidado del mundo. Y ojalá lo haga con responsabilidad. Otros se fijan en el presente. Hacen una lectura social de la parábola. Y lamentan la situación de los que no encuentran trabajo, de los que no tienen voz en el concierto de la humanidad. Y tal vez descubren que estamos llamados a una solidaridad humana y a un urgente servicio al evangelio. En el plan de Dios hay trabajo para todos. Pero la parábola admite otra lectura religiosa. A veces se aplican a la comunidad de los creyentes los criterios de evaluación de un mundo basado en la producción y el consumo. Pero Dios es generoso y magnánimo. Como dice San Agustín, “al premiar nuestros méritos, corona sus propios dones”.
Y EL PREMIO
El propietario de la viña paga el mismo salario a los obreros de la primera hora y a los que fueron a la viña ya en la tarde. Y esto escandaliza a los que se creen más justos que Dios. Ese escándalo motiva la conclusión del relato. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. A los lectores primeros de este evangelio les escandalizaba que la Iglesia aceptara con el mismo amor a los que procedían del judaísmo y a los que llegaban del paganismo helenista. Los obreros de la primera hora eran monoteístas, mientras que los de la última hora venían del politeísmo. Pero el Dios de Jesús tenía los brazos abiertos a todos. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La moral de los judíos se basaba en los mandamientos y en la predicación de los profetas. La moral de los griegos contaba con una variada reflexión filosófica, pero tenía delante la inmoralidad de los dioses. La predicación cristiana exhortaba a unos a la humildad y a los otros a la confianza en la misericordia de Dios. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. También en nuestro tiempo hay antiguas cristiandades, orgullosas de sus hermosos templos y sus profundos escritos. Y nuevas comunidades y movimientos, que suscitan recelos y suspicacias. A todos nos pide el Señor que juzguemos cada realidad a la luz de los planes de Dios, que no siempre son nuestros planes.
LOS MÉRITOS
El evangelio que hoy se proclama parece hacerse eco de esa diversidad de Dios que ya subrayaba el profeta. El mensaje se incluye en la primera de las tres parábolas sobre las viñas que se nos proponen en este tiempo del año litúrgico. La de los jornaleros que son contratados y enviados a trabajar a diversas horas del día (Mt 20, 1-16). Al leer este texto evangélico algunos miran al pasado de la historia de la salvación. De hecho, ven en el propietario la imagen de Dios que desea contar con los hombres para llevar adelante su proyecto. Efectivamente, el hombre ha sido llamado a colaborar con Dios en el cuidado del mundo. Y ojalá lo haga con responsabilidad. Otros se fijan en el presente. Hacen una lectura social de la parábola. Y lamentan la situación de los que no encuentran trabajo, de los que no tienen voz en el concierto de la humanidad. Y tal vez descubren que estamos llamados a una solidaridad humana y a un urgente servicio al evangelio. En el plan de Dios hay trabajo para todos. Pero la parábola admite otra lectura religiosa. A veces se aplican a la comunidad de los creyentes los criterios de evaluación de un mundo basado en la producción y el consumo. Pero Dios es generoso y magnánimo. Como dice San Agustín, “al premiar nuestros méritos, corona sus propios dones”.
Y EL PREMIO
El propietario de la viña paga el mismo salario a los obreros de la primera hora y a los que fueron a la viña ya en la tarde. Y esto escandaliza a los que se creen más justos que Dios. Ese escándalo motiva la conclusión del relato. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. A los lectores primeros de este evangelio les escandalizaba que la Iglesia aceptara con el mismo amor a los que procedían del judaísmo y a los que llegaban del paganismo helenista. Los obreros de la primera hora eran monoteístas, mientras que los de la última hora venían del politeísmo. Pero el Dios de Jesús tenía los brazos abiertos a todos. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. La moral de los judíos se basaba en los mandamientos y en la predicación de los profetas. La moral de los griegos contaba con una variada reflexión filosófica, pero tenía delante la inmoralidad de los dioses. La predicación cristiana exhortaba a unos a la humildad y a los otros a la confianza en la misericordia de Dios. • “Los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”. También en nuestro tiempo hay antiguas cristiandades, orgullosas de sus hermosos templos y sus profundos escritos. Y nuevas comunidades y movimientos, que suscitan recelos y suspicacias. A todos nos pide el Señor que juzguemos cada realidad a la luz de los planes de Dios, que no siempre son nuestros planes.
Domingo 24 TO-A (por J-R Flecha)
“Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?” (Si 28, 2-4). No conviene olvidar que estas palabras del Eclesiástico son anteriores a la era cristiana.
La capacidad de perdonar a los demás es una de las señalas que nos revelan como humanos. Porque el perdón es el lenguaje del amor. Y sólo el amor nos hace ser y vivir como personas. La disposición a perdonar responde a la capacidad de amar. Quien no perdona las ofensas que ha recibido, no ama de verdad.
Según el evangelio, Pedro parece considerar excesivo perdonar siete veces al hermano (Mt 28,21). Pero Jesús responde con la fórmula simbólica del “setenta veces siete”. La expresión recuerda la vieja canción de Lámek (Gén 4, 23-24). En la enseñanza del Maestro, la venganza sin medida queda sustituida por el perdón sin medida.
UNA PARÁBOLA
La enseñanza de Jesús queda ilustrada por una parábola impresionante (Mt 18, 23-34). Un siervo debe a su señor una suma enorme de diez mil talentos, pero, después de rogarle, su deuda es perdonada totalmente. Sin embargo, este siervo trata de ahogar a otro consiervo suyo para que le pague los pocos denarios que le debe.
Es interesante comprobar que el texto griego pone el mismo ruego en la boca de ambos siervos. Es un verbo que se podría traducir así: “Ten magnanimidad para conmigo”. Como es evidente, el señor escucha la súplica del que le debe un gran capital, pero éste no es capaz de escuchar esa misma petición del que le debe una miseria.
