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En medio de la crisis Mt 14,22-33 (TOA19-26)

 No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar.

Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.

Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.

Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?

Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.

No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.

¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?

Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

Fuente: José Antonio Pagoda


El Señor, luz en la noche Mt 14,22-33 (TOA19-26)

1. Con la lectura de este episodio de Mateo, la "marcha sobre las aguas", se evocan muchas cosas de las experiencias de la resurrección. De hecho es muy fácil entender que este no es simplemente un episodio histórico de la vida de Jesús y los suyos, sino que encierra experiencias pascuales. No hace falta más que poner atención en las expresiones que se usan en esos momentos (cf. Mt 28,5.10; Jn 20,28), incluso en cómo se postran los discípulos ante el Señor resucitado (Mt 28,9.17). Y es que, en la comunidad primitiva, no podía evocarse este momento de la vida de Jesús sino como "Salvador" y "Señor", lo cual sucede especialmente a partir de la resurrección.

2. Es significativo que Jesús, después de la multiplicación de los panes, episodio inmediatamente anterior, se retira a solas para orar y entrar en contacto con Dios en una experiencia muy personal y particular, que refleja muy a las claras dónde recibe Jesús esa "fuerza" salvífica. Los discípulos, en la barca, están en sus faenas. Sabemos, se ha dicho frecuentemente, que en el evangelio de Mateo esa barca representa a la comunidad, a la Iglesia, a la que el evangelista quiere trasmitir este mensaje.

3. El hecho mismo de que Pedro represente un papel particular en este episodio, también habla de ese misterio de la Iglesia, que necesita la fuerza y el coraje de su Señor. Pedro es en el evangelio de Mateo el primero de ese grupo de los doce, de la Iglesia, que necesita buscar y encontrar al Señor por la fe. Incluso es representado con sus debilidades. Porque la Iglesia en el NT no es el grupo de los perfectos, sino de los que necesitan constantemente fe y salvación.

4. "Soy yo, no tengáis miedo", es una palabra salvadora, de resurrección. Ya hemos dicho que este relato está envuelto en ese lenguaje en el que Jesús domina el tiempo y el espacio, las aguas y el fuego si fuera necesario. Es el lenguaje teológico de la resurrección, cuando Jesús es confesado como Señor. Pero de la misma manera que Dios se "manifestó" a Elías en el Horeb. Ante la desesperación de los suyos, no viene en medio del terremoto, sino "caminando" sobre las aguas, que es como decir: "en la serenidad de la noche", en el "silencio" imperceptible y cuando hace falta.

El vendaval y la calma Mt 14,22-33 (TOA19-26)

 “Después del fuego, el susurro de una brisa suave”. En la primera lectura de la misa de este domingo se nos presenta a Elías refugiado en una cueva del monte Horeb (1 Re 19,9-13).  En aquel lugar, el Dios de la liberación se había mostrado a Moisés. También Elías espera oír la palabra del único Dios para poder enfrentarse a los que promueven el culto a Baal.    

Contra lo que imaginaba el profeta,  Dios no se presenta en el huracán ni en el terremoto ni en el fuego. Dios se hace presente en el suave susurro de la brisa. 

Todos deberíamos dirigirle con humildad las palabras del salmo responsorial: “Muéstranos, Señor tu misericordia y danos tu salvación (Sal 84,9-14).

San Pablo manifiesta a los romanos el amor que le une a  los de su raza, que tienen la presencia de Dios, la alianza, la ley, el culto y las promesas (Rom 9,1-5)

EL MIEDO

Después de la distribución de los panes y los peces, Jesús pide a sus discípulos  que tomen la barca para adelantarse, mientras él despide a la gente y se retira al monte para orar a solas. Pero la barca es fuertemente sacudida por el viento y por las olas (Mt 14,22-33).  

Bien sabemos que en las páginas de la Biblia, el mar representa con frecuencia la fuerza del mal. En este caso, atemorizados por el bramido del mar y por la fuerza del oleaje, los discípulos de Jesús se sienten en peligro.

