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Llena de gracia Lc 1, 26-38 (ADV2-24)

  “El árbol de la vida en mitad del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal” (Gén 3,9). En el relato bíblico se habla de dos árboles. El pecado consiste en habernos acercado al árbol del conocimiento en lugar de aproximarnos al árbol de la vida. 

Somos conscientes de nuestros errores y pecados. A pesar de ellos, Dios ha querido ofrecer a la humanidad un horizonte de perdón y de misericordia, de gracia y de belleza. El Señor Dios dijo a la serpiente: “Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza” (Gén 3,14-15).

Con el salmo responsorial podemos exhortarnos unos a otros a proclamar la bondad de Dios: “Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas” (Sal 97). 

Reconocemos que por María hemos recibido a Cristo, por el que hemos sido enriquecidos  con toda clase de bendiciones espirituales (Ef 1,3-6).

EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

Algunos que se dicen cristianos suelen criticar la devoción que los católicos profesamos a María. Según ellos, si decimos “Dios te salve, María”, es que hay un pecado del que necesita ser salvada. En realidad se basan solo en la versión española del saludo con el que el ángel la invita a la alegría:  “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,26).

 • “Alégrate”. Esa palabra es más que un saludo. Es una revelación de la misión de  María. Lo que perdió Eva, “la madre de todos los que viven”, ha sido felizmente recuperado gracias al “ave” que el ángel Gabriel dirige a María, Madre de todos los redimidos.

• “Llena de gracia”. María es la “kejaritomene”, es decir la agraciada. Si está llena de gracia es porque Dios la ha elegido y la ha enriquecido con su bondad. Por tanto, no puede haber en ella un espacio para el pecado.

• El Señor está contigo”. En María tiene un significado especial esta promesa que Dios había dirigido ya a Moisés y a Josué. Ellos serían apoyados por Dios en su tarea de guiar al pueblo. Pero con María Dios había de estar en su maternidad y en todo su camino de fe.

LA CERCANÍA DE DIOS

            Ante la turbación de María, el ángel amplía y explica su saludo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,30-31). 

• “No temas. Has encontrado gracia ante Dios”. En  muchas culturas, los dioses infunden miedo a los humanos. El díos de Abraham y de María elige a las personas a las que decide llenar de gracias especiales que reflejan su misericordia.

 • “Concebirás y darás a luz un hijo”. María recibe, además, una  misión  muy especial. Su extraordinaria maternidad significa y evidencia tanto la pobreza y la impotencia humana como la riqueza y la magnanimidad de Dios. En él está la fuente de la vida. 

• “Le pondrás por nombre Jesús”. María ha dar a su hijo el nombre que Dios ha decidido para él. Un nombre que significa “Dios es salvador”. María siempre sería consciente de esa obra y de esa presencia salvadora de Dios.

Las profecía de las Esperanza Lc 21,25-28.34-36 (ADV1-24)

 “Suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”. Ese oráculo divino transmitido por Jeremías (33,14-16) motiva la celebración de este primer domingo del Adviento. 

El profeta Natán había prometido al rey David que Dios le daría una casa y una descendencia (2 Sam 7,12). Pues bien,  Jesús es el descendiente de David. Su pueblo lo esperó sin conocerlo. Los cristianos estamos llamados a reconocerlo.  

Hoy pedimos confiadamente: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador” (Sal 24).

San Pablo nos exhorta a preparar la venida del Señor: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos a vosotros; y que afiance así vuestros corazones, de modo que os presentéis ante Dios, nuestro Padre, santos e irreprochables en la venida de nuestro Señor Jesús con todos sus santos” (1 Tes 3,12-13).

EL TEMOR Y LA LIBERACIÓN

En el evangelio que  hoy se proclama (Lc 21,25-28.34-36) Jesús anuncia que un día los astros temblarán. Con ello se insinúa que es inútil depositar la confianza en lo que parece más estable en todo el universo. Es evidente que el verdadero creyente no puede atribuir a las cosas creadas un valor absoluto y definitivo. 

Ante el temblor de los astros, la reacción espontánea es el temor: “Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán” (Lc 21,26).

Sin embargo, ante ese sentimiento, el evangelio contrapone una actitud de confianza: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28). Con todo, es verdad que la confianza requiere vigilancia y ascetismo. No dejarse embotar por el vicio,  mantenerse despiertos y pedir a Dios la fuerza necesaria.

EL SEÑOR DE LA HISTORIA

  El texto evangélico no trata de intimidar a los creyentes.  Nos anuncia la venida del Hijo del hombre, que orienta y sostiene nuestra esperanza.  

• “Verán al Hijo del hombre” (Lc 21,27). Estas palabras recuerdan una célebre visión que se encuentra en el libro de Daniel. Ahora bien, el Señor viene cada día y ya está entre nosotros. Nuestros intereses y nuestras estructuras de pecado nos impidan descubrirlo. Pero la virtud de la esperanza nos lleva a desear su manifestación. 

• Vendrá “en una nube”. En la Biblia, la nube es una imagen que con frecuencia  expresa la presencia de Dios. Por experiencia sabemos que las nubes dificultan la visión del horizonte, pero nos acercan los sonidos. Pues bien, creeos que el Señor está cerca de nosotros, aunque a veces nos resulte difícil percibirlo. Escuchemos su voz.

