Enlaces a recursos sobre el AÑO LITÚRGICO en educarconjesus

Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma C y Flecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuaresma C y Flecha. Mostrar todas las entradas

El recuerdo y la promesa Jn 8,1-11 (CUC5-25)

 “No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo… para dar de beber a mi pueblo” (Is 43,16-21).  Al recuerdo de la liberación que Dios había ofrecido a su pueblo en el pasado, se contrapone ahora la promesa de una nueva intervención.

El pueblo de Israel sabía que recordar lo que Dios había hecho por él era un gesto de gratitud y de fidelidad a la alianza con el Señor que lo había librado de la servidumbre.  

En el pasado, después que salieron de Egipto, Dios hizo brotar agua de una roca. Cuando regresen del exilio sufrido en Babilonia, Dios repetirá los gestos de su bondad. Preparará para ellos corrientes de agua en el desierto.  

A esa certeza responde el salmista al cantar: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125). San Pablo, por su parte, trata de olvidar lo que ha dejado atrás para valorar el conocimiento de Cristo y correr hacia la meta prometida (Flp 3,8-14).   

 LA ESCRITURA EN LA ARENA

También el evangelio que hoy se proclama contrapone de algún modo el pasado y el futuro. Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer a la que dicen haber sorprendido en adulterio (Jn 8,1-11). 

Recuerdan que los adúlteros eran condenados a la lapidación. Pero ellos solo quieren poner a prueba a Jesús. Si el Maestro no aprueba el mandato de apedrear a la adúltera, se sitúa contra la Ley de Moisés. Si la condena, no posee la compasión que se espera de un profeta.

• Se acusa a la mujer y no se menciona a su cómplice. Si no hay tal cómplice, la acusación es tan solo una provocación. Si lo hay, pero ellos no quieren detenerlo, no son imparciales. Solo les interesa poner en dificultades al Maestro para poder acusarlo.

•  Pero Jesús se inclina por dos veces para escribir algo en el suelo. Según Giovanni Papini, “escribió precisamente sobre la arena para que el viento se llevase las palabras que los hombres tal vez no hubieran podido leer sin miedo”.

 MISERICORDIA Y PERDÓN

 San Agustín escribió que en este escenario quedaron frente a frente la “misericordia” y la “mísera”, es decir, la necesitada de compasión. Será oportuno prestar atención a lo que Jesús dice tanto a los fariseos como a la mujer.

• “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”.  Es una incoherencia presumir de cumplir la letra de la Ley cuando no se quiere asumir su espíritu. Estas palabras nos revelan la grandeza y la comprensión del Maestro. Jesús es el único que está sin pecado. Por tanto, es el único que podría juzgar, pero  no juzga. 

• “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. La sociedad niega la seriedad del pecado, pero condena al pecador. Por el contrario, Jesús no niega la gravedad del pecado ni la seriedad de la culpa. Pero se muestra siempre dispuesto a ofrecer el perdón. El Maestro no mira tanto al pasado como al futuro.  

Pérdidas y hallazgos Lc 15,1-3. 11-32 (CUC4-25)

 “Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Con ese oráculo, Dios recuerda a Josué que él ha liberado a su pueblo y lo ha ido guiando hacia la libertad (Jos 5,9).  

Tras la fatigosa peregrinación por el desierto, Dios promete a su pueblo que podrá disfrutar de los frutos esperados y podrá ofrecer al Señor las primicias de sus cosechas.

El salmo responsorial convierte aquellas promesas del pasado en una certeza para el presente. A nosotros la fe y la esperanza nos aseguran esa  generosidad de nuestro Padre. Por eso nos alentamos unos a otros cantando: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33).

El primer don de ese Padre generoso es el de la reconciliación. San Pablo nos anuncia que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo. Nos ha invitado a aceptar su perdón y a reconciliarnos con nuestros hermanos (2 Cor 5,17-21).

NUESTRA DIGNIDAD

La parábola que hoy se proclama pertenece al capítulo evangélico de las pérdidas y los hallazgos. Un pastor perdió una oveja y no descansó hasta que la encontró. Lo mismo hizo una mujer que había perdido una moneda. Más elocuente aún es el relato sobre un hijo que se había perdido y ha sido reencontrado por su padre y por su hermano   (Lc 15,32). 

 El hijo que se fue de casa busca la libertad. Lejos de su casa, se convierte en un esclavo de sus gustos, en un servidor de un amo que lo trata como a un esclavo y en un solitario despreciado por todos. 

 En realidad, la parábola que llamamos del hijo pródigo es la parábola de la generosidad liberadora del padre. En la experiencia de la soledad, el hijo menor redescubre el valor del hogar familiar.

 Por su parte, el hijo mayor permanece en la casa, pero nunca ha llegado a descubrir la libertad que le proporciona el amor de su padre. Solo el amor nos hace libres. Solo el amor nos hace reconocer nuestra dignidad. 

LIBERTAD Y ALEGRÍA  

Al retornar a casa, el hijo menor pide a su padre que lo  reciba como un jornalero más. Seguramente esa es la última tentación. Los verdaderos creyentes no pueden presentarse ante Dios reclamando un salario por su trabajo. 

• Al que regresa triste y pobre el padre lo recibe con los brazos abiertos. Lo viste de fiesta para subrayar su dignidad. Y le entrega el anillo con el que él ratifica los contratos. La alegría por el hijo reencontrado revela la confianza del padre y demanda la responsabilidad del hijo. 

• Y al hijo mayor, que ha permanecido en la casa, el padre le recuerda una doble relación. Es un hijo, con el que el padre comparte todos sus bienes. Y tiene un hermano, al que debe aceptar y recibir como tal. 

A las palabras del hijo menor, el padre no responde con palabras, sino  con los gestos de la fiesta y la alegría. Pero al hijo mayor sí que le dirige una invitación que marca el tono de todo el relato: “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. 

Un tiempo para la esperanza Lc 13,1-9 (CUC3-25)

 “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos” (Éx 3,7-8). Así suena la voz que oye Moisés  en el desierto.  

Moisés había sido educado en un ambiente politeísta. Al oír una voz que sale de una zarza que arde sin consumirse, pregunta el nombre del dios que decide liberar a los hebreos. Y Dios responde que solo él puede ser reconocido como el dios que se compadece de su pueblo.  

La cuaresma nos invita a recordar nuestros pecados. Pero con el salmo responsorial también nosotros confesamos y proclamamos los atributos que distinguen a Dios: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Sal 102). 

Sin embargo, los hebreos no siempre se mostraron agradecidos a la compasión de Dios.  Según san Pablo, “la mayoría de ellos no agradaron a Dios y sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto” (1 Cor 10,5). Por eso, el Apóstol ruega a los corintios que “el que se crea seguro, se cuide de no caer”. 

LA HORA DE LA CONVERSIÓN

Según el evangelio de Lucas, Jesús se enteró de un hecho que había horrorizado a las gentes.  Unos peregrinos galileos habían sido masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Además, unos obreros habían muerto aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13,1-9).

En su tiempo se pensaba que los males físicos respondían al mal comportamiento de quien los padecía. Así que las gentes consideraban como pecadores tanto a los asesinados por la crueldad romana como a las víctimas de una desgracia en el trabajo.  

En realidad, tambien hoy, cuando sucede una catástrofe, muchos se preguntan escandalizados: “¿Qué mal han hecho estas personas para ser castigadas de esta forma?”