En cambio, el texto establece una enorme diferencia entre las palabras que reflejan los sentimientos de los dos acreedores. Al señor compasivo se le conmovieron las entrañas de misericordia. En cambio, el siervo perdonado por su amo “no quiso” compadecerse. Uno estaba dispuesto a escuchar. El segundo estaba predispuesto a rechazar a su consiervo.
Tanto en la meditación como en la catequesis, somos todos demasiado moralistas. Y no está mal. Pero si nuestra moral no es teologal, se convierte en voluntariosa e impositiva. Dicho de otra forma: la contemplación precede a la exhortación. Antes de subrayar lo que hemos de hacer hay que recordar lo que Dios ha hecho con nosotros.
La parábola de los deudores es una revelación del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es una contemplación de su misericordia. Por eso, en un segundo momento, puede ser leída como una exhortación al perdón fraterno por el que se debe distinguir la comunidad de los hijos de Dios.
Y UNA PROFECÍA
Al concluir la parábola, Jesús pronuncia una frase que constituye un interrogante para todos los creyentes de todo tiempo y lugar: “Lo mismo hará mi Padre del cielo con vosotros, si no perdonáis cada uno a su hermano con vuestros corazones”. Tres detalles atraen hoy nuestra atención.
• El Padre del cielo es el Dios, clemente y “rico en misericordia”. Jesús lo conoce y se siente conocido por Él. Y sabe que el Padre celestial, espera que sus hijos compartan ese atributo con el que Él mismo se ha presentado. Ser perfectos equivale a ser misericordiosos como el Padre.
• El hermano. La relación de paternidad genera entre los hijos una relación de fraternidad. Los que nos ofenden y a aquellos a los que ofendemos no son unos extraños. Son nuestros hermanos. Y merecen participar de la compasión que el Padre ha derramado sobre todos su hijos.
• El perdón de corazón. La traducción literal del texto original griego que aquí se ofrece parece subrayar el plural de los corazones. Es como si el evangelio deseara suscitar toda una atmósfera de corazones humanos marcados por el perdón fraterno. Ése habría de ser el origen de una nueva cultura del amor.
La capacidad de perdonar a los demás es una de las señalas que nos revelan como humanos. Porque el perdón es el lenguaje del amor. Y sólo el amor nos hace ser y vivir como personas. La disposición a perdonar responde a la capacidad de amar. Quien no perdona las ofensas que ha recibido, no ama de verdad.
Según el evangelio, Pedro parece considerar excesivo perdonar siete veces al hermano (Mt 28,21). Pero Jesús responde con la fórmula simbólica del “setenta veces siete”. La expresión recuerda la vieja canción de Lámek (Gén 4, 23-24). En la enseñanza del Maestro, la venganza sin medida queda sustituida por el perdón sin medida.
UNA PARÁBOLA
La enseñanza de Jesús queda ilustrada por una parábola impresionante (Mt 18, 23-34). Un siervo debe a su señor una suma enorme de diez mil talentos, pero, después de rogarle, su deuda es perdonada totalmente. Sin embargo, este siervo trata de ahogar a otro consiervo suyo para que le pague los pocos denarios que le debe.
Es interesante comprobar que el texto griego pone el mismo ruego en la boca de ambos siervos. Es un verbo que se podría traducir así: “Ten magnanimidad para conmigo”. Como es evidente, el señor escucha la súplica del que le debe un gran capital, pero éste no es capaz de escuchar esa misma petición del que le debe una miseria.
En cambio, el texto establece una enorme diferencia entre las palabras que reflejan los sentimientos de los dos acreedores. Al señor compasivo se le conmovieron las entrañas de misericordia. En cambio, el siervo perdonado por su amo “no quiso” compadecerse. Uno estaba dispuesto a escuchar. El segundo estaba predispuesto a rechazar a su consiervo.
Tanto en la meditación como en la catequesis, somos todos demasiado moralistas. Y no está mal. Pero si nuestra moral no es teologal, se convierte en voluntariosa e impositiva. Dicho de otra forma: la contemplación precede a la exhortación. Antes de subrayar lo que hemos de hacer hay que recordar lo que Dios ha hecho con nosotros.
La parábola de los deudores es una revelación del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es una contemplación de su misericordia. Por eso, en un segundo momento, puede ser leída como una exhortación al perdón fraterno por el que se debe distinguir la comunidad de los hijos de Dios.
Y UNA PROFECÍA
Al concluir la parábola, Jesús pronuncia una frase que constituye un interrogante para todos los creyentes de todo tiempo y lugar: “Lo mismo hará mi Padre del cielo con vosotros, si no perdonáis cada uno a su hermano con vuestros corazones”. Tres detalles atraen hoy nuestra atención.
• El Padre del cielo es el Dios, clemente y “rico en misericordia”. Jesús lo conoce y se siente conocido por Él. Y sabe que el Padre celestial, espera que sus hijos compartan ese atributo con el que Él mismo se ha presentado. Ser perfectos equivale a ser misericordiosos como el Padre.
• El hermano. La relación de paternidad genera entre los hijos una relación de fraternidad. Los que nos ofenden y a aquellos a los que ofendemos no son unos extraños. Son nuestros hermanos. Y merecen participar de la compasión que el Padre ha derramado sobre todos su hijos.
• El perdón de corazón. La traducción literal del texto original griego que aquí se ofrece parece subrayar el plural de los corazones. Es como si el evangelio deseara suscitar toda una atmósfera de corazones humanos marcados por el perdón fraterno. Ése habría de ser el origen de una nueva cultura del amor.
Corrección y oración (por J-R Flecha)
“La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo, nadie ve bien sus faltas. Por eso, es un acto de amor, para complementarnos unos a otros, para ayudarnos a vernos mejor, para corregirnos”. Así lo decía el papa Benedicto XVI en octubre de 2005, en la apertura del Sínodo de Obispos.
