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El pan de una vida nueva, resucitada Jn 6,51-58 - Corpus Christi
1. El texto de Juan es una elaboración teológica y catequética del simbolismo del maná, el alimento divino de la tradición bíblica, que viene al final del discurso sobre el pan de vida. Algunos autores han llegado a defender que todo el discurso del c. 6 de Jn es más sapiencial (se entiende que habla de la Sabiduría) que eucarístico. Pero se ha impuesto en la tradición cristiana el sentido eucarístico, ya que Juan no nos ha trasmitido la institución de la eucaristía en la última cena del Señor.
2. Este discurso de la sinagoga de Cafarnaún es muy fuerte en todos los sentidos, como es muy fuerte y de muy altos vuelos toda la teología joánica sobre Jesús como Logos, como Hijo, como luz, como agua, como resurrección. Se trata de fórmulas de revelación que no podemos imaginar dichas por el Jesús histórico, pero que son muy acertada del Jesús que tiene una vida nueva. Desde esta cristología es como ha sido escrito y redactado el evangelio joánico.
3. El evangelio de Juan, con un atrevimiento que va más allá de lo que se puede permitir antropológicamente, habla de la carne y de la sangre. Ya sabemos que los hombres ni en la Eucaristía, ni en ningún momento, tomamos carne y sangre; son conceptos radicales para hablar de vida y de resurrección. Y esto acontece en la Eucaristía, en la que se da la misma persona que se entregó por nosotros en la cruz. Sabemos que su cuerpo y su sangre deben significar una realidad distinta, porque El es ya, por la resurrección, una persona nueva, que no está determinada por el cuerpo y por la sangre que nosotros todavía tenemos. Y es muy importe ese binomio que el evangelio de Juan expresa: la eucaristía-resurrección es de capital importancia para repensar lo que celebramos y lo que debemos vivir en este sacramento.
4. El evangelista entiende que comer la carne y beber la sangre (los dos elementos eucarísticos tradicionales) lleva a la vida eterna. Es lo que se puso de manifiesto en la tradición patrística sobre la “medicina de inmortalidad”, y lo que recoge Sto. Tomás en su antífona del “O sacrum convivium” como “prenda de la gloria futura”. Y es que la eucaristía debe ser para la comunidad y para los individuos un verdadero alimento de resurrección. Ahora se nos adelanta en el sacramento la vida del Señor resucitado, y se nos adentra a nosotros, peregrinos, en el misterio de nuestra vida después de la muerte.
5. Esta dimensión se realiza mediante el proceso espiritual de participar en el misterio del “verbo encarnado” que en el evangelio de Juan es de una trascendencia irrenunciable. No debe hacerse ni concebirse desde lo mágico, sino desde la verdadera fe, pues de lo contrario no tendría sentido. Por tanto, según el cuarto evangelio, el sacramento de la eucaristía pone al creyente en relación vital y personal con el verbo encarnado, que nos lleva a la vida eterna.
De la noche a la luz: Dios da vida en Jesús Juan 3,16-18 - Santísima Trinidad
1. El evangelio de esta fiesta se toma de Juan y nos propone uno de los elementos más altos de la teología joánica. En el diálogo que Jesús mantiene con Nicodemo, el rabino judío que vino de noche para hablar y dialogar a fondo con Jesús, se muestra, con rasgos insospechados, la razón de la encarnación, el que el “Verbo se hiciera carne” que resuena desde el aria del prólogo. Es lógico pensar que Jesús de Nazaret y Nicodemo no hablaran en estos mismos términos, sino en otros más simples y sencillos. Por tanto, es el evangelio de Juan (sus redactores) quien remonta el vuelo de la teología y lo expresa con fórmulas de fe inauditas.
