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El vendaval y la calma Mt 14,22-33 (TOA19-26)

 “Después del fuego, el susurro de una brisa suave”. En la primera lectura de la misa de este domingo se nos presenta a Elías refugiado en una cueva del monte Horeb (1 Re 19,9-13).  En aquel lugar, el Dios de la liberación se había mostrado a Moisés. También Elías espera oír la palabra del único Dios para poder enfrentarse a los que promueven el culto a Baal.    

Contra lo que imaginaba el profeta,  Dios no se presenta en el huracán ni en el terremoto ni en el fuego. Dios se hace presente en el suave susurro de la brisa. 

Todos deberíamos dirigirle con humildad las palabras del salmo responsorial: “Muéstranos, Señor tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84,9-14).

San Pablo manifiesta a los romanos el amor que le une a  los de su raza, que tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas (Rom 9,1-5)

EL MIEDO

Después de la distribución de los panes y los peces, Jesús pide a sus discípulos  que tomen la barca para adelantarse, mientras él despide a la gente y se retira al monte para orar a solas. Pero la barca es fuertemente sacudida por el viento y por las olas (Mt 14,22-33).  

Bien sabemos que en las páginas de la Biblia, el mar representa con frecuencia la fuerza del mal. En este caso, atemorizados por el bramido del mar y por la fuerza del oleaje, los discípulos de Jesús se sienten en peligro.

Cerca del amanecer se les muestra su Maestro, caminando sobre las olas. Cuando la fe es débil, no es fácil percibir la presencia de Dios y la fuerza de su poder. Así que la media luz de la madrugada y el miedo que se ha apoderado de los discípulos, les hacencreer que es un fantasma. Pero el Señor se acerca para traer la calma.

Atemorizados por los continuos ataques a la fe y a la Iglesia, muchos creyentes de hoy desean que Dios irrumpa con fuerza en nuestra historia. Pero Dios es discreto.

LA CONFIANZA

El Señor se cuida de los que ha elegido y les dirige una frase de aliento para que afronten la travesía: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Nunca deberíamos olvidaresa voz.

• “¡Ánimo!”. Muchos han escrito que la fe deshumaniza a la persona. No es verdad. La fe suscita en el creyente una fuerza que a veces parece inexplicable. La fe mueve montañas y aplaca tempestades. La fe no ignora las dificultades, pero ayuda al creyente a superarlas.

• “Soy yo”. Muchos atribuyen a la fuerza de su propia voluntad la capacidad para superar los obstáculos de la naturaleza y las sacudidas de la historia. Pero no es verdad. El ser humano es más débil y vulnerable de lo que está dispuesto a reconocer. Necesita la confianza en la presencia y la protección de Aquel que es la fuente de la vida.

• “No tengáis miedo”. Muchos piensan que “el hombre vive cada vez más en el miedo”, como escribió Juan Pablo II (RH 15). Pero los creyentes recuerdan que en los evangelios se repite una y otra vez la exhortación divina a superar el miedo. Esainvitación va dirigida a la Iglesia y a cada uno de los que navegamos en esa barca.

La decisión acertada Mt 13,44-52 (TOA17-26)

“Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Así oraba Salomón al comenzar su reinado (1 Reyes 3,5.7-12). No pedía a Dios una larga vida o muchas riquezas, Salomón solo pedía  “discernimiento para escuchar y gobernar”.

Aceptar la voluntad de Dios y vivir de acuerdo con sus mandamientos nos daría sabiduría y orientación en estos tiempos en los que todos los días se repite que “todo vale”.

Deberíamos revisar nuestras prioridades y manifestarlas con valentía. Para ello, podemos hacer nuestra la confesión del salmo responsorial: “Señor, más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata”  (Salmo 118,72).

  A pesar de nuestra tibieza, hoy queremos repetir con fe las palabras que san Pablo escribe a los romanos: “A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rom 8,28).

EL TESORO Y LA PERLA

En el evangelio que se proclama en este domingo (Mt 13,44-52) se recuerdan tres  parábolas de Jesús sobre el Reino de Dios.

• En la primera, el reino de Dios,  se presenta como un tesoro que un labrador encuentra en el campo. Puesto que el tesoro encontrado por azar tiene un valor inmenso, la decisión más justa es vender lo que se posee para comprar aquel campo. 

• En la segunda parábola el reino de los cielos, o Reino de Dios, se presenta como una perla que encuentra un comerciante, que la ha buscado durante años. También él cree que debe desprenderse de sus bienes para conseguir algo que vale mucho más.

Es evidente que hay que tener la lucidez para descubrir lo que realmente vale y la decisión para desprenderse de lo que vale menos. Esa es la verdadera sabiduría: la que nos lleva a tomar en cada momento la decisión acertada.  

Con razón escribió san Pablo VI, en su exhortación sobre el anuncio del Evangelio (8.12.1975), que el Reino de Dios hace que todo lo demás se convierta en “lo demás”.  De todo se puede prescindir menos de la grandeza y la gracia de acoger a Dios como Señor.

LA RED Y LOS PECES

Además, el evangelio nos propone una tercera parábola. El reino de los cielos se identifica con la red que los pescadores echan en el mar, esperando  recoger toda clase de peces, buenos y menos buenos. También esta imagen encierra algunos desafíos.

• El Reino de Dios nos pide una mirada universal. No podemos encerrarnos en nuestros límites. Tenemos que abrirnos a todos los hombres y mujeres, de cualquier clase y condición. Todos somos invitados a reconocer a Dios como Señor y como guía de nuestra existencia.  

• El Reino de Dios exige un cuidadoso discernimiento. No todos los peces que quedan prendidos en la red tienen el mismo valor en el mercado. Es verdad que el bien y el mal conviven en nuestra vida. Pero no se pueden identificar a la ligera.

• El Reino de Dios comporta una actitud de humilde esperanza. Con frecuencia juzgamos  las actitudes de los demás. Pero nuestros juicios no siempre son acertados y respetuosos. La verdadera valoración del bien y del mal corresponde a los ángeles de Dios. 

Fuente: https://jrflecha.blogspot.com/

Luz y oscuridad Mt 13,24-43 (TOA16-26)

“Tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres” (Sab 12,18). Los poderosos de este mundo no son moderados e indulgentes con los que no los apoyan. Muchos prometen hacer justicia,  pero la acomodan a sus propios intereses.

Pero, el poder de Dios se manifiesta precisamente en su misericordia.   Dios nos ofrece la esperanza de ser perdonados. Y nos enseña que quien trata de ser justo debe ser humano con relación a los demás.

Con el salmo responsorial proclamamos hoy esa cualidad divina que deseamos y pedimos para nosotros: “Tú, Señor, eres bueno y clemente” (Sal 85). 

Nos da confianza leer lo que san Pablo escribe a los romanos: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir lo que nos conviene” (Rom 8,26). 

