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El reino es salvación, ¡no condenación! Mt 11,2-11 (ADV3-25)adv
1. El texto de hoy del evangelio viene a ser como el colofón de todos estos planteamientos proféticos que se nos piden. Sabemos que Jesús era especialmente aficionado al profeta Isaías; sus oráculos le gustaban y, sin duda, los usaba en sus imágenes para hablar de la llegada del Reino de Dios. Mateo (que es el que más cita el Antiguo Testamento), en el texto de hoy nos ofrece una cita de Is. 35,5s (primera lectura de hoy) para describir lo que Jesús hace, como especificación de su praxis y su compromiso ante los enviados de Juan. Es muy posible que en esta escena se refleje una historia real, no de enfrentamiento entre Juan y Jesús, pero sí de puntos de vista distintos. El reino de Dios no llega avasallando, sino que, como se refleja en numerosas parábolas, es como una semilla que crece misteriosamente. pero está ahí creciendo misteriosamente. El labrador lo sabe. y Jesús es como el "labrador" del reino que anuncia. El evangelista Mateo ha resaltado que Juan, en la cárcel, fue informado de las obras de Mesías (no dice sencillamente Jesús, ni el término más narrativo del Señor, como hace Lucas 7,24). Y por eso recibe una respuesta propia del Mesías.
2. El Bautista, hombre de Antiguo Testamento, está desconcertado porque tenía puestas sus esperanzas en Jesús, pero parece como si las cosas no fueran lo deprisa que los apocalípticos desean. Jesús le dice que está llevando a cabo lo que se anuncia en Is 35, y asimismo en Is 61,1ss. Jesús está movilizando esa caravana por el desierto de la vida para llegar a la ciudad de Sión; está haciendo todo lo posible para que los ciegos de todas las cegueras vean; que todos los enfermos de todas las enfermedades contagiosas del cuerpo y el alma queden limpios y no destruidos y abandonados a su suerte. El reino que anuncia, y al que dedica su vida, tiene unas connotaciones muy particulares, algunas de las cuales van más allá de lo que los profetas pidieron y anunciaron.
3. Finalmente añade una cosa decisiva: ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! (v.6). Esta expresión ha sido muy discutida, pero gran mayoría de intérpretes opina que se refiere concretamente al Bautista. Ésa es la diferencia con Juan, por muy extraña que nos parezca; porque entre Jesús y Juan se dan diferencias radicales, a pesar del elogio tan manifiesto de nuestro texto (vv.9-10): uno anuncia el juicio que destruye el mal (como los buenos apocalípticos) y el otro (como buen profeta) propone soluciones. Ésa es la verdad de la vida religiosa: los apocalípticos tiene un sentido especial para detectar la crisis de valores, pero no saben proponer soluciones. Los profetas verdaderos, y Jesús es el modelo, no solamente detectan los males, sino que ofrecen remedios: curan, sanan, ayudan a los desgraciados (culpables o no), dan oportunidades de salvación. Nosotros hemos tenido la suerte de nacer después de Juan y haber escuchado las palabras liberadoras del profeta Jesús.
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Los días del diluvio Mt 24,37-44 (ADV1-25)
“En el futuro estará firme el monte de la casa del Señor… Hacia él confluirán todas las naciones… que dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob” (Is 2,2-3). Todos los hebreos deseaban subir a Jerusalén. Pero el profeta anuncia que todos los pueblos llegarán un día a venerar allí al Señor. El templo de Jerusalén sería la meta de una peregrinación universal.
El salmo responsorial refleja la alegría de las gentes que se ponían en camino para subir a Jerusalén y orar en el templo. Hoy vivimos en medio de una tremenda confusión. Pero, como los antiguos israelitas, nos atrevemos a cantar: “¡Qué alegría cuando me dijeron: ¡Vamos a la casa del Señor!” (Sal 121,1).
En este primer domingo de Adviento san Pablo nos dice que ya es hora de despertar de nuestro letargo para caminar por las sendas de la luz. Que las ocupaciones y preocupaciones de cada día no fomenten la distracción ni nos sumerjan en la pereza (Rom 13,14).