Pero Jesús advirtió que las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido asesinados o atrapados por los cascotes de la torre. Jesús sabe que todos somos pecadores y a todos se nos concede todavía la hora de la conversión.

EL FRUTO ESPERADO

En el evangelio de este tercer domingo de cuaresma, se incluye la parábola de la higuera estéril. Hace tiempo que no da fruto, así que el dueño decide arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias de hoy dan cuenta de la extensión del pecado, todavía se nos ofrece a todos la esperanza del perdón. 

• “Señor déjala todavía este año”. La parábola sugiere que el pecado comporta siempre la esterilidad de la existencia. Sin embargo, se nos concede la oportunidad de reconocer con humildad nuestros pecados. Este es el tiempo para la conversión.

• “Yo cavaré alrededor… a ver si da fruto”. Todavía hay un espacio y un tiempo para la esperanza. No se puede justificar nuestra pereza. La  esperanza exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo. 

• “Si no, el año que viene la cortarás”. La esperanza se fundamenta en la misericordia de Dios, pero no puede llevarnos a la irresponsabilidad. Toda crisis nos ofrece la posibilidad de repensar  nuestra vida y tratar de producir el fruto que se espera de nosotros.    

La oscuridad y la luz Lc 9,28-36 (CUC2-25)

 “Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad” (Gén 15,12.17).

Es precisamente en la oscuridad de la noche cuando Dios invita a Abrán a mirar al cielo. Dios le recuerda el tiempo pasado cuando lo llamó y lo sacó de su tierra de Ur. En el presente se encuentra en una tierra que desconocía. Pero Dios le promete un futuro en el que su descendencia será tan  numerosa como las estrellas del cielo. 

Frente a la oscuridad que envuelve a Abrán, el salmo responsorial canta el misterio de la luz que guía a los creyentes: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1).

A los fieles de la ciudad de Filipos san Pablo les anuncia que Jesucristo transformará la humilde condición humana, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21).

LAS COLUMNAS DE LA FE

Esa transformación de nuestra condición humana encuentra su modelo definitivo en la transfiguración de Jesús en lo alto del monte (Lc 9,28-32).  

• Jesús lleva consigo a una montaña a los tres discípulos predilectos: Simón Pedro, Jacob o Santiago y su hermano Juan. El Maestro sube al monte para hacer oración. La iniciativa divina del Maestro antecede y anticipa las decisiones humanas de sus discípulos.

• Mientras oraba, el rostro de Jesús cambió y sus vestiduras se hicieron relampagueantes a los ojos de sus discípulos. El evangelio de Lucas parece sugerir que la oración transforma lo humano y hace percibir la gloria de lo divino. 

 • Junto a Jesús, los discípulos ven a Moisés y a Elías, rodeados de esplendor. Estas dos columnas de la fe de Israel hablan del éxodo que Jesús debía realizar en Jerusalén. La gloria que se manifiesta en el monte anuncia el  misterio de la muerte y resurrección del Señor.

 EL HIJO DE DIOS

En la oscuridad de la noche Abrán había oído al Dios que le ofrecía su alianza. Ahora, envueltos por una nube, los discípulos de Jesús oyen una voz que viene de lo alto para revelar la identidad de Jesús y exhortarles a prestar atención a su mensaje.   

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. La voz que viene de lo alto revela a Jesús como hijo eterno de Dios. Jesús es más que un profeta. Su venida marca la plenitud de las antiguas esperanzas de Israel.   

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Además, se anuncia a Jesús como el elegido entre todos los hombres. En él se hace visible la figura del Siervo del Señor, y se cumple la misión redentora que le atribuía el libro de Isaías. 

• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. Por fin, la voz de Dios se convierte en exhortación. Jesús transmite la palabra de Dios. Él es la misma palabra de Dios. Todos los que se encuentren con Jesús han de escucharle con atención.

Solo Dios es Dios Lc 4,1-13 (CUC1-25)

 “Traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”. Este  “credo” del israelita  añade un gesto que completa el rito: “Los pondrás ante el Señor, tu Dios y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios” (Dt 26,9-10). 

Dios había liberado a su pueblo de la esclavitud sufrida en Egipto. Justo era  agradecer la misericordia y la protección del único Dios. Solo él puede ofrecer la verdadera libertad. Y solo él merece la adoración del hombre. 

En el salmo responsorial resuena la promesa de la protección de Dios a los fieles que lo buscan: “A sus ángeles ha dado órdenes, para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra” (Sal 90,11-12). 

Por su parte, san Pablo nos asegura que Dios es el Señor, el único Señor, “generoso con todos los que lo invocan” (Rom 10,8-13).

LA MENTIRA Y LA VERDAD

En este primer domingo de cuaresma meditamos las tres tentaciones que Jesús hubo de afrontar en el desierto.

• En primer lugar, el demonio presenta a Jesús un recurso mágico para superar el hambre. Si es hijo de Dios, podrá convertir las piedras en panes. Pero Jesús sabe que el verdadero alimento del hombre es la palabra de Dios, que da la vida y el sentido para la vida.   

• En segundo lugar, el demonio promete a Jesús el poder y la gloria a cambio de su adoración. Es mentiroso y ofrece lo que no posee y lo que no puede dar. El demonio se arroga un  poder y un derecho que no tiene. Solo se puede adorar a Dios.     

• En tercer lugar, el demonio se atreve a citar las palabras del salmo. Pretende que Jesús se deje caer desde lo alto del templo para hacer ver su calidad de Hijo de Dios. Pero Jesús sabe que no se debe tentar al Señor, para lograr un triunfo que siempre es efímero.   

El desierto es la imagen de nuestra debilidad y de nuestra verdad más profunda. En el desierto de nada vale refugiarse en la mentira. Las tentaciones de Jesús reflejan la verdad de su misión. Y también la honda verdad de los que aspiramos a seguirle por el camino.

LA FE Y EL SENTIDO COMUN

Evidentemente, el desierto no es solo un lugar inhóspito. Es un espacio para aprender la verdad. Ante las falsas promesas del demonio, es preciso recordar las respuestas de Jesús, que recogen la tradición de su pueblo.  

• “No solo de pan vive el hombre”. Mientras vamos de camino, nosotros pretendemos saciar nuestra hambre con alimentos que no pueden sustentarnos.  Y deseamos saciar nuestra sed de libertad con esas adiciones que nos mantienen como esclavos.

• “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”. Con demasiada frecuencia adoramos a los ídolos que nosotros mismos fabricamos. Prescindimos de Dios y después lamentamos la soledad en la que nos encontramos.

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Tomamos unas decisiones que nos llevan al fracaso y después culpamos a Dios de habernos abandonado. Nos falta la fe, pero nos falta también el sentido común. No podemos imponer nuestra voluntad a Dios. 

Los Ramos y el Paraíso Lc 22,14-71.23,1-56 (Domingo de Ramos)

La liturgia de este Domingo de Ramos comienza con una procesión en la que que se lee el  evangelio que recuerda la entrada de Jesús en Jerusalén. En el evangelio según  San Lucas. Los discípulos que siguen a Jesús alaban a Dios por los prodigios que habían visto. No solo eso, sino que proclaman bendito al rey que viene en nombre del Señor (Lc 19,37-38).

 Ante ese entusiasmo los fariseos piden a Jesús que reprenda a sus discípulos. Pero Jesús se limita a responder: “Os digo que si  ellos callan, gritarán las piedras” (Lc 19,40).

