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La vigilancia, una llamada a la esperanza Mc13,33-37 (ADV1-23)

1. El evangelio de Marcos propio del Ciclo B que inauguramos con este Adviento, insiste en el tema de la carta de Pablo. El c. 13 de Marcos se conoce como el "discurso escatológico" porque se afrontan las cosas que se refieren al final de la vida y de los tiempos. Es un discurso que tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época que estaba muy determinada para la irrupción del juicio de Dios para cambiar el rumbo de la historia. Los otros evangelistas lo tomarían de Marcos y lo acomodarían a sus propias ideas. En todo caso, este discurso no corresponde exactamente a la idea que Jesús de Nazaret tenía sobre el fin del mundo o sobre la consumación de la historia.


2. Es bastante aceptado que es un discurso elaborado posteriormente, en situaciones nuevas y de crisis, sobre una “tradición” de Jesús y también de algo sucedido en tiempo del emperador Calígula. Aquí, el evangelista, se vale de la parábola del portero que recibe poderes para vigilar la casa hasta que el dueño vuelva. Estamos ante el final del discurso, y se ve que es como una especie de consecuencia que saca, el redactor del evangelio, de la tradición que le ha llegado a raíz de los acontecimientos que han podido marcar la crisis de Calígula, un hombre que no era agraciado ni en el cuerpo ni en el espíritu, como cuenta de él Suetonio (Calig., L). Los judíos habían derribado un altar pagano en Yamnia, y el emperador mandó hacer en el templo de Jerusalén un altar a Zeus. Para los judíos y los judeo-cristianos supuso una crisis de resistencia como oprimidos frente al poder del mundo. En aquél entonces algunos judeo-cristianos no habían roto todavía con el judaísmo y con el templo. No pueden desear otra cosa que legitimar su anhelo religioso en aras de una visión apocalíptica de la historia: sobre todo, es necesaria la fidelidad a Dios antes

que la lealtad a los poderes del mundo que oprimen.

3. En la historia de la humanidad siempre se repiten momentos de crisis; situaciones imposibles de dominar desde el punto de vista social y político, cuando no es una catástrofe natural. La interpretación religiosa de esos acontecimientos se presta a muchos matices y a veces a falsas promesas. El hecho de que no se pueda asegurar el día y la hora pone en evidencia a los grupos sectarios que se las pintan muy bien para atemorizar a personas abrumadas psicológicamente. El lenguaje apocalíptico, que no era lo propio de Jesús, se convierte para algunos en la panacea de la interpretación religiosa en los momentos de crisis y de identidad.

4. Hoy, sin embargo, debemos interpretar lo apocalíptico con sabiduría y en coherencia con la idea que Jesús tenía de Dios y de su acción salvadora de la humanidad. Se pide "vigilancia". ¿Qué significa? Pues que vivamos en la luz, en las huellas del Dios vivo, en el ámbito del Dios de la encarnación como misterio de donación y entrega. Ese es el secreto de la vigilancia cristiana y no las matemáticas o la precisión informática de nuestro final. Esto último no merece la pena de ninguna manera. Pero vigilar, es tan importante como saber vivir con dignidad y con esperanza. Hablar de la “segunda” venida del Señor hoy no tendría mucho sentido si no la entendemos como un encuentro a nivel personal y de toda la humanidad con aquél que ha dado sentido a la historia; un encuentro y una consumación, porque este mundo creado por Dios y redimido por Jesucristo no se quedará en el vacío, ni presa de un tiempo eternizado. Dios, por Jesucristo, consumará la historia como Él sabe hacerlo y no como los Calígula de turno pretenden protagonizar. Es esto lo que hay que esperar, y el Adviento debe sacar en nosotros a flote esa esperanza cristiana: todo acabará bien, en las manos de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/3-12-2023/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Calendario de lecturas evangélicas dominicales de ADVIENTO Ciclo B - Evangelista Marcos


 

El profeta y el ángel Lc 1,26-38 (ADVB4-20)

 “Yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino.   Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7,12.14). Dios había elegido a David entre sus hermanos. Y lo había constituido como sucesor del rey Saúl. Ahora, por medio del profeta Natán, Dios mismo le prometía consolidar su reino en sus descendientes. 

