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El Reino de la Verdad Jn 18,33b-37 (TOB34-24)

 “Vi venir en las nubes del cielo como un hijo de hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él” (Dn 7,13). Ese hijo de hombre recibe el dominio sobre todos los pueblos de la tierra. Un señorío que no tendrá fin. Frente al poder de las bestias, mencionadas por el profeta, recibirán la corona del triunfo los santos que den testimonio de su fe hasta el martirio. 

En esa profecía de Daniel se anunciaba a un mesías, cuyo poder no nacería de su fuerza, sino de la elección del mismo Dios. Gracias a él dominaría a los poderes del mundo.

A esa promesa, podemos responder nosotros con  el salmo responsorial: “El Señor reina, vestido de majestad; el Señor, vestido y ceñido de poder” (Sal 92,1).

Haciéndose eco de la profecía de Daniel, también el Apocalipsis ve llegar a  Jesucristo en las nubes del cielo. El Primogénito de entre los muertos y Príncipe de los reyes de la tierra,  ha sido traspasado para librar a los hombres de sus pecados (Ap 1,5-8).

UN REINO QUE NO ES DE ESTE MUNDO

En esta fiesta de Jesucristo Rey del universo, el evangelio recuerda el diálogo que Pilato mantiene con Jesús para averiguar qué tipo de realeza se atribuye aquel judío que han traído hasta su tribunal (Jn 18,33-37).

Jesús dirige a Pilato una frase que sin duda sería desconcertante: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí”.

• “Mi reino no es de este mundo”. En un cierto sentido, la fe aleja a los creyentes de las realidades de esta tierra. El Reino de Jesucristo se encuentra en esta tierra, pero no es de esta tierra. Los discípulos del Señor amamos este mundo con sinceridad y responsabilidad, con libertad y con alegría, pero no podemos aceptar los criterios de la  mundanidad.

• “Mi reino no es de aquí”. Es evidente que el mensaje de Jesús no se impone por la fuerza. Jesús reprendió a Simón Pedro por pretender defenderlo con la espada (Jn 18,10). No pertenecen al reino de Jesús los que tratan de imponer la verdad por medio de la violencia o de la coacción. O por otros medios que parecen inocentes, como el interés personal.

LA VERDAD Y LA VOLUNTAD DE DIOS

En realidad, al procurador de Roma solo le interesa mantener la calma en aquella tierra. Pero Jesús se limita a declarar que él ha venido al mundo para ser testigo de la verdad.

• Como todos los poderosos, Poncio Pilato no sabe qué es la verdad ni le interesa saberlo. Seguramente tampoco sabe lo que significa ser testigo, que en griego se llamaba “mártir”. 

• En el contexto de la última cena, ante una pregunta del apóstol Tomás, Jesús se había definido como el camino, la verdad y la vida (Jn 14,6).

• Y ahora añade que “todo el que es de la verdad escucha su voz” (Jn 18,37). Así que su reino no se impone por las armas y por la violencia. A su reino pertenecían y pertenecen los que identifican la verdad con la voluntad de Dios.  

La higuera y la esperanza Mc 13,24-32 (TOB33-24)

“Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro” (Dan 12,1). En esta profecía de Daniel, se encuentra la buena noticia de la salvación para los que estén inscritos en el libro de la vida.

Pero este anuncio es una exhortación. Solo brillarán como estrellas en el firmamento los que hayan ganado la sabiduría de los justos, para enseñar a los demás el camino de la justicia.  

 Ese horizonte aparece también en la oración del que escucha la voz de Dios: “Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha“ (Sal 15,11).

La fe nos lleva a una esperanza compartida. Si el justo espera encontrarse con el Señor, también Cristo aguarda a “los que van siendo santificados” (Heb 10,14).

LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS

En el evangelio de este domingo, Jesús anuncia a sus discípulos tiempos de desolación, en los que los astros temblarán y caerán de los cielos. Será un momento de crisis para todos los que han adorado a los astros.

 Sin embargo, el discurso se centra en la figura del Hijo del hombre. Es importante saber y creer que el Señor manifestará su poder y su gloria (Mc 13,24-32). Eso es lo que afirmamos en el Credo, al confesar que Jesucristo “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. 

Además, en el texto evangélico se incluye una breve parábola. Cuando en las ramas de la higuera aparecen las yemas, deducimos que se acerca el verano. Jesús nos advierte que es preciso observar los signos de los tiempos para percibir su presencia en el mundo y su juicio sobre la historia humana.                                                   

 NUESTROS PROYECTOS

 Todos nos hemos preguntado cuándo se manifestará el Señor. Pero Jesús no ha precisado el “cuando”. Solo nos ha dicho: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Si no sabemos la hora de su manifestación, lo mejor es vivir preparados. 

• “El cielo y la tierra pasarán”. Bien sabemos que todo en este mundo tiene fecha de caducidad. No podemos poner nuestra confianza solo en la técnica, en las promesas políticas o en una información manipulada. La espera del Señor juzga todas nuestras estructuras.

• “Mis palabras no pasarán”. Todo es efímero, pero la palabra del Señor nos guía mientras vamos haciendo camino. Gracias a ella podemos distinguir el bien y el mal.  La palabra del Señor nos alienta en el presente y nos juzgará en el futuro. 

Un mandato doble Mc 12,28-34 (TOB31-24)

“Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es solamente uno”. A esta advertencia que contiene el Deuteronomio se unen tres mandatos que Israel no debería olvidar (Dt 6,2-6).  

• “Teme al Señor tu Dios”. El temor de Dios no equivale al miedo, sino al respeto que él merece. Sin ese respeto a Dios, lo imaginaremos según nuestros intereses o según la ideología que se nos imponga en cada momento de la historia. 

• “Guarda sus mandatos y preceptos”. Sería una ofensa a Dios confundir sus mandamientos  con imposiciones arbitrarias. Dios nos ama y quiere lo mejor para nosotros. Sus preceptos son una lámpara para nuestros pasos (Sal 119,105).

• “Ponlos por obra para que te vaya bien”. Los mandamientos de nuestro Dios tal vez no nos produzcan satisfacciones pasajeras. Pero si los ponemos en práctica, tendremos acceso a la felicidad personal y a la paz social. 

DOS PRECEPTOS

Tal vez motivado por las discusiones entre las escuelas de su ambiente, un escriba pregunta a Jesús cuál es el primero de los mandamientos (Mc 12,28-34). Él se refiere a un solo precepto, pero Jesús le recuerda dos, que se complementan mutuamente. 