LUZ Y OSCURIDAD

El texto evangélico que hoy se proclama refleja el ámbito agrícola con un mensaje sobre la siembra y la cosecha (Mt 13,24-43). De nuevo pone en boca de Jesús una parábola y a continuación le atribuye una alegoría.

• La parábola refleja la paciencia de Dios. Él es el sembrador de la buena semilla. Trabaja a plena luz del día y permanece cerca de su campo. Pero hay un enemigo que actúa en la oscuridad, sembrando en el campo una mala semilla. Los obreros se muestran preocupados y parecen tener prisa por arrancar la cizaña, pero el dueño da muestra de su paciencia y los exhorta a esperar hasta el tiempo de la siega.

• La explicación que ofrece Jesús es una alegoría. Los protagonistas son el Hijo del hombre que siembra el buen trigo y el diablo que siembra la cizaña. El trigo son los ciudadanos del Reino de Dios y la cizaña representa a los partidarios del maligno. A la hora de la siega, el trigo será recogido en los graneros y la cizaña será arrojada al fuego. Y eso es lo que sucederá con los malvados, nacidos de la semilla sembrada por el maligno.

EL BRILLO DEL SOL

La alegoría se refiere especialmente a los justos, que son representados por el trigo. Ellos son los que han nacido de la buena semilla sembrada por el mismo Señor. La promesa que se refiere a ellos contiene tres palabras sobre las hemos de fijar nuestra atención.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. En primer lugar, el texto menciona a los justos. Es una alegría saber que los que han nacido de la iniciativa y de la semilla sembrada por el Hijo del hombre son reconocidos y calificados como “justos”.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”.  En segundo lugar, se  alude a la luz del sol. De hecho, se recuerda que la buena semilla fue sembrada a pleno día. Y se anuncia que los justos alcanzarán un futuro tan brillante como el sol.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. En tercer lugar, se menciona al Padre celestial. La buena semilla son todos “los ciudadanos del reino”. Su destino y la plenitud de su vocación se sitúa precisamente en el reino de su Padre.

El rey manso y clemente Mt 11,25-30 (TOA14-26)

“¡Salta de gozo, Sion; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre  y montado en un borrico, en un pollino de asna” (Zac 9,9). Es cierto que los profetas tienen por misión denunciar la injusticia y la opresión. Pero en su misión está también anunciar la buena  noticia de la paz y de la alegría y suscitar la esperanza entre las gentes.

Eso es lo que hace el profeta Zacarías al exhortar a Jerusalén a recibir con  alegría al Mesías del Señor. Es anunciado como un rey justo y victorioso que “dictará la paz a las naciones”. Pero entrará en su ciudad con un espíritu de  mansedumbre y de pobreza.  

Con el salmo responsorial, nosotros reconocemos a Dios como nuestro rey, clemente y  misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad (Sal 144).

En la segunda lectura, san Pablo dice a los romanos que el Espíritu de Cristo habita en ellos (Rom 8,9-13). Gracias a ese Espíritu, podrán dar muerte a las obras de la carne para vivir de forma espiritual. Evidentemente, ese aviso es válido también para todos nosotros.

SENCILLOS Y MARGINADOS

El texto evangélico de este domingo (Mt 11,25-30) recuerda una hermosa oración de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla”. Con razón se dice que esta acción de gracias parece evocar el canto de María con motivo de su visita a Isabel.

Jesús vive de cara a su Padre celestial. Pero esa atención no le impide prestar atención a su familia terrenal. Mantiene una estrecha intimidad con su Padre. Pero sus ojos se fijan también en las personas que le siguen por los caminos, hambrientas de pan y de esperanza. 

Esta acción de gracias a Dios nos da a conocer la sensibilidad con la que Jesús observa y acoge los sufrimientos de todos los sencillos y marginados en la sociedad. Todos ellos son sus hermanos. Realmente, en Jesús de Nazaret se ha hecho presente aquel Mesías de corazón manso y humilde, que prometía a Jerusalén el profeta Zacarías.

SERENIDAD Y ARMONÍA

A todos los atribulados Jesús dirige su exhortación y su promesa:  “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis  descanso para vuestras almas” (Mt 11,29).  

• “Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí”. El yugo une a los bueyes para que puedan tirar del carro. Pero el yugo era también un balancín, flexible y ligero, que se acomodaba sobre la espalda. Gracias al yugo de Jesús podemos llevar con más facilidad nuestras cargas.

• “Soy manso y humilde de corazón”. Según santa Teresa de Calcuta, “si la persona es humilde no la perturbarán ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce y sabe quién es en realidad”. La mansedumbre y la humildad revelan la verdad del ser humano. Nadie llega a ser  más que los demás, por mucho que pretenda imponerse a ellos. 

• “Encontraréis descanso para vuestras almas”. El aislamiento de la persona puede traer descanso a su cuerpo, pero también puede aumentar la inquietud de su espíritu. El verdadero descanso brota de un corazón sencillo y humilde, cercano y compasivo, amoroso y confiado.

Los enviados y la comunidad Mt 10, 37-42 (TOA13-26)

Un matrimonio de Sunam suele recibir al profeta Eliseo y decide preparar una habitación en la terraza de su casa para recibirlo cada vez que pase por allí.

La hospitalidad hacia el profeta, recibe de Dios el premio de una fecundidad siempre esperada. Aconsejado por Guejazí, su criado, Eliseo promete a aquel matrimonio que el año próximo por la misma época, la mujer estaría ya abrazando a un hijo (2 Re 4,8-14).

En el salmo responsorial, podemos nosotros prometer nuestra gratitud a nuestro Dios: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor” (Sal 88).

No es vana nuestra canción. San Pablo nos ha dicho que los redimidos por Cristo, hemos de considerarnos muertos al pecado para vivir con él una vida nueva (Rom 6,3-11).

LA PAGA DEL JUSTO

En el evangelio de este domingo se recuerda el discurso de misión, en el que Jesús dirige a sus apóstoles cuatro advertencias sobre el desprendimiento que se pide al enviado y tres gestos de hospitalidad que se esperan de una comunidad cristiana ideal:

- Habrá de acoger a los enviados como si acogiera al Señor que los envía.

- Habrá de recibir a los profetas, no solo por cortesía, sino tan solo por ser profetas.

- Habrá de mostrarse siempre hospitalaria con los discípulos del Maestro. (Mt 10,37-42).

Una y otra vez se insiste en los avisos de Jesús. “El que no me sigue no es digno de mí”. “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. “El que os recibe, me recibe a mí”.  

  Él motiva las decisiones radicales del creyente. Solo por él se puede entregar la vida. Es él quien es recibido cuando se recibe a sus mensajeros y a sus discípulos.

Con todo, hay una frase que parece ser el resumen de todas las demás: “El que recibe a un justo por ser justo, tendrá paga de justo”. Quien recibe a un justo, recibirá la recompensa del Justo que con él se ha identificado.

LOS CAMINOS DEL MUNDO

El verbo “recibir” aparece muchas veces en la boca de Jesús, como un eco de la   hospitalidad propia de su pueblo. En realidad, ahora suena como el signo del reino de la gratuidad que él anunciaba.