Ese hijo de David será un hijo adoptivo de Dios. Y deberá responder a esa  elección divina con fidelidad y con justicia. A muchos siglos de distancia, también nosotros estamos llamados a manifestar públicamente nuestra gratitud al Dios que nos ha elegido, como se sugiere en el salmo responsorial: “Cantaré eternamente tus misericordias, Señor” (Sal 88).

San Pablo concluye su carta a los Romanos con un espléndido himno de alabanza a Dios, porque ha revelado su misterio y su voluntad de salvación por medio de Jesucristo. Nuestro Maestro nos ha enseñado a descubrir la gracia de vivir la obediencia de la fe (Rom 16,25-27). 

EL HIJO Y SU PADRE

El evangelio de hoy (Lc 1,26-38) nos recuerda la antigua profecía de Natán. Así dice el ángel Gabriel a María: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. ¿Qué significa ese anuncio?

• Jesús reinará por siempre. Así es. Jesús viene a renovar aquella alianza de Dios y a revelar el sentido más profundo de aquella promesa. Pero ahora se comprende que la elección de Dios no comporta un poder temporal, pasajero y caduco. Esa herencia real tiene una dimensión espiritual. Por eso mismo tendrá un destino universal en el espacio y perenne en el tiempo.

• Jesús heredará el trono de David, su padre. Heredar el trono de David no va a significar ostentar un poder sobre las tierras, los bienes y las instituciones de este mundo. Jesús nunca pretenderá  imponer por la fuerza su autoridad. No luchará por adquirir bienes perecederos o una gloria efímera. La misión de Jesús consistirá en proponer un camino de salvación y de gracia.

• Jesús se llamará “Hijo del Altísimo”. No es tan sólo un hijo por elección, como lo era David. Él mismo habrá de explicar una y otra vez que el Padre y Él son una misma cosa, por decirlo con palabras de todos los días. El Padre y Él comparten el mismo origen y la misma voluntad. En realidad, los une el mismo ser y el mismo querer, un mismo proyecto y una misma actuación.  

 HUMILDAD Y ACCIÓN

Tras haber escuchado durante el Adviento las profecías de Isaías y la predicación de Juan Bautista, hoy evocamos el mensaje del ángel Gabriel, que llega a recordar la profecía de Natán. Y meditamos también dos frases de la respuesta de María a ese enviado celestial.      

• “Aquí está la esclava del Señor”. La soberbia siempre ha sido una necedad, criticada ya por los antiguos proverbios. Los hombres no somos tan poderosos como creemos. Una pandemia puede desmontar todos nuestros planes. María nos da un buen ejemplo de sensatez. Sentirse como la sierva del Señor  la lleva a ella y nos ayudará a nosotros a aceptar la voluntad y el proyecto de  Dios 

• “Hágase en mí según tu palabra”. Una humildad inoperante es sencillamente falsa. No basta con escuchar la voz que Dios nos dirige cada día. Es preciso ser conscientes de que el plan que Él nos propone no va a ser fácil ni brillante. Sin embargo, es necesario aceptar sinceramente su voluntad, pedir su ayuda y decidirse a actuar de acuerdo con sus sugerencias. 

María en manos de Dios Lc 1,26-38 (ADVB4-20)

1. El evangelio de la “anunciación” viene a llenar una laguna, algo que muchos echan de menos en el evangelio de Marcos. Por eso, en el último domingo de Adviento se recurre al tercer evangelio, que es el único que nos habla de María como la auténtica mujer profética que va perfilando, con sus gestos y palabras, lo que posteriormente llevará a cabo su hijo, el Hijo del Altísimo con que se le presenta en la anunciación. Esto ocurre así, en la liturgia de hoy, previa a la Navidad, porque si Juan el Bautista es una figura iniciadora de este tiempo litúrgico, es María la figura que lleva a plenitud el misterio y la actitud del Adviento. El relato de la anunciación de Lucas no se agota en una sola lectura, sino que siempre implica una novedad inagotable. Esta mujer de Nazaret (aldea desconocida hasta entonces en la historia) será llamada por Dios, precisamente para que ese Dios sea el Enmanuel, el Dios con nosotros, el Dios humano. (cf también el comentario a este texto en la Fiesta de la Inmaculada).