También en este tiempo, muchos pretenden silenciar a los discípulos de Jesús. No pueden soportar el mensaje del Maestro ni la voz de los mensajeros. Pero no podemos guardar en silencio la palabra del Señor. Con razón se ha dicho que la desgracia de este mundo no se debe tanto a la maldad de los malos como al silencio de los buenos.

Ni el temor ni la cobardía han de hacernos callar el mensaje de Jesús para este tiempo y para este escenario de la historia. Si enmudecemos, otros pregoneros vocearán esa Palabra que salva y libera al ser humano. 

LOS ULTRAJES Y LA GLORIA

“El Señor Dios me ayudaba, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado”. La primera lectura de este Domingo de Ramos recoge esos versos del tercer canto del Siervo del Señor que se incluye en la segunda parte del libro de Isaías (Is 50,4-7). La tradición cristiana aplica esas palabras a Jesús (Mt 26,67; 27,30). Él padeció ultrajes espantosos, pero siempre confió en su Padre celestial.

El salmo responsorial recoge la súplica de Jesús en la cruz. “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”. Esas palabras iniciales del salmo 21 parecen reflejar el desaliento del orante. Pero al final. él mismo proclama abiertamente su confianza en el Señor: “Él me hará vivir para él” (Sal 21,31).

En la segunda lectura se recoge el cántico que san Pablo incluye en la carta a los Filipenses. Cristo Jesús se humilló hasta la muerte y una muerte de Cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le dió un nombre sobre todo nombre para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Flp  2,6-11).

LOS LADRONES Y EL REINO

El relato de la pasión de Jesús según san Lucas es el único que contiene las reacciones de los dos malhechores crucificados junto a Jesús.

• El mal ladrón le dirige una petición que a primera vista parece razonable: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23,39). Pero su ruego es una blasfemia por exigir al Mesías que presente una prueba de su identidad. También el tentador pedía a Jesús que demostrase ser hijo de Dios. Además, este ladrón pretende apartar a Jesús de su misión. 

• El buen ladrón se limita a invocar la misericordia de Aquel al que confiesa como Rey: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.  Pero con Jesús ha aparecido ya el reino de Dios. En él culminan las antiguas esperanzas. Con él ha llegado el “hoy” de la salvación. En ese presente de gracia, el buen ladrón se encontrará en el paraíso con el Señor.

Escuchar a Dios Lc 13,1-9 (CUC3-22)

 “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza” (Ex 3,3). Moisés está apacentando su rebaño y percibe una zarza que arde sin consumirse. Se  acerca y  oye una voz que le pide descalzarse, puesto que está ante lo sagrado. Este texto nos remite a tres protagonistas que merecen nuestra atención.

 • Dios, que no es indiferente a la suerte de los hombres. Su misericordia tiene en cuenta la miseria de los hebreos que son tratados como eslavos. Dios ha decidido liberarlos de esa esclavitud. Pero ha de suscitar en ellos el anhelo de la liberación.     

• Moisés, que ha tenido que salir de Egipto y ha encontrado un refugio tranquilo entre las gentes de Madián. Sin embargo, escucha la voz de Dios que ha decidido contar con él. Su atención nos enseña a ver la intervención de Dios en los acontecimientos de  nuestra vida diaria.

• Los hebreos, que ya se han habituado a vivir en la esclavitud. Pero Dios “ha visto” la opresión que sufren los descendientes de Jacob y decide rescatarlos. También a nosotros Dios nos ofrece la libertad y nos restituye la dignidad perdida.

DOS HECHOS  IMPRESIONANTES

El evangelio según san Lucas menciona dos hechos impresionantes que debieron de llegar a los oídos de Jesús: una horrible matanza de peregrinos galileos decidida por Pilato y el derrumbe de la torre de Siloé que aplastó a algunos obreros (Lc 13,1-9).  

• A Moisés Dios le había hablado mientras se ocupaba tranquilamente de las tareas del pastoreo. El evangelio dice que Dios habla también a través de los sucesos más dramáticos como una pandemia o una invasión militar de un país.   

• A la vista de aquellos acontecimientos, la idea habitual sobre la retribución divina llevaba a preguntarse qué mal habían cometido las víctimas. Sn embargo, según Jesús, la desgracia no siempre responde al pecado. Si así fuera, algunos de sus oyentes la merecerían.

•  El evangelio nos indica que es ocioso hacerse preguntas sobre la naturaleza del mal y sobre sus causas. La fe nos enseña a tomar una decisión concreta. La voz de Dios nos invita de una forma o de otra a escucharla y a abrir nuestro corazón a la conversión 

 UNA PARÁBOLA SENCILLA

Por otra parte, en el evangelio que hoy se proclama se recuerda la parábola de la higuera que ha dejado de dar frutos. El texto incluye un breve diálogo entre el dueño de la viña y el viñador encargado de cultivarla.

 •  “Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Esa es la decisión del dueño de la viña en la que está plantada la higuera. Es una severa advertencia a esa esterilidad nuestra que ya se ha vuelto crónica. No podemos resignarnos. Hemos sido llamados a “dar frutos en la caridad para la vida del mundo”.

• “Señor, déjala todavía este año”. Junto a la tentación de la acedia podemos caer también en la tentación del pesimismo. El viñador quiere dar una nueva oportunidad a la higuera. Estamos llamados a mantener la esperanza y la paciencia con nuestros hermanos. Y a dejar el juicio y la última decisión al Señor, que es el dueño de la viña. 

Luz para el camino Lc 9,28-36 (CUC2-22)

 “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas” (Gn 15,5). Con estas palabras se dirige Dios a Moisés para anunciarle que tendrá una abundante descendencia. A ese sorprendente anuncio sigue el rito del inicio de una alianza de Dios con aquel patriarca.

Con el salmo responsorial nosotros hacemos nuestra esa revelación divina, proclamando nuestra fe y nuestra confianza: “El Señor  es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? El Señor es el refugio de mi vida, ¿por qué he de temblar?” (Sal 27,1).

En la segunda lectura de la misa de este domingo, San Pablo recuerda a los fieles de la ciudad de Filipos que el Señor Jesucristo “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3,20-21).

CUATRO  NOTAS

En el evangelio que hoy se proclama se nos recuerda la transfiguración de Jesús (Lc 9,28-36). En él hay cuatro notas que nos informan sobre el misterio:

• Jesús sube a un monte a orar. En su tiempo se entendía que el monte acercaba a las personas a la divinidad. Jesús busca un lugar apropiado para la oración. En presencia de Dios desea comprender el sentido de la entrega de su vida.

• Lleva consigo al monte a tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Jesús sabe que ese será un momento muy importante. Y desea que sus tres discípulos predilectos estén cerca de él, como testigos de su manifestación.

• El aspecto de su rostro se muda. Y sus vestidos son de una blancura fulgurante. La transfiguración de Jesús alcanza también a sus vestidos. Por un momento todo él refleja la dimensión celestial de su existencia.

• Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías que hablan de su partida, que se va a cumplir en Jerusalén. Si el destino de Jesús es la entrega por los hombres, habrá que reconocer que esa misión ya había sido anunciada por la Ley y los Profetas.

UN DESEO ESPONTÁNEO

Según el texto evangélico, Pedro y sus compañeros están cargados de sueño, pero permanecen despiertos, y ven su gloria. Al separarse los dos hombres que estaban con él, Pedro manifiesta su deseo a Jesús:

• “Maestro, bueno es estarnos aquí”. Esas palabras del apóstol revelan sus sentimientos más profundos. Habituado a los trabajos en el lago, vive esperando un mesías glorioso y triunfante. Pero bajando del monte se encontrará con la realidad del dolor.