2. La encarnación del Hijo se explica por el amor que Dios siempre ha tenido al mundo. Es la consecuencia de esa fidelidad de generación en generación con que se había expresado la revelación de Dios a Moisés en el Sinaí. Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo; quien cree en él experimenta la verdadera salvación. Podemos discutir mucho el origen de este texto en la redacción de la teología joánica, pero no podemos negar su verdadera inspiración teológica. Esta es una de las cumbres de la “revelación” de Dios en el NT. Dios no ha venido al mundo para condenar, o para juzgar, sino para “salvar”. Todo lo que no sea asumir eso como chispazo, es una distorsión teológica de los que no se fían de Dios o de los que le tienen un miedo desalmado.
3. La teología, pues, debe ser una verdadera terapia espiritual y psicológica para todas las personas que buscan a Dios… pero que huyen de él si Dios no se acerca, si no “se queda” a nuestro lado, si no es compasivo y misericordioso. Está en juego la misma libertad del ser humano –don de Dios, decimos-, para ser o no ser religiosos. Si aceptamos, pues, la teología del NT, en su diversidad, como fundamento de nuestra fe, esta lección del evangelio de Juan debe ser de verdadera “iluminación”. El diálogo entre Jesús y Nicodemo es propicio para inaugurar una búsqueda nueva en el judaísmo y en cualquier religión que merezca la pena. Incluso desde el cristianismo debemos repensar lo que este diálogo nos proporciona en la relación del hombre con Dios.
4. “Tener vida” es uno de los conceptos claves de la teología joánica. Sabemos que se refiere a la vida espiritual, lo más interior y profundo de ser humano. Es verdad que no se trata de una vida biológica, ni del quedarse en este mundo, aunque sea arrastrándonos. Y no sería “religioso” entenderlo de otra manera, ni de confiar en un ídolo poderoso que nos garantice nuestros caprichos de vida. Pero también la vida biológica-psicológica está contemplada en esta propuesta de la encarnación, en el Cur Deus homo? Sencillamente porque la “Trinidad”, más que un conglomerado sustancial y metafísico de esencia, personas o naturalezas, es un misterio insondable de dar vida, de amar sin medida, de liberar de angustias y “pesos” muertos… El Dios de la Biblia, el Dios trinitario -el Padre, el Hijo y el Espíritu-,nos ha dado la vida, para vivir con Él la vida verdadera, que nos ha revelado en Jesús y que nos ofrece por su Espíritu.
Envía tu Espíritu Jn 20,19-23 (PAA8-26) Pentecostés
De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de un viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hech 2,2). Se celebraba la fiesta de Pentecostés y los apóstoles estaban reunidos en Jerusalén. Tal vez se preguntaban cómo iniciar la misión que el Señor les había confiando.
De pronto, un trueno se deja “oír” por todos. Y a continuación, unas lenguas como de fuego se dejan “ver” sobre cada uno de ellos. Entran en juego los sentidos corporales.
Es la presencia del Espíritu de Dios. Es como una nueva creación. Una nueva manifestación de lo divino. Una elección y una misión. Habrán de dirigirse no solo al pueblo de Israel, sino también a todas las gentes, que los oirán en sus respectivas lenguas.
Con el salmo responsorial dirigimos al Padre la súplica que es obligada en el día de hoy: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de a tierra” (Sal 103).
San Pablo nos recuerda que “Nadie puede decir que Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. Vivamos unidos, porque “todos hemos bebido de un solo Espíritu (1 Cor 12,3.13).
DISCERNIMIENTO Y DOCILIDAD
El evangelio que se proclama en esta fiesta de Pentecostés (Jn 20,19-23) nos remite a aquel primer día de la semana en que Jesús resucitado se presentó en medio de sus discípulos y les deseó la paz. Ellos lo reconocieron al ver sus llagas y se llenaron de alegría.
Entonces, Jesús sopló sobre sus discípulos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedarán perdonados; y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos”. En una sociedad como la nuestra ¿Qué significan esas palabras?
• Recibir el Espíritu Santo es acercarnos a la fuente. La verdad que podamos anunciar y el bien que podamos hacer no brotan de nuestra mente ni de nuestra voluntad. Solo el Espíritu de Dios puede librarnos de nuestra presunción y de nuestro desaliento.