2. No obstante, Dios no ha querido avasallar desde su grandeza; y, para ser uno de nosotros, ha querido ser aceptado por esta mujer que, en nombre de toda la humanidad, expresa la necesidad de que Dios sea nuestra ayuda desde nuestra propia sensibilidad. El papel de María en esta acción salvadora de Dios no solamente es discreto, sino misterioso. Ella debe entregar todo su ser, toda su feminidad, toda su fama, toda su maternidad al Dios de los hombres. No se le pide un imposible, porque todo es posible para Dios, sino una actitud confiada para que Dios pueda actuar por nosotros, para nosotros. No ha elegido Dios lo grande de este mundo, sino lo pequeño, para estar con nosotros. María es la que hace sensible y humano el Adviento y la Navidad.

3. En este texto de la “anunciación” vemos que a diferencia de David, piadosillo, pero interesado, es Dios quien lleva la iniciativa de construirse una “morada”, una casa (bayit), una dinastía, en la casa de María de Nazaret, una mujer del pueblo, de los sin nombre, de los sin historia. El ángel Gabriel que antes había sido “rechazado” de alguna manera en la liturgia solemne del templo por el padre de Juan el Bautista, que era sacerdote, es ahora acogido sencilla y humildemente por una mujer sin título y sin nada. Aquí sí hay respuesta y acogida y aquí Dios se siente como en su casa, porque esta mujer le ha entregado no solamente su fama y su honra, no solamente su seno materno, sino todo su vida y todo su futuro. Es ahora cuando se cumple la profecía de Natán (“Dios le dará el trono de David, su padre”), pero sabemos que será sin dinastía ni títulos reales.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/20-12-2020/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Juan, el profeta Jn 1,6-8.19-28 (ADVB3-20)

 “El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”. El texto del libro de Isaías (Is 61,1-2.10-11) anuncia a un profeta que recibe el espíritu de Dios y lo difunde. Consuela a los que sufren, venda las heridas de los desgarrados, libera a los cautivos y prisioneros y, sobre todo, inaugura un año jubilar: el año de gracia de parte del Señor.

Además, el profeta proclama un anuncio de alegría universal: “El Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos”. Este tercer domingo del Adviento se hace notar por su invitación a la alegría.  

El salmo responsorial, tomado del canto de María, recoge ese tono de alegría: “Me alegro con mi Dios” (Lc 1,46). También la invitación que san Pablo dirige a los fieles de Tesalónica refleja este espíritu: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión… No apaguéis el espíritu… Guardaos de toda clase de mal” (1 Tes 5,16).

TRES VECES “NO” Y UNA VEZ “SÍ”

En el evangelio de hoy se nos presenta a un extraño profeta  (Jn 1,6-8.19-28). Parece que el texto lo define por lo que no es. Por lo que no pretende ser. Esto es lo que el evangelista dice de él: “No era él la luz, sino testigo de la luz”.

Pero nos interesa saber cómo se ve él mismo. Ante los emisarios de los sacerdotes y levitas de Jerusalén, Juan responde con verdad y humildad. Por tres veces repite un “no” tajante a los que le preguntan.

• No es Elías, aquel gran defensor de la majestad de Dios y de la dignidad del pobre.

• No es el gran profeta que el Señor anunciaba a Moisés, según el Deuteronomio.

• Y no es el Mesías, que había sido esperado por su pueblo a lo largo de los siglos.

Sin embargo, nadie puede identificarse solo por lo que no es. Hay que definirse por un “sí”. Es preciso reconocer lo que uno es y lo que está dispuesto a dar. Para identificarse, Juan se presenta como la voz que clama en el desierto, exhortando a todos a allanar los caminos. Juan hace suyas las palabras del libro de Isaías que anunciaban la liberación a los deportados.

 PALABRA Y TESTIMONIO

Es verdad que Juan se niega a presentarse como el esperado por su pueblo. Pero no puede negarse a  anunciar su llegada y su presencia entre las gentes:

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Muchos consideran al Mesías como un extraño. Algunos hasta llegan a dudar de su existencia histórica. Pero los creyentes sabemos que él está entre nosotros. Juan nos invita a descifrar los signos que lo anuncian.

