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Envía tu Espíritu Jn 20,19-23 (PAA8-26) Pentecostés
De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hech 2,2). Se celebraba la fiesta de Pentecostés y los apóstoles estaban reunidos en Jerusalén. Tal vez se preguntaban cómo iniciar la misión que el Señor les había confiando.
De pronto, un trueno se deja “oír” por todos. Y a continuación, unas lenguas como de fuego se dejan “ver” sobre cada uno de ellos. Entran en juego los sentidos corporales.
Es la presencia del Espíritu de Dios. Es como una nueva creación. Una nueva manifestación de lo divino. Una elección y una misión. Habrán de dirigirse no solo al pueblo de Israel, sino también a todas las gentes, que los oirán en sus respectivas lenguas.
Con el salmo responsorial dirigimos al Padre la súplica que es obligada en el día de hoy: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de a tierra” (Sal 103).
San Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir que Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. Vivamos unidos, porque “todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12,3.13).
DISCERNIMIENTO Y DOCILIDAD
El evangelio que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos remite a aquel primer día de la semana en que Jesús resucitado se presentó en medio de sus discípulos y les deseó la paz. Ellos lo reconocieron al ver sus llagas y se llenaron de alegría.
Entonces, Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos”. En una sociedad como la nuestra ¿Qué significan esas palabras?
• Recibir el Espíritu Santo es acercarnos a la fuente. La verdad que podamos anunciar y el bien que podamos hacer no brotan de nuestra mente ni de nuestra voluntad. Solo el Espíritu de Dios puede librarnos de nuestra presunción y de nuestro desaliento.
• Perdonar o retener los pecados tampoco depende de nuestra personal apreciación de la responsabilidad de los demás. Solo el Espíritu puede mover a los pecadores a la conversión y concedernos el discernimiento para evaluar la responsabilidad, la culpa y el arrepentimiento. Del Espíritu viene el perdón, el discernimiento y la docilidad para reflejar su misericordia.
TESTIGOS DE LA VERDAD Y EL PERDON
Pero antes de ese precioso encargo, Jesús manifiesta ante sus discípulos la misión que él mismo ha recibido: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Ese envío es lo que garantiza su autoridad y lo que fundamenta y motiva nuestra responsabilidad.
• “Como el Padre me ha enviado”. Jesús es consciente de haber sido enviado por el Padre celestial. Él dijo alguna vez que atender a su voluntad era su comida. Escucharla y cumplirla era el sustento de su vida y era la razón de su actuación en el mundo.
• “Así también os envío yo”. Sin embargo, Jesús había buscado colaboradores para anunciar por todo el mundo la llegada del Reino de Dios. El que había sido enviado por el Padre, los envía a ellos y nos envía a nosotros a anunciar la presencia misericordiosa de Dios.
Pentecostés: el espíritu lo renueva todo Hch 2,1-11
1. Este es un relato germinal, decisivo y programático; propio de Lucas, como en el de la presencia de Jesús en Nazaret (Lc 4, 1ss). Lucas nos quiere da a entender que no se puede ser espectadores neutrales o marginales a la experiencia del Espíritu. Porque ésta es como un fenómeno absurdo o irracional hasta que no se entra dentro de la lógica de la acción gratuita y poderosa de Dios que transforma al hombre desde dentro y lo hace capaz de relaciones nuevas con los otros hombres. Y así, para expresar esta realidad de la acción libre y renovadora de Dios, la tradición cristiana tenía a disposición el lenguaje y los símbolos religiosos de los relatos bíblicos donde Dios interviene en la historia humana. La manifestación clásica de Dios en la historia de fe de Israel, es la liberación del Éxodo, que culmina en el Sinaí con la constitución del pueblo de Dios sobre el fundamento del don de la Alianza.
2. Pentecostés era una fiesta judía, en realidad la “Fiesta de las Semanas” o “Hag Shabu’ot” o de las primicias de la recolección. El nombre de Pentecostés se traduce por “quincuagésimo,” (cf Hch 2,1; 20,16; 1Cor 16,8). La fiesta se describe en Ex 23,16 como “la fiesta de la cosecha,” y en Ex 34,22 como “el día de las primicias o los primeros frutos” (Num 28,26). Son siete semanas completas desde la pascua; es decir, cuarenta y nueve días y en el quincuagésimo, el día es la fiesta (Hag Shabu´ot). La manera en que ésta se guarda se describe en Lev 23,15-19; Num 28,27-29. Además de los sacrificios prescritos para la ocasión, en cada uno está el traerle al Señor el “tributo de su libre ofrenda” (Dt 16,9-11). Es verdad que no existe unanimidad entre los investigadores sobre el sentido propio de la fiesta, al menos en el tiempo en que se redacta este capítulo. Las antiguas versiones litúrgicas, los «targumin» y los comentarios rabínicos señalaban estos aspectos teológicos en el sentido de poner de manifiesto la acogida del don de la Ley en el Sinaí, como condición de vida para la comunidad renovada y santa. Y después del año 70 d. C., prevaleció en la liturgia el cómputo farisaico que fijaba la celebración de Pentecostés 50 días después de la Pascua. En ese caso, una tradición anterior a Lucas, muy probablemente, habría cristianizado el calendario litúrgico judío.
