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El don del bautismo en el Espíritu Jn 1,29-34 (TOA2-26)

1. Este es un domingo de transición que, de alguna manera, se recrea un poco en el mensaje del domingo pasado, quizás para señalar con más fuerza la importancia de lo que significan los comienzos de la vida pública de Jesús. Es verdad que históricamente nos hubiera gustado saber día a día lo que Jesús pudo hacer y sentir desde su nacimiento. Pero esta es una batalla de curiosidad perdida; también el silencio y el misterio, desde Nazaret hasta que se decide a salir de su pueblo, debe maravillarnos como una posibilidad del proyecto de Dios en el que no ocurre nada extraordinario, porque lo extraordinario es que Dios aprende a ser hombre.

2.Tampoco el evangelio de Juan nos va a ofrecer demasiados datos; por el contrario, pone sobre la boca de Juan el Bautista unas afirmaciones que llaman la atención: “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Es posible que un cordero (gr. amnos) se atreva con el pecador del mundo? ¿Por qué lo saluda así Juan el Bautista? De todas formas no debemos pasar por alto que dice “cordero de Dios” (amnos tou theou). La opinión más extendida es que ya aquí se está apuntando a la Pascua, al cordero Pascual que se sacrificaba en el templo para rememorar la liberación de Egipto. Un condero frente al poder del mundo es demasiado, pero esa es la lucha que en la teología joánica se ha de poner de manifiesto: vida-muerte, amor-odio, luz-tinieblas son los contrastes con las cuales se expresa la misión de Jesús.

3. Este de hoy es uno de los textos de densidad cristológica inigualable. Su lectura se puede dividir en dos : vv. 29-31 y vv. 32-34. Sabemos que el evangelio de Juan no se anda por las ramas en lo que respecta a las afirmaciones cristológicas, de títulos, sobre Jesús. Por eso se ha dicho, con razón, que las afirmaciones del evangelio de Juan responden a una época bien tardía del Nuevo Testamento. Eso no significa que se haya desfigurado la base histórica del cristianismo primitivo; simplemente que se dan pasos muy avanzados. Efectivamente, sabemos que el evangelio de Juan tampoco es el resultado de una mano sola en su redacción o confección, sino de varias manos, de varias épocas, a la vez que se perciben polémicas y otras cosas semejantes. El texto de hoy es típico en este sentido.

4.El contraste entre Juan y Jesús es tan patente como si se describiera el amanecer y el mediodía, entre las sombras y la luz; entre el agua y el Espíritu. En el texto queda patente que Juan actuaba por medio del bautismo de agua para la conversión; de Jesús se quiere afirmar que trae el bautismo nuevo, radical, en el Espíritu, para la misma conversión y para la vida. Uno es algo ritual y externo; otro es interior y profundo: sin el Espíritu todo puede seguir igual, incluso la religión más acendrada. Esto es lo que el testo joánico de nuestro evangelista quiere subrayar. Y el hecho de que lo presente, al principio, como un “cordero” indica que su fuerza estará en la debilidad e incluso en la mansedumbre de un cordero (signo bíblico de la dulzura) dispuesto a ser “degollado”. En definitiva, el pecado absoluto del mundo, será vencido por el poder del Espíritu que trae Jesús. El bautismo de agua puede y tiene sentido, pero para significar el bautismo, el sumergirse, en el Espíritu de Dios que trae Jesús.

5. Probablemente se quiera combatir a algunos discípulos de Juan el Bautista que pertenecían a la comunidad joánica y necesitaban un testimonio de esta envergadura, porque todavía no habían comprendido verdaderamente el papel del Bautista como anunciador del verdadero Mesías. Juan, frente a Jesús, no tiene sino agua para purificar, pero eso es muy poca cosa para purificar corazones; así lo reconoce. Solamente el Espíritu que ha recibido y trae Jesús es capaz de lograr ese cambio de lo más íntimo de nuestro ser y de nuestra voluntad. Se quiere poner de manifiesto, pues, que Juan el Bautista pide a sus discípulos que desde ahora lo dejen a él y sigan al que se atreve a llamar (propio de la alta teología joánica) Hijo de Dios. Su papel está cumplido: saber ser amigo del esposo, como se dirá en otra ocasión.

El elegido por Dios Lc 3,15-16.21-22 (NAVC-Bautismo de Jesús)

“Mirad a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones”. Así comienza el primero de los cantos del Siervo del Señor que se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías (Is 42,1-4.6-7).  