EL TIEMPO DE NOÉ
En el evangelio de este primer domingo de Adviento, Jesús recuerda los días del diluvio (Mt 24,37-44). Las gentes vivían tranquilamente, sin sospechar lo que estaba por llegar. Lo mismo sucederá o está sucediendo con la venida o manifestación del Señor.
Es preciso estar atentos a los signos de los tiempos. Las cosas son lo que son más lo que significan. Y lo mismo ocurre con los acontecimientos. Necesitamos prestarles atención para aprender a leer los mensajes que pueden transmitirnos.
Los sucesos de cada día nos hablan de la caducidad de todo. Nada es definitivo. Y además, los sucesos de cada día nos invitan a mantenernos despiertos y vigilantes. El evangelio menciona a las personas que están en una misma situación o en un mismo trabajo, pero añade que no a todos les espera la misma suerte.
Estamos viviendo el tiempo de Noé. Tenemos que preguntarnos si podremos entrar en el arca y salvar nuestra existencia o pereceremos arrastrados por las aguas del diluvio. Nuestra necedad nos ahogaría. Pero la observación de la situación ha de favorecer nuestra conversión, para no ser arrastrados por el diluvio de hoy.
LA IGNORANCIA DE LA HORA
La reflexión sobre la venida imprevisible del Señor comporta la invitación de Jesús a mantenernos vigilantes. “Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”.
• No estamos a la espera de “algo”, ya sea deseado o temido. Hemos de manteneros en vela, aguardando la manifestación de nuestro Señor. Para ello necesitamos la virtud de la templanza. Las mil adicciones que nos tientan cada día nos llevan a vivir distraídos, como las gentes a las que sorprendió el diluvio.
• Ante la curiosidad de los discípulos que deseaban saber cuándo vendría el Señor, Jesús repitió que no era posible saber el día o la hora de su manifestación. Seguramente quería advertir a los suyos del peligro de obsesionarse por el futuro e ignorar los compromisos del presente que nos exige la esperanza.
Estad en vela Mt 24, 37-44 (ADV1-25)
En el primer ejemplo (vv. 37-39), el no estar vigilantes a la venida de Jesús es comparado con la situación de la humanidad en los tiempos de Noé, donde la mayoría de las personas, no estaban preparadas para los acontecimientos que sobrevinieron. Los días previos al diluvio la gente comía, bebía y se casaba. Luego, el diluvio llegó sin esperarlo y arrastró a todos, no por su falta de fe sino por su descuido e inconsciencia. Así será también la venida del Hijo del hombre.
El segundo y tercer ejemplo (vv. 40-41) son similares y reflejan a dos hombres y dos mujeres ocupados en su tarea cotidiana, con resultados diferentes, porque la situación cambiará para uno de ellos. De ahí la repetición de la advertencia, a mantenernos despiertos, en constante vigilancia.
El último ejemplo (v 43) hace referencia al dueño de una casa e insiste en la necesidad de prepararse para un acontecimiento que sucederá en tiempo desconocido: “si supiera el dueño de la casa”. Si no es posible conocer el día y la hora la única opción que nos queda es estar preparados para que la venida del Señor no nos encuentre dormidos, buscando otras cosas. El dueño de la casa no sabía que iba a venir el ladrón y, por tanto, no tenía por qué estar en vela. Sin embargo, a los discípulos se les exhorta a vigilar.
Velar es una forma de vivir y de relacionarnos con Jesús, que lleva al cristiano al compromiso con la justicia, con la paz, en una espera activa y transformadora.
LA PALABRA HOY
Comienza el Adviento y todo nuestro ser se pone en movimiento. Nuestra vida está necesitada de la dinámica de Dios, de un itinerario que hay que mirar con ojos de niños. Un niño va a nacer, lo esperamos, nuestro mundo lo necesita, por eso estamos expectantes, atentos. De ahí nuestra espera. Anhelamos una esperanza que no defrauda, que no abandone nuestros frágiles anhelos al lado del camino. Una gran invitación la de este domingo: vigilar, estar atentos, el tiempo está llegando, el momento es propicio ya está aquí.
Carmen Román Martínez, OP.













