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Escuchar a Dios Lc 13,1-9 (CUC3-22)

 “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza” (Ex 3,3). Moisés está apacentando su rebaño y percibe una zarza que arde sin consumirse. Se  acerca y  oye una voz que le pide descalzarse, puesto que está ante lo sagrado. Este texto nos remite a tres protagonistas que merecen nuestra atención.

 • Dios, que no es indiferente a la suerte de los hombres. Su misericordia tiene en cuenta la miseria de los hebreos que son tratados como eslavos. Dios ha decidido liberarlos de esa esclavitud. Pero ha de suscitar en ellos el anhelo de la liberación.     

• Moisés, que ha tenido que salir de Egipto y ha encontrado un refugio tranquilo entre las gentes de Madián. Sin embargo, escucha la voz de Dios que ha decidido contar con él. Su atención nos enseña a ver la intervención de Dios en los acontecimientos de  nuestra vida diaria.

• Los hebreos, que ya se han habituado a vivir en la esclavitud. Pero Dios “ha visto” la opresión que sufren los descendientes de Jacob y decide rescatarlos. También a nosotros Dios nos ofrece la libertad y nos restituye la dignidad perdida.

DOS HECHOS  IMPRESIONANTES

El evangelio según san Lucas menciona dos hechos impresionantes que debieron de llegar a los oídos de Jesús: una horrible matanza de peregrinos galileos decidida por Pilato y el derrumbe de la torre de Siloé que aplastó a algunos obreros (Lc 13,1-9).  

• A Moisés Dios le había hablado mientras se ocupaba tranquilamente de las tareas del pastoreo. El evangelio dice que Dios habla también a través de los sucesos más dramáticos como una pandemia o una invasión militar de un país.   

• A la vista de aquellos acontecimientos, la idea habitual sobre la retribución divina llevaba a preguntarse qué mal habían cometido las víctimas. Sn embargo, según Jesús, la desgracia no siempre responde al pecado. Si así fuera, algunos de sus oyentes la merecerían.

•  El evangelio nos indica que es ocioso hacerse preguntas sobre la naturaleza del mal y sobre sus causas. La fe nos enseña a tomar una decisión concreta. La voz de Dios nos invita de una forma o de otra a escucharla y a abrir nuestro corazón a la conversión 

 UNA PARÁBOLA SENCILLA

Por otra parte, en el evangelio que hoy se proclama se recuerda la parábola de la higuera que ha dejado de dar frutos. El texto incluye un breve diálogo entre el dueño de la viña y el viñador encargado de cultivarla.

 •  “Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Esa es la decisión del dueño de la viña en la que está plantada la higuera. Es una severa advertencia a esa esterilidad nuestra que ya se ha vuelto crónica. No podemos resignarnos. Hemos sido llamados a “dar frutos en la caridad para la vida del mundo”.

• “Señor, déjala todavía este año”. Junto a la tentación de la acedia podemos caer también en la tentación del pesimismo. El viñador quiere dar una nueva oportunidad a la higuera. Estamos llamados a mantener la esperanza y la paciencia con nuestros hermanos. Y a dejar el juicio y la última decisión al Señor, que es el dueño de la viña. 

El talante de San Pedro y San Pablo

San Pedro y san Pablo son los pilares de la Iglesia. Pero su categoría humana los convierte en modelos de coherencia y de rectitud.
El libro de los Hechos de los Apóstoles (Hech 12,1-11) nos lleva a recordar un famoso fresco de las “logias” vaticanas, en el que Rafael dejó plasmada la liberación de Pedro. Herodes lo había metido en la cárcel durante la semana de Pascua. Pero “mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él”.
Orar por Pedro era un deber de gratitud y de amor para la primera comunidad de Jerusalén. Pedro será bien consciente de que esa oración de su gente le ha “liberado de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos”.
También Pablo era consciente de que el Señor lo había liberado de la boca del león, para anunciar la salvación a gentes que antes consideraba como extrañas (2Tim 4,17-18).
La diferencia de talante y de opiniones de estos dos hombres no los separó en vida de la gran misión que les fue confiada por su Señor ni los aleja ahora en nuestra veneración.
De Pedro nos dice el evangelio (Mt 16,13-19) que reconoció a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. A cambio, Jesús le cambió su nombre de Simón por el de Pedro, para hacer de él la piedra sobre la que edificaría su Iglesia. 
Pablo, por su parte, resume a su discípulo Timoteo su propia tarea de apóstol y misionero: “El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles”.
Los dos apóstoles y pilares de nuestra fe han sido liberados por Dios para convertirse en agentes de la liberación y en mensajeros de la verdad. 
Pedro es el modelo de una fe que reconoce a Jesús como el ungido de Dios. Esa era la condición mínima para ser un auténtico discípulo de Jesús de Nazaret. Los que pretendían seguirlo por otros motivos pronto abandonaron el camino.
Y Pablo nos recuerda la necesidad de aceptar que uno ha corrido por la pista equivocada. Es evidente que en el mundo de hoy es muy difícil reconocer los propios errores. La obsesión por imponer a los demás las propias ideas o la propia ideología puede hacernos duros y cínicos hasta negar la evidencia.   
Estos dos apóstoles son testigos de la fe. Pero son también modelos de humanidad. Ambos estuvieron al servicio de los otros. En un mundo secular, muchos ponen la salvación en la técnica o en la política, en el arte o en la guerra. En un mundo plural se nos ofrecen muchos salvadores. Nosotros creemos que el camino de la salvación parte de la humildad. 
Pedimos que la Iglesia se mantenga fiel a las enseñanzas y al ejemplo de los apóstoles Pedro y Pablo, que recordamos como los pilares y testigos de nuestra fe cristiana. Y deseamos también de todo corazón que esta sociedad nuestra se decida a buscar la verdad y a vivir de acuerdo con ella.
José-Román Flecha Andrés

Escuchar a los profetas Lc 16,19-31 (TOC26-19)

“Os acostáis en lechos de marfil; tumbados sobre las camas, coméis los carneros del rebaño y las terneras del establo”. Amós era un pastor allá en las tierras de Técoa, en el reino de Judá. Un dia subió a Samaría, en el reino de Israel, y vio el lujo de que alardeaban algunas personas. Y no pudo evitar criticarlas con el lenguaje de un pastor (Am 6,1.4-7). 
Al mismo tiempo pudo ver la postracion en que yacían los pobres, la indiferencia de los que los marginaban y la corrupción de los jueces que se dejaban comprar por un par de sandalias. Él nunca había pensado en ser profeta. Pero reconocía que cuando Dios habla, uno no puede quedar en silencio, sin transmitir su mensaje.
En esta línea, el salmo rsponsorial recoge una confesión de la justicia e imparcialidad de Dios: “Él mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos” (Sal 145,7). Y san Pablo escribe a su discípulo Timoteo: “Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza” (1 Tim 6,11).