Estos poemas podían referirse a un profeta, elegido por Dios, o bien a un grupo de justos o a todo el pueblo de Israel. Pero la comunidad cristiana reconoció en ellos la imagen de Jesús de Nazaret. Él era el elegido por Dios para anunciar a las gentes la misericordia divina y para promover en el mundo la justicia humana.

En esta fiesta del Bautismo de Jesús, con el salmo responsorial alabamos al Señor que bendice a su pueblo con la paz (Sal 28). Esa paz que ha traído Jesucristo, tras el bautismo de Juan, como reconoce Pedro en casa del centurión Cornelio (Hch 10,34-38).

EL ANUNCIO DEL PROFETA

En la primera parte del evangelio de hoy se dice que las gentes acudían con expectación a escuchar a Juan Bautista. Pero él no solo bautizaba sino que anunciaba la llegada de otro más fuerte que él. Juan ni siquiera se atrevía a compararse con el esclavo que ataba y desataba las correas de las sandalias de su amo  (Lc 3,15-16).

Juan bautizaba a sus oyentes con las aguas del Jordán. El rito evocaba la entrada del pueblo de Israel en la tierra prometida. Al mismo tiempo, significaba la purificación necesaria para preparar los caminos del Señor. No podía haber y nunca habrá verdadera conversión sin la purificación del pecado.

Además, según Juan, el que venía detrás de él bautizaría con Espíritu Santo y con fuego. Aquellas palabras no eran una simple alusión a los elementos naturales. Juan sabía bien que el Espíritu presidía la creación del mundo. Y recordaba a las gentes que el fuego representaba la presencia purificadora de Dios.    

LOS HIJOS DE DIOS

En la segunda parte se recuerda que en un bautizo general, también Jesús fue bautizado (Lc 3,21-22). El misterio del bautismo de Jesús es una profunda catequesis:

• “Mientras Jesús oraba, se abrió el cielo”. Es bien conocida la importancia que el evangelio de Lucas concede a la oración. Los cristianos vemos en Jesús al gran orante. Para él y para nosotros, la oración es el medio de acercarnos a Dios.

• “El Espíritu bajó sobre él como una paloma”. Tras el diluvio, Noé soltó una  paloma, que encontró tierra donde posarse y un ramo de olivo con el que regresó al arca. Jesús es la nueva tierra y la promesa de una nueva vida.

• Una voz del cielo proclama a Jesús como el Hijo amado de Dios. En él se revela a los hombres la paternidad de Dios. Jesús es nuestro Señor y nuestro hermano. Gracias al Elegido, también nosotros podemos reconocernos como hijos de Dios.

Ponerse en las manos de Dios Lc 3,15-16;21-22 (NAVC-Bautismo de Jesús)

1. La escena del Bautismo de Jesús, en los relatos evangélicos, viene a romper el silencio de Nazaret de varios años (se puede calcular en unos treinta). El silencio de Nazaret, sin embargo, es un silencio que se hace palabra, palabra profética y llena de vida, que nos llega en plenitud como anuncio de gracia y liberación. El Bautismo de Jesús se enmarca en el movimiento de Juan el Bautista que llamaba a su pueblo al Jordán (el río por el que el pueblo del Éxodo entró en la Tierra prometida) para comenzar, por la penitencia y el perdón de los pecados, una era nueva donde fuera posible volver a tener conciencia e identidad de pueblo de Dios. Jesús quiso participar en ese movimiento por solidaridad con la humanidad. Es verdad que los relatos evangélicos van a tener mucho cuidado de mostrar que ese acto del Bautismo va a servir para que se rompa el silencio de Nazaret y todo el pueblo pueda escuchar que él no es un pecador más que viene a hacer penitencia; Es el Hijo Eterno de Dios, que como hombre, pretende imprimir un rumbo nuevo en una era nueva. Pero no es la penitencia y los símbolos viejos los que cambian el horizonte de la historia y de la humanidad, sino el que dejemos que Dios sea verdaderamente el “señor” de nuestra vida.