• “Él viene detrás de mí y existía antes que yo”. Algunos consideran a Jesús solamente como un personaje del pasado. Juan nos ayuda a comprender su puesto en la historia de la salvación. El Señor nos precede en el tiempo y, a la vez,  está viniendo a nosotros cada día.

• “Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Muchos otros lo han despreciado como hicieron Herodes y Pilato. Juan nos dice que Jesús es el Señor. Nosotros somos unos siervos a los que Él ha elegido como discípulos y ha considerado como amigos. 

Dar testimonio de la luz Jn 1,6-8.19-28 (ADVB3-20)

1. El evangelio de hoy, como ya hemos apuntado , es una confesión de Juan el Bautista sobre Jesús. El testimonio de Marcos sobre Juan el Bautista es muy escueto. Por ello, en la liturgia se recurre a otras tradiciones cristianas. Los primeros versos de esta lectura evangélica podrían pertenecer con todo derecho al «prólogo» del evangelio, aunque literariamente surgen dificultades para que así sea. Es como el proemio a la narración del evangelio joánico que,  no obstante sus altos vuelos, no  prescinde de lo que parece históricamente adquirido: Jesús viene después del Bautista, quizás estuvo con él, pero su camino era otro bien distinto. Con Juan se cierra el AT y lo cierra el mismo Jesús anunciando el evangelio, no simplemente penitencia.

2. El Logos, la Palabra de Dios que se hizo carne por nosotros, que vino a los suyos, recibió el testimonio del profeta último del AT, pero los suyos no quisieron recibir la luz, porque esta luz iba a poner de manifiesto muchas cosas sobre el proyecto verdadero de la salvación. La luz es un término muy profundo en la teología joánica. El Bautista no era la luz, como algunos discípulos suyos pretendieron (y la polémica es manifiesta en el texto), sino que venía como “precursor”, como amigo del esposo. La segunda parte de esta lectura nos sitúa ya en la historia del Precursor que tuvo que aclarar que no era él quien había de venir para salvar, para iluminar, para dar la vida. El era la voz que gritaba en el desierto.

3. Está latente en el evangelio de Juan como un juicio entre la luz y las tinieblas, y el autor quiere partir del testimonio del Bautista para que su argumentación sea más decisiva. Su bautismo no era más que un rito penitencial de agua. «El que había de venir» traería algo definitivo que no quedaría solamente en penitencia, sino que llevaría a cabo el cumplimiento de lo que se anuncia en Is 61,1-10, como se nos ha leído previamente. No es otro el sentido que debe tener la reinterpretación que la liturgia de hoy nos brinda del texto profético y del evangelio joánico.

Fray Miguel de Burgos Núñez 

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/13-12-2020/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Esperar es operar Mc 13,33-37 (ADVB1-20)

 “Jamás se oyó ni se escuchó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti” (Is 64,3-4). El creyente recuerda los pecados de su pueblo. Pero sabe que Dios es un padre misericordioso. Queremos dejarnos moldear por él como la arcilla por las manos del alfarero.

Con ese espíritu nosotros iniciamos el camino del Adviento. Este es el momento para ir repitiendo un día y otro días esa hermosa súplica del salmo 79: “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”.

Al comienzo de su primera carta a los Corintios, san Pablo evoca el ritmo de los tiempos. Da gracias a Dios por los dones totalmente gratuitos que por medio de Cristo ya han recibido en el pasado. Les recuerda que en el presente han de vivir aguardando la manifestación del Señor. Y les promete que en el futuro, el mismo Señor los mantendrá firmes hasta el final (1 Cor 1,3-9).

LAS TENTACIONES Y LA ESPERA

 En este ciclo B, la liturgia dominical nos ofrecerá continuamente la lectura del evangelio según san Marcos. En este primer domingo de Adviento se incluye una breve parábola, en la que Jesús se refiere a la actitud de los criados que están a la espera de que su amo regrese de un viaje. El portero de la casa ha recibido el mandato expreso  de mantenerse en vela  (Mc 13,33-37). 

