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S. Nicolás de Bari (6 diciembre) o conocido también como Santa Claus/Papá Noél
San Juan Evangelista (27 de diciembre). 3 obras de arte
La elección del apóstol como santo de devoción se inscribe en un fenómeno devocional con especial repercusión en la Sevilla barroca. A principios del siglo XVII, relacionado con el especial culto a la Inmaculada fomentado por la Contrarreforma, se impuso la costumbre de asentar en las iglesias conventuales dos retablos, uno frente al otro, dedicados a los Santos Juanes. Junto al simbolismo de la Virgen como intercesora, se venía a sumar el simbolismo de dos vías para ganar la santidad: San Juan Bautista como personificación de la predicación y San Juan Evangelista como referente de la oración, en definitiva, como alegorías de la vida activa y contemplativa respectivamente.
En este talla en madera policromada de Juan Juan Martínez Montañés (1568-1649) realizada hacia 1638, procede del convento de Santa María de la Pasión de Sevilla, se puede admirar en el Museo Nacional de Escultura, en Valladolid. El santo está presentado en su condición de Evangelista. Destaca la profundización en los detalles anatómicos, la forma pormenorizada de trabajar los cabellos, con el característico mechón abultado sobre la frente, y la estudiada disposición de la indumentaria. Es acompañado por el águila que tradicionalmente constituye su atributo desde las representaciones medievales iconográficas del tetramorfos. El origen de este simbolismo se encuentra en que el Evangelio de San Juan, el único no sinóptico, es el más conceptual y teológico de los cuatro, elevándose sobre los demás en forma de un animal volador.
(Fuentes: Domus Pucelae)
Alonso Cano (Granada, 1601-1667) debió pintar este óleo sobre lienzo (132x100 cms.) hacia 1650, justo antes de volver a Granada. Representa el momento en que el evangelista Juan, que se había exiliado en la isla de Patmos donde escribe el Apocalipsis, tiene la visión que narra en el propio libro: "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, la luna bajo los pies y en la cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba de dolor en el trance del parto, apareció otra señal en el cielo: un dragón rojo enorme, con siete cabezas y diez cuernos y siete turbantes en las cabezas. Con la cola arrastraba un tercio de los astros del cielo y los arrojaba a la tierra.
Se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Granada
Diego de Velázquez pinta este óleo sobre lienzo de estilo barroco (135,5x102,2 cm) hacia 1618. Se halla expuesto en la National Gallery de Londres. Aparece sentado, con el libro en el que escribe el contenido de la revelación sobre las rodillas. Al pie otros dos libros cerrados aluden probablemente al evangelio y a las tres epístolas que escribió. Arriba y a la izquierda aparece el contenido de la visión que tiene suspendido al santo, tomado del Apocalipsis (12, 1-4) e interpretado como figura de la Inmaculada Concepción, cuya controvertida definición dogmática tenía en Sevilla ardientes defensores: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza (...) Otra señal apareció en el cielo: un dragón color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos (...) se puso delante de
la mujer en trance de dar a luz». La luz es también la propia de las corrientes naturalistas. Procedente de un punto focal situado fuera del cuadro se refleja intensamente en las ropas blancas y destaca con fuertes sombras las facciones duras del joven apóstol. En semipenumbra queda el águila, cuya presencia apenas se llega a advertir gracias a la mayor iluminación de una pezuña y a algunas pinceladas blancas que reflejan la luz en la cabeza y el pico, mimetizado el plumaje con el fondo terroso del paisaje. A la derecha del tronco del árbol, el celaje se enturbia con pinceladas casuales, como acostumbró a hacer Velázquez, destinadas a limpiar el pincel. El controlado estudio de la luz en la figura de San Juan, y el rudo aspecto de su figura, hace por otra parte que resalte más el carácter sobrenatural de la visión, envuelta en un aura de luz difusa.
San Esteban, diácono y mártir (26 de diciembre) en el arte
Este óleo sobre tabla (160 x 123 cm) del Martirio de San Esteban es obra de Juan de Juanes, hacia 1555-1562. Se encuentra expuesto en la Sala 051 del Museo del Prado. Formaba parte del Retablo de San Esteban de la iglesia de San Esteban de Valencia, junto a otras escenas de la vida del santo y La Última Cena. De acuerdo con los Hechos de los Apóstoles, san Esteban fue condenado a la lapidación tras enfurecer a los sacerdotes judíos del sanedrín. Mientras el santo, vestido con ropa de diácono, se encomienda a Dios, los expresivos sayones le lapidan con ira. Al fondo aparece Saulo, el futuro san Pablo, contemplando la escena enmarcada en un característico paisaje salpicado de ruinas clásicas, obeliscos y pirámides, según los modelos de Rafael que se repiten en casi toda la obra de Juan de Juanes.
Otra muestra más del martirio del santo está en la fachada plateresca de su convento en Salamanca firmada por el milanés Juan Antonio Ceroni en 1610
Una obra más es este busto relicario romanista del último tercio del siglo XVI de la Parroquia de San Esteban de Arguedas (Navarra) realizado por el escultor guipuzcoano Ambrosio de Bengoechea (discípulo de Juan de Anchieta) y su pintura, dorado y estofado de Juan de Lumbier en 1597. La talla del busto relicario acometida por Ambrosio de Bengoechea, destinado a albergar las santas reliquias de San Esteban, comprende la mitad superior del cuerpo, con la cabeza, torso hasta la cintura y brazos completos, si bien la peana que ejecutó para procesionar la imagen no ha llegado hasta nosotros. La caracterización física del personaje nos permite identificarlo claramente. La cabeza muestra el rostro de un hombre joven e imberbe y de formas volumétricas, dotado de una mirada frontal dirigida al infinito, pero llena de vida, cuya cabellera tallada en mechones muestra la tonsura propia de su grado clerical, a la que posteriormente se le ha añadido una corona en forma de halo. Aparece vestido con la dalmática de diácono, que el escultor reproduce con gran maestría, tallando en la parte posterior las borlas pendientes de cordones, que se añadieron desde el siglo XVI y que con menor tamaño se emplearon durante algún tiempo entre los siglos VIII-XII, y que asimismo podemos apreciar en la dalmática del San Esteban que El Greco pintó con maestría en el excepcional cuadro del Entierro del Conde de Orgaz para la iglesia de Santo Tomé de Toledo.
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