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MAGNIFICA HUMANITAS / "La magnifica humanidad" - León XIV Infografías resumen y texto completo

La primera carta encíclica del Papa León XIV, titulada Magnifica humanitas («Magnífica humanidad»), ha sido publicada hoy oficialmente por el Vaticano. El documento aborda d «la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial», estableciendo la postura ética y moral de la Iglesia ante la actual revolución tecnológica. La encíclica fue firmada el pasado 15 de mayo, en conmemoración del 135º aniversario de la histórica encíclica social Rerum novarum de León XIII (1891).

El texto consta de una introducción, cinco capítulos y una conclusión y los ejes principales de su mensaje son:

- Prioridad de la dignidad humana: El texto advierte contra el riesgo de crear una «Babel tecnológica», insistiendo en que las herramientas digitales y los algoritmos deben estar siempre al servicio de las personas y no al revés.

- Riesgos del poder tecnocrático: Alerta sobre un desarrollo tecnológico desmedido y sin límites éticos que pueda ser utilizado para beneficiar solo el poder de unos pocos, marginar a los más vulnerables o deshumanizar las relaciones sociales.

- Gobernanza y responsabilidad: Exige marcos de transparencia, regulación internacional y un diálogo abierto entre la teología, las ciencias humanas y los líderes de la industria tecnológica.

- Paz, trabajo y justicia social: Vincula el impacto de la IA con el futuro del empleo digno, la automatización militar (armas autónomas) y la necesidad de proteger a los menores de edad en el ecosistema digital.

Infografías que resumen su contenido:








Discurso León XIV a los participantes en el Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica (CEI)

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡La paz esté con vosotros!


Queridos hermanos obispos,

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Os saludo con afecto y os agradezco vuestra presencia y el valioso servicio que prestáis en la escuela. Vuestra labor es exigente, a menudo silenciosa y discreta, y sin embargo muy importante para el crecimiento de tantos niños, adolescentes y jóvenes. La dimensión religiosa, de hecho, «es un elemento constitutivo de la experiencia humana y no puede ser marginada en el proceso formativo de las nuevas generaciones» (CEI, Nota past. La enseñanza de la religión católica: laboratorio de cultura y diálogo, 11 de diciembre de 2025).

San Agustín escribía: «El hombre, una partícula de tu creación, quiere alabarte [, oh Dios]. Tú eres quien le estimula a deleitarse en tus alabanzas, porque nos has hecho para ti, y nuestro corazón no tiene descanso hasta que descansa en ti […]. Que te busque, Señor, invocándote, y te invoque creyendo en ti» (Confesiones, 1.1). Él hablaba de una búsqueda interior a la que siempre han estado ligadas, en el ser humano, las grandes preguntas de la vida, la relación con Dios, con la creación y con los demás, por lo que la sed de infinito, inherente a cada persona, puede convertirse en energía para promover la paz, para renovar la sociedad y para colmar sus contradicciones.

En este contexto, vuestro servicio, expresión del cuidado de la Iglesia por las nuevas generaciones, es como un trampolín desde el que los niños y los jóvenes pueden aprender a lanzarse a la fascinante aventura del diálogo interior, y en esto constituye un elemento indispensable de esa alianza educativa de la que hoy tanto se necesita.

Y no solo eso. La enseñanza de la religión católica es una asignatura de gran valor cultural, útil para comprender las dinámicas históricas y sociales, así como las expresiones del pensamiento, el ingenio y las artes que han dado forma y siguen moldeando el rostro de Italia, de Europa y de tantos países del mundo.