UNA GOTA DE AGUA
El evangelio de hoy contrapone dos estilos de vida que se repiten en todo tiempo y lugar. Un hombre rico se viste con ropajes de lujo y banquetea cada día con un derroche escandaloso.
Pero a su puerta yace un mendigo que espera satisfacer algo de su hambre con las migajas que caigan de la mesa del rico, mientras deja ver unas llagas que lamen de vez en cuando los perros callejeros (Lc 16,19-31).
 El relato evangélico no da el nombre del rico. En cambio recuerda el nombre del pobre. Se llama Lázaro, que significa “Dios ayuda”. ¿Lo conocía Jesús personalmente? ¿O le atribuyo ese nombre con toda intención?
Las diferencias que los marcaban en la vida continuaron más allá de la muerte. Pero invertidas.  El pobre participa de la mesa y de las bendiciones de Abrahán, el amigo de Dios. Pero el rico es arrojado a un infierno, que se describe como un horno de fuego. El rico que en vida no compartió su comida y su bebida,  pide ahora que el pobre se acerque a él con una gota de agua para sus labios abrasados. Pero ya no es posible ese servicio.

EL PROTOCOLO DEL JUICIO
Ante esa imposibilidad, el rico tiene aun otra petición para Abrahán. Que envíe a Lázaro para que advierta a sus hermanos que aun quedan en la tierra para que cambien de conducta y no vayan a terminar en el fuego que él padece.  Las dos respuestas de Abrahán son un aviso para las gentes de toda clase y condición.
• “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. No es fácil escuchar a los demás. Y es más dificil escuchar a los profetas que Dios nos envía. Su misión es anunciar el bien y la verdad y denunciar el mal y la mentira. Pero nuestros intereses nos llevan con frecuencia a descalificar a los mensajeros para no aceptar el mensaje.     
• “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”. Un viejo refrán latino decía que no nos conmueve lo acostumbrado. Andamos siempre a la caza de lo extraordinario. Pero Dios no nos envía muertos resucitados para que nos adviertan. Nos envía testigos de la fe que viven junto a nosotros. 

Brevedad de la vida Lc 12,13-21 (TOC18-19)

“Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad”. Es muy conocido este inicio del libro del Eclesiastés (Ecl 1,2). El texto añade una reflexión sobre la preocupación humana por el trabajo: “Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción a quien no ha trabajado. También esto es vaciedad y gran desgracia” (Ecl 2,21-23).
Pero el problema no es el  trabajo sino la fugacidad de la vida, que quita sentido a los afanes por acumular unos bienes que es preciso  dejar a otros. Con frecuencia olvidamos que no estamos en esta tierra para vivir aquí para siempre.
Esa idea de nuestra limitación temporal se repite en el salmo responsorial, en el que nos dirigimos a Dios reconociendo que nuestra vida es frágil y breve: “Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna” (Sal 89,)
Por feliz coincidencia, en la segunda lectura de la misa de hoy, san Pablo nos recuerda que hemos resucitado con Cristo. Y, por tanto, nos exhorta a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra (Col 3,1-2).

MEDIADOR Y ÁRBITRO
El evangelio de Lucas, que vamos siguiendo a lo largo de este año, se refiere con frecuencia al dinero, o mejor a los pobres y a los ricos. El texto que hoy se proclama en la Liturgia (Lc 12,13-21) podría dividirse en dos partes, centradas en el  tema de la codicia.
• En la primera parte, uno de los que escuchan a Jesús le expone su enemistad con su hermano a causa de la herencia familiar. Su petición nos recuerda la de Marta. Ambos piden a Jesús que haga de mediador en cuestiones familiares: “Dí a mi hermana… Dí a mi hermano…” También hoy  algunos quieren que Jesús solucione sus problemas.
• En la segunda parte, leemos la parábola de un hombre rico que ha recogido en sus campos  una cosecha muy abundante. Junto a la satisfacción por la cosecha, se le plantea el problema de construir unos almacenes más amplios para recogerla. Pero Dios es el árbitro que marca el final de nuestra carrera. 
Con todo, el mensaje que se desprende de la parábola subraya sobre todo la arrogancia y el engaño en el que vive este hombre. Parece convencido de que la abundancia de sus bienes le garantiza una larga vida. Como en el libro del Eclesiastés, también en este relato se sugiere que la preocupación verdadera es la de la caducidad de la existencia.

DIOS Y LOS DEMÁS
Es interesante descubrir que la parábola contrapone a la palabra del rico la palabra de Dios. El rico espera disfrutar de su cosecha durante muchos años. Pero Dios le anuncia que su vida ha llegado a su término.
• “Necio, esta noche te van a exigir la vida”. Si la sabiduría refleja la armonía del hombre con Dios, la necedad revela la autosuficiencia de la persona, es decir su pecado. No se puede olvidar que quien decide la duración de la vida no es el hombre sino Dios. Nadie es dueño de su futuro.
• “Lo que has acumulado ¿de quién será?” Además de escuchar la voz de Dios, el hombre siempre ha de prestar atención a sus hermanos. El rico es interpelado por Dios, pero hará bien en recordar a las personas que lo rodean. Ninguna cosecha le pertenece para siempre. Siempre hay unos “otros” que heredarán nuestros bienes. 

Una familia que busca Lc 2,41-52 (Sagrada Familia)

“El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros”. Esta lectura del libro del Eclesiástico se refiere directamente a una sociedad patriarcal (Eclo 3). Pero esas normas reflejan el valor que la familia ha tenido para el pueblo judío en todas las épocas de su historia.
Sin embargo, estas máximas no solo reflejan una concepción social o un código de educación y buenos modales. Recogen lo mejor de la experiencia humana. Así que no pueden ser despreciadas.  El respeto al padre y a la madre son prueba de sabiduría.
Además, este texto bíblico se refiere expresamente a Dios. “Al que honra a su madre, el Señor lo escucha”. Es muy importante esa alusión a la divinidad. El amor que se vive en las relaciones familiares es una especie de culto. Amar a la familia es un acto de oración.
Con una hermosa bienaventuranza, el salmo 127 promete el premio de una familia numerosa a los que temen al Señor y siguen sus caminos.  Y en la carta a los Colosenses (Col 3,12-21) se exhorta a los fieles a vivir unas armoniosas relaciones familiares, porque esto es agradable al Señor.