Comentando la incongruencia de los amigos que recriminan a Job sus pecados, comentaba el teólogo leonés Fray Cipriano de la Huerga, “El que asume para sí esa incomodidad que es echar en cara las faltas de los demás y reprender sus vicios, debe estar exento de todo pecado. No puede el ojo en el que cae un poquito de polvo o padece de conjuntivitis ver con claridad las manchas de los restantes miembros, ni la mano llena de suciedad quitar las manchas contraídas en otras partes del cuerpo”.
Recibir la corrección y corregir a los demás es un signo de libertad personal. De hecho, significa reconocer la preeminencia del bien y de la rectitud por encima de nuestros intereses o nuestros miedos particulares. Todos necesitamos ser corregidos. Por nuestro bien personal, pero también por el bien de la comunidad a la que nos debemos.
AYUDA FRATERNA
El profeta Ezequiel ya había desarrollado la teoría de la corrección y la responsabilidad moral que ésta implica. Sabe él que ha sido constituido por Dios como centinela de su pueblo. Y el centinela tiene la misión de advertir a su gente sobre los peligros que le pueden sobrevenir (Ez 33, 7-9.
En el evangelio de hoy se evidencia la necesidad de corregir al hermano que olvida los ideales de la comunidad y se establece un itinerario para la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te escucha, has salvado a tu hermano. Si no te escucha, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, considéralo como un pagano o un publicano. (Mt 18, 15-17).
Necesitamos un sabio discernimiento sobre nuestra vocación y sobre la realización concreta de la misma. Todos hemos de aprender a dejarnos corregir. Todos tenemos la tentación de absolvernos a nosotros mismos. Es preciso reconocer los propios errores y la necesidad de una ayuda fraterna para encontrar de nuevo el camino recto. .
UNA ORACIÓN SINFÓNICA
A la corrección fraterna, Jesús une la oración fraterna: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). De las reflexiones que sugiere este texto, basta subrayar solamente dos.
• El acuerdo para la oración. El texto original emplea un verbo que evoca la “sinfonía” de las voces. Así pues, se nos dice que de poco o nada vale la oración que brota de los corazones que viven en discordia. En ese caso, el cielo no puede escuchar lo que brota de la tierra. El Dios amor espera oír el amor de sus hijos convertido en oración.
• La presencia del Señor. Con acertada ironía se dice que el Señor no nos encontrará unidos, pero sí reunidos. Pues bien, según el mensaje evangélico, Jesús sólo puede ser encontrado por los que se reúnen “en su nombre”, es decir, escuchando su palabra y tratando de llevarla a la vida diaria con humildad y decisión.
Comentando la incongruencia de los amigos que recriminan a Job sus pecados, comentaba el teólogo leonés Fray Cipriano de la Huerga, “El que asume para sí esa incomodidad que es echar en cara las faltas de los demás y reprender sus vicios, debe estar exento de todo pecado. No puede el ojo en el que cae un poquito de polvo o padece de conjuntivitis ver con claridad las manchas de los restantes miembros, ni la mano llena de suciedad quitar las manchas contraídas en otras partes del cuerpo”.
Recibir la corrección y corregir a los demás es un signo de libertad personal. De hecho, significa reconocer la preeminencia del bien y de la rectitud por encima de nuestros intereses o nuestros miedos particulares. Todos necesitamos ser corregidos. Por nuestro bien personal, pero también por el bien de la comunidad a la que nos debemos.
AYUDA FRATERNA
El profeta Ezequiel ya había desarrollado la teoría de la corrección y la responsabilidad moral que ésta implica. Sabe él que ha sido constituido por Dios como centinela de su pueblo. Y el centinela tiene la misión de advertir a su gente sobre los peligros que le pueden sobrevenir (Ez 33, 7-9.
En el evangelio de hoy se evidencia la necesidad de corregir al hermano que olvida los ideales de la comunidad y se establece un itinerario para la corrección fraterna: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te escucha, has salvado a tu hermano. Si no te escucha, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, considéralo como un pagano o un publicano. (Mt 18, 15-17).
Necesitamos un sabio discernimiento sobre nuestra vocación y sobre la realización concreta de la misma. Todos hemos de aprender a dejarnos corregir. Todos tenemos la tentación de absolvernos a nosotros mismos. Es preciso reconocer los propios errores y la necesidad de una ayuda fraterna para encontrar de nuevo el camino recto. .
UNA ORACIÓN SINFÓNICA
A la corrección fraterna, Jesús une la oración fraterna: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del Cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 19-20). De las reflexiones que sugiere este texto, basta subrayar solamente dos.
• El acuerdo para la oración. El texto original emplea un verbo que evoca la “sinfonía” de las voces. Así pues, se nos dice que de poco o nada vale la oración que brota de los corazones que viven en discordia. En ese caso, el cielo no puede escuchar lo que brota de la tierra. El Dios amor espera oír el amor de sus hijos convertido en oración.
• La presencia del Señor. Con acertada ironía se dice que el Señor no nos encontrará unidos, pero sí reunidos. Pues bien, según el mensaje evangélico, Jesús sólo puede ser encontrado por los que se reúnen “en su nombre”, es decir, escuchando su palabra y tratando de llevarla a la vida diaria con humildad y decisión.
22º TO-A Perder y encontrar la vida (por J-R Flecha)
Jesús pregunta a sus discípulos quién es Él para ellos. Y Pedro responde con admirable firmeza: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Con esa confesión de fe nos sentimos identificados los que, por gracia de Dios, hemos descubierto en Jesús a nuestro Señor y Salvador. Jesús es para nosotros el Mesías enviado por Dios.
Sin embargo, de sobra sabemos que nuestra percepción no siempre responde a la realidad. Entonces como ahora, muchos imaginan un Mesías poderoso y vengativo. Sobre él cuelgan sus propias expectativas y la reivindicación de sus ideales políticos. Pero el Mesías enviado por Dios pasa por la cruz.