• La sorpresa que ha producido la pandemia del coronavirus nos acusa de haber caído en esas cuatro tentaciones que se mencionan en la primera lectura. Estábamos manchados y corrompidos. Nos dejábamos arrastrar por cualquier viento, como las hojas marchitas de los árboles. No invocábamos el nombre del Señor. Y estábamos como aletargados en nuestra comodidad.

• Además, la parábola de los criados que aguardan la llegada de su amo es apropiada para este tiempo litúrgico del Adviento. Este es el tiempo para recordar nuestra vocación a la esperanza. Estamos llamados a vivir aguardando la venida del Señor. Ya no como siervos, sino como hermanos.. A todos se nos ha confiado una tarea concreta. Así que no podemos esperar en la ociosidad.

VIGILANCIA Y FRATERNIDAD

Es interesante descubrir que en el evangelio de hoy se repite por tres veces la exhortación a la vigilancia. La rutina en el trabajo y el olvido de las tareas que se nos han encomendado pueden adormecernos. Pero no podemos caer en la pereza de una siesta irresponsable.

• “Estad atentos y vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento”. En este caso, la ignorancia no es una desgracia, sino un estímulo. Ningún instante puede ser despreciado. Cualquier momento puede ser el de la aparición del Señor en nuestra vida  y en la historia de la humanidad.   

• “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa”. A veces olvidamos que también vela quien espera a la persona amada. La venida del Señor no puede concebirse como una amenaza. Si nos mantenemos en vela no es por temor, sino por amor.

• “Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!”. La exhortación de Jesús se dirige a cada uno de nosotros. No podemos vivir en la acedia ni en el pesimismo estéril. Hay mucho que hacer en el mundo, en la Iglesia, en nuestra casa. Esperar es operar. Aguardamos la venida del Señor, conscientes de nuestra vocación al amor y al compromiso con la vida, con la verdad y la justicia.

La vigilia, una llamada a la esperanza Mc 13,33-37 (ADVB1-20)

 1. El evangelio de Marcos propio del Ciclo B que inauguramos con este Adviento, insiste en el tema de la carta de Pablo. El c. 13 de Marcos se conoce como el "discurso escatológico" porque se afrontan las cosas que se refieren al final de la vida y de los tiempos. Es un discurso que tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época que estaba muy determinada para la irrupción del juicio de Dios para cambiar el rumbo de la historia. Los otros evangelistas lo tomarían de Marcos y lo acomodarían a sus propias ideas. En todo caso, este discurso no corresponde exactamente a la idea que Jesús de Nazaret tenía sobre el fin del mundo o sobre la consumación de la historia.

2. Es bastante aceptado que es un discurso elaborado posteriormente, en situaciones nuevas y de crisis, sobre una “tradición” de Jesús y también de algo sucedido en tiempo del emperador Calígula. Aquí, el evangelista, se vale de la parábola del portero que recibe poderes para vigilar la casa hasta que el dueño vuelva. Estamos ante el final del discurso, y se ve que es como una especie de consecuencia que saca, el redactor del evangelio, de la tradición que le ha llegado a raíz de los acontecimientos que han podido marcar la crisis de Calígula, un hombre que no era agraciado ni en el cuerpo ni en el espíritu, como cuenta de él Suetonio (Calig., L). Los judíos habían derribado un altar pagano en Yamnia, y el emperador mandó hacer en el templo de Jerusalén un altar a Zeus. Para los judíos y los judeo-cristianos supuso una crisis de resistencia como oprimidos frente al poder del mundo. En aquél entonces algunos judeo-cristianos no habían roto todavía con el judaísmo y con el templo. No pueden desear otra cosa que legitimar su anhelo religioso en aras de una visión apocalíptica de la historia: sobre todo, es necesaria la fidelidad a Dios antes que la lealtad a los poderes del mundo que oprimen.

3. En la historia de la humanidad siempre se repiten momentos de crisis; situaciones imposibles de dominar desde el punto de vista social y político, cuando no es una catástrofe natural. La interpretación religiosa de esos acontecimientos se presta a muchos matices y a veces a falsas promesas. El hecho de que no se pueda asegurar el día y la hora pone en evidencia a los grupos sectarios que se las pintan muy bien para atemorizar a personas abrumadas psicológicamente. El lenguaje apocalíptico, que no era lo propio de Jesús, se convierte para algunos en la panacea de la interpretación religiosa en los momentos de crisis y de identidad.