ANTICIPACIÓN DEL MISTERIO
También Jesús ha crecido en el seno de una familia, a  la que la atención a la voluntad de Dios no le ha ahorrado contratiempos y sorpresas. 
• El evangelio que hoy se proclama (Lc 2,13-23) nos recuerda que la familia de Nazaret vivía fielmente enraizada en las prácticas religiosas y sociales de su pueblo. Jesús dirá un día que no había venido a abolir la Ley de Moisés. Los relatos evangélicos de la infancia dan fe del espíritu religioso en el que creció. 
• Además, el texto anota que José y María pasaron por los temores y angustias de tantos padres y madres que sienten la pérdida de sus hijos. Jesús afirmará muchas veces que vive la voluntad de su Padre celestial. Este relato de la infancia alude a esa conciencia de Jesús que reconoce y confiesa su íntima relación con el Padre. 
• Por otra parte, este relato evangélico anticipa ya el misterio de la pasión y muerte de Jesús. En ambos casos, Jesús permanece tres días “perdido”. En ambos casos es encontrado de nuevo mientras explica las Escrituras: primero por su familia y después por los discípulos de Emaús. Escuchar las Escrituras es la pista para encontrar al Maestro.

EL CRUCE DE PREGUNTAS
Las preguntas son muy importantes en todo diálogo humano. También en los evangelios. En el momento del encuentro de Jesús en el templo de Jerusalén se produce un interesante cruce de preguntas entre María y Jesús.
• “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?” Parece que María no llega a comprender los motivos que han podido impulsar a su Hijo. Muchos creyentes dirigien a Dios una pregunta semejante. La oración puede ayudarnos a descubrir los planes del Señor. 
• “¿Por qué me buscabais?” Esta es la primera pregunta de Jesús que aparece en el evangelio de Lucas. La búsqueda es una actitud típica de los creyentes. Pero todos los que buscan a Dios han de plantearse alguna vez las verdaderas razones de su búsqueda
• “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” Esta segunda pregunta de Jesús se dirige a todos los que creen conocerlo. Jesús confiesa que la Ley de Dios es su casa y que la Casa de Dios es su ley. Su vocación y su misión es estar al servicio del Padre.

Los dos mandatos Mc12,28b-34 (TOB31-18)

“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno”. Son muy importantes para Israel esas palabras que contiene el texto del Deuteronomio que hoy se proclama (Dt 6, 2-6). A esa llamada de atención se unen tres avisos prácticos:
• “Teme al Señor tu Dios”. El temor de Dios no se puede confundir con el miedo. Dios no se identifica con esos ídolos que con tanto celo veneramos. Sin el temor a Dios, la idea que de él nos formamos solo es una proyección de nuestros propios deseos.
• “Guarda sus mandatos y preceptos”. Los mandatos del Señor no pueden confundirse con imposiciones arbitrarias. Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Sus preceptos son una lámpara para nuestros pasos (Sal 119,105).
• “Ponlos por obra para que te vaya bien”. Los mandamientos de nuestro Dios tampoco son principios abstractos o simples frases para el decorado. Si los ponemos en práctica, llegaremos a  encontrar el camino de la armonía integral.

UN ÚNICO AMOR
Un escriba pregunta a Jesús cuál es el primero de los mandamientos (Mc 12,28-34). Seguramente traía en la mente las discusiones de las escuelas sobre el tema. Tal vez quería saber a cuál de ellas pertenecía el Maestro. El escriba se refiere a un solo precepto, pero Jesús le recuerda dos, que reflejan un único amor. 
- En primer lugar, según el Deuteronomio, es preciso amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6,5). Frente a la dispersión de los pensamientos, de los sentimientos y de nuestros compromisos habituales, solo el amor a Dios nos ayuda a vivir  centrados en lo más importante.
- Además, de acuerdo con el Levítico, es necesario amar al prójimo como a uno mismo (Lev 19,18). Poner el “tú” al nivel del “yo” es la auténtica regla de oro.  Al final de su vida, Jesús se presentará como la clave de ese amor:  “Amaos unos a otros como yo os he amado”. Esa es la definitiva superación del egoísmo.

LA VERDAD DEL EVANGELIO
Nos admira la sintonia del escriba, que amplía y ratifica la propuesta de Jesús. En sus palabras se refleja ya la reflexión y la experiencia de la comunidad cristiana:
• “El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él”. Nuestro politeismo práctico nos perturba y enloquece. El verdadero creyente nunca podrá adorar a dos dioses. El corazón que de verdad ama a Dios no puede estar dividido.   
• “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios”. Un oraculo semejante de Oseas (Os 6,6) encuentra eco en los labios de Jesús (Mt 9,13). El papa Francisco critica una devoción que no se traduce en servicio a los demás. 
• “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. El Reino de Dios es Jesús mismo. Amar a Dios y al prójimo: ese es el resumen de la vida y del mensaje del Maestro.

El ciego de Jericó Mc 10,46-52 (TOB30-18)

“¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel! Los traeré del país del norte, los reuniré de los confines de la tierra. Entre ellos habrá ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas: volverá una enorme multitud”. En esta primera lectura, Jeremías transmite un oráculo de Dios que anuncia al pueblo de Israel el retorno del exilio (Jer 31,7-9).
Nadie queda excluido de la esperanza. Los ciegos y los cojos evocan un pasado de pobreza y sufrimiento. Las embarazadas y las jóvenes madres anuncian el futuro de la nueva vida. Dios es el verdadero Señor de la vida. En el mismo texto se recoge la mejor de sus promesas: “Seré un padre para Israel”.
El salmo responsorial se hace eco de la alegría de los que habían sido deportados a Babilonia y ahora pueden regresar a su patria: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” (Sal 125,5).
Según la carta a los Hebreos, todo sumo sacerdote “puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad” (Heb 5,2). Si esta afirmación valía para el antiguo culto, con más razón puede aplicarse a Jesucristo.

EL ITINERARIO DE LA FE
Tras revisar las apetencias humanas con relación al placer, al tener y al poder,  el capítulo décimo del evangelio de Marcos nos ofrece un texto inolvidable que parece una especie de evangelio dentro del evangelio (Mc 10,46-52). Un relato en el que se presentan al menos tres contrastes. 
• A la vereda del camino que sale de Jericó hacia Jerusalén está sentado un mendigo que es ciego. Sin embargo, es uno de los pocos enfermos curados por Jesús que tiene nombre propio. Se llama Bartimeo, es decir, “el hijo de Timeo”. Los creyentes en Jesús nunca deberán olvidar que el pobre tiene dignidad.
• Bartimeo está ciego, pero oye los comentarios de los caminantes y se entera de que junto a él pasa Jesús. Los que acompañan al Maestro en su subida hacia Jerusalén pretenden hacerle callar, pero él lo invoca a gritos con un título mesiánico: “Hijo de David, ten compasión de mí”. El texto sugiere que la fe llega por el oído y se expresa en oración. 
 • Antes del encuentro con Jesús, el ciego era un mendigo sentado al borde del camino y pidiendo limosna. Pero el encuentro le ha hecho  recobrar la vista y le ha decidido a seguir a Jesús por el camino. Mendigar al borde del camino, reconocer a Jesús como Maestro y seguirle por el camino.  Ese es el itinerario de la fe.

