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El grano de trigo y el surco Jn 12,20-33 (CUB5-24)

  “Ya llegan días en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva”. Así comienza el oráculo divino que Jeremías transmite a su pueblo (Jer 31,31-34). En los domingos anteriores la liturgia cuaresmal nos ha presentado las sucesivas alianzas de Dios con Noé, Abrahán, Moisés y el pueblo deportado a Babilonia.   

Tras la muerte de Salomón el reino que David había unido se dividió. Sin embargo, el profeta anuncia que Dios promete mantener su alianza con el reino del norte y con el reino del sur. Sus gentes regresarán del destierro, comprenderán que Dios perdona sus pecados y lo reconocerán como su Dios.    

Haciéndonos eco de esta promesa, nosotros hoy suplicamos con el salmo “Miserere”: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu” (Sal 50). 

Por otra parte, ya cerca de la celebración de la Semana Santa, leemos en la carta a los Hebreos que sufriendo, Cristo aprendió a obedecer (Heb 5,7-9).

LA HORA DE LA ENTREGA

El evangelio de Juan nos sitúa en Jerusalén tras la entrada de Jesús, acompañado por las gentes que lo aclaman como “el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel” (Jn 12,13). 

Entre los llegados a Jerusalén por las fiestas de Pascua hay unos peregrinos que se acercan a Felipe y le manifiestan su deseo: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe consulta con Andrés, el hermano de Simón Pedro, y ambos se lo transmiten a Jesús. 

El evangelio nos da a entender que esos peregrinos representan a toda la humanidad que busca al Mesías. Pues bien, al oír la noticia del interés de esos peregrinos, Jesús expresa que esa es la señal de que ha llegado su hora: la hora de su muerte y de su glorificación. 

Además, Jesús pronuncia una alegoría con la que pretende transmitir el significado de su entrega. Es preciso que el grano de trigo muera en el surco para llegar a producir fruto en abundancia (Jn 12,20-33). Es evidente que Jesús conoce y acepta el destino que le espera. Y afirma que su muerte será fuente de vida para todos los que crean en él.

VER Y SEGUIR A JESÚS

De todas formas, nosotros no deberíamos olvidar la frase con la que los peregrinos solicitaron la ayuda de Felipe. En ella se refleja el deseo que debe señalar la veracidad de nuestra búsqueda y el inicio de nuestra fe.  

• “Queremos ver a Jesús”. Esa aspiración manifiesta en nuestros días la decisión de los cristianos más comprometidos con su fe. Con ella revelan a los demás su deseo de participar en la misión y en la gloria definitiva del Hijo de Dios. 

• “Queremos ver a Jesús”. Esa expresión se encuentra a veces en labios de los no creyentes. Ruegan a la Iglesia que les facilite el acceso al Señor en quien ella dice creer. Y le reprochan que no viva de verdad su fe y oculte a Jesús a los ojos del mundo.

• “Queremos ver a Jesús”. Esa frase debería ser la humilde confesión de una comunidad que anhela el encuentro con su Señor, pero se ve enredada en problemas y preocupaciones que dificultan su camino de fe. 

La Luz y la Verdad Jn 3,14-21 (CUB4-24)

“Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades según las costumbres abominables de los gentiles y mancharon la casa del Señor que él se había construido en Jerusalén” (2 Cró 36,14-23).

El Señor les fue enviando avisos por medio de los profetas, que fueron despreciados hasta que ya no hubo remedio. Los caldeos invadieron la tierra, incendiaron el templo, derribaron las murallas de Jerusalén y se llevaron muchos cautivos a Babilonia. Allí fueron esclavos, hasta que Dios envió como libertador a Ciro, rey de Persia.

En el salmo responsorial escuchamos el eco de aquellos deportados, que en la amargura de su destierro se atrevían a cantar: “Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías” (Sal 136).

La segunda lectura nos recuerda que Dios es rico en misericordia y, a pesar de nuestros pecados, nos ama hasta el punto de hacernos vivir con Cristo (Ef 2,4-10). 

TRES AFIRMACIONES

En el evangelio que se proclama en este cuarto domingo de cuaresma evocamos cómo Jesús anuncia que habrá de ser elevado en alto, como la serpiente de bronce que Moisés plantó en el desierto.  Él dará la vida a los que crean en él (Jn 3,14-21).

 En aquella conversación nocturna con Nicodemo encontramos tres afirmaciones sobre Dios, que son otras tantas enseñanzas sobre Cristo y sobre el hombre:

• Dios ama a este mundo y al hombre que él ha creado. Y lo ama hasta el punto de entregarle a su propio Hijo, para que no perezca ninguno de los que crean en él. 

• Dios no tiene la intención de juzgar al hombre. Es el mismo hombre quien determina su propio juicio, en virtud de su fe o de su increencia en el Hijo de Dios.

• Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo. Lo envió con el deseo de que el mundo y el hombre puedan encontrar en él la salvación.   

LA VERDAD Y LA LUZ

 En aquella larga conversación entre Jesús y Nicodemo sobresalen los dos temas de la luz y la verdad, que tanta importancia tienen a lo largo del evangelio de Juan.