- Según el Deuteronomio, es necesario amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6,5). Ante la frivolidad y la cultura líquida que nos domina, es preciso recordar que solo el amor a Dios puede ayudarnos a vivir centrados en lo más importante para cada uno de nosotros.

- Y según el Levítico, es preciso amar al prójimo como a uno mismo (Lev 19,18). Ese es el precepto básico de la regla de oro de todas las éticas. El verdadero amor a uno mismo puede ofrecer un criterio para las relaciones con los demás. Al final de su vida, Jesús lo redimió del egoísmo con su propio precepto:  “Amaos unos a otros como yo os he amado”.  

SIGNOS Y SEÑALES

El escriba acepta y completa la propuesta de Jesús. En realidad, su comentario refleja ya la reflexión y la experiencia de la comunidad cristiana:

• “El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él”. Más que un ateísmo, hoy nos domina un politeísmo práctico que nos esclaviza y enloquece. Nadie puede adorar a dos dioses. El creyente que de verdad ama a Dios no puede tener el corazón dividido.

• “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios”. El escriba conocía sin duda el antiguo oráculo de Oseas (Os 6,6) que también recuerda Jesús (Mt 9,13). Y sabía que los ritos  no pueden sustituir al amor al prójimo. 

• “Tú no estás lejos del Reino de Dios”. Jesús había comenzado su misión anunciando la cercanía del Reino de Dios. Pero el Reino de Dios llegaba con el amor a Dios y al prójimo. El escriba compartía ya de alguna manera la vida y el mensaje del Maestro.

Bartimeo : Mc 10,46-52 (TOB30-24)

 BARTIMEO

“¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel! Los traeré del país del norte, los reuniré de los confines de la tierra. Entre ellos habrá ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas”. Jeremías anuncia que Dios rescatará a su pueblo del exilio (Jer 31,7-9). 

Nadie queda excluido de la esperanza. Los ciegos y los cojos evocan un pasado de pobreza y sufrimiento. Las embarazadas y las jóvenes madres anuncian el futuro de la nueva vida. Dios es el verdadero Señor de la vida y promete: “Seré un padre para Israel”.

El salmo responsorial evoca la alegría de los deportados a Babilonia que ahora pueden regresar a su patria: “Los que sembraban con lágrimas, cosechan entre cantares” (Sal 125,5).

Según la carta a los Hebreos, todo sumo sacerdote “puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad” (Heb 5,2). Si esta afirmación valía para el antiguo culto, con más razón puede aplicarse a Jesucristo.

VER PARA SEGUIR

Tras revisar las apetencias humanas del placer, el tener y el poder, el evangelio de Marcos nos ofrece el hermoso texto de la curación  de Bartimeo (Mc 10,46-52).  

• A la orilla del camino que sale de Jericó hacia Jerusalén está sentado un mendigo, llamadoBartimeo, es decir, “el hijo de Timeo”. Los creyentes en Jesús nunca deberán olvidar que el pobre tiene nombre y dignidad.

• Bartimeo está ciego, pero oye los comentarios de los caminantes y se entera de que junto a él pasa Jesús. Aunque algunos traten de acallarlo, él lo invoca con un título mesiánico: “Hijo de David, ten compasión de mí”. La fe llega por el oído y se expresa en oración. 

 • Antes del encuentro con Jesús, el ciego era un mendigo sentado al borde del camino para pedir limosna a los peregrinos que subían a Jerusalén. Pero recobrada la vista, sigue a Jesús por el camino hacia la Ciudad Santa. He ahí un buen resumen del itinerario de la fe.

TRES PALABRAS DE JESÚS

Frente a las súplicas del ciego, el relato evangélico recoge también tres frases de Jesús que resumen tres actos del Maestro: llamar, preguntar y enviar.  

• “Llamadlo”. Jesús vino a buscar a los pobres, y a los enfermos, a los marginados y a los ciegos. Además quiso buscar algunos colaboradores para esa misión de sanación y de salvación. También hoy, nosotros somos exhortados a pasar esa llamada a los que buscan al Señor. 

• “¿Qué quieres que haga por ti?” Esta es la misma pregunta que Jesús dirigió a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo. Ellos pretendían que Jesús les concediera poder y privilegios. Pero Bartimeo solo quiere la luz que puede conceder el que es la luz del mundo. 

 • “Anda, tu fe te ha curado”. La sanación viene siempre del Señor. Es absolutamente gratuita. Pero el Señor valora la fe de los que se acercan a él con humildad y confianza. Quien  lo confiesa como hijo de Dios puede llegar a descubrirlo como guía del camino.

Del poder al servicio Mc 10,35-45 (TOB29-24)

“El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento…Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos”. Esa era la misión del Siervo del Señor, que se recuerda en la primera lectura de la misa de hoy (Is 53,10-11). Ese misterioso personaje no está revestido de poder. Al contrario, precisamente por sus sufrimientos se convierte en salvador de muchos. 

Con el salmo responsorial, nosotros confesamos que nuestra redención no es fruto de nuestro poder, sino de la bondad que esperamos de Dios: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32,22).

Esa compasión divina es evocada por la carta a los Hebreos, que nos recuerda que “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades” (Heb 4,14-15).


LA APETENCIA DEL PODER

En los domingos anteriores, el evangelio de Marcos nos ha recordado  la enseñanza de Jesús sobre el placer y el tener. Hoy se nos revela que la apetencia humana del poder ha de ser entendida como la disponibilidad para servir a los demás (Mc 10,35-45). 

• Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, se dirigen a Jesús con una petición que contradice el ejemplo y la enseñanza que han recibido de él: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Ese Maestro les habia enseñado a orar al Padre diciendo: “Hágase tu voluntad”. Así que no podemos tratar de manejar a Dios para que se someta a nuestros deseos 

• Santiago y Juan piden puestos de honor en la gloria del Mesías. Pero Jesús les anuncia que le espera un horizonte de pasión y de muerte. Y ese es el camino que aguarda a los discípulos que lo siguen y reconocen como su Maestro. También ellos compartirán el cáliz de amargura que él ha de beber y el baño de dolor y de sangre  con que él será bautizado. 

• Santiago y Juan suscitan el enojo de sus compañeros. Pero todos aspiramos al poder de los que dominan a las gentes e imponen su voluntad sobre los más débiles e indefensos. Pero el Maestro enseña a sus discípulos que  quien quiera ser el primero entre ellos ha de aprender a ser el humilde servidor de todos sus hermanos.  