LA SANACIÓN Y LA FE 
Frente a las súplicas del ciego, el relato evangélico recoge también tres frases de Jesús que revelan lo que él es y anuncian lo que puede aportar a quienes se acercan a él.
• “Llamadlo”. Jesús vino a buscar a los pobres, y a los enfermos, a los marginados y a los ciegos. Además quiso buscar algunos colaboradores para esa misión de sanación y de salvación. Todos somos exhortados  a hacer llegar esa llamada a los que buscan al Señor.
• “¿Qué quieres que haga por ti?” Esta es la misma pregunta que Jesús dirigió a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo. Ellos pretendían que Jesús les concediera poder y privilegios. Pero Bartimeo solo quiere la luz que puede conceder el que es la luz del mundo.
 • “Anda, tu fe te ha curado”. La sanación viene siempre del Señor. Es absolutamente gratuita. Pero el Señor valora la fe de los que se acercan a él con humildad y confianza. Quien  lo confiesa como hijo de Dios puede llegar a descubrirlo como guía del camino.

Servicio y Misión Mc 10,35-45 (TOB29-18)

“El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento…Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos”. Esa era la misión del Siervo del Señor, que recuerda la primera lectura de la misa de hoy (Is 53,10-11). Ese misterioso personaje no aparece revestido de poder. Al contrario, precisamente por sus sufrimientos se convierte en salvador de muchos.
Con el salmo responsorial, confesamos hoy que nuestra redención no es fruto de nuestro poder, sino de la bondad compasiva de Dios: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).
También la carta a los Hebreos nos recuerda que “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades” (Heb 4,14-15).
En este domingo de la propagación de la fe es bueno tratar de adquirir conciencia de que no es nuestro poder el que contribuye a la misión redentora confiada a la Iglesia.

LA TENTACIÓN DEL PODER
Tras evocar en los domingos anteriores la enseñanza de Jesús sobre el placer y el tener, el evangelio que hoy se proclama nos revela que la apetencia humana del poder ha de ser entendida, a la luz de la fe, como la disponibilidad para servir a los demás (Mc 10,35-45).
• Santiago y Juan, hijos de Zebedeo se dirigen a Jesús con una frase que contradice el ejemplo y la enseñanza que van recibiendo de él: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Ese Maestro es el que nos enseña a orar diciendo al Padre: “Hágase tu voluntad”. No podemos convertir a Dios en un ídolo dispuesto a satisfacer nuestro egoísmo.
• Santiago y Juan piden puestos de honor en la gloria del Mesías. Pero Jesús les anuncia que le espera un horizonte de pasión y de muerte. Y ese es el camino que aguarda a los discípulos que lo reconocen como su Maestro. También ellos compartirán el cáliz de amargura que él ha de beber y el baño de dolor y de sangre  con que él será bautizado.
• Sería una hipocresía indignarse contra Santiago y Juan. Todos tenemos esa tentación del poder que afecta a los jefes que tiranizan a los pueblos y a los poderosos que oprimen a los débiles. Pero entre los discípulos de Jesús quien quiera ser el primero ha de aprender a ser el servidor de todos. Esa es la lección que nos ha enseñado el Maestro. 

 ALTANERÍA Y SERVICIO
Es grande quien sirve a los demás. Nunca ha sido fácil aprender esa lección. Ahora mismo el papa Francisco nos llama la atención contra las tentaciones de la mundanidad y del clericalismo. Pero el servicio no es una simple estrategia misional para ir consiguiendo nuevos adeptos para la Iglesia. El servicio es el único modo de parecernos al Maestro.
• “El hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan”. En Jesús vemos la realización de aquel Siervo del Señor del que se habla en el libro de Isaías. En el contexto de la última cena él lavó los pies a sus discípulos y los exhortó a realizar ese gesto de humilde servicio a sus hermanos. Esa es la traducción del mandato del amor.   
• “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”. Al igual que el Siervo del Señor, anunciado por el profeta, también Jesús justifica y rescata a muchos. Como dice el papa Francisco, “quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento” (EG 1). 

Un pastor compasivo Mc 6,30-34 (TOB16-18)

“¡Ay de los pastores que dispersan y dejan perecer las ovejas de mi rebaño!” (Jer 23,1). En la primera lectura de este domingo nos sorprende este lamento que el profeta Jeremías pone en la boca del mismo Dios. El Señor se preocupa por la suerte que amenaza a sus ovejas cuando los pastores no son responsables.
 Es verdad que, aun siendo silencioso, Dios no es neutral. De hecho, el Señor promete intervenir para reunir al resto de sus ovejas y conducirlas a sus dehesas. Además, las confiará a nuevos pastores que las libren del temor, de la dispersión y de los peligros. “Ninguna se perderá”, añade el oráculo.
En un día como hoy podemos proclamar con el salmo la misericordia que nos salva: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). 
En la carta a los Efesios se nos recuerda que Jesucristo ha venido a derribar el muro de enemistad que separaba a Israel de los demás pueblos. Esa consideración de la paz y del encuentro entre todos los hombres es hoy más necesaria que nunca.

EL DESCANSO Y LA CURIOSIDAD
El evangelio del domingo pasado nos decía que Jesús envió a sus discípulos a predicar, a liberar de los demonios a las gentes y a sanar a los necesitados.  En el texto que hoy se proclama (Mc 6,30-34) contemplamos el retorno de los discípulos, que dan cuenta a su Maestro de lo que han hecho y enseñado. 
• En primer lugar, vemos que Jesús tiene la delicadeza de llevarlos a un lugar solitario, con el deseo de que puedan descansar de su misión.    
• Pero el texto anota que las gentes reconocen a Jesús y a sus discípulos. Se sugiere con esa observación que el Maestro y sus discípulos suscitan curiosidad.
 • Los que reconocen a Jesús no quedan anclados en su comodidad y en su rutina. Se ponen en camino y se adelantan por tierra hasta el lugar donde ellos pretendían descansar.