Y de nuevo hemos de sentirnos identificados con la protesta de Pedro: “No lo permita Dios, Señor”. También a nosotros nos horroriza la visión del sacrificio y de la cruz. Vemos a Dios como una fuente de sanación. Pero rechazamos el mensaje que vincula la sanación a la conversión y a la renuncia a nuestros intereses particulares o tribales.
EL PENSAMIENTO
Pero el mensaje de Jesús no puede compararse con una póliza de seguros. Nuestra búsqueda de la comodidad y del éxito es comprensible. Pero el evangelio no se deja domesticar por nuestros deseos de seguridad. Jesús es fiel a la misión que le ha sido confiada. Y esa misión pone en riesgo su propia vida. Y la nuestra.
El evangelio que hoy se proclama (Mt 16, 21-27) nos recuerda el contraste entre nuestras ilusiones y la verdad del mensaje de Jesús. Llevado de su espontaneidad, Pedro se convierte en fuente de escándalo, es decir, en piedra de tropiezo. No es extraño que Jesús le descubra el profundo error de su protesta: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”.
No es nuestro pensamiento el que nos salva. No es nuestra razón la que nos garantiza la felicidad. Los ídolos tienen boca, pero no hablan. Pero nuestro Dios nos ha revelado el camino de la verdad y de la vida. Su última palabra se ha hecho carne en Jesucristo. Escuchándole a Él podemos prestar atención al pensamiento de Dios.
El obispo Fulton Sheen escribió que Jesús es inseparable de su cruz. Quien rechaza la cruz, terminará por perder a Jesucristo. Quien la acepta, tarde o temprano se encontrará con el Cristo que viene siempre a abrazarse con ella. Quien sólo ve a Dios como una garantía de paz o de ganancias, terminará en un ateísmo práctico.
LA VIDA
De hecho, tras la respuesta que Jesús dirige a Pedro, en el evangelio se incluye una frase que parece una reflexión sapiencial, fruto de una experiencia universal: “Si uno quiere salvar la vida la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará”. La revelación de la misión de Jesús lleva consigo la revelación de la suerte humana.
• Salvar y perder. Cuando estalla el fuego y las llamas se apoderan de la casa, es una locura tratar de salvar las cosas que uno ha ido acumulando. Por salvar sus posesiones, puede uno perder su propia vida. En los momentos de crisis es cuando descubrimos la verdad de lo que realmente vale.
• Perder y encontrar. “Andando enamorada, me hice perdidiza y fui ganada”. Así canta San Juan de la cruz la aventura del alma que no hace caso de sus cosas sino de las que tocan al Amado. Perder la propia vida en aras de la fe, nos otorga la esperanza de encontrarla, plena y renovada para siempre, en el amor de los amores.
Sin embargo, de sobra sabemos que nuestra percepción no siempre responde a la realidad. Entonces como ahora, muchos imaginan un Mesías poderoso y vengativo. Sobre él cuelgan sus propias expectativas y la reivindicación de sus ideales políticos. Pero el Mesías enviado por Dios pasa por la cruz.
Y de nuevo hemos de sentirnos identificados con la protesta de Pedro: “No lo permita Dios, Señor”. También a nosotros nos horroriza la visión del sacrificio y de la cruz. Vemos a Dios como una fuente de sanación. Pero rechazamos el mensaje que vincula la sanación a la conversión y a la renuncia a nuestros intereses particulares o tribales.
EL PENSAMIENTO
Pero el mensaje de Jesús no puede compararse con una póliza de seguros. Nuestra búsqueda de la comodidad y del éxito es comprensible. Pero el evangelio no se deja domesticar por nuestros deseos de seguridad. Jesús es fiel a la misión que le ha sido confiada. Y esa misión pone en riesgo su propia vida. Y la nuestra.
El evangelio que hoy se proclama (Mt 16, 21-27) nos recuerda el contraste entre nuestras ilusiones y la verdad del mensaje de Jesús. Llevado de su espontaneidad, Pedro se convierte en fuente de escándalo, es decir, en piedra de tropiezo. No es extraño que Jesús le descubra el profundo error de su protesta: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”.
No es nuestro pensamiento el que nos salva. No es nuestra razón la que nos garantiza la felicidad. Los ídolos tienen boca, pero no hablan. Pero nuestro Dios nos ha revelado el camino de la verdad y de la vida. Su última palabra se ha hecho carne en Jesucristo. Escuchándole a Él podemos prestar atención al pensamiento de Dios.
El obispo Fulton Sheen escribió que Jesús es inseparable de su cruz. Quien rechaza la cruz, terminará por perder a Jesucristo. Quien la acepta, tarde o temprano se encontrará con el Cristo que viene siempre a abrazarse con ella. Quien sólo ve a Dios como una garantía de paz o de ganancias, terminará en un ateísmo práctico.
LA VIDA
De hecho, tras la respuesta que Jesús dirige a Pedro, en el evangelio se incluye una frase que parece una reflexión sapiencial, fruto de una experiencia universal: “Si uno quiere salvar la vida la perderá, pero el que la pierda por mí la encontrará”. La revelación de la misión de Jesús lleva consigo la revelación de la suerte humana.
• Salvar y perder. Cuando estalla el fuego y las llamas se apoderan de la casa, es una locura tratar de salvar las cosas que uno ha ido acumulando. Por salvar sus posesiones, puede uno perder su propia vida. En los momentos de crisis es cuando descubrimos la verdad de lo que realmente vale.
• Perder y encontrar. “Andando enamorada, me hice perdidiza y fui ganada”. Así canta San Juan de la cruz la aventura del alma que no hace caso de sus cosas sino de las que tocan al Amado. Perder la propia vida en aras de la fe, nos otorga la esperanza de encontrarla, plena y renovada para siempre, en el amor de los amores.