Cerca del amanecer se les muestra su Maestro, caminando sobre las olas. Cuando la fe es débil, no es fácil percibir la presencia de Dios y la fuerza de su poder. Así que la media luz de la madrugada y el miedo que se ha apoderado de los discípulos, les hacencreer que es un fantasma. Pero el Señor se acerca para traer la calma.

Atemorizados por los continuos ataques a la fe y a la Iglesia, muchos creyentes de hoy desean que Dios irrumpa con fuerza en nuestra historia. Pero Dios es discreto.

LA CONFIANZA

El Señor se cuida de los que ha elegido y les dirige una frase de aliento para que afronten la travesía: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!”. Nunca deberíamos olvidaresa voz.

• “¡Ánimo!”. Muchos han escrito que la fe deshumaniza a la persona. No es verdad. La fe suscita en el creyente una fuerza que a veces parece inexplicable. La fe mueve montañas y aplaca tempestades. La fe no ignora las dificultades, pero ayuda al creyente a superarlas.

• “Soy yo”. Muchos atribuyen a la fuerza de su propia voluntad la capacidad para superar los obstáculos de la naturaleza y las sacudidas de la historia. Pero no es verdad. El ser humano es más débil y vulnerable de lo que está dispuesto a reconocer. Necesita la confianza en la presencia y la protección de Aquel que es la fuente de la vida.

• “No tengáis miedo”. Muchos piensan que “el hombre vive cada vez más en el miedo”, como escribió Juan Pablo II (RH 15). Pero los creyentes recuerdan que en los evangelios se repite una y otra vez la exhortación divina a superar el miedo. Esainvitación va dirigida a la Iglesia y a cada uno de los que navegamos en esa barca.

Una mesa para todos Mt 14,12-21 (TOA18-26)


 

Dadles vosotros de comer Mt 14,12-21 (TOA18-26)

Jesús está ocupado en curar a aquellas gentes enfermas y desnutridas que le traen de todas partes. Lo hace, según el evangelista, porque su sufrimiento le conmueve. Mientras tanto, sus discípulos ven que se está haciendo muy tarde. Su diálogo con Jesús nos permite penetrar en el significado profundo del episodio llamado erróneamente “la multiplicación de los panes”.

Los discípulos hacen a Jesús un planteamiento realista y razonable: “Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya han recibido de Jesús la atención que necesitaban. Ahora, que cada uno se vuelva a su aldea y se compre algo de comer según sus recursos y posibilidades.

La reacción de Jesús es sorprendente: “No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer”. El hambre es un problema demasiado grave para desentendernos unos de otros y dejar que cada uno lo resuelva en su propio pueblo como pueda. No es el momento de separarse, sino de unirse más que nunca para compartir entre todos lo que haya, sin excluir a nadie.

Los discípulos le hacen ver que solo hay cinco panes y dos peces. No importa. Lo poco basta cuando se comparte con generosidad. Jesús manda que se sienten todos sobre el prado para celebrar una gran comida. De pronto todo cambia. Los que estaban a punto de separarse para saciar su hambre en su propia aldea, se sientan juntos en torno a Jesús para compartir lo poco que tienen. Así quiere ver Jesús a la comunidad humana.

¿Qué sucede con los panes y los peces en manos de Jesús? No los “multiplica”. Primero bendice a Dios y le da gracias: aquellos alimentos vienen de Dios: son de todos. Luego los va partiendo y se los va dando a los discípulos. Estos, a su vez, se los van dando a la gente. Los panes y los peces han ido pasando de unos a otros. Así han podido saciar su hambre todos.

En vez de unir nuestras fuerzas para erradicar en su raíz el hambre en el mundo, solo se nos ocurre encerrarnos en nuestro “bienestar egoísta” levantando barreras cada vez más degradantes y asesinas. ¿En nombre de qué Dios los despedimos para que se hundan en su miseria? ¿Dónde están los seguidores de Jesús?

¿Cuándo se oye en nuestras eucaristías el grito de Jesús. “Dadles vosotros de comer”?