• Vendrá “con gran poder y gloria”. Ante los dirigentes de su pueblo y ante el representante del poder imperial de Roma, el Hijo del hombre se mostró débil e indefenso. Pero ante la gloria que le ha sido concedida,  se ha de doblar toda rodilla. Él es el Señor de la historia. Él es nuestro Maestro y nuestro Señor.

El Hijo del Altísimo Lc 1, 26-38 (ADV4-23)

“Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre, y él será hijo para mí”. Tras el perdón que Dios concede al rey David, esa es la promesa de futuro que le transmite el profeta Natán (2Sam 7,12.14).

 Así es. Dios quiere estar con el rey David y le promete plantar a su pueblo en el territorio y asegurar la paz a su reino. Además, por medio del profeta Natán, Dios prometía la estabilidad de la dinastía davídica. De hecho, ya a corto plazo, se comprometía a reconocer como hijo al futuro descendiente del rey.

Esa promesa reaparece en el salmo responsorial de la misa de este último domingo del Adviento (Sal 88). El Dios clemente y  misericordioso se muestra fiel a su alianza.

Según san Pablo, ante esa muestra de la providencia de Dios solo es posible darle gloria por Cristo Jesús, que es la revelación definitiva del misterio mismo de Dios (Rom 16,25-27).

EL TRONO DE DAVID

 El evangelio de este domingo cuarto del Adviento recuerda el relato de la anunciación del ángel Gabriel a una doncella de Nazaret (Lc 1,26-38). Junto a la profecía de Isaías y el mensaje de Juan el Bautista, María es la figura más importante del Adviento. En ella se hace realidad la antigua profecía de Natán al rey David:

• “Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús”. El hijo de María trae al mundo la salvación, como lo indica su nombre, que significa: “Dios es Salvador”.  

• “Se llamará Hijo del Altísimo”.  El hijo de María será hijo de Dios.  En él se encuentran lo humano y lo divino, el pecado y el perdón, la necesidad y la dádiva. 

• “El Señor Dios le dará el trono de David su padre”. El hijo de María pertenece a la dinastía real. Pero su reino supera al reino de David. En él se cumple la alianza de Dios.

Al celebrar con alegría el nacimiento de Jesús, sabemos y proclamamos que estamos asistiendo al cumplimiento de las antiguas profecías.

LA NOVEDAD PARA EL  MUNDO

En la historia de Israel se menciona a algunas mujeres que se decían estériles y, sin embargo, habían dado a luz a patriarcas como Isaac, o jueces como Sansón o Samuel. Las palabras que el ángel dirige a María evocan las memorias de aquellos personajes.

• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. Ahora bien, el niño que va a nacer de María es más importante que todos los antiguos héroes. Él puede ser llamado el Santo por excelencia. De hecho, él será la fuente y el modelo de toda santidad.

• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. Ese niño “va a nacer” en un lugar y en un tiempo concreto. No había sido soñado ni programado. No había sido imaginado por los antiguos profetas. Él es la gran noticia y la gran novedad para el mundo.

• “El santo que va a nacer se llamará hijo de Dios”. El niño que anuncia el ángel Gabriel es ciertamente hijo de María de Nazaret. Pero con toda razón Dios lo llamará hijo suyo. Él revelará al mundo el nombre y el amor de su Padre celestial.

Alegría y gratitud Lc 3,10-18 (ADVC3-21)

“Regocíjate, hija de Sión, grita de gozo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón,  Jerusalén”. En un  tiempo de confusión y de temor es de agradecer escuchar esta invitación a la alegría  que nos dirige el profeta Sofonías, en este tercer domingo de Adviento (Sof 3,14).

El texto concluye con otra hermosa exhortación que el profeta dirige a Jerusalén: “El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con jubilo como en día de fiesta” (Sof 3,17-18).

A ese mensaje responde el salmo responsorial: “El Señor es mi Dos y salvador, confiaré y no temeré, porque mi fuerza y mi poder es el Señor, el fue mi salvación” (Is 12,2-3).

A la invitación del profeta hace eco la exhortación da san Pablo a los cristianos de la ciudad de Filipos: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres” (Flp 4,4).

Todo nos hace pensar que la alegría es algo más que la satisfacción. Para un creyente es la forma de mostrar nuestra gratitud al Señor, en el que hemos depositado nuestra confianza.

LA DENUNCIA

 El evangelio continúa el relato de Lucas que se leía el domingo pasado. Así que a la vibrante predicación de Juan el Bautista, que invitaba a sus oyentes a la conversión, sigue ahora la pregunta que ellos le dirigen sobre lo que han de hacer (Lc 3,10-16).  

• Dirigiéndose a todos, Juan los exhorta a compartir con los pobres sus vestidos y su comida. No era una idea nueva. Aquel hombre del desierto recuerda algunas de las obras que, según un texto incluido en el libro de Isaías, constituyen el verdadero ayuno (Is 58,7). 

• Por otra parte, Juan tiene delante a los publicanos o cobradores de tributos, considerados como pecadores, puesto que  suelen aumentar en beneficio propio la cuantía  de los impuestos. El profeta los exhorta a no exigir a las gentes más de lo establecido.  