Todo ello forma parte de vuestras clases, a la luz de la enseñanza siempre actual de la Iglesia, en diálogo con otros campos del saber y de la investigación religiosa, y sobre todo en el estudio de las inagotables páginas de la Biblia, a través de las cuales conocemos a Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, revelación del rostro del Padre y modelo perfecto de humanidad. Así hacéis accesible a las nuevas generaciones, en pleno respeto de la libertad de cada uno, lo que de otro modo podría permanecer incomprensible y vago, mostrando cómo la verdadera laicidad no excluye lo religioso, sino que, por el contrario, sabe atesorarlo como recurso educativo. Esto forma parte, por lo demás, de una actitud más amplia, imprescindible para todo diálogo, tanto en la escuela como en la sociedad: conocer y amar lo que uno es, para saber encontrarse con el otro con respeto y apertura.

A la luz de esto, me gustaría compartir con vosotros algunas reflexiones que me interesan especialmente.

Como título para vuestro tercer Encuentro Nacional habéis elegido la expresión «El corazón habla al corazón» (Cor ad cor loquitur), inspirándoos en el lema de San John Henry Newman, Doctor de la Iglesia y copatrón del mundo educativo. Estas palabras encierran la propuesta de un camino en el que la verdad es la meta y la relación personal el camino para alcanzarla. Os comprometen, a través de la enseñanza, a ayudar a los jóvenes a reconocer una voz que, en realidad, ya resuena en ellos, a no enterrarla ni a confundirla con los ruidos que los rodean. En una época en la que vivimos constantemente asediados por estímulos de todo tipo, silenciar esa voz es muy fácil. Por eso, educar para escucharla o para reencontrarla es uno de los mayores regalos que se pueden hacer a las nuevas generaciones. El hombre no puede vivir sin verdad y sin significados auténticos, y los jóvenes, aunque a veces parezcan apáticos o insensibles, tras una fachada de aparente indiferencia, en realidad suelen ocultar la inquietud y el sufrimiento de quien «siente demasiado» y de manera demasiado intensa, sin lograr poner nombre a lo que experimenta.

Educar, por lo tanto, significa formar a las personas para que escuchen al corazón y, con ello, para la libertad interior y la capacidad de pensamiento crítico, según dinámicas en las que la fe y la razón no se ignoran, ni mucho menos se oponen, sino que son compañeras de viaje en la búsqueda humilde y sincera de la verdad. Por eso, educar requiere la paciencia de sembrar sin pretender resultados inmediatos respetando los tiempos de crecimiento de la persona. Y, sobre todo —como nos enseña Newman—, requiere amor.

Queridos amigos, la verdad pasa a través de las personas, y para vuestros alumnos esas personas sois también vosotros, llamados a convertiros en maestros creíbles porque estáis enamorados de Dios y de ellos, a transmitir valores, sin protagonismo ni moralismos, a ofrecer miradas que animan y a ser testigos de esa coherencia humilde y cercana que hace que incluso los contenidos más exigentes resulten entrañables y deseables. Vuestros alumnos no necesitan respuestas prefabricadas, sino cercanía y honestidad por parte de adultos que los acompañen con autoridad y responsabilidad, mientras se enfrentan a las grandes preguntas de la vida. Recordarán los ojos y las palabras de quienes supieron reconocer en ellos un don único, de quienes los tomaron en serio, de quienes no tuvieron miedo de compartir con ellos un tramo del camino, mostrándose a su vez como hombres y mujeres que buscan, piensan, viven y creen. Todo ello, naturalmente, sin restar importancia a la necesidad de una sólida competencia, animada por la pasión por el estudio, el rigor cultural y la preparación didáctica, porque la enseñanza de la religión católica exige también actualización, capacidad de planificación y el uso de un lenguaje adecuado.

La escuela de hoy —en Italia, pero no solo allí— se enfrenta a retos dramáticos y, al mismo tiempo, estimulantes. Por eso, la Iglesia, que camina con vosotros, os envía a ella como «servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, incansables buscadores de la sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza» (Carta apostólica «Trazar nuevos mapas de esperanza», 11.3).