• “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí”. Con estas palabras, el Maestro se identifica con sus apóstoles. Como se ve, invita a las comunidades cristianas de ahora y de siempre a no mirar con nostalgia los tiempos de la primera comunidad. No tuvieron más privilegio los que oyeron a Jesús que los que en el día de hoy prestan atención a sus enviados.

• “El que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”. Con esta expresión el Maestro se identifica con el Padre celestial. El que envía a sus discípulos es a su vez un enviado. Puede pedir fidelidad a la misión, porque él ha sido fiel a la misión que le ha sido confiada.  También hoy, quien cree en Jesús no se aleja de Dios, sino todo lo contrario.

El medio y la decisión Mt 10,26-33 (TOA12-26)

  “Delatadlo; vamos a delatarlo… A ver si se deja seducir y lo violaremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él” (Jer 11,10). Ese era el cuchicheo que Jeremías podía oír al pasar entre las gentes que lo conocían. No había hecho mal alguno. Pero denunciaba la impiedad e inmoralidad de su pueblo. 

 A lo largo de la historia de la Iglesia son innumerables los creyentes que han sido asesinados  por su amor al bien y la verdad. Las persecuciones contra los mensajeros del evangelio no terminaron con la libertad concedida a los cristianos por el emperador Constantino. 

Con el salmo responsorial cada uno de nosotros puede manifestar su confianza en el Señor que lo ha llamado: “Que me escuche tu gran bondad, Señor” (Sal 68).

Con todo, sabemos y creemos que, gracias al sacrificio de Cristo, el favor y la gracia de Dios han sido derramados sobre nosotros, como dice san Pablo a los Romanos (Rom 5,12-15).

EL PRECIO DE LOS GORRIONES

En el evangelio que se proclama en este domingo, Jesús repite hasta tres veces la exhortación: “No tengáis miedo” (Mt 10,26-33). La tentación del miedo parece tan antigua que la vemos reflejada ya en los discípulos de Jesús. Con razón, Jesús les ofrece tres razones para superar el miedo:

- No han de tener miedo a los hombres, puesto que solo tratan de servir a la verdad, mientras que la mentira siempre termina por ser descubierta. 

- No han de temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden dar muerte al alma. El espíritu humano sobrevive a los ataques de los tiranos.  

- Finalmente, los discípulos no han de tener miedo, porque el Padre celestial los conoce personalmente, vela por ellos y los premia con su presencia. 

Para apoyar esas llamadas a la confianza Jesús les propone una parábola que refleja su observación de la realidad: “¿No se vende un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones”.

VERDAD Y VALENTÍA

Aunque sea muy importante, no tener miedo es solo la parte “negativa” de la misión profética. El profeta ha de hacer algo positivo. Ha de ponerse de parte de Jesús ante los hombres. De esa confesión de fe y de su fidelidad en el presente, depende el futuro al que ahora se prepara. 

• La actitud del apóstol que predica el evangelio del Reino de Dios lo presenta y distingue siempre como discípulo del Maestro.  Si el discípulo se pone de parte de Jesús ante los hombres, el Maestro se pondrá de su parte ante el Padre celestial. 

• Pero la actitud del apóstata es la decisión de renegar del Maestro, por temor a perder prestigios humanos y ganancias terrenas. Ahora bien, si el discípulo niega a Jesús ante los hombres, el Maestro también lo negará ante el Padre celestial.

Los mandamiento Mt 5,27-37 (TOA6-26)

“Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad”. Esas palabras del Eclesiástico o Sirácida (15,15) son hoy muy oportunas. Todos valoran la libertad, pero muchos dicen que no eran libres para evitar el mal. 

• “Si quieres”. Nadie es obligado a hacer lo que no puede. Los mandamientos no son órdenes impuestas por alguien que no conoce nuestra debilidad. Los mandamientos responden a la dignidad del ser humano. A nuestros mejores ideales.

• “Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras” (Eclo 15,16). Es necesario un buen discernimiento. La mayor parte de nuestras desdichas se deben a nuestra ceguera a la hora de elegir el camino que lleva a la felicidad.

El salmo responsorial evoca aquel mensaje: “Dichoso el que, con vida intachable, camina en la ley del Señor; dichoso el que, guardando sus preceptos, lo busca de todo corazón; el que, sin cometer iniquidad, anda por sus senderos (Sal 118,1).

San Pablo escribe a los fieles de Corinto que el Espíritu de Dios nos ha revelado esta sabiduría que conduce a la gloria (1 Cor 2,6-10).

TRES VALORES HUMANOS

En el texto incluido en el Sermón de la Montaña, Jesús afirma que no ha venido a abolir la ley de Moisés (Mt 5,17-35). Ha venido a llevarla a su plenitud y a descubrir su sentido más profundo. Los mandamientos responden a los valores que nos hacen humanos.

• No basta con no matar. Es preciso defender el valor de la vida desde su origen hasta su fin natural. No podemos bendecir la guerra ni la imposición del hambre. Y nunca debemos despreciar  o encarcelar a quien no piensa como nosotros.

• No basta con no cometer adulterio. Hay que rechazar la pornografía y los abusos sexuales. Hay que valorar el cuerpo humano y las relaciones entre las personas. El amor no es un sentimiento, es un compromiso. Es necesario enseñar a amar con entrega y fidelidad.

• No es preciso jurar. Es preciso promover la transparencia de las conductas y de la información. El rechazo a la mentira y la corrupción nos lleva a vivir en la verdad, a decir la verdad y a dar testimonio de la verdad. 

PRECEPTOS Y DERECHOS

Jesús nos advierte de una tentación bastante frecuente: “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos”.

• Saltarse uno de los preceptos significa colocar nuestro juicio por encima del juicio de Dios. Con ello reafirmamos nuestra sed de autonomía. Pero también demostramos que decidimos actuar “como si Dios no existiera”. 

• Saltarse uno de los preceptos recogidos en el Decálogo y reafirmados por Jesús, significa también que hemos olvidado nuestra dignidad y pretendemos ignorar y despreciar la dignidad de nuestros hermanos.  

La luz en las tinieblas Mt 5,13-16 (TOA5-26)

“Entonces romperá tu luz como la aurora…, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.  Esas promesas, que encontramos en el texto del libro de Isaías que hoy se proclama (Is 58,7-10). Son la respuesta de Dios a todos los que se lamentan de haber ayunado sin ser escuchados por el Señor.

El oráculo dice que el ayuno verdadero consiste en partir el pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no cerrar el corazón a los que son nuestros hermanos. Es decir, el auténtico ayuno no consiste tanto en no comer como en practicar las obras de misericordia.

Por eso el salmo responsorial se hace eco de aquella profecía, proclamando: “Quien es justo, clemente y compasivo, brilla como una luz en las tinieblas” (Sal 111).

Para nada vale nuestra autosuficiencia. Con razón escribe san Pablo a los corintios que “nuestra fe no se apoya en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1Cor 2,5).