• Además tiene una palabra para los soldados, que tantas veces abusan de su fuenza ante las gentes más humildes. Juan les pide que no hagan extorsión a nadie, que se contenten con su salario y que no opriman y castiguen a las gentes por causa de falsas denuncias. 

EL ANUNCIO

 Juan Bautista no solo lamenta las injusticia que se extiende por su tierra. Desciende a la realidad y a todos sus oyentes les dirige exhortaciones muy concretas. Por eso, las gentes se preguntan si Juan no será el Mesías, del que se espera la justicia. Pero Juan, además de denunciar los abusos,  proclama el anuncio de alguien que viene detrás de él.

• El que viene es más fuerte que Juan. Pero su fortaleza no se manifestará en otro abuso de fuerza contra los débiles de su pueblo, sino en el servicio a los más necesitados. 

• El que viene bautiza con Espíritu Santo y con fuego. Es decir, con el aliento de Dios que da la vida y con el fuego que quema la paja mientras cuece el pan. 

• El que viene trae en su mano el bieldo con el que se avienta la paja  para separarla del grano. El  Mesías enseñará el discernimiento para distinguir el bien del mal.  

Caminos y barrancos Lc 3,1-6 (ADVC2-21)

 “Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, y ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel” (Bar 5,7-8).

Esta profecía de Baruc anunciaba el retorno de las gentes de Israel, que habían sufrido la amarga deportación a Babilonia. Con palabras poéticas se anuncia la misericordia de Dios hacia sus hijos. Del Señor es la iniciativa de la salvación. Él hará llanos los caminos del retorno. Y ordenará a los árboles que les den sombra por la rutas del desierto. 

Con razón, el salmo responsorial recoge y canta la alegría de aquel pueblo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Sal 125,1).

Por su parte, san Pablo reconoce que el Dios que ha abierto a los fieles los caminos del Evangelio llevará adelante su obra hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6).

LA CONVERSIÓN Y LA ESPERANZA

También al desierto nos lleva el evangelio que hoy se proclama (Lc 3,1-6). En una situación que el evangelio de Lucas trata de situar en la historia, aparece Juan, el hijo de Zacarías. El mismo evangelista cuenta cómo había intervenido Dios en el nacimiento de aquel niño y anticipa el día de su manifestación a Israel (Lc 1-2).  

Las gentes se sorprendieron ante aquel nacimiento tan inesperado y ante el nombre que había recibido al ser circuncidado. De hecho, se preguntaban qué habría de ser aquel niño. Seguramente se imaginaban que un día entraría a formar parte del grupo de los sacerdotes, como su padre Zacarías.

Pues bien, andando el tiempo, Juan no aparece en el templo de Jerusalén, sino en la comarca del Jordán. La recorre incansable y predica un bautismo de conversión. Su puesto no está en las estructuras del poder, del culto y de la ley. Juan espera y anuncia la salvación para su pueblo. Pero sabe que las mayores dificultades  están en el interior de cada persona.  

Su predicación es un eco de las profecías de Baruc y de Isaías (2,12-18). Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, ahora es cada persona quien ha de rebajar las colinas y rellenar los barrancos para facilitar el camino de la salvación. La esperanza es imposible sin la humildad y el compromiso. 

EL CAMINO DE LA SALVACIÓN

“Lo torcido será enderezado y lo escabroso será camino llano”. El discurso de Juan no  invitaba a la pasividad. Los caminos rectos habían de ser el fruto de la conversión de los que le escuchaban. Pero a la exhortación acompañaba la promesa de la presencia de Dios.

• “Todos verán la salvación de Dios”. Si Lucas comenzaba presentando a los poderosos, el Bautista nos recuerda que la salvación no es un privilegio exclusivo para ellos. La salvación tiene una dimensión universal. Todos los hombres somos llamados a acoger con sinceridad la intervención de Dios en nuestras vidas. 

• “Todos verán la salvación de Dios”. Es bien sabido que para la fe de Israel era muy importante la disposición a “escuchar” la palabra de Dios, aunque los peregrinos que subían al templo de Jerusalén deseaban también “ver” el rostro de Dios. El bautista anuncia que la salvación se dejará “ver”. Pero los creyentes hemos de dar un testimonio de ella.

• “Todos verán la salvación de Dios”. En su exhortación "Gaudete et exsultate", el papa Francisco nos advierte de la tentación de atribuir la santidad a las propias fuerzas. El Bautista pregona que la salvación viene de Dios. Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, nosotros hemos de allanar los senderos para que Dios pueda llegar a nuestra vida.

Mantenerse en vela Lc 21,25-28.34-36 (ADVC1-21)

“En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en el tierra”. Con este oráculo de Dios el profeta Jeremías anuncia la llegada de un descendiente del rey David (Jer 33,14-16). Con él llegarán a su pueblo la justicia y el derecho.  Este era un  anuncio que despertaba en su pueblo la esperanza.

El salmo responsorial confiesa y proclama que Dios es bueno y es recto. Es más, esos atributos de Dios son expansivos. El Señor guía  a los humildes por los caminos de la bondad y de la rectitud (Sal 24).

