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La Trinidad de Dios Jn 3, 16-18
Moisés había madrugado para subir a la montaña del Sinaí como le había ordenado el Señor. Dios no faltó a la cita y bajó en la nube para encontrarse con él. Cuando Moisés pronunció el nombre del Señor, él pasó ante Moisés proclamando: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Éx 34,4-6).
Es impresionante esa manifestación de Dios. Y es conmovedora la confianza de Moisés. Como apelando a esa compasión y misericordia, se atreve a pedir al Señor que acompañe a su pueblo, que perdone sus culpas y pecados y lo considere como su heredad.
A ese Dios rico en clemencia y lealtad dirigimos hoy nuestra alabanza, repitiendo con un himno venerable: “A ti gloria y alabanza por los siglos” (Dan 3,52-56).
San Pablo exhorta a los Corintios a tener un mismo sentir y a vivir en paz. Para que el Dios del amor y de la paz esté con ellos (2 Cor 13,11-13).
DEBILIDAD Y MISERICORDIA
Según el evangelio de Juan Jesús revela a Nicodemo el amor de Dios que lo lleva a entregar a su propio Hijo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16).
Comentando estas palabras, escribía el papa Benedico XVI en su encíclica Deus caritas est: “La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud” (DCE 1).
En otro tiempo, Dios manifestaba por medio de Moisés la compasión que lo había llevado a liberar de Egipto a su pueblo. El mismo Dios manifiesta ahora, por medio de Jesús, que su amor se dirige a todo el mundo.
En la religión de los griegos y romanos nunca se habría podido imaginar que los dioses amaran a los hombres. Los dioses infundían terror. Parece que hemos vuelto atrás. Hoy son muchos los que consideran a Dios como un tirano prepotente y vengador. Como respuesta a ese prejuicio, hoy se considera al hombre como poderoso y autosuficiente.
Pero la corrupción, las adiciones y las guerras nos obligan a reconocer nuestra debilidad. Ahora podemos redescubrir nuestra debilidad y la misericordia de Dios.
EL CAMINO Y EL EVANGELIO
En la fiesta de la Santísima Trinidad se suele recordar a los tres personajes que aparecen en el célebre icono de Andrei Rublev. Tres personas diferentes revelan su identidad divina.
A las tres persona del único Dios se refiere san Pablo en su saludo a los corintios, que nosotros repetimos al inicio de la misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros” (2 Cor 13,13).
• “La gracia de nuestro Señor Jesucristo”. Si por Moisés nos fue dada la Ley, la fe nos dice que por Jesús recibimos la gracia y la verdad que nos hace libres (Jn 1,17; 8,32).
• “El amor de Dios”. El Dios Creador del mundo y liberador de Israel, es nuestro Padre y nos ama de forma gratuita, que tratamos de agradecer por nuestro amor a los demás.
• “La comunión del Espíritu Santo”. El Espíritu de Dios es la comunidad de Dios, que con esperanza queremos reproducir en nuestras comunidades humanas.
De la noche a la luz: Dios da vida en Jesús Juan 3,16-18 - Santísima Trinidad
1. El evangelio de esta fiesta se toma de Juan y nos propone uno de los elementos más altos de la teología joánica. En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo, el rabino judío que vino de noche para hablar y dialogar a fondo con Jesús, se muestra, con rasgos insospechados, la razón de la encarnación, el que el “Verbo se hiciera carne” que resuena desde el aria del prólogo. Es lógico pensar que Jesús de Nazaret y Nicodemo no hablaran en estos mismos términos, sino en otros más simples y sencillos. Por tanto, es el evangelio de Juan (sus redactores) quien remonta el vuelo de la teología y lo expresa con fórmulas de fe inauditas.
2. La encarnación del Hijo se explica por el amor que Dios siempre ha tenido al mundo. Es la consecuencia de esa fidelidad de generación en generación con que se había expresado la revelación de Dios a Moisés en el Sinaí. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo; quien cree en él experimenta la verdadera salvación. Podemos discutir mucho el origen de este texto en la redacción de la teología joánica, pero no podemos negar su verdadera inspiración teológica. Esta es una de las cumbres de la “revelación” de Dios en el NT. Dios no ha venido al mundo para condenar, o para juzgar, sino para “salvar”. Todo lo que no sea asumir eso como chispazo, es una distorsión teológica de los que no se fían de Dios o de los que le tienen un miedo desalmado.