3. Pero ese es el trasfondo solamente, de la misma manera que lo es, también sin duda, el episodio de la Torre de Babel, en el relato de Gn 11,1-9. Y sin duda, tiene una importancia sustancial, ya que Lucas no se queda solamente en los episodios exclusivamente israelitas. Algo muy parecido podemos ver en la Genealogía de Lc 3,1ss en que se remonta hasta Adán, más allá de Abrahán y Moisés, para mostrar que si bien la Iglesia es el nuevo Israel, es mucho más que eso; es el comienzo escatológico a partir del cuál la humanidad entera encontrará finalmente toda posibilidad de salvación. De hecho, tiene muchas posibilidades teológicas el reclamo y el trasfondo a Gn 11,1-9 sobre la torre de babel. Porque Babel, Babilonia, ha sido para el pueblo bíblico el prototipo de la idolatría, del poder contaminante y tirano, opuesto a Dios. Podemos ver una contraposición entre la “globalización” de Babel y cómo ahora viene el Espíritu a la comunidad en Jerusalén. Ahora, ya no para conquistar a los pueblos, sino para mostrar como Dios se incultura en todas las razas y lenguas por medio de su Espíritu. Cada uno lo “entiende” en su propia cultura, en su propio ser, incluso en su propia religión, podíamos decir.
4. Por eso mismo, no es una Ley nueva lo que se recibe en el día de Pentecostés, sino el don del Espíritu de Dios o del Espíritu del Señor. Es un cambio sustancial y decisivo y un don incomparable. El nuevo Israel y la nueva humanidad, pues, serán conducidos, no por una Ley que ya ha mostrado todas sus limitaciones en el viejo Israel, sino por el mismo Espíritu de Dios. Es el Espíritu el único que hace posible que todos los hombres, no sólo los israelitas, entren a formar parte del nuevo pueblo. Por eso, en el caso de la familia de Cornelio (Hch 10) -que se ha considerado como un segundo Pentecostés entre los paganos-, veremos al Espíritu adelantarse a la misma decisión de Pedro y de los que le acompañan, quien todavía no habían podido liberarse de sus concepciones judías y nacionalistas
5. Lo que Lucas quiere subrayar, pues, es la universalidad que caracteriza el tiempo del Espíritu y la habilitación profética del nuevo pueblo de Dios. Así se explica la intencionalidad -sin duda del redactor-, de transformar el relato primitivo de un milagro de «glosolalia» (hablar lenguas casi celestiales, ¡para entendernos!), en un milagro de profecía, en cuanto todos los oyentes, de toda la humanidad representada en Jerusalén, entienden hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El don del Espíritu, en Pentecostés, es un fenómeno profético por el que todos escuchan cómo se interpreta al alcance de todos la “acción salvífica de Dios”; no es un fenómeno de idiomas, sino que esto acontece en el corazón de los hombres.
6. El relato de Pentecostés que hoy leemos en la primera lectura es un conjunto que abarca muchas experiencias a la vez, no solamente de un día. Esta fiesta de la Iglesia, que nace en la Pascua de su Señor, es como su bautismo de fuego. Porque ¿de qué vale ser bautizado si no se confiesa ante el mundo en nombre de quién hemos sido bautizados y el sentido de nuestra vida? Por eso, el día de la fiesta del Pentecostés, en que se conmemora el don de la ley en el Sinaí como garantía de la Alianza de Dios con su pueblo, se nos describe que en el seno de la comunidad de los discípulos del Señor se operó un cambio definitivo por medio del Espíritu.
7. De esa manera se quiere significar que desde ahora Dios conducirá a su pueblo, un pueblo nuevo, la Iglesia, por medio del Espíritu y ya no por la ley. Desde esa perspectiva se le quiere dar una nueva identidad profética a ese pueblo, que dejará de ser nacionalista, cerrado, exclusivista. La Iglesia debe estar abierta a todos los hombres, a todas las razas y culturas, porque nadie puede estar excluido de la salvación de Dios. De ahí que se quiera significar todo ello con el don de lenguas, o mejor, con que todos los hombres entiendan ese proyecto salvífico de Dios en su propia lengua y en su propia cultura. Esto es lo que pone fin al episodio desconcertante de la torre de Babel en que cada hombre y cada grupo se fue por su camino para “independizarse de Dios”. Eso es lo que lleva a cabo el Espíritu Santo: la unificación armoniosa de la humanidad en un mismo proyecto salvífico divino.