 

José Antonio Pagola


La compasión "divina" de Jesús Mt 14,12-21 (TOA18-21)

1. El evangelio de Mateo nos relata la primera multiplicación de los panes, cuya tradición está bien arraigada en los evangelios sinópticos. De alguna manera, en la perspectiva litúrgica de este domingo, la lectura de Is 55 quiere ser como la introducción adecuada que nos conduce a la praxis de la oferta de Dios del agua y el pan, los bienes necesarios para vivir. El relato de Mateo tiene algunas semejanzas con narraciones del Antiguo Testamento (2Re 4,1-7.42-44; Ex 16; Num 11), y el hecho de que sobren doce canastas de pan apuntaría a las doce tribus, a un nuevo pueblo que es alimentado con un pan nuevo, ya que el evangelio de Mateo usa mucho las significaciones bíblicas del pueblo de Israel.

2. Además, el relato de la multiplicación de los panes se transmite enmarcando palabras «eucarísticas»; por eso vemos a Jesús «bendiciendo y partiendo el pan», porque esto que sucedió con la gente que siguió a Jesús, consideran las primitivas tradiciones cristianas que se realizaba y se actualizaba en la eucaristía de la Iglesia, donde todos son alimentados con el pan de vida. Y es que la eucaristía es el momento adecuado para vivir esta experiencia tan significativa del evangelio.

3. El Dios necesario de Jesús es el que alimenta a su pueblo con la vida. El que viendo a las gentes necesitadas hace ver lo extraordinario del compartir los dones que se poseen. El v.14 es verdaderamente sintomático, porque nos habla de la "compasión" que Jesús siente y que le hace tomar la decisión irresistible de que lo poco que tienen él y los discípulos deben entregarlo a la gente. Esta debe ser la clave interpretativa del texto, más que enviciarse en explicar o dar sentido el aspecto "taumatúrgico" y al poder extraordinario de Jesús. Jesús quiere compartir lo poco que tienen él y los suyos, y esto hace posible el "milagro" de que haya para todos. Estos "milagros" deberían enseñarnos que también hoy esto es posible cuando hay compasión.

La misión del pastor Jn 21,1-19 (PAC3-25)

 El domingo tercero de Pascua leemos la respuesta de Pedro a los dirigentes judíos, que le prohíben hablar y actuar en el nombre de Jesús (Hch 5,27-41).  

• “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Con aquella prohibición, los dirigentes no reflejaban las necesidades del pueblo, sino sus intereses personales y de grupo y su deseo de mantener su seguridad y sus privilegios. 

• “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús”. Aquella prohibición no respetaba la conciencia de los que habían seguido a Jesús y habían ya experimentado la presencia del Resucitado, del que se decían testigos.   

En este momento de turbación y persecución, los testigos de Cristo pueden repetir la promesa del salmista: “Te ensalzaré, Señor, porque me has librado” (Sal 29).  

Es más, con el Apocalipsis reconocemos al Señor como nuestro liberador y proclamamos el poder, el honor y la gloria que merece el Cordero degollado (Ap 5,11-14).

DE NUEVO, JUNTO AL LAGO

Jesús había encontrado a sus discípulos a la orilla del Lago de Genesaret. Una vez resucitado, por medio de María Magdalena les pide que vuelvan a Galilea. Y allá vuelve el Señor para repetir los gestos de la llamada original (Jn 21,1-19).  

• De nuevo los discípulos pasan por la experiencia de una noche de pesca infructuosa. Y de nuevo la obediencia al Señor los lleva a llenar sus redes con una gran cantidad de peces. 

• De nuevo, el Señor toma el pan y el pescado y lo reparte entre sus discípulos. Y de nuevo aquellos gestos hacen visible su misericordia y su entrega personal a los que él ha elegido 

• De nuevo Jesús, dirige a Simón Pedro aquella misma palabra con la que lo llamó en otro tiempo: “Sígueme”. Y de nuevo esa palabra resuena como la invitación al discipulado.