LA DEFENSA Y EL REFUGIO

El llamado “Sermón de la montaña” comenzaba proclamando las bienaventuranzas de Jesús. En ellas se nos revela cómo es Dios y cuál es la identidad del Cristo. Pero también se expone la misión de la Iglesia y se manifiesta la honda verdad del ser humano.  Pues bien, a continuación, Jesús se dirige a sus discípulos con una proclamación y dos imágenes complementarias (Mt 5,13-16).

• “Vosotros sois la luz del mundo”. No les dice lo que han de ser sino lo que ya son. Esa frase es una revelación, más que una obligación moral. Jesús es la luz del mundo y hace que sus seguidores sean luminosos en un mundo que parece caminar en las tinieblas.

• “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”. Muchas ciudades antiguas se elevaban sobre una colina. Esa situación dificultaba el asalto de sus enemigos, pero facilitaba la orientación de los amigos que buscaban en ellas un refugio seguro. 

• “Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa”. Esta otra imagen, tan casera y familiar, invita a los discípulos a ser siempre testigos creíbles de la luz recibida del Señor.

LAS OBRAS Y LA GLORIA

De todas formas, el texto evangélico continúa con una exhortación que parece tan apremiante como sugerente, tan tradicional como actual:

• “Alumbre así vuestra luz a los hombres”. No hemos recibido la gracia solo para nuestro propio beneficio. La luz que hemos recibido es un don gratuito, pero es también una tarea y una responsabilidad. Estamos llamados a transmitir la luz a todos los hombres.

• “Para que vean vuestras buenas obras”. No podemos caer en la rutina. El bien ha de ser bien hecho. Y las buenas obras no pueden quedar ocultas. No se puede hacer el bien para ser vistos y alabados, pero no es razonable ocultarlo siempre a los ojos de los demás.

• “Para que den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”. Esa es la motivación de toda la exhortación. La difusión del bien no puede convertirse en un motivo para la gloria personal. Hemos sido enviados para anunciar y promover la gloria de nuestro Padre.

Pastor y Juez Mt 25, 31-46 (TOA34-23) CRISTO REY

“Yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. Así concluye el oráculo en el que el profeta Ezequiel presenta a Dios como el pastor. Él no es indiferente a la suerte de su rebaño.  Es cierto que busca y cuida atentamente a las ovejas y a las cabras. Pero también es cierto que no ignora la diferente conducta de unas y otras (Ez 34,17). 

Con el salmo responsorial recordamos una de las oraciones más queridas tanto por el pueblo de Israel como por la comunidad cristiana. La imagen del buen pastor fue reproducida con frecuencia en las catacumbas romanas. Hoy proclamamos de nuevo nuestra confianza en el Señor, que se ocupa de nosotros: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 22,1). 

En esta fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, leemos que san Pablo anuncia a los fieles de Corinto que Cristo ha de entregar el reino a Dios Padre, cuando haya aniquilado todo principado, poder y fuerza (1 Cor 15,20-28). 

ACOGIDA Y RECHAZO

El capítulo 25 del evangelio de Mateo contiene tres admirables textos sobre la esperanza. Tras las imágenes de las jóvenes y sus lámparas y la de los criados que reciben los talentos, en este último domingo del año litúrgico, Jesús presenta al Hijo del hombre como un rey-pastor que separa las ovejas de las cabras (Mt 25,31-46).

• A los que están a su derecha el Rey los acogerá con la amabilidad de una bendición y de una inefable promesa: “Venid, benditos de mi Padre. Heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34).

• En cambio, a los que se encuentran a su izquierda el Rey los rechazará con la tremenda dureza que evoca la maldición: “Apartaos de mí, malditos. Id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,41).

EL EXAMEN FINAL

El criterio para separar a unos de los otros no es la raza o la cultura. Tampoco los distinguen su fe y sus prácticas religiosas. Creyentes y no creyentes serán examinados según el mismo protocolo, como ha escrito el papa Francisco en su exhortación sobre la santidad.  Unos y otros se dirigirán al juez con la misma pregunta que revela su asombro.

• “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos?” Esa es la pregunta de los que han entregado su tiempo y su atención a los más pobres y abandonados de la tierra. A esa pregunta responde el Rey con una revelación de su identidad y su presencia: “Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo” (Mt 25,40).

Sabiduría y Esperanza Mt 25,1-13 (TOA32-23)

“Radiante e inmarcesible es la sabiduría… Quien vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones” (Sab 6,12.14.16). Este poema pregona la belleza de la sabiduría. Pero, al mismo tiempo, nos advierte que es preciso mantenerse en vela para conseguirla. 

La sabiduría es el primero de los dones de Dios. Sería una necedad ignorarla. O distraerse con otros intereses que no nacen de ella ni llevan a encontrarla. Es preciso mantenerse despiertos y apetecerla y buscarla como el mayor valor de la vida.

La liturgia de este domingo nos dice que la sabiduría se identifica con el mismo Dios. Con el salmo responsorial manifestamos la sed  que  nos impulsa a buscarlo: “Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti” (Sal 62,2).

Algunos dirán que esa sed de Dios nos aliena y nos lleva a olvidar la realidad. No es cierto. Nuestra esperanza solo en Dios encuentra su plenitud. San Pablo escribe que quien ha creído en la resurrección de Jesucristo estará siempre con el Señor (1Tes 4,17).

LA VIGILANCIA

Todos podemos vernos reflejados en la parábola de las diez doncellas invitadas a la celebración de una boda (Mt 25,1-13).

• Todas ellas han sido convocadas para iluminar con sus lámparas el cortejo que ha de recibir al esposo. Sin embargo, algo ha hecho que la espera sea demasiado larga. No es extraño que todas esas jóvenes se queden adormiladas. 

• Pero de pronto las despierta una voz que anuncia la llegada del esposo. Cinco de las jóvenes ven que sus lámparas están para apagarse. Solo entonces se dan cuenta de que han olvidado proveerse de suficiente aceite.  

• Las otras cinco doncellas han tomado aceite para alimentar sus lámparas. Evidentemente estas han sido más prudentes y previsoras. Pero las otras cinco pueden ser calificadas como necias o descuidadas.

La parábola nos enseña que la esperanza no puede subsistir cuando se vive en la pasividad y la imprudencia. La virtud de la esperanza exige vigilancia y atención.   

EL ENCUENTRO

No es lo mismo creer algo que creer en alguien. No es lo mismo aguardar algo que esperar a alguien. El evangelio presenta a diez jóvenes que esperan la llegada del esposo a la fiesta de su boda.  Es interesante el breve diálogo y la exhortación que contiene el texto.  


Servir con humildad Mt 23,1-12 (TOA31-23)

Los sacerdotes habían interpretado con parcialidad las normas de la ley. El profeta se hace unas preguntas que son aplicables también a nuestro tiempo: “¿No tenemos todos un mismo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿P ué entonces nos traicionamos unos a otros, profanando la alianza de nuestros padres?” (Mal 2,10).