  SOBRESALIR O SERVIR

 Es grande quien acepta ser el servidor de  los demás. No es fácil aprender esa lección. Servir no es una postura para triunfar en la vida. El servicio no es una estrategia  para consiguir nuevos adeptos para la Iglesia. El servicio es el único modo de parecernos al Maestro.

• “El hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan”. En Jesús se  realiza la vocación y la misión del Siervo del Señor, al que se refiere el libro de Isaías. En el contexto de la última cena, Jesús lavó los pies a sus discípulos y los exhortó a realizar con sus hermanos ese gesto que parecía propio de los esclavos. Así traducía el Maestro su lección sobre el amor. 

• “El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida en rescate por todos”. Al igual que el Siervo del Señor, anunciado por el profeta, también Jesús justifica y rescata a muchos. Con su humillación, él  ha denunciado nuestro orgullo. Él nos ha liberado de la necedad del pecado, de la tristeza, del sinsentido y del vacío.

La sabiduría y el seguimiento Mc 10,17-30 (TOB28-24)

“Supliqué y me fue dada la prudencia. Invoqué y vino a  mí el espíritu de sabiduría” (Sab 7,7).  El texto bíblico compara a la sabiduría con la búsqueda del poder, con el ansia de riquezas y con el deseo de salud y de belleza.  

Son apetencias que a todos nos interesan, de una forma o de otra. Pero por encima de todas ellas se afirma la importancia de la sabiduría. Solo ella es duradera. 

Con razón, nosotros podemos repetir con el salmo responsorial: “Sácianos de tu  misericordia, Señor, y estaremos alegres” (Sal 89).

Subrayando el valor de lo que realmente cuenta en la vida, en la carta a los Hebreos se proclama que la palabra de Dios juzga los deseos y las intenciones del corazón (Heb 4,12-13).

LA VIDA ETERNA Y LA TEMPORAL 

El texto del evangelio nos presenta a un personaje anónimo que se acerca a Jesús con el deseo de heredar la vida eterna (Mc 10,17-30). Es como la parábola de tres fracasos que marcan su existencia: el de la riqueza, el de la bondad y el del amor. 

• Este personaje “era muy rico”. Pero Jesús le sugiere que no es tan rico como parece. “Una cosa te falta”. Tiene todo, pero le falta el tesoro del desprendimiento.  

• Es un judío que ha cumplido los mandamientos. Es cierto que desea practicar la bondad, pero no se decide a seguir a Jesús, que es el modelo definitivo de la bondad. 

• Jesús lo miró con cariño, pero él no percibió el amor que reflejaba aquella mirada del Maestro. Pretendía alcanzar la vida eterna, pero lo atrapaba la vida temporal.  

 En ese  mismo contexto, Jesús afirma que quien pone su confianza en las riquezas tendrá una gran dificultad para admitir a Dios como su rey. En realidad,  “no se puede servir a Dios y al dinero”.

LA VERDADERA LIBERTAD 

Simón Pedro asegura que los discípulos ya han decidido seguir a Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Es verdad, pero el Maestro aprovecha la ocasión para ofrecer una lección definitva. 

• “Quien deje todo por mí, recibirá en este tiempo cien veces más, con persecuciones”. Los bienes más importantes no son los tesoros materiales, sino el amor al bien y a la verdad. Quien pretende seguir al Señor ha de aprender el valor del desprendimiento. Y ha de recordar que, junto a los bienes prometidos por el Señor, entra también la persecución. 

• “Y recibirá vida eterna en la edad futura”. El relato evangélico termina como empezó. La vida definitiva que buscaba aquel rico personaje no queda asegurada por sus riquezas. Y tampoco por el cumplimiento fiel de los mandamientos de la Ley. Solo puede llegar a esa vida sin ocaso quien sigue de corazón al que es la Vida verdadera.

Una sola carne Mc 10,2-16 (TOB27-24)

  “Serán los dos una sola carne”. En estas palabras, que reflejan el proyecto de Dios sobre el matrimonio, se nos ofrecen al menos tres notas sobre la la intimidad sexual, como el lenguaje que refleja y mantiene el amor conyugal:

• La sexualidad humana ha sido querida por Dios como signo de la mutua donación de los esposos (Gén 2,21). La mujer es creada durante un sueño, que es el espacio de las revelaciones divinas. El "tú" de la persona del otro sexo refleja el  mismo Tú de Dios. 

• La sexualidad humana señala la diferencia entre los seres humanos y los demás vivientes. Solo ante la mujer, puede Adán salir de su soledad y encontrar una ayuda que nunca le pueden proporcionar los demás seres de la creación (Gén 2,18.22).

• La sexualidad humana significa esa igualdad entre las personas que se expresa por el mismo origen material, por la semejanza del nombre del varón y la mujer  y por la identidad de su destino: "serán una sola carne", en la unidad de la vida  (Gén 2,23-24). 

SENTIMIENTO Y COMPROMISO

Andando los tiempos, los fariseos preguntan a Jesús si es lícito a un hombre divorciarse de su mujer (Mt 10,2-16). En el relato podemos observar tres datos:  

• Los fariseos parecen interesados solo por el aspecto legal. Les importa estar bien con la ley. Reducen la relación entre los esposos a un asunto de licitud. Pero Jesús se coloca en el terreno de la verdadera relación con Dios y con la otra persona. 

• Los fariseos consideran el “acta de repudio” como un derecho del varón, cuando era un deber para que la mujer pudiera volver a contraer matrimonio, sin quedar reducida a la marginalidad y a la pobreza.

• Los fariseos se colocan en el punto de vista del esposo. Jesús les invita a redescubrir el proyecto de Dios. El amor no es solo un sentimiento: es un compromiso. Un camino  de gozos y esperanzas, de proyectos y de pruebas, de fidelidad y de perdón.

ALENTAR EN LA PRUEBA

 “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Con esta frase Jesús parece recoger un proverbio sobre la seriedad de las alianzas humanas. Y nos ofrece un lema de vida, un motivo para la gratitud y una llamada al compromiso.

• “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Los que siguen a Jesús están llamados a descubrir el proyecto de Dios. Saben que Dios es amor. Y Dios es fiel. De Dios viene el amor que aspire a mantener la entrega total de los esposos.   