2. Es eso lo que se quiere significar en esta escena del Bautismo del evangelio de Lucas, donde el Espíritu de Dios se promete a todos los que escuchan. Juan el Bautista tiene que deshacer falsas esperanzas del pueblo que le sigue. El no es el Mesías, sino el precursor del que trae un bautismo en el Espíritu: una presencia nueva de Dios. Lucas es el evangelista que cuida con más esmero los detalles de la humanidad de Jesús en este relato del bautismo en el Jordán, precisamente porque es el evangelista que ha sabido describir mejor que nadie todo aquello que se refiere a la Encarnación y a la Navidad.  No se duda en absoluto de la historicidad del bautismo de Jesús por parte de Juan, pero también es verdad que esto, salvo el valor histórico, no le trae nada a Jesús, porque es un bautismo de penitencia.

3. Jesús sale del agua y “hace oración”. En la Biblia, la oración es el modo de comunicación verdadera con Dios. Jesús, que es el Hijo de Dios, y así se va a revelar inmediatamente, hace oración como hombre, porque es la forma de expresar su necesidad humana y su solidaridad con los que le rodean. No se distancia de los pecadores, ni de los que tensan su vida en la búsqueda de la verdadera felicidad. Por eso mismo, a pesar de que se ha dicho muy frecuentemente que el bautismo es la manifestación de la divinidad de Jesús, en realidad, en todo su conjunto, es la manifestación de la verdadera humanidad del Hijo de Dios. Diríamos que para Lucas, con una segunda intención, el verdadero bautismo de Jesús no es el de Juan, donde no hay diálogo ni nada. Incluso el acto de “sumergirse” como acción penitencial en el agua del Jordán pasa a segundo término. Es la oración de Jesús la que logra poner esta escena a la altura de la teología cristiana que quiere Lucas.

4. El bautismo de Jesús, en Lucas, tiene unas resonancias más proféticas. Hace oración porque al salir del agua (esto se ha de tener muy en cuenta), y estando en oración, desciende el Espíritu sobre él. Porque es el Espíritu, como a los verdaderos profetas, el que cambia el rumbo de la vida de Jesús, no el bautismo de penitencia de Juan. Lucas no ha necesitado poner el diálogo entre Juan y Jesús, como en Mt 3,13-17, en que se muestra la sorpresa del Bautista. Las cosas ocurren más sencillamente en el texto de Lucas: porque el verdadero bautismo de Jesús es en el Espíritu para ser profeta del Reino de Dios; esta es su llamada, su unción y todo aquello que marca una diferencia con el mundo a superar del AT. Se ha señalado, con razón, y cualquiera lo puede leer en el texto, que la manifestación celeste del Espíritu Santo y la voz que “se oye” no están en relación con el bautismo, que ya ha ocurrido, sino con la plegaria que logra la revelación de la identidad de Jesús. El Hijo de Dios, como los profetas, por haber sido del pueblo y vivir en el pueblo, necesita el Espíritu como “bautismo” para ser profeta del Reino que ha de anunciar.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/9-1-2022/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/

Bautizado y Revelado Mc 1,7-11 (NAVB-21)

 “Mirad a mi siervo a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él, manifestará la justicia a las naciones… La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. Dios ha elegido a ese personaje, que ha recibido el Espíritu de Dios para dar la vista a los ciegos y liberar a los cautivos  (Is 42,1-4. 6-7).

Quebrar en público una caña y apagar la mecha de un cirio eran gestos que daban cuenta de la aplicación de una pena de muerte. Pero el elegido del Señor será mensajero de misericordia y de justicia. Con razón, el salmo responsorial nos invita a proclamar que “el Señor bendice a su pueblo con la paz” (Sal 28).

En el discurso que recoge el libro de los Hechos de los Apóstoles, Pedro recuerda que, después de que Juan predicara el bautismo, Jesús inició su misión en Galilea. Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, Jesús pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos, porque Dios estaba con él (Hech 10,34-38). 

LA BAJADA AL JORDÁN

El Jordán es un río, pero es también un mensaje. En el evangelio que se proclama en esta fiesta, La imagen del Jordán nos lleva a evocar algunos momentos importantes de la historia de Israel.

• Jesús se acercó al Jordán, como en otros tiempos había llegado Josué al frente del pueblo que le había sido encomendado. También Jesús había de introducir a su pueblo en la tierra de la verdadera libertad.

• Al Jordán y sus alrededores llegó Elías al recibir la  misión de defender la causa del mismo Dios y regresó para clausurar su camino y ser arrebatado a la gloria. En el Jordán se revelaba también la misión de Jesús.