EL AMOR Y LA MISIÓN

  En el marco de la última cena, Pedro había prometido seguir a Jesús hasta la muerte, sin embargo, por tres veces declaró no conocerlo. Ahora, el Resucitado no pretende reprender al discípulo por su infidelidad. Viene a comprobar su amor y confiarle la misión del pastoreo. 

• “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. A las tres negaciones de Pedro corresponden tres preguntas de Jesús.  Quiere saber si Pedro lo ama, o al menos si lo quiere.  El Maestro parece querer acomodarse a las posibilidades y la fragilidad de su apóstol. 

• “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús conoce la generosidad de Simón, pero también conoce su debilidad. Ahora como entonces, Jesús espera de sus discípulos al menos una confesión de amor.  

• “Apacienta mis corderos y mis ovejas”. Jesús había prometido a Simón el encargo de ser pescador de hombres. Ahora utiliza una nueva imagen para reflejar la misión que le confía. Ha de ser pastor del rebaño, por el cual el Pastor bueno había entregado la vida.  

La Resurrección, experiencia de amor Jn 21,1-19 (PAC3-25)


 1. El evangelio de este domingo, como todo Jn 21, es muy probablemente un añadido a la obra cuando ya estaba terminada. Pero procede de la misma comunidad joánica, pues contiene su mismo estilo, lenguaje y las mismas claves teológicas. El desplazamiento de Jerusalén al mar de Tiberíades nos sitúa en un clima anterior al que les obligó a volver a Jerusalén después de los acontecimientos de la resurrección. Quiere ser una forma de resarcir a Pedro, el primero de los apóstoles, de sus negaciones en el momento de la Pasión. Es muy importante que el “discípulo amado”, prototipo del seguidor de Jesús hasta el final en este evangelio, detecte la presencia de Jesús el Señor y se lo indique así a los demás. Es un detalle que no se debe escapar, porque como muchos especialistas leen e interpretan, no se trata de una figura histórica, ni del autor del evangelio, sino de esa figura prototipo de fe y confianza para aceptar todo lo que el Jesús de San Juan dice en este escrito maravilloso.

III.2. Pedro, al contrario que en la Pasión, se tira al agua, “a su encuentro”, para arrepentirse por lo que había oscurecido con sus negaciones. Parece como si todo Jn 21 hubiera sido escrito para reivindicar a Pedro; es el gran protagonista, hasta el punto de que él sólo tira de la red llena de lo que habían pescado para dar a entender cómo está dispuesto ahora a seguir hasta el final al Señor. Pero no debemos olvidar que es el “discípulo amado” (v. 7) el que delata o revela situación. Si antes se ha hablado de los Zebedeos, no quiere decir que en el texto “el discípulo amado” sea uno de ellos. Es el discípulo que casi siempre acierta con una palabra de fe y de confianza. Es el que señala el camino, el que descubre que “es el Señor”. Y entonces Pedro… se arroja.

III.3. El relato nos muestra un cierto itinerario de la resurrección, como Lucas 24,13-35 con los discípulos de Emaús. Ahora las experiencias de la resurrección van calando poco a poco en ellos; por eso no se les ocurrió preguntar quién era Jesús: reconocieron enseguida que era el Señor que quería reconducir sus vidas. De nuevo tendrían que abandonar, como al principio, las redes y las barcas, para anunciar a este Señor a todos los hombres. También hay una “comida”, como en el caso de Lc 24,13ss, que tiene una simbología muy determinada: la cena, la eucaristía, aunque aquí parezca que es una comida de “verificación” de que verdaderamente era el Señor resucitado. Probablemente el relato de Lc 24 es más conseguido a nivel literario y teológico. En todo caso los discípulos descubrieron al Señor como el resucitado por ciertos signos que habían compartido con El.