LA ORFANDAD Y EL ENCUENTRO
Al desembarcar, Jesús vio a la multitud y se compadeció de ella, “porque andaban como ovejas que no tienen pastor”. Esta observación convierte a este texto en un testimonio muy actual. Como ha escrito el papa Francisco, “la mentalidad mundana nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres, sin compromiso y sin gozo” (Gaudete et exsultate, 159). 
• “Como ovejas sin pastor”. Esa es una forma muy gráfica para describir la situación de las gentes  que salen al encuentro de Jesús. Ni la situación política ni los cultos de Jerusalén podían ofrecer a las gentes verdadero amparo y esperanza.
• “Como ovejas sin pastor”. Así parece caminar en su orfandad una gran parte de la humanidad de hoy, seducida por la apariencia de las modas y el consumo y alejada de la búsqueda de la espiritualidad y del sentido de la vida. 
•  “Como ovejas sin pastor”. Esa parece la situación de muchas personas bautizadas, que durante un tiempo han declarado ser creyentes no practicantes para terminar avergonzándose hasta de parecer creyentes.

Trinidad y Comunión Mt 28,16-20

“Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo, en la tierra, no hay otro” Estas palabras que hoy se proclaman en la primera lectura (Dt 4,39) tienen validez para todo tiempo y lugar.
Esa es la cuestión fundamental: preguntarnos quién es nuestro Dios y a quién dedicamos nuestra atención y nuestra adoración. A veces alguien dice que ha pedido a Dios tal o cual favor, pero, como no lo ha conseguido, ha dejado de creer en Dios.
En efecto, son muchos los que se dirigen a Dios pidiendo: “Te ruego que me des tal cosa.”. Pero son pocos los que se dirigen a Dios diciendo: “Te adoro y te amo porque eres Dios y me amas”.
Sin embargo, san Pablo nos recuerda: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios” (Rom 8,14). En ese contexto resume él nuestra fe en la Trinidad. El Espíritu atestigua que somos hijos de Dios y coherederos con Cristo.

TRES PALABRAS
El texto del evangelio que se proclama en esta fiesta (Mt 28,16-20) nos lleva de nuevo hasta el monte en que Jesús ha dado cita a sus discípulos. Es la hora de la despedida, que se concreta en tres palabras que orientan y sostienen nuestra misión: una revelación, un encargo y una promesa.
• En primer lugar, Jesús se presenta ante los suyos como quien  ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Evidentemente Jesús desmiente las palabras del diablo, que pretendía haber recibido el poder y la gloria de los reinos de este mundo (Lc 4,6). 
• Además, Jesús considera ya preparados a sus discípulos y los envía en su nombre con una misión de alcance universal.
• Finalmente, Jesús les promete su asistencia constante. El que había sido anunciado como el Emmanuel, o “Dios con nosotros” (Mt 1,23) está dispuesto a mantener aquella identidad al decir: ”Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.

LA CONTRASEÑA
En la misión encomendado a los discípulos, Jesús les pide que bauticen a las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Esa referencia a la Trinidad es la contraseña esclusiva de la vida cristiana.
• San Agustín escribió: “Ves la Trinidad si ves el amor”. Efectivamente, el amor de las tres personas divinas es su auténtica revelación. Y es la invitación para todos los creyentes.
• San Juan de Ávila predicaba que produce admiración y espanto “ver el cuidado que toda la Santísima Trinidad tiene y el amor tan grande con que anda tras el hombre”.
• El papa Francisco nos ha dicho que “la Trinidad es comunión de personas divinas, las cuales son una con la otra, una para la otra y una en la otra: esta comunión es la vida de Dios, el misterio de amor del Dios vivo… No estamos llamados a vivir los unos sin los otros, por encima o contra los demás, sino los unos con los otros, por los otros y en los otros”.

Felices Mt 5,1-12a (TOA4-17)

“Buscad al Señor, vosotros, todos los humildes de la tierra, los que ponéis en práctica sus decretos” (Sof 2,3). Así comienza el texto del profeta Sofonías que se proclama en este domingo 4º del Tiempo Ordinario.
Buscar al Señor equivale a buscar la justicia y la humildad. A esa búsqueda del ser humano responde un oráculo del Señor: “Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde, que se refugiará en el nombre del Señor” (Sof 3,12).
 Seguramente tanto la búsqueda humana como la respuesta divina resultarán extrañas y hasta escandalosas en un mundo que se cree autosuficiente. Esta es una sociedad en la que parecen triunfar los que confían en sí mismos, los que buscan un triunfo fácil y una situación de privilegio. La pobreza no puede presentarse como un ideal de vida.
Pero el salmo 145 nos asegura que Dios “hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos”. También san Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que Dios no eligió entre ellos a los sabios y poderosos, sino a los más débiles y despreciados (1Cor 1,26-31).

EL ESCÁNDALO
Si estos textos resultan escandalosos para la mentalidad contemporánea, mucho más lo será el pregón de las bienaventuranzas con el que el evangelio de Mateo abre el llamado Sermón de la Montaña (Mt 5, 1-12)
• El anuncio de las bienaventuranzas evangélicas es provocador. No deja indiferente al cristiano de nuestro tiempo. Estas palabras nos hacen presente el proyecto de Dios sobre el ser humano. Nos revelan su voluntad amorosa sobre cada uno de nosotros.
• Las bienaventuranzas son un don de Dios para que podamos dirigir a Él nuestros pasos. Si son difíciles para quienes viven de la fe cristiana, resultarán extrañas a una sociedad que vive en la superficialidad y parece haber perdido el gusto por las cosas de Dios y del espíritu.
Pero estas palabras de Jesús no encierran solo un ideal para los cristianos. Revelan también a toda persona, creyente o no creyente, la más honda verdad del ser  humano y los valores en los que ha de basarse una sociedad que quiera ser humana y humanizadora.

LOS VALORES
La admiración de Jesús hacia los pobres, los humildes y los marginados convierte a las bienaventuranzas en el código fundamental de la ética cristiana.
• En este mensaje se nos revela lo que somos y lo que en verdad queremos ser. En él se nos muestra el camino de la felicidad. De la felicidad terrena e intrahistórica. Y, sobre todo, de la felicidad eterna que nos ha sido prometida.
• El texto de las bienaventuranzas evangélicas es una profecía. Incluye el mensaje de un anuncio y de una denuncia. Un anuncio de los valores que realmente conducen al ser humano a la felicidad y resumen los ideales de la convivencia social.

• Y una denuncia de los antivalores que ponen en peligro la armonía de la persona y la paz de toda la sociedad. Por eso, las bienaventuranzas exigen de nosotros una renuncia. Sin la renuncia personal, el anuncio no es creíble y la denuncia no es respetuosa.

Jesucristo, rey del universo (34º TOA)

Juicio Final (34º TOA) por J-R Flecha

Israel recuerda su origen como un pueblo de pastores nómadas que conducen sus rebaños en busca de los mejores pastos. Pero el recuerdo se torna profecía en las palabras que Ezequiel pone en la boca del mismo Dios: “Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas”.