Tú eres Pedro (por J-R Flecha)
LA OPINIÓN Y LA VERDAD
Pues bien, estas preguntas no quedan lejos del evangelio que hoy se proclama (Mt 16, 13-20). Jesús se retira con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. El lugar parece una encrucijada, elegido a propósito por el Maestro. Allí se ha adorado con frecuencia a otros dioses. Y allí manan las frescas aguas del Jordán.
El lugar parece apropiado. La montaña y el manantial son una invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida y las posibilidades de la realización personal. Todo se convierte en llamada y vocación. La naturaleza misma convida al peregrino a escuchar la palabra de Dios para elegir con acierto el camino de su vida. Ahí formula Jesús las preguntas fundamentales:
• “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Para responder a esta pregunta basta con prestar atención a las voces, opiniones y comentarios de las gentes. Sólo se requiere información. Y, por el momento, eso no compromete demasiado. Uno puede saber mucho sobre Jesús y no dar un paso para seguirlo.
• “Y vosotros, quién decís que soy yo?” Para responder a esta segunda pregunta es necesario bajar al fondo del propio corazón. Jesús nos pregunta qué significa Él para nosotros. Y no basta responder con datos aprendidos de memoria. Es preciso examinar la honda verdad de la propia existencia y la decisión personal de seguirlo por el camino.
LA CONFESIÓN Y LA BENDICIÓN
En el centro del relato se encuentra el breve diálogo de Jesús con Pedro. Cientos de libros se han dedicado a comentar este cruce de declaraciones:
• “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pedro representa por un momento a todos los que hemos oído las ofertas de todos los pretendidos salvadores de este mundo. Con su confesión representa sobre todo a quienes hemos confesado que sólo Jesús es el Ungido y Enviado por Dios para salvarnos.
• “Dichoso tú, Simón, porque eso …te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo”. En los evangelios se pueden encontrar diversas bienaventuranzas o felicitaciones. Esta bendición subraya la pobreza de nuestros hallazgos humanos. Y proclama la compasión de Dios que nos ha revelado su voluntad, desvelando al mismo tiempo nuestra suerte.
• “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. El juego original de palabras indica que Pedro es esa piedra. El pescador de Galilea es la base de la comunidad. También lo serán sus sucesores. Nadie puede decir que obedece a Dios cuando ignora a aquel al que Dios ha revelado el misterio de su Hijo.
- Señor Jesús, también hoy nos diriges esas preguntas fundamentales para nuestra felicidad y nuestra fe. Que tu Espíritu ayude a los jóvenes a escucharlas y darles una respuesta viva. Y que el Padre nos revele siempre su voluntad y su amor. Amén.
Pues bien, estas preguntas no quedan lejos del evangelio que hoy se proclama (Mt 16, 13-20). Jesús se retira con sus discípulos a la región de Cesarea de Filipo. El lugar parece una encrucijada, elegido a propósito por el Maestro. Allí se ha adorado con frecuencia a otros dioses. Y allí manan las frescas aguas del Jordán.
El lugar parece apropiado. La montaña y el manantial son una invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida y las posibilidades de la realización personal. Todo se convierte en llamada y vocación. La naturaleza misma convida al peregrino a escuchar la palabra de Dios para elegir con acierto el camino de su vida. Ahí formula Jesús las preguntas fundamentales:
• “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Para responder a esta pregunta basta con prestar atención a las voces, opiniones y comentarios de las gentes. Sólo se requiere información. Y, por el momento, eso no compromete demasiado. Uno puede saber mucho sobre Jesús y no dar un paso para seguirlo.
• “Y vosotros, quién decís que soy yo?” Para responder a esta segunda pregunta es necesario bajar al fondo del propio corazón. Jesús nos pregunta qué significa Él para nosotros. Y no basta responder con datos aprendidos de memoria. Es preciso examinar la honda verdad de la propia existencia y la decisión personal de seguirlo por el camino.
LA CONFESIÓN Y LA BENDICIÓN
En el centro del relato se encuentra el breve diálogo de Jesús con Pedro. Cientos de libros se han dedicado a comentar este cruce de declaraciones:
• “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pedro representa por un momento a todos los que hemos oído las ofertas de todos los pretendidos salvadores de este mundo. Con su confesión representa sobre todo a quienes hemos confesado que sólo Jesús es el Ungido y Enviado por Dios para salvarnos.
• “Dichoso tú, Simón, porque eso …te lo ha revelado mi Padre que está en el cielo”. En los evangelios se pueden encontrar diversas bienaventuranzas o felicitaciones. Esta bendición subraya la pobreza de nuestros hallazgos humanos. Y proclama la compasión de Dios que nos ha revelado su voluntad, desvelando al mismo tiempo nuestra suerte.
• “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. El juego original de palabras indica que Pedro es esa piedra. El pescador de Galilea es la base de la comunidad. También lo serán sus sucesores. Nadie puede decir que obedece a Dios cuando ignora a aquel al que Dios ha revelado el misterio de su Hijo.
- Señor Jesús, también hoy nos diriges esas preguntas fundamentales para nuestra felicidad y nuestra fe. Que tu Espíritu ayude a los jóvenes a escucharlas y darles una respuesta viva. Y que el Padre nos revele siempre su voluntad y su amor. Amén.
El desafío de la globalización (por J-R Flecha)
La globalización es uno de los tres grandes desafíos con que la humanidad se enfrenta en el momento actual. Los otros dos son el descubrimiento y aceptación de la verdad misma del ser-hombre y la comprensión y gestión del pluralismo y de las diferencias.
La globalización es sobre todo un fenómeno mediático. Nuestra mirada puede presenciar casi todo lo que ocurre en el mundo. De una forma más o menos filtrada, nos llegan casi todos los sonidos de la humanidad. El mundo se nos ha hecho más pequeño.