Por otra parte, san  Pablo exhorta a los fieles de la ciudad de Tesalónica a rebosar de amor mutuo, a pedir a Dios el don y la virtud de la fortaleza y a mantenerse ante él con  un comportamiento irreprensible (1 Tes 3,12-4,2).

LOS ASTROS Y EL MAR

En este nuevo año litúrgico que se inicia con el primer domingo de Adviento, el evangelio según san Lucas nos recuerda un discurso de Jesús que puede resultar muy inquietante a los lectores de hoy.

 De hecho, Jesús anuncia unos acontecimientos temibles. Según él, habrá signos en los astros y resonará con fuerza aterradora el bramido del mar. Al percibir esos fenómenos de la naturaleza, las gentes se verán asaltadas por el desaliento y el temor ante lo que se le viene encima al mundo (Lc 21,25-36).

En el lenguaje profético y más aún en el estilo apocalíptico era muy habitual aludir a los fenómenos cósmicos. Con ello no se trataba de ofrecer una información científica sobre los cambios de la naturaleza.

Esta era una forma literaria para subrayar el poder de Dios. Y era también un modo de señalar la debilidad de las seguridades que los hombres suelen buscar en la naturaleza o en las instituciones humana.

EL MENSAJE

 Ahora bien, en este mensaje profético de Jesús, se incluyen tres exhortaciones que son válidas siempre, pero especialmente en los tiempos de crisis.

• “Estad despiertos”. Con frecuencia somos víctimas del cansancio y de la rutina. Nos adormecemos y tratamos de acomodarnos. La fe nos exige mantenernos en vela para escuchar el paso de Dios por nuestro mundo y por nuestra historia personal. 

• “Tened cuidado”. Con frecuencia nos dejamos seducir por las opiniones  del ambiente. Llegamos a confundir el mal con el bien. La virtud de la esperanza nos invita a practicar un discernimiento cuidadoso sobre el camino que ha de llevarnos a un futuro de justicia.

• “Alzad la cabeza”. Con demasiada frecuencia nos centramos exclusivamente en nuestros proyectos e intereses. Caemos en la indiferencia frente a los demás. La virtud de la caridad nos exhorta a levantar la vista para descubrir al Señor en nuestros hermanos.

La escucha de la Palabra Lc 1,39-45 (ADVC4-18)

“Tú, Belén Efratá, tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel”. Así comienza el texto del profeta Miqueas que se lee en la primera lectura de la misa de este cuarto domingo de Adviento (Miq 5,1).
Es importante esa alusión a la humildad del lugar de donde ha de surgir el Salvador. Esta profecía será mencionada por los sabios a los que el rey Herodes consulta sobre el nacimiento de un rey misterioso, al que buscan unos magos llegados del Oriente.
En un texto y en el otro, Belén evoca el recuerdo del rey David. Y por tanto, resuena como el símbolo de la esperanza de Israel.  Pero Belén es sobre todo la promesa de la justicia, de la paz y de la vida.
Con razón el salmo responsorial convierte aquel recuerdo en una invocación al Pastor de Israel, que se hace especialmente apremiante en el Adviento: “Ven a salvarnos… Ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso” (Sal 79).
En la carta a los Hebreos se incluyen unas palabras que subrayan la humildad y la obediencia de Cristo: “Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad”. 

LA BENDITA ENTRE LAS MUJERES
El evangelio de este domingo nos presenta a María que se pone en camino hacia las colinas de Judea, para visitar a su pariente Isabel  (Lc 1,39-45). Su encuentro es un pequeño “evangelio”. Las dos mujeres llevan la vida de un bebé en sus entrañas. Una vida que es un don exclusivo de Dios, dadas las condiciones de sus madres.
Por otra parte, el texto nos indica que tanto María como Isabel han sabido escuchar y acoger la palabra de Dios. En ellas la palabra de Dios ha hecho posible lo que parecía imposible. Precisamente por esa disponibilidad con la que se han abierto a los planes de Dios han sido elegidas como mediadoras de la salvación.
Tanto María como Isabel están llenas del Espíritu de Dios. Así  le había dicho el ángel a María: “El Espíritu de Dios te cubrirá con su sombra”. Ahora es Isabel la que se nos muestra como llena del Espíritu Santo. Por eso puede proclamar a María como la bendita entre las mujeres y como madre del fruto más bendito de la tierra.

LA VIDA Y LA ESPERANZA
El texto evangélico pone en labios de Isabel la primera bienaventuranza del Nuevo Testamento: “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. La fe de María inaugura la nueva era de la salvación.
• “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no refleja una ingenua credulidad. Ante el anuncio del Ángel, ella mostraba sus dudas. No era fácil comprender aquel anuncio. Ni aceptar una responsabilidad tan insospechada. Y, sin embargo creyó.
• “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no obedecía a un vano deseo de sobresalir entre las gentes de su pueblo. El ángel parecía adivinar sus temores. Sospechaba ella lo que aquella maternidad podía costarle. Y, sin embargo creyó.
• “Dichosa tú que has creído”. La creencia de María no se basaba en su propio saber y entender. Se atrevió a manifestar su turbación y las preguntas que bullían en su interior. No era fácil aceptar la misión que se le anunciaba. Y, sin embargo creyó.
La fe de María era una difícil pero sencilla confianza en el Dios que habla y propone horizontes inesperados. La fe de María se apoyaba solamente en la palabra de Dios. Pero ahora su pariente Isabel le profetizaba que lo dicho por Dios se cumpliría.