• “Maestro, bueno es estarnos aquí”. Ese deseo de Simón Pedro encuentra un eco en la vida de la Iglesia. A lo largo de los siglos su vocación contemplativa ha precedido y sostenido siempre su dedicación a los enfermos y marginados.

• “Maestro, bueno es estarnos aquí”. Esa expresión del pescador de Galilea refleja el anhelo inconsciente de una humanidad que busca con afán la paz y la luz de lo divino que puede iluminar el dolor humano. 

En el desierto Lc 4,1-13 (CUC1-22)

  “Traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”. El llamado “credo del israelita” recuerda el tiempo de esclavitud pasado en Egipto y la liberación que lo ha traído a Palestina. Por eso, el creyente se postra ante el Señor su Dios y presenta ante el altar las primicias de la cosecha que él le ha concedido (Dt 26,10).  

Con el salmo responsorial, también nosotros nos dirigimos confiadamente a Dios, suplicando: “Quédate conmigo, Señor, en la tribulación” (Sal 90).

Los textos de las cartas de san Pablo, que se nos proponen en la segunda lectura de los domingos cuaresmales, contienen las ideas principales de este tiempo de gracia. En este primer domingo se nos invita a aceptar de corazón el mensaje de la Escritura, según el cual, Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos (Rom 10,8-13). 

Evidentemente, el camino cuaresmal que ahora comienza, ha de llevarnos a la confesión pascual de la resurrección de Jesucristo.

TRES TENTACIONES

El evangelio del primer domingo de cuaresma nos recuerda todos los años las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año se proclama el evangelio de Lucas (Lc 4,1-13).  

• En primer lugar, se dice que, después de un largo ayuno, Jesús sintió hambre. El diablo lo invita a convertir las piedras en panes. Nosotros no ignoramos el hambre de pan  que afecta a este mundo. Pero sabemos que “no solo de pan vive el hombre”. Hay un hambre que los satisfechos de la tierra se niegan a reconocer.

• En un segundo momento, el diablo ofrece a Jesús la gloria que él presume de tener, pretendiendo descaradamente ser adorado. Nosotros deberíamos advertir que, al apetecer el poder y la gloria, estamos en realidad adorando al mismo diablo. Ante la tentación de idolatría, no podemos olvidar que solo a Dios debemos adoración. 

• En un tercer momento, el diablo quiere ver si Jesús confía en Dios. Nosotros nos colocamos con frecuencia en situaciones de riesgo y de pecado, que siempre afectan a nuestra seguridad integral. Y pretendemos que Dios venga a librarnos de las funestas consecuencias que hemos provocado. Pero no debemos jugar a tentar a Dios. 

 DOS REVELACIONES

Este relato evangélico no solo nos facilita una reflexión moral, que no sería poco. Como siempre, el evangelio nos ofrece una revelación de Dios y de Jesús.  

 • De Dios se nos dice que solamente él es el verdadero y único Señor. El diablo presume de tener el poder sobre todo lo visible, pero miente. Nosotros nos negamos a adorar a los poderes de este mundo. Solo queremos adorar al Dios poderoso que cuida de los pájaros y de los lirios, de los pobres y de los aplastados por un poder inhumano.  

•  De Jesús se nos dice que en lugar de dialogar con Satanás, como había hecho Eva en el paraíso, el Hijo de Dios conoce y acepta la Palabra de Dios. Nosotros oímos cada día mil voces que nos ofrecen objetos inútiles, placeres envenenados e ideales inalcanzables. Necesitamos el don del discernimiento para no dejarnos engañar por el príncipe de la mentira.

Misericordiosos como el Padre Lc 6,27-38 (TOC7-22)

“Que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor”. Ese es el grito que David dirige al rey Saúl, que lo persigue con una tropa exagerada (1 Sam 26,22-23).

 David había prestado un gran servicio al rey Saúl. Sin embargo, recomido por los celos, el rey lo busca por el desierto. Pero David impide a sus hombres que maten al rey, al que han encontrado profundamente dormido en su campamento.

 A esa lectura, ciertamente parabólica, la asamblea litúrgica responde con la profesión de fe que contiene el salmo responsorial: “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal 102).

San Pablo nos exhorta a abandonar la imagen del hombre terrenal que nos asemeja a Adán, para  incorporar la imagen del hombre celestial que es Jesucristo (1 Cor 15,45-49).

AMAR AL ENEMIGO

La generosidad de David hacía el rey Saúl encuentra un eco definitivo en el mensaje de Jesús sobre la compasión y el perdón. Es lógico ser un buen amigo de nuestros amigos. Eso es lo menos que se puede pedir de una persona, sea creyente o no lo sea.

 Pero Jesús pide a sus discípulos una actitud más generosa. “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian; al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra...” (Lc 6,27-29).

A lo largo de la historia, ha habido pensadores que han escrito que esas actitudes son totalmente inhumanas y hasta “antinaturales”. Se ha dicho que esa es la moral de los esclavos, Es la ética de los que carecen de fuerzas para imponer su voluntad al enemigo y, en consecuencia,  deciden glorificar su propia debilidad, convirtiéndola en el ideal de la vida.  

Esa interpretación es injusta. La fe cristiana no puede identificarse con un miserable consuelo para esclavos y resentidos. La exhortación de Jesús no es una estrategia para ganar amigos ni una fácil defensa ante los enemigos. En ella se nos revela la identidad del mismo Dios y el modo de asimilar sus atributos de misericordia y de perdón. 

DE  ENEMIGO A HERMANO

Según el evangelio de Mateo, Jesús decía: “Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo” (Mt 5,48). Pero según el evangelio de Lucas, Jesús exhorta a sus seguidores a imitar la compasión de Dios (Lc 6,36). Ese es el ideal que nos propone.

 • “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Nosotros amamos a alguien porque es bueno con nosotros. Dios nos ama y por eso podemos empezar a ser buenos. El amor de Dios es creativo. Dios “primerea”, como dice el papa Francisco.

• “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Son evidentes nuestros egoísmos e intereses. No sabemos poner amor donde hay indiferencia. Es preciso aprender el ejemplo de la gratuidad de Dios, que nos ama cuando todavía somos pecadores.

• “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Presumimos de solidarios y compasivos. Pero el verdadero modelo es la compasión de Dios, que sale a nuestro encuentro,  nos acoge con ternura y nos ofrece el perdón sin condiciones.

La paz del que viene Lc 23,1-49 (Domingo de Ramos)

“El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo,  para saber decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4). En este tercer canto sobre el siervo de Dios, lo vemos como un discípulo fiel. Por una parte, escucha con atención la palabra de Dios. Y, por otra, la trasmite sin temor, a pesar de los ultrajes que por ello recibe.
Esa imagen anticipa ya la de Jesús, el discípulo que escucha la palabra de su Padre. Es más: él es la misma Palabra de Dios, que anuncia la salvación y está dispuesto a morir por mantenerse fiel a esa misión.
El salmo responsorial recoge una antigua oración que los evangelios pondrán en boca de Jesús crucificado: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado” (Sal 21). Hay que leerlo entero para ver que ese grito desemboca finalmente en la esperanza.
 San Pablo, por su parte, recuerda a los fieles de la ciudad de Filipos que Cristo, siendo de condicion divina, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz (Flp 2,6-11). Con ese recuerdo del Salvador, humillado por los hombres y exaltado por Dios, comenzamos la Semana Santa.