Por otra parte, los medios de producción y los productos de consumo provienen de todas las partes del mundo. Los productos de cualquier parte del planeta llegan cada día hasta nuestra mesa. Y hasta los valores éticos son compartidos por las personas de cualquier parte del planeta. Realmente vivimos en “la aldea global”.
Sin embargo, la globalización de la información y los medios, de los bienes y productos, de las ideas y de los valores suscita cada vez con más fuerza la afirmación de las diferencias entre los grupos sociales y las personas. La globalidad es percibida como un logro y como una amenaza para la libertad y del sujeto.
Junto con las noticias, los bienes y las ideas, la globalización ha acercado también a las personas y ha facilitado los movimientos de gentes y las migraciones. Se quiera o no, la pluralidad es hoy una realidad palpable, cruzada por numerosas demandas sociales.
El fenómeno de las migraciones, siempre presente a lo largo de la historia, se ha convertido hoy en un fenómeno nuevo, no tanto por los movimientos de masas como por la conciencia del valor y superioridad de la propia cultura que llevan consigo los inmigrantes. Muchos de los rasgos típicos del encuentro intercultural son bien conocidos por el recuerdo de movimientos históricos del pasado. Sin embargo, hoy se plantea con nueva fuerza la cuestión del diálogo multicultural así como las diversas alternativas que se ofrecen con motivo de ese encuentro.
Al mismo tiempo, el fenómeno de la globalización suscita en los individuos y en las comunidades la afirmación de la propia identidad. El individualismo no es una moda pasajera: constituye en muchos casos un dramático recurso de defensa de la intimidad personal.
Esa afirmación de lo propio se traduce en continuas reivindicaciones de las notas características de las identidades locales, regionales o nacionales. La libertad de decisión personal encuentra su reflejo en la proclamación de la autonomía personal y política.
Por otra parte, la pluralidad de hecho parece exigir una pluralidad de valores. Es precisamente ahí donde se plantean las cuestiones más importantes. El pluralismo resulta aceptable, y hasta rentable económicamente, cuando se limita al ámbito de los gustos, las modas o el folklore. Pero los problemas se plantean cuando se instala en el terreno ético.
La globalización es sobre todo un fenómeno mediático. Nuestra mirada puede presenciar casi todo lo que ocurre en el mundo. De una forma más o menos filtrada, nos llegan casi todos los sonidos de la humanidad. El mundo se nos ha hecho más pequeño.
Por otra parte, los medios de producción y los productos de consumo provienen de todas las partes del mundo. Los productos de cualquier parte del planeta llegan cada día hasta nuestra mesa. Y hasta los valores éticos son compartidos por las personas de cualquier parte del planeta. Realmente vivimos en “la aldea global”.
Sin embargo, la globalización de la información y los medios, de los bienes y productos, de las ideas y de los valores suscita cada vez con más fuerza la afirmación de las diferencias entre los grupos sociales y las personas. La globalidad es percibida como un logro y como una amenaza para la libertad y del sujeto.
Junto con las noticias, los bienes y las ideas, la globalización ha acercado también a las personas y ha facilitado los movimientos de gentes y las migraciones. Se quiera o no, la pluralidad es hoy una realidad palpable, cruzada por numerosas demandas sociales.
El fenómeno de las migraciones, siempre presente a lo largo de la historia, se ha convertido hoy en un fenómeno nuevo, no tanto por los movimientos de masas como por la conciencia del valor y superioridad de la propia cultura que llevan consigo los inmigrantes. Muchos de los rasgos típicos del encuentro intercultural son bien conocidos por el recuerdo de movimientos históricos del pasado. Sin embargo, hoy se plantea con nueva fuerza la cuestión del diálogo multicultural así como las diversas alternativas que se ofrecen con motivo de ese encuentro.
Al mismo tiempo, el fenómeno de la globalización suscita en los individuos y en las comunidades la afirmación de la propia identidad. El individualismo no es una moda pasajera: constituye en muchos casos un dramático recurso de defensa de la intimidad personal.
Esa afirmación de lo propio se traduce en continuas reivindicaciones de las notas características de las identidades locales, regionales o nacionales. La libertad de decisión personal encuentra su reflejo en la proclamación de la autonomía personal y política.
Por otra parte, la pluralidad de hecho parece exigir una pluralidad de valores. Es precisamente ahí donde se plantean las cuestiones más importantes. El pluralismo resulta aceptable, y hasta rentable económicamente, cuando se limita al ámbito de los gustos, las modas o el folklore. Pero los problemas se plantean cuando se instala en el terreno ético.
Domingo 20 TO_A (por J-R Flecha)
El evangelio que hoy se proclama coloca a Jesús en el país de Tiro y Sidón, es decir en la antigua tierra de Fenicia (Mt 15, 21-28). Es un ambiente pagano. De allí procedía la reina Jezabel, que trató de implantar en Israel, el culto a Baal. Y allí envió Dios al profeta Elías para encontrarse con una mujer pobre y creyente.
El texto del evangelio nos recuerda la figura de Elías. También Jesús es un profeta y más que profeta. En él, el poder de Dios se extiende mas allá de las fronteras de su pueblo. Si él ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel, sus discípulos tendrán que abrirse un día a un horizonte universal.
El encuentro de Jesús con la mujer cananea parece escandalizar a algunos cristianos por la aparente crudeza del Maestro. Sin embargo, este texto no tiene desperdicio. Es un evangelio dentro del evangelio. Una especie de parábola en acción. Y un texto programático para la comunidad cristiana de todos los tiempos.
LAS MIGAJAS Y LOS PERROS
Esta mujer pagana no tiene un nombre. Sólo tiene un dolor. Y una necesidad. Su hija está enferma. Según el lenguaje de su tiempo. “tiene un demonio muy malo”. Como el niño que se encuentra Jesús al bajar del monte de la transfiguración (Mt 17, 14-21). En ambas situaciones el sufrimiento humano suscita la oración e interpela a la fe.