A esa lamentación respondemos con la confesión que contiene el salmo responsorial: “Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros” (Sal 130,1).

El trato de san Pablo a los fieles de Tesalónica marca el ideal a los evangelizadores: “Os tratamos con delicadeza, como una madre cuida de sus hijos” (1Tes 2,7).

TRES FALTAS GRAVES

En el evangelio que hoy se proclama, Jesús advierte a la gente de las graves faltas que han cometido los letrados y los fariseos (Mt 23,1-7). 

• La primera falta es la incoherencia. “No hacen lo que dicen”. Es verdad que repiten una y otra vez las enseñanzas de la Ley de Moisés pero ellos no viven de acuerdo con lo que enseñan. Conocen bien la letra de la Ley pero no han descubierto su espíritu.

• La segunda falta es la indiferencia. Ignoran los fardos pesados que tienen que soportar las gentes de su pueblo, y no se molestan en prestarles su ayuda. No han aprendido el valor de la compasión y no se deciden a imitar la misericordia de Dios.

• La tercera falta es la vanidad. “Todo lo que hacen es para que los vea la gente”. Han llegado a convertir su oración en un espectáculo para atraer la atención de las gentes. El único motivo que los mueve son los honores que anhelan recibir de su pueblo.

TRES ADVERTENCIAS

En la segunda parte de este texto evangélico, Jesús se dirige a sus propios discípulos con tres advertencias importantes (Mt 23,8-12). 

• Por dos veces les dice que ninguno de ellos procure que le califiquen como Rabbí, es decir maestro. Su maestro es uno solo. Además todos sus discípulos han de reconocerse como hermanos y discípulos del Señor (Mt 23,8.10).

• Además, les pide que a nadie de la tierra llamen Abbá, es decir “padre”, porque uno solo es su Padre, el del cielo (Mt 23,9). Una vez más, Jesús quiere subrayar la fraternidad que une y ha de unir siempre a sus seguidores.

• Finalmente les advierte: “El primero entre vosotros será vuestro servidor” (Mt 23,11; 20,26). Es fácil recordar que eso mismo les había enseñado, cuando Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, le pedían que les concediera los puestos más importantes en su Reino.

El césar y Dios Mt 22,15-22 (TOA29-23)

“Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”. Un profeta anónimo presenta a Ciro, rey de los persas, como el ungido del Señor (Is 45,5). Dios lo conoce, lo elige y le concede el poder para que lo use con justicia (cf. Is 41,2). Ciro ha sido elegido por Dios para liberar a Israel y a los otros pueblos que habían sido oprimidos por los babilonios.

Ahora bien, los poderosos de este mundo pierden toda legitimidad cuando caen en la tentación de divinizarse a sí mismos. Los grandes y gobernantes de la tierra no pueden atribuirse a sí mismos un poder que solamente se debe a Dios.

Con razón el salmo responsorial proclama que “el Señor es Rey, él gobierna a los pueblos rectamente” (Sal 95,10). 

En su primer escrito, san Pablo recuerda a los fieles de la ciudad de Tesalónica que ellos han sido elegidos por Dios y guiados por la fuerza del Espíritu Santo (1Tes 1,1-5). 

UN MOTIVO PARA LA DENUNCIA

Según el evangelio, los sacerdotes y los fariseos trataban de detener a Jesús (Mt 21,46). Hoy nos dice que los fariseos se alían con los herodianos para sorprender a Jesús en alguna palabra (Mt 22,15-21).  Así que se dirigen a él con un elogio y una pregunta

• “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. El evangelio de Juan pone en boca de otro fariseo llamado Nicodemo ese mismo título y ese mismo elogio (Jn 3,2). En este caso, los fariseos reconocen a Jesús como Maestro. Pero el texto nos advierte que Jesús conoce su “mala voluntad” (Mt 22,18).

• “Dinos qué opinas: Es lícito pagar impuesto al César o no?” Jesús comprende que con esa pregunta solo desean ponerle a prueba. Si dice que hay que pagar el impuesto, se enfrenta con el pueblo, que odia los tributos que le imponen. Si responde que no hay que pagarlo, se enfrenta con los representantes del Imperio Romano. 

Los discípulos de los fariseos y los partidarios de Herodes no se interesan demasiado por las gentes. Ni esperan ni pueden ofrecer a su pueblo la libertad frente al Imperio. Les importa poco la verdad. Solamente quieren tener un motivo para denunciar a Jesús.   

EL PUESTO DE DIOS

Pues bien, la respuesta que Jesús dirige a quienes se acercan a tentarle contiene una interpelación, una pregunta y una exhortación:

• “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?” La interpelación es dura. Los fariseos reconocen que Jesús dice la verdad. Pero Jesús conoce que ellos viven en la mentira. Estas palabras de Jesús nos recuerdan que no  importan tanto las palabras como las actitudes que esconden.

• “¿De quién son esta cara y esta inscripción?” La pregunta de Jesús es intencionada. La ley judía prohibía llevar imágenes (Éx 20,4). Pero los que presumen de cumplir la ley la olvidan cuando la utilizan para silenciar al que el pueblo reconoce como profeta.

• “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Ninguna frase evangélica ha sido tan manipulada como esta exhortación. En ella se nos dice que si la fe no tiene que mezclarse en la política, los políticos no deben instalarse en el puesto de Dios.

Invitados al banquete Mt 22,1-14 (TOA28-23)

“Aquel día preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos” (Is 25,6). EL profeta Isaías veía a Jerusalén como el santuario al que un  día habría de dirigirse la peregrinación de todos los pueblos.

Para todos los hambrientos, Dios tenía preparado un espléndido banquete. Y no solo eso. El Señor liberaría a los pueblos de su ignorancia, de sus dolores y aun del último mal que es la muerte. Dios invitaba y nos invita a todos al festín de la vida y de la alegría. 

A esa promesa respondemos con el salmo 22: “Tú bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Como escribía san Pablo a los fieles de la comunidad de Filipos, también nosotros podemos exclamar: “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13).

EL DESAIRE Y LA GENEROSIDAD

 Tanto el poema del profeta Isaías como el evangelio de Mateo (Mt 8,11-12) comparaban la era mesiánica con un espléndido banquete. Esa imagen reaparece también en el evangelio que se proclama en este domingo (Mt 22,1-14). En él se presenta a un rey que celebra la boda de su hijo y envía mensajeros a dos grupos de invitados.

• “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.  El banquete mesiánico ha sido preparado directamente para los hijos del pueblo de Israel. Dios les ha mostrado continuamente su predilección. No los llamó a sufrir como esclavos, sino a participar de la alegría de un banquete de bodas.

• “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”. Los hijos de Israel se excusan para no aceptar la invitación. Pero el rey convida a su banquete a todos los pueblos, es decir a los paganos. El desaire de su pueblo no anula la generosidad del rey.  