Os doy las gracias y os animo a perseverar en este compromiso, al tiempo que os encomiendo a la intercesión de la Virgen María y de los santos y santas educadores. Os tengo presentes en la oración y os imparto de corazón la bendición apostólica, que extiendo a vuestras familias, a vuestros alumnos y a todos vuestros seres queridos. ¡Gracias!

 Sala Pablo VI. Sábado, 25 de abril de 2026

DISCURSO DEL SANTO PADRE LEÓN XIV A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO NACIONAL DE PROFESORES DE RELIGIÓN CATÓLICA, ORGANIZADO POR LA CONFERENCIA EPISCOPAL ITALIANA

Fuente: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/it/speeches/2026/april/documents/20260425-insegnanti-religionecattolica.html

Mensaje cuaresmal 2026 por el Papa León XIV


La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
 
Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que «la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». [1]

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento. Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos». [2]

El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios». [3] En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que « sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana». [4]

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.  

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real. En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Enseñanza actual y retos por ello Papa León XIV

¿Cuáles son, en el mundo juvenil de nuestros días, los retos más urgentes que hay que afrontar? ¿Qué valores hay que promover? ¿Con qué recursos se puede contar?

Los jóvenes de nuestro tiempo, como los de todas las épocas, son volcanes de vida, de energía, de sentimientos, de ideas. Lo vemos en las cosas maravillosas que saben hacer en tantos campos. Pero también necesitan ayuda para hacer crecer en armonía tanta riqueza y para superar lo que, aunque de manera diferente al pasado, todavía puede impedir su sano desarrollo.

Si, por ejemplo, en el siglo XVII el uso de la lengua latina era para muchos una barrera comunicativa insuperable, hoy hay otros obstáculos que afrontar. Pensemos en el aislamiento que provocan los modelos relacionales cada vez más extendidos, basados en la superficialidad, el individualismo y la inestabilidad afectiva; en la difusión de esquemas de pensamiento debilitados por el relativismo; en el predominio de ritmos y estilos de vida en los que no hay suficiente espacio para la escucha, la reflexión y el diálogo, en la escuela, en la familia, a veces entre los propios compañeros, con la soledad que ello conlleva.

Se trata de retos exigentes, de los que, sin embargo, también nosotros, como San Juan Bautista de La Salle, podemos hacer trampolines para explorar caminos, elaborar instrumentos y adoptar lenguajes nuevos, con los que seguir tocando el corazón de los alumnos, animándolos y estimulándolos a afrontar con valentía todos los obstáculos para dar lo mejor de sí mismos en la vida, según los designios de Dios. En este sentido, es loable la atención que prestan en sus escuelas a la formación de los docentes y a la creación de comunidades educativas en las que el esfuerzo didáctico se enriquece con la aportación de todos. Los animo a continuar por este camino.

Pero antes de concluir, quisiera mencionar otro aspecto de la realidad lasaliana que considero importante: la docencia vivida como ministerio y misión, como consagración en la Iglesia. San Juan Bautista de La Salle no quería que entre los maestros de las Escuelas Cristianas hubiera sacerdotes, sino solo «hermanos», para que todos sus esfuerzos se dirigieran, con la ayuda de Dios, a la educación de los alumnos. Le gustaba decir: «Su altar es la cátedra», promoviendo así en la Iglesia de su tiempo una realidad hasta entonces desconocida: la de los maestros y catequistas laicos investidos, en la comunidad, de un verdadero «ministerio», según el principio de evangelizar educando y educar evangelizando.

Extracto del Discurso del Santo Padre León XIV a los hermanos de las Escuelas cristianas -de La Salle (15-5-2025)


Escudo papal de León XIV


 

Breve línea temporal de León XIV


 

Escudo de armas del Papa León XIV y su simbología







Los elementos básicos de su escudo papal de León XIV son los mismos del escudo episcopal que tenía desde que le nombraron obispo y en el que mantiene también el lema, 'In Illo Uno Unum'.