• “El que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”. En toda sociedad se puede observar que la mayor parte de los delincuentes prefieren las tinieblas para actuar.  En este contexto, esa observación nos indica que la luz del Evangelio revela lo que la persona es en el fondo de su alma.

• “El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.  En esta sociedad marcada por el relativismo se piensa que la verdad depende de la opinión de cada uno, del flujo de la moda o del dictado de las ideologías. En este caso, se nos dice que luz de Cristo revela si somos de la verdad y vivimos en la verdad.

Mandamientos y limpieza Jn 2,13-25 (CUB3-24)

“No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos… No te postrarás ante ellos ni les darás culto” (Éx 20,1-17). Después de la alianza de Dios con Noé y con Abraham, que se evocan en los dos primeros domingos de Cuaresma, hoy se nos recuerda la alianza de Dios con Moisés y con su pueblo.

Dios había liberado a Israel de la esclavitud que padecía en Egipto. Solo él podía suscitar el anhelo de la libertad. Una libertad que ha de ser conquistada mediante la fidelidad a la voluntad del Dios que nos libera.

Todos los ídolos que nos fabricamos nos llevan a una nueva esclavitud. El salmo responsorial nos dice que “los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón; la norma del Señor es límpida y da luz a los ojos” (Sal 18,9).

San Pablo conocía muy bien a los judíos y a los griegos. Los judíos esperaban signos prodigiosos y los griegos buscaban una nueva sabiduría. El misterio de Cristo que él predicaba era rechazado por unos y por otros. Sin embargo, él afirma que en el Crucificado se manifiesta la fuerza y la sabiduría de Dios (1 Cor 1,22-25). 

EL TEMPLO Y EL CUERPO

La primera frase del evangelio que hoy se proclama anticipa ya la celebración de la Pascua (Jn 2,13-25). Jesús llega al templo de Jerusalén, ve que sus atrios se han convertido en un mercado y decide expulsar de allí a los traficantes.

• Jesús enseñaba que el templo no podía ser convertido en una plaza de negocios. También hoy quiere una Iglesia limpia y que sus fieles respeten lo sagrado.

• Jesús deseaba que la casa de Dios fuera un lugar de oración. Hoy espera de sus discípulos que se acerquen a Dios en todo tiempo y en todo lugar.

• Jesús se refería a su propio cuerpo y lo identificaba con el templo de Dios. También hoy nos exhorta a respetar nuestro cuerpo y el de los demás.

Este episodio de la purificación del templo nos prepara para la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. El templo de su cuerpo sería destruido, pero al tercer día sería restaurado y resucitado para nuestra salvación y nuestra esperanza.  

LA FE Y LA VERDAD  

El relato evangélico concluye anotando las diversas reacciones de los que escuchaban a Jesús y subrayando la sabiduría del Maestro.   

• Muchos de los presentes creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía. Las gentes esperaban y pedían signos y milagros para poder creer. Algo semejante ocurre también en nuestros días. Pero el evangelio nos indica el camino contrario. Solo si tenemos fe en el Señor veremos los signos y prodigios que él realiza en nosotros.

• Jesús conocía las actitudes de quienes lo seguían. Nosotros nos dejamos seducir por la publicidad. Casi siempre juzgamos a las personas y a los movimientos por su apariencia. El Señor nos exhorta a vivir en la verdad y a no juzgar a las personas tan solo por su figura. Nuestra fe no puede apoyarse en los gestos exteriores.

El Hijo Amado Mc 9,1-9 (CUB2-24)

“Por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa” (Gén 22,16-17). En el primer domingo de cuaresma se recordaba el pacto de Dios con Noé. En este segundo domingo se nos presenta la alianza de Dios con Abraham.

Dios aprecia la obediencia de Abraham. ¿Pero es que Dios puede pedir a un padre que sacrifique a su propio hijo? ¿O habrá que leer el texto en su contexto histórico? Los cananeos sacrificaban a sus primogénitos ante sus dioses de la fertilidad. Pero el Dios de Israel no quiere la sangre de los hijos sino la obediencia de los creyentes.

En la generosidad de Abraham se refleja su fe en el Dios que va dirigiendo sus pasos. Nosotros nos hacemos eco de esa disponibilidad al repetir esta promesa: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor” (Sal 115).

  Evocando la disponibilidad de Abraham, san Pablo recuerda la generosidad del mismo Dios. “El que no se reservó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?” (Rom 8,31-36).

TRES INDICACIONES

Todos los años, en este domingo recordamos el misterio de la Transfiguración de Jesús en lo alto de un monte. De la nube que refleja la gloria y la cercanía de Dios bajó este mensaje: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” (Mc 9,7). Al igual que los discípulos predilectos del Maestro, nosotros escuchamos esas tres indicaciones

• Jesús es el Hijo de Dios. En un mundo que desprecia tan escandalosamente la paternidad, nosotros sabemos que no estamos huérfanos. Gracias a la palabra y la fidelidad de Jesús, se nos revela que Dios es su Padre. Y es también el nuestro. 