EL DUEÑO DEL POLLINO
En este domingo de Ramos se lee la pasión de Jesús según san Lucas (Lc 23,2-49). Pero antes, al inicio de la procesión, se proclama el texto evangélico de la entrada del Señor en Jerusalén (Lc 19,28-40). Al leerlo, nos asalta siempre una curiosidad y nos estimula una advertencia de Jesús.
• En primer lugar, nos preguntamos a quién pertenecía el pollino que los discípulos habían de ir a buscar, por orden de su Maestro. ¿Conocía Jesús al dueño del pollino? ¿Había observado previamente que siempre solía estar atado a la entrada de Betfagé? ¿Trata el evangelista de subrayar que Jesús conoce nuestras posesiones y nuestra disponibilidad?
• En segundo lugar, nos impresiona la respuesta que los discípulos han de dar a quien les pregunte por qué desatan y se llevan el pollino: “El Señor lo necesita”. De nuevo nos preguntamos si el dueño del pollino ya reconocía el señorío de Jesús. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si estamos dispuestos a “prestar” al Señor todo lo que él necesita de nosotros.

LA PAZ Y LA GLORIA
Según el texto evangélico, los discípulos que acompañan a Jesús por aquel camino que baja del Monte de los Olivos, prorrumpen en gritos de alegría:
• “Bendito el Rey que viene en nombre del Señor”. La bendición con que eran recibidos los peregrinos (Sal 118,26) es ahora una aclamación que brota de la fe. Pero no llega el reino de David que algunos esperaban. Llega el Rey de Jerusalén, llega nuestro Rey, pero viene como un servidor. El papa Francisco comenta que “viene a nosotros humildemente y con el poder de su amor divino perdona nuestros pecados y nos reconcilia con Dios y con nosotros mismos”.
• “Paz en el cielo y gloria en las alturas”.  Los bienes que los peregrinos deseaban al a©ercarse a la ciudad de Jerusalén se resumían en el gran don de la paz (Sal 122,8). El evangelista une estos deseos de los discípulos que compañan a Jesús con la revelación angélica de los dones que aporta a la tierra el nacimiento del Mesías (Lc 2,14). Esa es también nuestra fe. Y ese es nuestro testimonio.

Pasado y futuro Jn 8,1-11 (CUC5-19)

“No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo, mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, corrientes en el yermo… para dar de beber a mi pueblo”.  Al recuerdo de la liberación que Dios había ofrecido a su pueblo en el pasado, se contrapone ahora la promesa de una nueva intervención (Is 43,16-21).
Ningún pueblo debería olvidar su pasado. Y menos el pueblo de Israel, que hizo del “recordar” no solo una advertencia para la vida social sino también una exigencia de fidelidad a la alianza que Dios le había otorgado.  
El profeta conoce el dolor de un pueblo humillado por sus enemigos y deportado a una tierra extraña. Pero conoce también la bondad de Dios. Por eso invita a sus gentes a mirar al futuro. Dios promete liberar a su pueblo de los sufrimientos que ha padecido en Babilonia.
A esa certeza responde el salmista al cantar: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125). San Pablo, por su parte, trata de olvidar lo que ha dejado atrás para valorar el conocimiento de Cristo y correr hacia la meta prometida (Flp 3,8-14).  

ALGUNAS PREGUNTAS
También el evangelio que hoy se proclama contrapone de algún modo el pasado y el futuro (Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer presuntamente sorprendida en adulterio.
La intención de los que la acusan es manifiesta. Si el Maestro no aprueba el mandato de apedrear a la adúltera, se sitúa escandalosamente contra la Ley de Moisés. Si la condena, demuestra no tener la compasión que se espera de un profeta.
• En este  relato evangélico se acusa a la mujer, pero no se menciona al cómplice de su adulterio. Eso nos hace dudar de los acusadores. ¿No han querido o no han podido detener al cómplice? ¿En su cultura interesa solo el pecado de la adúltera? Tal vez ni siquiera les interese la conducta de la mujer, sino la ocasión para poder acusar a Jesús. 
•  En el relato se dice que Jesús se inclina  por dos veces para escribir algo en el suelo. ¿Pretendía crear un espacio de silencio para que los acusadores reconocieran sus propios pecados? ¿O trataba de evocar que también la ley de Moisés había sido escrita dos veces por el dedo de Dios?

REVELACIÓN Y PERDÓN
La actitud de Jesús ante la mujer sorprendida en adulterio es un excelente resumen del evangelio. Como ha escrito el papa Francisco, citando a san Agustín, en este escenario quedaron frente a frente la “misericordia” y la “mísera”, es decir, la necesitada de compasión. Será oportuno prestar atención a lo que Jesús dice tanto a los fariseos como a la mujer.
• “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”.  Estas palabras de Jesús revelan y denuncian  la incoherencia de todos los que, antes y ahora, presumen de cumplir la letra de la Ley cuando no han querido asumir su espíritu. Además, nos revelan la grandeza y la comprensión del Maestro. Jesús es el único que está sin pecado. Por tanto, es el único que podría juzgar, pero  no juzga.
• “Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más”. La sociedad niega la seriedad del pecado, pero condena al pecador. No lo ve como persona, sino como asesino o adúltero, como ladrón o calumniador. Por el contrario, Jesús no niega la gravedad del pecado ni la seriedad de la culpa. Pero se muestra siempre dispuesto a ofrecer el perdón. El Maestro no mira tanto al pasado como al futuro.  

Libertad y alegría Lc 15,1.11-32 (CUC4-19)

“Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto”. Con ese oráculo que hoy se proclama, Dios recuerda a Josué que Él ha liberado a su pueblo y lo ha ido guiando hacia la libertad (Jos 5,9).  Ha terminado ya la fatigosa peregrinación por el desierto. Al acercarse a la tierra que Dios le ha prometido, el pueblo podrá disfrutar de los frutos esperados. Y podrá ofrecer al Señor las primicias de sus cosechas, como se recordaba en el primer domingo de cuaresma.
El salmo responsorial convierte aquellas promesas del pasado en una certeza para el presente. También para nosotros Dios abre las manos con una generosidad de Padre: “Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33).
El primer don de ese Padre generoso es el de la reconciliación. San Pablo nos anuncia que Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo. Y, además, nos ha encargado el servicio de reconciliarnos con nuestros hermanos y con él mismo (2 Cor 5,17-21).

PÉRDIDAS Y HALLAZGOS
La parábola que hoy se proclama pertenece al capítulo evangélico de las pérdidas y los hallazgos. Un pastor perdió una oveja y no descansó hasta que la encontró. Lo mismo hizo una mujer que había perdido una moneda. Pero más elocuente aún es el relato sobre un hijo que se había perdido y ha sido reencontrado por su padre y por su hermano   (Lc 15,32).
 El hijo que se fue de casa busca la libertad. Recordando al filósofo Isaías Berlín, podemos decir que el joven consigue la “libertad de” las aparentes ataduras que lo mantenían sujeto, pero no alcanza la “libertad para” el servicio y el amor. Lejos de su casa, se convierte en un esclavo de sus gustos, en un servidor de un amo que lo trata como a un esclavo y en un solitario despreciado por todos.
 En realidad, la parábola que llamamos del hijo pródigo es la parábola de la generosidad liberadora del padre. En la experiencia de la soledad, el hijo menor redescubre el valor del hogar familiar El hijo mayor permanece en la casa, pero no ha descubierto la libertad que le proporciona el amor de su padre. Solo el amor nos hace libres. Solo el amor nos hace reconocer nuestra verdadera dignidad.