• “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Los cristianos han de preguntarse si su matrimonio ha sido realmente unido por Dios. Si es así, verán también la mano de Dios en la continuidad de su amor y le darán gracias por ello. 

Profetas de hoy Mc 9, 38-43. 45. 47-48 (TOB26-24)

 “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor”. Dios había pedido a Moisés que compartiera su espíritu con setenta ancianos. Cuando les impuso las manos, Eldad y Medad no estaban presentes en aquel rito. Sin embargo, recibieron igualmente el don de profecía. 

 Josué se apresura a sugerir a Moisés que prohíba a aquellos dos ancianos profetizar. Pero Moisés manifiesta su opinión, que parece una auténtica profecía: “Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor” (Núm 11,25-29). 

Al evocar este deseo de Moisés, adquiere actualidad la oración que repetimos hoy con el salmo responsorial: “Preserva a tu siervo de la arrogancia” (Sal 18,14).

La carta de Santiago incluye una seria advertencia a los ricos: “Vuestro oro y vuestra plata están oxidados y su herrumbre se convertirá en testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. ¡Habéis acumulado riquezas… en los últimos días!” (Sant 5,3).

TRES OBSERVACIONES

Algunos discípulos de Jesús han encontrado a uno que expulsaba demonios en el nombre de Jesús, aunque no pertenecía al grupo de sus seguidores. Juan comunica a Jesús que han tratado de impedírselo. Pero Jesús ordena que  no se lo impidan (Mc 9,38-48).

• Juan no ha comprendido que Jesús y su espíritu no son una propiedad exclusiva de un grupo de selectos. Su vida y su mensaje se ofrecen a toda la humanidad. En el nombre de Jesús se anuncia la salvación para todos. 

• Además, Juan parece considerar que los que no pertenecen al grupo de los llamados por Jesús han de ser necesariamente sus enemigos. Necesita llegar a comprender que el Espíritu sopla donde menos se le espera.

• Y finalmente, Juan todavía no ha llegado a descubrir que los enfermos, los marginados y todos los esclavizados por el mal necesitan no solo una ayuda institucional sino, sobre todo, el anuncio de la salvación.  

TRES MENSAJES

 Tras escuchar a Juan, Jesús se vuelve a sus discípulos para decirles: “No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí.  El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. He ahí tres mensajes válidos para todos los tiempos.

• Las prohibiciones. Con demasiada frecuencia pensamos que los grandes valores se defienden prohibiendo unas iniciativas que, aunque sean buenas,  nos parecen rechazables. Mejor sería para todos intentar el acercamiento y el diálogo.

• Los milagros. Con mucha frecuencia creemos que los milagros son fenómenos que pertencen a otros tiempos. Mejor sería abrir los ojos para ver que la providencia de Dios se hace presente entre nosotros de la forma más inesperada.

• La concordia. Con excesiva frecuencia consideramos a los demás como adversarios y competidores. Mejor sería  aprender a considerar el mundo como el amplio campo de una misión de gracia y salvación, que nos ha sido confiada a todos.

Muerte y prestigio Mc 9,30-37 (TOB25-24)

 Acechemos al justo, que nos resulta incómodo”. El libro de la Sabiduría menciona tres acusaciones que se lanzan contra quien vive con rectitud: “Se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada” (Sab 2,17-20),

 Los impíos y malhechores siempre tratan de denunciar a las personas que, con su sola presencia, les echan en cara su impiedad y su injusto comportamiento. Quien trate de vivir con honradez y coherencia, recibirá acusaciones, calumnias y marginación. 

También hoy el perseguido puede orar con el salmo responsorial: “Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder… porque unos insolentes se alzan contra mí” (Sal 53). 

La carta de Santiago afirma que, frente a las envidias y rivalidades de sus perseguidores, “los que procuran la paz, están sembrando la paz y su fruto es la justicia” (Sant 3,18). 

TRES CONTRAPOSICIONES

Las acusaciones contra el justo, que recoge el libro de la Sabiduría, se harán realidad en Jesús, como anuncia él a sus discípulos: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, y después de muerto, a los tres días resucitará” (Mc 9,31). En el relato se perciben tres contraposiciones:

• Jesús es muy consciente de que habrá de afrontar la muerte en Jerusalén, aunque después resucitará. Sin embargo, los discípulos que le siguen por los caminos no entienden de qué les está hablando el Maestro. Es más, les da miedo pedirle una explicación. 

• Es evidente que los discípulos no han llegado a aprender la principal lección que imparte su Maestro. Jesús les anuncia la muerte que les espera, mientras que ellos parecen  entretenerse en discutir quién de ellos es el más importante. 

• También hoy, el Señor nos pregunta qué es lo que realmente nos preocupa mientras vamos “de camino”. Muchos de nosotros solo podemos responder a su pregunta con un cobarde silencio, porque en realidad solo nos importa nuestro prestigio personal.

TRES VIRTUDES

Para enseñar a los suyos una lección más comprensible, Jesús añadió: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado”. Esa actitud de “acoger” reflejaba su espíritu y denunciaba la indiferencia que puede denunciar nuestro egoísmo.  

• Acoger a un niño reflejaba la virtud de la gratuidad. El niño todavía no es “productivo”, pero tiene toda la dignidad de la persona. Acoger a un niño significa reconocer la importancia del débil y del marginado. 

• Acoger a Jesús era y es el signo más elocuente de la virtud de la hospitalidad. Él afirmó que no tenía donde reclinar la cabeza. En la persona de los pobres y desvalidos él sigue hoy pidiendo alojamiento en nuestra casa.    

• Acoger al Padre que nos ha enviado a Jesús era y ha de ser también hoy el signo más evidente de la virtud de nuestra fe. Quien cree en el enviado manifiesta creer también en quien lo envió y aceptar su voluntad. 

El verdadero Mesías Mc 8,27-35 (TOB24-24)

 Ofrecí la espalda a los que me apaleaban y la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. Esa confesión del Siervo de Dios (Is 50,5-9) indica que la misión que le ha sido confiada lo expone a burlas y a violencias de todo tipo. 

Pero el elegido por Dios se mantiene firme en medio de la persecución. Su fuerza no viene de sí mismo: “El Señor me ayudaba, por eso no sentí los ultrajes”. La fe en la cercanía de Dios no nos exime de las burlas, pero nos da la audacia que caracteriza a los creyentes.

Con el valor que nos otorga la fe, proclamamos con el salmo responsorial: “El Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó” (Sal 114). 