Ahora bien, al don de Dios ha de responder la conciencia de la tarea confiada a toda persona. No se puede creer en la misericordia divina y olvidar la responsabilidad humana. Por eso, el profeta evoca el juicio que el Señor ha de ejercer un día sobre el rebaño: “Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío” (Ez 34, 11-17).

Dios es discreto, pero no es neutral. En el mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Benedicto XVI mencionaba “el eclipse de Dios” en el que vive esta sociedad. Cuando la luna se interpone entre el sol y la tierra, dejamos de ver el sol, pero eso no significa que el sol no exista.

En su segunda encíclica, el mismo Papa menciona el juicio de Dios como una de las escuelas de la esperanza. El juicio de Dios es la revelación de su presencia y, también, de la verdad última del hombre y de su historia. No es sólo la reivindicación de la voluntad y el proyecto de Dios. Es la manifestación definitiva de la dignidad de toda persona.

BENDICIÓN Y MALDICIÓN
En este último domingo del año litúrgico celebramos la majestad de Jesucristo Rey del Universo (Mt 25, 31-46). En su venida se cumple la profecía de Ezequiel: “Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras”.

Como ha escrito Benedicto XVI, “la imagen del Juicio final no es en primer lugar una imagen terrorífica, sino una imagen de esperanza; quizás la imagen decisiva para nosotros de la esperanza… Es una imagen que exige la responsabilidad”. El juicio no se dirige a los creyentes, sino a toda la humanidad. Es humano quien se cuida de los demás.

La manifestación del Señor revela la bendición y la maldición que señala la vida de cada persona. El criterio del juicio último es la causa de la justicia. Los benditos no lo son por haber multiplicado sus ritos religiosos. Son benditos por haber prestado atención a todos los que a lo largo de la historia han sido abandonados o excluidos, ignorados y oprimidos.

Los malditos lo son por no haber prestado atención a los que la necesitaban. El juicio último subraya de forma dramática la importancia del pecado de omisión. La falta de amor. Ese pecado que encuentra cada día una justificación en lo mucho que tenemos que hacer. El pecado que antepone las cosas a las personas y lo urgente a lo necesario.

OJOS NUEVOS
Por otra parte, la parábola y profecía del juicio pone en evidencia nuestro modo de mirar a las personas. Solemos decir que la fe significa mirar el mundo y a la humanidad con ojos nuevos, es decir, con los ojos de Dios. Pues bien, el juicio final es un examen sobre nuestra capacidad de visión.

• “¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos… Cuándo te vimos con enfermo y no te asistimos?” Esas son las preguntas que dirigen al Señor de la historia tanto los benditos y como los malditos. Unos y otros vemos al hambriento y al enfermo, al encarcelado o al desnudo. Pero con demasiada frecuencia lo vemos como un número en una estadística, como un fenómeno social, o como un culpable.

• “Conmigo lo hicisteis… Tampoco lo hicisteis conmigo”. Esa es la alternativa cristiana. Creyentes y no creyentes están llamados a dar prueba de su humanidad por su capacidad de compadecerse con los despreciados de la tierra. Pero los creyentes en Jesucristo saben que en el despreciado está el mismo Jesús. Para eso hacen falta ojos nuevos. Para descubrir en el pobre y el marginado el signo sacramental de la presencia del Señor.

La esperanza y los talentos (por J-R Flecha)

El talento era en el mundo antiguo una medida de peso y de moneda. Representaba una cantidad enorme que es difícil imaginar y traducir a nuestros esquemas modernos. Para nosotros, la palabra “talento” ha venido a significar las dotes intelectuales de una persona.

Los talentos aparecen en la segunda de las grandes parábolas con las que el evangelio de San Mateo trata de reflejar la esperanza cristiana (Mt 25, 14-30). Por la parábola de las jóvenes que acompañan a la novia que aguarda la llegada del esposo sabemos que la esperanza comporta la vigilancia previsora que equivale a la sabiduría.

Esta parábola de los talentos nos indica que la esperanza implica un compromiso activo y, por tanto, no es compatible con el miedo al futuro que paraliza a la persona o con la pereza que revela sus anclajes en el presente.

Por otra parte, esta parábola es un precioso texto sobre la confianza. Dios confía en la persona y le confía un gran tesoro. Ahora bien, esta no confía en el Señor sino que prefiere confiar ese tesoro a la esterilidad de la tierra.  

LA CONFIANZA Y EL MIEDO

La fe, la esperanza y la caridad se califican como virtudes teologales. Eso significa, a primera vista, que tienen a Dios por “objeto”. Es decir el creyente, lo es porque cree en Dios, espera en Dios y ama a Dios. Es evidente que Dios es el destinatario de sus afectos.

Pero estas virtudes pueden ser llamadas teologales porque tienen a Dios por sujeto. Dios cree en el hombre y confía en él, incluso cuando se siente olvidado o despreciado por el hombre. Dios es fiel a su proyecto de salvación.  Del mismo modo, Dios espera en el hombre. Lo aguarda cada día, aun cuando se tarde en llegar hasta Él. Y espera algo del hombre. Más frecuente es afirmar que Dios ama al hombre antes de ser amado por él.

La parábola de los talentos que entrega a sus empleados un patrón que está a punto de viajar, refleja el amor de Dios a cada uno de nosotros. Un amor que tiene en cuenta nuestras capacidades para no exigirnos más de lo que podemos dar. Un amor que valora nuestra dignidad y espera el ejercicio de nuestra responsabilidad. Un amor que nos premia la fidelidad con la que respondemos a su confianza.

Ante ese amor se ponen de manifiesto dos actitudes contrapuestas que definen a la persona: por una parte, la confianza que excita la imaginación y dinamiza las fuerzas, y por otra, el miedo que pretende justificar la pereza y se manifiesta en disculpas vanas y falsamente aduladoras.

EL ELOGIO Y EL PREMIO

Según San Juan Crisóstomo, los talentos indican las posibilidades de cada uno con relación a la ayuda, al dinero, a la enseñanza y otras cosas semejantes. “Que nadie diga: sólo tengo un talento y no puedo hacer nada”.

De todas formas, en nuestra oración, más que recordar las palabras de condena al empleado negligente y holgazán, preferimos hoy recordar las palabras de elogio que el Señor dirige a los diligentes.

• “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor”. La aprobación del Señor vale más que todos los elogios de este mundo. Dios valora la fidelidad a la tarea que nos ha encomendado y la responsabilidad con la que hemos tratado de llevarla a cabo.

• “Has sido fiel en lo poco y te daré un cargo importante”. Nosotros podemos considerar muy grande e importante el don que nos ha sido concedido. Para Dios es poco en comparación con el premio que quiere concedernos.