III.4. Todo lo anterior, pues, prepara el momento en que el Señor le pide a Pedro el testimonio de su amor y su fidelidad, porque a él le debe encomendar la responsabilidad de la primera comunidad de discípulos. Pedro, pues, se nos presenta como el primero, pero entendido su “primado” desde la experiencia del amor, que es la experiencia base de la teología del evangelio de Juan. Las preguntas sobre el amor, con el juego encadenado entre los verbos griegos fileô y agapaô (amar, en ambos casos) han dado mucho que hablar. Pero por encima de todo, estas tres interpelaciones a Pedro sobre su amor recuerdan necesariamente las tres negaciones de la Pasión (Jn 18,17ss). Con esto reivindica la tradición joánica al pescador de Galilea. Sus negaciones, sus miserias, su debilidad, no impiden que pueda ser el guía de la comunidad de los discípulos. No es el discípulo perfecto (eso para el evangelio joánico es el “discípulos amado”), pero su amor al Señor ha curado su pasado, sus negaciones. En realidad, en el evangelio de Juan todo se cura con el amor. Y esta, pues, es una experiencia fundamental de la resurrección, porque en Tiberíades, quien se hacen presente con sus signos y pidiendo amor y dando amor, es el Señor resucitado.


Tu vida, tu milagro Jn 2,1-11 (TOC2-25)


 

Una boda en Caná Jn 2,1-11 (TOC2-25)

“La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo” (Is 62,5).  El pueblo hebreo en Babilonia ya ha retornado a su tierra después del largo exilio padecido en Babilonia.  

Es importante esta promesa dirigida a Jerusalén, que ya ha sido reconstruida después del exilio. La alianza de Dios con su pueblo se entiende como una entrega esponsal. La imagen del amor matrimonial refleja  las relaciones de Dios con la Ciudad Santa. 

Ante la maravilla de ese amor divino, el salmo responsorial nos invita a proclamar que “el Señor es rey y gobierna a los pueblos rectamente” (Sal 95,10).

En la segunda lectura se escucha el discurso de san Pablo sobre la abundancia y la diversidad de los carismas con los que Dios enriquece a su pueblo (1 Cor 12,4-11).

LA GLORIA Y EL SERVICIO

La imagen del amor matrimonial refleja también las relaciones de Jesucristo con la nueva comunidad. De hecho, el evangelio de Juan evoca la presencia de Jesús en una boda celebrada en Caná de Galilea (Jn 2,1-11). En el relato se subrayan al menos estos puntos:

• Esta fiesta tiene lugar “a los tres días” del encuentro de Jesús con Natanael. Esa alusión al tercer día, recuerda la manifestación de la gloria de Dios en el Sinaí (Éx 19,16) y preanuncia la manifestación de Dios en la resurrección de Cristo. Con este primer “signo”, Jesús manifiesta su gloria ante sus discípulos, que están comenzando a creer en él. 

• En la boda celebrada en Caná Jesús convierte el agua en vino. Las tinajas contienen el agua necesaria para las purificaciones de los judíos. Así que el vino de la nueva alianza presupone el agua de la fe de Israel.  

• Por otra parte, en el relato de esta boda se subraya también  la imprescindible ayuda de los servidores que llenan las tinajas hasta el borde. Los “signos” de Jesús cuentan siempre con la colaboración de los más humildes y sencillos.

ATENCIÓN Y OBEDIENCIA

Finalmente, no se puede olvidar la presencia de María. Junto a ella descubrieron a Jesús los pastores y los magos. Las dos frases que le atribuye el evangelio de Juan nos dicen que por ella también nosotros podemos descubrir la presencia y la gloria de Jesús.

• “No les queda vino”. Esta primera frase va a dirigida a Jesús. María presta atención a las necesidades de los demás. En ella se puede ver reflejada la Iglesia. La comunidad cristiana  ha de estar atenta a las dificultades de una humanidad, que parece haber perdido las razones para vivir y las razones para esperar.

• “Haced lo que él os diga”. La segunda frase se dirige a los sirvientes. Es cierto que del Señor vienen los dones de la alegría y la esperanza. Pero él ha querido necesitar nuestra colaboración. Todos hemos de mantener el corazón abierto para obedecer al Señor y dar testimonio de su gracia y de su presencia.