 El único -y obligado- cambio ha sido la sustitución del capelo y los cinco nudos cardenalicios por las insignias papales, las llaves de San Pedro y la mitra con los colores vaticanos, plata y oro (que se asocian precisamente a las llaves de San Pedro). 

El escudo papal de León XIV está dividido en dos sectores, cada uno con un simbolismo.

En el lado izquierdo, sobre campo de azur, hay una flor de lis, asociada con la Virgen María, y que destaca la vocación mariana del Pontífice.

En el lado derecho, sobre campo de plata, se muestran símbolos muy enraizados en la heráldica agustina, orden a la que pertenece el nuevo Papa. En el origen del emblema están dos textos de las Confesiones de san Agustín, uno del libro noveno –“Habías asaetado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras clavadas en nuestras entrañas” (Conf. 9,2,3)– y otro del libro décimo –“Heriste mi corazón con tu palabra y comencé a amarte” (Conf. 10,6,8)–. Ambas afirmaciones se enmarcan en las reflexiones del santo sobre su propia conversión. De los cuatro elementos de este campo –corazón, flecha, libro y llamas–, solo dos son mencionados de forma explícita: el corazón y la flecha.  El libro y las llamas, se sobreentienden bajo los términos “palabra” y “caridad” respectivamente. Todos los elementos son simbólicos: el corazón simboliza la interioridad del hombre; la flecha, la palabra de Dios; el libro, la Escritura; las llamas, el amor de Dios. Del libro –la Escritura– sale la flecha –la palabra de Dios– ardiendo – con el fuego del amor de Dios– que hace arder el corazón de Agustín –con el mismo amor de Dios–.

La interpretación del emblema agustiniano resulta diáfana. La primera constatación es que asume lo específico del hombre: unir inteligencia y voluntad. Compagina verdad y amor, pero no cualquier verdad sino la verdad salvífica contenida en la Escritura, ni cualquier amor, sino el amor suscitado por la misma verdad salvífica. Verdad primero sobre Dios, que luego ilumina al hombre; amor cuya fuente es Dios, que luego invade al hombre. El emblema aúna, pues, luz y calor, ambos procedentes del venero de la Escritura; luz que ilumina la interioridad humana, el espacio personal donde él descubre toda su “historia”: pasado, presente y futuro; calor que, en este contexto, engendra siempre vida y nunca corrupción. Luz y calor unificados en las llamas que se elevan de la interioridad más profunda, en el fuego que se enciende en el brasero del Espíritu divino y funde al hombre en unidad diversificada con Quien le supera a él, con quienes son iguales a él. La luz –la verdad– acaba en calor –produce amor–; el calor –el amor– manifiesta la luz –revela la verdad–. La madre –la verdad– engendra al hijo –el amor–; el hijo –el amor– revela a la madre –la verdad–. Del conocimiento surge el amor; el amor ansía un conocimiento más seguro que, a su vez, producirá un amor más intenso, que anhelará un conocimiento aún más profundo, que impulsará un amor todavía más encendido, en un proceso que no conoce término. San Agustín había dicho: “no se accede a la caridad sino por la verdad” .

Es obvio que, si una flecha atraviesa el corazón de una persona, la sangre salta a borbotones. Pero no sucede así cuando una flecha incendiaria toca el corazón humano. En este caso la herida que produce es una quemadura, la quemadura del amor, en la imagen agustiniana. La flecha incendiaria hiere porque quema. En la representación simbólica de la idea del santo no hay lugar para gotas de sangre.