UNA GRATITUD FESTIVA

La parábola evangélica señala que la sala se llenó de comensales. Pero el rey observa que uno de ellos ha llegado sin un traje de fiesta. Y lo interpela con seriedad:

• “Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”  Los cristianos llegados del mundo pagano sin duda podían sentirse felices de heredar los bienes preparados para Israel. Pero no debían continuar con los hábitos de su anterior paganismo.

• “Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?” También en este tiempo, el Señor nos invita a todos a participar del banquete de la gracia y de los sacramentos. Pero no debemos vivir esa vida nueva con las actitudes y la irresponsabilidad del hombre viejo.

• “Amigo, ¿Cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”  No se trata solamente de evitar los antiguos vicios. Si la invitación es una gracia, es preciso responder a ella con una gratitud festiva. Para el banquete al que hemos sido invitados, nos viste de gala la virtud.

Buenos y malos Mt 13,24-43 (TOA16-23)

“Tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres” (Sab 12,18). Los poderosos de este mundo no son moderados e indulgentes con los que no los apoyan. Muchos prometen hacer justicia,  pero la acomodan a sus propios intereses.

Sin embargo, el poder de Dios se manifiesta precisamente en su misericordia. Dios nos ofrece a todos la esperanza de ser perdonados. Además, nos enseña que todo el que trata de ser justo debe ser humano con relación a los demás.

Esa cualidad divina, que deseamos y pedimos para nosotros, es la que hoy proclamamos en el salmo responsorial, al cantar: “Tú, Señor, eres bueno y clemente” (Sal 85). 

A propósito de ello, recordamos que, según san Pablo, “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir lo que nos conviene” (Rom 8,26). 

LA PRISA Y LA PACIENCIA

De nuevo, el evangelio que hoy se proclama refleja el ámbito agrícola con un mensaje sobre la siembra y la cosecha (Mt 13,24-43). Y de nuevo el texto pone en boca de Jesús una parábola y a continuación le atribuye una alegoría.

• La parábola refleja la paciencia de Dios. Él es el sembrador de la buena semilla. Trabaja a plena luz del día y permanece cerca del campo, acompañado por sus empleados que se muestran responsables y preocupados por la sementera. Pero hay un enemigo que actúa en la oscuridad, siembra una mala semilla y desaparece. Los obreros tienen prisa por arrancar la cizaña, pero el dueño da muestra de su paciencia.

• La explicación ulterior de Jesús es una alegoría. Los protagonistas son el Hijo del hombre que siembra buen trigo y el diablo que siembra cizaña. El trigo son los ciudadanos del Reino de Dios y la cizaña representa a los partidarios del Maligno. En el texto dice que el trigo será recogido en los graneros, pero la cizaña será echada al fuego. Así sucederá con los malvados, nacidos de la semilla sembrada por el Maligno.

LA LUZ DEL SOL

La alegoría se refiere especialmente a los justos, representados por el trigo. Ellos son los que han nacido de la buena semilla sembrada por el mismo Señor. La promesa que se refiere a ellos contiene tres palabras que es preciso recordar.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. En primer lugar, se menciona a los justos. Es una alegría ver que los que han nacido de la iniciativa y de la semilla sembrada por el Hijo del hombre son calificados como “justos”.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”.  En segundo lugar, se  alude a la luz del sol. De hecho, se recuerda que la buena semilla fue sembrada a pleno día. Y se anuncia para los justos un futuro tan brillante como el sol.

• “Los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre”. En tercer lugar, se menciona al Padre celestial. La buena semilla son “los ciudadanos del reino”. Su destino y la plenitud de su vocación se sitúa precisamente en el reino de su Padre.

El cansancio y el alivio Mt 11,25-30 (TOA14-23)

“Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén; mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un asno” (Zac 9,9). Es evidente que este oráculo trata de subrayar la modestia del futuro rey. Su asno se contrapone a los carros de Efraím, a los caballos de Jerusalén y a los arcos de los guerreros. 

A la humildad del rey prometido se opone la soberbia de los impostores. Los dictadores prometen la paz, pero imponen la paz de los cementerios. El rey que anuncia el profeta traerá una paz basada en la justicia que respeta la vida, no en las armas que siembran la muerte.  

Pero ese contraste no es solo político y social. No se da solo en nuestro ambiente: se reproduce también en nuestras opciones personales y en nuestro ámbito más cercano.

Con el salmo responsorial nos presentamos humildemente ante el Señor y prometemos: “Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey” (Sal 144).

Así que, escuchando el mensaje de San Pablo, tratamos de vivir según el Espíritu, para intentar dar muerte a las obras de la carne (Rom 8,13). 

TRES INVITACIONES

 La primera parte del evangelio que hoy se proclama contiene una oración de Jesús que recuerda el cántico de María. Jesús da gracias al Padre. Reconoce que él se complace en los humildes y pequeños. Y confiesa su íntima vinculación con el Padre celestial (Mt 11,25-30).

En la segunda parte del texto hay una exhortación de Jesús a los discípulos y una invitación a todos los que admiramos sus gestos y sus palabras. Esta exhortación se expresa por medio de tres invitaciones del Maestro: venid, cargad y aprended. Pero esas tres acciones que se esperan del discípulo incluyen también las promesas que formula Jesús.

• “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviare”. Nuestro cansancio y nuestros agobios son innegables. Pero el Señor nos promete un descanso que no encontramos lejos de él. El Señor es alivio para nuestra fatiga. Es consuelo para nuestro desaliento. Es felicidad que viene a calmar nuestra insatisfacción.

• “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Llevar el yugo es sentirse vinculados al Señor en su misma tarea y aprender esas actitudes que lo caracterizan. Compartir la misión y la suerte del Señor es la  prenda y la garantía del descanso que necesitamos.

 DOS REVELACIONES

 Además, el evangelio que hoy se proclama contiene dos revelaciones que resultan igualmente importantes. Jesús se nos manifiesta como el puente entre el Padre y los hombres. 

• “Todo me lo ha entregado mi Padre”. La primera revelación tiene una orientación vertical. Cierra la oración de Jesús y nos muestra la razón de su confianza. En su unión con el Padre, comparte con él su interés por el hombre y el mismo plan de salvación. Jesús conoce el corazón amoroso del Padre y asume la misión de descubrirlo a los hombres.

• “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. La segunda revelación nos abre a la dimensión horizontal de la misión de Jesús. Con ella se cierra la invitación que dirige a sus discípulos. Quien decide seguir el camino de Jesús ha de aceptar unirse a él en la misma tarea. Pero ha de estar convencido de que el Maestro no le impone una carga imposible de llevar.

La Alianza y el Reino Mt 9,36-10,8 (TOA11-23)

 “Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza,  seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos,  porque mía es toda la tierra.  Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éx 19,5-6). Ese es el mensaje que Dios confía a Moisés en la motaña para que lo transmita a su pueblo. 