En el caso del “endemoniado” epiléptico” el que ora es un padre, al parecer judío. Ahora es una madre cananea que descubre la presencia del Maestro y le pide que cure a su hija enferma. En este relato sobresalen las tres frases con la que esta anónima mujer pagana se dirige a Jesús.
• “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Es sorprendente que una mujer pagana reconozca a Jesús como Hijo de David, titulo eminentemente judío que también invoca el ciego de Jericó (Mc 10,47).
• “Señor, socórreme”. Hay pocas oraciones tan breves como ésta, en la que una madre se identifica con su hija. En ella se cruzan dos direcciones. La súplica revela a la vez su amor maternal hacia la hija y su confianza hacia el Señor.
• “Tienes razón, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. De forma intencionada, Jesús había aludido al desprecio que los judíos profesaban a los paganos, pero esta mujer anticipa el alcance universal de la salvación.
LOS DESEOS Y LA FE
Todo el relato nos recuerda el diálogo de Abraham con su Dios (Gén 18, 22-33) y los típicos regateos del oriente. Quien desea conseguir algo importante es incansable en su insistencia. Ante los ruegos de la cananea, Jesús revela su propia compasión y el núcleo de su mensaje:“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.
• La fe no es sólo la aceptación de una verdad abstracta. Es, sobre todo, la confianza en el poder y la bondad de Dios. En este caso, la fe se identifica con el reconocimiento de Jesús como el enviado por Dios.
• Los deseos humanos definen a la persona. En nosotros forman un ovillo casi siempre enmarañado. En el fondo de nuestro corazón hay deseos de verdad, de bondad y de belleza. Pero hay también turbios deseos que necesitan la purificación que aporta la fe.
• El cumplimiento de nuestros deseos, aunque nos traiga satisfacción, no siempre equivale a la felicidad. Felices nosotros si el Señor acoge nuestros buenos deseos y, en su bondad, les da cumplimiento.
- Señor Jesús, tú conoces nuestras verdaderas necesidades y la sinceridad de nuestra fe. Ten piedad de nosotros. Y danos un corazón atento y sensible a las necesidades de los demás. Amén.
El texto del evangelio nos recuerda la figura de Elías. También Jesús es un profeta y más que profeta. En él, el poder de Dios se extiende mas allá de las fronteras de su pueblo. Si él ha sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel, sus discípulos tendrán que abrirse un día a un horizonte universal.
El encuentro de Jesús con la mujer cananea parece escandalizar a algunos cristianos por la aparente crudeza del Maestro. Sin embargo, este texto no tiene desperdicio. Es un evangelio dentro del evangelio. Una especie de parábola en acción. Y un texto programático para la comunidad cristiana de todos los tiempos.
LAS MIGAJAS Y LOS PERROS
Esta mujer pagana no tiene un nombre. Sólo tiene un dolor. Y una necesidad. Su hija está enferma. Según el lenguaje de su tiempo. “tiene un demonio muy malo”. Como el niño que se encuentra Jesús al bajar del monte de la transfiguración (Mt 17, 14-21). En ambas situaciones el sufrimiento humano suscita la oración e interpela a la fe.
En el caso del “endemoniado” epiléptico” el que ora es un padre, al parecer judío. Ahora es una madre cananea que descubre la presencia del Maestro y le pide que cure a su hija enferma. En este relato sobresalen las tres frases con la que esta anónima mujer pagana se dirige a Jesús.
• “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”. Es sorprendente que una mujer pagana reconozca a Jesús como Hijo de David, titulo eminentemente judío que también invoca el ciego de Jericó (Mc 10,47).
• “Señor, socórreme”. Hay pocas oraciones tan breves como ésta, en la que una madre se identifica con su hija. En ella se cruzan dos direcciones. La súplica revela a la vez su amor maternal hacia la hija y su confianza hacia el Señor.
• “Tienes razón, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. De forma intencionada, Jesús había aludido al desprecio que los judíos profesaban a los paganos, pero esta mujer anticipa el alcance universal de la salvación.
LOS DESEOS Y LA FE
Todo el relato nos recuerda el diálogo de Abraham con su Dios (Gén 18, 22-33) y los típicos regateos del oriente. Quien desea conseguir algo importante es incansable en su insistencia. Ante los ruegos de la cananea, Jesús revela su propia compasión y el núcleo de su mensaje:“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.
• La fe no es sólo la aceptación de una verdad abstracta. Es, sobre todo, la confianza en el poder y la bondad de Dios. En este caso, la fe se identifica con el reconocimiento de Jesús como el enviado por Dios.
• Los deseos humanos definen a la persona. En nosotros forman un ovillo casi siempre enmarañado. En el fondo de nuestro corazón hay deseos de verdad, de bondad y de belleza. Pero hay también turbios deseos que necesitan la purificación que aporta la fe.
• El cumplimiento de nuestros deseos, aunque nos traiga satisfacción, no siempre equivale a la felicidad. Felices nosotros si el Señor acoge nuestros buenos deseos y, en su bondad, les da cumplimiento.
- Señor Jesús, tú conoces nuestras verdaderas necesidades y la sinceridad de nuestra fe. Ten piedad de nosotros. Y danos un corazón atento y sensible a las necesidades de los demás. Amén.
Naturaleza y Fe (19ª TO por J-R Flecha)
Nuestra avidez está destrozando la naturaleza. La hemos considerado como un montón de objetos. Sólo eso. La hemos violado para enriquecernos con sus tesoros. La hemos convertido en un artículo de compraventa. No es extraño que, de vez en cuando, se alborote y nos recuerde su grandeza y majestad. La naturaleza es bella, pero es también temible.
Siguiendo a San Agustín, los teólogos medievales hablaron con frecuencia del libro de la naturaleza. En él podemos leer ese mensaje de Dios que se dirige a los hombres y mujeres de todas las culturas y de todas las religiones. En la creación se puede descubrir algo de la grandeza de su Creador.