3. La teología, pues, debe ser una verdadera terapia espiritual y psicológica para todas las personas que buscan a Dios… pero que huyen de él si Dios no se acerca, si no “se queda” a nuestro lado, si no es compasivo y misericordioso. Está en juego la misma libertad del ser humano –don de Dios, decimos-, para ser o no ser religiosos. Si aceptamos, pues, la teología del NT, en su diversidad, como fundamento de nuestra fe, esta lección del evangelio de Juan debe ser de verdadera “iluminación”. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es propicio para inaugurar una búsqueda nueva en el judaísmo y en cualquier religión que merezca la pena. Incluso desde el cristianismo debemos repensar lo que este diálogo nos proporciona en la relación del hombre con Dios.
4. “Tener vida” es uno de los conceptos claves de la teología joánica. Sabemos que se refiere a la vida espiritual, lo más interior y profundo de ser humano. Es verdad que no se trata de una vida biológica, ni del quedarse en este mundo, aunque sea arrastrándonos. Y no sería “religioso” entenderlo de otra manera, ni de confiar en un ídolo poderoso que nos garantice nuestros caprichos de vida. Pero también la vida biológica-psicológica está contemplada en esta propuesta de la encarnación, en el Cur Deus homo? Sencillamente porque la “Trinidad”, más que un conglomerado sustancial y metafísico de esencia, personas o naturalezas, es un misterio insondable de dar vida, de amar sin medida, de liberar de angustias y “pesos” muertos… El Dios de la Biblia, el Dios trinitario -el Padre, el Hijo y el Espíritu-,nos ha dado la vida, para vivir con Él la vida verdadera, que nos ha revelado en Jesús y que nos ofrece por su Espíritu.
La casa de Dios Jn 16,12-15
La Santísima Trinidad no es un crucigrama para cristianos eruditos ni ningún raro teorema de tres-en-uno con nombre de lubricante. La Trinidad es esa casa de Dios que los hombres -sin Él- no logran construir. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. Y es que, es imposible que se levante un casa cuando quienes la diseñan, la financian, la construyen y la venden, han despreciado la única piedra angular posible: “Jesús es la piedra que desechasteis vosotros los arquitectos y que se ha convertido en piedra angular”. Por eso sorprende ver que haya cristianos que sean tan incondicionalmente acríticos y tan sumisamente disciplinados para con los diseños y dictámenes de quienes hacen un mundo sin Dios o contra Él (y por tanto sin humanidad o contra ella), y sigan sospechando y vociferando contra quienes con verdad y libertad son las nuevas voces de los que siguen sin tener voz en los foros de nuestro mundo.
La verdad de la Trinidad Jn 16,12-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará». Jn 16,12-15
“El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras antiquísimas” (Prov 8,22). El libro de los Proverbios afirma que la sabiduría de Dios, acompañaba a Dios en la creación del mundo.
La sabiduría asiste a Dios al comienzo del mundo, pero no como maestra, sino como aprendiz. Nos agrada saber que “gozaba con los hijos de los hombres”. Ahora sabemos que la sabiduría es el puente que nos une a Dios.
Con el salmo responsorial manifestamos la admiración que suscita en nosotros la contemplación de la obra de Dios: “Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal 8,1).
San Pablo escribe que Jesús es la Sabiduría de Dios por la que hemos recibido la fe y la esperanza. Además, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).
EN UNIÓN CON EL PADRE
El evangelio que hoy se proclama nos sitúa en el ambiente de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 16,12-15). En esa cena de despedida Jesús les revela su origen y su identidad: “Todo lo que tiene el Padre es mío”.
Jesús había vivido a lo largo de toda su vida en intima unión con el Padre. Con él compartía el misterio y la profundidad del amor.
En este momento añade una revelación muy importante. De hecho, anuncia a sus discípulos que el Espíritu tomará de lo que pertenece al Padre y a él y ambos y se lo comunicará a sus seguidores.
Les transmitirá la luz de la verdad y la entrega del amor. Así que la Trinidad de Dios que hoy celebramos se revela como un misterio de donación.
LA VERDAD PLENA
Además, Jesús deja a sus discípulos una tarea pendiente: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena”.
• En primer lugar, se nos dice que aceptar el mensaje de Jesús requiere una preparación por parte del oyente. El Señor ha previsto una pedagogía especial para que ese mensaje pueda ser escuchado, aceptado y vivido.
• Además, se anuncia la llegada y la obra del Espíritu de la Verdad. Esa verdad del Evangelio no siempre es fácil de aceptar, de vivir y proclamar. La fe es un don, pero ese don supone una preparación y exige una respuesta.