Representar solo el corazón significa faltar por defecto y empobrecer  la imagen. La razón es que queda sin indicar la fuente del amor y, consiguientemente, su naturaleza, datos aquí esenciales. San Agustín no  consideraba necesario invitar al amor, porque partía de que no hay nadie que no ame; de hecho, dado que el amor es principio de toda actividad, una persona que no ame algo o a nadie, morirá de inmediato por simple inacción. Lo que él pedía a sus fieles era que jerarquizasen su amor. Una distinción básica establecida por el santo al respecto es el amor como cupiditas y el amor como caritas. En el primer caso, el amor surge de la necesidad y se expresa como deseo; en el segundo, surge de una plenitud y se expresa como donación que no conoce necesidad alguna porque la plenitud es única. El amor como caritas proviene de Dios, lo impregna todo de Dios, y conduce a Dios. Este último es el amor con que Agustín comenzó a amar a Dios y al que se refiere el emblema de la Orden. Ahora bien, si solo se representa el corazón en llamas, se sabe que está ardiendo, pero no qué amor le hace arder.  En cambio, al representar también el libro se está indicando que el amor simbolizado en las llamas es el amor divino del que es acabada expresión la historia de salvación que relata la Escritura. La flecha es solo el medio que traslada el  fuego –el amor– de la Escritura –sin él no se entiende ella– al corazón humano. Únicamente el amor como caritas es capaz de sostener la unidad de almas y corazones hacia Dios de que habla en la Regla.

El libro no hace referencia al simple saber profano sino al saber último que da razón de todo otro saber: el saber sobre Dios y, desde él, sobre el hombre y el resto de la creación; se ha indicado también que el corazón en llamas no hace referencia a cualquier amor, por legítimo que pueda ser, sino al amor último, el que es fuente de todo otro amor lícito, el amor que, partiendo de Dios y tocando todo, conduce a Dios.

León XIV ha mantenido en su escudo la mitra, con la que Benedicto XVI sustituyó la habitual tiara que usaron durante siglos sus antecesores. El empleo de la mitra plateada con tres franjas doradas, representando los tres poderes del Papa (enseñar, santificar y gobernar) se interpretó como un gesto de humildad y una adaptación a los tiempos modernos, alejándose de la imagen monárquica asociada con la tiara. El Papa Francisco la mantuvo y ahora también León XIV.

El lema 'In Illo Uno Unum' ('En Aquel que es Uno, somos uno'), está tomado de un comentario de San Agustín al Salmo 127 y resume su mensaje de unidad en Dios, uno de los primeros conceptos que León XIV destacó en su primer mensaje al mundo.














Escudo cardenalicio versus escudo papal

 

León XIV. Otro pastor del pueblo



 

Primer discurso del Papa León XIV desde la logia de la basílica de S. Pedro

 ¡La paz esté con todos ustedes! Queridísimos hermanos y hermanas, este es el primer saludo de Cristo Resucitado, el buen pastor que dio la vida por el rebaño de Dios. También yo quisiera que este saludo de paz entrara en su corazón, alcanzara a sus familias, a todas las personas, dondequiera que estén, a todos los pueblos, a toda la tierra. ¡La paz esté con ustedes!

Esta es la paz de Cristo Resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente. Aún conservamos en nuestros oídos esa voz débil pero siempre valiente del Papa Francisco que bendecía a Roma. ¡El Papa que bendecía a Roma daba su bendición al mundo, al mundo entero, aquella mañana del día de Pascua! Permítanme dar continuidad a esa misma bendición: ¡Dios nos quiere, Dios los ama a todos, y el mal no prevalecerá! ¡Estamos todos en las manos de Dios! Por lo tanto, sin miedo, unidos de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo va delante de nosotros. El mundo necesita su luz. La humanidad necesita de Él como el puente para ser alcanzada por Dios y su amor. Ayúdennos también ustedes, luego los unos a los otros, a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz. ¡Gracias al Papa Francisco!

Quiero agradecer también a todos los hermanos cardenales que me han elegido para ser Sucesor de Pedro y caminar junto a ustedes, como una Iglesia unida, buscando siempre la paz, la justicia, tratando siempre de trabajar como hombres y mujeres fieles a Jesucristo, sin miedo, para proclamar el Evangelio, para ser misioneros. Soy hijo de San Agustín, agustino, que dijo: “Con ustedes soy cristiano y para ustedes obispo.” En este sentido, todos podemos caminar juntos hacia esa patria que Dios nos ha preparado.