• Jesús es el Hijo amado por Dios. En una sociedad que considera el amor como un mero sentimiento o una ocasión para el placer, nosotros descubrimos que Dios es amor. Gracias a Jesús se nos revela la cercanía, la compasión y la ternura de Dios.

• Jesús es el Maestro y el Profeta enviado por Dios. En una época en la que se escuchan las voces discordantes de los falsos profetas, nosotros descubrimos que Dios nos habla. Gracias a Jesús podemos escuchar la palabra de la verdad. 

DISCRECIÓN Y ANUNCIO

Al bajar de la montaña, Jesús ordenó a sus discípulos: “No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esas palabras nos invitan a la reflexión y suscitan en nosotros la esperanza.

• En primer lugar, Jesús exhorta a los suyos a la discreción. Gracias al llamado “secreto mesiánico”, tan característico del evangelio de Marcos, Jesús rechazaba los falsos mesianismos del poder y del dominio. 

• En segundo lugar, Jesús invita a los discípulos de entonces y de ahora a aceptar el misterio de su entrega y de su muerte y a prepararse para anunciar a todo el mundo su resurrección de entre los muertos. 

La Alianza y el Encuentro Mc 1-12-15 (CUB1-24)

 ENCUENTRO

 “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra”. Ese pacto que Dios establece con Noé después del diluvio es una alianza de paz (Gén 9,8). Con ella, Dios desea manifestar su voluntad de recuperar la armonía del paraíso.  

El paraíso no era tanto un lugar como una relación con lo otro, con los otros y con el Absolutamente Otro. Como en el principio de los tiempos, también ahora el pecado quebranta la deseable armonía del ser humano con esas relaciones que llevan a la felicidad.

Con el salmo responsorial agradecemos hoy aquel pacto de Dios con el hombre: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza” (Sal 24).  

En los domingos de cuaresma la primera lectura recuerda esa alianza que Dios fue sellando por medio de Noé, Abraham, Moisés, el rey Ciro y el profeta Jeremías. Al primero de esos pasos se refiere también la primera carta de Pedro que se lee en este día (1 Pe 3,18-22).

TRES PALABRAS CLAVE

Es necesario prepararnos para ir siguiendo con atención esta catequesis cuaresmal que nos lleva a descubrir y recorrer el camino de Jesús. Tres palabras nos dan la clave: 

• Según el evangelio que hoy se proclama, Jesús fue guiado por el Espíritu al desierto antes de iniciar su misión. El desierto era para Israel el lugar de la prueba. Para Jesús fue la afirmación de su identidad. Para nosotros es la ocasión para redescubrir nuestra propia verdad.

• El texto dice que Jesús permaneció cuarenta días en el desierto. Este número simbólico nos recuerda a Moisés y Elías. De hecho, sugiere una vocación, una misión y la plenitud de una vida de interioridad, de meditación, de aceptación del plan de Dios.

 • Además se mencionan las tentaciones. Durante su paso por el desierto, el pueblo hebreo sufrió diversas tentaciones. Jesús recorre un camino semejante. Y también nuestra fidelidad a Dios es puesta a prueba por las tentaciones que se nos presentan cada día.

TIEMPO DE GRACIA

El evangelio según Marcos dice que Jesús se dejó tentar por Satanás, pero no menciona las tres tentaciones. Sin embargo, incluye tres detalles muy importantes.  

• “Vivía con las fieras y los ángeles le servían”. Con ese dato se sugiere que Jesús es el nuevo Adán. Con él retorna la armonía original. Jesús trae la paz a toda la creación. Ante su dignidad se amansan las fieras y se inclinan los ángeles.

• Después Jesús se va a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Al igual que había hecho Elías, también Jesús deja la soledad y la aspereza del desierto para proclamar a los paganos la presencia del Dios único. 

• Jesús dice que ya se ha cumplido el tiempo de la espera y añade que Dios ofrece a la humanidad su realeza y su señorío. Como respuesta a su iniciativa, todos somos invitados a convertirnos y a creer. Con Jesús ha llegado la hora de la conversión y de la fe.  

Levantado en alto Jn 3,14-21 (CUB4-21)

 “El Señor, el Dios de los cielos, me ha dado todos los reinos de la tierra” (2 Cró 36,23). Con estas palabras de Ciro, rey de los persas, se anuncia a los hebreos la posibilidad de retornar a Jerusalén y reedificar el templo. Es verdad que rechazando a los profetas, el pueblo había merecido el exilio. Pero Dios se compadece y envía a Ciro como liberador.

El salmo 136 evoca los tiempos del destierro y los cantos de los desterrados. Si algunos se acomodaban a la tierra del exilio, los verdaderos creyentes no querían dejar morir la esperanza de regresar a Jerusalén.

Aquella liberación del pueblo de Israel había sido un don de Dios. Pero en la carta a los Efesios se afirma que la salvación y la resurrección no la hemos conseguido nosotros con nuestro esfuerzo. Es un don gratuito de Dios, rico en misericordia, que nos amó cuando estábamos muertos por los pecados (Ef 2,4-10).

LA SALVACIÓN Y LA FE

En este cuarto domingo de Cuaresma leemos el relato del encuentro de Jesús con Nicodemo. A lo largo de ese diálogo nocturno aparecen cuatro palabras inolvidables: la salvación y la creencia, la vida eterna y la luz (Jn 3,14-21).