Alegría y Conversión Lc 3,10-18 (ADVC3-18)

“Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás” (Sof 3,14-15). Es sorprendente esa triple invitación a la alegría que el profeta dirige a su pueblo.
Ahora bien, esa alegría no surge de las satisfacciones inmediatas que todos esperamos de la vida. El pueblo puede alegrarse porque ha sido liberado por Dios de sus enemigos, internos y externos. Al final, Dios puede ser reconocido como el único rey y señor. Es la hora de recordar que Dios ama a su pueblo como un esposo ama a su esposa. 
También el salmo responsorial canta la alegría de gozar de la presencia de Dios: “Gritad jubilosos: Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12,6).
Y la alegría resuena con tonos de Adviento en la exhortación de san Pablo a los fieles de Filipos: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca” (Flp 4,4-5).


LA CONVERSIÓN CONCRETA
La alegría no brota de las posesiones ni de los éxitos. Requiere siempre esa paz   del corazón que sigue a la conversión.  El evangelio nos dice que esa conversión es lo que exige Juan el Bautista a todos los que se acercan a escucharle a las orillas del Jordán.
Con todo, la conversión no puede confundirse con un sentimiento íntimo y pasajero. En el texto evangélico que hoy se proclama (Lc 3,10-18), Juan Bautista la resume en tres actitudes concretas, que pueden aplicarse también a todos nosotros:  
• Compartir los vestidos y los alimentos con quienes no los tengan. Esta actitud positiva subraya el valor de eso que hace posible la vida y que protege la dignidad de la persona.
• No exigir a los otros más de lo establecido. Este veto, aparentemente negativo, trata de proteger el respeto a la justicia y de hacer posible la armonía en la comunidad.
• No hacer extorsión a nadie. Esta prohibición condena la altanería de los prepotentes que van por el mundo humillando y explotando a los humildes y marginados.

LA LLEGADA DEL MESÍAS
Sin embargo, Juan Bautista no se limitaba a dar normas de conducta, por muy importantes que sean. De hecho, no era un maestro de moral. Había sido enviado para anunciar la llegada del Mesías. Ese era el motivo para la conversión que motivaba su predicación.
• “Viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias”. Juan reconocía su debilidad. Él no tenía la clave de la salvación: anunciaba al Salvador. En realidad, se consideraba menos que un esclavo al servicio del Señor.
• “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. Juan bautizaba con agua, pero anunciaba ya un nuevo bautismo de viento y de fuego. Esos elementos, que pueden destruir lo que encuentran a su paso, representan el Espíritu que es el origen de una nueva vida.
• “En su mano tiene el bieldo para aventar su parva”. Juan no podía discernir el bien y el mal. El Mesías traería en su mano el bieldo con el que el labrador separa el trigo de la paja. Solo el Señor puede realizar un juicio definitivo sobre las realizaciones humanas.

Colinas y barrancos Lc 3,1-6 (ADVC2-18)

“Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las colinas encumbradas, y ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios; ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel” (Bar 5,7-8).
Esta profecía de Baruc anunciaba el retorno de las gentes de Israel, que habían sufrido la amarga deportación a Babilonia. Con palabras poéticas se anuncia la misericordia de Dios hacia sus hijos. Del Señor es la iniciativa de la salvación. Él hará llanos los caminos del retorno. Y ordenará a los arboles que les den sombra por la rutas del desierto. 
Con razon, el salmo responsorial recoge y canta la alegria de aquel pueblo: “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres” (Sal 125,1).
Por su parte, san Pablo reconoce que el Dios que ha abierto a los fieles los caminos del Evangelio llevará adelante su obra hasta el día de Cristo Jesús (Flp 1,6).

LA CONVERSIÓN Y LA ESPERANZA
También al desierto nos lleva el evangelio que hoy se proclama (Lc 3,1-6). En una situación que el evangelio de Lucas trata de situar en la historia, aparece Juan, el hijo de Zacarías. El mismo evangelista cuenta cómo había intervenido Dios en el nacimiento de aquel niño y anticipa el día de su manifestación a Israel (Lc 1-2).  
Las gentes se sorprendieron ante aquel nacimiento tan inesperado y ante el nombre que había recibido al ser circuncidado. De hecho, se preguntaban qué habria de ser aquel niño. Seguramente se imaginaban que un día entraría a formar parte del grupo de los sacerdotes, como su padre Zacarías.
Pues bien, andando el tiempo, Juan no aparece en el templo de Jerusalén, sino en la comarca del Jordán. La recorre incansable y predica un bautismo de conversión. Su puesto no está en las estructuras del poder, del culto y de la ley.  Juan espera y anuncia la salvación para su pueblo. Pero sabe que las mayores dificultades  están en el interior de cada persona.  
Su predicación es un eco de las profecías de Baruc y de Isaías (2,12-18). Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, ahora es cada persona quien ha de rebajar las colinas y rellenar los barrancos para facilitar el camino de la salvación. La esperanza es imposible sin la humildad y el compromiso. 