¡A la Iglesia de Roma, un saludo especial! [aplausos]

Debemos buscar juntos cómo ser una Iglesia misionera, una Iglesia que construye puentes, el diálogo, siempre abierta a acoger como esta plaza con los brazos abiertos. Todos, todos los que necesitan nuestra caridad, nuestra presencia, el diálogo y el amor.

(PARTE EN ESPAÑOL) Y si me permiten también, una palabra, un saludo a todos aquellos y en modo particular a mi querida diócesis de Chiclayo, en el Perú, donde un pueblo fiel ha acompañado a su obispo, ha compartido su fe y ha dado tanto, tanto para seguir siendo Iglesia fiel de Jesucristo (FIN DE LA PARTE EN ESPAÑOL).

A todos ustedes, hermanos y hermanas de Roma, de Italia, de todo el mundo, queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca siempre la caridad, que busca siempre estar cerca especialmente de quienes sufren.

Hoy es el día de la Súplica a la Virgen de Pompeya. Nuestra Madre María quiere siempre caminar con nosotros, estar cerca, ayudarnos con su intercesión y su amor.

Entonces, quisiera rezar con ustedes. Recemos juntos por esta nueva misión, por toda la Iglesia, por la paz en el mundo, y pidamos esta gracia especial a María, nuestra Madre.

¡¡¡Habemus papam!!! Robert Francis Prevost, León XIV


Primer Papa agustino, es el segundo Pontífice americano, después de Francisco, pero a diferencia de Bergoglio, el estadounidense Robert Francis Prevost, de 69 años, es originario del norte del continente. De hecho, el nuevo obispo de Roma nace el 14 de septiembre de 1955 en Chicago (Illinois), hijo de Louis Marius Prevost, de ascendencia francesa e italiana, y de Mildred Martínez, de ascendencia española. Tiene dos hermanos, Louis Martín y John Joseph.

Pasa su infancia y adolescencia con su familia y estuda primero en el Seminario Menor de los Padres Agustinos y después en la Universidad de Villanova, Pennsylvania, donde se licenca en Matemáticas y estudia Filosofía en 1977. El 1 de septiembre de ese mismo año ingresa en el noviciado de la Orden de San Agustín (OSA) de St. Louis, en la provincia de Nuestra Señora del Buen Consejo de Chicago, e hace su primera profesión el 2 de septiembre de 1978. El 29 de agosto de 1981 emite los votos solemnes.


Recibe su formación en la Catholic Theological Union de Chicago, licenciándose en Teología. Y a los 27 años es enviado por sus superiores a Roma para estudiar Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino (Angelicum). En la Urbe es ordenado sacerdote el 19 de junio de 1982 en el Colegio Agustiniano de Santa Mónica por monseñor Jean Jadot, pro-presidente del Pontificio Consejo para los No Cristianos, hoy Dicasterio para el Diálogo Interreligioso.

Prevost es originario del norte del continente. De hecho, el nuevo Obispo de Roma nació el 14 de septiembre de 1955 en Chicago, Illinois, hijo de Louis Marius Prevost, de Prevost se licenca en 1984 y al año siguiente, mientras prepara su tesis doctoral, es enviado a la misión agustiniana de Chulucanas, Piura, Perú (1985-1986). Es en 1987 cuando discute su tesis doctoral sobre «El papel del Prior Local de la Orden de San Agustín» y es nombrado Director de Vocaciones y Director de Misiones de la Provincia Agustiniana «Madre del Buen Consejo» en Olympia Fields, Illinois (USA).


Al año siguiente se incorporó a la misión de Trujillo, también en Perú, como director del proyecto de formación común para los aspirantes agustinos de los vicariatos de Chulucanas, Iquitos y Apurímac.