• Perdonar o retener los pecados tampoco depende de nuestra personal apreciación de la responsabilidad de los demás. Solo el Espíritu puede mover a los pecadores a la conversión y concedernos el discernimiento para evaluar la responsabilidad, la culpa y el arrepentimiento. Del Espíritu viene el perdón, el discernimiento y la docilidad para reflejar su misericordia.
TESTIGOS DE LA VERDAD Y EL PERDON
Pero antes de ese precioso encargo, Jesús manifiesta ante sus discípulos la misión que él mismo ha recibido: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Ese envío es lo que garantiza su autoridad y lo que fundamenta y motiva nuestra responsabilidad.
• “Como el Padre me ha enviado”. Jesús es consciente de haber sido enviado por el Padre celestial. Él dijo alguna vez que atender a su voluntad era su comida. Escucharla y cumplirla era el sustento de su vida y era la razón de su actuación en el mundo.
• “Así también os envío yo”. Sin embargo, Jesús había buscado colaboradores para anunciar por todo el mundo la llegada del Reino de Dios. El que había sido enviado por el Padre, los envía a ellos y nos envía a nosotros a anunciar la presencia misericordiosa de Dios.
La paz y el gozo Jn 20,19-23 (PAA8-26) Pentecostés
1. El evangelio de hoy, Juan (20,19-23), nos viene a decir que desde el mismo día en que Jesús es resucitó de entre los muertos, su comunicación con los discípulos se realizó por medio del Espíritu. El Espíritu que «insufló» en ellos les otorgaba discernimiento, alegría y poder para perdonar los pecados a todos los hombres.El saludo de la paz, shalom, se repite en el relato por dos veces para confirmar algo que va mucho más allá del saludo cotidiano en el mundo bíblico y entre los judíos. Es el saludo de parte de Dios y es el saludo para preparar los que les va a otorgar a los suyos: la fuerza del Espíritu Santo. De esa manera la unión entre Jesús resucitado y el Espíritu Santo es indiscutible. Será, pues, el mismo Espíritu, es que les garantice el acontecimiento de la resurrección. Pero también el de la misión.
2. Pentecostés es la representación decisiva y programática de cómo la Iglesia, nacida de la Pascua, tiene que abrirse a todos los hombres. Esta es una afirmación que debemos sopesarla con el mismo cuidado con el que San Juan nos presenta la vida de Jesús de una forma original y distinta. Pero las afirmaciones teológicas no están desprovistas de realidad y no son menos radicales. La verdad es que el Espíritu del Señor estuvo presente en toda la Pascua y fue el auténtico artífice de la iglesia primitiva desde el primer día en que Jesús yo no estaba con ellos.
El Espíritu, nuestro “Defensor” Jn 14,15-21 (PAA6-26)
1. El evangelio de Juan prosigue con su discurso de revelación de la última cena. Se hace una conexión entre amor y mandamientos. Si amamos a Jesús estamos llamados a amarnos los unos a los otros, porque en la teología de Juan ese es el mandamiento nuevo y único que nos ha dejado para que tengamos nuestra identidad en el mundo. ¿Era eso nuevo? Era nuevo en la forma en que lo entendió Jesús: incluso hay que amar a los que nos odian; así seremos sus discípulos.
2. Para llevar adelante este mandamiento Jesús pedirá un «defensor», un ayudador: el Espíritu. Se nos vuelve a poner en línea abierta con la fiesta de Pentecostés que celebraremos tras dos domingos. El Espíritu de la verdad, no de una verdad abstracta, sino de la verdad más grande, de una verdad que el «mundo» odia, porque el mundo en San Juan es el misterio de la mentira, del odio, de las tinieblas. Probablemente se detecta aquí un dualismo un poco exagerado, pero es verdad que el mundo de la mentira existe y nos rodea frecuentemente.