EL CAMINO DE LA SALVACIÓN
“Lo torcido será enderezado y lo escabroso será camino llano”. El discurso de Juan no  invitaba a la pasividad. Los caminos rectos habían de ser el fruto de la conversión de los que le escuchaban. Pero a la exhortación acompañaba la promesa de la presencia de Dios.
• “Todos verán la salvación de Dios”. Si Lucas comenzaba presentando a los poderosos, el Bautista nos recuerda que la salvación no es un privilegio exclusivo para ellos. La salvación tiene una dimensión universal. Todos los hombres somos llamados a acoger con sinceridad la intervención de Dios en nuestras vidas. 
• “Todos verán la salvación de Dios”. Es bien sabido que para la fe de Israel era muy importante la disposición a “escuchar” la palabra de Dios, aunque los peregrinos que subían al templo de Jerusalén deseaban también “ver” el rostro de Dios. El bautista anuncia que la salvación se dejará “ver”. Pero los creyentes hemos de dar un testimonio de ella.
• “Todos verán la salvación de Dios”. En su exhortación Gaudete et exsultate, el papa Francisco nos advierte de la tentación de atribuir la santidad a las propias fuerzas. El Bautista pregona que la salvación viene de Dios. Si en otro tiempo Dios allanaba los caminos para su pueblo, nosotros hemos de allanar los senderos para que Dios pueda llegar a nuestra vida.

La profecía de la esperanza Lc 21,25-28.34-36 (ADVC1-18)

“Suscitaré a David un vástago legítimo que hará justicia y derecho en la tierra”. Ese oráculo  divino transmitido por  Jeremías (33,14-16)  es la promesa fundamental que resuena en este primer domingo del Adviento. Esa profecía alimentaba la esperanza del pueblo de Israel. Y alienta también la nuestra. 
• “Suscitaré a David un vástago legítimo”. Como sabemos, el profeta Natán había prometido al rey David que Dios le daría una casa y una descendencia. Pues bien, la fe cristiana ha visto en Jesús la realización de aquella promesa. Jesús es el descendiente de David. Su pueblo lo esperó sin conocerlo. Nosotros estamos llamados a reconocerlo. 
• “Hará justicia y derecho en la tierra”. Nuestro mundo  nos presenta un  panorama de mentira y de engaño, de corrupcion y de muerte. Pero el ser humano necesita palabras y hechos de justicia. El Adviento nos ayuda a recordar que Jesús vino a anunciar el reino  de la verdad. Los creyentes estamos llamados a colaborar en su realización. 

EL MIEDO Y LA CONFIANZA
En el evangelio que  hoy se proclama (Lc 21,25-28.34-36) Jesús anuncia que un día los astros temblarán. Con ello se insinúa que es inútil depositar la confianza en lo que parece más estable en todo el universo. Es evidente que el verdadero creyente no puede atribuir a las cosas creadas un valor absoluto y definitivo.
Es muy interesante la observación de los sentimientos humanos que el texto revela. Ante el temblor de los astros, es decir, de lo que se considera más firme, la reacción espontánea es el temor: “Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros temblarán”.
Sin embargo, ante ese sentimiento, el evangelio contrapone una actitud de confianza: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”. Con todo, es verdad que la confianza requiere vigilancia y ascetismo. No dejarse embotar por el vicio,  mantenerse despiertos y pedir a Dios la fuerza necesaria.

EL QUE VIENE
  El texto no se limita a describir ese especáculo cósmico y su efecto sobre las gentes. Es un “evangelio”, es decir, una buena noticia: “Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria”.  Esa profecía es la razón de nuestra esperanza.  
• “Verán al Hijo del hombre”. Estas palabras remiten a la profecía que se encuentra en el libro de Daniel. Pero nos recuerdan que el Señor ya está entre nosotros. Nuestra infidelidad y nuestra pereza nos impiden descubrirlo. La esperanza nos lleva a desear su manifestación.
• Vendrá “en una nube”. La nube es una de las imágenes más habituales para expresar la presencia de Dios. La nube dificulta la vision del horizonte, pero acerca los sonidos. Él Señor está cerca de nosotros, aunque a veces nos resulte difícil percibirlo. Escuchemos su voz.
• Vendrá “con gran poder y gloria”. El Hijo del hombre es el Justo injustamente ajusticiado. Ante los poderes de este mundo se mostró débil e indefenso. Pero ante su gloria actual  se ha de doblar toda rodilla. Es el Señor.

El grito de Isabel Lc 1,26-38 (ADC4-15)

“Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel” Así comienza la primera lectura que se lee en la misa de este cuarto domingo de Adviento (Mi 5,2). Seguramente el profeta Miqueas recuerda la elección de David por parte del profeta Samuel. En aquella pequeña aldea había ungido a aquel joven como futuro rey de Israel.
La pequeñez del lugar de origen marcaba un fuerte contraste con la grandeza del reino que se vislumbraba en el futuro. Así que la observación de la pequeñez de Belén resonaba en la memoria como una parábola y una profecía. Evidentemente, Dios tiene su predilección por lo que parece insignificante a los ojos de los hombres.
También hoy, son los gestos de los más humildes y de los más pequeños los que nos ayudan a abrir los ojos para descubrir las señales de Dios. Las palabras de los más pequeños y marginados nos llevan con frecuencia a descubrir la verdad y la actualidad del Evangelio.