En el espacio de once años desempeña los cargos de prior de la comunidad (1988-1992), director de formación (1988-1998) y profesor de profesos (1992-1998) y, en la archidiócesis de Trujillo, de vicario judicial (1989-1998) y profesor de Derecho Canónico, Patrística y Moral en el Seminario Mayor «San Carlos y San Marcelo». Paralelamente, se le confia la atención pastoral de Nuestra Señora Madre de la Iglesia, más tarde parroquia con el título de Santa Rita (1988-1999), en la periferia pobre de la ciudad, y fue administrador parroquial de Nuestra Señora de Monserrat de 1992 a 1999.

En 1999 es elegido Prior Provincial de la Provincia Agustiniana 'Madre del Buen Consejo' de Chicago, y dos años y medio después, en el Capítulo General Ordinario de la Orden de San Agustín, sus hermanos le eligieron Prior General, confirmándole en 2007 para un segundo mandato.

En octubre de 2013 regresa a su provincia agustiniana, en Chicago, y fue director de Formación del Convento de San Agustín, primer consejero y vicario provincial; cargos que desempeñó hasta que el Papa Francisco lo nombra, el 3 de noviembre de 2014, administrador apostólico de la diócesis peruana de Chiclayo, elevándolo a la dignidad episcopal como obispo titular de Sufar. Ingresó en la diócesis el 7 de noviembre, en presencia del nuncio apostólico James Patrick Green, quien le ordena obispo poco más de un mes después, el 12 de diciembre, festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, en la catedral de Santa María.

Su lema episcopal es «In Illo uno unum», palabras que San Agustín pronuncia en un sermón, la Exposición sobre el Salmo 127, para explicar que «aunque los cristianos somos muchos, en el único Cristo somos uno».

El 26 de septiembre de 2015 fue nombrado obispo de Chiclayo por el Pontífice argentino y en marzo de 2018 fue elegido vicepresidente segundo de la Conferencia Episcopal Peruana, dentro de la cual también es miembro del Consejo Económico y presidente de la Comisión de Cultura y Educación.

En 2019 por Francisco, se cuenta entre los miembros de la Congregación para el Clero el 13 de julio de 2019 y al año siguiente, entre los de la Congregación para los Obispos (21 de noviembre).

Mientras tanto, el 15 de abril de 2020, llega el nombramiento papal también como administrador apostólico de la diócesis peruana de Callao.

El 30 de enero de 2023, el Papa lo llama a Roma como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, promoviéndolo a arzobispo. Y en el Consistorio del 30 de septiembre del mismo año lo creó y nombró cardenal, asignándole el diaconado de Santa Mónica. Prevost tomó posesión el 28 de enero de 2024 y, al frente del dicasterio, participó en los últimos viajes apostólicos del Papa Francisco y en la primera y segunda sesiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Sinodalidad, celebradas en Roma del 4 al 29 de octubre de 2023 y del 2 al 27 de octubre de 2024, respectivamente.Una experiencia en asambleas sinodales ya adquirida en el pasado como prior de los agustinos y representante de la Unión de Superiores Generales (UGS).


Mientras tanto, el 4 de octubre de 2023, Francisco se cuenta entre los miembros de los Dicasterios para la Evangelización, Sección para la Primera Evangelización y las Nuevas Iglesias Particulares; para la Doctrina de la Fe; para las Iglesias Orientales; para el Clero; para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica; para la Cultura y la Educación; para los Textos Legislativos; de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad del Vaticano.

Finalmente, el 6 de febrero de este año, fue promovido al orden de los obispos por el Pontífice argentino, obteniendo el título de la Iglesia Suburbicaria de Albano.

Durante la última hospitalización de su predecesor en la policlínica «Gemelli», Prevost presidió el rosario por la salud de Francisco el 3 de marzo en la plaza De San Pedro.

Fuente: VaticansNews