• La salvación se presenta como liberación del mal. Los mordidos por las serpientes, allá en el desierto, se curaban al volver los ojos hacia la serpiente de bronce que Moisés levantó en el campamento. Levantado en alto, Jesús manifestará la misericordia de Dios, que “no mandó su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él”. 

• Pero la salvación ha de ser aceptada con fe. El texto evangélico recuerda cinco veces la necesidad de “creer” en Jesús y en su nombre, es decir en su misión. Esa es la actitud fundamental para la salvación: “El que cree en él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios”.

• La tercera palabra es la vida eterna. Quien crea en Jesús tendrá vida eterna. La entrega de Jesús por nosotros es el signo definitivo del amor de Dios:  “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

LA VERDADERA LUZ

Teniendo en cuenta que Nicodemo acude durante la noche a encontrarse con Jesús, no es extraño que la cuarta palabra sea precisamente la luz. La luz es necesaria para vivir, pero hay personas que la detestan. hay personas que, al parecer, prefieren las tinieblas. Pero también hay otras muchas que buscan la luz y se acercan a ella.

• Detestan la luz todos los que no viven de acuerdo con la bondad y la justicia. Se ocultan porque no quieren verse acusados por la maldad de sus acciones u omisiones

• Prefieren las tinieblas a la luz los que viven en la confusión. Su conciencia les ha llevado a descubrir  que en su vida no hay armonía. E intuyen que la belleza es armoniosa.

• Sin embargo, se acercan a la luz los que aman la verdad. La verdad no es algo que se conoce o se sabe. La verdad se practica cuando las obras son hechas según los planes de Dios.

Evidentemente, en este relato evangélico la luz no es algo, sino alguien. La verdadera luz que brilla en medio de nuestras tinieblas es el mismo Jesús.  Y los que se acercan a él con fe reflejan en el mundo el resplandor de su luz.

El signo del templo Jn 2,13-25 (CUB3-21)

 “Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí” (Éx 20,2). Moisés entrega a su pueblo los mandamientos que ha recibido de Dios. Pero antes de los deberes que ha de cumplir, ese mismo pueblo ha de recordar los favores con que Dios lo ha enriquecido.

En efecto, Dios ha tomado la iniciativa para liberar de Egipto a su pueblo. Pero la liberación es siempre un itinerario. Para ser libre, el pueblo ha de comportarse de acuerdo con los grandes valores morales, que tutelan por una parte la majestad de Dios y, por otra, la dignidad de la persona humana. Para eso están los mandamientos.

Al salmo responsorial (Sal 18) la asamblea responde hoy con una confesión de los discípulos de Jesús: “Señor, tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

San Pablo recuerda a los Corintios que ante los signos que exigen los judíos y la sabiduría que buscan los griegos, se alza el misterio de la cruz. Para los primeros, Cristo crucificado es un escándalo. Para los segundos es una necedad. Ahora bien, para los llamados a seguirle, Cristo es fuerza  y sabiduría de Dios (1 Cor 1,22-25).

LA PREGUNTA

El evangelio de este tercer domingo de cuaresma nos sitúa en las vísperas de la fiesta de Pascua. Jesús llega al templo de Jerusalén y expulsa a los mercaderes que se han instalado en sus pórticos para vender bueyes, ovejas y palomas para los sacrificios. Además,  se enfrenta a los que cambian el dinero profano por las monedas aceptadas para las ofrendas.    

Pero la costumbre se había hecho ley. La gente había llegado a aceptar aquel mercado como un servicio al culto que se celebraba en el templo. Ya no percibían que oscurecía el sentido del culto. Los profetas habían dicho que Dios prefiere la misericordia antes que los sacrificios ofrecidos en el templo.  Pero aquel mensaje había costado la vida a los profetas.

Ahora Jesús resulta sospechoso para “los judíos” de su tiempo. De hecho, le dirigen una pregunta por su poder y exigen un signo que muestre la autoridad con la que pretende terminar con aquella costumbre. No les bastan los signos de misericordia y compasión con los que Jesús atiende a las gentes. Y no lo  reconocen como el verdadero signo de Dios.

LA RESPUESTA

También hoy nos interpela el relato evangélico de la limpieza del templo de Jerusalén. Pero más nos interpela la respuesta que Jesús dirige a los que cuestionan aquella acción. 

• Jesús anuncia que el verdadero templo de Dios será su propio cuerpo. A la luz de la fe, nosotros confesamos que la humanidad de Jesús era, es y será siempre el espacio en el que Dios se manifiesta a los hombres. En su humanidad los hombres podemos acercarnos  verdaderamente a Dios.

• Para afirmar su autoridad, Jesús ofrecía como signo su poder para reconstruir el templo. Pero no se refería al templo de piedra, sino a su propio cuerpo. En el cuerpo de Cristo podemos  descubrir a Dios. En el cuerpo de Cristo damos gloria a Dios y nos encontramos en oración con todos los creyentes.