3. Jesús promete no dejarnos huérfanos: El Espíritu es más fuerte que el mundo, como el amor y la verdad son más fuertes que el mundo, aunque nos parezca lo contrario. Si queremos vivir otra vida verdadera debemos fiarnos de Jesús que, desde el regazo de Dios como Padre, no se ha instalado allí, sino que enviándonos un Defensor nos conduce al mundo de la verdad, de la luz, del amor que reina en el seno de Dios.
4. El evangelio nos habla del “Paráclito” que Jesús promete a los suyos. El término griego parákletos (que significa “llamado”, del verbo griego kaleo, “llamar, interceder por”) tiene su origen en el mundo jurídico y designa a alguien que es llamado como defensor en un tribunal, un abogado en definitiva. Se sabe que los discípulos han de afrontar en el mundo una lucha. El autor del evangelio ya lo está viendo con sus ojos y por eso construye este discurso sobre el “Paráclito” que “estará con vosotros para siempre” (Jn 14,16). Es el Espíritu de la “Verdad”, que es una de las formas en que Jesús se ha presentado en este evangelio (14,6), un tema dominante de la catequesis joánica. Por lo mismo, el Espíritu vendrá a hacer lo que hacía Jesús mientras estaba con ellos.
5. ¿Qué sentido tiene todo este discurso? Pues que aunque falte Jesús, no nos faltará su Espíritu. Es una presencia nueva de Jesús, una presencia que viene después de la Resurrección y que no podemos dudar que existe y existirá. Y aunque no esté definida esa personalidad del Espíritu, como habrá de hacerse en la teología posterior, debemos estar abiertos a esta promesa de comunión y de vida. En este mundo nuestro de disputas interminables y de intereses muy humanos, tener un abogado “defensor” es como una necesidad para no estar desamparados. Los cristianos, por lo mismo, tienen el suyo y pueden apoyarse en él, porque es un “abogado de la verdad que libera” nuestras conciencias.
Recordando la meta Jn 14,1-12 (PAA5-26)
“Al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hech 6,1). Esta primera lectura de este domingo quinto de Pascua está llena de lecciones también para nosotros.
En primer lugar, vemos que la primera crisis de la comunidad no procede de la diversidad de creencias sino de un problema práctico, referido a la justicia y a la convivencia.
En segundo lugar, esa crisis se soluciona por medio del diálogo fraterno y por el reparto de responsabilidades. Una dificultad práctica da origen a una institución nueva.
La fe nos lleva a exclamar con el salmo responsorial: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32).
En realidad, solo la fe en Jesucristo, piedra angular de la Iglesia, nos ayudará a vivir como pueblo adquirido por Dios. Así podremos anunciar el gozo de haber sido liberados de las tinieblas para vivir en una luz maravillosa (1 Pe 2,9).
DESORIENTADOS
El evangelio que hoy se proclama nos lleva de nuevo a la sala de la última cena de Jesús con sus discípulos (Jn 14,1-12). De nuevo escuchamos otra dificultad del apóstol Tomás, que dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?”
En estos tiempos, el acoso de las ideologías, la presión de la publicidad y la autosuficiencia de los intelectuales ha llevado a mucha gente a sentirse desorientada.
Son muchas las personas que tienen la impresión de no saber qué camino seguir para vivir en serenidad y alcanzar la paz y la justicia.
Son numerosos los jóvenes que en la fiesta de la Pascua han recibido el bautismo. Muchos de ellos confiesan que se sentían totalmente desorientados en una sociedad en la que no se estiman ni promueven los valores fundamentales.
En un día como hoy decía el papa Francisco: “Recordemos la meta. Pensemos que estamos llamados a la eternidad. Al encuentro con Dios” (7.5.23).
ORIENTACIÓN
El domingo anterior, Jesús se presentaba como la puerta del redil, que ofrece a sus ovejas defensa y libertad. Hoy Jesús nos ofrece una triple revelación sobre su ser y su quehacer.