• En tercer lugar, se asegura la posibilidad de alcanzar la verdad plena. Nuestra vida esta marcada por la esperanza. Vamos haciendo camino, guiados por el Espíritu que nos descubre la sabiduría y la misericordia de Dios.
Un Dios que ama Mt 28,16-20 (TOB-Trinidad)
“Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo, en la tierra, no hay otro” (Dt 4,39). Estas palabras que el Deuteronomio pone en los labios de Moisés parecen dirigidas a todos nosotros.
Deberíamos preguntarnos todos los días quién es nuestro Dios y cuál es la relación que nos une a él. Un amigo nos dice que ha pedido a Dios un determinado favor, pero ha dejado de creer en él porque parece que no le ha escuchado. Con eso indica qué es Dios para él.
Los dioses de la mitología griega y romana no amaban a los humanos. El texto del Deuteronomio que hoy se proclama afirma que ningún otro dios podría haber hecho por su pueblo lo que ha hecho el Dios que le habló desde el fuego. Muchos piden favores a Dios. Pero pocos se dirigen a él diciendo: “Te adoro y te amo, porque eres Dios y me amas”.
Con el salmo responsorial confesamos: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 33,22).
Y con san Pablo resumimos nuestra fe en la Trinidad de Dios: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios” (Rom 8,14).
TRES PALABRAS PARA LA MISIÓN
El evangelio que se proclama en esta fiesta (Mt 28,16-20) nos lleva a evocar la hora de la despedida de Jesús. El Maestro pronuncia tres palabras que orientan y sostienen nuestra misión: una revelación, un encargo y una promesa.
• En primer lugar, Jesús revela a los suyos que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. El diablo pretendía haber recibido el poder y la gloria de los reinos de este mundo (Lc 4,6). Pero es mentiroso desde el principio. Solo Jesús tiene el poder que salva y da la vida.
• Además, Jesús encarga a sus discípulos la continuación de su propia misión y la difusión de su mensaje en todo tiempo y en todo lugar.
• Finalmente, Jesús les promete que no los dejará solos. El había sido anunciado como el Emmanuel, o “Dios con nosotros” (Mt 1,23). Y, al final de su vida terrena les declara: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.
MISTERIO PARA EL CORAZÓN
En la misión encomendada a los discípulos, Jesús envía a sus discípulos a bautizar a las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En esa referencia a la Trinidad encontramos la clave distintiva de la vida cristiana y de la misión recibida de nuestro Maestro.
• Juan Pablo II manifestaba que “la Trinidad no es tanto un misterio para nuestra mente cuanto un misterio para nuestro corazón” (29.5.1983).
• Benedicto XVI nos recordó que “el amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios” (3.6.2012)
• Y el papa Francisco ha dicho que “El amor es esencialmente don de sí mismo, y en su realidad originaria e infinita, Dios es Padre que se da generando al Hijo, que a su vez se da al Padre, y su amor mutuo es el Espíritu Santo, vínculo de su unidad” (30.5.2021).
El bautismo sacramento del amor trinitario Mt 28,16-20 (TOB-Trinidad)
1. El evangelio del día usa la fórmula trinitaria como fórmula bautismal de salvación. Hacer discípulos y bautizar no puede quedar en un rito, en un papel, en una ceremonia de compromiso. Es el resucitado el que “manda” a los apóstoles, en esta experiencia de Galilea, a anunciar un mensaje decisivo. No sabemos cuándo y cómo nació esta fórmula trinitaria en el cristianismo primitivo. Se ha discutido mucho a todos los efectos. Pero debemos considerar que el bautismo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo significa que ser discípulos de Jesús es una llamada para entrar en el misterio amoroso de Dios.
2. Bautizarse en el nombre del Dios trino es introducirse en la totalidad de su misterio. El Señor resucitado, desde Galilea, según la tradición de Mateo (en Marcos falta un texto como éste) envía a sus discípulos a hacer hijos de Dios por todo el mundo. Podíamos preguntarnos qué sentido tienen hoy estas fórmulas de fe primigenias. Pues sencillamente lo que entonces se prometía a los que buscaban sentido a su vida. Por lo mismo, hacer discípulos no es simplemente enseñar una doctrina, sino hacer que los hombres encuentren la razón de su existencia en el Dios trinitario, el Dios cuya riqueza se expresa en el amor.