• “Pasa al banquete de tu señor”. El banquete representa la amistad y la intimidad entre las personas. La parábola nos recuerda que la mejor recompensa por el cumplimiento de nuestra misión no son las cosas de Dios sino el Dios de las cosas. Él es nuestra esperanza.

Domingo 32TO-A (reflexión)

Sabiduría y deseo (32TOA por J-R Flecha)

EL ACEITE DE LA VIDA

En estos tres últimos domingos del año litúrgico se nos invita a meditar tres hermosas parábolas sobre la esperanza. La primera evoca una fiesta de bodas. En casa de la esposa, diez jóvenes aguardan al atardecer la llegada del esposo. Cinco de ellas son presentadas como sabias y las otras cinco como necias (Mt 25, 1-13). Las primeras se han provisto de aceite para sus lámparas, mientras que las otras han descuidado ese detalle tan importante.

• La parábola se refiere a toda la comunidad cristiana. La Iglesia vive y vivirá siempre en un tiempo de penumbra. Pero ha de estar preparada para vivir aguardando en cada momento la presencia del Señor. Siempre habrá voces que anuncien su llegada. Pero ni la prisa ni el sopor pueden apagar su deseo ni justificar su ligereza. Una Iglesia que no viviera preparada para acoger al Señor no sería reconocida por Él.

• La parábola se refiere también a cada uno de los creyentes. Para los antiguos, el aceite significaba luz, alimento y suavidad para las heridas. Así lo comentaba San Bernardo al aplicar al nombre de Jesús esta preciosa imagen. Llevar aceite en las lámparas es señal de sabiduría. El aceite es la luz de la fe, la dulzura de la esperanza y el alivio de la caridad. Quien no espera al Señor es un necio. Y la necedad es otra palabra bíblica para el pecado.
EL DIÁLOGO DE LA ESPERANZA
En la parábola de las doncellas de la esposa se puede escuchar un diálogo misterioso que resume la vida del creyente. Una palabra determina a la otra.

• “¡Llega el esposo: salid a recibirlo!” Esa voz de lo alto se dirige a la Iglesia, a cada uno de los creyentes y también a la humanidad entera. Sería una insensatez ignorar esa venida que da sentido a toda nuestra existencia. No podemos olvidar que el Señor viene siempre a nuestro mundo y a nuestra historia. Estar dispuesto a “recibir” al que llega marcó el destino de Abraham y el de Zaqueo y marcará para siempre el nuestro.

• “Señor, Señor, ábrenos”. Esa otra voz, que brota de nuestras gargantas, expresa el sentido de la fe, pero también la sed de toda la humanidad. Nuestra pretensión de autonomía es una falsa ilusión. Con demasiada frecuencia pensamos tener nosotros la llave del futuro y el sentido de la existencia. Pero la puerta de la vida se abre desde dentro. Y sólo el Viviente puede franquear la entrada a quien se prepara y ruega.

Ser y parecer (31TOA por J-R Flecha)

“No eres más grande porque te alaben ni más vil porque te vituperen”. El pequeño libro de “La  Imitación de Cristo”, atribuido a Tomás de Kempis, nos sorprende siempre con aforismos como éste. Evidentemente, las apariencias nos seducen. Con demasiada frecuencia nos preguntamos por la opinión que los demás pueden tener de nosotros.

Por un interesante mecanismo hemos logrado confundir nuestro ser con nuestro parecer. Nos encanta trucarnos para salir al escenario de la vida. Por medio de ese truco, no siempre inocente, tratamos de engañar a los demás. En realidad nosotros mismos somos la primera víctima de nuestro engaño.

Esa utilización de nuestra apariencia puede ser blasfema cuando se lleva a cabo en nombre de Dios. El profeta Malaquías interpelaba a los sacerdotes de su tiempo por haberse apartado del camino de Dios (Ml 2, 8-10). No vivían en coherencia con su consagración. Su vida no era sólo una mentira. Era una impostura y un atropello a los demás. Con ello hacían tropezar a muchos.

INTERÉS Y BENEFICIO

También Jesús critica a los letrados y los fariseos por no vivir de acuerdo con la doctrina que enseñan (Mt 23, 1-12): “Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Los ropajes, los signos religiosos, la ambición por ocupar puestos de honor y por acaparar títulos y honores. Todo eso era y es signo de la mentira en la que se instala a veces la persona.

Una lamentable tentación nos lleva a mirar sólo al pasado. Escuchamos estas palabras de Jesús como imprecaciones dirigidas solamente a los dirigentes morales de su pueblo. Pero su mensaje es siempre actual y desenmascara nuestro propio fariseísmo. Con razón escribía san Jerónimo: “Ay de nosotros, miserables, que hemos heredado los vicios de los fariseos”.

Otra tentación es la dirigir estas críticas a las personas religiosas de hoy. Está de moda criticar la hipocresía de las personas piadosas. El cine y la novela, la televisión y la política acuden con frecuencia a esos tópicos. Pero las culpas no están siempre del mismo lado. Quien así las ve no se libra de la hipocresía que trata de condenar.

En realidad, la falsedad puede afectar a los creyentes y a los no creyentes. Para medrar, aparentar y escalar cargos en la sociedad unos pueden servirse de los signos religiosos y los otros de la ostentación de su incredulidad. Unos y otros pueden caer en la tentación de utilizar a Dios en su propio interés y beneficio.

 SERVICIO Y HUMILDAD

 El evangelio que hoy se proclama concluye con tres aforismos que Jesús debió de repetir en diversas ocasiones. Evidentemente, con ellos trataba de reflejar el espíritu del mensaje que él vivía y anunciaba.

• “El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Jesús decía que no había venido a ser servido, sino a servir. Sus discípulos estaban llamados a seguirle. En su Iglesia, la autoridad ha de evaluarse por la disposición a servir generosa y verdaderamente a los hermanos. Y con ese criterio ha de evaluarse también la sinceridad de la fe.

• “El que se enaltece será humillado”. Este proverbio refleja una experiencia  humana y social, muy anterior a la revelación. La historia nos recuerda una larga retahíla  de  ídolos caídos.  Los mismos hechos de la vida demuestran que la persona altanera y orgullosa tarde o temprano habrá de tocar el polvo.

• “El que se humilla será enaltecido”.  Este otro proverbio no parece tan evidente. Millones de personas marginadas y pisoteadas nunca alcanzan un reconocimiento social. En boca de Jesús, esta promesa suena a profecía. El reconocimiento tiene por sujeto al mismo Dios, y se sitúa tanto en el tiempo como en la eternidad.