• Cuando Jesús resucitó de entre los muertos, sus discípulos se acordaron de sus palabras y llegaron a comprender su promesa de reconstruir el templo. La resurrección de Cristo los llevó a entender que él era el Señor. Jesús era más que aquel Templo y más que la Ley recibida de Moisés.

Dos montes y dos hijos Mc 9,1-9 (CUB2-21)

 “No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo” (Gén 22,12). El ángel del Señor evita que Abrahán sacrifique a su hijo Isaac en lo alto de un monte. Viendo cómo ha respondido a “la prueba”, Dios le promete una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de las playas.  

¿Cómo puede Dios pedir a un padre que le ofrezca en sacrificio a su único hijo? Se olvida que el texto trata de evitar precisamente eso. Viendo a sus dioses como origen de la vida los cananeos les ofrecían la vida de sus primogénitos. Pero el Dios de Israel prefiere el sacrificio de un corazón contrito y humillado. Abrahán es modelo de fe y de obediencia a Dios. Y eso le merece la bendición de Dios.

Al modo de Abrahán nosotros respondemos con generosidad a la llamada de Dios: “Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos” (Sal 115). San Pablo nos recuerda que Dios no se reservó a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8,31-34). La generosidad de Dios es mayor que la de Abrahán. Y en Jesús se hace realidad la figura de Isaac.

EL MONTE Y LA ESCUCHA 

En el evangelio de este segundo domingo de cuaresma se nos recuerda la imagen de la transfiguración de Jesús, narrada este año por el evangelio de Marcos (Mc 9,1-9). La elección del texto del sacrificio de Isaac es muy significativa.   

• En ambos textos se presenta la imagen del monte que para muchas religiones es el símbolo de la morada de la divinidad. Se nos sugiere que nos acerquemos a Dios, alejándonos de todo lo que habitualmente nos distrae en la llanura.

• En ambos textos se evoca la figura de un padre. En el primero, se trata de Abrahán, que ha deseado ardientemente un hijo, pero está dispuesto a sacrificarlo como hacen las gentes de su entorno. En el otro habla Dios que reconoce a Jesús como su Hijo amado.

• En ambos textos se escucha la voz de Dios. A Abrahán Dios le habla por medio de un ángel, que le premia por haber escuchado su voz. En el otro, el mismo Dios exhorta a los discípulos a escuchar su voz que les llega por medio de su Hijo.

LA PALABRA DE DIOS

En el relato evangélico de la transfiguración de Jesús nos llama la atención la mención de la palabra en la relación entre lo divino y lo humano.  

• En primer lugar, recordamos la palabra de Jesús. En efecto, él aparece conversando con Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas. Y después, Jesús advierte a sus discípulos que no cuenten lo que han visto en lo alto del monte, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. El Hijo de Dios es el mismo mensaje de Dios.

 • En segundo lugar, se oye también una voz que proviene de la nube que cubre a los discípulos de Jesús. La nube es la imagen de la trascendencia de Dios. Con esas palabras se evoca uno de los poemas del Siervo del Señor. Dios reconoce en Jesús a su Hijo amado y exhorta a los discípulos a escucharlo. Solo la escucha nos salvará.

• En tercer lugar, se registra la palabra de Simón Pedro que sugiere preparar un lugar de acampada para Jesús y sus acompañantes. Pero el evangelista anota que Pedro no sabía lo que decía. Al bajar del monte, los discípulos comentan que no entienden la alusión de Jesús a la resurrección. Nuestra ignorancia es la base de nuestra humildad.

Entrada en Jerusalén, Mc 15,1-38

 “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”. Ese es el mensaje que Jesús ha confiado a los dos discípulos que ha enviado por delante de él a la aldea de Betfagé. Esas son las palabras que han de decir a quien les pregunte por qué están desatando al borrico y a dónde piensan llevárselo (Mc 11,1-10). 
El relato subraya el conocimiento divino de Jesús. Es un profeta. Sabe que sus discípulos van a encontrar un pollino apenas entren en la aldea. Y así es. Lo encuentran en la calle, atado a la puerta de una casa.
Además, el relato sugiere dos cualidades humanas de Jesús. Por una parte, su autoridad. Su mandato no encuentra resistencia. Y por otra parte, su capacidad de mantener relaciones de amistad. Todo nos hace pensar que Jesús conoce a los dueños del pollino.
De todas formas, esta introducción prepara la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén. Una entrada que recuerda las de los reyes antiguos que regresaban victoriosos de un combate.  

LOS MANTOS Y EL FOLLAJE
La segunda parte del relato describe minuciosamente los gestos de los discípulos: traen el pollino hasta Jesús y lo cubren con sus propios mantos. El texto no ha dicho que los discípulos conozcan ya lo que pretende hacer su Maestro. Pero se puede percibir que están dispuestos a prestarle sus servicios.
Por otra parte, el texto anota sencillamente que Jesús se sentó sobre el pollino. Seguramente, aquella acción, fácilmente imaginable, ya dejaba entender que se trataba de un gesto significativo de la misión misma de Jesús.
Además, el texto nos sitúa intencionadamente en el “camino”. Había llegado la hora de que Jesús culminara su peregrinación. A lo largo de los caminos se había encontrado con los enfermos y los pobres, con los pecadores y los marginados de la sociedad. Ahora, los peregrinos que lo acompañaban, le rendían honores al extender por el suelo sus mantos y el follaje que cortaban en los campos.