LA VERDADERA ALEGRÍA 
Al retornar a casa, el hijo menor desea ser tratado como un jornalero más. Seguramente esa es la última tentación. Los verdaderos creyentes no pueden presentarse ante Dios reclamando un premio o un salario por su trabajo.
• Al que regresa triste y pobre el padre lo recibe con los brazos abiertos. Lo viste de fiesta para subrayar su dignidad. Y le entrega el anillo con el que él ratifica los contratos. La alegría por el hijo reencontrado revela la confianza del padre y demanda la responsabilidad del hijo.
• Y al hijo mayor, que ha permanecido en la casa, el padre le recuerda una doble relación. Es un hijo, con el que el padre comparte todos sus bienes. Y tiene un hermano, al que debe aceptar y recibir como tal.
A las palabras del hijo menor, el padre no responde con palabras, sino  con los gestos de la fiesta y la alegría. Pero al hijo mayor sí que le dirige una invitación que marca el tono de todo el relato:  “Deberías alegrarte porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. 

Compasión y conversión Lc 13,1-9 (CUC3-19)

“He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel” (Éx 3,7-8). Dios no es indiferente a la humillación que están padeciendo los hebreos.
A lo largo de su vida, Moisés había conocido los numerosos dioses que eran venerados en las tierras del Nilo. No es extraño que, ante el fenómeno de la zarza ardiente, pregunte el nombre del dios que pretende liberar a los hebreos. La respuesta es terminante. Solo puede ser reconocido como Dios el que se compadece de los oprimidos. 
El salmo nos lleva a responder: “El Señor es compasivo y misericordioso” (Sal 102). Sin embargo, frente a esa compasión de Dios, los hebreos no siempre se mostraron agradecidos.  Según san Pablo, “la mayoría de ellos no agradaron a Dios” (1 Cor 10,5). Por eso, el Apóstol advierte a los fieles y les desea que “el que se crea seguro, se cuide de no caer”. 

LOS APLASTADOS
Según el evangelio de Lucas, Jesús oye contar a algunos un hecho que debió de conmover a las gentes.  Unos peregrinos galileos fueron masacrados en Jerusalén por orden de Pilato. Por su parte, Jesús recuerda a unos obreros que habían muerto aplastados por el derrumbe de una torre junto al estanque de Siloé (Lc 13,1-9).
En aquel tiempo se consideraba que la retribución por la conducta humana era inmediata.  Se pensaba que los males físicos responden al mal comportamiento de quien los padece. Así que las gentes debieron de considerar como pecadores tanto a los aplastados por la crueldad romana como a las víctimas de una desgracia en el trabajo.  
En realidad, esa presunción sigue vigente también hoy en muchos ambientes. Cuando sucede una catástrofe, son muchos los que se preguntan escandalizados: “¿Qué mal han hecho estas personas para ser castigadas de esta forma?”
Pero según Jesús, las desgracias no siempre atrapan a los más culpables. Si fuera así, muchos de sus oyentes habrían sido asesinados o atrapados por los cascotes de la torre. Jesús sabe que todos somos pecadores y a todos nos exhorta a la conversión.

LOS PERDONADOS
En el evangelio que hoy se proclama, Jesús añade la parábola de la higuera estéril. Hace tiempo que no da fruto, así que el dueño decide arrancarla, pero el viñador intercede por ella. Si las noticias afirmaban la extensión del pecado, la parábola ofrece la esperanza del perdón.
• “Señor déjala todavía este año”. En primer lugar, se sugiere que el pecado comporta siempre la esterilidad de la existencia. Sin embargo, se nos concede todavía tiempo para el reconocimiento humilde de nuestros pecados. Este es el tiempo para la conversión.
• “Yo cavaré alrededor… a ver si da fruto”. Todavía hay un espacio y un tiempo para la esperanza. Claro que la  esperanza no puede arrastrarnos a la evasión ni a la pereza. De hecho, exige de nosotros un esfuerzo. La conversión requiere el trabajo del cultivo.
• “Si no, el año que viene la cortarás”. Por otra parte, la esperanza que nace de la misericordia de Dios tampoco puede llevarnos a la irresponsabilidad. El fracaso no es una fatalidad inevitable. Es una posibilidad que siempre exige atención y esfuerzo.  

La Revelación Lc 9,28b-36 (CUC2-19)

“Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrahán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad”. Ese es el escenario en el que Dios se muestra a Abrahán para concertar con él una alianza (Gén 15,12.17).
El relato subraya la iniciativa de Dios. Dios saca de su tienda a Abrahán, le invita a mirar al cielo, le recuerda el pasado en el que lo ha sacado de su tierra de Ur y le promete un futuro en el que le dará en propiedad la tierra en la que ahora se encuentra.
Si el texto anota la oscuridad en la que se ve envuelto Abrahán, el salmo responsorial canta el misterio de la luz que guía a los creyentes: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1).
En su carta a los Filipenses, san Pablo, anuncia que Jesucristo transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa” (Flp 3,21).

LA INICIATIVA DE DIOS
Pues bien, esa futura transformación de nuestra condición humana encuentra ya su  cumplimiento y su modelo definitivo en la transfiguración de Jesús en lo alto del monte. El evangelio de Lucas  (Lc 9,28-32) nos ofrece hoy algunas pautas para nuestra reflexión:
• Si en otro tiempo Dios sacaba a Abrahán de la quietud de su carpa de nómada, Jesús se lleva consigo al monte a los tres discípulos predilectos. Hay una iniciativa divina que antecede y anticipa las decisiones humanas.
• Si Abrahán cayó en un profundo sueño ante la revelación de la gloria de Dios, también los discípulos de Jesús se caen de sueño ante la revelación de la gloria de su Maestro. En el sueño que no podemos controlar nosotros se manifiesta esa presencia que nos asombra.
 • Si Abran se ve sumergido en la oscuridad, en la que Dios le ofrece su alianza, los discípulos de Jesús se ven cubiertos por una nube. Y de la nube  llega esa palabra por la que Dios reconoce y presenta a Jesús como su Hijo.

LA ESCUCHA DE LA PALABRA
Según el evangelio, desde el seno de la nube resuena una voz que viene de lo alto. La nube representa a Dios. Un Dios inaferrable e indomesticable. Un Dios invisible a los ojos humanos, pero cercano a todos los que han de prestar oídos a su palabra y su mensaje.
• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. En un primer momento, se ofrece la revelación de Jesús como hijo eterno de Dios. Jesús es más que un profeta. Su venida marca la plenitud de las antiguas esperanzas.   
• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. En un segundo momento, se anuncia a Jesús como el elegido entre todos los hombres. En él se hace visible la figura del Siervo del Señor y se cumple la misión redentora que a él se atribuía. 
• “Este es mi hijo, el escogido, escuchadle”. En un tercer momento, la voz de Dios se convierte en exhortación. Todos los que se encuentren con Jesús son invitados a escucharle con atención. Él transmite la palabra de Dios. Él es la misma palabra de Dios.