EL SALUDO Y LA ALEGRÍA

 En el evangelio de Lucas que se proclama en este cuarto domingo de Adviento (Lc 1, 39-45) aparecen dos mujeres. Las dos están esperando un hijo, cuyo nacimiento parecía totalmente imposible. Dios nos sorprende al elegir la pequeñez de Belén. Pero más nos sorprende por el modo como viene el Mesías a nuestro mundo.
En el relato se repiten por tres veces las palabras que se refieren al saludo entre María e Isabel. El saludo es siempre signo de un encuentro humano. Es una señal de cortesía. Pero es también manifestación de la buena voluntad. Implica la mutua acogida. Y el intercambio de buenos deseos. De una buena noticia. 
Por otra parte, el saludo de María a Isabel suscita la alegría del niño, que salta de gozo en el vientre de su pariente Isabel. María es modelo de evangelización. Lleva consigo una buena noticia. En realidad su sola presencia es ya portadora de un buen mensaje. Y de un buen Mensajero.

BENDICIÓN Y DICHA

Isabel acoge y saluda a  María con un grito de alegría. Y le dirige dos palabras típicas de la fe que ha heredado de su pueblo y que se está convirtiendo en vida en su propia vida.
• “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” María y su hijo son depositarios de las bendiciones del Altísimo. Pero esa bendición no es un privilegio para ser guardado con celo. Tanto el Hijo como la Madre habrán de ser fuente de bendición para generaciones enteras de creyentes.
• “Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. A María se dirige la primera bienaventuranza del Evangelio. Efectivamente, ella es feliz no sólo por su maternidad, sino por su fe. Como dice san Agustín, “la Palabra de Dios se hizo vida en su vientre porque antes se había hecho verdad en su mente”.

Alégrate Lc 3,10-18 (ADC3-15)

“Alégrate, hija de Sión, grita de gozo, Israel, Regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén”. El tercer domingo del Adviento está marcado por el signo de la alegría. Así lo refleja esta exhortación del profeta Sofonías, que se proclama en este día (Sof 3,14).
Es verdad que, con demasiada frecuencia, en este mundo nuestro se confunde la alegría con la satisfacción. Ponemos nuestra alegría en las cosas que poseemos o adquirimos. O en el triunfo de nuestro partido político o de nuestro equipo favorito. 
Es legítimo alegrarse por estas cosas y por otras muchas que nos gustan y nos ofrecen un descanso. Pero el profeta Sofonías anota la causa última de la alegría de su pueblo: “El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno” (Sof 3,15).
Mientras se acerca la celebración del nacimiento de Jesús, podemos examinar nuestra conciencia para ver qué es lo que nos produce alegría. Y por qué muchas personas dicen que estos días de fiesta sólo les producen tristeza.  

PREGUNTAS Y RESPUESTAS

 El evangelio de Lucas que leemos en este tercer domingo de Adviento (Lc 3, 10-16) nos recuerda las preguntas que suscita en las gentes la predicación de Juan, hijo de Zacarías. En realidad es siempre la misma pregunta: “Entonces, ¿qué hacemos?” 
• En primer lugar, Juan exhorta a todos a compartir sus vestidos y su comida con los que padecen necesidad. Con ello, evoca algunas de las obras que constituyen el verdadero ayuno, como ya decían los antiguos profetas (Is 58,7). 
• A los publicanos o cobradores de tributos, Juan les exhorta a no exigir a las gentes más de lo establecido. Esa era, en efecto, la crítica más habitual a los que contrataban ese servicio y trataban de beneficiarse a costa de los contribuyentes.
• A los soldados les responde pidiéndoles que no hagan extorsión a nadie, que se contenten con su paga y que no utilicen su puesto para aprovecharse de las gentes por medio de falsas denuncias. 

EL NUEVO BAUTISMO

Como se ve, Juan no se andaba por las ramas. Sus indicaciones eran atinadas. Y verdaderas, puesto que revelaban su propia vida. Por eso todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías. Pero él sólo pretendía anunciar al que venía detrás de él:
• El que viene es más fuerte que Juan. Pero su fortaleza no se manifestará en la violencia, sino en el servicio humilde a los demás. 
• El que viene bautiza con Espíritu Santo y fuego. El Espíritu es el aliento que da vida y el fuego el elemento que calienta y purifica de la escoria.
• El que viene trae en su mano el bieldo. Ese instrumento de labranza es la horca para aventar la parva y separar el trigo de la paja. Ante el Mesías se estima lo que vale y alimenta y se desecha todo lo que ha de ser arrojado al fuego.

Montes y valles Lc 3,1-6 (AVB2-15)

“En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen”.
Esas imágenes pueden encontrarse ya en la segunda parte del libro de Isaías (40, 3-4). Una voz invita a abrir en el desierto una calzada para el Señor. Se anuncian las maravillas de un nuevo éxodo. Dios ha de conducir a su pueblo de la esclavitud a la libertad.
En este segundo domingo de adviento, se proclama un texto del profeta Baruc en el que se encuentran las mismas imágenes (Bar 5, 1-9). Ya no se trata de una exhortación. Es la noticia de la iniciativa de Dios. Él manda abajarse a los monte y rellenar los barrancos. Él ordena a los árboles que ofrezcan sombra  a su pueblo mientras camina por el desierto.
La promesa de Dios alegra los corazones de sus hijos. Y estos gozan anticipando la liberación que Dios promete. El gozo de la esperanza se desborda sobre la creación entera.