4. Hoy, sin embargo, debemos interpretar lo apocalíptico con sabiduría y en coherencia con la idea que Jesús tenía de Dios y de su acción salvadora de la humanidad. Se pide "vigilancia". ¿Qué significa? Pues que vivamos en la luz, en las huellas del Dios vivo, en el ámbito del Dios de la encarnación como misterio de donación y entrega. Ese es el secreto de la vigilancia cristiana y no las matemáticas o la precisión informática de nuestro final. Esto último no merece la pena de ninguna manera. Pero vigilar, es tan importante como saber vivir con dignidad y con esperanza. Hablar de la “segunda” venida del Señor hoy no tendría mucho sentido si no la entendemos como un encuentro a nivel personal y de toda la humanidad con aquél que ha dado sentido a la historia; un encuentro y una consumación, porque este mundo creado por Dios y redimido por Jesucristo no se quedará en el vacío, ni presa de un tiempo eternizado. Dios, por Jesucristo, consumará la historia como Él sabe hacerlo y no como los Calígula de turno pretenden protagonizar. Es esto lo que hay que esperar, y el Adviento debe sacar en nosotros a flote esa esperanza cristiana: todo acabará bien, en las manos de Dios.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Preparad el camino Lc 1,26-38 (ADV3-17)

“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”. Esas palabras, tomadas de la tercera parte del libro de Isaías (Is 61,10), resumen el ambiente de alegría que caracteriza a este domingo tercero del Adviento. Nos alegramos, anticipando ya la celebración del nacimiento de Jesús.
En el salmo responsorial se retoma el canto de María, que resuena todas las tarden en la oración oficial de la Iglesia católica: “Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava”. La alegría humana es un eco y una celebración de la intervención divina en la historia.
Y el tema de la alegría retorna en la segunda lectura de la misa de este domingo. En ella  se evoca el primer escrito apostólico, para recoger una preciosa exhortación de san Pablo a los cristianos de Tesalónica: “Estad siempre alegres. Sed constantes en orar” (1Tes 5,16). Se ve que la oración y la alegría se exigen mutuamente.

LOS SENDEROS
 El evangelio de este domingo tercero del Adviento recuerda de nuevo la figura y el mensaje de Juan el Bautista. Hay dos imágenes que lo definen:
• “No era él la luz, sino testigo de la luz”. Ninguno de los profetas era la luz. En todo caso, anunciaban su aparición futura. Juan ya está un paso más cerca del único que es la luz del mundo. Desde él, todos los creyentes en Cristo tenemos esa gozosa y arriesgada misión de ser en nuestro mundo testigos creyentes y creíbles de la Luz.
• “Yo soy la voz que grita en el desierto”. En la segunda parte del libro de Isaías se daba cuenta de una voz celestial que exhortaba a preparar a través del desierto un camino para Dios, que se identificaba con su pueblo. Ahora Juan se presenta como una voz terrena que se alza en el desierto. Los creyentes de hoy no podemos ignorar esa voz.
Es más, ya vemos que entre nosotros han surgido hombres y mujeres que han alzado su voz en el desierto. Nos han recordado la misericordia de Dios. Nos han exhortado a ver a Dios en los más pobres y humillados de la tierra. Y han dado la vida por su coherencia. Este tiempo es la hora de los testigos y de los portavoces.

EL ENCUENTRO
Siempre nos llama la atención tanto el extraño vestido del Bautista como su dieta de saltamontes y miel silvestre. Pero casi siempre olvidamos su humildad y su mensaje.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz de Juan se dirige hoy a cada uno de nosotros. El Señor se ha acercado cientos de veces a nosotros y otras tantas veces hemos decidido ignorar su presencia.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del Bautista se dirige también a toda la Iglesia. El Señor está en la comunidad que él ha convocado. Pero todos podemos caer en la tentacion de la mundanidad, denunciada por el papa Francisco.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. Esa voz del profeta del desierto ha de dirigirse también hoy a toda la humanidad. ¿Cuántas crisis y cuántas guerras harán falta para que preste atención al paso de Dios por la historia?