Ser propiedad de Dios es un honor y debería ser una responsabilidad. Quien se sabe elegido por Dios nunca debería aceptar ser dominado por poderes inhumanos. Al mismo tiempo, esa pertenencia a Dios señala la vocación de todo un pueblo. Queda consagrado a Dios y es llamado a vivir en  santidad.  

Con el salmo responsorial, confesamos que nos sentimos herederos de aquella elección divina: “Nosotros somos su pueblo y  ovejas de su rebaño” (Sal 99). 

Hemos sido elegidos gratuitamete. Cristo ha entregado su vida por nosotros. Por él hemos obtenido la reconciliación, como escribe san Pablo a los Romanos (Rom 5,6-11)

LA LEPRA Y LOS DEMONIOS

En el evangelio de este domingo undécimo del tiempo ordinario (Mt 9,36–10,8) se nos dice que Jesús envió a sus discípulos con una misión que parecía imposible: “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios”. Jesús les hacía partícipes y continuadores de su  propia misión.

Es verdad que a lo largo de dos milenios la fuerza de la fe ha puesto salud donde había enfermedad y proyectos de vida donde reinaba la muerte. Pero aquel encargo tenía un sentido más amplio. Los discípulos de Jesús habrían de poner esperanza donde solo había motivos para la desesperación. Limpiar la lepra –y todas las lepras- es una tarea que sobrepasa el ingenio médico y exige el esfuerzo sincero de la solidaridad mundial.

 A veces imaginamos la expulsión de los demonios como una lucha casi imposible contra un monstruo indomable. Y así es en realidad. Sin embargo, olvidamos que lo demoníaco, siempre monstruoso, se esconde bajo formas políticamente correctas, como tantas veces repite el papa Francisco. Solo la fe puede desenmascararlo y dominarlo.

EL ENVÍO Y EL ANUNCIO

Esos cuatro encargos de Jesús se encuentran insertos en una especie de decálogo   para la misión. Pero hay dos órdenes que parecen fundamentales.

• “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. Anunciar la cercanía y la presencia de Dios es la tarea de todo cristiano. Pero el anuncio ha de ir acompañado de gestos creíbles y eficaces de servicio a los enfermos y leprosos de esta tierra. 

• “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. Ese anuncio obliga a la Iglesia a reconocer la distancia que hay entre ella y el reinado del Dios al que anuncia como cercano. Y la lleva a esforzarse por sembrar semillas de vida en una cultura de la muerte

• “Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca”. El anuncio recuerda al mundo entero que no cabe ignorar lo demoníaco de las decisiones antihumanas. Descubrirlo con lucidez y rechazarlo con energía es el primer paso para crear una sociedad nueva.

Los grandes dones de Dios Jn 3,16-18 (TOA8-23)

“El Señor, el Señor: un Dios clemente y misericordioso, paciente, lleno de amor y fiel” (Éx 34,7).  Así se presenta a Moisés el mismo Dios en lo alto del monte Sinaí.

 El pueblo de Israel había quebrantado la alianza de Dios, adorando a un becerro de oro. Al darse cuenta de lo que había ocurrido en su ausencia, Moisés lanza contra las rocas las dos tablas de piedra en que estaban escritos los mandamientos.

Después Moisés regresa al monte Sinaí con las nuevas tablas que sustituyen a las antiguas. El Señor se muestra benigno, compasivo y dispuesto a renovar la alianza. Y Moisés le ruega que acompañe a su pueblo, aunque sea un pueblo rebelde.

Con el estribillo del canto tomado del libro de Daniel nosotros tratamos de responder al perdón que Dios nos brinda: “A ti gloria y alabanza por los siglos” (Dan 3,52-56).

San Pablo desea a los corintios que el Dios Trinidad les conceda tres dones sagrados: la gracia de Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo (1Cor 13,11-13).

 LA CONDENACIÓN

El evangelio que se proclama en esta fiesta de la Santísima Trinidad recoge una parte de los comentarios que el evangelista añade a las palabras que Jesús dirige a Nicodemo (Jn 3,16-18). En este breve texto llaman la atención tres alusiones a la condenación.

• “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo”. En una sociedad que condena a los inocentes y ensalza a los asesinos, es preciso repetir que Jesús no ha sido enviado a condenar a este mundo. No podemos olvidar que Jesús pasó por el mundo haciendo el bien.

• “El que cree en él no será condenado”. Creer en Jesucristo no equivale a afirmar algunas verdades abstractas. La fe no se limita a repetir algunos ritos o ceremonias. Creer en Jesús es aceptarlo como Salvador. Quien se identifica con él no será condenado.

• “El que no cree en él ya está condenado”. Nadie será condenado en el futuro por no haber creído en Jesucristo. La condena la realiza ya en el presente quien rechaza su luz y su verdad por haber decidido vivir en la tiniebla.

Y LA VIDA ETERNA

 Pero Jesús ofrece a Nicodemo una admirable revelación: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Esa manifestación nos ayuda a descubrir tres grandes dones de Dios:

• El amor de Dios al mundo.” El amor de Dios sostiene el mundo material y, más aún, el mundo social en el que nos insertamos. Evidentemente, Dios no puede dejar de amar al mundo que él mismo ha creado para derramar sobre él su bondad.

• La entrega de Jesús y la fe. Si es cierto que el amor de Dios se muestra en la creación y en la providencia, sabemos y creemos que se revela sobre todo en el envío de su Hijo. Creer en Jesucristo es aceptarlo como Señor y Salvador de nuestra existencia.

• La vida eterna. La vida es el primero de los dones de Dios. Por eso, la vida humana ha de ser acogida con generosidad y defendida con responsabilidad. Pero saber que nuestra vida puede ser eterna en Dios es el mayor premio a esa fe, que también nos ha sido dada.

Del odio al AMOR Mt 5,38-48 (TOA7-23)

“No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El libro del Levítico presenta estas normas de comportamiento como dictadas a Moisés por el mismo Dios (Lev 19,17-18).

Dios pide a los hijos  de su pueblo que eviten el odio y también la venganza y el rencor.   Y además, les pide que practiquen la corrección fraterna y el amor al prójimo como se aman a sí mismos. Si la prohibición parece difícil, el mandato añadido ha de ser considerado también hoy como la fuente de la paz y de la buena convivencia.       

 Según el salmo responsorial, Dios es el último y verdadero modelo de esa conducta: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102).

Por tercer domingo consecutivo leemos cómo san Pablo habla de la sabiduría a los fieles de Corinto. El Apóstol les pide que nadie se crea sabio en este mundo, “porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios” (1 Cor 3,16-23).

NORMAS DE CONDUCTA

En el evangelio del domingo pasado, Jesús explicaba el sentido positivo de tres mandamientos bíblicos que prohíben matar, adulterar y jurar. En el texto que hoy se proclama, el Maestro explica el nuevo sentido de otros preceptos que eran frecuentemente repetidos por las gentes de su pueblo (Mt 5,38-48).    

• “Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente”. En contra de lo que se suele pensar, esa norma del talión no era un permiso para la venganza. Era una restricción de la venganza salvaje que prometía Lamec, descendiente de Caín. Pero Jesús aconseja romper la espiral de violencia y no hacer frente al que nos agravia.