Bien sabemos que nuestro aguante no nace de la fuerza de nuestra voluntad, sino de esa fe que genera y orienta nuestras buenas obras (Sant 2,14-18). 

LA CONFESIÓN Y LA RÉPLICA

El evangelio de hoy nos lleva a la zona de Cesarea de Felipe, cerca de las fuentes del Jordán (Mc 8,27-35). Mientras va de camino, Jesús pregunta a sus discípulos qué idea tienen las gentes sobre él. Y a continuación les pregunta quién es él para ellos. 

Pedro responde con decisión: “Tú eres el Mesías”. Pero Jesús replica con una prohibición, una explicación y una reprensión. 

• Jesús prohíbe a sus discípulos que difundan entre las gentes que él es el Mesías de Dios. El título tenía implicaciones políticas que el Maestro trataba de evitar.

• Además, Jesús les explica que su mesianismo incluye un panorama de padecimiento y condena por parte de las autoridades y un destino de muerte y de resurrección. 

• Y, ante la resistencia de Pedro a admitir ese futuro de condena y de pasión, Jesús lo reprende por tratar de apartarlo del fiel cumplimiento de su misión. 

Esa es la decisiva lección para nosotros. A veces decimos caminar con Jesús, pero seguimos pensando como nos lo dicta la opinión pública, no como lo exige la fe en Dios.

UNA TRIPLE PROPUESTA

En ese contexto, Jesús nos dirige una lección inolvidable: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Así pues, acompañar al Maestro por el camino comporta tres decisiones radicales:

• Negarse a sí mismo. Es preciso salir del individualismo que nos impulsa a rechazar la llamada del Maestro. El verdadero discípulo ha de estar dispuesto a renunciar a esos intereses personales que lo llevan a la indiferencia respecto a los demás.. 

• Cargar con la cruz. Aquel horrible instrumento de suplicio se destinaba a los delincuentes que merecían una grave condena. Cargar con la cruz supone para el creyente compartir el destino del Justo injustamente ajusticiado.


Ábrete Mc 7,31-37 (TOB23-24)

“Decid a los cobardes de corazón: Sed fuertes, no temáis… Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará”. Tras la sentencia emitida contra Edom, esta profecía anuncia la restauración de Jerusalén (Is 35,4-7).

En primer lugar utiliza imágenes que presentan un espléndido paisaje que ha de reflejar la gloria del Señor. Y a continuación presiente ya la recuperación de los sentidos corporales.  Ciegos, sordos, cojos y mudos alcanzarán de Dios la sanación  que  siempre han esperado. 

Con el salmo responsorial, nosotros proclamamos que “el Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos. El Señor guarda a los peregrinos” (Sal 145). 

Ahora bien, para que tenga lugar la liberación representada por esa admirable recuperación del hombre y del paisaje, hay que escuchar la palabra de Dios y no hacer discriminación de personas. Ese es el mensaje de la carta de Santiago (Sant 2,1-5).

EL LENGUAJE DE LOS GESTOS

La curación del sordo que apenas puede hablar nos facilita una preciosa reflexión sobre los pasos de sus amigos y los gestos del Señor (Mc 7,31-37).

• Son otros los que llevan al sordo hasta el Maestro y suplican su curación.  Como se ve, el enfermo depende de los demás.  

• Jesús aparta de la gente al sordomudo. La discreción de Jesús revela su poder. Él es la Palabra de Dios, que puede capacitar a los discapacitados para oír su mensaje.

• Los que acompañan al enfermo piden a Jesús que le imponga las manos. Con ese gesto se manifiesta la gratuidad de la bendición y de los dones del Señor.

• Jesús mete sus dedos en los oídos del sordo y con la saliva le toca la lengua. De esa forma puede ayudar al enfermo a comprender el don que le concede.

• Además, Jesús acompaña sus gestos con una palabra, que la comunidad ha querido conservar en la lengua original: “Effetá”, esto es “ábrete”.

OÍR Y HABLAR

El relato evangélico recoge el comentario de las gentes que conocieron aquella curación: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.  Nos alegra comprobar que Jesús suscitaba la admiración de las gentes.

• Jesús hace oír a los sordos. A los de antes y a los de ahora. No quieren oír la voz del Maestro quienes no están dispuestos a ajustar su conducta a sus propuestas. Pero aun entre los discípulos del Señor, parece difícil escuchar la palabra de Dios y vivir de acuerdo con su mensaje de vida. Este es el momento de rogarle que nos libre de nuestra sordera.   

• Jesús hace hablar a los mudos. Se dice que el mal de este mundo surge por la maldad de los corrompidos y, sobre todo, por el silencio de los que se creen buenos y honrados. Es urgente pedirle al Señor que nos conceda la osadía que necesitamos para vivir y anunciar el evangelio.

Del temor a la fe Mc 4,35-41 (TOB12-24)

¿Quién cerró el mar con una puerta, cuando escapaba impetuoso de su seno, cuando le puse nubes por mantillas y nubes tormentosas por pañales, cuando le establecí un límite poniendo puertas y cerrojos y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás, aquí se romperá la arrogancia de tus olas?” (Job 38,8-11). Solamente Dios puede hacer está pregunta.

En el antiguo Israel se creía que Dios es justo. Premia a los buenos y castiga a los malos.  Los males que caen sobre una persona están motivados por sus maldades. Job ha sufrido una serie de desgracias, luego debe de haber sido un gran pecador. Eso es lo que piensan los amigos que acuden a visitarle. Pretendiendo defender a Dios ofenden al que sufre.

Pero Job hace un público examen de conciencia y se encuentra inocente. Así que ruega a Dios que acuda a explicarle los motivos de aquellos males. Dios responde a la llamada y le recuerda que solo él puede frenar al mar embravecido. Si Job no conoce los secretos de la naturaleza, ¿cómo pretende conocer el misterio de la justicia divina? Haría bien en guardar silencio. Y eso es la gran lección que aprende Job.

TRES MENSAJES

El mar es mencionado también en el evangelio de hoy. El viento ha desatado una tormenta y las olas del lago amenazan con hacer naufragar a la barca en la que navegan los discípulos, llevando a Jesús a bordo (Mc 4,35-40).  ¿Qué mensajes nos dirige hoy este relato?

• A pesar de obedecer a su Maestro, los discípulos se encuentran en peligro.  Evidentemente nuestra fe no nos garantiza la incolumidad ante los desafíos que nos presentan la naturaleza y la sociedad en la que vivimos. 