LAS ACLAMACIONES
La tercera parte del relato, recoge los gritos de los que precedían y seguían a Jesús en el camino:
• “¡Hosanna!” Esa antigua aclamación al rey (2Sam 14,4), se encontraba ya en los salmos como una súplica de ayuda (Sal 118,25). En este caso era un grito de saludo y de alegría.
• “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. También estas palabras se atribuían al rey que volvía victorioso. En esta ocasión decían mucho más. Porque efectivamente Jesús había venido en el nombre de Dios.
• “Bendito el reino, que viene de nuestro padre David”. De pronto, la nostalgia del reinado de David afloraba en los labios de los pobres y desheredados.  En esta oportunidad, el grito manifestaba su anhelo de un mundo de paz y de justicia.
• “Hosanna en las alturas”. Con motivo de la entrada de Jesús en Jerusalén, había llegado la hora de dar gracias al Altísimo, cuyo nombre no se podía pronunciar.

El grano de trigo Jn 12,20-33 (CUB5-18)

“Ya llegan días –oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva”. Así comienza el texto de Jeremías que hoy se lee en la misa (Jer 31,31-34). En los domingos anteriores la liturgia cuaresmal nos ha presentado las sucesivas alianzas de Dios con Noé, Abrahán, Moisés y el pueblo deportado a Babilonia. 
Hoy se proclama la alianza que Dios promete tanto al reino del Norte como al reino del sur, separados a la muerte de Salomón y llevados ambos al destierro. Dios escribirá su ley en el corazón de las gentes. Será su Dios y será reconocido como tal por ese pueblo. Todos lo conocerán, desde el pequeño hasta el mayor. 
Haciéndose eco de esta promesa, el famoso salmo “Miserere” no invita a suplicar: “Oh Dios, crea en mi un corazón puro” (Sal 50). En el corazón de la cuaresma, la carta a los Hebreos nos recuerda que Cristo aprendió sufriendo a obedecer (Heb 5, 7-9).

LA HORA
En el evangelio se evoca un momento importante, en vísperas de la pasión y muerte de Jesús. El Maestro ha entrado ya en Jerusalén, acompañado por los que lo aclaman como “el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel” (Jn 12,13).
Entre los que llegaban a Jerusalén había siempre algunos paganos “temerosos de Dios”. Hablaban griego, como tantos otros ciudadanos del imperio romano.  Algunos de ellos, llegados para la celebración de la Pascua, se acercaron a Felipe para decirle: “Señor, quisiéramos ver a Jesús”. Felipe consultó con Andrés y ambos se lo dijeron a Jesús
Para el evangelio de Juan esos peregrinos representan a toda la humanidad que busca al Mesías. Cuando Jesús supo de aquel interés pareció entrar en éxtasis. Era como si hubiera llegado para él la señal de su hora: la hora de la glorificación.
Es en ese momento cuando pronunció la alegoría del grano de trigo. Es preciso que muera en el surco para producir fruto abundante (Jn 12,20-33). Jesús conoce y acepta el destino que le espera. Su muerte será fuente de vida para los que crean en el.

VER A JESÚS
La frase de los paganos que pidieron la ayuda de Felipe no debería quedar en el olvido. De hecho, refleja nuestro mejor anhelo:
• “Queremos ver a Jesús”. Esa aspiración es la de los cristianos más comprometidos con su fe. Con ella indican a veces su displicencia ante las cosas del mundo. O, mejor, su deseo de participar en la gloria definitiva del Hijo de Dios.
• “Queremos ver a Jesús”. Esa expresión se encuentra también en labios de los no creyentes. Ruegan a la Iglesia que les facilite el acceso a Aquél en quien ella dice creer. Le reprochan que no viva de verdad su fe y oculte a su Señor a los ojos del mundo.
• “Queremos ver a Jesús”. Debería ser ésta la confesión sincera y humilde de una comunidad que se sabe llamada al encuentro con su Señor y, sin embargo, se encuentra torpe y enredada en mil asuntos que dificultan su camino de fe.

El juicio y la fe Jn 3,14-21 (CUB4-18)

“Se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo, a tal punto que ya no hubo remedio”. Resultan impresionantes estas palabras que se proclaman en la primera lectura de este domingo cuarto de Cuaresma (2 Cró 36,14-23).
La maldad y las infidelidades, tanto del pueblo como de sus dirigentes, llegaron a provocar la ira de Dios. La destrucción de Jerusalén y de su templo y el exilio de sus habitantes es la consecuencia de aquella depravación. Quienes no escucharon a los profetas serían reducidos a la esclavitud en Babilonia, hasta que Dios envió a Ciro como libertador.
El salmo responsorial canta la amargura de aquellos deportados, que a toda costa querían mantener la esperanza de volver a Jerusalén (Sal 136).
La segunda lectura nos recuerda que Dios es rico en misericordia y, a pesar de nuestros pecados, nos ama hasta el punto de hacernos vivir con Cristo (Ef 2,4-10). 