• “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. El amor estaba ya prescrito en el libro del Levítico. Aborrecer al enemigo no era una norma bíblica sino la regla de algunos grupos que unían su fanatismo a su piedad. Pero Jesús exhortaba a sus discípulos a amar a los enemigos y a orar por sus perseguidores.     

UN AMOR GRATUITO

Con todo, Jesús no se limita a explicar los mandamientos o a dar un nuevo sentido a las antiguas normas transmitidas de generación en generación. A continuación expone tres modelos de comportamiento que han de ser distintivos  para sus seguidores.    

•  Amar a los que nos aman es una actitud de camaradería que se encontraba también entre los publicanos o cobradores de tributos. En esa solidaridad estaba ya el premio a esa conducta. Pero los discípulos del Señor habían de ser diferentes.

• Saludar a los hermanos o parientes es habitual también entre los paganos. Los lazos de la sangre o de la vecindad y la amistad requieren esa formalidad social. Pero los discípulos del Señor han de ampliar el ámbitos de sus relaciones amistosas.

• Tratar de ser perfectos, como el Padre celestial es perfecto es una aspiración que requiere la fe. El Padre es el  modelo del comportamiento de los seguidores del Hijo de Dios. Y es también el premio a ese nuevo estilo de vida y de fraternidad.

Sentido de los preceptos Mt 5,17-37 (TOA6-23)

“Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad” (Eclo 15,16).  Estas palabras del libro del Eclesiástico recordaban al pueblo judío que podía elegir en libertad, en contra de lo que se pensaba en el mundo griego.      

En aquella cultura, aparentemente tan libre, las personas se consideraban dirigidas por el destino. Pero el texto bíblico subraya el valor de la voluntad humana. De hecho, afirma a continuación: “Ante ti están puestos el fuego y el agua, echa mano a lo que quieras. Delante del hombre están la muerte y la vida: le darán lo que él escoja”.

El salmo responsorial pregona que es feliz quien ajusta su voluntad a la voluntad de Dios: “Dichoso el que con vida intachable camina en la voluntad del Señor; dichoso el que guardando sus preceptos lo busca de todo corazón” (Sal 118,1-2). 

Por su parte, san Pablo escribe a los corintios que, por medio del Espíritu, Dios ha revelado su voluntad a los que le aman”  (1 Cor 2,6-10).

LO NEGATIVO Y LO POSITIVO

Jesús no vino a abolir los mandamientos de la Ley, sino a ayudarnos a descubrir su sentido más profundo (Mt 5,17-37). Por los tres ejemplos que presenta el texto que hoy se lee, vemos que los mandamientos desvelan la importancia de los valores humanos:

• No basta con “no matar”. Hay que descubrir el valor de la vida. Es preciso respetar la vida de los demás, pero también su honor. Eso nos exige estar dispuestos a perdonar al hermano y a fomentar la fraternidad y la concordia.

• No basta con “no cometer adulterio”. Además, hay que fomentar el valor de la fidelidad en el amor y la amistad. Para eso hemos de vivir unas relaciones interpersonales que reflejen la limpieza del corazón y promuevan el respeto mutuo.

• No basta con “no jurar en falso”. Hay que amar y promover el valor de la verdad. Y vivir de forma tan coherente que baste con decir “sí” y “no” para ser creídos por los demás. Hay que mantener las promesas y creer en la seriedad de la palabra dada. 

LA VERDADERA GRANDEZA

Este texto se sitúa en el marco del Sermón de la Montaña, que se abre con las bienaventuranzas proclamadas por Jesús. Aquellos ideales de vida fomentan estos valores éticos y ambos indican el verdadero camino que lleva a vivir y transmitir la felicidad. Es necesario escuchar las dos advertencias de  Jesús:

•  “El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres, será el menos importante en el reino de los cielos”. La importancia verdadera no la dan el tener, el poder, el placer o la impostura. Conviene no equivocarse en la elección.  

• “Quien cumpla estos preceptos y los enseñe será grande en el reino de los cielos”. La verdadera grandeza se consigue cuando se vive de acuerdo con  esos grandes valores humanos que son promovidos y tutelados por los mandamientos. Conviene caminar bien orientados.

La luz y la gloria Mt 5,13-16 (TOA5-23)

“Cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente,  brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía”.  Con esas promesas, que aparecen en el texto del libro de Isaías (Is 58,7-10), responde Dios a quienes se lamentan de haber ayunado sin ser escuchados por el Señor.

Según el oráculo divino, el ayuno verdadero consiste en partir el pan con el hambriento, en hospedar a los pobres sin techo, en vestir al desnudo y en no cerrar el corazón a los que hemos de reconocer como nuestros hermanos. El auténtico ayuno no consiste tanto en abstenerse de alimentos como en practicar las obras de misericordia.

El salmo responsorial de este domingo se hace eco de aquella profecía, proclamando: “Quien es justo, clemente y compasivo, brilla como una luz en las tinieblas” (Sal 111).

Continuando la lectura de la primera carta a los Corintios, san Pablo afirma que “nuestra fe no se apoya en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Cor 2,5).

LA CIUDAD Y LA LÁMPARA

En el texto evangélico de las bienaventuranzas se dice cómo es Dios y cuáles son los rasgos que distinguen al Mesías. Pero también se expone la misión de la Iglesia y se revela la honda verdad del ser humano. A continuación, Jesús se refiere a sus discípulos por medio de una proclamación y de dos imágenes complementarias:

• “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). Estas palabras no constituyen un mandato. Antes de ser una obligación moral, contienen una revelación. Aquel que es la Luz hace a sus seguidores  luminosos para un mundo que con frecuencia parece caminar en las tinieblas.

• “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”. Para favorecer la defensa, muchas ciudades antiguas se elevaban sobre una colina. Eso ayudaba a los peregrinos a seguir el camino para encontrar en ellas un refugio seguro.

• “Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa”. Esta referencia al celemín con el que se medían los cereales, invita a los discípulos a ser testigos de la luz recibida del Señor.

DON Y TAREA

De todas formas, el texto evangélico continúa con una exhortación que es válida y apremiante para todos los creyentes en Jesús. 

•  “Brille así vuestra luz ante los hombres”. La fe es un don gratuito de Dios. Pero la persona que lo recibe ha de recordar que es también una tarea y una responsabilidad que le ha sido confiada para que la transmita a los demás.

• “Para que vean vuestras buenas obras”. El árbol bueno ha de dar frutos buenos. Y las buenas obras no pueden quedar ocultas. Es verdad que al hacer el bien no se ha de buscar la alabanza, pero no es razonable ocultarlo siempre a los ojos de los demás.

• “Para que den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”. Esta es la explicación de las frases anteriores. Al realizar una obra buena no se debe aspirar a conseguir la gloria personal. Los hijos de Dios tratan de anunciar y promover la gloria de su Padre celestial.