• Según el evangelio de Marcos, los discípulos ya habían sido testigos de varias curaciones realizadas por Jesús. Pero el poder que había demostrado muchas veces ante ellos no lo libraba del cansancio y del sueño que lo habían dominado en la barca. 

• Los discípulos habían oído cómo los enfermos y poseídos por malos espíritus reconocían a Jesús como el hijo de Dios (Mc 3,11). Sin embargo, Jesús les reprocha que, habiendo sido testigos de su poder, todavía no tengan fe en él.

Y DOS PREGUNTAS

Este relato evangélico, tan rico en sugerencias para nosotros, parece girar en torno a dos preguntas que brotan espontáneas de la boca de los discípulos de Jesús:

• “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” En realidad, en esa pregunta se esconde ya la respuesta. A Jesús le importan sus discípulos. Él los ha elegido y presta atención a sus problemas y dificultades. A veces nosotros perdemos la confianza en él. Pero el Señor navega en nuestra barca. Y también hoy le preocupa la suerte de los que tratamos de seguirle.  

• “¿Pero quién es éste a quien el viento y las aguas obedecen?”  También en esta pregunta se incluye ya la respuesta. En Jesús se manifiesta el poder del Dios que había puesto fronteras a los mares, como se decía en el libro de Job.  Esta pregunta de los discípulos ha de sonar en nuestras bocas como una confesión de la soberanía del Señor

Un Dios que ama Mt 28,16-20 (TOB-Trinidad)

“Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo, en la tierra, no hay otro” (Dt 4,39).  Estas palabras que el Deuteronomio pone en los labios de Moisés parecen dirigidas a todos nosotros.

Deberíamos preguntarnos todos los días quién es nuestro Dios y cuál es la relación que nos une a él. Un amigo nos dice que ha pedido a Dios un determinado favor, pero ha dejado de creer en él porque parece que no le ha escuchado. Con eso indica qué es Dios para él.

Los dioses de la mitología griega y romana no amaban a los humanos. El texto del Deuteronomio que hoy se proclama afirma que ningún otro dios podría haber hecho por su pueblo lo que ha hecho el Dios que le habló desde el fuego. Muchos piden favores a Dios. Pero pocos se dirigen a él diciendo: “Te adoro y te amo, porque eres Dios y me amas”.

Con el salmo responsorial confesamos: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 33,22).

Y con san Pablo resumimos nuestra fe en la Trinidad de Dios: “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios esos son hijos de Dios” (Rom 8,14).  

TRES PALABRAS PARA LA MISIÓN

El evangelio que se proclama en esta fiesta (Mt 28,16-20) nos lleva a evocar la hora de la despedida de Jesús. El Maestro pronuncia tres palabras que orientan y sostienen nuestra misión: una revelación, un encargo y una promesa.

• En primer lugar, Jesús revela a los suyos que ha recibido todo poder en el cielo y en la tierra. El diablo pretendía haber recibido el poder y la gloria de los reinos de este mundo (Lc 4,6). Pero es mentiroso desde el principio. Solo Jesús tiene el poder que salva y da la vida. 

• Además, Jesús encarga a sus discípulos la continuación de su propia misión y la difusión de su mensaje en todo tiempo y en todo lugar.  

• Finalmente, Jesús les promete que no los dejará solos. El había sido anunciado como el Emmanuel, o “Dios con nosotros” (Mt 1,23). Y, al final de su vida terrena les declara: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.

MISTERIO PARA EL CORAZÓN

En la misión encomendada a los discípulos, Jesús envía a sus discípulos a bautizar a las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En esa referencia a la Trinidad encontramos la clave distintiva de la vida cristiana y de la misión recibida de nuestro Maestro.

• Juan Pablo II manifestaba que “la Trinidad no es tanto un misterio para nuestra mente cuanto un misterio para nuestro corazón” (29.5.1983).

• Benedicto XVI nos recordó que “el amor es lo que hace de la persona humana la auténtica imagen de la Trinidad, imagen de Dios” (3.6.2012)

 • Y el papa Francisco ha dicho que “El amor es esencialmente don de sí mismo, y en su realidad originaria e infinita, Dios es Padre que se da generando al Hijo, que a su vez se da al Padre, y su amor mutuo es el Espíritu Santo, vínculo de su unidad” (30.5.2021). 

Leproso e integrado Mc 1,40-45 (TOB6-24)

 “El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba rapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lev 13,1-2,44-46). Esa prescripción intentaba preservar al pueblo del contagio de la lepra. Para ello obligaba al enfermo a vivir en solitario, lejos de la familia y de toda la comunidad.

Realidades como la pandemia nos han revelado la soledad que puede afectar a los enfermos. Muchos de ellos podrían hacer suya esta confesión de confianza que recoge el salmo responsorial: “Tú eres mi refugio; me rodeas de cantos de liberación” (Sal 31).

Acosados por tantos escándalos, nosotros deberíamos recordar la advertencia que san Pablo escribe a los fieles de la ciudad de Corinto: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Cor 10,31).

UNA CONFESION DE FE

 El encuentro de Jesús y el leproso, que hoy se lee en el evangelio, es una catequesis que no puede dejarnos indiferentes (Mc 1,40-45). 

• En primer lugar, escuchamos la humilde súplica del enfermo. No solo reconoce su enfermedad y su lamentable situación social, sino que manifiesta su fe: “Si quieres, puedes limpiarme”. El leproso reconoce la buena voluntad y el poder de Jesús. Esa confesión puede ser la nuestra. Todos sabemos de qué manchas y llagas puede librarnos el Señor.

• En un segundo momento, vemos el gesto de Jesús. Contra todas las normas del Levítico, extiende su mano y toca al leproso. Ahora como entonces, Jesús no se mantiene a una distancia de seguridad, sino que se expone al contagio de nuestro mal. De su ejemplo, la Iglesia y cada uno de nosotros habremos de aprender a acercarnos a las personas marginadas.

• En un tercer momento, escuchamos la palabra del Señor: “Quiero, queda limpio”. Esa declaración es la manifestación de la misericordia de Dios y de la compasión de su Enviado. El Señor desea nuestra limpieza integral. Nosotros hemos de reconocer nuestra enfermedad, nuestra vulnerabilidad, nuestras manchas y manifestar nuestra confianza en él.

LOS COMPROMISOS

El texto evangélico sugiere algunas actitudes y algunos compromisos que hoy pueden afectarnos a todos nosotros.