Libertad y verdad Lc 4,1-13 (CUC1-19)

“Traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”. Esas son las últimas palabras del “credo” que el israelita  pronunciaba al llevar al templo las primicias de sus cosechas. A las palabras, el texto añade el gesto que completa el rito: “Los pondrás ante el Señor, tu Dios y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios” (Dt 26,9-10).
 Así pues, a la generosidad del Dios que lo había liberado de la esclavitud, el pueblo había de responder con la gratitud de quien reconoce la misericordia de que ha sido objeto. La fe nos dice que solo Dios es Dios. Solo él puede ofrecer la verdadera libertad. Y solo él merece la adoración del hombre.
En el salmo responsorial resuena la promesa de la protección de Dios a los fieles que lo buscan: “A sus ángeles ha dado órdenes, para que te guarden en tus caminos. Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra” (Sal 90,11-12).
También san Pablo nos asegura que Dios es el Señor, el único Señor, “generoso con todos los que lo invocan” (Rom 10,8-13).

LA MENTIRA Y LA VERDAD
En el primer domingo de cuaresma meditamos las tentaciones de Jesús en el desierto. Más que aquella roca pelada que se alza sobre Jericó, el desierto de la cuarentena es la metáfora de toda una vida, en la que Jesús ha aceptado y vivido su misión.
• En primer lugar, el demonio presenta a Jesús un medio mágico para superar el hambre. Pero Jesús sabe sabe y confiesa que el verdadero alimento del hombre es la palabra de Dios, que da la vida y el sentido para la vida. 
• En segundo lugar, el demonio invita a Jesús a aceptar como un ideal el deseo de alcanzar el poder y la gloria. Ofrece lo que no posee y lo que no puede dar. Sus pretendidos regalos no garantizan la libertad. He ahí el contraste entre el mentiroso y el verdadero. 
• En tercer lugar, el demonio se atreve a citar las palabras del salmo. Pretende que Jesús se deje caer desde el alero del templo para hacer notar su calidad de Hijo de Dios. Pero Jesús sabe que no se puede tentar al Señor, para lograr un triunfo clamoroso. 
También para nosotros, el desierto es la imagen del encuentro con la libertad que Dios nos concede para que podamos vivir en la verdad (Lc 4,1-13).

LA FE Y LA PRUDENCIA
El papa Francisco repite una y otra vez que el demonio no es un mito. Las tentaciones de Jesús no son una leyenda. Reflejan la verdad de su misión. Y la honda verdad de los que aspiramos a seguirle por el camino. Ante las falsas promesas del demonio, sólo la verdad de la palabra de Dios nos hace realmente libres.
• “No sólo de pan vive el hombre”. A lo largo del camino pretendemos saciar nuestra hambre con alimentos que no pueden sustentarnos.  Y deseamos saciar nuestra sed de libertad con adiciones que nos mantienen como esclavos.
• “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”. A lo largo del camino, nos fijamos muchas veces en los medios y perdemos de vista la meta. Adoramos a los ídolos que nosotros mismos fabricamos. Y después lamentamos la soledad en la que enfermamos. 
• “No tentarás al Señor tu Dios”. A lo largo del camino tomamos con frecuencia decisiones que nos llevan al fracaso y después culpamos a Dios de habernos abandonado. Junto a la virtud de la fe hay que aprender cada día la virtud de la prudencia. No podemos imponer nuestra voluntad a Dios. 

La entrada del rey Lc 22,14-71.23,1-56 (Domingo Ramos C)

“Ofrecí la espalda a los que me golpeaban; la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos”. En la primera lectura de este Domingo de Ramos escuchamos la lectura de uno de los poemas del Siervo de Dios, que se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías (Is 50,4-7).
Jesus entra triunfante en Jerusalén, pero sabemos que entra para morir en la cruz. Como ha dicho el papa Francisco, “Es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios. Su trono regio es el madero de la cruz”.
El salmo responsorial recoge la súplica de Jesús. “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”. Bien sabemos que esas palabras del salmo 21 eran el principio de una invocación que reflejaba la confianza en Dios de quien pasa por el valle del dolor.
La lectura de la pasion de Jesús según san Lucas nos recuerda que en la cruz del Señor encontramos la misericordia de Dios que lava nuestros pecados.

EL CLAMOR DE LOS PEREGRINOS

Con Jesús debieron de subir a Jerusalén algunos peregrinos procedentes de Galilea. Tal vez habían compartido con él unos días de descanso en Jericó. Y posiblemente habrían presenciado el encuentro de Jesús con el ciego Bartimeo, que imploraba su ayuda desde la vera del camino, reconociéndolo como Hijo de David.
Ese es el título con el que lo aclaman aquellos peregrinos que lo acompañan hasta la Ciudad Santa. A ese título añaden un conocido verso de los salmos (Sal 118,26). La bendición con la que la asamblea litúrgica recibía al rey que regresaba victorioso: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 19,38). 
Tambien los ramos recordaban aquel antiguo cántico de triunfo. Pero el entusiasmo de los galileos alarmó una vez más a los habitantes de la ciudad de Jerusalén. A sus preguntas sobre el que llegaba montado sobre un pollino, los peregrinos respondieron alborozados: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea” (Mt 21,10s).

EL GRITO DE LAS PIEDRAS

  Aquel alboroto podría desatar la represión por parte de los romanos. Eso debían de temer los fariseos que presionaban a Jesús  para que calmara el entusiasmo de sus seguidores. Pero la respuesta de Jesús suscita todavía ahora nuestra reflexión.
• “Si estos callan, gritarán las piedras”. También en este tiempo que nos ha tocado vivir son muchos los que pretenden amordazar a los discípulos de Jesús. No pueden soportar el mensaje del Maestro ni la voz de los mensajeros.
• “Si estos callan, gritarán las piedras”. Seguramente los discípulos de Jesús oyeron estas palabras. Y hemos de oírlas también ahora. No podemos guardar en silencio la palabra del Señor. La recuerda y la exige cada día el anhelo más hondo de la humanidad.  

• “Si estos callan, gritarán las piedras”. Ni el temor ni la cobardía han de hacernos callar el mensaje de Jesús para este tiempo y para este escenario de la historia. Si enmudecemos, otros pregoneros vocearán esa Palabra que salva y libera al ser humano.   

Liberación y perdón Jn 8,1-11 (CUC5-16)

“No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?” Ese oráculo divino se encuentra en el texto del libo de Isaías que se proclama en este quinto domingo de Cuaresma (Is 43,16-21). 
Lo antiguo era la esclavitud en Egipto y la asombrosa liberación que Dios había ofrecido a su Pueblo. Lo nuevo es el exilio que padece en Babilonia y la nueva liberación que Dios le promete. Si un día abrió a su pueblo un camino por el mar, ahora le abrirá un camino por el desierto.
La gratitud por el pasado ha de suscitar la esperanza de un futuro inmediato. La misericordia de Dios atraviesa los tiempos y da sentido a la historia. Con razón, el salmo da cuenta de la alegría de los liberados: “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres” (Sal 125).