LA FE Y LA SALVACIÓN
El evangelio de hoy nos lleva a revivir aquella visita nocturna de Nicodemo (Jn 3,14-21). Jesús le anuncia que, al igual que la serpiente de bronce que Moisés alzó en medio del campamento de los hebreos, así será elevado él para dar la vida a los que crean en él.
 En aquella conversación sobresalen tres afirmaciones sobre Dios, que son también afirmaciones sobre Cristo y sobre el hombre:
• Dios ama a este mundo. Es decir ama al hombre que ha creado. Y lo ama hasta el punto de entregar a su Hijo. Lo entrega para que no perezca ninguno de los que creen en él. 
• Dios no pretende juzgar al hombre. Es el hombre quien determina su propio juicio en virtud de su fe o su increencia en el Hijo de Dios.
•  Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo. El objeto del envío era y es que el mundo pueda salvarse por él. Eso es lo que Dios desea para toda la humanidad.  

LA LUZ Y LA VERDAD
 La larga conversación entre Jesús y Nicodemo resume los temas principales del evangelio de Juan. Entre ellos sobresalen los de la luz y la verdad.
• “El que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”. Es esta una observación habitual en cualquier sociedad. En este contexto, es la luz del Evangelio la que revela lo que el hombre es en el fondo de su alma.
• “El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.  Generalmente se piensa que la verdad es algo que se ignora o se conoce. En este caso, la verdad es algo que se “hace”. La luz de Cristo revela si somos de la verdad.

Entrada en el templo Jn 2,13-25 (CUB3-18)

“No tendrás otros dioses frente a mí”. Así comienza la primera lectura de este domingo tercero de cuaresma (Éx 20,1-17). Después de la alianza de Dios con Noé y con Abraham, que hemos meditado en los dos domingos anteriores, hoy se nos recuerda la alianza que Dios hizo con Moisés y con su pueblo.
En ese contexto se sitúa el Decálogo. Dios había liberado a Israel de la esclavitud que sufría en Egipto. Dios había hecho su parte. Pero la liberación exigía algo de parte de aquel pueblo y de todos los pueblos de la tierra. Los mandamientos no son un peso en las alas. Reflejan la responsabilidad con la que se ha de alcanzar y vivir la liberación.
En la segunda lectura, san Pablo nos invita a anticipar ya el misterio de la muerte de Cristo. El Crucificado es escándalo para los judíos y necedad para los  griegos. Pero para los que creen en él  es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 22-25). 

LOS VENDEDORES Y LA LIMPIEZA
La celebración de la Pascua se anticipa también en la primera frase del evangelio que hoy se proclama (Jn 2,13-25). Hemos meditado muchas veces este episodio de la limpieza que Jesús escenificó en los atrios del templo de Jerusalén. Claro que casi siempre nos ponemos en su lugar, dispuestos a repartir latigazos más que a recibirlos.
• Jesús decide limpiar el templo de traficantes. Desea que sea una casa de oración, no una plaza de negocios. También hoy quiere una Iglesia y unos ministerios limpios.
• Jesús quiere que la casa de Dios sea un lugar de oración. También hoy nos pide que nos acerquemos a Dios en todo tiempo y en todo lugar.
• Jesús se refiere a su propio cuerpo, identificándolo con el templo de Dios. También hoy nos exhorta a respetar nuestro cuerpo y el de los demás.
Leído en este tiempo de cuaresma, este episodio nos prepara para la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. El templo de su cuerpo seria destruido, pero al tercer día sería restaurado y resucitado para nuestra salvación y nuestra esperanza.  

LA VERDAD  Y LOS VALORES
La lectura de este episodio evangélico es muy interesante. Pero casi siempre olvidamos el final del relato. En él se nos habla de los que escuchan a Jesús y se nos recuerda cómo los veía él.
• Muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía. El texto retoma algo que aparece varias veces en los evangelios. Las gentes piden signos y milagros para poder creer. Pero el evangelio nos dice que, al contrario, solo si creemos en el Señor veremos los signos y prodigios que él realiza en nosotros.
• Pero Jesús no se confiaba a ellos… porque sabia lo que hay dentro de cada hombre. También esta frase es fundamental. Nosotros juzgamos por las apariencias y vivimos de apariencias. El Señor nos invita a vivir en la verdad y a no juzgar a las personas solo por su figura. Nuestra fe no puede quedar en los gestos exteriores.

La entrega del Hijo Mc 9,2-8 (CUB2-18)

“Juro por mí mismo –oráculo del Señor-: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa” (Gén 22,16-17). El domingo pasado recordábamos el pacto de Dios con Noé. La primera lectura de hoy nos presenta esta alianza de Dios con Abraham.
A muchos ha escandalizado la decisión de Abraham de sacrificar a su hijo Isaac. Seguramente, el texto trata de mostrar la diferencia entre los hebreos y los pueblos cananeos. Si estos sacrificaban sus hijos ante sus dioses de la fertilidad, el Dios de Israel solo desea el gesto de la fe y la obediencia de los creyentes.
Pero este texto tan rico subraya también la generosidad de Abraham que no dudaba en entregar a su hijo. Esa es la grandeza y la radicalidad de la fe.  San Pablo atribuye esa generosidad al mismo Dios que entregó a su propio Hijo por nosotros (Rom 8,31-36).