• Este leproso ha de presentarse a los sacerdotes y cumplir el ritual establecido. No es una mera norma burocrática ni una penitencia. En realidad, es el requisito necesario para que pueda integrarse de nuevo a la sociedad y no ser rechazado.  

• Por otra parte, el que ha sido leproso ha de guardar discreción sobre lo que Jesús ha hecho con él. Se trata de preservar la libertad de Jesús para anunciar el Reino de Dios. Pero el que ha sido librado de la lepra contribuye a la difusión del mensaje del Maestro.

¿Qué buscáis? Jn 1,35-42 (TOB2-24)

 “El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: «Samuel, Samuel». Respondió Samuel: «Habla, que tu siervo escucha»” (1Sam 3,10). El nacimiento de Samuel había sido un maravilloso don de Dios. Cumpliendo su propia promesa, su madre, Ana, lo había ofrecido al Señor en el templo de Siló, donde se encontraba el Arca de Dios (1 Sam 1,28).

Allí Samuel escucha por tres veces una voz que lo llama en medio de la  noche. El niño cree que es el sacerdote Elí quien lo llama y se acerca hasta él. Pero el sacerdote le indica que se disponga a escuchar la voz del Señor. Eso es lo que hace Samuel y Dios le comunica un mensaje que él ha de transmitir al mismo sacerdote.

El salmo responsorial nos lleva a repetir una oración que recuerda la docilidad de aquel niño: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 39).

La segunda lectura evoca el ambiente corrompido en el que viven los cristianos de Corinto. San Pablo les recuerda la dignidad del cuerpo humano (1Cor 6,13-20). Nosotros sabemos que hemos sido comprados por Cristo a un precio muy alto.  

 LA BÚSQUEDA

 En el evangelio que hoy se proclama (Jn 1,35-42) aparece una vez más la figura de Juan Bautista. Mirando a Jesús que pasa, se dirige a dos de sus discípulos y les dice: “Este es el Cordero de Dios”. Esa indicación los lleva a seguir a Jesús.  El texto recoge el diálogo.

 • “¿Qué buscáis?” Esas son las primeras palabras de Jesús que aparecen en el evangelio de Juan. Esa pregunta inicial la dirigirá Jesús en el huerto de Getsemaní a los que llegan a prenderlo. Y la repetirá también a María Magdalena el primer día de la semana.

• “Maestro, ¿Dónde vives?” Al creyente le preguntan: “¿Dónde está tu Dios?” (Sal 42,3-5). Las gentes de Israel llegan al templo de Jerusalén buscando a Dios (Sal 27,8). Pero ahora para poder encontrar a Dios es preciso preguntar dónde vive Jesús, que es su Cordero. 

• “Venid y lo veréis”. El humo y el fragor del Sinaí infundían terror a las gentes de Israel (Éx 20,18). Una y otra vez serían invitadas a “escuchar” la voz de Dios (Dt 4,1).  Pero ahora la palabra de Dios se ha hecho carne. Ha llegado el momento de “ver” a su enviado. 

EL ENCUENTRO

Nuestra curiosidad nos lleva a preguntarnos qué diría Jesús aquella tarde a los dos discípulos de Juan. El texto evangélico incluye tres pasos para indicar que aquel encuentro no los dejó indiferentes: “Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día”.

• “Fueron”. También en esta sociedad es preciso salir de nuestra comodidad para ponernos en camino y acercarnos al que es la verdad y la vida.

• “Vieron dónde vivía”. También en este momento de la historia es necesario abrir los ojos para poder  percibir la presencia del Señor entre  nosotros

• “Se quedaron con él ese día”. También en este tiempo se nos ofrece la oportunidad de permanecer junto a nuestro Maestro para hacer nuestro su mensaje.

Rey y mártir Jn 18,33-37 (TOB34-21) CRISTO REY

“Su poder  es un poder eterno, no cesará. Su reino no acabará”.  Así se cierra la profecía   del libro de Daniel que hoy se proclama. El hijo de hombre, que el profeta ha descubierto entre las nubes del cielo ha de mantener viva la esperanza de su pueblo  (Dan 7,13-14).

De hecho, un poco más adelante, se anuncia que “los santos del Altísimo recibirán el reino y lo poseerán para siempre por los siglos de los siglos”, hasta que el Anciano les haga justicia y los libre de sus enemigos  (Dan 7,18.22).

Hacemos  nuestro este anuncio de salvación y repetimos con el salmo responsorial: “El Señor reina, vestido de majestad” (Sal 92). Pero no solo reconocemos su realeza, sino que agradecemos que a nosotros nos haya hecho “reino y sacerdotes para Dios su Padre”, como proclama hoy el Apocalipsis (Ap 1,5-8).

 EL REINO Y EL MUNDO

En el evangelio de esta fiesta se nos recuerda el diálogo entre Pilato y Jesús (Jn 18,33-37). El procurador romano puede haber oído que, al entrar  en Jerusalén, Jesús había sido aclamado por el pueblo. Los sacerdotes lo acusaban precisamente de hacerse rey.   

• Así se comprende que le pregunte directamente: “¿Eres tú el rey de los judíos?”.  La pregunta parece llena de ironía y  desprecio hacia el acusado y sus acusadores. ¿Quién podría pensar que un hombre que parecía tan débil pudiera promover una revuelta contra Roma?

• La segunda pregunta de Pilato refleja la extrañeza que le provoca el aspecto de Jesús: “¿Qué has hecho?”. Sin duda suponía que los jefes del pueblo judío habían de tener algún otro motivo inconfesable y diferente del que presentaban ante su tribunal.   

•   Jesús responde con una frase aparentemente muy sencilla, pero que debió de resultar enigmática para el procurador: “Mi reino no es de este mundo”. En aquel tiempo, su reino no era un peligro para el Imperio. Y hoy, su reino nos invita a superar las seducciones y las tentaciones de este mundo. 

EL TRONO DE LA CRUZ

 El texto recoge una tercera pregunta de Pilato: “Entonces, ¿tú eres rey?”. También esta vez la respuesta de Jesús es enigmática: “Tú lo dices: soy rey. Yo para eso he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.  Con esas palabras Jesús se define a sí  mismo y presenta a sus seguidores.

• Él se manifiesta como el testigo de la verdad. A lo largo de su vida se había presentado como el pastor de las ovejas y la puerta del redil. Pretendía ser el Maestro y se identificaba con la luz del mundo. Decía ser “el camino, la verdad y la vida”. En este escenario abierto a la historia se apropia el título de “ mártir”, es decir testigo de la verdad.   