• “Yo soy el camino”. Corremos el riesgo de desviarnos cuando tratamos de seguir los caminos que nos señala nuestra autosuficiencia. Con demasiada frecuencia aceptamos sin rechistar las pistas que nos presentan los interesados en desorientarnos.
• “Yo soy la verdad”. Tenemos el peligro de repetir rutinariamente que “nada es verdad y mentira; que todo es del color del cristal con que se mira”. Nos tragamos ingenuamente las mentiras que se nos ofrecen y caemos en un relativismo infame.
• “Yo soy la vida”. Ya no hay duda de que estamos viviendo en una “cultura de la muerte”. Se ha convertido en un inmundo negocio dar muerte a los no nacidos, a los mayores, a las víctimas de la droga o a los secuestrados en una parte y otra del mundo.
El camino de la verdad y de la vida Jn 14,1-12 (PAA5-26)
1. El evangelio de hoy de Juan, es uno de los discursos de revelación más densos de su obra. Está inserto en el testamento de Jesús a los discípulos en la última cena, que es un relato muy particular de este evangelista. Es un discurso de despedida. Aquella noche, entiende Juan, Jesús comunicó a los suyos las verdades más profundas de su vida, de su existencia y de su proexistencia (existir para otro). Jesús se propone, se auto-revela, como el camino que lleva a Dios; se presenta igual a Dios, igual a Dios que es Padre. El centro del mismo es la afirmación de Jesús como «camino, verdad y vida».
2. Ya sabemos que el camino es para andar y llegar a una meta; la vida es para vivirla, gustarla y disfrutarla; la verdad es para experimentarla como bondad frente a la mentira, que engendra desazón e infelicidad. En el mundo bíblico la verdad (emet) no es una idea, sino una realidad que se hace, se realiza, se lleva a la práctica. En el mundo de la filosofía helenista puede que la verdad sea algo más ideológico. Camino, verdad y vida, pues, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de los bueno; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente.
3. Nadie puede llegar al Padre sino por Jesús (“por mi”). Los hombres buscan a Dios, necesitan a Dios; pero no a cualquier Dios, sino el Padre. Jesús lo ha revelado de esa forma y en ello ha empeñado su palabra y su vida: ésta es su verdad. San Juan, pues, está afirmando que no es posible experimentar a Dios sino por medio de Jesús. Muchos ha hablado del absolutismo joánico, lo que llama la atención desde le punto de vista cristológico, ya que el Jesús de los evangelios sinópticos no se expresaba así. Estamos de acuerdo que esta manera de hablar depende de los catequistas y teólogos de la comunidad joánica, no de palabras o “logia” reales de Jesús de Nazaret. Este absolutismo joánico se explica porque en este momento de la cena, de la despedida, del testamento o última voluntad, Jesús está revelando todo en beneficio nuestro, en beneficio de los que “son de la verdad” (Jn 18,37), como dirá a Pilato en el momento de ser juzgado. Escuchar su voz, es confiar en su palabra de vida .
4. A Jesús, lo propone San Juan, con estos conceptos tan consistentes como el que puede liberarnos en nuestra existencia agobiada y, a veces, no menos esquizofrénica. Podemos decir que esta alta teología joánica sobre quién es Jesús para la comunidad cristiana, es una propuesta de fe; pero no una propuesta de experiencias abstractas, sino de las realidades que buscamos siempre y en todas partes. El es el camino que nos lleva a Dios como Padre, porque de otro forma hubiera seguido siendo un Dios “desconocido” para nosotros. No basta con decir Dios, sino que esa intimidad con el Padre lo hace accesible para siempre. La cristología de Juan, pues, se “abaja” en el misterio de la paternidad de Dios para que no estemos desamparados y sin confianza. Un Dios, padre, que también es madre, hace la teología más humana y, desde luego, la fe más terapéutica y espiritual. Jesús se atrevió más que nadie, y precisamente por ello es la verdad de nuestra existencia cristiana y la vida de nuestra experiencia de fe.