LA VOZ DE LO ALTO
El evangelio de este segundo domingo de cuaresma retorna sobre la misma idea de la entrega del Hijo. Como todos los años, en este día se ofrece a nuestra meditación el misterio de la Transfiguración de Jesús en lo alto de un monte. Y, al igual que a sus discípulos predilectos, también a nosotros  se nos invita a escuchar la voz que sale de la nube de su gloria: “Este es mi Hijo amado, escuchadlo” (Mc 9,7).
• Jesús es el Hijo de Dios. En el monte también nosotros descubrimos que Dios es Padre. En un mundo que desprecia la paternidad, sabemos que no estamos huérfanos. En Jesús se nos revela la gloria del mismo Dios, que se abaja hasta nuestra pobreza y nuestra miseria.
• Jesús es el Hijo amado por Dios. En el monte también nosotros descubrimos que Dios es amor. En un mundo que vive en la indiferencia, sabemos que nuestra causa le interesa. En Jesús se nos muestra la ternura de Dios, que nos comprende y nos perdona.
• Jesús es el Maestro y el Profeta enviado por Dios. En el monte también nosotros descubrimos que Dios nos habla. En un mundo que se ve invadido por los falsos profetas, como ha dicho el papa Francisco, sabemos que en Jesús podemos oír la palabra de la verdad. 

EL TESTIMONIO
Con todo, no podemos permanecer siempre en el monte, en el que se nos revela la gloria y la cercanía de Dios. También nosotros tenemos que descender al valle de la cotidianidad y la rutina. Mientras bajamos al llano, Jesús nos da un aviso.
• En primer lugar, nos exhorta a la discreción. El llamado “secreto mesiánico”, tan característico del evangelio de Marcos, se traduce hoy en la necesidad de ese  testimonio cristiano que se expresa en la coherencia de la vida.
• En segundo lugar, Jesús nos invita a meditar el misterio de su entrega a la muerte y a anunciar a todo el mundo su resurrección de entre los muertos.  

El desierto y el Mensaje Mc 1,12-15 (CUB1-18)

 “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra”. He ahí el pacto que Dios establece con Noé después del diluvio (Gén 9,8).  Es una alianza de paz. Dios quiere recuperar la armonía del paraíso. 
El pecado rompió aquella armonía original con lo otro, con los otros y con el Absolutamente Otro. Y el pecado quebranta hoy la deseable armonía del ser humano con esta admirable creación que Dios le ha confiado. El viaje del papa Francisco a la zona amazónica peruana nos ha invitado a repensar nuestra responsabilidad en el desastre.
Hemos de evocar aquel pacto al cantar hoy el salmo responsorial: “Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza” (Sal 24). 
En la primera lectura de cada domingo, esta cuaresma nos invitará a recordar la alianza de Dios con la humanidad y con su pueblo, por medio de Noé, Abraham, Moisés, el rey Ciro y el profeta Jeremías.  Al primer paso se refiere también la primera carta de Pedro (1 Pe 3,18-22).

LA TENTACIÓN
El evangelio de este primer domingo de cuaresma es muy significativo. Es la obertura de ese concierto de voces que, durante este camino hacia la Pascua, nos ofrece una catequesis intensiva para ayudarnos a vivir el seguimiento de Jesús. 
• En el primer domingo de cuaresma se menciona siempre el desierto. A él es guiado Jesús por el Espíritu antes de iniciar su misión. La imagen del desierto sugiere soledad y austeridad. Más que un lugar es la oportunidad para redescubrir la honda verdad de lo que somos. 
• En el primer domingo de cuaresma se dice siempre que Jesús permaneció cuarenta días en el desierto. Además del lugar importa mencionar el tiempo, mencionando un número que implica la plenitud de una vida de interioridad, de meditación, de aceptación del plan de Dios.
 • En el primer domingo de cuaresma se recuerdan siempre las tentaciones de Jesús. El evangelio de Marcos se limita a anotar que Jesús fue tentado por Satanás. Como el pueblo hebreo en su paso por el desierto y como el mismo Jesús, también nosotros vemos puesta a prueba nuestra fidelidad a Dios.

LA ARMONÍA
El evangelio de Marcos no menciona las tres tentaciones, en las que se trataba de esclarecer la identidad de Jesús como hijo de Dios. Pero nos ofrece tres detalles muy importantes sobre él. 
• “Vivía con las fieras y los ángeles le servían”. Jesús era el nuevo Adán. Con él retornaba la armonía original. Jesús traía la paz a la creación. Ante su dignidad se inclinaban los mismos ángeles.
• Jesús salió del desierto para predicar el Evangelio de Dios. Jesús era el nuevo Elías. Como él, salía de la aspereza del desierto para proclamar la presencia del Dios único.
• Jesús resumía la obra divina y la respuesta humana que esperaba. Él era el Mesías esperado. Con él se cumplía el tiempo y Dios ofrecía su realeza. Con él llegaba la hora de la conversión y de la fe.