UN DOBLE DESAFÍO

 En el evangelio de este quinto domingo de Cuaresma se nos presenta el episodio de la mujer adúltera (Jn 8,1-11). Los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio. No les importa la dignidad de la mujer. Sólo pretenden dirigir a Jesús un desafío. Ésta es la pregunta: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” (Jn 8,6).
Si el Maestro dice que hay que apedrear a la mujer podrá ser acusado de despiadado y se hundirá para siempre su fama de profeta misericordioso. Si no la condena, no merece el nombre de profeta y será denunciado por contradecir la Ley de Moisés, que imponía la lapidación como pena por el adulterio (Lev 20,10; Dt 22, 22-24).
Como ajeno a la pregunta, Jesús se inclina y escribe en el suelo. De hecho, trata de hacer conscientes de su pecado a los hombres que la acusan de pecado para poder lapidarla: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7). En el contexto evangélico, estas palabras son una interpelación a los que presumen de limpios e inocentes y se arrogan el derecho de acusar a los demás. Ese es el desafío de Jesús.

EL MAL Y EL PERDÓN

En la respuesta de Jesús a la “mujer sorprendida en adulterio” hay dos partes igualmente importantes para nuestro tiempo y para nuestra conciencia personal:
• “Tampoco yo te condeno”. Jesús establece una distinción definitiva entre el mal moral y la responsabilidad. El primero no siempre implica la segunda. A ese binomio dramático, Jesús añade su  propio veredicto: el del perdón. Jesús ha venido al mundo no a condenarlo, sino a  salvarlo de su mal. Del mayor mal, que es el pecado. Jesús es el mensajero y el testigo de la misericordia de Dios. 

• “Anda y en adelante no peques más”. Jesús no ignora la realidad hosca del pecado. Aceptar a la persona no significa negar su libertad, ni equiparar el valor moral de todas sus decisiones, ni cerrar los ojos ante el dramatismo de sus tropiezos. Jesús no trivializa el pecado. Nunca ha presentado el mal como un bien. Pero invita a los pecadores a la conversión, a la confianza, al cambio de vida, a emprender un nuevo comienzo.

El alimento y la fiesta Lc 15,1-3.11-32 (CUC4-16)

 “El día siguiente a la pascua, ese mismo día, comieron el fruto de la tierra: panes ácimos y espigas fritas” (Jos 5,11). El autor del libro de Josué señala así el final del periodo del largo peregrinaje de los hebreos a través del desierto.
Con razón el salmo responsorial (33,2-7)  nos exhorta a aceptar los bienes del Señor: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”. La providencia que demostró a su pueblo es una prenda y promesa del amor con que vela por cada uno de nosotros.
El primer domingo de cuaresma, oíamos la respuesta de Jesús al tentador que le ofrecía fáciles panes por arte de magia: “No solo de pan vive el hombre”. La liturgia de hoy nos sugiere que el Señor nos alimenta con el maná de su palabra y de la eucaristía.
De hecho, nuestro Padre nos trata como hijos y nos exhorta a vivir como hermanos que participan del mismo alimento.

SER HIJOS

El evangelio de este cuarto domingo de cuaresma nos propone la lectura de la parábola del “Hijo pródigo”. Así solemos titularla, aunque bien sabemos que el centro de la parábola es el padre misericordioso.
También en este caso, el alimento ocupa un lugar importante. El hijo que se va de casa, se ve obligado a servir a unos amos que no se preocupan por él. En consecuencia, ha de padecer el hambre. Y el hambre le lleva a añorar la casa de su padre.
Cuando al fin se decide a retornar a casa, el padre lo recibe con los brazos abiertos. El relato parece subrayar el fin del hambre y de la miseria. El padre manda preparar un gran banquete para celebrar el regreso del hijo que se había perdido.
Así pues, también en este caso, se pone ante nuestros ojos la misericordia y la compasión de Dios, reflejada en el alimento, o mejor en el banquete de la fiesta. Dios no es indiferente a la suerte o la desgracia de sus hijos.

SER HERMANOS

La parábola incluye también la reacción del hermano mayor que se niega aparticipar en el banquete ordenado por su padre. Pero también para él hay una palabra que evoca la ternura de la convivencia y exhorta a la alegría:
• “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”. Como ha dicho el papa Francisco, Dios no engendra “hijos únicos”. A todos ha de recordarnos la suerte de tenerlo por padre y de poder ser reconocidos como hijos suyos.
• “Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Pero Dios no olvida exhortarnos a reconocer al otro como nuestro hermano. Y nos invita a celebrar con él la alegría de la vida que triunfa sobre la muerte.

• “Estaba perdido y lo hemos encontrado”. En realidad, el padre había perdido al hijo menor. Y el hijo mayor se empeñaba en perder a su hermano. Pero el hallazgo es un motivo de alegría compartida.

Cuando Dios habla Lc 13,1-9 (CUC3-16)

 “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver cómo es que no se quema la zarza” (Ex 3,3). No son palabras tan solo. Moisés se  acerca a la zarza que arde sin consumirse. Este texto que hoy se proclama encierra tres referencias personales.
 • Dios, que no es indiferente a la suerte de los hombres. Su misericordia tiene en cuenta la miseria de los que se afanan y de los que sufren. Prestar atencion a esos signos que Dios envía puede convertirnos en portavoces de su palabra y en agentes de la liberación.  
• Moisés, que se ha habituado a la rutina de cada día. Pero está preparado para escuchar la voz de Dios que, de pronto, le habla en el escenario del pastoreo. Es preciso ver lo admirable y asombroso de la intervención de Dios en la peripecia de lo acostumbrado. 
• El pueblo de Israel, que ya se ha habituado a la esclavitud. Pero Dios “ha visto” la opresión que sufre su pueblo. Él toma la iniciativa. La fe en Dios nos rescata de la esclavitd. También a nosotros Dios nos ofrece la libertad y nos restituye la dignidad perdida.

LA TORRE

En el tercer domingo de cuaresma se nos recuerdan dos hechos que debieron de llegar a los oídos de Jesús: una horrible matanza de peregrinos decidida por Pilato y el derrumbe de la torre de Siloé que aplastó a algunos obreros (Lc 13, 1-9). ¿Qué pensar de ello?
• A Moisés Dios le habló en la rutina de las tareas diarias del pastoreo. El evangelio nos dice que Dios nos habla también a través de los acontecimientos que a veces nos sobresaltan y que siempre nos plantean las grandes cuestiones sobre el bien y el mal.
• A la vista de aquellas desgracias, muchos se preguntaban qué mal habían cometido las víctimas. Según Jesús, la desgracia no siempre responde al pecado. Si así fuera, también merecerían la muerte algunos de sus oyentes, que sin duda eran pecadores.   
•  Así pues, más que hacerse preguntas teóricas sobre la naturaleza y las causas del mal, hay que adoptar una decisión práctica. Es urgente aprovechar el momento presente para abrir el corazón a la conversión.

 LA HIGUERA

Pero en el relato evangélico que hoy se proclama se incluye, además, una breve parábola: la de la higuera que ha dejado de dar frutos. ¿Qué hacer ante ello? El texto incluye un breve diálogo entre el dueño de la viña y el viñador encargado de cultivarla.
 •  “Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?”. Esa parece ser la decision del dueño de la viña en la que está plantada la higuera. Es una severa advertencia a esa esterilidad nuestra que ya se ha vuelto crónica. No podemos resignarnos. El papa Francisco ha dicho hace poco que la misericordia de Dios es muy grande, pero su justicia es perfecta.
• “Señor, déjala todavía este año”. Junto a la tentación de la acedia podemos caer también en la del pesimismo. La sugerencia del viñador nos exhorta a redoblar el esfuerzo y el trabajo. A mantener la esperanza y la paciencia. A interceder cada día por nuestros hermanos. Y, por último, a dejar el juicio y la última decisión al Señor, que es el único dueño de la viña.