CONVERSIÓN Y PERDÓN

Los antiguos poemas de los profetas reaparecen siglos más tarde en la boca de Juan, hijo de Zacarías. El evangelio de Lucas pone buen cuidado en anotar los datos precisos para situar en la historia el eco de una nueva profecía (Lc 3, 1-6).  Las palabras son  idénticas, pero el sentido es diferente.
• Tanto el profeta que sigue a Isaías como Baruc evocaban una voz que en el desierto invitaba a las gentes a la alegría y al consuelo. Juan es la voz que resuena en el desierto, exhortando a las gentes a la conversión para obtener el perdón de sus pecados.
• En otro tiempo se anunciaba que era Dios mandaba allanaba los caminos para que su pueblo pudiera caminar hacia la libertad. Ahora se pide a las personas cambien su conducta y  allanen los caminos para que todos puedan ver la salvación de Dios.
• Los antiguos profetas ofrecían un consuelo al pueblo de Dios, sometido a esclavitud en Babilonia. El nuevo profeta exhorta a la conversión a sus oyentes para que se conviertan en el nuevo pueblo de Dios y se vean libres de la esclavitud de su egoísmo.

LO TORCIDO Y LO ESCABROSO

“Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Al leer aquellos versos (Is 40,5), los hijos de Israel agradecían a Dios las maravillas con que los devolvía a sus tierras para reedificar la Ciudad Santa. Aquel poema se hace promesa en la boca del bautista:   
• “Lo torcido será enderezado”. En los textos bíblicos el pecado era presentado con frecuencia como un comportamiento “torcido”. La rectitud significa que ese comportamiento ha de ajustarse a la voluntad de Dios.
• “Lo escabroso será camino llano”. Lo escabroso dificulta el paso del caminante. El pecado no es una fácil conquista del hombre. Es un obstáculo que le hace tropezar y convierte en penoso el sendero que lleva a su propia realización. 
• “Todos verán la salvación de Dios”. No es el hombre el que se salva a sí mismo. Es Dios quien ofrece al hombre la salvación. Hay que tener los ojos abiertos para ver la salvación. Hay que abrir los ojos para ver al Salvador que se acerca a nosotros. 

El que está por venir Lc 21,25-28.34-36 (ADC1-15)

“En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en el tierra”.  Este oráculo de Dios que se encuentra en el libro de Jeremías (Jer 33, 14-16) nos introduce hoy en el tiempo del Adviento. Este es el tiempo de la espera y de la esperanza
• De la espera de un futuro que nos desvela un horizonte en el que se puede vislumbrar el derecho y la justicia. No la justicia de los que se apoyan en el poder del dinero y de las armas para arrogarse el derecho de “ajusticiar” a todos los que consideran como enemigos de sus ideales o de sus intereses. 
• Y de esperanza, porque el mismo oráculo nos anuncia que ese horizonte no es fruto de las estrategias humanas. Es un puro don de Dios. Por eso el texto concluye con unas palabras que nos invitan a elevar los ojos a lo alto: “En aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: “Señor –nuestra- justicia”.

EXHORTACIONES

En el evangelio que se proclama en este primer domingo de Adviento, Jesús anuncia que habrá signos en los astros, angustia entre las gentes, estruendo del mar y hombres que quedan sin aliento, agarrotados por el miedo ante lo que se le viene encima al mundo (Lc 21, 25-36). Pero esta profecía incluye tres exhortaciones que conviene leer en sentido inverso:
• “Estad despiertos”. Si nos mantenemos en vela podremos llegar a discernir los signos de los tiempos y aprender el profundo significado que encierran para nosotros.
• “Tened cuidado”. Si perdemos la esperanza en el futuro, nos dejaremos emborrachar por el vicio y el dinero, que nos ofrecen en el presente una seguridad ilusoria.
• “Alzad la cabeza” Si levantamos la vista solo para lamentarnos no habremos conseguido mucho. Levantamos los ojos para descubrir la liberación y al Liberador.
De hecho el texto evangélico de hoy no promete algo sino la llegada de Alguien: “Manteneos en pie ante el Hijo del hombre”.

ACTITUDES

En la segunda lectura de la misa de hoy leemos un trozo del primer escrito cristiano: la primera carta de Pablo a los fieles de la ciudad de Tesalónica. En este mensaje, el Apóstol subraya tres actitudes que acompañan a la esperanza:
• Rebosar de amor mutuo. Esta es la verdadera actitud del cristiano ante los demás. No se puede esperar al Señor viviendo en la indiferencia, y menos aún en el rencor. 
• Pedir la fortaleza. Esta actitud nos sitúa ante nosotros mismos. Nuestra debilidad nace de nuestro acomodo y nuestra poltronería. Sólo la austeridad nos hará fuertes para esperar.
• Mantenerse irreprensibles ante Dios. Esta tercera actitud nos lleva a examinar nuestra conciencia ante Dios. El conoce nuestro corazón y nuestra verdad más oculta.