•   Y, de paso, presenta a sus seguidores como los que “escuchan” su voz, al igual que las ovejas escuchan a su pastor. Quien  dice ser su discípulo y no le escucha, se pierde por el camino. Los que escuchan su voz y le siguen forman ese reino que  no puede entender Pilato: el reino de la verdad y de la vida, el reino de la justicia, del amor y de la paz.    

El hambre y la sed Jn 6,24-35 (TOB18-21)

“Al atardecer comeréis carne, por la mañana os hartaréis de pan; para que sepáis que yo soy el Señor Dios vuestro” (Éx 16,12). Eso anuncia Moisés a su pueblo de parte de Dios. A pesar de las murmuraciones de sus hijos, el Dios que los ha liberado de la opresión no los abandona en el desierto. Las codornices y el maná son el signo de su protección.

El salmo responsorial nos invita a proclamar esa misericordia de Dios que no abandona al pueblo que olvida el milagro de su liberación: “El Señor les dio pan del cielo” (Sal 77).

 Por otra parte, la lectura continua de la carta a los Efesios  nos exhorta a renovarnos en la mente y en el espíritu. Estamos llamados a vivir la nueva condición humana creada a imagen de Dios. Solo así podremos liberarnos de esa paganía que comporta la vaciedad del pensamiento (Ef 4,17.20-24).

CONTRASTES Y AVISOS

En la lectura evangélica se recuerda el discurso que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm después del episodio de la distribución de los panes y los peces (Jn 6,24-35). El texto presenta al menos tres  contrastes que nos interpelan también a nosotros:

• “Me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”. Es importante esa alusión a la “búsqueda” del Señor. También nuestra forma de buscar a Dios puede deberse al miedo o al interés. Nuestra búsqueda revela el espíritu con el que nos acercamos al Señor. Buscarlo por egoísmo es una ofensa a su amor. 

• “Trabajad no por el alimento que perece sino por el alimento que perdura”. Es evidente que tenemos que trabajar para vivir. Pero nuestra supervivencia diaria no debería hacernos olvidar la gloria que Dios nos promete. La preocupación por el presente no puede hacernos ignorar el futuro que nos espera.  

• “No fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo”. Son muchas las personas que, a lo largo de la vida, nos han ayudado a aceptar la voluntad de Dios. En sus consejos y en su ejemplo queremos descubrir y agradecer la providencia del Dios que nunca nos ha abandonado. 

 PAN Y AGUA

Tras la multiplicación y distribución de los panes y los peces, Jesús manifiesta que solo él puede saciar el hambre de los que lo buscan.

• “Yo soy el pan de vida”. Jesús había asegurado a una mujer samaritana que él podía darle el agua que salta hasta la vida eterna. Ahora se presenta  a sí  mismo como el pan de la vida. A nuestra hambre y  nuestra sed solo él puede responder adecuadamente. 

• “El que viene a mí no pasará hambre”.  Bien conocemos nuestra hambre de pan y de sentido. Pero hemos de confesar que a veces hemos tratado de satisfacerla con alimentos impropios de nuestra dignidad.  No es extraño que sigamos sufriéndola cada día.

• “El que cree en mí no pasará nunca sed”. Jesús manifiesta su sed al principio de su misión y a la hora de su muerte. Con fe nosotros repetimos una antigua petición: “Agua del costado de Cristo, lávame”.  

Cómo ovejas sin pastor Mc 6,30-34 (TOB16-21)

 “¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!”. El profeta Jeremías pone en la boca de Dios este lamento por su pueblo, que se ve disperso y desorientado (Jer 23,1-6). Pero la culpa no es solamente del rebaño, sino de los dirigentes que han olvidado la responsabilidad que se les ha confiado.  

Los pastores dispersan al pueblo en lugar de reunirlo en paz y en armonía. Pero el Señor  anuncia su decisión de intervenir de dos maneras. En primer lugar reunirá a sus ovejas para que crezcan y se multipliquen. Y, además, elegirá buenos pastores para que las apacienten y cuiden de  modo que no teman y se espanten, como suele suceder en los rebaños. 

Como era de esperar, la liturgia nos invita a repetir una confesión inolvidable: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22). Por otra parte, el domingo pasado la carta a los Efesios nos recordaba los dones de nuestra elección, nuestra filiación y nuestra redención. Hoy proclama que Dios ha derribado los muros que nos separaban (Ef  2,13-18).

LA COMPASIÓN

También el domingo pasado, el evangelio evocaba el estilo propio que había de distinguir a los discípulos que Jesús enviaba en misión por delante de él. Hoy vemos que los discípulos ya están de regreso para reunirse con Jesús y darle cuenta de lo que han hecho y enseñado (Mc 6,30-34). El relato contiene algunos detalles que revelan la identidad del Maestro y el contexto de su actuación.

• En primer lugar, son muchas las gentes que acuden a escuchar a Jesús, de modo que él y sus discípulos apenas encuentran tiempo y privacidad para comer y descansar. 

• A la vista de aquellas multitudes, Jesús decide subir a bordo de una barca y retirarse con sus discípulos a un lugar desierto para escucharlos y evaluar el resultado de la misión. 

• Sin embargo, las gentes ven desde la costa el itinerario que sigue la embarcación y se adelantan por tierra para esperar a Jesús cuando desembarque. 

LA BUENA NOTICIA

 Al llegar a su destino, Jesús ve a la multitud que le está aguardando en la costa. Las gentes no le son indiferentes. Son personas humildes y necesitadas, que le buscan y le siguen. Jesús se compadece de ellas, “porque andaban como ovejas que  no tienen pastor y se puso a enseñarles con calma” (Mc 6,34). 

• Aquellas gentes deseaban escuchar una palabra de verdad y alcanzar de Jesús una curación o un consuelo. En principio, el Maestro no condena esas aspiraciones, sino que las acoge con un corazón misericordioso. En un tiempo de inseguridad como el nuestro, los cristianos no tenemos derecho a ignorar las necesidades y los problemas de las personas.

• Además, Jesús es capaz de cambiar sus prioridades. Movido a compasión, deja de lado su proyecto de descanso junto a sus discípulos. El Maestro aprovecha la ocasión y se dedica a enseñar a las gentes. En un tiempo de indiferencia como el nuestro, los cristianos no podemos despreciar las oportunidades para transmitir la Buena Noticia del Señor.