Su belleza nos cautiva y nos invita a la contemplación y a la oración. El fuego, y el viento, la tierra y el agua nos acompañan con su música. Los grandes místicos han visto en la naturaleza un don de Dios y un camino para llegar a Él. Francisco de Asís alababa a Dios por esos elementos a los que él consideraba sus “hermanos”. Juan de la Cruz cantaba las mil gracias que el Señor ha derramado sobre todas las criaturas.
EL MIEDO
En el evangelio que hoy se proclama, los discípulos de Jesús se encuentran navegando en medio del mar de Galilea. Muchos de ellos son pescadores y conocen bien el lago. Pero en esta ocasión, el viento les es contrario y la barca navega con dificultad, sacudida por las olas. Es de noche y la travesía se hace fatigosa (Mt 14, 22-33).
En las páginas bíblicas, el mar es visto a veces como un símbolo del mal. En este relato evangélico, la naturaleza se nos presenta como la metáfora de la historia. De una historia que con frecuencia se muestra hostil. Antes y ahora, los discípulos de Jesús tienen que remar con fuerza para dominar las olas y mantener el rumbo.
Por otra parte, Jesús está lejos. Se ha retirado al monte para orar, a solas. Y los discípulos se sienten abandonados. A lo largo de los tiempos, los cristianos hemos caído en la tentación de sentirnos abandonados por Aquel que nos ha llamado a seguirlo. La confianza en el Maestro ha dejado lugar al miedo.
LA ORACION
La noche deja paso a la alborada. Al amanecer Jesús se acerca a los que reman con fatiga contra el viento. Sus palabras animan a los discípulos y, a la vez, los interpelan por su poca fe. El evangelio recoge también tres frases con las que ellos reflejan nuestra angustia. Son tres oraciones para todos los tiempos:
• “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Esta petición de Pedro puede sonar como un tanto petulante. El discípulo parece someter a prueba a su Maestro. Pero revela también su anhelo de acercarse al que reconoce como su Señor.
• “Señor, sálvame”. Nuestro orgullo y nuestra necedad nos pierden. Nos ponemos en una situación imposible y culpamos a Dios de los desastres que han provocado nuestras dudas. Nadie puede pretender fáciles milagros que vengan a remediar nuestra imprudencia.
• “Realmente eres Hijo de Dios”. Pedro ha pretendido distanciarse de la comunidad y se ha hundido. La comunidad permanece en la barca y rema. A ella viene Jesús. Junto a las dos súplicas de Pedro, se oye la voz de la comunidad que adora a su Señor y confiesa su fe.
- Señor Jesús, tú sabes bien que estos son momentos difíciles para tus discípulos. Las olas y el viento azotan la barca, mientras somos tentados por el miedo y por la duda. Acércate a nosotros y escucha nuestra oración suplicante y confiada. Amén.
Siguiendo a San Agustín, los teólogos medievales hablaron con frecuencia del libro de la naturaleza. En él podemos leer ese mensaje de Dios que se dirige a los hombres y mujeres de todas las culturas y de todas las religiones. En la creación se puede descubrir algo de la grandeza de su Creador.
Su belleza nos cautiva y nos invita a la contemplación y a la oración. El fuego, y el viento, la tierra y el agua nos acompañan con su música. Los grandes místicos han visto en la naturaleza un don de Dios y un camino para llegar a Él. Francisco de Asís alababa a Dios por esos elementos a los que él consideraba sus “hermanos”. Juan de la Cruz cantaba las mil gracias que el Señor ha derramado sobre todas las criaturas.
EL MIEDO
En el evangelio que hoy se proclama, los discípulos de Jesús se encuentran navegando en medio del mar de Galilea. Muchos de ellos son pescadores y conocen bien el lago. Pero en esta ocasión, el viento les es contrario y la barca navega con dificultad, sacudida por las olas. Es de noche y la travesía se hace fatigosa (Mt 14, 22-33).
En las páginas bíblicas, el mar es visto a veces como un símbolo del mal. En este relato evangélico, la naturaleza se nos presenta como la metáfora de la historia. De una historia que con frecuencia se muestra hostil. Antes y ahora, los discípulos de Jesús tienen que remar con fuerza para dominar las olas y mantener el rumbo.
Por otra parte, Jesús está lejos. Se ha retirado al monte para orar, a solas. Y los discípulos se sienten abandonados. A lo largo de los tiempos, los cristianos hemos caído en la tentación de sentirnos abandonados por Aquel que nos ha llamado a seguirlo. La confianza en el Maestro ha dejado lugar al miedo.
LA ORACION
La noche deja paso a la alborada. Al amanecer Jesús se acerca a los que reman con fatiga contra el viento. Sus palabras animan a los discípulos y, a la vez, los interpelan por su poca fe. El evangelio recoge también tres frases con las que ellos reflejan nuestra angustia. Son tres oraciones para todos los tiempos:
• “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Esta petición de Pedro puede sonar como un tanto petulante. El discípulo parece someter a prueba a su Maestro. Pero revela también su anhelo de acercarse al que reconoce como su Señor.
• “Señor, sálvame”. Nuestro orgullo y nuestra necedad nos pierden. Nos ponemos en una situación imposible y culpamos a Dios de los desastres que han provocado nuestras dudas. Nadie puede pretender fáciles milagros que vengan a remediar nuestra imprudencia.
• “Realmente eres Hijo de Dios”. Pedro ha pretendido distanciarse de la comunidad y se ha hundido. La comunidad permanece en la barca y rema. A ella viene Jesús. Junto a las dos súplicas de Pedro, se oye la voz de la comunidad que adora a su Señor y confiesa su fe.
- Señor Jesús, tú sabes bien que estos son momentos difíciles para tus discípulos. Las olas y el viento azotan la barca, mientras somos tentados por el miedo y por la duda. Acércate a nosotros y escucha nuestra oración suplicante y confiada. Amén.
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