• Jesús bajó al Jordán, como en otro tiempo había bajado el leproso Naamán. Pero Jesús no llegaba para curarse de una enfermedad sino para purificar las aguas que habían de limpiarnos de nuestras manchas.

 Así pues, el Bautismo es el momento de la revelación de Jesús y de la misión que le ha sido confiada en el mundo.

LA VISTA Y EL OÍDO

  El texto evangélico juega con los sentidos de la vista y el oído. Dos alusiones que nos llevan a recordar a otros dos personajes de la memoria de Israel.

Al salir de las aguas, Jesús ve rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar hacia él “como una paloma”. La paloma  que baja sobre él recuerda la otra paloma que indicó a Noé el fin del diluvio. Jesús es la tierra firme de la nueva humanidad. La tierra de la esperanza y de la vida.

Además, tras el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán, se puede escuchar una voz del cielo que lo reconoce como aquel misterioso Siervo del Señor en el que Dios decía complacerse  (Mc 1,11).  

• Como el Siervo del Señor, Jesús ha sido elegido por el mismo Dios y ha sido enviado como un profeta en el que Dios se complace. 

• Como el Siervo del Señor también Jesús habrá de afrontar el dolor y las torturas, sabiendo que salvará a sus hermanos.

El bautismo en el Espíritu Mc 1,7-11 (NAVB-21)

1. En las tradiciones cristianas primitivas, el evangelio del “Hijo de Dios” (como le llama Marcos (1,1), no comienza de improviso, sin cerrar el pasado, sin romper los silencios y las noches de espera y esperanza de un tiempo nuevo. Muchos creyeron que eso había llegado con Juan el Bautista. Y esto se conserva latente en el cristianismo antes de que comenzaran a ponerse en pie las identidades de la religión nueva: el cristianismo. Hoy no se discute que Juan el Bautista fue el precursor del Jesús, al menos en la interpretación fundamental. Había, pues, que separar y decir algo de cómo todo comenzó en Galilea. Pero Jesús, que conoció al Bautista, que incluso se interesó por su causa y su predicación, no se quedó con él… Por eso el texto muestra, por medio de la escena del bautismo, la diferencia entre un proyecto penitencial y el proyecto evangélico: el bautismo en el Espíritu de Dios.

2. El texto nos habla del testimonio de Juan el Bautista sobre Jesús, quien llevará a cabo su obra, no por un bautismo de agua (aunque sea un símbolo), sino por el bautismo en el Espíritu. Es una escena cristológica de las primeras comunidades cristianas que Marcos ha asumido como inauguración solemne del ministerio público de Jesús. Es la presentación profética, pero sencilla, del que ha de revelar a Dios, sus mandamientos, su proyecto de salvación y de gracia. Jesús vino al Jordán como hombre, pero al pasar por el Jordán, como el pueblo, quedó «constituido» en el profeta definitivo del Dios de la salvación. Por eso se ha dicho que este es un relato de “vocación” profética. La escena del Bautismo de Jesús, en los textos evangélicos, viene a romper el silencio de Nazaret de varios años (se puede calcular en unos treinta). El silencio de Nazaret, sin embargo, es un silencio que se hace palabra, palabra profética y llena de vida, que nos llega en plenitud como anuncio de gracia y liberación.

3. El Bautismo de Jesús se enmarca en el movimiento de Juan el Bautista que llamaba a su pueblo al Jordán (el río por el que el pueblo del Éxodo entró en la Tierra prometida) para comenzar, por la penitencia y el perdón de los pecados, una etapa nueva, decisiva más bien, donde fuera posible volver a tener conciencia e identidad de pueblo de Dios. Jesús quiso participar en ello por solidaridad con la humanidad. Es verdad que los relatos evangélicos van a tener mucho cuidado en mostrar que ese acto del bautismo va a servir para que se rompa el silencio de Nazaret y todo el pueblo pueda escuchar que Él no es un pecador más que viene a hacer penitencia. El es el Hijo Eterno de Dios que, como hombre, pretende imprimir un rumbo nuevo en una era nueva. Pero no es la penitencia y los símbolos viejos los que cambian el horizonte de la historia y de la humanidad, sino el que dejemos que Dios sea verdaderamente el «señor» de nuestra vida.

Fray Miguel de Burgos Núñez

Fuente: https://www.dominicos.org/predicacion/homilia/10-1-2021/comentario-biblico/miguel-de-burgos-nunez/