Mandato principal (30TOA por J-R Flecha)

No oprimas al forastero, porque tú también has sido forastero en otro tiempo. No explotes al huérfano y a la viuda, porque yo escucharé su lamento. Cuando prestes dinero, no seas un usurero. Cuando tomes como prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de la noche para que pueda cubrirse con él.

Son tan sólo cuatro ejemplos de los mandatos que se incluían en la Ley hebrea (Ex 22, 20-26). Todos ellos tienen en cuenta la dignidad de la persona. Y sus derechos fundamentales, como se diría hoy. Todos ellos tratan de promover el respeto a los demás. Cada uno ha de ponerse en el lugar del otro.

Estos mandamientos son más que mandamientos. Son el reflejo de una valiosa consideración de la persona. Antes que un forastero o un deudor, el otro es una persona que necesita ayuda. Sin compasión, la ley se vuelve dura. La compasión suaviza las relaciones humanas.
EL VALOR Y LA VERDAD
Andando los tiempos, el pueblo de Israel había visto aumentar los mandatos y las prohibiciones, como ocurre también hoy en nuestra sociedad. El riesgo de una cultura de la prohibición es que lleva a olvidar la jerarquía de los valores humanos. Se da importancia a lo más nimio y se pisotea la dignidad misma de la persona. En esa situación es comprensible la pregunta del fariseo:“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”(Mt 22. 34-40).

• Sólo el descubrimiento del Absoluto puede hacer que todo lo demás se convierta en relativo. Jesús sabe y proclama que el primer mandamiento responde al valor más importante: el valor de la religión. Así responde al fariseo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Es la entrega de la vida en su totalidad.

• Pero Jesús sabe también que todos los sacrificios rituales pierden todo su sentido cuando la persona más religiosa olvida la misericordia. Miente quien dice amar a Dios y no ama a su prójimo. Y se engaña quien pretende amar al prójimo sin amarse con sencillez y verdad a sí mismo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

La fe cristiana establece una conexión inseparable entre esas dos vertientes del amor. El secreto está en creer que Dios es padre de todos. Ama al hombre, sin distinciones. Su amor nos hace hermanos. Y ese amor que vine de él ha de ser distribuido a todos con generosidad. Sabiendo que nadie puede amar a los otros si no es con el amor que recibe de Dios.
LA LEY Y LOS PROFETAS
“Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas”. Con esa conclusión cierra Jesús sus citas tomadas de dos libros de la antigua Ley. El doble amor a Dios y a los demás es uno sólo. Ese valor es una vocación.

• Sostener la Ley significa reconocer que para la fe cristiana, el mandamiento es percibido como un Evangelio, es decir, como una buena noticia. La Ley del Señor no oprime a la persona ni anula su libertad. La Ley del Señor es fuente de luz y de vida. Una Ley que se resume en el amor es un manantial de felicidad.

• Sostener a los profetas es hacer actual su mensaje. El profeta anuncia con valentía unos valores y denuncia los antivalores que deshumanizan al hombre y a la sociedad. Ahora bien, el amor es el resumen de todos los valores. Todos los mandamientos son aplicaciones concretas de la vocación al amor.

En una sociedad que multiplica las leyes y, al mismo tiempo, enseña trucos para esquivarlas, el amor nos puede ayudar a descubrir el sentido de las leyes justas y a luchar por la abolición de las leyes injustas.

El camino de Dios (29TOA por J-R Flecha)

Los gobernantes de la tierra se consideran con frecuencia autosuficientes y omnipotentes. Se asignan sus puestos de mando, sus facultades y sus desmesurados salarios. Se atreven a decidir lo que es justo e injusto y a promulgar leyes para determinar quién puede vivir y quien debe morir.
El texto del profeta Isaías que hoy se proclama (Is 45, 1.4-6) puede parecer escandaloso tanto a los creyentes como a los no creyentes. Para los primeros resulta asombroso que Dios considere como su mesías, es decir, su ungido, nada menos que a un pagano como Ciro, rey de los persas, que de ninguna forma pertenecía a la estirpe de David.
Para los no creyentes, el asombro viene suscitado por la continua afirmación que se coloca en los labios de Dios: “Yo soy el Señor y no hay otro, fuera de mí no hay dios”. El texto nos dice que Dios es el Señor de la historia. Aun el triunfo político de un rey pagano como Ciro entra en los planes de Dios para liberar a los humildes y a los esclavos. Evidentemente, Dios escribe derecho con renglones torcidos.
NUESTROS INTERESES

El evangelio recuerda uno de los pasajes más citados y manipulados a lo largo de la historia del cristianismo: el de la pregunta por la licitud del tributo (Mt 22, 15-21). Una pregunta que dirigen a Jesús  los discípulos de los fariseos junto con los herodianos.
Comienzan con una larga captación de benevolencia en la que proclaman la sinceridad del que reconocen como Maestro: “Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”.  Pero inmediatamente le plantean la trampa que pretenden tenderle: “¿Es lícito pagar impuestos al César o no?”
Es fácil descubrir el sentido de la emboscada. Si Jesús opina que no se debe pagar tributo al emperador se acerca peligrosamente al grupo de los celotes y se coloca fuera de la ley. Si aconseja pagarlo se atraerá automáticamente los recelos de las gentes, que a todas luces se sienten oprimidas por la ocupación romana.
Así pues, lo que importa en este caso no es la verdad, sino la posibilidad de comprometer a Jesús, como recuerda el mismo texto evangélico.  Los creyentes de hoy deberíamos preguntarnos si nosotros no apelamos a planteamientos semejantes, al tratar de implicar a Dios en nuestros intereses personales, sociales o políticos.
DIOS Y EL CÉSAR
Es interesante ver cómo Jesús desenmascara la hipocresía y la tentación. Pero más importante es prestar atención a sus últimas palabras: “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. En ella incluyó Jesús una sentencia inesperada. De este mandato se deducen al menos tres lecciones.
• “Pagadle al César lo que es del César”. Los poderosos de este mundo parecen tener miedo a los que creen en Dios. Los cristianos sabemos ser ciudadanos fieles y fiables. Estamos dispuestos a aceptar las leyes de nuestros gobernantes, siempre que sean justas y estén al servicio del bien común.
• “Pagad  a Dios lo que es de Dios”. Pero los cristianos sabemos también que no podemos contentarnos con los programas penúltimos que los gobernantes nos ofrecen. Aspiramos al reino último. Ante el panorama del relativismo imperante, aspiramos a la verdad absoluta y a la vida verdadera, que es Dios.
• “Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No se puede utilizar a Dios atribuyéndole lo que respecta al poder político y a las estructuras administrativas. Pero tampoco se puede absolutizar el poder político, colocándolo en el puesto de lo divino.  Ambas tendencias han de  ser consideradas como tentaciones idolátricas.